1965:
Contacto en La Habana
Joe Baxter fundó el MNR Tacuara, cuyos miembros derivaron hacia la guerrilla
peronista de FAP y Montoneros, pero él se integró al ERP y luego se escindió con
la Fracción Roja. Estuvo en Cuba, China y Vietnam. Ruth Arrieta era hija de un
general boliviano y fue a Cuba para alfabetizar. Allí se conocieron. Testimonio
de una época de conmociones.
Por Alejandra Dandan
–No sé por dónde podríamos empezar –dice Ruth, mientras intenta saber cómo será
esta charla–. Hoy no estoy muy brillante, hace unos dos días me caí. Tal vez
podrías hacerme unas preguntas.
–Empecemos tal vez por el principio. Quizá sirva saber quién es Ruth Arrieta.
Usted nació en Bolivia, es la hija de Felipe Arrieta, un general importante,
¿cómo era eso?
–Mi papá es ése que está en el cuadro. El del sombrero, ¿lo ve? Está en la
trinchera de la guerra paraguaya. Mi papá, mi abuelo y toda la familia era de
militares, estuvieron en todas las guerras. Con Chile, en Antofagasta, después
en Argentina. Yo era muy chica cuando él se fue a la guerra con Paraguay y eso
me impactó mucho. En ese momento, yo tenía cuatro años y me acuerdo que me
gustaba muchísimo comer conejos, los conejitos eran mis platos favoritos. Nos
gustaban a todos. En mi casa íbamos a preparar uno para mi papá porque se iba.
Yo no tenía la menor dimensión de lo que significaba la guerra ni lo que
significaba que se fuera: total, se iba todos los días. Pero después, cuando me
di cuenta de que iba a pasar mucho rato antes de que lo viera de nuevo, nunca
más volví a comer conejos.
–¿Cuándo pasó eso?
–Cuando recién se iba. Me acuerdo que mi mamá me dijo que era una desconsiderada
porque pensaba solamente en mí. "¡No ves que se está yendo tu papá!", me decía.
El estuvo toda la guerra del Chaco, volvió cuando la guerra se acabó, como dos
años después. Volvió muy cansado, y como ausente, con mi mamá también. Por un
momento pensé que iban a separarse. Era muy buena gente, posiblemente lo tocó
mucho todo eso y le llevó mucho, pero volvió a ser el de siempre.
–De La Paz se fueron, pero volvieron después cuando nombraron prefecto a su
padre. Esa disciplina militar marcó el corazón de la familia, sin embargo años
más tarde usted aparece en Cuba entre los revolucionarios. ¿Eso era lo que
esperaba su padre de usted?
–Normalmente lo que él se imaginaba de nosotros era con quién nos íbamos a
casar. Si me iba a casar con otro militar, no quería ninguna otra cosa, pero yo
tenía ganas de ir a la universidad en Cochabamba. De hecho, hubiese querido
estudiar Medicina, pero no me dejaron entrar.
–¿Qué pasó?
–Mi madre no era de mucho conceder, las cosas tenían que hacerse de una forma y
no de otra. Yo tenía 18 años, estábamos en el año ’47 más o menos, y eso forma
parte de otra parte divertida de mi historia. Mi madre estaba muy molesta con mi
decisión de estudiar Medicina, y no me hacía la vida fácil, pero yo era muy
buena alumna, había ido a un colegio de monjas y tantas cosas no me podía decir.
En la escuela, éramos tres compañeras las que queríamos ser médicas cuando
todavía no era común que las mujeres quisieran ir a la universidad. De las tres,
una sola pudo terminar con la carrera. Yo me pasé a Derecho porque entre las
materias que podía elegir, la única que mi madre aceptaba era abogada. En tanto,
yo no terminaba de entender por qué los hombres podían estudiar y las mujeres
no.
–Usted llegó a Cuba para los primeros años de la Revolución. Su libro, ese que
todavía no termina y que recomienza cada vez, empieza con los encuentros en la
casa de Hilda Gadea.
–Ella hacía el papel de extranjera con los extranjeros. Porque no era cubana y
al mismo tiempo lo era. Su casa era un lugar para juntar gente, ayudar a que la
gente lo pasara bien. Durante las reuniones también ella iba sacando sus
conclusiones sobre quién era quién, no vamos a ser inocentes. Después, recibía a
Guevara o a alguien mandado por él y les daba el resumen de quién era tal
persona o qué pensaba tal otra. Pero era muy justa. Nos queríamos mucho, y me
decía: ¿Qué te pareció fulana o mengana? Y siempre coincidíamos.
–¿Cómo eran esas reuniones? Cuando habla de esas noches, usted recuerda con
alegría que podían comer caviar, mariscos y hasta tenían jugos de fruta.
–Es que eso era un lujo. Parece mentira, pero en La Habana en ese momento no
había ni siquiera jugo de naranjas porque hasta eso importaban de Estados
Unidos. Ahora ya no, pero en ese principio de la Revolución tener aquellas cosas
era un lujo tremendo: ahí, éramos todos favorecidos. Una vez sucedió una cosa
muy patética, muy triste. Fue cuando llegó un peruano que venía a refugiarse con
un hijito de 4 o 5 años, tal vez tenía más. Cuando el nene entró y vio toda esa
gente reunida se puso lívido: "¡Papá, tenemos que irnos de acá!", dijo. Todo el
mundo se quedó paralizado porque se veía que estaba acostumbrado a vivir
escondido.
–¿Quiénes llegaban hasta ese lugar, qué hacían?
–Eran tertulias con gente de todo el mundo, de unas ocho o diez personas. Una
vez, por ejemplo, estuvo un peruano que se suicidó después, y ahora no me
acuerdo el nombre. Era una persona muy dolida con todo, no sé bien por qué.
Había viajado mucho, tenía una familia y terminó suicidándose. Fuera de eso,
había un grupito que iba todos los viernes a encontrarse para leer algo; unos
tocaban guitarra, otros cantaban, otros contaban cosas, otros leían. Y se
hablaba.
–¿De qué?
–¿De qué se puede hablar? De política, de conspiraciones eternas. Y cada cual
daba una opinión de acuerdo a su país, porque llegaban de todos lados. Todo lo
que pasaba en la casa lo sabían los del G2 porque, es cierto, nadie sabía muy
bien quién podía ser quién en ese lugar.
–Hablemos un poco de eso. ¿Cómo estaba organizada la isla? ¿Qué era el G2?
–El G2 era parte de la policía cubana. Se ocupaba de saber quién venía a la
isla, qué hacía, de qué vivía. Estabas totalmente catalogado. Ahí no había
vuelta. ¿Cooke es el que murió, no? Porque él siempre contaba un cuento: una
persona que había venido a La Habana se había muerto prácticamente de hambre,
porque los del G-2 se lo habían olvidado y no podía salir de su casa. Es
gracioso, pero la verdad es que podía suceder perfectamente.
–Usted cuenta que dividían a la gente en "aspirantes a revolucionarios" o "amigos de la revolución".
–En toda la isla era así. A la casa de Hilda, por ejemplo, no llegaba
cualquiera. El G2 mandaba tal vez a la gente que le era más difícil de valorar,
de saber bien quién era porque podían ser revolucionarios pero también podían
ser alguna otra cosa. Además, muchos venían de Buenos Aires o de otro lugar,
pero supuestamente no tenían que estar ahí: estar ahí era muy delicado, algunos
no volvían en años a sus lugares pero otros sí tenían que volver. Y por eso
tenían que estar muy protegidos.
–¿Lo suicida era que se supiera que trabajaban para la revolución?
–Claro, ¿qué iban a hacer en La Habana? Algo tenían que hacer. Al principio todo
era muy delicado, porque no se sabía qué iba a pasar con la revolución.
–Ese fue el caso de Baxter, que llegó a la isla clandestino. Ustedes se
conocieron en las famosas noches de tertulias de la casa de Gadea, ¿cómo llegó
él? Ese encuentro parece dar cuenta de la relación de Baxter con la madre del
Che. Al parecer, ella lo despidió en Buenos Aires y le dio un recado para llevar
a la isla.
–El recado era para su hijo. Parece que ella se lo dio porque sabía que él iba a
ir a Cuba. Nunca supe qué mandó. Sé que era algo muy especial, pero no supe qué
era porque yo no llegaba hasta ahí. En ese momento todo era difícil. No era como
la idea que una tiene de una revolución: se supone que una revolución es para
ser libre, para hacer lo que se quiere, pero te encontrabas con que todo era al
revés. Sobre todo con los extranjeros, que nos veían con lupa: y tenían razón.
–¿Sentía contradicciones por eso?
–Al final me acostumbré. Me fabriqué como un mecanismo de autodefensa, aprendí a
no confiar en cualquiera: vos confiabas en alguien sólo cuando ya lo conocías
mucho y al final te acostumbras a pensar antes de hablar.
–Volvamos a Baxter. Usted describe el encuentro muy tiernamente: habla de "El
Gordo", de su cuerpo inmenso y de él apoyado en un sillón muy chiquito.
–Es que siempre, todos los sillones, le quedaban chicos al lado del cuerpo.
Cuando nos fuimos a vivir juntos conseguí un sillón grande después de buscarlo
mucho. Tomándole el pelo a alguien del G2, un cubano muy simpático, que se
llevaba muy bien conmigo, le dije: ‘Necesito conseguir un sillón ancho porque si
no ¡qué hago con Baxter!’. Se la pasaba el día sentado en la puntita de una
silla, y entonces me pusieron una especie de sofá que sacaron de alguna casa
porque las cosas se conseguían así. Eran cosas que había dejado la gente. En la
casa donde estábamos había una ventana inmensa. Uno entraba derecho, era todo de
vidrio y daba afuera, a un patio interno. La gente que había vivido ahí ya no
estaba, pero abajo habían quedado sus viejos empleados. El vidrio daba a ese
patio. Y el sofá todo redondito daba a ese lugar. El Gordo se la pasaba el día
pegado a la ventana porque con su cuerpo era difícil esconderlo en cualquier
lado.
–Usted dice que Baxter la fascinó, pero no tenía idea de quién era él.
–A mí me pareció que tenía ganas de vivir, claro. Era más chico que yo, pero
nadie lo hubiera dicho. De todas maneras, había vivido mucho desde muy chiquito
y eso se notaba. Lo vi, me gustó; era como que necesitaba cariño. Lo veía muy
solo, desamparado. Parece raro, pensé, un tipo tan grande que transmita esa
sensación.
–¿El le dijo algo?
–No, que se sentía muy mal. Decía que no debía haber venido, pero que ahora ya
no se podía ir. En la reunión, no dijo nada pero era muy perspicaz, e
inmediatamente determinaba quién era quién.
–Volvamos al guión, a su historia de ese encuentro.
–Cuando salimos de la casa de Hilda Gadea anduvimos cuatro o cinco cuadras
largas como si nos hubiésemos conocido siempre. Nos encontramos ahí y ya no nos
separamos más. Los dos estábamos contentos. Fuimos a mi casa, y después él se
fue a la suya que quedaba cerca de ahí. Le habían determinado varias casas para
que pudiera estar.
–Usted cuenta algo interesante de ese encuentro. Que cuando se despidieron, como
en un acto de confianza, él le dijo su verdadero nombre: "Yo no soy Salvador",
le dijo con el nombre con el que se presentaba en la isla. "Soy Joe Baxter."
–Sí, y a mí podía haberme dicho que era Joe Mongo porque no sabía quién era Joe
Baxter. Después empecé a saber un poco porque en el Granma las noticias del
mundo capitalista no salían. Había que vivir con todo adentro. Y creo que estuvo
bien, por ahí se necesitó mucha fuerza.
–En ese mundo, volvieron a verse después casi de casualidad. Iban a encontrarse
en un hotel, ¿pero usted llegó tarde?
–Una hora más tarde. El estaba enojado. Es que yo no sabía si me iban a mandar a
una escuela, y no tenía cómo avisarle.
–A propósito de esto, por qué no cuenta qué hacía usted en La Habana.
–Trabajaba 8 o 9 horas de maestra porque no habían quedado maestras en la isla.
Por eso fui a parar a Cuba. Tenía una amiga uruguaya, que estaba casada con un
paraguayo, los dos revolucionarios. Muy buena gente. Ella era maestra y para esa
época también vivía en Uruguay. Siempre seguíamos las noticias de Cuba porque
estaban muy relacionadas con todo eso y nos interesaba cada cosa. Siempre me
acuerdo del día de la invasión a Bahía de los Cochinos, fue uno de los días más
importantes para mí. La noticia estaba en todos los títulos de los diarios y nos
pusimos locos: en ese momento entendí que tenía que ir a Cuba.
–De hecho, como le decía Baxter, usted se fue así: "Sin orga ni partido
político".
–Necesitaban maestros. Casi todos se habían ido. No había médicos, ni maestros.
Yo me dije: ‘Vamos a ver qué puedo hacer’. Mi amiga me alentó, me dijo que por
mi carácter podía hacerlo. Yo había dado algo de clases en la universidad, pero
no sabía qué iba a pasar ahí. Igual, menos mal que lo hice, era un gran despiole
toda la isla porque no había maestros.
–¿Como fue la etapa del Plan de Alfabetización?
–Trabajábamos con unos cuadernitos de un argentino que estaban pensados como
para tres etapas y estaban muy bien. La primera era de alfabetización,
trabajábamos con la gente vieja y que pensaba que nunca iba a poder aprender a
leer porque no era para ella, pero al final yo me sorprendí porque después de
dos años ellos sabían leer. Ese era el trabajo, los del tercer nivel eran más
adolescentes y les resultaba más fácil aprender. Cuando terminaban, ellos mismos
se convertían en alfabetizadores. En ese primer momento, yo estaba sola con mis
dos hijos y con mi hermano Mario; nos habían dado una casa grande en la bahía de
Jibacoa, frente al mar. Los guajiros vivían en los alrededores de la casa, al
borde de la bahía, pero nunca habían entrado al mar. Nunca, porque no los
dejaban.
–¿Cómo lo notó?
–Porque se lo pregunté a uno de ellos. Las casas como la nuestra habían sido de
las familias ricas que se fueron de la isla. La gente venía y se acercaba de a
poco, primero los chicos. Mi hermano incluso les decía: "Vamos a la playa", y se
los llevaba al mar. ¡Nunca habían entrado! ¿Te das cuenta? "¿Cómo vamos a ir?",
nos decían. "Si están ustedes?"
–¿Cómo eran los lugares a los que iban llegando? Al comienzo, usted pasó un
tiempo en el Hotel Habana y luego la mandaron para la bahía.
