Terzaga y su tiempo

Por Enrique Lacolla*

Publiqué este artículo en el número de marzo de la revista Política, dedicado a rememorar la personalidad y la obra de Alfredo Terzaga, tal vez la figura intelectualmente más distinguida de la Izquierda Nacional.

Antes de iniciar esta nota debo aclarar que no la fundo en un repaso de la obra de Alfredo Terzaga –tan variada, iluminante y abarcadora como dispersa, cosa que hace difícil recopilar las citas pertinentes en un corto plazo-, sino en mis recuerdos personales, pues fueron sus consejos y la amistad que me brindó en mi juventud lo que me ayudó a educarme políticamente, brindándome el acceso a un universo de ideas y a la percepción vívida de lo que significan el rigor intelectual y un magisterio docente ejercido sin autoritarismo.

La sociedad moldea al individuo, pero este se plantea como tal a través de su determinación de perfilarse como una singularidad en ella. O frente a ella, en algunos casos. Alfredo Terzaga compartió esas dos actitudes. Nacido en 1920 en Río Cuarto, al sur de la provincia de Córdoba, en una ciudad donde todavía estaba fresca la memoria de la frontera, en el seno de una familia cultivada y dotada de antecedentes que enraizaban en el pasado de las luchas políticas desde los tiempos de la Organización Nacional –su bisabuelo fue Comandante del departamento Tercero Abajo en la época posterior a Caseros y su abuelo había sido intendente mitrista del lugar-, pudo haber tenido un recorrido existencial arreglado de acuerdo a los beneficios que la ubicación social le otorgaba, pero una pronta rebelión juvenil, expresada en una polémica que sostuvo con el presbítero Pérez Arce y que le valió su expulsión del Colegio Nacional de Río Cuarto, lo rescató del camino trillado y lo llevó a brillar, de manera menos ostensible pero seguramente mucho más perdurable, en los espacios no oficiales de la cultura nacional.

La impronta inconformista de su carácter pudo tener mucho con ver con la personalidad de su padre, Andrés Terzaga, escritor cuyas dotes fueron reconocidas por varias de nuestras mayores personalidades literarias, como Manuel Gálvez y Ricardo Rojas. Andrés era un espíritu sensible y atormentado, de una expresividad arrebatada, que falleció cuando nuestro autor tenía apenas 11 años, pero no sin dejar algunas impresiones indelebles de desequilibrio en la memoria del niño. Esta filiación probablemente tuvo mucho que ver en el diseño de la personalidad de Terzaga. Pues sin disminuir un ápice su comprensión impugnadora de la sociedad, generó en él una predisposición a refrenar lo que se podría describir como la inclinación lírica que existía en su carácter y a no dejarse llevar por las apuestas a todo o nada, como de alguna manera lo son los maniqueísmos en política o el romanticismo en el arte. Y también lo indujo a represar una impulsividad emotiva que estaba muy presente en su carácter y a la que esforzaba en gobernar con firmeza, aunque por fortuna sin lograrlo en todas las ocasiones. De ahí debe haber provenido también su admiración por Thomas Mann, el gran autor alemán que hizo del combate entre la razón y la emoción y de la búsqueda de un equilibrio permanentemente inestable entre ellas, el meollo de su obra.

Después de su salida del Colegio Nacional de Río Cuarto, Terzaga se asentó en Córdoba, ciudad que habitaría hasta su muerte. Su labor discurrió aquí entre el periodismo, la escritura, la docencia en la Escuela Provincial de Bellas Artes José Figueroa Alcorta, el empleo público -en el Ministerio de Hacienda primero, y luego como jefe de prensa y difusión del Banco de la Provincia, donde combatiría la rutina del trabajo de oficina a través de la creación de la imprenta del Banco y de la mejora y el enriquecimiento de su biblioteca. Pero esto no da cuenta de la enorme labor de difusión cultural que ejerció a través de sus escritos, de su persona y de su contacto con los grupos de izquierda que buscaban, desde finales de la década de 1930, una conexión con el universo de las corrientes nacionales que discurrían en una época connotada por la entrega y el fraude de los gobiernos conservadores posteriores a la caída de Irigoyen.

