Tinieblas

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Elías Castelnuovo

Nada hay encubierto que no haya de ser manifestado; y nada oculto que no haya que saberse.
Lo que os digo entre tinieblas decidlo a la luz del día y lo que oís a la oreja predicadlo desde los tejados.
Y el que tiene oídos para oír, que oiga. (Sagradas Escrituras)

Hace muchos años que trabajo en el mismo taller. Es un sótano inmenso, húmedo y frío, donde la luz no llega directamente y donde el sol no brilla nunca. Las paredes están sucias y manchadas y el alumbrado artificial envuelve en un sudario de muerte las cajas, los estantes y el esqueleto de las maquinarias. El aire, denso, pegajoso y deletéreo, carga la atmósfera de funestos venenos. Una cuadrilla de obreros hurgan las cajas y arañan el teclado de las linotipos, sumergidos a diez metros bajo el nivel de la calle radiosa.

El plomo está en constante actividad, se adhiere a la piel y pasa en forma de cloruros al torrente circulatorio, o si no, invade las mucosas interviniendo como jugo en la digestión, o si no, se instala en los pulmones…

De cualquier manera que sea, el aspecto de mis compañeros, es miserable y triste. Su palidez está salpicada de sedimentos grisáceos y puntitos de plata y en todos sus ademanes sobrios trasciende una tiesura mortuoria.

Un olor especial, feo y desagradable, mezcla de tinta y grasa, de trapos sucios y antimonio derretido, nos acaricia la garganta durante ocho horas largas y eternas.

La alegría de vivir está desterrada del taller: aquí se respira el estaño de la muerte.

En invierno se nos ponen los pies duros de frío y la nariz roja; en verano sudamos como si estuviéramos hundidos en el infierno de una cámara turca. Arden continuamente veinte crisoles, crujen las poleas, saltan los tapones y las linotipos, no se detienen más que para seguir marchando. Se oye el tintineo de muchos timbres gastados y la canción lúgubre de las matrices que bajan atropellándose o se desprenden de la barra sinfín sobre el vientre de los almacenes.

Mi máquina se interrumpe con frecuencia. Cuando esto sucede hago un poco de saliva y grito con una voz ronca que a mí mismo me resulta antipática:

-¡Se paroooooó!…

Entonces, el mecánico, se aproxima malhumorado, mira aquí y allí, sacude el empujador con violencia y pone otra vez el vehículo en marcha.

La armonía del conjunto puede decirse que no se interrumpe nunca, porque cuando salimos nosotros, entran otros, y cuando se van estos, volvemos a entrar nosotros.

Todos los rostros de las cuadrillas que entran y salen están igualmente, mortalmente demacrados y ojerosos. Cualquiera, creo yo, en semejantes condiciones, agota las reservas y acude a los estimulantes. La mitad del personal tiene la dentadura negra del tabaco, la otra mitad los ojos deformados por el alcohol, y todos, absolutamente todos, sienten la tristeza de vivir una vida tan tenebrosa.

Para rematar el agotamiento que produce esta atmósfera espesa y viciada, las rotativas, de vez en cuando, golpean furiosamente el tímpano de los trabajadores. El día que funcionan dos, salgo con un dolor agudo en la nuca que no me permite doblar el cuello con soltura. Siento además un martillo que me sigue pegando en un punto fijo del cerebro y de noche, en vez de descansar, sueño que compongo –dale que te dale- hasta que me despierto jadeante y fatigado. Cuando ocurre que funcionan los tres monstruos de dos pisos, el embrutecimiento de los obreros llega a su punto máximo; se experimenta una sensación de vacío tan grande en la cabeza que los músculos se aflojan como si el cuerpo estuviese bajo la atracción de un abismo imaginario.

