Tamara Tenenbaum: «Espero que nos sigamos queriendo y nos sigamos cogiendo»

Por Jonathan Raed

Foto: Edgardo Gómez

La escritora lanzó un nuevo libro de ensayos, por editorial Ariel, que ahonda en la forma de vincularnos tanto desde lo afectivo como desde lo sexual. Una mirada acerca del movimiento feminista y el debate por el aborto legal, seguro y gratuito.

En 2018, Tamara Tenenbaum ganó el premio Ficciones por su libro Nadie vive tan cerca de nadie. Un año después sacó su nuevo libro, El fin del amor; querer y coger, donde se involucra con las formas de entender las relaciones y, dentro de las mismas, las afectividades. Es filósofa, periodista, docente, escritora y poeta y afirma que este último libro es puramente argentino y porteño.

«Hablo a través de mi historia», expresa. «Lo podría haber escrito en tercera persona, con la misma bibliografía, pero me interesaba darle una perspectiva que tiene mucho que ver con la realidad argentina, que no es la misma del resto del mundo ni de América Latina», agrega la escritora y anticipa que su próxima publicación será un libro de cuentos.

El fin del amor, querer y coger, según la autora, es un libro de ensayos que están encadenados, donde se describen distintos aspectos en relación a lo vincular, siempre dentro de un contexto histórico. «Muchas veces se habla de los últimos diez años o de Tinder, que no es nada al lado de la pastilla anticonceptiva o del divorcio vincular, cuyos ecos los estamos viviendo todavía. Tengo un capítulo entero para las redes de levante, pero me interesa como último capítulo de una revolución sexual que ya tiene como mínimo seis décadas, de las que fueron protagonistas nuestras madres y abuelas, que hicieron tanto o más que nosotras. Nuestras madres pudieron divorciarse, pero lo hicieron con mucho dolor y mucha culpa y con la sensación de que había algo de la vida que se terminaba. Nosotras ya no vamos a sufrir eso», expresa Tenembaum.

–¿Cuál es esa realidad a la que aludís como tuya?

–Nací en una comunidad judía ortodoxa y salí a conocer el mundo desde ahí. Creo que eso me da una perspectiva que es distinta. Vi un montón de cosas que me parecían raras y que para el resto era de lo más normal. El contacto físico me parece fascinante. En la comunidad en la que crecí, no está permitido ningún contacto físico entre mujeres y varones que no están casados. No te saludás con un beso, no te das la mano, a los 12-13 desaparecen los juegos mixtos. Parece una pavada, pero la mayoría de la gente no se da cuenta de cómo nos tocamos los argentinos. En las amistades, en las relaciones laborales, en todos lados. No es algo necesariamente sexual. En algún punto, sí. Es una forma de vincularse que está bastante sexualizada y cuando te vas a otros países te das cuenta de que es distinto. Esas cosas hacen una diferencia en el modo en que estamos socializados, el modo en el que entendemos los vínculos con los demás.

–¿Por qué “querer y coger”?

-Se le ocurrió a mi editora. Me parecía importante que diga “coger”. “Querer” también, me encanta porque es diferente a amar y es una diferencia muy particular del español. En inglés y en francés, no ocurre. Coger me parece importante porque me parece rara la ausencia de coger en los títulos de los libros, cuando no es una palabra muy soez; no es una palabra que no se usa. Es la palabra que se usa permanentemente en el cotidiano. “Garchar” ya es más soez, “curtir” es más antigua. “Follar”, en cambio, se lo ve en títulos de libros españoles. Era importante porque justamente toda la gracia del libro es que vamos a hablar de cómo cogemos de verdad. No de la teoría o de cómo nos gustaría que fuera. Correrse de un lugar más aséptico e inventado. Es importante que el libro transmita eso.

–¿Y “el fin del amor”? Es ambicioso. Suena a “la muerte de Dios”.

