Tiempos oscuros

Por Horacio Chitarroni*

Desencanto

Oswald Spengler, añorando el orden propio del imperio y execrando la democracia, pronosticaba la decadencia inexorable de Occidente. Pensaba que todas las civilizaciones, como los organismos vivos, estaban destinada a desarrollarse, declinar y morir en un ciclo eternamente repetido.

Sin embargo, la historia no se repite, porque no es un organismo vivo sujeto a leyes inmutables, sino un proceso, una sucesión de eventos siempre cambiantes. Pero, en cambio, no es fruto arbitrario del azar. Puede ser comprendida y explicada, porque los hechos históricos tienen causas (múltiples, cambiantes, complejas).

No es la historia parte de la naturaleza, en todo caso es una segunda naturaleza, propia de los seres humanos. Está hecha por los hombres, pero a la vez se les impone: hay una ajenidad de la historia: vivimos dentro de ella y nuestras existencias son modeladas por ella.

Sin embargo, nada nos obliga a ser testigos impávidos: si entendemos las causas de los acontecimientos es más fácil que podamos «intervenir».

A veces, las analogías nos ayudan. Hay contextos que se asemejan, aunque nunca son idénticos. Vivimos unas épocas oscuras.

Nuevamente hay motivos para el desencanto, como ocurrió en otras ocasiones y circunstancias en que luego de una ola de generalizado optimismo, todo pareció derrumbarse. Ocurrió así con la «falsa promesa» de la confianza positivista en la ciencia, que habría de resolver todos los problemas y deparar a la humanidad una eterna felicidad. Y el desencanto despertó el rechazo a la razón en la Alemania de comienzos del siglo XX.

En la segunda postguerra, necesitado de confrontar con el socialismo real, el capitalismo desarrolló el Estado benefactor, las políticas activas de desarrollo económico y de reducción de la desigualdad, junto con los sistemas de seguridad social y protección de los trabajadores. Se inició así una etapa de alrededor de treinta años que fue la de mayor crecimiento y mejoría de los niveles de vida de toda la historia.

También fue la etapa de los impuestos más altos a los ingresos, patrimonios y herencias, los controles de los gobiernos sobre los movimientos financieros y el gasto público más elevado. Y las mayores conquistas sindicales. No casualmente, la de mayor movilidad social ascendente de los sectores populares.

En Argentina esa etapa de la historia coincidió con el surgimiento del primer peronismo y su largo influjo a pesar de su derrocamiento. En Brasil con el varguismo y también el breve gobierno de Goulart.

Este período histórico duró alrededor de tres décadas. Los treinta años gloriosos, lo llamaron los franceses. Empero, el ciclo promisorio del capitalismo se cerró hace ya tiempo, al promediar los años setenta y más netamente en los ochenta, con el advenimiento de la revolución conservadora de Reagan y Tatcher, que tuvo su réplica en el mundo de la periferia.

Los dueños del capital no deseaban hacer ya más concesiones ni resignarse a nuevas detracciones de la tasa de ganancia. Querían acabar con el Estado «expoliador» y con los sindicatos «extorsivos».

La caída del muro y el colapso de la Unión Soviética terminaron con la amenaza: el capitalismo imponía el pensamiento único y –favorecido por las nuevas tecnologías informáticas– reinaba global e indisputado. Gracias asimismo al abaratamiento del transporte, los procesos productivos podían trasladarse a los países donde la mano de obra era más barata, disciplinando a los trabajadores con esa amenaza.

Incluso, a través del desarrollo de derivados financieros, el capital descubrió que podía multiplicarse por fuera del circuito productivo: ya no harían falta siquiera trabajadores ni consumidores… Ello liberaba de la enojosa necesidad de mantener salarios altos para estimular la demanda y compensaba la caída de la tasa de ganancias.

La adopción generalizada del llamado Consenso de Washington como decálogo de gobierno y la imposición del pensamiento único acabaron con toda ilusión…

Así culminó el siglo XX…

El nuevo siglo y la democracia falaz

Y este nuevo siglo comenzó mal. A diferencia de lo sucedido en la postguerra, la riqueza hoy se concentra como nunca en pocas manos y los Estados son colonizados por grupos de poder económico.

La baja de impuestos aplicada por Reagan y Thatcher comenzó a tener efecto a partir de los años 80 y la tasa de crecimiento disminuyó.

La disminución de la tasa de crecimiento del producto en los países avanzados se debe a que los ricos dejaron de invertir como lo hacían antes porque hubo una caída en la demanda efectiva. Y el incremento de sus ingresos, en lugar de ser invertido fue esterilizado en un incremento del patrimonio improductivo.

Piketty expuso esto de manera clara, explicando que la tasa de crecimiento del producto global era inferior a la tasa de rendimiento del capital porque había una concentración del ingreso en pocas manos y esto debido a la política fiscal regresiva. Es una anomalía en el sistema capitalista ya que la inversión incluye un cierto progreso técnico que debería hacer que la tasa de crecimiento sea superior a la tasa de rendimiento del capital.1

Aquella agenda que permitió al capitalismo de postguerra, liderado por Estados Unidos y secundado por Europa Occidental una promesa de futuro, fue abandonada por las fuerzas políticas de inspiración socialdemócrata, que adhirieron al credo neoliberal.