El maquinista, apostado en el segundo piso de la rotativa, se comunica con sus ayudantes mediante una bocina de cartón. Ajusta las tuercas, gradúa los cilindros y corre sobre el puente, desmelenado, dando la impresión de un capitán a quien se le está yendo el barco a pique y que, a pesar de todo, conserva la serenidad y procura salvar las bobinas de papel que naufragan…

En medio de la oscuridad y el escándalo, se destacan cien cabezas abigarradas: algunas cuarteadas de arrugas, otras clavas, otras sucias y grasientas. El resoplar de las máquinas es acompañado por el resoplar de los obreros en un contrapunto insoluble, vago y desesperante.

A veces se quema la lamparita que ilumina el teclado y el original queda sumido entre las sombras. Entonces me doy vuelta, sobre el asiento y grito con voz fatigada:

-¡Luz!… ¡Luz!

***

La fundición está pegada a los talleres gráficos. Allí se cuelan diez diarios, de los cuales ninguno merece, por cierto, el sacrificio de tantas criaturas humanas. Cinco hombres sudorosos y anhelantes soplan, carraspean y aspiran plomo sobre una olla plutoniana que hierve a setecientos grados. Vierten el líquido irritado sobre un molde donde cuaja inmediatamente en cristales nítidos y relucientes y sin esperar que se enfríe lo llevan rápidamente al torno. Caliente todavía, palpitante, se lo rasquetea y pule. Las virutas saltan bajo la incisión del escoplo y siembran el suelo de minúsculas estrellas y asteriscos de plata. Tres muchachos esmirriados derraman cataratas de sudor sobre aquellas letras flamantes, que, a lo mejor, hablan de “la vida sana y saludable de los campos”. Después, se tiran en cualquier rincón, lejos de la hornalla y se exprimen el sudor con trapos ennegrecidos y malolientes, permaneciendo boca abajo para amortiguar los espasmos de la fatiga.

Si en estas circunstancias el ventilador se detiene, los muchachos se asfixian de calor y manotean sobre las baldosas como ahogados; tosen con la garganta seca, alzan los brazos penosamente y llaman al mecánico:

-¡Aire!… ¡Se paró el ventilador!… ¡Aire que me ahogo!

En este laboratorio nebuloso se va empastando mi espíritu. Puedo dar gracias a Jesucristo que me puso en el taller y no en la fundición; los fundidores tienen los días contados, mientras que los linotipistas logran prolongar su agonía hasta los cuarenta años. Puedo darle las gracias, también, por haberme designado para formar parte de la cuadrilla diurna; los que trabajan de noche se enferman más pronto y se les lleva más pronto el alma de tinieblas.

De día o de noche, ninguno conversa: el ruido de las máquinas sustituye la conversación. Se conversa por dentro. Yo me abstraigo del original y converso conmigo mismo. Creo que todos hacen otro tanto. Me pregunto cómo he podido cumplir veinte años sin haber hecho otra cosa que trabajar, comer y dormir… Me pregunto muchas cosas, pero no tengo tiempo de contestar ninguna y sigo tecleando. Cuando largo el trabajo estoy tan atolondrado de haber leído tanto que no encuentro la suficiente tranquilidad como para ponerme a hacer un análisis de conciencia. No sé cómo empezó mi vida ni sé cómo terminará; tampoco sé cómo vivo…

Mis recuerdos son vagos y mis pensamientos carecen de precisión. Sé que hace mucho tiempo que voy repartiendo mi vigor físico de taller en taller. Los pocos amigos que tenía los fui suprimiendo paulatinamente hasta quedar solo. Todavía no he conocido una mujer, no sé propiamente lo que es una mujer.

Noto que mi cabeza está particularmente ocupada por los manuscritos que compongo: pienso en cierto modo, con el cerebro de los periodistas, o mejor dicho, estos me obligan a pensar con su cerebro. Y esto no está bien. Yo no vivo para mí, y aunque no me lo confiese, no vivo, tampoco, para los demás.

Estoy como un presidiario condenado a cadena perpetua que espera, sin embargo, recuperar un día la libertad. Aunque la alegría de vivir naufragó tempranamente en mi cerebro, creo que Dios no me dejará morir llevando a la tumba esta impresión horrible de la existencia. No, no, yo confío que alguna vez me indemnizará con algo extraordinario de todos los males que he sabido soportar con resignación de piedra durante mi tránsito por el mundo.

