The Queenless

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Marcelo Luján

La guerra terminaría
si los muertos pudiesen regresar
Stanley Baldwyn, primer ministro británico (1922-1937)

—¡Vengan, cagones!

Allá donde los bancos de niebla, de pie como resistiendo.

—¡Qué esperan!

Mezclado entre las manchas de aire condensado que tal vez no eran sólo manchas garabateadas sobre el viento gélido que subía desde el Polo, sobre la humedad morbosa que nos acompañó día y noche y que no nos abandonó jamás.

—¡Vamos, vengan!

Con los brazos extendidos, gritaba. Con la mirada en alto y la boca al cielo, Romerito, las piernas abiertas y las rodillas un poco flexionadas, disuelto entre la niebla o esa humedad combatiente, siempre como resistiendo, con los dedos crispados y sin casco, Romerito gritaba desde sus borceguíes embadurnados de fango, gritaba a los cuatro vientos, porque esa era su manera de ahuyentar al frío, de calentarse el cuerpo y también la sangre, o porque en realidad quería que de una buena vez vinieran.

—¡Vengan, manga de hijos de puta!

Los brazos en cruz, los puños bien cerrados, apretando, y la mirada al cielo, Romerito. Así.

A diario, por mi trabajo y también por otros asuntos relativos a mi reciente afición por el teatro, todos los días, desde hace catorce meses, todos los días excepto los sábados y los domingos, claro está, desde hace más de un año, recorro el centro de la ciudad repitiendo el circuito que traza, arbitrariamente, alguno de mis jefes o los cariñosos asaltos vespertinos de Alison. Y no sé por qué cuando cruzo el Westminster Bridge en dirección Buckingham Palace, esté o no con ella, recuerdo con mayor nitidez las formas que Romerito dejó en mi memoria hace ya veinticuatro años.

Todos los días, cuando Westminster es puente, Romerito gritando.

A veces intento hacer mi trabajo en dos tandas: de este lado de la ciudad primero, tal vez por la mañana, y del otro lado después, por la tarde o, si es que me da el tiempo, durante el transcurso mismo de la mañana, utilizando alguna de las siete líneas de metro que atraviesan el Támesis. Entonces voy hasta Waterloo Station con la Northern Line desde Charing Cross; o desde Green Park con la Jubilee, según esté yo ubicado en el momento en que sí o sí haya que cruzar de costado. Lo importante es que el puente me quede arriba, en la superficie, y con él la eterna foto amarronada de la abadía y el reloj.

«Dale, Sapo».

Me decía Romerito.

No sé por qué me ocurre en ese sitio puntual de la ciudad y nunca en el hormiguero de Covent Garden Market, o yendo por Oxford Street, donde los autobuses colorados son la representación más sajona que encuentra la reminiscencia extranjera.

Pero no, Romerito no aparece allí, entre la gente que pasa por Piccadilly Circus y se interna en el silencio del St James’s Park. No. Trafalgar Square, tampoco. No, Romerito nunca está en ninguno de esos lugares como tampoco estaba ayer, en la interminable cola que tuvimos que hacer con Alison para disfrutar de la obra teatral The phantom of the opera, en el Her Mejesty’s Theatre.

Ya sé que no es precisamente la guerra lo que se me viene encima. Quiero decir que no es la guerra en sí. No es eso: es Romerito instándolos al combate, creyendo que de verdad les estaba gritando en la cara y que de verdad ellos lo escuchaban y hasta le temían.

Qué es dar alaridos a los cuatro vientos sino un mero desahogo, una forma de creer en nosotros mismos.
Ya sé que no es la guerra lo que se me viene encima cuando cruzo y veo y siento la inmensidad de Westminster Abady. Alison lo sabe. Nunca lo hablé con ella pero estoy convencido de que lo sabe. La guerra no es la unidad de mi recuerdo: la guerra es Romerito diciéndoles que vengan a pelear, que él estaba ahí, plantado, defendiendo vaya uno a saber qué cosas, que él y su cuerpito de púgil desahuciado estaban supuestamente preparados para dar la vida por algo que un capricho cartográfico asegura que es nuestro. Eso es lo que me pasa. Eso es lo que realmente me golpea la cabeza cuando atravieso el corazón de Londres. El estéril y sin embargo repetitivo enfado de Romerito. Una bronca relegada o ausente. Esa estoica imagen que fue novelada y hasta llevada al cine. Debo confesar que no leí la novela porque no tuve la oportunidad o porque desde hace tiempo leo muy poco: no me atrae mucho que digamos leer libros en inglés y acá es tan complicado encontrar algo en castellano que me resigné por completo y mis incursiones culturales quedaron relegadas a las obras de teatro que vamos a ver con Alison o al alquiler de un DVD, de tanto en tanto un VHS, depende; el cine británico, en general, es bueno

A veces pienso qué me diría Romerito si yo le comentara, como quien no quiere la cosa, que el cine inglés me gusta, que muchas cosas de Inglaterra me gustan.

