Taíbi

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Manuel Soriano*

Doy vueltas por los canales sin mucho entusiasmo hasta que la cara de Taíbi aparece llenando la pantalla del televisor. Es un rostro oscuro y severo como tantos otros, podría ser un mozo o un inspector de tránsito, pero tiene una banderita en alto y es Taíbi. Lo nombro en voz alta, aunque sé que estoy solo en casa y nadie me escucha. El director cambia de cámara para poder seguir el curso del partido. Es la final de la Supercopa del año 1994: Boca e Independiente son los rivales —no me cuesta identificarlos aunque hayan pasado más de quince años.

El partido acaba de empezar y lo están transmitiendo completo: los noventa minutos, sin resúmenes ni saltos de edición. Lo sé porque Rambert está tirado en el pasto, fingiendo una lesión hace ya un buen rato. Faltan pocos días para Navidad, el campeonato terminó hace más de una semana y los canales de deportes no saben cómo hacer para llenar su programación. Por eso recurren al pasado, noventa minutos de fútbol pasado. Me sirvo un whisky irlandés con hielo y enciendo un cigarrillo. Apoyo los pies sobre la mesa ratona del comedor y dejo que el control remoto se pierda entre los almohadones del sillón.

Yo estaba en la cancha ese partido, en la incómoda popular visitante del estadio de Independiente. Había ido con la barra de siempre: Cartucho, Namino y el Gordo Masoller. Durante esos años seguíamos a Boca a todas partes. El Gordo había comprado un registro falso en provincia, y con eso manejaba un Peugeot 505 con asientos de cuero y vidrios espejados. Ahora que lo recuerdo, todo me parece absurdo, esa engorrosa liturgia: llegar a la cancha dos horas antes, tomar cerveza en la calle, hacer la cola, soportar el frío o el calor, el maltrato, las colectas de la barra, la sudoración, quemar un faso en el entretiempo, alentar al equipo a pesar de la derrota. Ahora, sentado en mi sillón de símil-cuero, me canso de solo pensarlo, pero lo cierto es que en ese momento lo disfrutábamos mucho.

Hace años que no veo a esa barra: sé que Cartucho se casó y lo mandaron a Canadá por trabajo, que el Gordo sigue viviendo con sus padres en Escobar. De Namino no sé nada, salvo que casi no tiene pelo y que hace poco me mandó una invitación para ser su amigo en Facebook. A veces pienso que estaría bueno juntarnos: encontrarnos en la cancha o en un asado. Nos pondríamos a contar anécdotas de aquellos tiempos… «y te acordás de cuando…» ese tipo de historias. Tendríamos para reírnos un buen rato, y después cada uno para su casa, un poco borrachos, ligeramente entristecidos por la sensación de que también estamos recurriendo al pasado para llenar nuestra programación.

Cada vez que la cámara enfoca la tribuna visitante, busco mi cara de dieciséis años en la pantalla. Pero es imposible: la popular está repleta. Desde lejos parece un amasijo de cabezas negras y cuando acortan el plano es para mostrar a una rubia tetona o a un señor comiendo un pancho con mostaza. Pero yo sé que estoy ahí: una de esas cabezas es la mía, otra la de Cartucho, y Namino, y el Gordo Masoller.

A veces, cuando sabía que íbamos a llegar demasiado temprano a la cancha, llevaba un librito en el bolsillo para acortar la espera. La primera vez fue una casualidad —descubrí en mi campera una novelita de Chase que había empezado la noche anterior— pero después se me hizo costumbre; si no llevaba algo sufría la abstinencia, y leía los papelitos de diario que tiran cuando sale el equipo. Además, descubrí que a los pibes no les gustaba nada eso de que me pusiera a leer. Sentían que mi actitud desvirilizaba a la barra.

—Eh, Koch: alentá, amargo —decían.

—¿Que aliente a quién? Si la cancha todavía está vacía.

Me gustaba esa provocación y llevaba libros cada vez más pretenciosos. La tarde en que Boca se comió seis contra el Racing de Delgado, Capria y López, el Gordo hizo volar La dama del perrito hasta la tribuna de abajo; el libro dio en la cabeza de un veterano de la tribuna de socios, que resultó ileso gracias a la austeridad narrativa de Chejov.