Desde el momento en que conservo intacta la fe, es, sin duda, porque él se acuerda de mí. Cuando estoy rendido sobre la silla, encorvado por la fatiga, dolorido aquí y allí siento una mano invisible que me toca las espaldas y una voz suave que me dice:

-Aguarda… hijo mío…

***

Me cambiaron de turno. Tengo que ir de noche: entro a las siete y salgo a las tres de la mañana. Abandono el taller que es una tumba y entro en la ciudad que es un osario. A esas horas, Buenos Aires está poblado por fantasmas de carne y hueso y siniestras apariciones de cuatro patas… A lo largo de las calles silenciosas, los arcos voltaicos sueltan resplandores lúgubres sobre la paz de los adoquines dormidos… Algún viejo mendigo husmeando en los tachos de la limpieza pública, alguna vieja espectral tirada sobre el escalón de una casa o algún vagabundo astroso y melenudo, silbando algo que él mismo no comprende, es cuanto encuentro en el camino antes de llegar a mi pieza; perros demacrados y tipos “fin de raza”… Afortunadamente vivo en una barraca grande y sombría que si bien amenaza derrumbarse, por el momento, me permite vivir solo, dormir tranquilo y leer sin que nadie me interrumpa.

Mi pieza es fea, despintada, pero limpia. Podía muy bien acoger a unos cuantos de esos pobres vagabundos que no tienen seguramente dónde dormir.

Al pasar bajo el primer puente del Once, encuentro una mujer de luto, hecha un ovillo, que más que criatura humana parece un envoltorio de basura. Esta mujer, a quien no he podido ver el rostro constituye mi única preocupación desde que pongo los pies en la calle al salir del taller. Dos cuadras antes de llegar al puente le digo a mi corazón:

-Debe estar así, de esta manera y respirando como siempre, así: Ay… ay…

Su respiración es quejumbrosa y doliente… Al pasar junto a ella me detengo y pienso… Todos mis pensamientos giran alrededor de Cristo. Yo no sé si pienso con el cerebro de Cristo o si Cristo pensaba como puedo pensar yo; el caso es que en todo momento tengo presente lo que él lleva dicho y todos mis sentimientos se encadenan inevitablemente a los suyos. En cada caso que se me presenta en que debo juzgar o ser juzgado, me digo en secreto: “¿Cómo hubiera obrado él en este caso?”

Y cuando quiero dar una orden imperativa a mi corazón, le digo:

“Cristo lo dijo”. Y mi corazón se inunda de ternura y toda mi sangre sonríe piadosamente. A veces, me apresuro en la comisión de un acto y mientras lo ejecuto me digo con
fuerzas:

-“¡Ah, sí, sí, Cristo lo dijo!”

***

Anoche cayó una lluvia copiosa. Atravesé las calles saltando charcos y barrancas. Arriba, abajo, desnsas nubes, compactas y heladas me obstruían el paso y el agua me cruzaba el rostro para domeñar el orgullo de mi alma.

Neptuno hacía gárgaras sobre Buenos Aires.

Los pocos vagabundos que encontré transitaban escorzados como sombras, corridos por el chubasco y envueltos en los remolinos de la tempestad. Sobre un fondo negro y un escenario frío y resbaladizo, las lámparas elécticas ejecutaban la danza de la muerte bajo el control musical de los cables del teléfono y un público inmutable de adoquines y columnas de fierro…

Cuando estaba por llegar al puente me decía como para que no sucediese:

-No… esta noche no puede estar… Y luego, levantando la voz:

-No tiene que estar… ¡Ah, Cristo! ¿Cómo podrías tú abandonar así a tus hermanos? Llegué al sitio señalado y la mujer estaba, como de costumbre, pero esta vez empapada de agua y barro. Desde el techo, cruzado por vigas enormes se desprendían innumerables goteras sobre el lodazal de la calle… Me puse a pasear a su lado como un condenado inocente dentro de una jaula de fierro. De rato en rato, me quedaba estúpidamente absorto ante aquel bulto extraordinario que temblaba de frío sin cesar.