El mundo en trance

El escenario internacional, por otra parte, vivía en plena convulsión. En ese momento se explayaban las contradicciones que se aprestaban a sumirlo en la segunda guerra mundial, cuyas primeras manifestaciones eran la guerra de Abisinia, la guerra civil española, la agresión japonesa contra China y, en el país que hasta entonces había sido señero de la revolución mundial y esperanza para las masas oprimidas que contemplaban «el gran resplandor al Este», los juicios de Moscú. Estos últimos, denominados «procesos de brujas» por la inverosimilitud de las acusaciones formuladas contra la vieja guardia bolchevique, fueron la puesta en escena de una monstruosa conjuración urdida por el estalinismo contra los compañeros de Lenin; es decir, contra los fundadores de la URSS. Se trató de una de las catástrofes de nuestro tiempo: el exterminio centenares de miles de cuadros, fundado en la mentira sistemática y motorizado por la paranoia de Stalin, quien estaba decidido a suprimir competencias y precaverse de este modo de rivalidades y represalias en vísperas de acontecimientos que sin duda exigirían la presencia en el Kremlin de figuras más competentes que la suya, infirió una herida insanable al movimiento revolucionario mundial. El aura artificial creada por la propaganda en torno a la persona del «Vozhd», del Jefe; la deformación de la historia soviética y la ciega obediencia al diktat de la burocracia moscovita, que obligaba a los PC del mundo a justificar todos los arreglos oportunistas del centro soviético, pudrió hasta el tuétano a gran parte de la intelligentsia de izquierda no solo en la URSS sino en el planeta, sumiéndola en un seguidismo acrítico –cuando no canalla- y en un desarraigo de la realidad que, en países como el nuestro, se vería incrementado por la inconsistencia de una intelectualidad de origen en buena medida inmigrante y educada dentro de los parámetros del discurso histórico oficial.

Ese crimen fue suficiente para que el espíritu alerta del joven Terzaga, que en un principio se había sentido atraído por el PC y que hasta había realizado algunos contactos para ofrecerse como voluntario para ir a luchar a España[i], tomase distancia de este y se abriese a las ideas de la corriente disidente del marxismo revolucionario, personificadas en la figura de León Trotsky. Esta aproximación sin embargo no se hizo a través de una identificación mecánica con el trotskismo local, sino a partir de un trabajo intelectual en el que confluyeron el poderoso arraigo de Terzaga a su tierra, y la coincidencia con las corrientes de izquierda que trataban de integrar el método crítico del marxismo con los jugos de una realidad nacional velada por las convenciones de la historia oficial. Esta se había preocupado sobre todo en elaborar la imagen de un pasado modélico, pasando por alto la naturaleza económica, social y psicológica de las resistencias populares al modelo pastoril que la oligarquía portuaria había impuesto al país a sangre y fuego.

Corrientes del revisionismo

La lucha contra la dependencia y contra el estatus de semicolonia de la Gran Bretaña fue la contraseña de varias de las corrientes del llamado revisionismo histórico que se erigieron contra la historia oficial. Fue probablemente porque el diseño de esta había estado en manos de un liberalismo enajenado por su europeísmo, que cifraba su modernidad en discursos de corte volteriano y estaba armado ideológicamente por un liberalismo abstracto, que la primera reacción contra este provino de un nacionalismo propenso en alguna medida al mensaje del conservatismo y sensible a las sugerencias que provenían de la derecha europea, que en los años 30 había mutado hacia la variante plebeya del imperialismo, el fascismo. La equívoca seducción que producía este nacía de su «modernismo reaccionario», para usar la expresión de Philip Herff: de su fusión de reivindicaciones sociales, que prestaban atención a las clases populares, con pulsiones agresivas que expresaban las ambiciones del gran capital alemán, italiano o japonés, postergado en sus pretensiones por las potencias que habían llegado antes que ellos a la madurez industrial y que se les habían adelantado en el reparto del mundo. Gran Bretaña, Francia y Estados Unidos constituían, en efecto, una muralla difícil de horadar.

