“Tengo un problema: cada día soy más peronista”

El último asado de Dante Gullo

Por Gonzalo Unamuno | Ilustración Sebastián Angresano

Gonzalo Unamuno conoció a Dante Gullo en un bodegón de Chacarita, cuando tenía 13 años, adonde fue con su papá. Con el tiempo se hizo amigo de sus hijos. Por eso estuvo en el último de los clásicos asados masivos que el líder peronista daba en el patio de su casa, en el Bajo Flores. Porque “el militante total” que conversó con Perón, el Papa, Néstor y Cristina también hablaba “con cualquiera que necesitase un mimo”.

16 junio del 55. Ángela María Aieta viste a su hijo Juan Carlos, un niño de ocho años, y lo lleva a Plaza de Mayo. Las bombas de la aviación naval argentina caen como pájaros de acero, los cadáveres se apilan en la plaza y sus alrededores, pero la consigna es una sola y es clara. Hay que defender a Perón en la calle, con el cuerpo, aunque la radio, el boca en boca y el instinto de supervivencia digan lo contrario.

Sábado 4 de mayo de 2019. Nueve de la mañana, diez y media, una del mediodía: la marcha peronista retumba en el salón blanco de la Cámara de Diputados como hace mucho que no sucedía, incesante, en pleno corazón del Congreso Nacional. Las gargantas compungidas se suspenden en un anecdotario que no para de engrosarse, los dedos en V cortan el aire y le dan vida y revuelta a la circunstancia. Nada es paliativo suficiente para la tristeza y el dolor de la noticia que convoca a la multitud: el día anterior, el cáncer de páncreas anotó en su interminable listado el nombre de un histórico referente de esa gloriosa Juventud Peronista de principios y mediados de los 70 que añadió contenido y color a uno de los movimientos de masas más míticos y transformadores de Latinoamérica. A los 71 años murió Juan Carlos Dante Gullo, “el Canca”, como lo llamaban su familia, los amigos, los amores y los compañeros de militancia que, en él, eran síntesis y unidad.

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Yo tenía doce o trece años cuando conocí a Dante Gullo. Fue en Albamonte Ristorante, en el barrio de Chacarita. Ahí solía juntarse desde los años 70 con mi viejo, Miguel Unamuno, a conversar hasta entrada la madrugada. La primera impresión que tuve fue de total empatía. Era un tipo que te sacaba charla, te hacía sentir importante y, algo poco común en el resto de los políticos que había conocido: sabía escuchar. Pero lo que más recuerdo de ese día es la vuelta a mi casa, cuando le pregunté a mi padre si habían estado presos juntos. Mi viejo me dijo que no, que él había estado preso en el buque 33 orientales, pero subrayó que esa persona con la que acabábamos de compartir una grande de muzzarella era una de las mejores, de las más íntegras, con las que podía toparme en la vida.

—Si el Canca tuviese rencor estaríamos todos jodidos. A él lo meten en cana en democracia, hijo, bajo un gobierno peronista, siendo Luder presidente provisional.

Me maravillaba saber que el Canca había sido el máximo representante de la JP en su hora más gloriosa. Creo que siempre ocupó ese lugar, que nunca dejó de ser el máximo referente de la juventud, de las ideas en su etapa revolucionaria.

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Tuve la suerte de estar a su lado en sus últimos días. Salvador, su hijo menor, el que me bate que hasta el final de la partida quería pararse de la cama y militar para derrotar al macrismo y que sus últimas palabras fueron “hay que estar con Cristina al costo que sea”, me invitó a participar en los asados que nunca dejaron de sucederse en casa del Canca, y que por esas jugadas del destino terminaron siendo los últimos de su vida. Vivía en el Bajo Flores, en un largo PH ubicado en Cachimayo 1940, entre Cobo y Zelarrayán (no existe en el GPS, me dice Carlos, uno de los hijos que tuvo con Chela, su primera mujer), lo que no es un dato menor: es uno de los pocos políticos que nacieron y murieron en la misma casa.

Siempre peinado con gel, fachero, vestido a la moda, con aires de tano cabrón y de compadrito de barrio en su cadencia verbal, tenía un sentido de la síntesis que lo hacía único. Con muy pocas palabras era capaz de arrojar claridad a la situación más enrevesada. Es que Dante Gullo participó en política a lo largo de cinco décadas. Nunca dejó de militar, de ofrecerse a los suyos, ni siquiera cuando fue consciente de que se le venía la hora. Ese es, en definitiva, el punto más resaltable de su legado. El Canca le fue asignando un nuevo matiz al rol del militante, porque era un militante total.

El último discurso que dio en su casa fue emotivo y sustancial. Estaba sentado en la cabecera de una mesa en su arbolado patio con jardín, donde comían cientos de militantes, visiblemente disminuido, más delgado de lo que siempre fue. Se lo notaba cansado y con ese aire distante del que se está por ir y lo sabe, pero aun así sostuvo la capacidad intacta de dejar retumbando en nuestros oídos su opinión sobre los tiempos que atravesamos:

—Yo tengo un problema: cada día que pasa soy más peronista. Uno ha conocido a Perón y estoy convencido de que él hoy diría: ‘Es blanco o negro’. Y conduciría al conjunto de la Nación persuadiendo de que tiene que ser el blanco donde estamos todos adentro del plato, con el objetivo y el proyecto donde los únicos beneficiados tienen que ser los pobres, los trabajadores, los sectores populares, los sectores de la producción, los sectores del trabajo. Pero alguien va a tener que perder. Del otro lado hay un 30% duro que de una vez por todas va a tener que entender que la grieta va a existir, pero ésta se llena para que el 70% signifique la conducción real de la Argentina.