Al fin, opté por despertarla. Después de muchas sacudidas y llamadas surgió de aquel montón de trapos como desde las entrañas de las piedras una cabeza de niña resignada que me clavó dos ojos medrosos y compasivos.

-¿Qué quieres?-me dijo.

Algo turbado le contesté:

-Ud. se va a morir de frío si permanece en ese charco de agua. ¿Por qué no va a su casa?

-¿A mi casa?… Mi casa… ¿dónde está mi casa, dónde, dónde…?

Indudablemente, no tenía casa ni sabía lo que era eso de tener casa. Tal vez habría nacido y vivido en la calle. Yo también, queriendo hablarle, le hice esta pregunta que sabía de antemano superflua.

-¿Usted tiene casa? –me dijo asombrada.

-Sí… una pieza grande en una barraca vieja.

-¿No se llueve ahí?

-No…

-¡Qué suerte tiene usted!

La muchacha se puso de pie y quedó ante mi vista completamente desfigurada. Era trigueña, de nariz afilada, de ojos negros y cabellos duros y desordenados. Su boca estaba recortada con finura, un gesto de santidad le plegaba los labios y su cabellera, partida en dos bandas, le caía sobre los senos y le servía de abrigo; pero su cuerpo era horrible. Tenía una joroba que le quebraba el tronco y caminaba dando saltitos como una codorniz herida en una pata. Todas sus ropas eran harapos mal hilvanados y calzaba unos botines de hombre por cuyas puntas destrozadas le salían los dedos de los pies. No tenía medias, ni camisa, ni calzones.

Estaba medio dormida y atolondrada, se restregó los ojos, dio unos pasos desarticulados y confusos, perdió el equilibrio y se desplomó sobre los adoquines con un crujido de huesos rotos.

Yo la tomé en mis brazos y la levanté con suma facilidad: su peso era nulo. Así la volví a examinar de arriba, abajo.

-Tengo frío… -me dijo con voz apagada. Se miró los botines.

-Yo sé que es desgracia usar botines de hombre –me explicó- pero no tengo otros. Cuando no llueve me los saco y ando descalza…

La muchacha parecía sentirse muy bien entre mis brazos y hasta me pareció verla ensayar una sonrisa. De rato en rato le venían chuchos que me los transmitía en sacudidas bruscas. Me dio tanta lástima que resolví llevarla a mi pieza. Mientras la conducía, la muchacha me miraba con desconfianza y creía poco o nada de lo tanto que yo le iba diciendo. Llegamos a casa. Tiré el colchón al suelo sobre unos diarios y la acomodé en mi cama. La chica se durmió en seguida después de haberse devorado un pan que había sobre la mesa.

Tirado en el pavimento, sin colchas ni almohadas, yo sentía mucho frío, pero me pude dormir lo mismo, porque del fondo de mi alma la voz de Cristo me repetía:

-Has hecho bien, hijo mío…

***

La muchacha se llama Luisa, es huérfana y no sabe nada del padre y menos de la madre. Tiene diez y siete años, pero a juzgar por las apariencias no representa más de diez o doce. En todo lo que me ha dicho he visto una pobreza de imaginación increíble. No puede encadenar sus recuerdos y relata en forma escueta y desabrida, mirando de izquierda a derecha, visiblemente persuadida de que alguien la va a interrumpir con un golpe o con un tirón de orejas.

Me preguntó, cogiéndome de las manos si yo no acostumbraba castigar a las mujeres y de paso me contó una serie de episodios de su vida de sirvienta, donde un doctor le había arrancado las mechas y una tonadillera felina le clavó un pinche de sombrero en el mismo izquierdo. Llevó la fidelidad del relato al extremo de mostrarme la marca, poniendo una cara de atormentada prematura que ensanchaba los límites de mi tristeza.