En esa época yo quería ser uno de esos escritores que viajan y se ponen en peligro para poder contarlo, un cronista de guerra como Hemingway o Pérez Reverte. Gané tres concursos de cuentos en el colegio y todo el mundo hacía silencio cuando me ponía a leer en voz alta. Recuerdo esas entregas de premios: el auditorio atento, preparado para escucharme, y yo carraspeo, aclaro la voz, hago durar un poco más el momento, como inmediatamente antes de un primer beso. La directora del colegio convenció a mi padre de que me anotara en un taller literario. La vieja era mi fan, todavía me dice: «Koch: ¿cómo anda, mi escritor favorito?» cada vez que me la encuentro. Mi padre accedió sin mucho entusiasmo.

—Es bueno que tengas un hobby —me dijo.

Repitió esa palabra varias veces más, «hobby», y cada vez que lo hacía, mi cerebro ilustraba la grasienta figura de un coleccionista de estampillas. Asistí dos años a ese taller literario y la profesora me aseguró que tenía pasta de escritor. Buena madera, dijo, pero después me di cuenta de que lo mismo les decía a todos sus alumnos. Lo cierto es que en ese taller sólo había dos personas capaces de producir un cuento decente: yo y Martín Turdera, un pibe hijo de desaparecidos, que después se llenó de guita cuando escribió una novela sobre la vida y la muerte de sus padres. La novela está traducida a más de doce idiomas, me comentó Martín la última vez que coincidimos en la línea D del subte. Cuando terminé el colegio, me anoté en la Facultad de Letras pero no duré ni un semestre. La teoría literaria me aburría muchísimo y para ese entonces ya trabajaba todo el día en el negocio de las mangueras.

Un mensaje de texto en mi celular: dice que mi mujer vendrá en una hora con las mellizas. Calculo que van a llegar un ratito antes de que termine la transmisión del partido, estimando un corte comercial de diez minutos en el entretiempo. El partido sigue cero a cero pero Independiente juega mejor. Las piernas largas y negras del Palomo Usuriaga son demasiado veloces para la defensa de Boca. Es extraño lo que está pasando: ya conozco el resultado final, sé que no va a haber goles en el primer tiempo, pero igual me ilusiono con algunas jugadas, me pongo nervioso con otras, puteo, como si lo estuviera viendo en directo. El Flaco Menotti enciende un cigarrillo en la pantalla y yo hago lo mismo, quince años después, en el sillón de mi casa. Menotti sostiene el cigarrillo ayudándose con el pulgar, como si fuera un porro. Siempre me gustó eso. Trato de imitarlo, pero me resulta incómodo.

Hace un rato dije que en esa época quería ser escritor pero la verdad es que, como cualquiera, hubiese preferido ser jugador de fútbol: el cinco de Boca, un cinco como Marangoni, claro y elegante —un playmaker, como dicen los ingleses, en ese lenguaje tan práctico. Cuando tenía trece años hice la prueba de ingreso para entrar a Ferro, que en ese entonces era un club de Primera. Quedé entre los seleccionados, en parte porque era un buen jugador pero sobre todo porque mi abuelo materno, que jugó en la década del cuarenta en Platense y Atlanta, conocía al seleccionador. Los entrenamientos eran doble turno, mañana y tarde. Si quería entrar al equipo tenía que dejar el colegio o anotarme en el turno noche. Mi viejo no lo permitió.

—A la noche estudian los negros —me dijo, poniéndole fin a la discusión.

No sé qué hubiera pasado si me hubiese tirado a futbolista. Siempre fui la estrella del equipo del barrio o del colegio, pero no me engaño: sé que con eso no alcanza. Cada pueblito tiene su crack, su goleador, y la mayoría termina jugando de lateral derecho en algún club de cuarta. Aunque siempre me va a quedar la duda. Fui una víctima de la clase media argentina.

—Tenés que ir a la Facultad, Koch —me dijo mi viejo.

Si no hubiese tenido el privilegio de poder estudiar, quizá podría haber llegado a ser futbolista. «Tenés que conseguir el título universitario que yo no pude, Koch», pensaba mi viejo sin decírmelo.