–Después de un tiempo largo, nos cambiaron de lugar porque la verdad es que yo
estaba molesta. En el Hotel todavía vivían muchas de las familias
antirrevolucionarias, digamos, que no se habían ido de la isla. En ese momento,
me propusieron ir con la familia a pasar un tiempo a un lugar que había quedado
abandonado. El lugar era un paraíso total, una zona de ensueño que había sido de
un grupo de argentinos, que eran dueños y señores de todo. De pronto, vos venías
por una avenida, te encontrabas con una carretera muy ancha y entrabas ahí
adentro y te encontrabas con una escolta de soldados que cuidaban todo eso. Los
soldados quedaron allí luego de la revolución. Nos quedábamos un montón de
tiempo en la playa y nos cansábamos de decir que no habíamos venido a pasear,
que realmente queríamos hacer algo. Algunas noches, en ese tiempo, todavía
desembarcaban los cubanos que se habían ido.
–¿Los contrarevolucionarios?
–Eso mismo. Desembarcaban en distintos lugares, pero la zona donde estábamos
nosotros era ideal porque Jibacoa era una sola bahía, con muy poca gente que
estaba justo derecho de una punta de Estados Unidos, tal vez 160 kilómetros de
mar. A la entrada, en el camino de ingreso, siempre estaban esos tres o cuatro
pobres soldados que tenían teléfonos y qué se yo cuántas cosas más por si pasaba
algo, porque siempre llegaban lanchas con hombres armados o barcos. Una de esas
noches, nos avisaron que tuviéramos cuidado. Hacía días estábamos esperando que
pasara algo. Siempre era lo mismo: cuando nos avisaban una cosa así, teníamos
que poner las persianas de madera en la casa, tener todo cerrado, que pareciera
que estaba abandonado, que no había nadie. Pasamos unos cuantos sustos porque
desembarcaban tranquilamente. Esa noche, nos pidieron apagar todas las luces,
todas las ventanas y rezar: no se podía hacer nada más.
–¿Y llegaron?
–Llegaron. Por lo menos, estaba con mi hermano Mario que era una especie de
gigante de un metro ochenta que de todas maneras en ese momento no hubiera
podido no hacer nada.
–Más tarde se mudó a La Habana, porque en un momento le pidieron que lo haga.
Allí se fue a vivir a la casa del sillón redondeado de Baxter.
–Uh... El lugar era feo.
–¿Por qué?
–Tenía todo lo necesario, pero era feo. No había ni plata ni joyas ni esas cosas
porque se las habían llevado, pero siempre era feo entrar a una de esas casas.
–¿Y exactamente qué era lo feo? ¿Los fantasmas?
–Por lo menos a mí me parecía todo tan innecesario, porque no era que yo
necesitaba demasiado para vivir. Cuando entramos nos encontramos con zapatos,
ropa, y cartas escritas en hebreo; nos dimos cuenta de que la familia que estaba
no las había podido destruir y de que podían haber sido judíos religiosos porque
en la casa había adornos y una lámpara de cristal de roca muy hermosa en el
living. A la tarde, cuando el sol se ponía, los rayos se empezaban a poner de
colores azules, rojos y amarillos. Los chicos se divertían como locos con esas
luces. Habían dejado muchas cosas en la casa. Impresionaban porque en las cartas
que nunca habían podido mandar avisan que se iban, diciendo que no podían vivir
más en la isla. Esa casa tenía dos bloques.
–Para el final, volvamos a Baxter. ¿Cómo leyó el paso por Tacuara? ¿Cuál es su
lectura, finalmente sobre él?
–Creo que era una persona que tenía muchas ganas de hacer algo, y en esa época
era muy fácil encontrar ese algo: llámese Tacuara u otra cosa, lo que más se
acercaba a lo que él quería hacer. Supongo que tenía ganas de hacer, tal vez
como una revancha de las cosas malas que le habían pasado.
–A los 15 años murió su padre, el "Inglés", una persona muy rígida pero que
parece haberle marcado la vida. Con esa muerte, perdió al padre, pero también el
haras y una condición social. ¿Cree que eso fue una de sus marcas?
–De todas las pérdidas, creo que la del padre fue la peor. La que le dejó la
impresión de que no le había dado cariño. De que al padre le había quedado la
sensación de que él no lo quería.
¿POR QUE RUTH ARRIETA?
Ella es como una de esas personas sin edad. Hace años ya que no cuenta sus años.
Sabe que nació en el ’29 del siglo pasado, y con eso le basta. A cierta edad,
dice, ya no importa si es uno más o uno menos. Ruth es Ruth Arrieta, con sus
arrugas suaves de abuela de cuentos, y los ojos movedizos de una niña. Nació en
Cochabamba, entre las familias acomodadas de Bolivia. Su abuelo fue militar,
combatió en la Guerra del Pacífico. Su padre, también militar, peleó en la del
Chaco y luego fue intendente de La Paz y opositor de quienes, como su hija, se
enrolaron más tarde en las revueltas del Movimiento Nacionalista Revolucionario
que intentó llevar al gobierno a Víctor Paz Estenssoro. En esos años, Ruth se
casó con un diplomático, hombre clave del MNR, poeta y secretario del gobierno
de Paz Estenssoro años más tarde. Con él vivió en Buenos Aires y luego de
divorciarse en Montevideo subió al avión del Che Guevara que la dejó en Cuba en
1961. Allí comenzó su segunda historia, la más intensa. Ella escribe parte de
todo desde hace años en una especie de diario personal donde guarda sus
memorias, escenas frescas de un eterno tiempo presente que no pasa. En Cuba,
además de muchas aventuras, su encantadora imagen enamoró a Joe Baxter, el
legendario guerrillero que pasó de la extrema derecha nacionalista en la
Argentina a formar parte de las primeras organizaciones armadas de la izquierda
en distintos lugares del mundo. Baxter murió a los 33 años, en un accidente
aéreo de 1973 en Orly, Francia; Ruth tuvo una hija con El Gordo, como aún lo
llama, y para el mundo ella empezó a aparecer como su viuda. De esa viuda, mujer
política y amante es de quien habla ella en estas líneas.
Fuente: Página/12, 30/07/07
El
amante de Ava Garner, Joe Baxter
Por Roberto Bardini
Pasaron cuarenta años. José María Guido hacía lo que podía intentando gobernar
el país, bajo la vigencia del tristemente célebre Decreto 4161. En las
elecciones presidenciales de julio de 1963, con el peronismo proscrito,
triunfaba Arturo Illia con el veinticinco por ciento de los votos. El 17 de
agosto, Día del Libertador, un grupo de la Juventud Peronista se apoderaba del
sable corvo del general San Martín.
Poco después, el jueves 29 de agosto de 1963, un comando armado toma por asalto
el Policlínico Bancario, frente a la plaza Irlanda, cerca del centro geográfico
de la Capital Federal. Es el primer caso de una operación de guerrilla urbana en
el país. También la primer expropiación de dinero –o si se prefiere robo- de un
grupo extremista. Pero todo esto tardaría varios meses en saberse.
Una ambulancia con la sirena encendida llegó a media mañana de ese jueves al
estacionamiento del nosocomio. El conductor y su acompañante vestían
guardapolvos blancos y declararon al guardia de la entrada que traían a un
enfermo. El vigilante observó que en la parte trasera del vehículo un hombre de
rostro pálido yacía dormido en la camilla, cubierto por una sábana, y les
permitió entrar.
Casi inmediatamente arribó al lugar una camioneta IKA de la Dirección de
Servicios Sociales Bancarios con catorce millones de pesos de la época
(alrededor de 100.000 dólares) destinados al pago de los sueldos del personal. A
bordo del vehículo venían dos empleados administrativos custodiados por un
sargento de la Policía Federal. Dentro del sanatorio de la obra social,
alrededor de cien personas -entre médicos, enfermeras y trabajadores- formaban
fila ante la ventanilla de cobranzas. Como de costumbre, dos oficinistas
salieron del edificio y se dirigieron a la camioneta para recibir los paquetes
con el dinero.
-¡Quietos! ¡Esto es un asalto!- se escuchó de pronto.
Las miradas del suboficial y de los cuatro empleados se volvieron hacia un joven
rubio que empuñaba una ametralladora PAM. Sorprendidos, asustados y
momentáneamente paralizados, no alcanzaron a ver a otros dos muchachos que los
apuntaban con pistolas, escondidos entre los coches estacionados.
Ante un movimiento en falso del policía, el rubio disparó una ráfaga: dos
ordenanzas murieron en el acto mientras el sargento y los tres oficinistas
rodaban por el suelo, heridos. Las personas que caminaban por el lugar se
arrojaron cuerpo a tierra o corrieron hacia el edificio. Repentinamente,
aparecieron los dos jóvenes que estaban ocultos, tomaron los paquetes con el
dinero y los subieron a la ambulancia que había llegado antes. En pocos minutos
más todos los asaltantes huyeron.
A partir de la alarma, la División Robos y Hurtos de la Policía Federal citó a
un testigo presencial, a dos empleados de la agencia de automotores donde quince
horas antes se había alquilado la ambulancia y al chofer del vehículo, a quien
le habían aplicado dos inyecciones a través del pantalón para adormecerlo (era
el hombre pálido que yacía en la camilla de la parte posterior).
En la Sección Identificación, un comisario –dibujante y experto en retratos
hablados- logró una descripción detallada de los asaltantes. Los investigadores
les mostraron a los testigos voluminosos álbumes con fotos de delincuentes con
antecedentes. Al anochecer de ese mismo jueves, la certeza era casi total: el
asalto había sido cometido por dos conocidos malhechores con una extensa
trayectoria al margen de la ley, Félix Arcángel Miloro, El pibe de la
ametralladora, ex integrante de la célebre banda de Jorge Villarino, y
Salustiano Franco, alias Salunga, eran los responsables del robo.
La División Robos y Hurtos movilizó a sus 144 agentes tras los rastros de Miloro
y Franco, consultó informantes, policías retirados, ladrones de segunda
categoría y prostitutas, ordenó allanamientos y detenciones, e intensificó lo
que en la jerga del periodismo policial se designa con el cínico eufemismo de
"intensos interrogatorios".
No era para menos: según Clarín, el asalto al Policlínico Bancario, "al
constituirse por su importancia en el número uno de los ocurridos en nuestra
Capital en todos los tiempos, ha calado hondo en el ánimo de magistrados y
funcionarios". Finalmente, un soplón dio la dirección de una vivienda en la
provincia de Córdoba.
El 10 de septiembre, alrededor de cien agentes federales se dirigieron
velozmente al lugar. El aguantadero fue ubicado y rodeado. Adentro estaban
Miloro y otra pareja. Un oficial de policía ordenó a los gritos que se
entregaran y que no intentaran escapar. Los pistoleros no se rindieron ni
huyeron: en realidad, fueron literalmente masacrados; el cuerpo de Félix parecía
un colador.
El expediente del asalto fue cerrado y archivado.
Seis meses después trascendió que El pibe de la ametralladora había sido
acribillado a balazos por error, y que no había tenido ninguna vinculación con
el asalto al Policlínico.
En verdad, el joven rubio que empuñaba la PAM se llamaba José Luis Nell,
descendía de irlandeses y era estudiante de derecho. Uno de sus mejores amigos y
compañero de facultad era Cacho, un ex-cadete del Liceo Militar de ascendencia
sirio-libanesa llamado Envar El Kadri. Otro de sus amigos, era José Joe Baxter,
de 24 años, también estudiante de abogacía y empleado de Teléfonos del Estado.
Nell y Baxter habían caído presos varias veces pero no eran delincuentes: eran,
junto a otra docena de participantes del operativo, militantes del Movimiento
Nacionalista Revolucionario Tacuara (MNRT).
El botín estaba destinado inicialmente a financiar una invasión por mar a las
Malvinas.
Hasta entonces Tacuara estaba considerado como un activo grupo juvenil con gran
inserción en los colegios secundarios de Buenos Aires, cuyos integrantes
profesaban el revisionismo histórico y un fuerte antisemitismo. La opinión
generalizada era que estaban más ocupados en pintar cruces svásticas en las
paredes, arrojar alquitrán contra alguna sinagoga y enfrentarse a otros grupos
estudiantiles que en asaltar bancos u organizar operaciones comando. Como
máximo, cachiporras, trompadas o pedradas. Lo nuevo, ahora, era el agregado de
Revolucionario a la denominación Movimiento Nacionalista. Lo cierto es que la
investigación policial terminó dando un giro de 180 grados, y de Robos y Hurtos
pasó a la Dirección de Coordinación Federal y a la División de Orden Político.
Nell, de 22 años de edad, estaba cumpliendo con el servicio militar en una base
de la Fuerza Aérea en Río Gallegos, Santa Cruz. Al principio de su conscripción
era chofer del ministerio de Defensa, pero fue enviado al sur como castigo al
comprobarse que usaba automóviles del Ejército para asuntos particulares (sus
jefes, claro, aún no sabían en qué consistían esos asuntos). La investigación lo
alcanzó. Encapuchado y aún vistiendo el uniforme de soldado, Nell fue trasladado
en avión a Buenos Aires el 26 de marzo del 64. En el aeroparque lo esperaba una
custodia integrada por carros de asalto de la Guardia de Infantería, agentes de
civil con armas largas y motociclistas del Cuerpo de Tránsito, que lo llevó
directamente al Departamento Central de Policía, donde lo interrogaron hasta
altas horas de la madrugada.
El 4 de abril la Policía Federal informó que de enero a noviembre de 1963 los
miembros del Movimiento Nacionalista Revolucionario Tacuara habían protagonizado
cuarenta y tres hechos terroristas. Y ya no eran agresiones a la comunidad
judía. Ahora se trataba de ataques a los centinelas de la Escuela Superior de
Guerra, la Dirección General de Remonta y Veterinaria del Ejército, el Tiro
Federal Argentino y el destacamento de guardia del Aeroparque Jorge Newbery, con
el objetivo de apoderarse del armamento. También habían robado municiones de un
camión de la firma Duperial-Orbea y de la fábrica de armas Halcón.
Los nuevos tacuaras también habían realizado atentados contra la fábrica
Philips, estaciones de servicio ESSO, supermercados Minimax y empresas de origen
británico y norteamericano. Según la policía, se habían descubierto planes para
atacar la guarnición militar de Campo de Mayo y efectuar acciones de sabotaje
contra la usina central de SEGBA (Servicios Eléctricos del Gran Buenos Aires),
un gasoducto ubicado en La Plata y depósitos de Shell. En allanamientos a varios
domicilios se habían encontrado, además, una imprenta y volantes de apoyo a la
Confederación General del Trabajo y a la Juventud Peronista.
Con relación a las nuevas pistas del asalto al Policlínico, la Policía Federal
divulgó una extensa lista de dieciocho detenidos y once prófugos. Algunos de
ellos no habían participado del operativo comando del 29 de agosto pero eran
buscados por otros hechos. Casi todos eran estudiantes que trabajaban,
pertenecían en su mayoría a la clase media, se definían como peronistas y,
detalle para ser tomado en cuenta, la edad promedio era de veinte años.