Puedo decir ahora que el acontecimiento de la jorobadita vino a romper la monotonía de mi vida que ordinariamente se cumplía así: del taller a la barraca y de la barraca al taller.

A medida que transcurre el tiempo, Luisa me va resultando una excelente compañera. Pone el mayor interés en arreglar todo y trata de ocupar el menor espacio posible. Se lava de arriba abajo, se peina, se mira al espejo y hace la dormida.

En cuanto pueda voy a comprar otra cama. Con el dinero que l di adquirió un vestido chillón, unas zapatillas celestes y un pañuelo de seda blanca con el cual ciñe el haz de sus cabellos negros. Quiere borrar la negrura de su cuerpo con el resplandor de los vestidos. Es pintoresca. Le gustan extraordinariamente los colores vivos y prefiere una cinta roja a un ramo de violetas. En pocas semanas quedó transformada al punto que su joroba no es tan horrible como me pareció al principio. Cuanto más la observo, tanto más crece mi compasión y mi corazón se hace más tierno. Vista de frente no es del todo desagradable: su cabeza está bien formada y su voz es temblorosa y simpática.

Una mañana la sorprendí durmiendo con la garganta descubierta y los cabellos revueltos y abandonados. La observé detenidamente en esta posición y la encontré, como nunca, radiante y encantadora. Debo advertir que cuando le veía la joroba mi ilusión se desvanecía en cristales de amargura. Hubo un momento en que su deformidad física ocupó un puesto fijo en mi inteligencia, semejante al que ocupaba el teclado de mi máquina o los golpes secos de la rotativa.

Yo la trato como si fuese una niña desvalida que perdió padre y madre y necesita el apoyo de un hermano mayor. Cuando se le cae un plato o una copa, se pone a llorar y me mira espantada, esperando, sin duda, que le clave un pinche en el muslo o que le arranque un mechón de pelos.

De noche, nos vemos poco o nada, porque recién a las cuatro de la mañana llego a casa, rendido y adormilado. Encuentro siempre todo en su sitio: el colchón en el suelo, las sábanas meticulosamente plegadas y Luisa profundamente dormida, en la misma posición y respirando así: “Aaaay… aaaay…”

¿Por qué se queja cuando duerme? Arrastra la A de una manera débil y quejumbrosa y duerme como si nunca hubiese dormido. Trato de no hacer ruido, me desvisto con precaución, apago la luz y me acuesto. Al despertar, encuentro el desayuno preparado, la pieza barrida y todos los objetos acuartelados bajo un orden rigurosamente disciplinario. No sé de qué medios se vale mi compañera para ir y venir, barrer, limpiar y fregar sin despertarme. A la hora de cenar, lo hacemos juntos en silencio como dos cartujos que se propusieron alcanzar la gloria del paraíso recluyéndose en el monasterio de una barraca podrida y solitaria.

Luisa se ve que está completamente familiarizada con mis costumbres y yo me voy acostumbrando a verle la joroba sin sentir horror. Me parece lo más natural que la tenga y solo me extrañaría si algún día le desapareciese. Se puede decir que perdió el miedo que le paralizaba la lengua. Ahora habla y piensa en voz alta, con absoluta espontaneidad e independencia y me dirige la palabra sin tanteos, pero, aunque legó a comunicarme ciertas interioridades de su cuerpo sin ruborizarse, se ve que todavía me oculta algo…

Nuestras relaciones se hacen cada vez más sólidas y cordiales. En mis transportes de amistad le tomo la cara con una mano por la barba y ella estira el cuello como una garza herida de muerte en las espaldas y sonríe con una fruición íntima y misteriosa. Su boca compasiva espera la piedad de besos desconocidos y sus cabellos negros se extienden hacia adelante buscando como las trepadoras una verja donde enredarse para florecer a las primeras caricias de la primavera.