Y todo eso, ¿para qué? Tengo treinta y un años y vendo mangueras. El negocio marcha bien, no me puedo quejar, pero: ¡mangueras! Algunas tardes, cuando no hay clientes, me quedo mirando los estantes: esos estúpidos tubitos de goma, ordenados por tamaño, por marca. A veces me escucho vender: le cuento a un tipo sobre las ventajas de cierto modelo, y me parece que esa no puede ser mi vida. Ese imbécil que imposta la voz para decir que «la silicona te permite trabajar en frío o en caliente» no puedo ser yo.

Sigo jugando al fútbol en cancha de once, un torneo en el club Gimnasia y Esgrima. Después de un desgarro en el cuádriceps estoy un poco lento pero todavía tengo mis mañas, conozco el oficio y la posición. Siempre sé lo que debo hacer y eso es terrible, porque la cabeza funciona mucho más rápido que el cuerpo. Ahora miro el partido por la tele y cada vez que la recibe un mediocampista, pienso qué haría yo en su lugar. No qué debería hacer él, sino qué haría yo, Koch, si hoy estuviera ahí, en esa situación, pero con la velocidad de piernas que tenía una década atrás. Siempre hago ese ejercicio mental.

El primer tiempo terminó sin goles y empiezan las publicidades. En ese momento, seguramente estábamos jugando a eso que se da en las canchas argentinas. Cuando el referí marca el final del primer tiempo todos quieren sentarse a descansar, pero por razones físicas eso es imposible: un cuerpo sentado ocupa más espacio horizontal que un cuerpo parado, y el cemento no alcanza para todos. Es como el juego de la silla pero más violento y con olor a porro en el aire. El que sabe jugar se sienta ni bien escucha el silbato, o incluso antes, por intuición, cuando se corta el juego y el referí se está llevando el pito a la boca. Quedar parado significa ser un principiante. Ahora son todos gringos los que quedan de pie en la tribuna de Boca, pero a ellos no les importa, se divierten, pagan su entrada en euros para tener la experiencia tercer mundista, y se entusiasman con las monerías de la hinchada más que con el partido mismo. Cada vez hay más cabecitas rubias en la Bombonera. Va a llegar el día en que los gringos van a ser mayoría en la tribuna y se van a miran sorprendidos entre sí, desilusionados, preguntándose dónde está la famosa hinchada de Boca, esos que gritan y cantan todo el partido, con ese entusiasmo tan parecido a la estupidez.

El Gordo quedó parado en ese entretiempo; estaba distraído, y la forma de pera de su cuerpo era un lastre importante a la hora de presionar hacia abajo. Para disimular el descuido, el Gordo se hizo el que quedó de pie por elección propia.

—Levántense y canten que esto no es la platea —arengó, pero nadie le prestó atención.

Si la cámara mostrase la tribuna en ese momento, se lo podría ver sacándose la remera, agitándola por encima de su cabeza, su cuerpo blando y rosado al descubierto, bamboleándose como una gelatina de cereza retirada antes de tiempo de la heladera. Pero la pantalla no muestra al Gordo Masoller sino a otro gordo, disfrazado de Papá Noel, que vende todo tipo de electrodomésticos y bicicletas a precio de oferta. Eso podría servir para las mellizas: dos bicicletas, o una con asiento doble. Tengo que comprar el regalo, no me puedo olvidar.

Agradezco estar sentado en mi sofá de símil-cuero de tres plazas, sin tener que luchar cuerpo a cuerpo por un espacio. Bajo dos grados el aire acondicionado con el control remoto y aprovecho para revisar unos papeles del trabajo. En estos meses el negocio se pone movido: en verano se venden muchas mangueras y mi negocio se llama «El universo de las mangueras». «Universo», ¿qué les parece? El nombre se lo puso mi suegro. Podría ser un intento de ciencia ficción, construir un universo con estos tubitos de goma, pero el nombre no tiene tantas pretensiones. Mi suegro tenía un negocio con su hermano: «El mundo de las mangueras», hasta que un día se pelearon por dinero y mi suegro abrió el «Universo», a dos cuadras, sobre la calle Álvarez Thomas. Mi suegro era armenio hasta que murió —probablemente lo siga siendo desde su tumba en la Chacarita— y los armenios son muy competitivos en los negocios, les encanta comparar el largo de sus miembros armenios. Por eso lo de «Universo»: simplemente para ser más ancho que su hermano.