Dante Gullo fue sinónimo de muchas batallas, varias de ellas perdidas en las internas del PJ. Se ocupó de librarlas desde una misma geografía ideológica. Un peronismo que no admitía grises, el del trasvasamiento generacional o de la tendencia, ese que ahora se rasga las vestiduras por su partida, porque puede hacerlo. Y lo hace por la simple razón de que Néstor y Cristina Kirchner se ocuparon de que él tuviese en vida la reivindicación que se merecía. Como se dice en la jerga, al Canca se le pagó: entre 2007 y 2011 fue diputado nacional, y ocupó una banca en la legislatura porteña desde 2011 hasta 2015.

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Pocos como él para hablar de fascismo en la argentina. Fue una de las personas más afectadas por el terrorismo de Estado, uno de los pocos que lo sobrevivieron para enfrentarlo cara a cara. Su madre, Ángela María Aieta, fue secuestrada por un comando de tareas de la ex ESMA, arrancada de los pelos de la misma casa de la calle Cachimayo. Alfredo Astiz participó del operativo. El Canca estaba preso en el penal de Sierra Chica y exigió, desde el pabellón de la muerte, cambiar su vida por la de ella. Casi tres años después, su hermano Jorge Salvador, que había regresado del extranjero para combatir la máquina represiva de la dictadura, también fue secuestrado y desaparecido mientras planeaba la huelga de la CGT del 26 de abril de 1979.

Como si el castigo al que lo sometieron no bastase, estuvo preso más de ocho años a disposición del ejecutivo nacional, desde abril del ’75 hasta octubre de 1983. Sólo sería liberado mediante una amnistía en la que se le reconoce que estuvo preso por delitos que no había cometido.

Pero Dante Gullo jamás se colocó en el rol de víctima en el peor sentido del término. Permitía que se le tuviese compasión, pero nunca lástima; y parecía siempre dispuesto a cargar con todo el peso de las múltiples tragedias que le infligieron por ser quien era: un peronista de fierro.

Canca era un hombre creyente, devoto de los sacerdotes del tercer mundo; participó activamente en la creación del Movimiento Villero Peronista y lo casó el cura Rodolfo Ricciardelli en una iglesia del barrio de Mataderos.

Su familia heredó su tradición militante y su compromiso. Sus cuatro hijos varones lo acompañaron en la época más fructífera de su vida, que él consideraba la época más brillante desde el retorno a la democracia. El Canca era un enamorado de los doce años en los que el kirchnerismo gobernó al país. Supo desde el principio que ese era el momento que había esperado a lo largo de su vida, que la reparación histórica y simbólica del peronismo había encontrado su hora. “Antes daba la vida por Perón, ahora la doy por Cristina”.

Los años difíciles habían quedado atrás. Durante la apertura democrática post Malvinas fue señalado por algunos sectores de la derecha peronista. El Comando de Organización (C.D.O) maniobrados por el Coronel Jorge Osinde y Alberto Brito Lima, lo acusaba en las paredes del Bajo Flores de ser uno de los asesinos de José Ignacio Rucci. Nada más alejado de la realidad; el Canca guardaba un cariño enorme por figuras del sindicalismo como Lorenzo Miguel y el propio Rucci, y no porque coincidiesen desde el plano ideológico, sino porque compartían un mismo tipo de código que los hacía respetarse.

No en vano a su velatorio llegaron coronas de Cristina Kirchner y de Máximo, no por nada estuvieron cantando a coro Madres y Abuelas de Plaza de mayo, Eduardo Valdés, Julio Bárbaro, el Cuervo Larroque, Juan Cabandié, Leopoldo Moreau, Enrique Nosiglia, Mayra Mendoza y unos cuantos miles de compañeros que se acercaron a despedirlo. Su legado es la unidad del peronismo, su cuerpo inerte la síntesis de ese legado. Hincha fanático de Independiente, era respetado por todas las hinchadas, en especial la de San Lorenzo, que a menudo lo recordaba en sus cánticos y le rindió un homenaje viralizado en las redes sociales con motivo de su apoyo a la vuelta a Boedo cuando era legislador.

Mantuvo conversaciones con Perón, Cámpora, el líder panameño Omar Torrijos, el papa Francisco, Néstor y Cristina Kirchner y todo aquel que necesitase un mimo, unas palabras de aliento para hacerle frente a la derecha que tan duro lo había castigado y tanto castiga en estos días. Y eso fue lo que hizo en su casa, en el asado que habría de significar su despedida, cuando dijo con la voz quebrada y su parsimonia característica, mirando a los ojos a todos sus interlocutores:

—La patria está en peligro. No sé si todos los dirigentes son conscientes de la profunda crisis que hoy vivimos los argentinos. Si no estamos a la altura de las circunstancias, entramos en un tobogán en caída libre. El lema tiene que ser: quien quiera que sea al gobierno, el pueblo al poder.

Revista Anfibia

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