Le conté todas mis desgracias y la compasión que sentía antes por ella, ahora la siente ella por mí…

***

Una noche, Luisa se olvidó de tirar el colchón al suelo y cuando llegué me encontré sin cama. La desperté y le hice unas reconvenciones cariñosas. Ella, con la mayor naturalidad, me dijo:

-¿Por qué no te acostás conmigo?

Y luego, haciéndose a un costado, insistió:

-Acostate aquí a mi lado… Cabemos los dos… No tengas vergüenza…

Me dio vergüenza, en realidad, de tener vergüenza ante una proposición tan inocente y me acosté sin decir palabra. Al descubrir las sábanas, se me presentó en toda su desnudez, aquel cuerpo raquítico y contrahecho: sentí un escalofrío que me hizo apagar la luz de un solo golpe.

Luisa se revolvía en el lecho presa de una nerviosidad agresiva. Me pareció que gemía o sollozaba, pero estaba tan fatigado que me quedé dormido enseguida.

Pronto desperté sobresaltado por las sacudidas que me daba sin querer o queriendo mi compañera.

-¿Qué te pasa? ¿No podés dormir?

-No… no puedo… no puedo…

-¿Querés que tire el colchón sobre el piso?

Luisa, con voz temblorosa y suplicante, me susurró al oído:

-No hermano, no lo tirés…

-¿Por qué?

Me tapó la boca con la mano.

-No… no… no quiero…

Al otro día redobló su ternura y endulzó más su sonrisa. Su voz se hizo más fina, más simpática. Me trajo el desayuno a la cama, cosa que nunca había hecho. A cada cosa nueva que hacía imploraba casi mi aprobación.

-¿Te gusta que haga esto?

Si le respondía que sí se apresuraba a contestar:

-Mañana lo haré otra vez… Todos los días lo repetiré: te llevaré el café a la cama, ¿oís?…

Al levantarme me miraba lánguidamente con la resignación de una virgen incomprendida. Me puse a leer y ella hizo un rodeo alrededor de mi mesa, después me abrazó por la espalda y me dijo con el rostro casi pegado al mío:

-¿Me querés?

Yo no me di vuelta y seguí leyendo. Esa misma pregunta bien podía hacer un niño. Se me antojaba que Luisa era una infeliz huérfana de padres y de cariños a quien había que permitirle la libertad de sus expansiones infantiles.

Sin embargo, insistió tanto que tuve que darme vuelta. Vi, entonces, dos ojos encendidos, claros y piadosos, unos labios humedecidos y suplicantes y una piel satinada que se descomponía en un prisma de colores vivos. Toda la sangre de su cuerpo enclenque afluía precipitadamente al rostro y le prestaba tonalidades radiosas.

Luisa me volvió a estrechar varias veces entre sus brazos diminutos y se puso a sollozar convulsivamente.

Yo comprendí su situación y sus deseos y me callé la boca. Por mi cabeza desfilaban en procesión, pensamientos sombríos y monstruosos: niños desnutridos, estúpidos, idiotas, seres torturados, prematuramente envejecidos con caras largas, muy largas, con piernas torcidas y esmirriadas…

-¿Por qué no me decís algo? –me dijo.

-¿Qué querés que te diga, hermana?

-Ah, sí, yo sé que soy fea, jorobada, horrible, pero soy buena y me podías decir algo, algo…

-No es por eso… no es por eso… Es que después…

-¿Después qué?

-Serías más desgraciada, mucho más desgraciada, hermana…

Cuando dormía tenía por costumbre darle la espalda. Aquella noche Luisa estuvo insoportable. Se zarandeaba de izquierda a derecha, gemía, balbuceaba palabras incoherentes y en su delirio llegó a constreñirme tanto que me despertó tres veces consecutivas:

-¿Qué te pasa? –le dije.

No sabiendo, sin duda, qué contestar me dio un beso en la frente y dejó caer su cabeza afiebrada sobre mi cuello. Yo le acaricié los cabellos y en esta posición extraña nos dormimos.