-No creo que se termine el amor para siempre. Si el título llama la atención o despierta intriga, es porque en algún punto sabemos que hay algo que se está terminando. No sabemos bien qué, pero tenemos la sensación de que hay algo del modo en que aprendimos a vincularnos, que va a cambiar para siempre. El concepto de amor romántico lo uso, pero ¿qué significa eso? Nadie sabe bien. Se supone que las mujeres tenemos como misión última encontrar un varón para compartir la vida. Ese es el amor romántico. Y eso debe estructurar todo el resto de tus decisiones. Eso es lo que se está terminando. Y “querer” y “coger” porque después del fin de la amor, ¿qué es lo que va a quedar? Querer y coger. O al menos espero que nos sigamos queriendo y nos sigamos cogiendo.

–¿Se puede separar lo afectivo de lo sexual?

–Sí. No me gusta usar tanto el concepto de “responsabilidad afectiva” porque termina siendo una especie de nueva normatividad de ‘quién es el más responsable’ o ‘soy aliade’ o ‘yo le aviso a la otra si la están engañando’. Yo no hago eso. Todos nos equivocamos y hacemos lo que podemos. Pero si te cogés a alguien, te guste o no, entrás en un vínculo con otro ser humano y lo tenés que tratar como tal. Fin. Cuando una pareja se rompe, en general, para la mujer es “tiempo perdido” y para el hombre no. ¿Por qué se da esto?Se nos aleccionó que una relación fallida es tiempo perdido. Se nos dice que se nos acaba el tiempo, tanto para tener hijos como para ser sexualmente deseables. Cito un estudio en el libro sobre una red de levante muy popular, que los hombres llegaban a los picos de likes a los 50 años. Y las mujeres, a los 18. La aplicación te deja entrar recién a los 18. Si te dejaran entrar a los 15, serían los 15. Hay algo de la deseabilidad que en este mercado está muy relacionado a la juventud. A nosotras, nos venden que todo el tiempo nos estamos poniendo viejas, perdiendo óvulos, turgencia, etc. Lo que no llegó a familia es tiempo perdido. Tenemos que corrernos de ahí, pero no es fácil. Es recontra difícil. Más aún cuando no sean celebrados otros modelos de familia o de belleza.

–¿En las parejas homosexuales se manejan otras lógicas?

–Hay otro tipo de vínculo. Están en otro nivel. Tienen más opciones. Están más organizadas las opciones, las disidencias. Proponer una relación abierta en una pareja heterosexual es algo dificilísimo y rarísimo. En una relación homosexual, es más bien lo contrario; a priori, nada está dado por sentado. En la heterosexualidad, no existe eso; se da por sentado que lo que va a ocurrir es la monogamia. Y todo lo que no sea monogamia es menos valorable. En cambio, en las disidencias, una vez que tomás una ruptura tan grande, de pelearse con la familia, con todo el mundo, la verdad es que todo lo demás se te hace mucho más sencillo.

–¿Y cómo se modifica esto?

-La historia de la heterosexualidad es la historia de la norma. Y la historia de la homosexualidad, en los últimos siglos, es la historia de la disidencia. Un poco la escuela de los vínculos es cómo se han organizado los vínculos fuera de la heteronorma. La cuestión comunitaria también es clave. Tienen esa cosa de la tribu, mucho más armada, en la que la gente no es descartable. Tuvimos una intimidad, un afecto, usemos eso. Las parejas son muchas veces el cimiento de amistades muy lindas. Están varios casilleros más avanzados, en líneas generales, obvio.

–¿Cómo juegan los celos en este sentido?

-Me cuesta hablar de celos porque no soy para nada celosa. Hay mujeres y hombres que sufren mucho por este tema. La masculinidad histórica es también muy hipócrita al respecto: “yo hago la mía, pero vos no hagas la tuya”. Si hay algo que no se me podría ocurrir, es ser celosa infiel. Es una o la otra. Al varón, históricamente, lo criaron para ser celoso e infiel. Amor libre Argentina hace talleres de celos, para gente que quiere tener relaciones abiertas, pero los matan los celos. A mí, no me pasa. Pero creo que es algo a trabajar porque la gente que es celosa sufre mucho. Y la mujer, si te enseñan que tu vida es ese tipo, es lógico que se te vaya la cabeza en qué hace a cada minuto. Es terrible.