A fines de noviembre de 1955 se había creado el Grupo Tacuara de la Juventud
Nacionalista en el local que la Unión Nacionalista de Estudiantes Secundarios
(UNES) poseía en Matheu 185, en el barrio de Once. Más tarde, la Unión Cívica
Nacionalista (UCN) les presta un destartalado local de tres habitaciones en un
viejo edificio de Tucumán 415. En 1958, el nombre de Tacuara quedará asociado a
las enormes manifestaciones con violentos enfrentamientos estudiantiles entre la
laica y la libre, en torno a la discusión sobre la educación religiosa.
El jefe político de Tacuara es Alberto Ezcurra Uriburu, nació en 1937 y es el
séptimo hijo de un modesto profesor de historia. Es un austero, inteligente,
astuto, estudioso y casto joven de 21 años que abandonó sus estudios de
seminarista y se gana la vida como pintor de motos. A los 13 años, había
ingresado a la Unión Nacionalista de Estudiantes Secundarios (UNES).
Usó toda su vida lentes de gruesos cristales y marco negro bajo unas cejas
espesísimas, poseía una sólida formación histórica y era un orgulloso
descendiente de Juan Manuel de Rosas y del general José Félix Uriburu. Su padre,
Alberto Ezcurra Medrano, nacido en 1909, era conferencista, articulista en una
docena de publicaciones nacionalistas y autor de alrededor de veinte libros.
Se le considera entre los precursores del revisionismo histórico y uno de sus
seguidores lo definió como antiliberal, católico, rosista e hispánico. Con los
años, Alberto Ezcurra hijo terminará finalmente volviendo al seminario,
ordenándose como sacerdote y cumpliendo una larga y brillante carrera al
servicio de la Iglesia.
El subjefe es José Baxter, alias Joe o El Gordo, un ex afiliado a la Unión
Cívica Radical que ingresó a Tacuara en 1957 y que pronto se transformó en su
vocero. Nacido en 1940 e hijo de un capataz de estancia descendiente de
irlandeses, el robusto Baxter estudia derecho y trabaja como telefonista.
La edad de los jefes oscila entre los 21 y los 24 años, y entre ellos se tratan
de usted. Predican un estilo austero. La revista Ofensiva, órgano de la
Secretaría de Formación de Tacuara, lleva en su portada un escudo con un águila
feudal germana. La bandera del Movimiento Nacionalista Tacuara posee tres
franjas horizontales: las dos de los extremos superior e inferior son de color
negro y simbolizan la revolución nacional; la central es roja y representa la
revolución social. Sobre esta franja hay una Cruz de Malta celeste y blanca.
Varios militantes exhiben en sus solapas también una cruz de Malta celeste y
blanca o la estrella federal de ocho puntas, color rojo punzó, o un crucifijo
que cuelga del llavero.
El escritor izquierdista uruguayo Eduardo Galeano comenta: -Vienen en busca del
mito del poder, los atrae la emoción de los campamentos, en los que las
maniobras militares suelen hacerse con verdadera munición de guerra y con
verdaderos heridos, la magia de los juramentos en las galerías subterráneas del
cementerio, el estampido de los primeros balazos, el culto del peligro elaborado
en torno a las fogatas, lejos de la familia y el hogar -y de la blanda vida
burguesa de la que pretenden liberarse- reivindicándolos a sangre y fuego, como
‘un pelotón de soldados que salva a la civilización’, que dijera Oswald
Spengler.
Diez años después del operativo comando en el sanatorio de los bancarios, el 11
de julio de 1973, un Boeing 707 de la compañía Varig que debía volar a Bruselas
se estrelló en el aeropuerto parisino de Orly a los cinco minutos de despegar.
Murieron 123 de sus 134 pasajeros.
Fue muy difícil para los familiares de uno de ellos retirar el cadáver
calcinado, porque viajaba con un pasaporte falso. Era argentino, tenía 33 años y
había vivido en la cuerda floja durante la última década de su vida. Se trataba
de Joe Baxter y hoy está sepultado en el cementerio británico de Buenos Aires.
Su historia posterior al asalto al Policlínico terminó por convertirse en una
leyenda fenomenal, paradigmática de una época. Ni siquiera sus viejos camaradas
de distintas organizaciones quieren tocar el tema, como no sea en muchos casos
para tratarlo de chanta. Y es que Baxter fue un controvertido personaje con una
trayectoria política igualmente controvertida y en una época histórica
absolutamente controvertida.
Poco después de la acción que hoy evocamos, Baxter habló en la Facultad de
Filosofía y Letras ante estudiantes de izquierda presentando al Movimiento
Nacionalista Revolucionario Tacuara y tomó distancia del grupo dirigido por
Alberto Ezcurra.
Dijo: -No sólo hay liberalismo cipayo e izquierdismo cipayo; hay también
nacionalismo cipayo. Los nacionalistas cipayos son quienes creen que la batalla
por la soberanía argentina se jugó en la cancillería de Berlín en 1945.
Después del asalto al Policlínico, fugitivo y bajo el nombre de Salvador
Ballesteros, vivió durante casi tres años en el barrio de Pocitos de Montevideo.
Se relacionó con el dirigente agrario Raúl Sendic y participó en la creación del
Movimiento de Liberación Nacional Tupamaros.
También fue oficial del ejército cubano, viajando en incontables oportunidades a
la isla.
Para 1968 residía en París y fue testigo del Mayo francés, un masivo movimiento
universitario que levantaba consignas como La imaginación al poder o Seamos
realistas: pidamos lo imposible. Fue allí donde se vinculó al contador
santiagueño Roberto Mario Santucho. Se integró entonces, con el nombre de
Rafael, al Partido Revolucionario de los Trabajadores - Ejército Revolucionario
del Pueblo (PRT-ERP).
Después se unió a un desprendimiento trotskista: la Fracción Roja, perteneciente
a la Cuarta Internacional, que entonces dirigía el economista belga Ernst Mandel
(cuando murió en el mencionado accidente aéreo precisamente volaba para reunirse
con él en Bruselas).
También viajó a Madrid, El Cairo y Argel, donde se entrevistó sucesivamente con
el ex presidente Juan Domingo Perón, el mandatario egipcio Gamal Abdel Nasser y
el estadista argelino Ben Bella. En esa oportunidad, en España, tuvo un amorío
pasajero con la actriz Ava Gardner. Después vuelve al Uruguay, porque debe
encontrarse en Punta Carretas con el ex presidente del Brasil, Joao Goulart,
exiliado en Montevideo.
Junto con un grupo de ex-tacuaras de izquierda y militantes de la Juventud
Peronista recibió entrenamiento militar en China. Después pasó a Vietnam y se
unió al Vietcong. Su leyenda personal sostiene que, gracias a su aspecto físico
-alto, corpulento, pelirrojo y con pecas- entró vestido de militar canadiense al
Club de Oficiales del ejército de Estados Unidos en Saigón, dejando un
explosivo. Se dice que también, durante la famosa contraofensiva del Thet,
participó de aquella decisiva operación de guerra. Se dice incluso que el líder
vietnamita Ho Chi Minh lo condecoró por su valor en combate.
Obvio, además estuvo en el Chile de Salvador Allende y el MIR.
Un personaje aventurero y legendario –aunque denostado sin piedad por la mayoría
de los que lo conocieron- que pretendió vivir peligrosamente, un poco a la
manera de un Lawrence de Arabia, de un André Malraux, o de un Che Guevara.
[De "TACUARA, LA PÓLVORA Y LA SANGRE"]
El
caso Nell, clave para el proceso político argentino
Por John William Cooke (1967)
En estos días ha de expedirse la justicia del Uruguay con respecto a la
extradición de José Luis Nell, requerido por las autoridades argentinas como
presunto integrante del comando del Movimiento Nacionalista Revolucionario
Tacuara que asaltó el Policlinico Bancario de Buenos Aires en agosto de 1963. A
los efectos de ese pronunciamiento, es irrelevante el que Nell haya o no
cometido los hechos que se le imputan: lo que se discute es si fueron
perpetrados con fines políticos, puesto que las leyes excluyen expresamente la
extradición por delitos políticos o por delitos comunes conexos con lo político
ya sea que formen parte de la ejecución del acto político o ejecutados en forma
aislada pero con objetivos políticos. Es un principio intangible y universal que
tutela los derechos humanos del asilado, y que los despotismos buscan burlar
fraguando procesos comunes a sus enemigos expatriados (caso reciente de los
tiranuelos brasileños, calificando de "delincuente común" a Lionel Brizola) o
negando que los hechos que le incriminan tengan alcances políticos, que, es la
técnica empleada contra Nell.
La requisitoria de la dictadura argentina es
tan cristalinamente improcedente que presupone magistrados uruguayos carentes
del más elemental buen sentido o susceptibles de ser inducidos a violentar los
preceptos legales y la tradición jurídica de su país.
No pretendo leer en la brumosa interioridad de las mentes gorilas: cabe también la hipótesis de que esa demostración de menosprecio no refleje una convicción real sino que sea una astucia primitiva con la finalidad de prolongar la detención de Nell y someterlo a los perjuicios de una tramitación semejante. Aparte de que estamos seguros de que esa tentativa correrá la suerte que se merece, para nada podemos gravitar en un litigio que se dirime en el ámbito forense. Pero precisamente porque es un problema político, nos interesa exponer sus datos esenciales, que contribuirán a la comprensión de la realidad argentina, velada aún por tenaces equívocos y malentendidos.
¿QUE CLASE DE "TACUARA"?
Así mientras basta la existencia de un móvil político para que la extradición
sea ilegal, independientemente de cual sea la concepción ideológica sustentada
esto es lo más importante para nosotros. La trayectoria de Nell ejemplifica la
de muchos jóvenes que iniciaban su vida política hace más o menos una década, en
medio de las frustraciones de una Argentina manejada por una minoría rapaz que
abdicaba nuestra autodeterminación política y económica, mientras el pueblo,
superexplotado y proscripto, no lograba traducir su protesta en una lucha
efectiva por la toma de poder. Debo omitir referirme al complejo de
circunstancias que llevó a un sector de la juventud a ver en las organizaciones
nacionalistas de extrema derecha el camino para terminar, por medio de la acción
directa, con este estado de cosas. Pero, en la medida que los impulsaba un
auténtico fervor popular y patriótico, fueron percibiendo la naturaleza de ese
nacionalismo violento, reaccionario y folklórico, que tras el fuego de su
retórica no ofrecía un programa revolucionario sino saldos y retazos ideológicos
trasplantados a los fascismos europeos. Sus núcleos paramilitares, lejos de ser
dispositivos de combate revolucionario, eran engranajes del "Establishment", que
fustigaban al imperialismo pero lo servían con una práctica inspirada en las
consignas del "occidentalismo" y orientada por energúmenos de sacristía,
rezagados del milenio corporativo, nostálgicos medioevales y agentes de los
Servicios de Información.
Nell, ligado directamente a la lucha de masa trabajadora y capaz de asimilar
críticamente los datos de la realidad contemporánea, fue uno de los primeros en
tomar conciencia de que, en nuestras naciones dependientes, no hay nacionalismo
de derecha posible, y, que con ese punto de partida, concluir, que a esta altura
ni siquiera es posible un nacionalismo burgués. Esa evolución determinó que un
grupo se separase de Tacuara -que en 1963 era la más poderosa organización
derechista- para formar el Movimiento Nacionalista Revolucionario Tacuara
(pronto conocido como "la Tacuara de izquierda") del cual Nell fue figura
destacada y miembro de la delegación que viajó a China y otros países
revolucionarios; rápidamente se completa el tránsito hacia los planteos más
radicales: el carácter global de la lucha liberadora del Tercer Mundo, la
Revolución Social y la liberación nacional como aspectos indisociables de un
proceso único, el papel de la Revolución Cubana, etc.
Teniendo presente esta ubicación ideológica, el "caso Nell" entra en su
verdadera perspectiva, desde la praxis insurreccional hasta el ensañamiento
represivo y este pedido de extradición en base a fundamentos que por el
contrario, demuestran su improcedencia.
LOS BARULLOS DEL SURREALISMO JURÍDICO
El juez argentino que condenó al grupo del MNRT sostiene que no son delincuentes
políticos sino "seres inadaptados que con el pretexto de móviles sociales o
patrióticos dan rienda suelta a pasiones criminales realizando acciones que
algunos tratan de per-suadirse a sí mismos como de carácter epopéyico o
justiciero...".
Ese buceo en la psiquis de los procesados está reñido con las normas de
imparcial administración de justicia y constituye una fuga hacia la
arbitrariedad de las afirmaciones infundadas. Por lo pronto, son los propios
protagonistas quienes deben estar "persuadidos del carácter epopéyico o
justiciero..." de sus acciones, eso es lo que distingue a los activistas
revolucionarios, y no la prueba de que son personalidades aberrantes. El ideal
perseguido puede parecer horroroso a los que pertenecen al sistema de valores
atacado, pero el rebelde tampoco concibe como "normal" el acondicionamiento
espiritual en el seno de una estructura socio-política injusta y deformante, ni
que esas almas frígidas sean la pauta, para medir los "desajustes". No
pretendemos que nuestros salomones aborígenes compartan ese punto de vista de
los marginales, pero aun dentro de la juridicidad del status quo, el
inconformismo integral no puede reducirse a fenómeno de patología psicológica; y
una infracción a la ley es política o no de acuerdo con criterios elaborados por
la ciencia penal, y no de acuerdo con requisitos que un magistrado fije por su
cuenta para que una concepción merezca la calidad de lo político.
Para sustentar ese frívolo diagnóstico, ¿qué elementos de juicio objetivos
permiten afirmar que los móviles invocados son simples "pretextos", "una
cobertura supuesta-mente ideológica?" Cabría suponer que se apoya en la
constancia de que los MNRT invirtieron el producto del atraco para fines
personales, o en bienes suntuarios, timbas, orgías, perfume francés, mulatas
incandescentes y otras delicias de la opulencia. Pues, no: el mismo juez se
encarga de informarnos, en otro pasaje de su fallo, que "se trata de una
verdadera sociedad criminosa que ora con propósitos de índole insurreccional,
ora con el propósito de allegar fondos, armas, municiones, y otros elementos
para la consecución de objetivos declarados por sus integrantes, proyectó y
llevó a cabo hechos de carácter delictivo...". Como señala el letrado defensor
de Nell, es imposible hacer una descripción más exacta de lo que la doctrina
penal considera delitos políticos conexos. La raíz, de las contradicciones e
incongruencias es política, y está explícita en otro parágrafo del dictamen
judicial. Esta especie de organización delictiva es más peligrosa y amenaza
tomar un incremento mucho mayor por los recursos de que se vale y los medios que
emplea, que las simples bandas criminales que actúan sin esa cobertura
supuestamente ideológica, razón por la cual debe combatírsela más severamente
porque hace peligrar los cimientos de nuestra sociedad".