Al otro día Luisa estuvo silenciosa, impenetrable… Iba de aquí para allí sin ningún motivo, suspiraba y cuando me fui ni siquiera me miró. A mi saludo ordinario contestó con una mueca inexplicable…

De regreso, ya no la encontré más. Se había ido.

***

Salí a la calle, abatido y desfigurado. La inquietud me fruncía el ceño. No podía admitir que me abandonase por un sentimiento que en un cuerpo bien constituido hubiera sido la exaltación de nuestras relaciones. Me dirigí a los lugares que solía frecuentar Luisa y bajo el segundo puente del Once la encontré acurrucada como la primera noche. La desperté inmediatamente. Ella, se puso de pie y se enderezó como nunca: estaba terrible, sus ojos fulguraban en la penumbra como los de un gato acorralado en la oscuridad de un sótano.

-¡Imbécil! –me increpó.- ¿Qué querés?

-¿Por qué te fuiste?

-¡Porque sos un imbécil!

Y sacudiendo sus zapatillas diminutas sobre las piedras, seguía repitiendo:

-¡Imbécil!… ¡Imbécil!

Yo me limité a soportar en silencio aquel chaparrón de insultos; después la tomé de un brazo y le dije:

-Vamos…

-Soltame, malo… No voy, no… ¡Yo te detesto!… ¿No ves que te detesto, no ves? Le pasé un brazo por la cintura, le cogí la cara con una mano y le dije:

-¿Por qué, Luisa?

Creo que era la primera vez que pronunciaba su nombre. Luisa se sintió invadida por una piedad tan grande que desmintió cuanto había dicho y me pidió perdón con lágrimas en los ojos. Yo le expliqué que entre nosotros dos no podía existir otro género de relaciones que las que hasta la fecha habíamos mantenido, pero ella no escuchó mis palabras, puso sus dedos finos y delgados sobre mi cuello, escrutó mis ojos serenos y me barbotó:

-Yo te quiero… Yo te quiero…

Y mientras se retorcía alrededor de mi cuerpo, balbucía:

-Malo… malo… ¿Por qué sos tan malo conmigo que te quiero tanto? Empezamos a caminar completamente reconciliados. Luisa se afianzó a mi brazo como una novia bien formada y coqueta. Su paso nervioso y ágil adquiría, por instantes, una elegancia para mí desconocida; entrecerraba los ojos y miraba al cielo donde el cadáver de la luna paseaba su esqueleto celeste.

Por el camino, la pobre me decía para justificarse:

-¿Sabés por qué me escapé? Bueno… Te voy a decir: creía que vos no me querías…

¿Verdad que fui una estúpida?

Yo no decía nada. Cristo sabía que to no podía decir nada. La otra proseguía:

-Esta noche vamos a dormir juntos, pero no como todas las noches. No… no… yo no puedo dormir así… si vieras hermanito, hermanito, cuánto sufro… Sufro mucho, mucho…

El timbre suplicante de su voz me enternecía y su carita de torturada prematura me llenaba el corazón de sombras. Llegamos y como de costumbre nos acostamos juntos. Luisa se puso a temblar presa de convulsiones espasmódicas y me envolvió en una red de besos y abrazos. Parecía una santa enclaustrada a quien el demonio rompiese las cadenas que oprimían su oscura virginidad.

Cristo me abandonó… Nos abandonó…

La besé en la boca con verdadera pasión y en un momento de piedad infinita, la poseí… En mis brazos vigorosos aquel cuerpo deforme y magro se debatía angustiosamente. Luisa exhalaba unos quejidos agudos, hirientes, lastimeros y lloraba de dolor y de alegría.

Cuando recobró la calma, con voz desmayada, me susurraba al oído:

-Gracias… gracias…

***

Desde la posesión de Luisa estoy absorto ante mi conciencia. Mi trabajo no me permite ver con claridad lo que acabo de hacer. Con motivo de un número extraordinario que saldrá en breve, me aumentaron las horas de labor, lo cual adormece en gran parte mi sentido moral. Para escapar a la acusación que podría hacerme mi conciencia acepté dormir en el taller durante cuatro días, después de los cuales volveré de nuevo a la barraca. El taller tiene la virtud de llenarme el cerebro de tinieblas. La agitación febril de los obreros que van y vienen, el ruido enfermizo de las máquinas que no se detienen jamás, el humo venenoso que despiden los crisoles cuando creman cuerpos extraños, y el plomo, que, finalmente, se localiza en el cerebro, me reducen a un estado de inconciencia absoluta.