La democracia se «desencantó» y la política perdió sentido. Porque los partidos políticos declinaron su representación y mimetizaron sus propuestas en el plano de la economía. Implantaron un «sentido común» según el cual hay que buscar acuerdos, cerrar grietas, no confrontar…

Y cuando esa es la norma, la política ya no sirve de nada. Si hay un único camino, una única alternativa que naturalizamos, entonces la política no tiene ya función alguna. Es una mera mediación de los poderes fácticos, que imponen su agenda.

Un importante trabajo de Nancy Fraser2 muestra cómo, en Estados Unidos, el Partido Demócrata adoptó la misma agenda económica de los Republicanos, aunque diferenciándose en aspectos tales como el tratamiento de los migrantes y afrodescendientes, o en la consideración de la diversidad sexual. No ya en los derechos laborales o la política impositiva hacia los ricos.

Las diferencias entre demócratas y republicanos son básicamente sobre políticas internas. Los dirigentes de ambos espacios son en general personas de gran fortuna personal. El gran capital ha colonizado ambos partidos, que terminan representando diferencias parciales de sus distintas fracciones.3

La gran paradoja es que, al verse libre de la amenaza soviética, Estados Unidos abandonó la senda del capitalismo «promisorio». El modelo industrial y productivo de los años previos se vio sustituido por el financiero, que ya no requería de seducir a los trabajadores. En el capitalismo global, la potencia del norte reinaba hegemónica. Pero ese rumbo socavó su liderazgo, hoy jaqueado por la emergencia de China. Estados Unidos no ve cuestionada solo su primacía económica:

El emergente de una nación no occidental dispuesta a rivalizar abiertamente por el liderazgo mundial con el poder hegemónico estadounidense está generando una evidente polarización que, como toda construcción de poder, excede ampliamente las cuestiones económicas o materiales. También es simbólica, cultural, militar y científico tecnológica.4

En la periferia

Y en la periferia, las fuerzas económicas que conforman el poder real no dejan ya sitio para el disenso. Los gobiernos deben cumplir con sus mandatos y no con los compromisos de campaña contraídos con sus votantes. Como lo ha señalado asimismo Jorge Alemán, las derechas políticas no son fuerzas que se expresan en el juego democrático:

Son representantes políticos de un Poder fuera del gobierno que ya ha decidido que es la misma Democracia la que debe ser destruida. Porque la Democracia siempre puede deparar alguna sorpresa, un movimiento imprevisto que afecte los intereses de un Poder que en tiempos del neoliberalismo desea ser ilimitado, reproducirse sin obstáculos. En el proyecto de ese Poder ya está programado que los gobiernos democráticos-populares sean sólo un mero paréntesis, un interregno reparador, hasta que la derecha neoliberal retorne.5

Los gobiernos que transgreden el libreto escrito por el poder económico son disciplinados por el lawfare, que puede impedir que se cumplan las leyes dictadas por los parlamentos, perseguir políticos díscolos o derrocar incluso mandatarios elegidos por voluntad popular.

El pretendido «sistema de frenos y contrapesos» que constituye la «independencia» del poder judicial, quintaesencia de la «República» no es sino un freno a la voluntad popular y un contrapeso a la democracia: la Corte Suprema puede dictaminar la inconstitucionalidad de cualquier norma que dañe los intereses económicos dominantes –como un impuesto a la riqueza, por caso– aunque sea votado por un parlamento elegido por abrumadora mayoría.

La falacia consiste en que el poder judicial es independiente de la voluntad popular, no de los poderes fácticos ni de los intereses económicos, además de estar animado por un sólido espíritu corporativo.

En tales condiciones, la democracia también se convierte en una falsa promesa.

La falsa alternativa de los populismos de derecha

Así es que en los países centrales –y también en la periferia– surgen expresiones de derecha «populistas», como voz (falsa voz) de los que quedaron sin representación. Tales los Trump, Bolsonaro, Boris Johnson, Salvini o Le Pen, como engañosa alternativa a empresarios como Piñera, Macri, Sarkozy o Berluzconi o a políticos laboristas, socialistas o demócratas que extraviaron la agenda y acabaron por adoptar la biblia neoliberal.

El pacto político implícito entendido como un compromiso de obligaciones y expectativas entre trabajadores y empresarios, y en un sentido más amplio, entre el Estado, el mercado y la sociedad, fue resquebrajándose hasta llegar a una crisis de envergadura. Los elocuentes indicadores han sido el gradual desmantelamiento del Estado de bienestar y con ello el achicamiento de la clase media; el paulatino y, desde hace varios años, acelerado incremento de la desigualdad de ingresos y la consiguiente ampliación de la vulnerabilidad de grupos humanos y comunidades; las profundas transformaciones demográficas que fueron interpretadas por importantes sectores blancos, masculinos y poco educados como una suerte de pérdida de la identidad nacional…6

Hay, pues, una vacancia de representación política de amplias mayorías populares y la necesidad de un nuevo acuerdo social.

