Tierra colorada

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Edgardo Cozarinsky

… siento a Areguá como algo que vive y tiene memoria…
GABRIEL CASACCIA

El chico tiene los ojos entrecerrados, esperando que el sueño los cierre del todo. Pero el sueño no llega. La noche está llena de rumores, roce de follajes cercanos, respiración de los perros que duermen a sus pies. Él se mueve apenas, lo suficiente para mecer la hamaca en que está acostado, y ese movimiento no pasa inadvertido para su abuela. Hundida en un alto sillón de mimbre, la mujer tampoco puede dormir y habla:

—Sabía que iba a hacer calor, mucho calor. Desde la mañana cantaban las chicharras, y a la tarde también. Pero si te quedás quieto el sueño va a llegar, solo los viejos como yo podemos pasar sin dormir toda la noche, y a la mañana nos levantamos sin cansancio. A tu edad, el sueño es una bendición. Como el apetito. Yo ya casi no como.

El chico escucha la música del idioma guaraní como si la voz le llegara de lejos, de un sueño que no tiene. Cierra los ojos y sabe que la abuela seguirá hablando, con la misma voz queda, pausada, como si se hablara a sí misma.

—Tu abuelo tampoco dormía cuando un calor como este anuncia tormenta. A veces él veía la luz mala, yo nunca la vi. Un resplandor, una llama que pasa corriendo sobre la tierra colorada. Algunos dicen que es el alma de los difuntos que no pueden encontrar reposo en el más allá. La gente, si en medio de la noche se cruza con la luz, se persigna. Pero tu abuelo tenía otras ideas, como siempre. Tampoco les creía a los que hablaban del perro blanco sin cabeza que custodia un lugar. Él se quedaba callado pero anotaba el lugar donde se apagaba la luz, casi siempre al pie de un tala. Y a la mañana iba allí, a cavar.

El chico sabe la historia que la abuela va a contar, la ha escuchado muchas veces, con pequeñas variaciones, y podría repetirla él mismo si se lo pidieran.

—Así murió. Como muchos otros que cavaron, cavaron y se les vino encima la tierra que echaban a un lado del pozo, quedaron enterrados vivos por su propia mano. Pero la plata yvyguy no es para cualquiera. Quién sabe qué pecados cargaban, que en vez de desenterrar un tesoro se enterraron ellos mismos.

El chico espera las variaciones, que no tardarán. Algunas noches es la plata enterrada por los jesuitas cuando debieron abandonar las «reducciones». Otras, es el tesoro escondido por el Mariscal ante la invasión de la Guerra Grande. Y a veces también los bienes, pocos o muchos, joyas, cubiertos, vasijas, que las familias enterraban para sustraerlos al pillaje de las tropas argentinas y brasileñas durante aquella guerra. Dejaban marcado el lugar en el tronco de un árbol.

La abuela heredó esos relatos de su propia abuela. También cuenta de mujeres «residentas» y mujeres «destinadas», pero no se preocupa por explicar de qué trata y esas palabras se graban en la memoria del chico con un halo de misterio que guardará hasta que años más tarde, becado para estudiar en Europa, lea en libros de historia lo que su abuela no le dijo, lo que sus padres no le explicaron porque ya no estaban a su lado.

—A medida que los brasileños y los argentinos avanzaban, y los uruguayos se ocupaban del abastecimiento en Montevideo y hacían buenos negocios, las mujeres llevaban a los viejos y a los niños lejos del campo de batalla, a las residencias que el Mariscal les indicaba. Y durante la guerra esas mujeres sembraron la tierra, hilaron algodón. Cuando terminó la guerra, casi no quedaban hombres. Escaseaban los alimentos, algunas murieron de hambre, y sin embargo fueron las mujeres quienes reconstruyeron el país: mandioca, tabaco, caña, todos los cultivos estuvieron en manos de mujeres.

El chico ha terminado por dormirse pero en su sueño el relato de la abuela se prolonga en nuevas variaciones. Cree haber entendido qué fueron las «residentas», otro día preguntará por las «destinadas».

La edad de su abuela le parece inimaginable. Como no sabe medir el tiempo, no se da cuenta de que no pudo vivir la Guerra Grande, solamente la del Chaco. Pero acaso porque esta la vivió, no la cuenta. O tal vez porque de esta no hay leyendas heredadas, ni plata yvyguy enterrada.
Cuentan dos finales para esta historia, si es que es una historia y no solamente recuerdos tenaces de una infancia solitaria. Nunca sabremos cuál ocurrió en lo que llaman la realidad, pero es posible que ambos sean dos caras de un mismo final.

En los dos, el chico que escucha los relatos de su abuela a fines de los años ochenta del siglo XX es, a principios del siglo XXI, profesor en una universidad europea y vuelve por primera vez a su Paraguay natal. La abuela ha muerto hace tiempo. Él busca la tumba en el cementerio de Areguá y no la encuentra. Piensa que tal vez no la hayan enterrado allí, más bien que ella eligió que sus restos se mezclaran con la tierra colorada, no consagrada, esa tierra que quiso tanto, cerca del rancho donde vivió toda su vida.

No le resulta difícil encontrar una ruina donde reconoce sin embargo la forma del alero del rancho, los árboles entre los que se tendía la hamaca donde durmió tantos años. En uno de ellos, distingue en lo alto del tronco una marca, una incisión que parece hecha por mano humana; alguna vez debe haber estado mucho más baja, al alcance de esa mano. No es una letra ni tiene forma reconocible, pero a él le vuelven a la memoria las historias contadas por su abuela y a la mañana siguiente está de vuelta en el lugar con una pala. Horas, acaso días más tarde, olvidando la fecha de regreso en su pasaje de avión, la de retomar sus cursos en la universidad francesa de provincias, desentierra unos trapos casi deshechos por la humedad y los hongos.

En el primer final, siente que contienen algo pesado, se diría metálico. Los abre y saca al aire una ametralladora liviana en la que descifra la identificación INA calibre 45, dos revólveres calibre 38 y un dispositivo para el que desentierra también, esta vez de su memoria, la palabra bazooka, guardada de historietas de su adolescencia. Están, todos, en gran parte herrumbrados.

En el otro final, lo que saca a la luz son libros, fotocopias, cartas, que la humedad y los años han ido pudriendo. Al contacto con el aire se deshacen, aunque él los tome con todo el cuidado de que son capaces sus manos ahora callosas. Alcanza a leer algunas palabras: manual, urbana y un nombre medio borrado del que descifra las primeras letras: Mar… También, oxidada, desteñida, una fotografía de sus padres, muy jóvenes, sonrientes; al dorso una fecha: 1979.

Para Luna Paiva

 

(De: En el último trago nos vamos, Tusquets, 2017)

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