Primero eran delincuentes comunes; luego resultó que eran comunes pero no tanto,
y hubo que fijarles un limbo clasificatorio que los separaba del hampa pero sin
entreverarlos con los políticos; por fin, estamos en que son peores que los
criminales. Igualmente errátil es la lógica que descalifica como simulaciones
los fines subversivos proclamados; para luego señalar que su práctica pone en
peligro el orden constituido. Lo que equivale a decir que los MNRT lograban como
revolucionarios los fines que simulaban como pseudo revolucionarios. Bravo.
Finalmente, los tribunales argentinos pueden confinar a quienes atenían contra
los cimientos de la sociedad al octavo círculo del infierno carcelario; lo que
no pueden es hacer de eso una causal de extradición, pues si en algo coinciden
los juristas de, todo el mundo es en que ese tipo de infracciones son políticas
por excelencia.
VIOLENCIA SAGRADA Y VIOLENCIA DESFACHATADA
Veamos que régimen inefable de convivencia estuvieron por corroerlas modestas
hazañas de estos reos. Cuando delinquieron, en la Argentina estaban cerradas las
vías legales de expresión popular, y la acción directa era la única política que
quedaba. Fue ese carácter falseado de la representatividad democrática la que
invocaron las Fuerzas Armadas para dar el golpe de junio de 1966. Al fin y al
cabo, lo mismo que se planteaban Nell y los suyos, con la diferencia de que, no
disponiendo del instrumental bélico del estado, tuvieron que recurrir al asalto
para armarse. Pero desde el punto de vista técnico, eso tampoco rompe la
similitud de ambas situaciones jurídicas: el dinero del Policlínico Bancario
pertenecía a los tacuaras tanto como pertenecen a los militares las armas que
paga el pueblo para defender su soberanía y que ellos utilizan para despojarlo
de esa soberanía y hacer con el país lo que se les da la gana.
Las FF.AA. responsables de la deformación representativa durante once años, no
vacilaron en hacer mérito de esa anomalía para justificar el alzamiento contra
el gobierno civil (elegidos en comicios presididos por los militares y con
proscripción de los candidatos mayoritarios). Lo sorprendente es que el golpe
triunfante, en lugar de redimir esos vicios de la práctica política, arrasó con
todo el dispositivo de participación ciudadana en la elección de los mandatarios
del estado, disolvió los partidos y convirtió en delito toda actividad política,
aún pacífica y tradicional. Como caso de "simulación", éste alcanza proporciones
de maravilla. Detrás de este atropello está la crisis permanente del sistema
capitalista argentino, que ya no permite disimular la violencia clasista tras la
legalidad -siquiera formal- del gobierno democrático representativo; los órganos
encargados de aplicar la coerción resolvieron asumir el poder, del cual eran
sostén exclusivo y visible, liquidar el dispositivo ya inoperante de la política
clásica e integrar directamente a los grupos económicos predominantes designando
para las altas funciones administrativas del estado a los directivos y
apoderados de los grandes consorcios locales y extranjeros.
La usurpación no es novedad sino lo habitual a través de 80 de los 104 años de
vigencia de nuestra constitución. Pero por primera vez la práctica de la
violencia no se recubre con los siete velos de la legalidad republicana: la
actual dictadura militar no pidió, como las anteriores, reconocimiento como
gobierno "de facto", justificado como necesidad transitoria con el fin de
restablecer el normal funcionamiento de las institucio-nes, sino que se título
emanada de una legalidad propia que cancela la preexistente. Los comandantes en
jefe de las tres armas declararon que asumían el "poder constituyente" y fijaron
los imprecisos objetivos de la "revolución", que tienen preeminencia por sobre
los textos constitucionales; designaron presidente a Onganía, otorgándole
también facultades legislativas y sin término a su mandato, y reemplazaron a los
miembros de la Suprema Corte. Por consiguiente el gobierno no prestó juramento
ante el alto tribunal sino que los integrantes de éste juraron acatamiento a la
nueva juridi-cidad.
Ese gobierno omnímodo, legitimado por su propia fuerza, es el que tramita la
entrega de Nell. A instancias de esa justicia, que también tiene las espadas
como fuente última de su existencia. Los hijos de la prepotencia claman venganza
contra Nell, por el posi-ble crimen de haber participado en la empresa patética
y desesperada de un grupo de rebeldes. La sociedad burguesa presumía ser fruto
del consenso general, pero en ella puede suprimirse de hecho y de derecho la
voluntad colectiva en las determinaciones de las cosas públicas sin que por eso
tiemblen los "cimientos" de la convivencia organizada. Oficialmente se confirma
que la democracia representativa era una superestruc-tura de la que se prescinde
para apuntalar lo que es básico e intocable: el sistema de relaciones de fuerzas
entre clases dominantes y clases dominadas. He aquí por que nuestros guerreros
se coronan de laureles por estas epopeyas que tal vez la historia ignorará, pero
que están registradas en las estadísticas sobre desempleo, ausentismo escolar,
desnutrición, mortalidad infantil, nivel de vida, mientras los tacuaras de
izquierda pasan miseria en las cárceles o se organizan contra ellos la caza del
hombre disfrazada de tramitación jurídica internacional.
En un país donde los aviones navales han bombardeado a una multitud obrera
indefensa en Plaza de Mayo -y mañana lanzarán rocíos de napalm con idéntico
ánimo alegre-, donde se movilizan los tanques contra la protesta obrera, donde
cada prócer castrense moviliza "su" guarnición o "su" barco en las
confrontaciones internas por el poder, la única violencia que causa escándalo es
la de Nell, mala plusvalía.
Desde la Argentina, una regencia de bayonetas que tutela los privilegios de
dentro y de fuera exige la remisión de un prisionero de guerra que escapó a sus
guardias de hierro. Las saturnales revanchistas son catarsis para estas
ciudadelas del Occidente imperial, acechadas por hordas oscuras cuya irrupción
presagian signos intranquilizadores.
Además, Nell es un militante revolucionario, es decir, un subversivo que
pretende esconder que el poder económico y el poder de fuego son monopolios
sagrados en ese mundo de pequeños déspotas sin cabeza, de arcángeles blindados
que vigilan la insu-misión de las masas hambreadas, de adoradores de fetiches,
de payasos solemnes, de respetuosos de la respetabilidad, de púrpuras y togas
tendidas para que no se vean las verdades peligrosas.
John W. Cooke
Acción Revolucionaria Peronista
[Publicado en "Marcha", 1967]
La
saga de Baxter
[ADELANTO DEL LIBRO "JOE BAXTER, DEL NAZISMO A LA
EXTREMA IZQUIERDA"]
Fue uno de los fundadores de Tacuara, un adolescente gordo que le escribía
poemas a Primo de Rivera. Pero en una trayectoria tal vez posible sólo en su
época, se corrió al peronismo y terminó entrenando en Argelia y China, y
funcionando como una suerte de combatiente internacional entre el ERP,
Tupamaros, MRT y Cuba.
Por Alejandra Dandan y Silvina Heguy
Al Grupo Nacionalista Revolucionario Tacuara la Policía lo tenía fichado como
Grupo Baxter. Con armas guardadas hasta en las bóvedas de los cementerios, la
nueva agrupación se lanzó a buscar financiamiento para sus operaciones. ¿Y dónde
estaba el dinero?, le gustaba preguntar a Baxter. En los bancos, respondían los
integrantes de la nueva fracción. Entonces, argumentaban, ahí había que ir a
buscarlo. En los primeros meses de 1963, los tacuaristas se dedicaron a buscar
objetivos para robar o para "apropiarse", como preferían decir para
diferenciarse de los delincuentes comunes. Pero el borde entre lo delictivo y lo
revolucionario era muy difícil de mantener. El dato para la operación más
importante que iban a emprender ese año lo trajo un día Ricardo Vieira, el
estudiante de Medicina que realizaba sus prácticas en el Hospital
Neuropsiquiátrico Borda. En una de sus salas del barrio de Barracas se planeó la
primera operación de guerrilla urbana de la historia argentina.
.....
Perón, como todas las mañanas de invierno, se había levantado a las cinco. Lo
habían despertado los gallos. Después de unos mates amargos dio su habitual
largo paseo por las calles del barrio. De vuelta había tomado varios mates más.
El ritual matinal indicaba que estaba listo para recibir a la larga lista de
invitados diarios. Los esperaba en su escritorio atiborrado de libros y cartas
para responder. Aquel 7 de enero, a Baxter lo acompañó un empleado hasta la
habitación que ocupaba la planta baja.
(....) Villalón abrió la puerta del despacho de Perón y se encargó de hacer las
presentaciones. Perón había pasado los últimos diez años recibiendo visitas de
distintos sectores de la política argentina y, a esa altura, era un experto
anfitrión.
Como parte de su bienvenida, y para hacer sentir bien a su invitado, Perón le
comentó a Baxter que conocía perfectamente la trayectoria del grupo al que
representaba. Incluso recordó que le había enviado una carta con su fotografía
firmada cuando dos de sus miembros habían caído presos. El 17 de octubre de
1962, José Luis Nell y Rubén Rodríguez habían sido detenidos por el robo de
varios autos. Perón se había solidarizado con ellos en su condición de
luchadores contra el régimen militar.
En su monólogo de recibimiento, Perón se explayó sobre los escritos de la
agrupación Tacuara que había leído. Se extendió también en un largo elogio sobre
uno en especial, que alababa al Estado fascista italiano de Benito Mussolini. Le
comentó a Baxter que en la época del Duce había visitado Italia y que él también
había quedado impresionado por la organización del Estado italiano y por los
escritos de Mussolini. Baxter no respondió al comentario y la conversación se
desvió hacia la política argentina. Cuentan que fue Campos quien, después de la
primera visita de Baxter, le dijo a Perón:
Disculpe, General, pero estos muchachos leen más a Mao que al Duce.
Al otro día, Baxter se encontró en el escritorio de Perón algo diferente. Entre
las carpetas y papeles había un nuevo retrato: el del líder chino. Baxter no
dijo nada sobre el retrato de Mao. Pero cuando volvió a Buenos Aires se cansó de
contar la anécdota y casi siempre la terminaba de la misma manera, con una gran
carcajada y repitiendo:
Hay que seguir a este hombre, ¡este hombre sabe! Baxter se despidió de Perón y
su séquito en el jardín de la quinta. Mientras caminaba hacia el portón, Perón
lo miró de lejos y le dijo a Villalón una de esas frases que parecía decir sólo
para que quedaran en la historia: "Un muchacho fantástico. Parece capaz de hacer
él solo la revolución". Baxter tenía 23 años y, si bien no estaba dispuesto a
hacer solo la revolución, sí quería aprender las técnicas de los movimientos
revolucionarios. Al otro día del segundo encuentro, viajó a la RAU y después a
Argelia.
.....
Desde las ventanas del Hotel de las Nacionalidades, los argentinos quedaron
extasiados ante la panorámica de la plaza de Tiananmen. Durante el primer mes de
su estadía en China ése sería su lugar de residencia. La primera noche eligieron
comer en el restaurante oriental y dejaron de lado el que ofrecía comida
occidental. Querían aprender todo del país que había logrado la revolución tan
soñada. Desde la ventana de su habitación Baxter se quedó en silencio. Había
algo que no podía explicar sobre lo lejano, conmovedor y tétrico del paisaje
urbano. Las luces de los autos iban y venían por la avenida. El silencio que
desprendía el país más poblado del mundo era abrumador. Se lo comentó a
Rodríguez y juntos se dieron cuenta de que la falta de carteles de publicidad
era lo que provocaba esa extraña visión. Baxter y sus compañeros estaban
rodeados de millones de personas y no escuchaban nada.
.....
La rutina en la academia era dura. El día comenzaba a las cinco y media de la
mañana. El grupo estaba fuera de forma y en los primeros días les costaba seguir
el entrenamiento. Al principio, el instructor los hacía correr poco: unos dos
kilómetros por día. Pero sobre el final llegaron a trotar en buen ritmo casi
doce kilómetros diarios. En cada salida al exterior quedaban sorprendidos de la
cantidad de pequeñas brigadas extranjeras con las que se cruzaban.
Una mañana, el instructor les hizo una seña para que se corrieran hacia la
derecha para dejar pasar a una brigada. Los argentinos no podían creer que
quienes les estaban ganando en la carrera eran parte de una compañía femenina
china. Subían una montaña corriendo y cargadas con todo el arsenal para un
ataque: desde armas de guerra hasta mochilas, fusiles y morteros. Más allá del
entrenamiento físico, de aquella experiencia Baxter se llevó uno de los
conceptos claves para su vida política: el de guerra revolucionaria que, a la
manera china, significaba la lucha popular y prolongada contra el régimen.
Después de sus días en China, Baxter se transformó en uno de los personajes que
se dedicaron a expandir esta técnica en América latina.
.....
Los conoció sin verles la cara. Cubierto por una capucha, atravesó el pasillo y
enfiló para el fondo de una casa que les habían prestado en pleno Barrio Norte.
Otros ocho enmascarados esperaban adentro, todos sentados detrás de un biombo.
Entró con Mario Roberto Santucho, aunque nadie lo reconoció porque también
estaba cubierto con un pasamontañas. Del plenario clandestino participaba un
grupo muy reducido de delegados del PRT. Habían llegado de toda la provincia de
Buenos Aires para preparar un documento clave para el V Congreso del Partido que
iba a realizarse veinte días más adelante, entre el 28 y 30 de julio de 1970.
Baxter no pronunció palabra. Al presentarlo, Santucho lo describió como un
integrante del Comité Central y lo llamó por su nombre de guerra, Rafael
Barletta. ¿Quién era?, se preguntaron en la sala.
Aunque los participantes de la reunión lo consideraron como un gesto exagerado,
Baxter había sugerido el uso de las capuchas como medida de seguridad. Con el
mismo objetivo preparó un sistema para controlar la entrada y salida de la
puerta de calle. Le pidió a Luis Pujals que permaneciese ahí y le dio una serie
de instrucciones. Pujals se quedó parado, de espaldas, a la espera de los que
iban llegando. Cuando entraban les pedía un santo y seña. Si era correcto, les
daba una capucha y sin mirarlos a la cara decía:
Pasillo al fondo, a la derecha.
La reunión se hacía en casa de los Gelter, dos hermanos polacos (desaparecidos
después de 1976). Desde la entrada salía un largo pasillo que desembocaba en el
living donde se llevaba a cabo la reunión. Los que llegaban podían caminar por
el pasillo a cara descubierta, pero antes de entrar a la sala donde detrás del
biombo estaban los encapuchados tenían que cubrirse obligatoriamente.
Cuando la reunión terminó, un delegado de Zárate caminó, completamente
intrigado, hasta donde estaba el encargado de la regional Buenos Aires para
preguntarle quién era ese inmenso sabelotodo que parecía muy seguro de lo que
decía. Acosado por las preguntas, el de Buenos Aires finalmente habló:
–¿Qué quién es? –le dijo–. ¿Te acordás del asalto al Policlínico Bancario?