Una vez vi la película con Alison… Hacía poco que salíamos y ella no podía creer que yo, a esa edad, hubiese estado metido ahí. Ya la había visto en Buenos Aires, un par de veces, pero verla con Alison fue como volver a masticar todo, como volver a pisar una y otra vez el suelo desértico y siempre brumoso de aquel confín del mundo que debería ser nuestro pero… (véase la impotencia de un condicional). Sí que fue cierto eso de que éramos apenas unos chicos peleando contra nosotros mismos. Chicos, literalmente.

Chicos, recuerdo que dijo Alison que habla un castellano trabado y es imposible mantener una conversación locuaz en ese idioma con ella. Chicos, dijo y me sostuvo la mirada con un halo de ternura. Después respiró profundo, un suspiro tal vez saliendo de sus labios pálidos. Y volvió a sostenerme la mirada. Labios de papel. Y me la siguió sosteniendo con la misma profundidad hasta el día de hoy.

Alison es escocesa y una de sus abuelas era mexicana o vivió no sé cuanto tiempo en México. Tal vez por eso lloriquea un poco cuando le cuento las vicisitudes de Romerito y asegura, mientras se frota los párpados casi transparentes, que ella estuvo de nuestro lado. Alison es escocesa, no inglesa de huesos quebradizos. Es escocesa pero yo tengo la secreta esperanza de que ella dice eso no por ser escocesa ni por su abuela medio latinoamericana sino porque de verdad me quiere y sabido es que la querencia derrite todas las rivalidades. O a casi todas.

«Dale, Sapo. Vos que sos un cajetilla y chamullás como ellos: decile a esta manga de putos que vengan, que los estamos esperando. Y que los vamos a reventar».

Me dijo una vez.

Inexplicablemente nos habíamos hecho muy amigos con Romerito. Digo inexplicablemente porque él era clase 62, de enero, casi dos años más grande que yo, y sobre todo porque vivía en el sur del conurbano bonaerense, muy lejos de la Avenida Cabildo y los avatares copetudos donde yo me movía como si el mundo fuera sólo esa zona, ese reducto con esa gente y ese modo de actuar, de peinarse, de vestirse, de pasear, de hablar, de vivir. Romerito no era mi tipo o no era el tipo de persona a la que yo estaba acostumbrado a tratar y sin embargo sus gestos permanecerán para siempre en mi memoria. No éramos tantos en la Décima Brigada, después de todo.
Romerito y yo, a la sazón, éramos muy distintos, fuimos educados en galaxias distintas, con distintos valores y vaya uno a saber cuántas diferencias más. Pero claro, cuando todavía no cumpliste los veinte y te mandan a la guerra todo lo que viviste hasta ese momento se atenúa, se convierte en superfluo y se diluye en un abrir y cerrar de ojos.

«Dale, Sapo».

Me decía.

Todos lo escuchábamos gritar y, cada tanto, por lo repentino y hasta espontáneo, nos sobresaltaban aquellos alaridos descompensados. Sacábamos a penas las cabezas del pozo y entonces sí podíamos verlo aullar como un desaforado mientras se daba los puños contra su pechito de adolescente.

«Che, Sapito —y sonreía—. Dale, no seas garca».

Y le quedaba la sonrisa como si la tuviera pegada en el contorno de la boca:

«Deciles que vengan, que les vamos a romper el orto».

Después de la primera semana, cuando la incertidumbre nos empezó a comer las tripas, Romerito gritaba con más furia aquello de que vinieran a pelear. Terminaba de a sorbos cortos el mate cocido de la mañana, colocaba el jarrito boca abajo, y se iba al medio de la nada. Solo. Allí se quedaba parado mirando el horizonte, siempre en dirección al mar: la tricota escondida bajo plumas de duvé, la capucha más allá de la nuca, el FAL y la correa, en una mano el casco, los sueños.

Soplaba y hasta zumbaba el viento y Romerito allí, con la vista clavada en la inmensidad del agua grisácea en donde la palidez inglesa siempre flotó a la perfección. Entonces gritaba. Gritaba sin olvidarse del mar, como si supiera o intuyera que por esa planicie estaban ya viajando, es decir viniendo, los Soldados de la Reina.
«¡Cagones!».

Decía.

Capello, Souza y yo, atrincherados bajo la tierra, lo oíamos gritar.

A mí me provocaba una mudez absoluta la actitud de Romerito mientras el Negro Capello sacaba y mostraba la foto de una novia que él decía que lo estaba esperando y Souza se daba la vuelta o se enrollaba en la manta, incrédulo:

«Este pelotudo siempre lo mismo. Escuchen cómo grita».

Después, cuando el frío era ya insoportable, se metía en el pozo y nos hablaba de cualquier cosa.
Cierta noche me juró que vio algo entre la niebla, algo, no sabía qué, un barco, un avión, un animal.

«De verdad, Sapito. Te lo juro».