Entré al «Universo» con dieciocho años, de cadete, cuando llevaba casi un año saliendo con Anita. Ahora, trece años después, soy el jefe y ese ascenso se debe a dos acontecimientos: la muerte de mi suegro y el haberme casado —ceremonia armenia mediante— con su única hija. Durante los últimos años de su vida, cuando ya sabía lo del cáncer, mi suegro me fue preparando para que ocupara su lugar. El viejo empezó a sestear todos los días después del almuerzo, en un catre mugriento que había armado en el depósito.

—Por dos horas quedás a cargo, Koch —me dijo un día de verano, mientras desabotonaba su camisa de algodón.

Y desde entonces todas las tardes la misma ceremonia. Se sacaba los mocasines, colgaba la camisa de una silla, dejaba los dientes postizos en un vasito con agua, aflojaba el cinto, y se dormía de costado, arrullado por las aspas metálicas del ventilador. Yo era el encargado de despertarlo, dos horas más tarde. A veces me quedaba mirándolo, un minuto o dos. Su pecho lampiño se inflaba y desinflaba en silencio; su piel armenia, verdosa en verano y amarillenta en invierno; sus pezones, largos y morados, inquietantemente parecidos a los de su hija. La boca, sin el sostén de los dientes, se fruncía y se le metía hacia adentro. «Como un remolino de agua escurriéndose por una rejilla», pensé un día, y la comparación me pareció un hallazgo, una imagen bien lograda que me hizo recordar que alguna vez había querido ser escritor. Esa noche me senté frente a la computadora y tecleé: «Como un remolino de agua escurriéndose por una rejilla», pero fue lo único que conseguí escribir.

Nunca supe cómo despertar al viejo, si con un ruido o moviéndolo con la mano. La mayoría de las veces me ayudaba Limousine, un perro salchicha, consentido y ruidoso, que era para el viejo como un hijo horizontal. El perro se acercaba, arrastrando la barriga, caminando como lo haría un ciempiés si sólo contara con cuatro, apoyaba las patas delanteras en el borde del colchón y ladraba, agudo, dando saltitos insuficientes, sin poder subirse a la cama. El viejo abría los ojos lentamente y luego lo upaba y le hacía mimos, porque tengo que admitir que Limousine es suave y marrón, y recorrer su lomo con la mano es acariciar terciopelo y calor. El viejo amaba a ese perro y para demostrarlo había hecho pintar su silueta —como un subrayado— de bajo del nombre del local, en el cartel que da a la calle. El viejo se murió en ese catre y Limousine fue el primero en saberlo. Empezó a gemir y a ladrar, antes de que yo notara que el pecho lampiño de mi suegro estaba quieto, y que la boca ya no se le metía hacia adentro, como un remolino de agua escurriéndose por una rejilla.

Boca e Independiente están nuevamente en la cancha y la imagen del viejo, muerto en su catre, me persigue durante varios minutos. Luego se diluye porque el Beto Márcico, que era mi ídolo por ese entonces, recibe una pelota de espaldas al arco y da un pase profundo, sin mirar, una muestra de su inteligencia suprema. Sigo el vaivén del partido con atención pero a la vez no puedo dejar de pensar en dos cosas que me sucedieron la semana pasada, dos hechos extraños que podrían servir como mecha para volver a escribir un cuento o una novela.

Uno. Mi suegra, que desde que enviudó está cada vez más devota, nos regaló un pesebre de cerámica en el que José, el carpintero, es enano. No petiso sino enano, macrocefálico, de los que antes estaban en el circo y ahora en la televisión. María es normal, los animales también. Jesús es un bebé como cualquiera, pero José es manifiestamente enano, demasiado enano como para tratarse de una simple falla de fabricación. Lo miro ahora, parado al pie del arbolito, a la izquierda del televisor: José, un padre enano y orgulloso que cuida a su hijo, el Redentor. Me da un poco de miedo.