La fama de Baxter había crecido repleta de fábulas, leyendas pero también con
fragmentos de sus historias verdaderas. En el PRT habían escuchado de su estadía
entre los revolucionarios de Vietnam, de la condecoración de Ho Chi Ming y de su
entrenamiento en China. Santucho lo recibió como un revolucionario de fuste
especialmente porque, como decían entonces, llegaba con las "chapas de Vietnam".
En esas condiciones lo sumó como un cuadro político mayor, con el grado de
comandante revolucionario que había alcanzado en La Habana. Siempre dijo que los
cubanos se lo habían presentado y entregado para trabajar en el Partido.
.....
El 31, los diarios publicaron la noticia del asesinato de Hermes Quijada. La
policía señaló a Víctor José Fernández Palmeiro como responsable del asesinato.
La televisión trasmitió durante varias horas partes informativos. Los flashes
aparecían a mitad de una novela que contaba cómo una chica de doble apellido se
enamoraba de un taxista llamado Rolando Rivas. Fernández Palmeiro no había
actuado solo, decían los presentadores de noticias. Pero nadie tenía información
del resto. Frente a las cámaras, un militar explicó luego algunos detalles del
operativo. Se supo, y se dijo, que los autores habían contado con un coche de
apoyo, pero que huyeron en motocicletas.
¡Zas!
Dijo Oscar Falchi, el chico de los cines club de la Acción Católica, un ex
militante de Tacuara sentado ante el televisor de su casa, casado y frente a su
mujer.
¡Zas!
Y dudó en seguir hablando. No podía contarle de cuando era chico, ni de las
veces, tantas veces, en las que mirando Lawrence de Arabia u otras películas de
acción con sus amigos habían planeado un asesinato de esa misma forma. Un
atentado igualito. Como nunca antes se había hecho en la Argentina.
¡Zas!
Y mirando a su mujer dijo:
¡Zas! ¡Volvió el Gordo Baxter!
El primer ensayo de guerrilla urbana en la
Argentina
Por Juan Gasparini [especial para ARGENPRESS.info,
28/08/06]
Fragmentos de 'Memoria de un desaparecido en la ESMA - El libro de Jorge
Caffatti', de Juan Gasparini. Editorial Norma, 2006
En el primer gran ensayo de guerrilla urbana que conocería la Argentina el 29 de
agosto de 1963, con la sangrienta irrupción en el Policlínico Bancario, Nell y
Caffatti tuvieron papeles preponderantes. Se desempeñaron mancomunados con otros
tacuaras del MNRT, a tono con lo que se registra en la causa a la
que finalmente se abocara el juez federal Jorge Aguirre, con la instrucción
previa de su colega subrogante Horacio Rébori, realizada a través de la
secretaría de Carlos González Gartland. De su investigación se desprende que se
alzaron con los 100 mil dólares que debían sufragar los sueldos de los
trabajadores del nosocomio, dejando dos cadáveres y tres heridos. La condición
de factibilidad para una acción de tal envergadura en aquella época surgió de un
dato de retorcida
procedencia. Lo procuró Ricardo Viera, estudiante avanzado de medicina que
practicaba en el Hospital de neuropsiquiatría de la calle Vieytes, correoso
tacuara que adoraba las armas y fantaseaba con la Legión Extranjera. Lo recibió
de un amigo velado en un cierto embrollo. González Gartland logró reconstruir
que esa fuente había sido Gustavo Posse, quien conociera a Viera compartiendo la
plantilla de un tribunal civil y comercial de Buenos Aires, al que le hiciera un
favor: en febrero de 1963 Posse intercedió para que le aliviaran la situación
carcelaria a Viera, preso en el establecimiento de Caseros por tenencia de un
arsenal en su casa de O’Higgins y Mendoza, a raíz de que se le disparó un tiro e
hirió a un militante de Juventud Peronista, Carlos Eduardo Suárez, cuya
internación en una clínica fue denunciada a la policía. Así las cosas, por un
30% del botín, Posse entregaba lo avistado por desconocidos, en realidad una de
sus dos hermanas, de nombre Beatriz, y una prima de su esposa, Elsa Susana
Echazú, ambas empleadas en el hospital. Estas se habían percatado de que en el
penúltimo día hábil de cada mes, alrededor de las diez de la mañana, una
camioneta traía desde el centro de la ciudad una valija con trece millones de
pesos, algo así como 100 mil dólares, para el pago mensual de los haberes del
personal, con la sola custodia de un policía. Como se imponía interceptarlos a
esa hora precisa, y en Argentina era muy conocida la novela de Marco Denevi,
"Rosaura a las diez", unos dicen que la operación fue motejada "Rosaura",
mientras que otros afirman que el nombre vino porque su realización se programó
para la efeméride de Santa Rosa de Lima, el 29 de agosto.
A las 7 de la mañana del día señalado, atravesando una cortina de lluvia, dos
miembros del MNRT Tacuara, Rubén Rodríguez y Mario Duaihy subieron a una
ambulancia contratada telefónicamente en la víspera a la Cochería García de
Rivadavia 14.290, en Ramos Mejía. La arrendaron con chofer y sin camillero. Al
abordarla le indicaron al conductor, Luis Voda, ir a buscar a un paciente,
persuadiéndolo de que antes levantara a un médico y un auxiliar a veinte
cuadras. Se trataba de Tomislav Ribaric, estudiante de medicina descendiente de
croatas, y Horacio El Viejo Rossi, ex suboficial de la marina que se incorporó a
la resistencia peronista, futuro inductor del secuestro de Revelli-Beaumont en
París. Provisto de un disfraz blanco, Rossi reemplazaría a Luis Voda, chofer de
la ambulancia Rambler, una vez que estuviera reducido y narcotizado con dos
inyecciones preparadas por Viera. El chofer sería extendido sobre la camilla
acondicionada para el enfermo en la parte de atrás del vehículo y cubierto por
una sábana hasta el cuello para disimular que estaba maniatado. El recorrido
hasta el Policlínico, en Gaona 2197, entre Donato Alvarez y Seguí, no tuvo
sobresaltos. El edificio de cuatro pisos, abarca aún hoy dos manzanas, con
jardines y una playa de estacionamiento protegidas de la mirada externa por un
muro circundante. En sus inmediaciones, frente a la Plaza Irlanda, los recién
llegados divisaron un Valiant gris estacionado en la calle Seguí, robado la
noche anterior en un garaje de Zabala 2552 por Luis Alfredo Fredy Zarattini,
Jorge Andrés Cataldo y Rubén Rodríguez, estos dos últimos predestinados a ser
cofundadores de las FAP en 1967. En la esquina de Seguí y Gaona, se apostaban
Nell, Arbelos y Caffatti, los dos primeros vestidos de blanco. Repentinamente
descompuesto, Ribaric se apeó de la Rambler, saliendo a reponerse en el
departamento "B" de Talcahuano 1224, un bulín coalquilado por Posse y dos de sus
colegas de trabajo, previsto para que acudiera a recoger su parte cuando los
asaltantes se reunieran a contar lo recaudado. Rodríguez se sentó al volante del
Valiant, y Duaihy se puso a deambular por la acera del Policlínico. El comando
tenía ubicados otros autos en las inmediaciones, con gente armada de "contención", cuyo objetivo era neutralizar a la policía si los desenmascaraban.
Caffatti entraría a pie al playón del hospital por el portón para autos de
Gaona, siguiendo la ambulancia con sus tres compañeros de blanco; Rossi
manejando, Arbelos en el habitáculo del acompañante y Nell detrás, donde Voda
dormía en los sopores del somnífero, ignorante del desquicio que se incubaba en
su derredor. Cada uno llevaba armas suministradas por los militares peronistas
que metieran baza en las asonadas golpistas de la Aeronáutica, de la Marina y
del Ejercito, entre 1960 a 1963, o sustraídas por ellos mismos a miembros de las
fuerzas de seguridad. Todos portaban pistolas 45, con el suplemento de una
ametralladora en manos de Nell, probablemente uno de los más fogueados por sus
probados antecedentes de jefe de la "milicia" de la primogénita Tacuara, y por
estar cumpliendo el servicio militar en Aeronáutica, afectado al Ministerio de
Defensa.2
Para que hubiera tiempo de posicionarse previamente a que lo hiciera el
transporte de caudales, el ya mencionado Luis Alfredo Fredy Zarattini, a su
turno avisado por Cataldo que viera salir el furgón del Banco Nación en Plaza de
Mayo, se adelantó en un Jaguar rojo que le regalara su padre, anunciando a sus
compañeros de la Rambler que se avecinaba el instante de actuar. No tuvieron
inconvenientes en simular ante el portero, Juan Carlos Lowry, que traían un
doliente. Hacia las 10,30 horas penetraron en la playa de estacionamiento y se
pusieron de espaldas a la muralla que impedía los vieran desde la calle Luis
Viale, paralela a la Avenida Gaona. Se ubicaron en la vecindad de donde por
rutina lo haría la camioneta Ika con el dinero, chofer, empleada administrativa,
un sargento de la Policía Federal, y el cajero y pagador del Policlínico,
Alfredo Silvestre Ricci. Caffatti se colocó entre los dos cuerpos del edificio y
su misión era reducir al suboficial de la policía. Tras el paso de los rodados,
con la faz cubierta por un pañuelo blanco, Duaihy inmovilizó al portero, para
que no transmitiera lo que empezaba a suceder. La Estanciera Ika era gris. Se
detuvo por detrás de las escalinatas en el lugar de costumbre, descendiendo sus
ocupantes, a los que se acercaron dos ordenanzas para acarrear los 80 kilos que
pesaba la valija en la que traían los sueldos. Nell los sorprendió en los
prolegómenos dando una sonora voz de alto. Empuñando la ametralladora hizo punta
flanqueado por Caffatti y Arbelos desenvainando las pistolas, con Rossi en la
platea de una butaca de ambulancia. Instintivamente el suboficial Abelardo
Cecilio Martínez movió su mano a la cartuchera. Nell lo tumbó de una ráfaga,
hiriendo en el antebrazo a la administrativa, Nelly Culasso de Ordóñez. Con el
segundo tableteo abatió al chofer, Víctor Cogo, y al ordenanza Alejandro Morel,
encajándole un tiro en un hombro al otro, Vicente Bóvolo. Como en una
distribución de roles Caffatti se abocó a quitarle el arma al policía y Arbelos
sacó de la camioneta la valija marrón repleta de billetes y monedas. Entre los
dos la arrastraron a la Rambler, que Rossi aproximó. Detrás de los ventanales, o
en el dédalo de las veredas circundantes, se disimulaban otros MNRT como
transeúntes impávidos en la circulación hospitalaria, tal vez Alfredo Roca,
según deja entrever Caffatti en sus memorias de la ESMA. Nell, imperturbable con
un barbijo blanco que le tapaba de la nariz al mentón, dominaba la escena
compuesta del tendal de muertos y heridos, encapotada por el cielo gris y
líquido de la persistente llovizna. Al verlos retirarse con toques de sirena por
Seguí hacia Juan B. Justo, Rodríguez y Duaihy picaron en el Valiant, pero se
pegó a ellos el auto particular de un policía, casualmente de paso, del que
lograron desembarazarse doblando por una calle a contramano. En Camarones y
Terrero abandonaron la ambulancia, con el chofer siempre durmiendo, el que, más
tarde, al despertar, denunciaría el robo de mil pesos y un paquete de
cigarrillos.3
De los seis tripulantes salidos de los dos vehículos, Rodríguez, Duaihy, Arbelos
y Caffatti se fueron a pie o en colectivo. Rossi y Nell retomaron el Valiant con
la valija llena de dinero, y se orientaron hacia el departamento facilitado por
Gustavo Posse, donde debían darle su porcentaje; pero se les pinchó un
neumático. El coche quedó en la cuneta de la Avenida Warnes al 300 y sus
ocupantes siguieron en taxi. En el bulín de Posse los esperaba Rivaric, quien se
reponía de su descompostura, por la que se había separado a la vera de la Plaza
Irlanda, en los instantes previos al drama. Sumado Arbelos, reclamaron por
teléfono la presencia de Viera a su consultorio en el hospital Vieytes, quien se
presentó con Posse hacia las 13 horas. Les abrió la puerta Nell, con su pistola
ametralladora en una mano. A ninguno se le debió cruzar por la mente que
deberían enfrentar los daños colaterales de haber cegado por primera vez vidas
ajenas, con el consiguiente peligro que cerniría sobre ellos. Habían descartado
eliminar a Posse a pesar de que menospreciaban su falta de entidad política, y
recelaban de alguien que, además de no ser fuerza propia, conocía el trasfondo y
los actores de "Rosaura", máxime la altísima comisión que les envenenaba el
espíritu. Pero el saldo trágico del hurto no les hizo cambiar de parecer. Lo
dejaron ir con el 30%, mitigando el talante delincuencial y sanguinario con que
algunos menoscaban el comportamiento de los atracadores del Policlínico
Bancario. El resto del dinero lo evacuaron Nell y Viera, con la asistencia de
Cataldo para esconderlo. Abandonaron el departamento de Posse, confundiéndose en
la atónita Buenos Aires, atribulada según los periódicos de esa tarde por el
natalicio de una guerrilla que tardaría siete meses en mostrar su verdadero
rostro.4
De cara a los resultados, el libre arbitrio de Posse fertilizó el error cuyo
resultado fue que los aprehendieran a casi todos, no obstante haber sabido y
tomado recaudos para transformar los billetes fraccionadamente y poco a poco. La
numeración de los billetes era correlativa y había sido comunicada sin
discriminación por el Banco Central, obedeciendo una orden del secretario
judicial González Gartland. De que la represión olfateaba el dinero dio fe el
propio Gustavo Posse, a quien le hicieron firmar un acta policial en Necochea al
pagar un recauchutaje de un neumático con uno de esos billetes. Persistiendo en
el error, Gustavo suscitó la desgracia. El 20 de noviembre de 1963 se fue de
juerga por Europa con su hermano Lorenzo Andrés, empleado de la compañía de
aviación Varig, que lo convidó con uno de los dos pasajes a Portugal, España,
Italia, Francia e Inglaterra que le regalaba la empresa aérea una vez al año.