Ahora bien, daba la casualidad de que eran esas las potencias –con Inglaterra de lejos en el primer puesto- las que condicionaban el desarrollo argentino. El nacionalismo vernáculo de estirpe católica o conservadora era sensible a este dato, pero se sentía doblemente atraído por la fórmula fascista porque esta, amén de rivalizar con nuestros opresores, había surgido en primer lugar como un expediente de emergencia para frenar al comunismo. A punto tal que, para algunos de los inspiradores de la corriente revisionista, ese podía ser tal vez su principal mérito.

Al lado de este nacionalismo conservador, sin embargo, existía un nacionalismo popular, derivado de la vieja estirpe federal, filtrada a través del tamiz del radicalismo, que durante la «década infame» tendría un papel decisivo en la configuración de un pensamiento arraigado en esta tierra y resuelto a ver las cosas a través de un prisma propio. FORJA (Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina) estaba integrada por intelectuales de alto vuelo capaces de conjugar la reflexión con la acción práctica. Arturo Jauretche, Homero Manzi, el general Luis Dellepiane, Atilio García Mellid, Gabriel del Mazo y Raúl Scalabrini Ortiz[ii], entre otros, fueron los que se encargaron de sumar una vena democrática a las investigaciones y teorizaciones del revisionismo, poniéndolo en disposición de abrirse al marxismo e incorporar sus instrumentos de reflexión crítica.

De esta época proviene el acercamiento y la amistad de Terzaga con Héctor Raurich, animador de la Reforma Universitaria, filósofo y militante del comunismo primero y del trotskismo después. Raurich, tras perder la batalla por la conducción del PC argentino frente a la facción estalinista encabezada por Ghioldi y Codovilla, se convertiría en el mentor de una generación de jóvenes argentinos, a los que les transmitiría sus ideas, canalizando también la influencia del trotskismo catalán, que incorporó durante su estancia en España y cuyo principal animador, Andreu Nin, terminaría asesinado por la policía secreta soviética en plena guerra civil. Raurich sería el mediador intelectual entre el joven cordobés y el trotskismo, lo que lo ayudó también a hacer contacto con algunas figuras que se convertirían en protagonistas y propulsoras de la corriente intelectual que terminaría siendo conocida genéricamente como la Izquierda Nacional: Aurelio Narvaja, Enrique Rivera, Juan José Hernández Arregui, Jorge Enea Spilimbergo y, sobre todo, Jorge Abelardo Ramos, con quien Terzaga trabaría una amistad perdurable y animada por una cordial admiración mutua.

Eran años decisivos en el siglo y si en Europa esa definición se presentaba enmarcada en tonalidades tenebrosas –»Si es medianoche en el siglo» se llamó una desgarradora novela de Victor Serge sobre la Rusia de la época de las purgas-[iii] en América latina y en el mundo colonial o semicolonial en general, la lucha a muerte entre las potencias imperialistas representaba por el contrario la apertura a un nuevo horizonte.