Yo, en silencio, pensaba todo el tiempo en qué carajo estábamos haciendo allí, en ese frío cinematográfico al que nos mandaron como si fuéramos las fichas un olvidado juego de mesa: los días de incertidumbre que nos regaló Galtieri y su pandilla en aquel abril de 1982.

A Alison le costó mucho trabajo entender lo que yo le quería significar cuando decía incertidumbre. Hace unos meses, tal vez menos, alquilamos Saving private Ryan y entonces cómo no acordarme de Romerito. Cómo no. Y si me acordé de él fue por muchas razones pero sobre todo por la incertidumbre esa de la que hablaba antes, la incertidumbre que Alison no logra entender con precisión. En la película a la que me refiero hay una escena en donde los soldados protagonistas esperan a los nazis —en medio de un pueblo en ruinas, destruido por el bombardeo Aliado—, agazapados y temerosos porque la guerra es lo peor pero mucho peor es, les aseguro, el dilema de no saber qué.

Por eso Romerito veía cosas entre la niebla.

Y gritaba.

Y nosotros, en la humedad del pozo, sucios y hambrientos bajo la llama de una vela, no le llevábamos el apunte.
«Está en pedo el Romerito este».

«Callate, boludo».

«Tiene frío».

«Yo también tengo frío».

«Y yo».

Entonces me preguntaba:

«Che, Sapo: ¿vos qué pensás? ¿van a venir?».

Cuando caía la tarde, el aire y el frío se volvían pegajosos, lúgubres. Habíamos aprendido que lo que en aquellas islas se mojaba no se secaba nunca más. Y en el fondo, todos sabíamos que sí iban a venir. Daba igual si estábamos de imaginaria, en formación o escondidos en una trinchera pestilente: nosotros y los fusiles, que pesaban lo que pesa la culpa o el desengaño o el miedo, lo sabíamos: iban a venir, estaban ya viniendo, flotando por la planicie grisácea que algunos llaman mar, y que en una de ésas fue concebida sólo para ellos. Por eso, cuando nos preguntábamos si los ingleses iban a venir, yo escondía la mirada en el vapor del mate cocido. Romerito, en el medio de la nada, aullaba como si no lo supiera.

«¡Sapo!».

Me decían Sapo porque tengo la boca ancha, grande, y los ojos saltones, demasiado separados entre sí, creo. Por eso me decían Sapo. Fue la primera y única vez que me llamaron así, con ese apodo más o menos lisonjero porque convengamos que el sapo será un animalito de Dios pero es un bicho bastante repugnante y con muy mal carácter. Igual no me molestaba, al contrario, era una forma de acercamiento, un modo de integración y de amistad o compañerismo. Dejé de ser quien era y me convertí en Sapo. Después, cuando todo acabó y nos trasladaron a Río Gallegos y de ahí a Buenos Aires, ya no fui Sapo nunca más.

«Sapito, carajo —me decía—. Ahora cuando vengan y te escuchen hablar como ellos, se van a cagar encima».
Aquí sapo no es nada, no significa nada. Y aunque a Alison le cause gracia la simple imagen acústica, sapo sigue sin significar nada, es apenas un sonido incomprensible que cuando lo pronuncio en la oficina mis compañeros me miran y en seguida hacen como que no oyeron nada. A veces, sin más, yo los miro a ellos, los observo mientras trabajan, mientras hablan de la Premier League o mientras ríen por un detalle insignificante. Muchos tienen mi edad. Demasiados hombres tienen mi edad en este país. Ese calamitoso dato me hace pensar constantemente en Romerito, en cómo los insultaba para que vinieran a pelear.

«Dale, Sapo. Vos que sabés inglés».

Me decía Romerito sin pronunciar las eses, riéndose aniñadamente, acaso resignando la certidumbre de que en una guerra la muerte siempre está a la vuelta de la esquina.

En aquel momento yo no lo sabía. Ni siquiera lo intuía. Pero me despertaba en las noches sobresaltado, recordando viejas imágenes de esta ciudad, a la que vine por primera vez cuando tenía nueve años.
Hoy lo sé. Lo supe ni bien empecé a vivir aquí. Alison no tiene nada que ver: soy yo. Porque hay que vivir en este país para entender lo que digo; hay que cruzar de tanto en tanto el Westminster Bridge y verlos ahí, con la Historia siempre en el bolsillo, con la Historia siempre a su entera disposición.

Sí, es muy diferente lo que se respira estando de este lado.

Y aunque nada pueda volver atrás, la imagen del soldado clase 62, Romero, Aldo, vociferando eternamente en la humedad de las islas la tengo presente día a día. Una vez leí que la memoria trabaja como una cárcel.

Allá donde el aire era niebla, donde el viento y la memoria:

—¡Vengan, cagones de mierda!

Y los ingleses, puntuales, vinieron.

Por supuesto.

Y la noche y las balas trazantes y el fango:

—¡Soldado! ¡Atrás!

—¡Cagones!

Y Romerito.

2004.

(De: En algún cielo, 2007)

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