Aprovechando esta ocasión, realizaría un cambio de divisas al MNRT de 3 de los
13 millones de pesos robados. Una vez en Europa, Lorenzo sufragó con 45.000 de
esos pesos la factura de una cena en La Roseraie con Simone Malatesta de Pont,
alias Brigitte, una bailarina de un cabaret del barrio de Montmartre, dando
lugar a que el Banco Jourdan no los tradujera a francos franceses, informando a
INTERPOL de la génesis delictiva de esos billetes. René Lasserre, dueño del
restaurante, efectuó una denuncia en la policía, cuya pesquisa dio con las señas
de identidad de los hermanos Posse, gracias al chivatazo de la bailarina, que
localizada indicó al Hotel Lutetia como sitio de alojamiento de Lorenzo. El
expediente galo fue remitido a la Argentina, dado que los hermanos Posse se
habían entre tanto ido a Buenos Aires. El primer detenido fue Lorenzo, seguido
por su hermana que trabajaba en el Policlínico. La otra hermana, prosecretaria
de la Cámara Civil y Comercial de Buenos Aires, le advirtió a Gustavo que
González Gartland lo buscaba, por lo que se dio a la fuga, y alertó a Viera,
quien, a su vez, hizo cundir la alarma hacia los demás. Pero al quinto día de
estar prófugo Gustavo se rindió. El 20 de marzo de 1964, quebrado en los
interrogatorios judiciales, se desbarrancó en la redada. Una llamada tentativa
por teléfono a su casa del MNRT Jorge Andrés Cataldo confirmó que la vivienda
estaba ocupada por la policía y que los iban cercando. Los allanamientos se
sucedieron en múltiples hogares. Varios de sus compañeros se salvaron con él; a
saber, Arbelos, Rodríguez, Zarattini, Roca y Baxter. Los demás incriminados, y
otros tacuaras imputados por infracciones diferentes a las perpetradas en el
Policlínico al tomar paralelamente cartas en el asunto el juez federal Jorge
Aguirre, fueron forzados a fijar domicilio en las cárceles porteñas de Villa
Devoto y Caseros; 18 en total, entre los que estaba Jorge Caffatti, mientras 11
quedaron prófugos.5
No es superfluo aclarar que ninguno de ellos era debutante. Previo al bautismo
de muerte con "Rosaura", habían acopiado unas cuarenta acciones directas en sus
alforjas. Al compás del viraje por la senda de la izquierda peronista en sus
debates ideológicos y políticos, influidos por las lecturas de intelectuales
vernáculos citados en el capítulo anterior, venían intensificando una
subterránea labor guerrillera, esponjando libros de Stalin y Mao Tse-tung, amén
de cartillas, reglamentos y manuales bélicos. Para conseguir solventar una
fianza que liberara a Tomislav Rivaric de la cárcel, robaron la caja de la
farmacia Salvatori, de O’Higgins y Juramento, en operativo genioles. Con el fin
de pertrecharse, les quitaron armamento a centinelas de la Escuela Superior de
Guerra, de la Dirección General de Remonta y Veterinaria del Ejército, de
Aeroparque y del Tiro Federal, y vaciaron de treinta y cinco pistolas y cinco
ametralladoras la guardia del Instituto Geográfico Militar. A la fábrica de
ametralladoras Halcón le redujeron el inventario en 134 unidades, adueñándose de
ciento cincuenta mil proyectiles. Los sabotajes se sucedieron con posterioridad
a lo del Policlínico Bancario, atacando estaciones de servicios y oficinas de
las multinacionales Shell, Esso y Phillips, quemando banderas estadounidenses,
incendiando supermercados, y lanzando cócteles molotov contra empresas, galerías
comerciales, hoteles, cabarets, locales políticos, estaciones de radio,
despachos de abogados reaccionarios, cines y confiterías frecuentadas por
quienes estimaban sus enemigos en la "burguesía" y el "imperialismo
angloyanqui". Ponderaban que "las fábricas son de los trabajadores",
panfleteando y rellenando paredes de consignas con tinta roja, a menudo en
fechas conmemorativas para el peronismo como el 17 de octubre o el 16 de
septiembre, clamando "por el retorno incondicional de nuestro jefe
revolucionario general Perón". Las detenciones de marzo del 64 no ahogaron la
protesta aguantando el "Plan de Lucha" de la CGT. Tampoco la repulsa por la
claudicación de los dirigentes gremiales que transaron con el gobierno cesar la
movilización, estafando las reivindicaciones y adormeciendo "la voluntad de
lucha de los trabajadores negociando con las fuerzas oligárquico-burguesas" el
sacrificio de los "descamisados". Se esforzaban en darle vida a "las milicias
populares para la toma del poder y transformar el régimen gubernativo
imperante". Se erguían "contra el hambre" y "por la implantación definitiva del
Estado Nacional Comunitario", escarneciendo a "la burocracia frenadora aliada
del capitalismo", firmando "Soberanía o Muerte", o lo que les era igual: "Perón
o Muerte".6
Desde abril de 1963, esa exaltación de la violencia urbana peronista y
antiimperialista, escoltada por un indiciario marxismo como método de análisis y
de acción política y social, dividía en dos la Tacuara rebelde en gestación, que
coordinaba el triunvirato de Ossorio, Caffatti y Baxter. Desde el inicio del
año, Ossorio y sus seguidores se expresaban en Barricada, en tanto que Baxter y
Caffatti lo hacían en Tacuara del Manchón, por la mancha asemejada a una gota de
sangre con que se lacraba la primera letra del vocablo, diferenciándose del
membrete de la Tacuara de Ezcurra, en cuya portada una lanza circular abrazaba
toda la palabra. En septiembre de 1963, Ossorio y los suyos no se plegaron al
anuncio de Baxter, en un encendido acto en la Facultad de Filosofía y Letras de
Buenos Aires, dando a conocer la aparición del Movimiento Nacionalista
Revolucionario Tacuara (MNRT), omitiendo la autoría de "Rosaura", que sería
desollada por la policía recién en marzo del año siguiente. En aquel mitín el
MNRT exhibió prensa sin alusiones antisemitas y anticomunistas, figurando
condenas al racismo y la discriminación religiosa, pidiendo la anulación de los
contratos petroleros y la nacionalización de la banca y los frigoríficos.
Caffatti, Baxter y Nell dejaban atrás los designios de fundirse en la
estudiantil UNES. Cobraban autonomía involucrándose con la Juventud Peronista
(JP) en la preparación del Movimiento Revolucionario Peronista (MRP), una
estructura concebida por el general Juan Domingo Perón para acumular fuerzas y
retornar al país, según se verá a capítulo seguido. Zahondaban como adultos en
la liberación nacional, apuntalando a los sindicalistas "combativos" de la CGT y
apalancando la conducción del líder justicialista, persuadidos de que "el
proletariado" era "el depositario histórico de la conciencia nacional". En sus
comienzos los reunió la práctica militar en las "milicias" del tronco de
Tacuara, pero desmadraron. Y avanzaron hasta la configuración de una nueva
fuerza de acción política. Desbordaron en el MNRT, haciendo eje en la práctica
de comandos, "cuyo objetivo central era ser la vanguardia armada de la
resistencia peronista", como lo resume en su volumen sobre los nacionalistas el
profesor Luis Fernando Beraza. "Tacuara Ejército del pueblo", mandaba pintar
Caffatti en los muros de Buenos Aires.
Notas:
1) Libros de Gutman y Bardini antes mencionados. Clarín, Buenos Aires, 28 de
marzo de 1964. Informe de la División Delitos Federales de la Policía Federal,
firmado por el Comisario Aldo Palmieri, Buenos Aires, 31 de marzo de 1964 y
dictámenes de prisiones preventivas para los detenidos por el asalto al
Policlínico Bancario, Poder Judicial de la Nación, Buenos Aires, 7 y 29 de abril
de 1964. Entrevista con Carlos González Gartland, Buenos Aires, 31 de agosto de
2005, quien fuera secretario del juzgado 14 de la justicia ordinaria de Buenos
Aires, a cargo del subrogante de Horacio Rébori, titular de la instrucción de
"Rosaura", sumario luego absorbido por el magistrado federal Jorge Aguirre, dada
la connotación política de Tacuara. Carlos González Gartland, conocido abogado
de presos políticos en la dictadura 1966-1973, es ahora asesor de la Secretaría
de Derechos Humanos en el gobierno presidido por Néstor Kirchner.
2) Dictamen del fiscal federal Silvano Raúl Becerra sobre el caso del
Policlínico Bancario, Poder Judicial de la Nación, 5 de mayo de 1967, y
declaración indagatoria de José Luis Nell en la causa del Policlínico Bancario,
5 de abril de 1964, fotocopias en el archivo del autor. La Razón, Argentina, 4
de abril de 1964. Karina García, Todo es Historia, número 373, Argentina, agosto
de 1998.
3) Sentencia del juez federal Jorge Alberto Aguirre, Buenos Aires, 7 de octubre
de 1970. La Razón y Todo es Historia antes citados. Entrevista con González
Gartland antes mencionada y con Alfredo Zarattini, Buenos Aires, 29 de agosto de
2005. Sobre este último, en un informe judicial recabado en los tribunales
federales argentinos por la juez María Romilda Servini de Cubría, en el sumario
por el asesinato de general chileno Carlos Prats y su esposa, cometido el 30 de
septiembre de 1974 en Buenos Aires, documento cuya autoría la magistrada mantuvo
en secreto, el argentino Luis Alfredo Zarattini, alias Fredy, aparece en el
centro de una telaraña encordando los servicios de inteligencia militares y
policiales argentinos, la banda de Aníbal Gordon en la SIDE, los terroristas
italianos capitaneados por Stefano Delle Chiaie y los pinochetistas que operaran
en Argentina a partir de 1974, con Enrique Arancibia Clavel y Michael Townley a
la cabeza. Zarattini, un civil volcado hacia derecha del peronismo tras su
ruptura con el MNRT en 1964, fue dado por partícipe en los grupos de la
dictadura militar argentina enviados a Nicaragua y Guatemala durante los años 70
y 80, afiliándose al Congreso Mundial Anticomunista con sede en México. En el
2001
Zarattini fue candidato a diputado provincial bonaerense por el "Partido Popular
de la Reconstrucción", creado por el teniente coronel golpista Mohamed Alí
Seineldín, sindicado como enlace entre la Triple A y el Ejército por el
arrepentido Rodolfo Peregrino Fernández. Nacido en 1944, Zarattini ingresó a
Tacuara a los 14 años, continuando hoy su militancia con Seineldín y su adjunto,
Breide Obeid, dedicándose a la actividad agropecuaria en la localidad de Capilla
del Señor, Argentina.
4) Libros de Gutman, Bardini y Beraza ya citados, entrevista con González
Gartland y dictámenes judiciales antes mencionados. La polémica sobre la
calificación de "Rosaura" en el microcosmos guerrillero argentino, fue entablada
en los números 1 y 2 de la revista trimestral Lucha Armada, de diciembre de 2004
y marzo de 2005, entre uno de sus directores, Gabriel Rot, y Carlos Flaskamp,
autor de Organizaciones político-militares. Testimonio de la lucha armada en la
Argentina (1968-1976), Buenos Aires, Ediciones Nuevos Tiempos, 2002. En otro
orden de informaciones, según testimonios concordantes, Rivaric ha fallecido y
Duaihy fue muerto por la policía en 1986, asaltando el casino de Termas de Río
Hondo, en Santiago del Estero. Viera se hacinaría aún en prisión por un
secuestro extorsivo contra pago de rescate en Córdoba, luego de haber pasado por
el ERP, al que habría partido con Joe Baxter (La Razón, Buenos Aires, 13 de
noviembre de 1985). Menos Caffatti, los demás están todos vivos.
5) Carlos Arbelos y Alfredo Roca, Los Muchachos Peronistas, Madrid, Emiliano
Escolar editor, 1981. Libros de Gutman y Beraza antes mencionados y entrevista
con González Gartland ya citada.
6) Libros de Gutman y Beraza e informes de la policía y la justicia sobre el
Policlínico antes mencionados, y entrevista con Zarattini aludida
precedentemente. Manifestaciones espontáneas de José Luis Nell en la causa del
Policlínico Bancario, 2 y 3 de abril de 1964, y sentencia del juez federal Jorge
Alberto Aguirre, del 7 de octubre de 1970, copias en el archivo del autor.
Panfletos del MNRT confiscados por la Policía Federal, copias en el archivo del
autor.
7) Libros de Beraza y Gutman antes citados y correo electrónico de este último
del 27 de julio de 2005, entrevista con Alfredo Ossorio ya mencionada y sus
e-mails del 1 y 2 de agosto de 2005. Declaración indagatoria de José Luis Nell
del 5 de abril de 1964. En la causa judicial por el robo al Policlínico
Bancario, se fija el mes de abril de 1963 como el de la ruptura en dos grupos de
quienes querían formar el MNRT, entre Ossorio por un lado, y, por otro,
Caffatti, Nell y Baxter.
Fuente: Argenpress.info
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A 43 años de la Operación Rosaura
EL EXILIO DE UN MUCHACHO PERONISTA
Por Roberto Bardini
Carlos Arbelos, autor de "Los muchachos peronistas", anuncia la aparición
de un nuevo libro.
El 6 de mayo de 2005, un periódico de Almería (España) publicó una noticia que
comenzaba así: "El prestigioso fotógrafo y crítico de flamenco Carlos Arbelos
presenta en el VI Certamen Internacional de Guitarra Clásica de Cajamar su
exposición ‘Duende y Bordón’, con fotografías de tocaores míticos, como Paco de
Lucía o Tomatito...".
La nota se refería a un argentino del barrio de Belgrano, nacido en 1944, ex
alumno del Colegio Nacional Roca y estudiante de Arquitectura de 1962 a 1964. Se
trata de un hombre que vivió 30 años en Argentina y que reside desde hace 32 en
España.
Los datos biográficos de Carlos Arbelos, hoy con domicilio en Granada y dedicado
al arte flamenco desde 1985, registran que ha realizado programas de radio y
televisión, que es colaborador habitual en revistas especializadas del arte
jondo y que ha publicado varios libros: Antonio Mairena: la pequeña historia
(1988), El Flamenco contado con sencillez (2002), Sinmisterios del flamenco
(2003) y Granada Flamenca (2003). También ha sido expositor en congresos y
seminarios, jurado en diversos concursos del arte gitano y premiado por la
"Mejor labor didáctica" en el Festival Internacional de Cante de las Minas
(2003) y por la Cátedra de Flamencología de Jerez de la Frontera (2005-2006).
Extraños zigzag de la vida: en su adolescencia, el hoy reconocido crítico y
fotógrafo colaboró con la Resistencia Peronista, militó en el Movimiento
Nacionalista Tacuara que dirigía Alberto Ezcurra Uriburu y posteriormente se
integró al Movimiento Nacionalista Revolucionario Tacuara (MNRT) encabezado por
Joe Baxter y José Luis Nell.
Arbelos estuvo implicado en el asalto al Policlínico Bancario el 29 de agosto de
1963, conocido como "Operación Rosaura" y considerado el primer operativo de
guerrilla urbana en Argentina. Pasó un primer destierro en Uruguay y conoció las
celdas de Villa Devoto, Caseros, Rawson y el buque-cárcel Granaderos. A
comienzos de la década del 70, se sumó con otros ex militantes del MNRT a las
Fuerzas Armadas Peronistas (FAP) y al Peronismo de Base (PB), vivió la
clandestinidad junto con Envar El Kadri y, finalmente, en 1974 tuvo que
exiliarse en España amenazado por la Triple A.
