Taki Ongoy

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Fernando Iwasaki

Fue que ellos creyeron que todas las guacas del reyno, cuantas avían los cristianos derrocado y quemado, avían resucitado, que todas andavan por el ayre hordenando el dar batalla a Dios, y vencelle.
Cristóbal de Molina, 1575

Quienes estuvieron presentes afirman que la transformación se produjo mientras cambiaba los plomos del taller. Quizá fue la descarga que lo arrojó contra la mesa de las herramientas y que le mantuvo inconsciente durante casi media hora, pero lo cierto es que al volver en sí, Ramiro Becerra había dejado de ser el mismo. En sus ojos bullía un fulgor misterioso y su sonrisa dibujaba un rostro completamente nuevo: su antiguo semblante se había ocultado tras una careta de enigmática inteligencia. Desde ese día abandonó su oficio de electricista para convertirse en el Hermano Pablo, tercera encarnación de Dios entre los hombres y Guardián del Purgatorio.

Cuando el baile hubo terminado, los hombres y mujeres que se habían dado cita en las alturas del Laramatí, abrieron un círculo para que Chocne pudiera hablarles. Él les anunció cómo el Pachacámac y la guaca Titicaca habían reunido a todas las demás guacas en el Cuzco, que es el centro del mundo, para organizarlas en la guerra contra el barbudo dios de los españoles. Les hizo saber también cómo las guacas habían montado en cólera por haber interrumpido sus sacrificios, pero que les ofrecían la oportunidad de luchar junto a ellas. Los espíritus de los dioses ya no encarnarían en las piedras o en las fuentes como en el tiempo del Inca. Ahora lo harían en sus guerreros. El mismo Chocne había sido tocado por el rayo y ya volaba por los cielos en una canasta anunciando el principio del Taki Ongoy o la «Danza del Viento».

La noticia se esparció rápidamente por todos los barrios periféricos de Lima: el Perú estaba en un gran pecado. El Fondo Monetario, Sendero Luminoso, los gringos, la Teología de la Liberación, el comunismo… ¡Sí!, el demonio estaba por todas partes y el nuevo profeta anunciaba una última alternativa de salvación. Era preciso fundar una nueva ciudad lejos de Satán, volver al cristianismo primitivo, reconstruir el Paraíso antes de la Caída. A pesar de los reclamos de la Iglesia y de las Centrales Obreras, el éxodo comenzó a organizarse desde Comas, Villa el Salvador, El Agustino y otros «pueblos jóvenes». Cuando la policía quiso intimidar al Hermano Pablo ya era demasiado tarde. «¡Los ángeles lo han llevado volando a la selva!» -clamaban sus creyentes-, «¡A Chanchamayo, a Chanchamayo!, ¡ahí está la Tierra prometida!», gritaban. Y de todas partes de Lima salieron caravanas de peregrinos.

El arzobispo Toribio de Mogrovejo convocó a una reunión de emergencia con el fin de reunir información sobre la nueva idolatría. Se sabía que con Chocne se encontraban varios hechiceros que se mofaban de la religión católica, pues dos mujeres que decían llamarse «Santa María» y «María Magdalena» ocupaban lugares destacados entre los herejes. Las autoridades acordaron amedrentar a los indios con encendidos sermones acerca de las penas del infierno, pero debían hacerlo pronto antes que el Inca de Vilcabamba prestara su ayuda a los rebeldes y la idolatría se extendiera por todo el virreinato.

Fue así como se nombró una comisión especializada encargada de estudiar la estrategia para desenmascarar al alborotador. Dado que se trataba de un culto religioso, el Hermano Pablo no podía ser detenido como un agitador político o un delincuente común, mas si se demostraba que ese culto perverso atentaba contra la moral y las buenas costumbres de nuestra sociedad occidental y cristiana, entonces la opinión pública respaldaría la intervención policial. Los periodistas y abogados de la comisión exigieron el respeto de los derechos humanos durante el operativo, mientras que los antropólogos y sociólogos destacaron las correspondencias de dicho culto con el Ghost Dance Religion norteamericano y la ocultación del duodécimo Imán en la tradición shiita del Islam iránico.

De esta manera, el padre Cristóbal de Albornoz viajó hacia las serranías del Cuzco y Ayacucho, dispuesto a crear el desconcierto que facilitaría la acción militar. Esta misión -como siempre- corrió por cuenta de su auxiliar, el indio ladino Felipe Guamán Poma de Ayala. Chocne no tardó en enterarse del descontento que comenzaba a cundir entre su gente y les recordó la cólera de las guacas, les amenazó con llevarse el maíz y con tornarlos en guanacos o vizcachas, pues infinito era el poder de los dioses. Sin embargo, ya el camino había sido allanado: unos cuantos pesos y una delación harían el resto.

Cuando el ejército y la policía tomaron la granja de la «Cooperativa Agraria Nueva Jerusalén Ltda.», descubrieron que la mayoría de los fieles ya había abandonado al Hermano Pablo y emprendido el regreso a Lima. La policía se encargó de prenderle y el periodismo de justificar el arresto. Al fin y al cabo, había que acabar con esas sectas que exaltaban la promiscuidad y la perversión desorientando a la juventud.

Juan Chocne fue juzgado en 1567 durante el II Concilio Limense, y el gobernador Lope García de Castro firmó su reclusión perpetua en la doctrina de Santiago del Cercado en Lima.

En la intimidad de su celda y mientras esbozaba ante el espejo la enigmática sonrisa que adquirió después de tocar el rayo, Ramiro Becerra se dijo que volvería a intentarlo. El tiempo de los hombres seguiría pasando y el de su venganza permanecería intacto. Al empezar el ciclo del maíz le vendría nuevamente el poder, y con él la canasta que habría de arrebatarlo de su prisión para llevarle volando al centro del mundo, ahí donde el tiempo del Taki Ongoy fluye eterno de las cumbres del apu Laramatí.

Lima, 1986

(De: Papel carbón, Cuentos 1983-1993, Páginas de Espuma, 2012)

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