La nueva realidad

La necesidad de reemplazar las importaciones de manufacturas en un país dependiente como el nuestro, que había empezado ya con la crisis de 1929 y la Depresión, se acentuaría con la segunda guerra mundial. En este proceso la inmigración interior cobró fuerza. Surgían las industrias en la periferia de Buenos Aires y la mano de obra acudía desde las provincias, generándose una masa trabajadora de nuevo cuño, ajena a las banderías de origen inmigrante que nutrían a la vieja clase operaria. En este terreno fértil fue a caer la experiencia de la revolución militar de 1943, inspirada por un grupo de oficiales reunidos en el GOU (Grupo de Oficiales Unidos) informados por el nacionalismo, deseosos de modificar el esquema productivo del país y de fortificarlo frente a lo que por entonces se juzgaba una irrevocable rivalidad geopolítica con Brasil. Motivados por el deseo de no ser arrastrados a la guerra en el bando aliado y temerosos de que Brasil, impulsado por Estados Unidos, pudiese forzar nuestro ingreso al conflicto e incluso estuviese predispuesto a lograrlo manu militari, esos oficiales entre los cuales se destacaba el coronel Juan Domingo Perón, ante la evidencia de que la sucesión de Ramón S. Castillo en la presidencia de la República recaería fraudulentamente sobre la figura del conservador aliadófilo Robustiano Patrón Costas, decidieron pasar a la acción. Fue así como el 4 de junio de ese año la fracción nacionalista del ejército inauguró una etapa de cambios que está irresuelta todavía, pues la resistencia del viejo país y la inmadurez de las fuerzas que una y otra vez intentaron modificarlo han sumido a la Argentina en un penoso trabajo de parto que se prolonga indefinidamente.

Sabida es la evolución de los acontecimientos que tuvieron lugar a partir de ese momento. El golpe del 43 estaba informado por las dos vertientes del nacionalismo a que hicimos mención. La primera, la nacionalista de derecha, gravada por su dependencia ideológica a esos «piantavotos de Felipe II», como gráficamente la definiría Perón poco más tarde, no hubiera podido resistir ni a la agresividad de la combinación de la derecha pura y dura con los partidos de izquierda capitaneados por el PC y por el Partido Socialista, ni a la evolución del conflicto bélico, que se manifestaba desfavorable para las potencias del Eje y aseguraba el aislamiento del país en mundo que se aprestaba a ser hegemonizado por las potencias de la Gran Alianza. Ese impasse fue resuelto por el coronel Perón al promover la salida de un neutralismo que en la última fase del conflicto mundial se había hecho dañoso, y moverse asimismo hacia las masas obreras de nuevo cuño que planteaban sus justas reivindicaciones. A través de su labor en la Secretaría de Trabajo y Previsión forjó una alianza fundada en el mutuo reconocimiento y en la empatía entre su persona y los sindicatos, suministrando así un subsuelo social donde enraizar una orientación ideológica que hasta ese momento se sostenía en el aire. Esto se hizo evidente con la superación de la crisis de octubre de 1945, cuando sectores del Ejército y la Armada, coaligados con los de la vieja política, consiguieron expulsarlo de su sitial en el gobierno sólo para ser desbaratados por la formidable protesta popular del 17 de octubre. En ese momento se abrió la etapa de la construcción sistemática de una estructura política destinada a ser el vehículo de las ideas y los proyectos de reorganización nacional que los corrillos intelectuales de carácter nacional-popular llevaban desde hacía años en su seno.

La embrionaria izquierda nacional también estaba organizando sus perspectivas en aquel momento. El 17 de octubre fue un hecho determinante en esta toma de conciencia. El periódico «Frente Obrero» suministró el primer intento de interpretación en clave marxista de lo acontecido. Saliendo al paso de las infamias propaladas por el estalinismo y por el partido socialista, que en sintonía con la prensa del sistema y con la propaganda imperialista, describían a la manifestación popular como una «orgía» del lumpen-proletariado y publicaban caricaturas infames, el periódico supo poner de relieve el componente legítimamente popular de la pueblada. Aunque tal vez exagerara al comparar a Perón con el pope Gapón, que había encabezado la protesta popular reprimida el «domingo sangriento» de San Petersburgo 40 años antes, incluso en esa desmesura evidenciaba una capacidad de visión sintetizadora apta para poner en relación los hechos de la vida nacional con la historia del mundo.