Lo de "finalmente" es un decir, porque en la vida de Carlos Arbelos hubo más
zigzag, gambetas y altibajos. En Madrid administró un restaurant llamado Cafetín
de Buenos Aires, vendió alfombras árabes y tapices persas, redactó para
sobrevivir artículos que firmaban otros y se dio el gusto de atravesar la
frontera con Portugal, a pesar de tener un pedido de captura de Interpol, para
ver la "Revolución de los claveles" impulsada por el Movimiento de las Fuerzas
Armadas que derrocó a una dictadura de 40 años.
En 1977 fue detenido en el aeropuerto de Barajas junto con Alfredo Roca y
Horacio Rossi –viejos camaradas de Tacuara– acusado de participar en París del
secuestro de Luchino Revelli-Beaumont, director-gerente de la Fiat en Francia,
por el que se pagó un rescate de dos millones de dólares. Sin juicio, estuvo
preso en la cárcel de Carabanchel, con pedidos de captura de las policías de
Francia, Italia y Suiza. Después de salir en libertad por falta de pruebas, en
1978 vivió un nuevo exilio en Costa Rica en compañía de Roca, con quien más
tarde –de regreso en España– publicó cuatro libros: Argentina, peronismo y
democracia (1980), Los muchachos peronistas (1981), Evita: No me llaméis
fascista (1982) y Argentina: Proceso a la violencia (1983).
Ahora, a los 62 años, Arbelos acaba de concluir un texto autobiográfico que
narra todas estas peripecias y que editará en Argentina: El exilio de un
muchacho peronista. La próxima aparición de este libro, los 43 años de la
"Operación Rosaura" que se cumplieron en agosto y el afán de hurgar en viejas
historias con repercusiones en el presente, son los motivos que justifican esta
entrevista.
– Hace 32 años que te fuiste de la Argentina perseguido por la Triple A. ¿Aún te
considerás un exilado?
– Sí, y no pienso regresar hasta que en Argentina se haga justicia. Hasta que
todos los militares, policías, políticos, religiosos y colaboradores paguen por
los crímenes que perpetraron impunemente, sobre todo en el período 1974-1983.
Mientras haya un torturador suelto y un asesino en libertad –que hasta en
algunos casos cobran jugosos sueldos o jubilaciones– no me propongo regresar a
la Argentina.
Tal vez la historia me gane la partida y no vuelva nunca, pero como en el final
de la película Una vida difícil, protagonizada por Alberto Sordi, el día que me
vaya –si estoy aquí– les haré una grossa pernacchia. De ahí que el último libro
que acabo de escribir reciba el nombre de El exilio de un muchacho peronista,
que comienza cuando me fui de Buenos Aires en 1974 y se cierra en el día de hoy,
pero no con un punto final, sino con un punto y seguido.
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– En agosto se cumplieron 43 años del asalto al
Policlínico Bancario. ¿Qué se proponía el MNR Tacuara con esa acción?
– Pensábamos en generar la insurrección armada a partir de una serie de hechos
protagonizados por una vanguardia política, que asumiese la violencia como
respuesta a las violencias que se fueron generando desde la "revolución
fusiladora" de septiembre de 1955. Para lograrlo había que crear una importante
infraestructura y para ello hacía falta dinero. Esa insurrección iba tener tres
ejes: un foco rural en Formosa, la masiva realización de actos de violencia
urbana con formas operativas simples –que fueran calando en la mayoría del
pueblo peronista– y la liberación de las Islas Malvinas del dominio inglés para
que allí se asentara Juan Perón y dirigiera todo el proceso de liberación
nacional.
El grupo que participa en la "Operación Rosaura" no lo hace con una visión
homogénea, aunque finalmente la asumimos todos. Se discutió sobre la
conveniencia o no de firmarlo, se discutió la presencia de los entregadores –que
eran los hermanos Gustavo y Lorenzo Posse, ajenos a nuestra actividad política–
en quienes veíamos el punto más débil de la operación. Esto se confirmó luego,
ya que la investigación policial se inició a partir de la dilapidación del
dinero que obtuvieron por suministrar el dato, y su escasa fortaleza para
resistir el primer embate policial. También analizamos el comportamiento
operativo, sobre todo de José Luis Nell. Lo hablamos con él y aunque hoy esté
muerto, victima de la violencia de la derecha peronista más nefasta, creo que es
bueno para su memoria hablar de ello.
– Nell estaba armado con una pistola ametralladora y disparó contra el sargento
de policía que custodiaba el dinero...
– El sargento, que estaba a punto de jubilarse, intentó desenfundar su arma y
José Luis disparó. La ráfaga hirió al agente y a tres empleados, y mató a un
ordenanza y al chofer de la camioneta que transportaba el dinero. Para entender
la conducta de José Luis en el operativo del Policlínico Bancario, hay que saber
que tenía una profunda formación militar, primero en el Liceo Militar y luego en
el grupo de milicias de Tacuara. Con esa arraigada formación llega al
Policlínico Bancario, y por eso da una voz de alto –fuerte y clara– desde cinco
metros de donde estaban descargando el furgón con el dinero. Si en vez de ello
hubiese dado cinco zancadas y abordado de cerca –como habría hecho cualquier
bandido– no habríamos tenido que lamentar las víctimas, que no respondieron a la
voz militar de "¡alto!".
Él comprendió posteriormente el error, pero ya era tarde para hacer una
autocrítica. El daño estaba hecho y comprometió la limpieza de la recuperación
del dinero. Esto caló profundamente en el MNRT, a tal punto que a partir de la
"Operación Rosaura" no se realizaron más operativos militares, ni de rescate de
armamento, ni de dinero.
– ¿Y cómo ves aquel hecho más de cuatro décadas después?
– Hoy lo considero un lamentable acontecimiento y en aquel momento también,
aunque se lo haya idealizado, fruto del desarrollo de la teoría del "foco"
guerrillero urbano, la mala lectura de la experiencia de la revolución argelina
y del trasplante forzado de la experiencia de los rebeldes cubanos con la toma
del poder en enero de 1959.
– ¿Cómo fue la "peronización" del MNRT? ¿Qué papel desempeñaron personajes como
Joe Baxter, José Luis Nell y Jorge Caffatti, por mencionar tres nombres
representativos de aquellos años?
– Ninguno de los tres tenía una experiencia peronista previa. Desde distintos
ángulos provenían del Movimiento Tacuara, al que asumieron como primera
experiencia política, sobre todo por su carácter nacionalista y revisionista de
la historia y por una sensibilidad social particular que los podía acercar a las
teorías sociales de la Falange Española o al contenido verbal del socialismo de
Benito Mussolini. De los tres, quien más relación había tenido con los
peronistas era José Luis, por una temprana amistad con Envar El Kadri.
Al final, ninguno de ellos se sentía cómodo dentro de Tacuara por el abuso de
las teorías nazis y fascistas que primaban ideológicamente. El triunfo peronista
del 18 de marzo de 1962 –cuando Andrés Framini, dirigente sindical de los
textiles, gana la elección para gobernador en la provincia de Buenos Aires–
acelera la ruptura de todo un grupo con la Tacuara de Ezcurra Uriburu. En ese
grupo estaban Joe, José Luis y Jorge, además de Alfredo Roca, Tommy Rivaric,
Alfredo Ossorio, Jorge Cataldo, Rubén Rodríguez, Mario Duhay, Amílcar Fidanza y
unos cuantos más. La propuesta era abandonar los rescoldos de aquella ideología
nazi-facho-falangista y asumir al peronismo como vehículo para la liberación
nacional.
Para resumir, podría decirse que Joe Baxter giraba más a la izquierda, José Luis
Nell apostaba más por una vanguardia detonante y Jorge Caffatti lo hacía hacia
aspectos más populares; los tres siempre dentro del marco peronista.
La lectura de teóricos como Juan José Hernández Arregui, John William Cooke y
Jorge Abelardo Ramos nos abre una nueva perspectiva, incluso hacia un peronismo
que podría considerarse "de izquierda", aunque algunos den alaridos
escandalizados. Pero nadie podrá negar que éramos peronistas y que estábamos
dispuestos a la lucha.
– Y en este proceso de cambios, ¿cómo se produce tu integración a las Fuerzas
Armadas Peronistas y al Peronismo de Base?
– Cuando surgen las FAP, yo estoy preso en la cárcel de Villa Devoto. El
conocimiento que tengo es de segunda mano. Claro que es una segunda mano de
lujo, porque quien primero nos habla de ellas es Carlitos Caride, que también
había sido detenido. Para esto ya habían caído Cacho El Kadri y los compañeros
que estaban preparando el foco rural en la localidad tucumana de Taco Ralo. Más
adelante –y siempre en prisión– Cacho corrobora y amplía todo lo charlado con
Carlitos en los largos días de cárcel.
La idea de crear una Fuerza Armada Peronista independiente surge en 1963 en el
seno del Movimiento Revolucionario Peronista (MRP), pero tras su desmembramiento
y disolución Cacho El Kadri retoma el plan a finales de 1966 o principios de
1967, con su estructura nacional del Movimiento de la Juventud Peronista,
algunos compañeros que estaban en libertad del ya desaparecido MNRT y otros
provenientes del grupo de John William Cooke, como Amanda Peralta.
En la prehistoria de las FAP se realizan acciones de expropiaciones de armas y
de dinero con la idea de crear una sólida infraestructura político-militar. Y
antes de hacerse pública su aparición, surgen las primeras contradicciones con
relación a la metodología a emplear. El Kadri impulsa la creación de un foco
guerrillero rural, mientras que Caride y el grupo de ex MNRT aboga por la
guerrilla urbana. La discusión se zanja conciliando ambas formas de lucha. Las
detenciones del grupo de compañeros en Taco Ralo, en 1968, precipitan las cosas
y al poco tiempo de esa caída aparecen públicamente las FAP en acciones
operativas de tipo urbano.
– Hace un momento dijiste que luego de la experiencia del asalto al Policlínico
Bancario MNR Tacuara decidió no realizar más operativos militares para conseguir
armamento o dinero. ¿Cómo se entiende entonces esta nueva opción por la
guerrilla urbana?
– Desde la cárcel y después de mi experiencia en el MNRT, yo veía con
reticencias la aparición de esta nueva vanguardia armada dispuesta a liderar el
proceso de liberación nacional. Esto ya lo habíamos discutido desde la prisión,
a través de cartas, con los ex MNRT que aún quedaban en libertad, tomando como
base Revolución en la revolución, el libro de Regis Debray. Sin embargo, las
charlas con Carlitos Caride y luego con Cacho El Kadri fueron disipando esas
reticencias. Ellos nos hablaban de una estructura nacional creada a partir del
Movimiento de la Juventud Peronista, el acercamiento de antiguos activistas de
la Resistencia Peronista, de la Juventud Revolucionaria Peronista, de
sindicalistas que estaban fuera del vandorismo y de otros grupos provenientes de
la corriente católica de la teología de la liberación, de sectores de las
Cátedras Nacionales e, incluso, del Movimiento de Cine y Liberación.
– ¿Y a partir de entonces cuál era la diferencia en el modo de operar con el
MNRT?
– Esto no era ya la estructura cerrada del viejo MNRT. Se abría hacia un abanico
más amplio de sectores sociales, incluso se sumaban algunos sindicalistas y
antiguos militares peronistas, por supuesto degradados por la "revolución
libertadora". Sin embargo, la estructura se mantenía férreamente militarizada en
compartimentos estancos, lo que no favorecía la ampliación masiva de una fórmula
que estaba creando simpatías en la masa peronista.
Los términos de unidad política por ese entonces son bastante genéricos: se
luchaba por el retorno de Perón y por las tres banderas justicialistas. Las
contradicciones giraban en torno al socialismo y al marxismo que algunos
compañeros impulsaban, mientras que otros eran muy remisos a estas formas
ideológicas. Ante este panorama fue natural que los presos del MNRT nos
identificáramos con las FAP. Luego se crea el Peronismo de Base (PB) para
ampliar el desarrollo en los frentes de lucha de la clase trabajadora peronista
que culmina en la formulación de la "alternativa independiente de la clase
obrera peronista".
– En aquella época, ¿cómo veían las FAP a las otras dos organizaciones armadas
peronistas –los Montoneros y las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR)– y cuáles
eran las diferencias con ellas?
Hay dos realidades diferentes con Montoneros y FAR. La que se vivió en la calle
y la que viví yo, junto a otros compañeros de las FAP, en la prisión. Y también
hay períodos diferentes. Cuando las dos organizaciones aparecieron en el
panorama político, la relación fue fraternal y solidaria. Se intercambiaba
información, se facilitaban infraestructuras. Este hermanamiento desembocó en
algunas operaciones politico-militares conjuntas que se hicieron bajo la
denominación de Organizaciones Armadas Peronistas (OAP).
Luego las diferencias políticas separaron a unos y acercaron a otros.
Concretamente alejaron a Montoneros mientras que con las FAR se produjo un mayor
acercamiento, al punto que en algún momento ellos se plantearon integrarse en
las FAP.
¿Cuales eran las diferencias? Ellos asumían el peronismo acríticamente y eso
para las FAP era intolerable, porque suponía no respetar ni valorar todo el
proceso político y de resistencia anterior y no cuestionar ninguno de los
ángulos cuestionables de Juan Perón, ni ver las diferencias ideológicas que
había dentro del peronismo. Para verlo más claro: para ellos era lo mismo un
empresario peronista como José Ber Gelbart que un obrero anónimo que también se
reconocía peronista.
A medida que esas organizaciones se fueron desarrollando, comenzaron a aparecer
los matices. Mientras los Montoneros adoptaban una actitud más movimientista y
les daba lo mismo ocho que ochenta, las FAR asumían el peronismo desde una clara
posición de izquierda y a Perón lo miraban de reojo y con desconfianza.
Finalmente las FAR fueron seducidas por la masiva adscripción a Montoneros de
grandes sectores de la juventud de clase media y terminaron fagocitados por
ellos y perdiendo aquella identidad que los hacía diferentes.
En la cárcel conviví con muchos compañeros de ambas organizaciones. Me llevaba
bien con ellos, especialmente con los de las FAR que eran menos rigurosos en sus
planteamientos de convivencia, más flexibles. Y aún me duele la muerte absurda
de muchos de ellos. Me daba bronca que se saltaran los 18 años de lucha de la
clase trabajadora peronista, pero a decir la verdad las FAR eran más respetuosas
con eso que los Montos, para quienes el proceso político comenzó cuando ellos
mataron a Aramburu en junio de 1970. Como decía un compañero de las FAP, el
"Toto" Franco, "para ellos la historia peronista es como en el cine continuado:
la película empezó cuando llegaron".
– ¿Qué balance hacés hoy de la década del 70? ¿Qué considerás entre los aciertos
de las organizaciones armadas y qué entre los errores?