–¿Cómo ves hoy en día a la lucha por el aborto seguro, legal y gratuito?

–Creo que el aborto organizó a la militancia de una manera que ninguna otra causa lo hizo. La violencia organiza, pero no tanto. Las marchas más numerosas fueron las del proyecto en la cámara de Diputados; fue el pico de activismo y sumó muchas adhesiones. Y generó algo que en Argentina no ocurre casi nunca que es la transversalidad. Intuyo que esa transversalidad se va a empezar a romper en un año de campaña porque no da lo mismo a quién votar.

–¿Se contempla que los políticos están en campaña, a la hora de presionar? ¿Le corresponde al activismo contemplar esto?

-El lugar del activismo es siempre demandar. Pero no hay que tratar a todos por igual porque no todos demostraron el mismo interés en el tema de mujeres. El feminismo no tiene conducción ni líderes orgánicas, por lo que no puede apoyar a ningún candidato. Nadie podría decidir a qué candidato apoya el feminismo. Hoy, la división central dentro del feminismo militante está entre las que se consideran parte del campo popular y las que se consideran parte de la izquierda. Hay un montón de adhesiones de ciudadanas independientes, que muchas pueden llegar a votar a (Mauricio) Macri, incluso. En este marco, aparece una demanda del campo popular de dejar tranquilo a Alberto (Fernández, precandidato a presidente por Frente de Todos). De las fórmulas que están y que tienen chances de ganar, debe ser la única que ya se pronunció porque Cristina (Fernández) ya votó a favor y Alberto habló varias veces a favor. Pero no es hacerle el juego a la derecha seguir presionando para que se legalice el aborto. Después, iremos viendo los tiempos. El activismo no se tiene que callar. Somos la revolución en marcha más grande del país. No nos podemos tomar un año sabático porque hay elecciones. No hacer el juego a la derecha tampoco implica no construir con los celestes. Yo soy demócrata, podría construir con todo el mundo. ¿Qué vas a hacer; echarlos del país?

–El feminismo es por estos días como un volcán en erupción. ¿Cómo se organiza ese volcán?

–Siempre me sorprende. Es un fenómeno que los políticos deberían estudiar. Cómo se arma este movimiento, en el cual las marchas se organizan, todo se hace. Después, hay internas y hay conflicto. Es un movimiento político, no un club de té canasta. Hay discusiones y hay un montón de diferencias con referentas mediáticas o incluso con distintas agrupaciones. Si vas con el oído prendido a una marcha, encontrás de todo. En la última, pasamos por delante de la columna de las radfem (feminismo radical) y estaban cantando unas cosas rarísimas. Hoy, está todo nucleado detrás del aborto. La gran pregunta es qué va a pasar cuando salga. ¿Se va a disgregar o qué? ¿Qué va a ocupar ese lugar? Porque la violencia nos aúna, pero es un tema mucho menos sexy para organizar un activismo. En filosofía, usamos el término sexy para determinados temas que atraen por distintos motivos. Y en el caso de la violencia, las leyes están, lo que falta es presupuesto. No hay suficientes comisarías, refugios, la policía no está capacitada. A partir del aborto, se habla de muchos otros temas que también nos interesan a todas, pero lo que unifica es el aborto.

–¿Cuál es el rol de los tipos en el feminismo?

