Tiempo de cazar ratones

Por Claudio Scaletta

El presidente Alberto Fernandez ingresa a la Casa Rosada. Luis Robayo/AFP

Pasar el peine fino en la interna del Frente de Todos es una tarea ingrata, pero no es un problema del presente. El aceite de ricino debió tomarse al momento de la conformación del frente, no ahora. Es tan equívoco como inútil seguir con las inquinas del pasado. Hasta la propia vicepresidenta llamó a sus seguidores de paladar negro a no ser más papistas que el Papa. Como inmortalizó Deng Xiaoping, no importa el color del gato, “lo importante es que cace ratones”. Hoy no importan los nombres, lo que importa es conseguir resultados y, si bien habrá que esperar algunos días hasta conocer el plan concreto y los actores que acompañarán al nuevo “superministro”, los trascendidos indican que se irá en la dirección correcta.

Hoy “cazar ratones” significa conseguir dólares, aumentar reservas, alejar hasta donde se pueda los procesos devaluatorios y, en consecuencia, comenzar a bajar la inflación y estabilizar la macroeconomía. El grueso de los actores económicos que no se dedican a la militancia política activa sabe que esta ambición, que en circunstancias normales podría parecer mínima y que tras medio siglo de inestabilidad alcanzó el carácter de utopía, funcionaría como la principal herramienta para la liberación de las fuerzas productivas. Sucede que en materia de divisas el país cuenta con los recursos potenciales para generar varias “Pampas húmedas” si suma la canasta generadora de divisas al sector hidrocarburífero, a la minería y, en menor magnitud, a la llamada economía del conocimiento. Las luces y sombras están a la vista, un país súper endeudado y con reservas escasas, pero con la potencialidad de generar exportaciones adicionales por decenas de miles millones de dólares anuales si consigue ordenar su macroeconomía.

Sin embargo, incluso generar miles de millones de dólares en exportaciones puede ser insuficiente si no se consigue recuperar la función de reserva de valor de la moneda que condujo al bimonetarismo. Más temprano que tarde habrá que terminar con la multitud de tipos de cambio que llevan a los actores económicos a querer apropiarse del tipo de cambio más barato. Los dólares de las exportaciones nunca alcanzarán si además de las importaciones y los pagos de deuda deben cubrir todo el excedente generado porque quedarse en moneda local es sinónimo de licuación de activos.

Lo expresado encierra los insumos básicos para el diseño de cualquier plan económico. Las patas son claramente dos: generar dólares y recuperar la función de reserva de valor de la moneda. Lo que trascendió del plan que anunciará el nuevo ministro va en esta dirección y puede resumirse también en dos dimensiones: una batería de medidas para incentivar las exportaciones y tasas de interés reales positivas para incentivar que los excedentes permanezcan en pesos. En el camino se necesitará terminar con los falsos discursos económicos que condujeron al presente y que sostienen que los problemas se deben a la existencia de empresarios malos que “fugan” sus excedentes y de paso especulan “remarcando” precios. No es así como funcionan las cosas. Si la tasa de interés es negativa y la economía inflacionaria es absolutamente lógico que quien tiene excedentes los dolarice. Lo irracional sería quedarse en una moneda cuyo valor se licúa a corto plazo. Luego, si todos los excedentes se dolarizan nunca habrá exportaciones que alcancen.

La segunda cuestión que pretende resolver la reorganización del gabinete son los problemas de coordinación que traban la ejecutividad de las políticas. Es un error creer que darle a cada sector clave de la economía un ministerio es una garantía de éxito sectorial. A la agricultura, por ejemplo, le importa poco si las políticas públicas que le competen emanan de un ministerio o de una dirección nacional. No se trata de “jerarquizar” áreas creando ministerios, sino de tener las políticas adecuadas. Y en términos de gestión resulta un despropósito que cualquier expediente deba circular por una multitud de organismos antes de llegar al final de su recorrido.

La multiplicación de ministerios fue una mala necesidad de la política. En el caso del macrismo respondió a su tendencia a crear superestructuras burocráticas hasta para “la movilidad en bicicleta”, en el caso del Frente de Todos fue un vicio de origen: la necesidad de compartimentar el poder entre las distintas corrientes internas. Pero para funcionar, el poder compartimentado demanda un insumo clave, el “affectio societatis”, que no fue exactamente lo que existió. A modo de ejemplo, el área energética fue disputada por distintos ministerios y, a su vez, también se convirtió en traba para el desarrollo de otros sectores. Se llegó al extremo de que un ministro no pudiera siquiera desplazar a un subsecretario. Luego, las disputas entre las áreas económicas y el Banco Central fueron moneda corriente. Podría decirse que para que estas cosas no ocurran alcanzaría con una férrea jefatura de Gabinete o con un presidente enérgico e hiperactivo. Sin embargo, antes que superhombres, la gestión demanda organización. La mejor noticia de esta semana no fueron los cambios de nombre, sino la creación de un ministerio que integrará todas las áreas económicas y agilizará la gestión. El día a día importa y quizá sea clave cuando los tiempos se agotan.

La tercera cuestión es la remanida unidad. El anuncio de la llegada de Sergio Massa al Poder Ejecutivo fue recibido por los mercados con una baja de las cotizaciones de los dólares paralelos y con una suba de acciones y bonos y, por lo tanto, con una baja del riesgo país. Contra las expresiones de la prensa interesada, la reacción no respondió a que se espera un plan de súper ajuste, sino a que Massa expresa la unidad de las fuerzas del Frente y, por lo tanto, que el nuevo curso de acción tendrá apoyo político completo.

Dados el estado de las reservas internacionales, la evolución de los precios y el tiempo de gobierno transcurrido, el Frente de Todos se encuentra frente a su última oportunidad para torcer un rumbo que no era ni es ineluctable. A pesar de que algunos en la fuerza tiraron la toalla dos años antes del fin del mandato, todavía es posible estabilizar la economía y recuperar el apoyo popular perdido en las elecciones de medio término. Para lograrlo sólo será necesario que el gato cace ratones.

El Destape

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