Dos. El mismo día en que mi mujer armó el pesebre recibí por correo una edición de El evangelio según San Juan. Llegó en un sobre blanco, con mi nombre escrito a máquina en el dorso. No me pedían plata ni que me afiliara a ninguna parroquia. Intenté razonar: figuro en alguna base de datos, quizá en la del colegio de las mellizas, seguro que le mandan a todos los padres, por el asunto de la Navidad. La hipótesis me resultó convincente, pero algo (quizá mi nombre escrito a máquina en negro contra el sobre blanco, en esa tipografía antigua y sentenciosa, como trágica) me provocó un terrible vacío entre el pecho y el estómago, como si uno y otro se quisieran separar. Llevé el librito al baño y lo leí de punta a punta, sentado en el inodoro. Era una edición abreviada, barata, pensada para escolares o idiotas. Unas ilustraciones de tipos barbudos y sonrientes acompañaban las palabras de San Juan. En las páginas que tratan sobre el bautismo y la familia, encontré un dibujo de José: en esta versión era un tipo espigado, bastante más alto que su mujer.

La falta de correlación entre un José y el otro me provocó una aguda desilusión. Cuando me paré del inodoro sentí que me faltaba el aire. Mi garganta se cerró, las rodillas se me aflojaron y me derrumbé sobre la cortina de baño. Mi mujer me encontró así: en la bañera vacía, inconsciente, con el evangelio abierto entre mis manos. Ella dice que fue un ataque de pánico (en realidad dijo «panic attack») y quiere que vaya a ver a un médico. Yo le digo que vendo mangueras en Villa Urquiza, que no soy lo suficientemente cool como para tener un ataque de pánico, que fue solo un mareo, por el calor. Pero ayer me pasó lo mismo, me volvió a faltar el aire. No estaba leyendo el evangelio, estaba en el trabajo, ordenando unos cajones de herramientas. Mi mujer no sabe nada de esto por que no llegué a desmayarme. Me tiré en el catre donde mi suegro se echaba a sestear. Nadie había cambiado las sábanas. Eran las mismas de siempre, ásperas y grises. Sentí el olor del viejo entre los hilos del tejido. El cuerpo humano pierde miles de partículas de piel por minuto. Se deshace de las células muertas. Lo vi en un documental. La piel del viejo seguía entre las sábanas. Esa piel armenia, amarilla en invierno y verdosa en verano. Inspiré profundamente por la nariz, varias veces, y me quedé dormido, arrullado por las aspas metálicas del ventilador.

¿Cómo puedo escribir un cuento a partir de esto? Un José enano y un Evangelio maldito. No sé. Pero estoy seguro de que Dan Brown haría un bestseller de seiscientas páginas con esta información. Eso sí que me gustaría ser: un escritor de bestsellers que viaja por todo el mundo, presentando sus porquerías.

Hay gol de Boca. El grito del relator me saca de mi ensoñación, pero luego se calla y la cámara vuelve a mostrar a Taíbi, convencido, en una postura casi hitleriana, sosteniendo una bandera en su mano derecha. Me había olvidado de este gol anulado. La repetición demuestra que el jugador estaba habilitado: el gol era válido. Taíbi se equivocó. Por los parlantes del televisor se siente el canto de la tribuna: «Taíbi hijo de puta / la puta que te parió», y los versos se repiten, con mayor énfasis, siguiendo la melodía de «Cidade Maravilhosa». Todos cantamos esa artera versión del carnaval carioca, cuya adaptación lírica atribuíamos a un pelado de la barra brava, uno que siempre usaba la misma camiseta, roja y negra, del Flamengo. Todos cantamos: «Taíbi hijo de puta», durante más de un minuto, y sentíamos que era cierto, aunque no en sentido literal. En realidad queríamos decirle «malo», pero no se puede decir «malo» en una cancha de fútbol argentina.

A los pocos minutos vino el gol de Independiente: Rambert, de emboquillada, por encima del arquero que se había adelantado innecesariamente, otra vez. Pero la hinchada no culpó al arquero ni al jugador que había perdido una pelota boba en la mitad de la cancha. La hinchada culpó, unánimemente, a Taíbi. El gol en contra fue consecuencia de la anulación del gol a favor. Sin uno no hubiera sucedido el otro, ese fue nuestro razonamiento. Por eso volvimos a cantar, «Taíbi hijo de puta», el insulto que ahora escucho por los parlantes de mi televisor.

Por encima del barullo, siento el ruido del ascensor, y luego la llave en la cerradura, y las mellizas que entran zumbando, y mi mujer atrás, cargando bolsas.