– Acertaron en crear una conciencia política en una generación que hasta ese
entonces parece que en Argentina habían vivido en Babia. Jóvenes que no sabían
quien había sido Juan Manuel de Rosas ni Facundo Quiroga descubrieron que,
además de las figuritas que le habían mostrado en la escuela, había otros
próceres, mucho más enraizados con la Argentina real, y no con la que nos gestó
el imperio colonial. Y la pifiaron en no valorar el carácter contradictorio de
las fuerzas políticas que confluían en el peronismo y en una soberbia desmedida
que los llevó a enfrentarse con Perón.
– ¿Qué representó el exilio? ¿Qué fue lo bueno, lo malo y lo feo?
– El exilio de un muchacho peronista, libro ya terminado pero a la espera de que
una mano profesional corrija y documente con calma, trata largamente este tema.
La opción de vivir fuera de Argentina surge en el año 1974, cuando crecía la
espiral de violencia entre la derecha peronista y los Montoneros y otras
organizaciones de la izquierda armada. El asesinato en 1974 del periodista Pedro
Leopoldo Barraza –un compañero que había señalado a los responsables del
secuestro y muerte de Felipe Vallese en 1962– actuó como detonante final. Un
grupo de compañeros amenazados por la Triple A decidimos irnos para no
comprometernos en un proceso de violencia al que le augurábamos un mal fin. Fue
un presagio que lamentablemente se cumplió.
Cuando uno emprende el camino del exilio, piensa que este trayecto será corto,
que a los pocos meses o tal vez en un año podrá regresar, que las cosas
cambiarán para bien. Y con esa ilusión partí. Pero los acontecimientos no
posibilitaron el retorno. Primero aumentó la espiral de violencia. Luego llegó
la dictadura militar. Después vinieron los gobiernos conciliadores de Alfonsín y
Menem con los asesinos más crueles de nuestra historia. Todo eso determinó que
mi exilio se prolongara, porque decidí que hasta que no se haga justicia con esa
parte de nuestra historia optaré por vivir en España. Y no me arrepiento de esta
decisión, ya que en España conocí –como dicen los gitanos– el bien más preciado
que tiene el hombre que es la libertad, algo que yo no conocí en Argentina.
Haciendo cuentas, pasé más de la mitad de mi juventud detrás de las rejas.
Cuando era un niño, todos los domingos se celebran asados en la casa de mi tío
Francisco "Paco" Arbelos –que en gloria esté– y esos asados terminaban siempre
cantando, porque no faltaba alguien que aportara una guitarrra. Y generalmente
se cantaba la Marcha Peronista como culminación. A partir de septiembre de 1955,
los asados se siguieron haciendo con menor frecuencia, pero ya no se cantaba "la
marchita". Y si alguien lo intentaba, se lo hacía callar de inmediato. Ésa era
la libertad de "libertadora" que conocí con apenas 11 años. Después, ya en el
conflicto entre enseñanza libre o laica, en 1958 empecé a correr delante de la
policía y creo que no paré hasta 1974. Siempre la policía por detrás. La
libertad para mí en Argentina fue una entelequia, pero en España tuve el
privilegio de ser testigo de todo el proceso de recuperación de la democracia
tras la muerte del dictador Francisco Franco. Esto es lo bueno de mi exilio.
Lo malo es todo lo que se queda por detrás, las ilusiones, los sueños, los
olores y sabores de la infancia, una idiosincrasia que hay que ir transformando,
treinta años de vida en Argentina y el dolor que muchos amigos y compañeros ya
no están…
Lo feo tiene otros ribetes y está relacionado con los compañeros que no pudieron
soportar el exilio, y se fueron bebiendo un alcohol amargo que les hizo dejar la
vida en estas tierras, como el caso del "Gallego" Salvador Buzzeta o el "Toto"
Franco en Brasil. Y algunos comportamientos nada solidarios de quienes creías
tus compañeros también afean este exilio. Pero frente a esto está el recuerdo de
la entereza y sonrisa de muchos otros y, sobre todo, la enorme solidaridad el
pueblo español que muchas veces al evocarla en anécdotas me llena los ojos de
lágrimas, por la felicidad de haber compartido tamaña entrega.
– Ya que hablamos del exilio, ¿cómo surge la idea de este libro? ¿Es un último
ajuste de cuentas político o vendrán otros?
– En España, y especialmente en Andalucía donde vivo, nunca se habla del último
o la última. Siempre es la penúltima copa, la penúltima despedida y así
sucesivamente, porque el último es un viaje sin regreso. Por otra parte, Lo que
vendrá es un tango que nos dejó el maestro Astor Piazolla y la respuesta la dejó
en suspenso, tal como yo dejo ésta.
La idea de plasmar en un libro mi experiencia durante estos años surge de una
larga serie de conversaciones con Alfredo Ossorio, paseando por Granada en 2004.
Él me impulsó a hacerlo a cuenta de las cosas que yo le iba contando sobre este
exilio y lo que pensaba sobre la realidad que había vivido. No es casual que la
idea surja de Ossorio: él fue mi primer compañero en 1958 y batallamos juntos
hasta que el año de 1974 nos separó en los espacios geográficos, ya que él
decidió exiliarse en Mexico. Uno de los últimos capítulos de El exilio de un
muchacho peronista está dedicado casi por entero a él y a la relación que
sostuvimos a lo largo de los años. Digamos que estuvimos 30 años sin vernos,
pero al reencontrarnos fue como si nos hubiéramos dejado de ver ayer. Nos
entendimos como lo hicimos toda la vida, incluso saltándole por encima a un
periodista que quería hacernos una entrevista. Ni siquiera se habían perdido las
viejas complicidades y los guiños. El me convenció de hacer el libro, porque
sostenía que la memoria de estos años no se debía perder y porque mi memoria
individual era una memoria colectiva. Así lo entendí yo también, pero lo
comprometí a que él escribiera el prólogo.
En cuanto al "ajuste de cuentas", yo tengo todas mis cuentas saldadas. Y si
después de leer mi libro algún personaje o personajillo considera que estoy
ajustando cuentas con él, será porque tal vez me deba algo.
Fuente: www.nacionalypopular.com
Joe
Baxter, símbolo de una época
Por Esteban Crevari, 2003
Los episodios vinculados al fenómeno de la insurrección armada protagonizados
por las organizaciones guerrilleras argentinas cuentan -al menos desde el
retorno de la democracia- con abundante información literaria y documental.
Aquellos -como yo- que cuentan con un particular interés sobre esta compleja e
intrincada etapa de la historia argentina, pueden llegar a coincidir en una
cuestión singular: toda vez que se procede a releer a las diferentes y profusas
publicaciones, siempre ofrecen algún nuevo detalle desde donde resulta posible
repensar a uno de los ciclos de mayor movilización social y de mayor virulencia
que registramos como país.
Las primeras impresiones que se establecen al adentrarse en dicha temática;
coadyuvadas por los estigmas y la cristalización de la historia convencional,
tienden a reafirmar los esquemas políticos y doctrinarios de las diferentes
organizaciones juveniles (juntamente a los modos de operar en materia de acción
directa), como a los perfiles de los máximos protagonistas y responsables
políticos en un parcializado contexto político de época. Desde dicho encuadre
metodológico uno tras otro van acumulándose diferentes trabajos que tanto desde
el rechazo visceral, como del rescate y la reivindicación, tienden a engrosar
posiciones polares desde las cuales -más allá de ciertos intentos- no se
advierten posibilidades de arribar a una síntesis pretendidamente de función
cauterizadora.
Es que probablemente lo más atinado se vincule con empezar a pensar la historia
desde lo que fue: una verdadera tragedia.
Como bien se desprende de los diversos trabajos publicados por el Doctor Arnoldo
Siperman; fundamentalmente aquel en donde analiza el pensamiento trágico desde
la óptica de Isaiah Berlin, la tragedia griega fue un recurso desde el cual se
canalizaban representaciones concretas de determinados conflictos a los que la
política como actividad esencial de la vida pública no alcanzaba a dar cuenta.
La vida y la muerte; la vejez y la juventud; el complejo de Edipo; constituyen
algunos ejemplos en los que la dramatización griega daba cuenta de ciertas
díadas propias de la condición humana.
Los sucesos comprendidos en el período que transcurre entre 1955 y 1983 merecen
ser vistos de acuerdo a dicha óptica. Así como la tragedia del fenómeno
insurreccional se inscribe fundamentalmente en términos ambientales, la
violencia constituye el fluido que se deriva directamente de un contexto en el
que la convulsión fue la regla más que la excepción, junto a un colectivo desdén
por toda forma asimilable a la democracia como forma de vida.
Es lógico suponer que en aquel medio turbulento surgieran individuos motivados
existencialmente por una pulsión primordial: el protagonismo como derivado de la
acción directa; o como se solía afirmar: la primacía de la praxis. Lo que
probablemente hoy pueda ser incluido dentro de los cánones de un comportamiento
eminentemente errático, al menos a la luz de cierto eclecticismo ideológico,
resultó en aquellos tiempos un fenómeno muy usual. Es el caso que se desprende
de un singular personaje como Joe Baxter.
Sus primeros pasos de actividad política fueron en la organización Tacuara,
de neto corte nacionalista, católica anticomunista, antidemocrática y antisemita
del que surgirían años después destacados cuadros de Montoneros;
fundamentalmente en la agrupación Tacuara del Colegio Nacional de Buenos Aires.
En 1962 y desde dicha organización, Joe Baxter -también conocido con el nombre
de guerra Rafael- cobraría cierta notoriedad a partir del millonario atraco
perpetrado al Policlínico Bancario. Aunque nunca del todo aclarado, lo extraído
habría sido destinado a acrecentar los fondos de la causa nacionalista.
Con idéntico compromiso, Baxter posteriormente asumiría posiciones opuestas
-aunque similarmente radicalizadas- que lo llevarían a revistar cerca del
Movimiento Tupamaros del Uruguay, fundamentalmente como consecuencia de un
obligado exilio en Montevideo mientras huía de la justicia argentina.
Sin embargo el verdadero desenfreno recién comenzaba. Uruguay sólo sería un
punto de permanencia transitoria mientras se volcaba a viajar por el mundo con
pasaporte falso a fin de preservar eficazmente su identidad. Desde esa vida
extremadamente vertiginosa, donde la ideología sólo representaba un transporte
hacia la acción, Baxter llevaría a cabo un periplo increíble entrevistándose con
Perón en Madrid, con Nasser en El Cairo y con Ben Bella en Argelia. En su paso
por España tendría un romance circunstancial con la actriz Ava Gardner, y
nuevamente en Uruguay (en la localidad de Punta Carretas) procedería a reunirse
con el ex presidente brasileño Joao Goulart quien en ese momento también se
encontraba en Montevideo en calidad de exiliado.
Su peregrinar no terminaría allí. Viajaría a China para recibir entrenamiento
militar y posteriormente se haría presente en Vietnam donde disfrazado de
militar, ingresaría al club de oficiales del ejército norteamericano acantonado
en Saigón. Por tal suceso Ho Chi Minh lo condecoraría con una medalla al valor.
En 1968 viajaría a Cuba con su compañera boliviana Ruth, y allí nacería su hija
Mariana.
En junio de 1970 Joe Baxter llevaría a cabo un nuevo giro. A partir de la
amistad con Mario Roberto Santucho viajaría a las islas Lechiguanas en el
extremo norte del Delta del Paraná para formar parte de la fundación del
Ejército Revolucionario del Pueblo durante el desarrollo del V Congreso del
Partido Revolucionario del Pueblo. Su participación no estaría limitada a una
mera presencia física: junto a Santucho modificarían sustancialmente el
documento original que previamente había redactado Urteaga para la consideración
del plenario de delegados.
En septiembre de 1970, se daría lugar al "bautismo de fuego" de la nueva
organización portadora de una estrella roja de cinco puntas como estandarte. El
blanco elegido sería la Comisaría 24 de Rosario, y en dicho acto morirían dos
agentes policiales. Dicho episodio dio lugar a la primer crisis interna de la
organización, donde Baxter criticaría ácidamente al proceder por las bajas
ocasionadas. Dicha crítica no quedaría inadvertida ya que la animosidad hacia
Rafael se incrementaría. Al desdén del que resultaba objeto por su eventual
inconsecuencia y charlatanería, se agregaría ahora el calificativo de
"morenista" (propio de quienes expresaban una "línea blanda" semejante a la que
desde Palabra Obrera esgrimiese Nahuel Moreno en tiempos de organización del
PRT).
Aunque permanecería un tiempo más como responsable de ciertos operativos
delegados por la conducción central del ERP, con destinos internos y en el
exterior (Chile), poco a poco Baxter sería marginado de los ámbitos de decisión.
En 1971 sería separado del Comité Ejecutivo acusado de ineficiencia. La crisis
se incrementaría aún más como consecuencia de las críticas propinadas a los
fugados del penal de Rawson, a los que responsabilizaba de haber abandonado a
sus pares posteriormente asesinados.
Víctima del descrédito y probablemente también preso de una singular ansiedad
Baxter abandonaría el ERP luego de una escisión interna de la que surgiría la
fracción ERP-22 de Agosto (que cobraría celebridad a partir del asesinato del
almirante Hermes Quijada en 1973) y PRT Fracción Roja a la que el incansable
personaje en cuestión se sumaría por poco tiempo más.
Joe Baxter fue sorprendido por la muerte de una manera que probablemente pueda
ser absolutamente homologable al desenfreno de su vida. El 11 de julio de 1973
el avión que lo conducía a Francia se estrellaría en el aeropuerto de Orly.
Paradójicamente, y como se afirmara en un principio, a pesar de la múltiple y
dinámica participación de Rafael en numerosos episodios trascendentes la
historia le reservó tan sólo un lugar marginal, probablemente como consecuencia
de un simétrico odio o desprecio del que resultó objeto por izquierda o por
derecha.
Probablemente la vida de este personaje sea objeto de algún trabajo
cinematográfico. Pero aunque la intensidad de sus años vividos amerita
sobradamente un proyecto de esta naturaleza, por ahora este tipo de testimonios
permanecen en un estado de virtual negación o indiferencia.
Es desde dicha omisión donde es posible afirmar que lo que aún no se ha indagado
con el rigor necesario y que la historia convencional precisamente ha condenado
a circunstanciales espacios de pie de página, merece una nueva vuelta de tuerca
en términos de investigación.
Es necesario analizar este proceso histórico a la luz de la efervescencia social
de la época y la tremenda inducción que precipitó a una infinidad de jóvenes a
sumarse -muchas veces hasta como "moda"- a una pléyade de proyectos cuyo común
denominador fue el pretender cambiar diametralmente al mundo como actores
involuntarios de una tragedia en la que se entrecruzan compromiso, valor,
voluntarismo, soberbia, hermetismo, candor, romance, violencia, amor, muerte y
desolación... El gordo Joe Baxter es el producto de una época.
Fuente:
PaisGlobal