–Está pasando algo que para mí es medio un bajón es que a veces se trata mal a los que quieren acompañar de manera genuina. Trato de no usar más esos chistes sobre los feministos. Si tratan de participar y se equivocan, todo bien. Distinto es el que viene de canchero y sobreactúa demasiado. Ahí, seguro hay uno que viene porque sabe que en cualquier momento le cae una denuncia (risas). No está bueno ni ridiculizar ni excluir. Los varones son parte de esto, pero también deben poner empatía y no estar todo el tiempo a la defensiva, que es algo que ocurre mucho con los varones. Por ejemplo, yo voy a un lugar de activismo de mujeres indígenas y no me siento personalmente atacada cuando hablan de gente que no es indígena. Entiendo perfectamente que no es un ataque personal. Todos tenemos que estar más abiertos y, si quieren participar, los varones tienen que estar dispuestos a ir a un lugar donde se diga ‘los varones tal cosa, los varones tal otra’.

–¿Cómo ves el tema de los escraches?

-Es muy difícil lidiar con experiencias del pasado. Todos tenemos que entender un poco. Tenemos que salir. El feminismo punitivista no es la salida. Ni en términos de castigos penales más duros ni en términos de ostracismo social cada vez más duro. Tampoco creo que esté pasando eso. No veo que en las marchas haya reclamos de pena de muerte para los violadores. Sí entiendo que estén pasando cosas complicadas con las redes sociales y creo que en ese sentido debemos separar los mecanismos de reparación de los mecanismos de venganza. Necesitamos hablar lo que nos pasó y, si hay un tipo peligroso en la orga (sic) o en la oficina, activar mecanismos para neutralizarlo. Tenemos que trabajar para que esos mecanismos sean mejores que Facebook. No creo que estemos en un clima de linchamiento. No hago esa tesis paranoica. Nos queda mucho trabajo por hacer para encontrar mecanismos de reparación y de tramitación de la violencia que no sean los que nos enseñaron históricamente, que se parecen demasiado a la venganza.

–¿Hay muchas zonas grises en ese punto?

-Una cosa es la violencia y otra es el destrato. Hay vínculos en los que una la pasa mal y no está siendo víctima de violencia. Eso existe, es muy común. ¿Vamos a sacar el violómetro? Y sí, porque no da todo lo mismo. No es lo mismo si me tocaste el culo en un boliche que si me tiraste en una cama y me violaste. No es igual. Necesitamos poder conversar qué es violencia y qué no. Dibujar la línea en algún lado. No es una cuestión subjetiva. No es si me sentí agredida. Tenemos que hacerlo porque no está dado en la ley.

–En el libro hablás de generar una cultura del consentimiento. ¿Vivimos en una cultura de la violación?

-Sí, sin dudas. Significa que un tipo es socializado para querer conquistar a toda costa. Chaparse una mina que esté totalmente borracha en un boliche no estaba muy censurado hasta hace poco. Eso es la cultura de la violación. Es el modo en que nos socializaron para que el consentimiento sea un detalle. Está dado para que no me metan preso, pero en el fondo no me importa si la mina quiere o no. Eso hay que cambiar. No queremos que los varones nos tengan miedo o estén todos presos. Quiero que un tipo no tenga ningún interés en acostarse con una mina que no se quiere acostar con él; que le parezca aburrido, ridículo. Desarmar eso es la clave.

–Y como mujeres, ¿cómo se transforma eso?

–Nosotras también somos parte de la cultura de la violación, en el sentido de que se nos cría para quedarnos calladas si la estamos pasando mal. No creo que me hayan violado, pero sí viví situaciones en las que me quería ir, no me trabaron la puerta ni nada, pero por qué no me fui. No sentía que estaba la opción de levantarse e irse. Ya vine hasta acá, me lo chapé, me tengo que quedar. Eso es también cultura de la violación. Estamos criados para dos cosas distintas y son cosas que reproducimos de manera súper inconsciente. Está muy relacionado con nuestros deseos: yo también siento que un tipo que me desea mucho es un tipo que me pone contra la pared. A nivel inconsciente, siento que un tipo que me desea con violencia, me desea más. Y es una pelotudez enorme. Es el modo en que nos enseñaron lo que es sexy y lo que no. Hay que correrse de ahí y es muy difícil.

 

Tiempo Argentino

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