Con ese gol terminó el partido y perdimos la final de la Copa. Teníamos todo preparado para el festejo: el bar de siempre, en la Boca, emborracharnos, quizá irnos de trolas. Pero la derrota nos dejó sin planes y sin ganas de nada. Namino propuso ir al cumpleaños de una amiga, en Belgrano.

—Para no separarnos ahora —dijo, y nadie tuvo fuerza para decir que no.

En el viaje en auto discutimos si convenía ir al cumpleaños con nuestro uniforme de cancha: decidimos mostrar las remeras y dejar las banderas en el auto.

—En las buenas y en las malas. Y si una gallina dice algo le pudrimos el cumpleaños —dijo el Gordo, y sacó por fuera del cuello de la remera, como una provocación, un rosario que alternaba, sincréticamente, cuentas azules y amarillas.

Pero nadie dijo nada y el cumpleaños fue normal y aburrido, como todo lo que sucede en el barrio de Belgrano. Sanguchitos de miga, Coca-Cola y chicas medianamente feas, hasta que entró Anita, un poco antes de la medianoche, sosteniendo una torta de chocolate entre los brazos. Se quedó parada bajo el marco de la puerta, como hace ahora, quince años más tarde. A pesar del tiempo, es casi la misma mujer, un poco más cansada y con unos quilos de más en las caderas, es cierto, pero la misma mujer. Hermosa. Quiere que la ayude con las bolsas de la verdulería. Las levanta y me las muestra sin decirme nada. Le digo que estoy escribiendo, que estoy mirando un partido y que a la vez estoy escribiendo la palabra «hermosa», en mi cabeza. Se lo digo mirándola a los ojos, chispeando, para que sepa que ese adjetivo le corresponde a ella. Anita sonríe, como lo hizo aquella noche, cuando me presenté ceremoniosamente y dije algo lindo y estúpido sobre sus ojos marrones y la torta de chocolate.

Las mellizas entran a los gritos al comedor y les pido que se calmen. Son buenas chicas. Estoy bastante conforme con ellas. Quieren ir a Disney cuando cumplan quince. Faltan siete años pero no saben contestar otra cosa cuando alguien les pregunta qué quieren de regalo. Parece ser lo único que anhelan de esta vida: la foto con Mickey y Pluto. Me quedan siete años para vender mangueras, muchas mangueras, para juntar la plata del viaje.

—Yo estaba en la cancha ese partido —les digo, señalando la tele—. Ese día conocí a su mamá —agrego, levantando la voz.

Pero a las mellizas no parece importarles. No quieren saber cómo conocí a la mujer que las cargó simultáneamente en su barriga durante nueve meses y que ahora está lavando verduras en la cocina. Las mellizas están peleando y quieren que yo resuelva su disputa.

—¿No que me toca a mí la compu? —me preguntan a coro.

El partido acaba de terminar: festejan los de rojo, se van los de Boca, el árbitro, Taíbi. Miro con dureza a las mellizas, les saco la computadora y les digo que no, que vayan a ayudar a su mamá con las verduras, que ahora es el turno de Koch.

(De: Variaciones de Koch, Alfaguara, 2012)

*Manuel Soriano nació en Buenos Aires en 1977 y vive en Montevideo desde 2005. Es director de la editorial infantil Topito Ediciones y autor de los libros de cuentos «La caricia como método de tortura» (2007) y «Variaciones de Koch» (Alfaguara, 2012) -que recibió el Premio Nacional Narradores de la Banda Oriental-, del libro infantil «Las aventuras de Jirafa y Perrito» (Premio Fondo Concursable del Ministerio de Cultura, 2011), y de las novelas «Rugby» (Alfaguara, 2010) y «Fundido a blanco» (Criatura Editora, 2013). En 2015 ganó el Premio Clarín Novela 2015 por su libro «¿Qué se sabe de Patricia Lukastic?», con un jurado integrado por Sylvia Iparraguirre, Leonardo Padura y Sergio Ramírez. «Nueve formas de caer» es su último libro de cuentos. Hace unos años se obsesionó con saber en forma precisa y detallada de dónde salían algunas de las melodías que acompañan canciones ya clásicas de las hinchadas argentinas. Esa obsesión se convirtió en un proyecto de libro que, por ahora, se titula «Canten, putos».