El capitalismo globalizado ya no tiene nuevas promesas que ofrecer. Y no parece que sea capaz de reformularse. Un representante insospechable del establishment, el presidente del Foro Económico Mundial de Davos, Klaus Schwab, ha reconocido:

Será necesario revaluar otras consignas de nuestro sistema económico global con una mente abierta. Una de las principales es la ideología neoliberal. El fundamentalismo de libre mercado ha erosionado los derechos de los trabajadores y la seguridad económica, ha desatado una carrera desregulatoria a fondo y una ruinosa competencia impositiva, y ha permitido el surgimiento de nuevos monopolios globales gigantescos.7

Sin embargo, no parece probable que «otras consignas» emerjan del riñón del capitalismo global financiarizado, cuyos núcleos decisores han abandonado hace largo tiempo las previsiones de sustentabilidad, trocándolas por la persecución de rentas inmediatas y maximizadas bajo una lógica de saqueo.

Pero la hegemonía no es inexpugnable

De hecho, hoy está nuevamente cuestionada, al menos en la parte del mundo que nos alberga. Enhorabuena, porque el poder único y el discurso único no son buenas noticias, salvo para muy pocos

La historia no terminó ni tiene planeado hacerlo: ni Hegel en el siglo XIX ni Fukuyama en el siglo XX tenían razón al creerlo así. La economía se ha concentrado como un agujero negro. Pero, desde comienzos del nuevo siglo, desde este confín del mundo tratamos de plantear alternativas.

Anchas coaliciones progresistas de nuevo cuño, aunque con raigambre en las tradiciones de las luchas populares del siglo pasado, permitieron la emergencia del PT, el kirchnerismo, el chavismo, el correísmo, el Frente Amplio y el insólito gobierno de un aimara en Bolivia.

En los últimos años hubo un retroceso, pero no un regreso al punto de partida. Las fuerzas políticas continuadoras de ese ciclo interrumpido, retomaron el poder en Argentina y Bolivia, tal vez lo hagan en Ecuador y acaso en Brasil.

El neoliberalismo ha sido conmocionado en Chile, Colombia, Perú, por intensos e inéditos estallidos populares.

No habrá probablemente un asalto al cielo, pero podemos intervenir en la historia. Estamos obligados a hacerlo, porque ese es el quehacer humano. Tenemos que protagonizar la historia, porque de lo contrario ésta se nos impondrá desde fuera. Y pese a su apariencia de ajenidad, no es una fuerza natural sino la manifestación de otros intereses, que permanecen en la sombra.

El solo obrar cotidiano es someterse a las laceraciones que el sistema infiere. Pero éste está sujeto a los avatares que ejercen los pueblos del mundo, que lejos de ser una masa inerte, con su accionar colectivo producen dinámicas que el sistema teme, que lo estremecen y trata de ahogar.8

Acaso los años venideros nos ofrezcan una ventana de oportunidad para una nueva alternativa política (preanunciada por las experiencias populares de comienzos del nuevo siglo en nuestra región) que se muestre capaz de expresar un nuevo pacto social que reemplace a la frustración de los «socialismos reales» en el siglo XX y a la promesa incumplida del capitalismo de postguerra desvanecida con la financiarización propia del ciclo neoliberal.

Porque hay –como lo ha dicho recientemente Pepe Mujica, el ex presidente uruguayo– una crisis de esperanza. Y las sociedades necesitan de alguna esperanza para generar ciertos consensos que hagan posible la convivencia. Nunca ha sido el mundo tan rico ni tanta la distancia entre los ricos y el resto como sucede hoy. Y eso, aun con la manipulación mediática de las conciencias, no será fácilmente aceptado por las mayorías.

Notas

  1. Susani, Bruno. Suplemento Cash. Página 12 (8/12/2020).
  2. Fraser, Nancy (2019) ¡Contrahegemonía ya!. Siglo veintiuno.
  3. Molinero, Jorge. «Estados Unidos, cambios y mitos». IADE/Realidad Económica. http://www.iade.org.ar/noticias/estados-unidos-cambios-y-mitos
  4. Vaccarezza, Federico. La política exterior en tiempos de transición hegemónica. Página 12. Suplemento Cash 3/1/2021.
  5. Alemán, Jorge. «El ascenso de la ultraderecha argentina». Página 12 14/3/21.
  6. Tokatlian, Juan Gabriel. «Cuatro tesis sobre un autoputsch. La ruptura de consensos posteriores a la Segunda Guerra Mundial como trasfondo de la toma del Capitolio». https://www.elcohetealaluna.com/cuatro-tesis-sobre-un-auto-putsch1/
  7. Citado por Aronskind, Ricardo. «¿Es reformable el neoliberalismo?». https://www.elcohetealaluna.com/es-reformable-el-neoliberalismo/
  8. Pomer, León (2019). De la dominación consentida. Nuevos Tiempos Ediciones.

    *Sociólogo y ensayista.

Revista Digital Allá Ité
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