Esta capacidad integradora que era capaz de fundir en un trazo realidades aparentemente distantes pero unidas por el hilo de las afinidades sociales, en Terzaga alcanzó la perfección. Alfredo tenía una forma de aproximarse a las cosas que escapaba al maniqueísmo y al que su rica formación cultural le consentía resolver en una flexible (en el sentido de dúctil, amplia y comprensiva) visión del mundo que nos rodea. No era Terzaga un militante político en sentido estricto del término, pero sí un intelectual militante al cual sus conocimientos y su sentido de la forma consentían una labor de investigación, creación y difusión que excedía por mucho los eventuales beneficios que hubiera podido aportar como dirigente político en campo abierto, sobre todo en un medio donde no existía una gran estructura capaz de recibir e interpretar su mensaje. Su compromiso con el movimiento nacional, sin embargo, fue inequívoco y se expresó no sólo en sus escritos sobre historia y política, publicados muchos de ellos en el diario Orientación, que dirigió hasta la contrarrevolución de setiembre de 1955, sino en su esforzada, aunque obligadamente dispersa, producción ensayística, a la que se sumaron iniciativas como la fundación del Centro de Acción Nacional Latinoamericana (CANLA), que propuso, desde Córdoba, una visión abarcadora de la realidad latinoamericana y promovió, durante unos pocos años, la concurrencia a la ciudad mediterránea de figuras significativas del ámbito intelectual argentino. La opresión de la realidad, dictada por las responsabilidades familiares y por el clima políticamente hostil al peronismo y a las corrientes nacionales posterior a 1955, limitaba sin embargo su radio de acción, imponiéndole obligaciones laborales a las que servía con el irreprochable sentido de responsabilidad burguesa que era parte de su personalidad, pero que sin duda le coartaban la posibilidad de dedicarse a pleno a una producción intelectual que, por lo tanto, adquirió un carácter constante pero episódico, abierta a múltiples incitaciones (la crítica de arte por un tiempo, y la pintura, también por un breve lapso); la poesía, la geografía y, por supuesto y por encima de todo, el examen circunstanciado de la historia argentina, arrancando por la de Córdoba. Terzaga fue el primero en dar forma a una visión geopolítica de la función de la provincia mediterránea en el concierto argentino, o más bien nacional latinoamericano, pues tenía plena conciencia del carácter de punto de contacto, tanto geográfico como cultural y espiritual, de la «Docta» con el resto del que fuera el virreinato del Río de la Plata. Su «Geografía de Córdoba», publicada por la editorial Assandri en 1963, a la vez que un elemento didáctico de gran importancia para su época en el plano del relevamiento de los datos que hacían a la economía y a las características físicas de la provincia, fue una ocasión para verter en ella un resumen interpretativo de su historia política y de su engarce con la historia argentina, el campo que interesaba vitalmente al autor y en el que prodigaría una serie de escritos iluminadores.

La óptica de Terzaga en materia histórica estaba íntimamente vinculada a su comprensión de la historia iberoamericana como un todo, inserta a su vez en el plano de la discusión sostenida por las grandes potencias en torno al poder global. Así, en fecha tan temprana como 1950 escribía:

«La instancia en ese vínculo de fraternidad latinoamericano… tiene para nosotros una importancia mucho mayor que el mero y grato adjetivo para calificar en bloque la política internacional del país, pues alude en forma concreta al nacimiento y vicisitudes de todas las naciones latinas surgidas del viejo tronco de los virreinatos españoles.[iv]

Esta perspectiva se aguzaría con el correr del tiempo y se vertería en un sinnúmero de ensayos que pondrían de relieve una pertenencia regional y cultural que era necesario asumir frente a un mundo que, después de la segunda gran guerra, se orientaba a una bipolaridad donde Estados Unidos y la URSS competían por el llamado «tercer mundo»; es decir, por las naciones que estaban escapando de sus antiguos lazos coloniales o semicoloniales y buscaban vías autónomas para su desarrollo. El carácter revolucionario de los años inmediatamente posteriores a la guerra en los países periféricos sería abordado por Terzaga en trabajos que versaban sobre la situación del medio oriente, en particular en un opúsculo titulado «Los árabes e Israel», que examinaba las políticas contrastantes del estado judío y del mosaico de naciones árabes en ocasión de la guerra de 1956 desencadenada por Gran Bretaña y Francia con motivo de la nacionalización del Canal de Suez. Pero donde esa inquietud encontraría su verdadero foco sería en la serie de escritos que produjo en torno a la historia latinoamericana, donde iluminaba, entre otras cosas, las diferencias entre panamericanismo y bolivarismo, el paralelismo y simultáneamente el contraste entre la historia de Estados Unidos y la de Sudamérica, y la naturaleza artificial de algunos de los sangrientos conflictos intestinos que se produjeron en el subcontinente.

«La radical diferencia que hay entre el «internacionalismo» de Bolívar –si es que así pudiera llamárselo- y el panamericanismo de hoy, surge y se hace evidente tan pronto como se recuerda que la lucha de Bolívar-del mismo modo que la de San Martín- perseguía el doble objetivo de afirmar tanto la independencia (de los países de América meridional) como su unidad…. No es concebible que cupiera en la mente de los Libertadores el propósito de cortar los lazos con la metrópoli para fragmentar su herencia y dispersarla… Cabe recordar que la idea de la emancipación global de Hispanoamérica era una idea no rara, sino un curso corriente ya en la época de Miranda, y que lo seguiría siendo hasta muy entrados los tiempos de la independencia». [v]

Y más adelante, abundando en el mismo orden de cosas y retomando la frase de Víctor Haya de la Torre sobre «los Estados Desunidos de Sudamérica», establecía paralelismo entre la peripecia de la América anglosajona y la hispana cuyo contraste iluminaba la naturaleza de nuestro fracaso para emerger como una presencia con peso propio en el escenario del mundo. «Puede ser paradojal que el motivo de inspiración para la lucha de los pueblos latinoamericanos por su unidad, objetivo que la fatalidad histórica ha impuesto que sea opuesto a la política de los Estados Unidos, resida en los mismos Estados Unidos… Por eso puede afirmarse, curiosamente, que todo antiimperialismo yanqui que no obedezca a consignar puramente políticas de origen extra continental, como a veces suele ocurrir, encontrará en la historia de Estados Unidos, en sus luchas civiles y en sus grandes hombres un espejo del propio destino latinoamericano… Los latinoamericanos por ejemplo admiramos a Lincoln por su lucha contra la esclavitud… Pero, como lección política, es mucho más importante para nosotros saber que esa lucha era, al mismo tiempo, la lucha por la unificación nacional del país, contra el separatismo de los ricos y orgullosos estados del Sur, esclavistas que gozaban de la amistad y el apoyo de la antigua metrópoli insular… De no haber sido por esa guerra, dolorosa pero imprescindible, hoy no existirían los Estados Unidos sino que habría seguramente dos o tres naciones, con sus capitales en Washington, Nueva York o Nueva Orleans. Existirían naciones industriales al norte, y naciones agrarias al sur y naciones ganaderas y mineras al oeste. Y esas naciones estarían, pese a su existencia separada, ligadas por lazos de su común tradición de guerra de independencia, de su común idioma, de sus comunes creencias religiosas. Existiría, en consecuencia, algo muy similar a lo que son hoy los «Estados Desunidos del Sur»… [vi]

 

* Escritor, periodista y docente. Desde 1962 a 1975 miembro de los Servicios de Radio y Televisión de la Universidad Nacional de Córdoba. Entre 1975 y 2000 miembro del staff de La Voz del Interior, donde continuó colaborando en forma regular hasta marzo de 2008. Profesor titular de Historia del Cine en la Escuela de Cine de la UNC desde 1967 hasta 2002, salvo durante el interregno producido por la dictadura.

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