Duermo en el cuarto de los trapos sucios, al fondo, juntamente con siete de mis compañeros. La rotativa, la primera noche no me dejó pegar los ojos: suponía que las poleas en vez de girar sobre los montantes giraban sobre mi cabeza. Ahora, solamente oigo el silbido de las linotipos que me escarban continuamente los oídos, una especie de barrena imaginaria que me horada paulatinamente el cráneo. Me levanto atolondrado, con la lengua seca y la boca amarga, siento la amargura del antimonio que se pasea por los intersticios de mis dientes, que sube por la nariz, y desciende, desciende hasta encontrar el corazón. Allí muerde las membranas con su dentadura corrosiva, mastica mi desgracia y ríe…

Mis compañeros, antes como después de acostarse, fuman y escupen escandalosamente: entretanto, largan la procesión que llevan por dentro y se complacen mirando pasar sus fantasmas mezclados en las espirales del humo. Quisiera hablar con ellos, confesarme, contarles lo que hice con Luisa, pero ninguno me escucharía y si se pusieran a escuchar se dormirían enseguida.

El cansancio es absorbente.

Las tinieblas del taller, densas y pegajosas, nos han oscurecido completamente la conciencia. Parecemos topos arrastrándonos por la oscuridad de las galerías del infierno.

Si alguna idea se concreta en mí, es la situación de Luisa. Espero dormirme para pensar: me es imposible pensar despierto. En sueños, Luisa me visita, viene y me sacude con violencia. Yo le respondo como si estuviera en el fondo de un abismo:

-Déjame dormir un poco más, hermana… Me vuelve a sacudir.

-Un poquito, nada más que un poquito… Tengo mucho sueño…

Ella no se da tregua hasta que me despierta en medio de la oscuridad la interrogo.

-¿Qué querés, Luisa?

-Hermanito: no puedo vivir solita en la barraca: tengo miedo, mucho miedo… ¿Por qué me abandonás así?

¿Qué te hice –decime- qué te hice?

-Hemos pecado…

-¿Hemos pecado?

-Sí… nos hemos condenado para siempre.

En las negruras del sueño mis ideas religiosas aparecen en toda su terrible austeridad.

-Vos tenés la culpa… Yo no quise: Cristo fue testigo de que yo no quise.

-Malo… malo… ¿Por qué tengo yo la culpa? ¿Tengo yo la culpa de ser jorobada?

-No… no…

-¿Por qué me hablás así entonces? ¿Por qué me decís eso a mí que te quiero tanto? ¿Qué culpa tengo yo de tener un corazoncito, este corazoncito mío que sabe llorar, siempre llorar?

-Vos tenés la culpa… la culpa…

Me aferro a esta palabra y la pronuncio y la repito sin saber propiamente, ni dormido ni despierto, su verdadero significado. Me resulta tan oscura como todos mis actos.

No puedo dar un paso, soñando, sin que la jorobadita me persiga como un fantasma. A veces, me doy vuelta con brusquedad y le pregunto:

-¿Por qué me seguís?

-Porque te quiero… te quiero… sí… te quiero…

Desde que hice lo que con ella, no puedo dormir tranquilo. Me revuelvo como una araña negra en su lecho de detritus, despertando a mis compañeros que dormitan conmigo tirados en el suelo. Una mañana, al despertar escuché que uno de los siete le decía al otro refiriéndose a mí:

-Este parece que hubiese cometido un crimen.

Nos acostamos, más o menos, a las tres de la mañana y a las siete estamos de pie. Todavía es de noche.

Afuera, el sol trata sin duda de hacerse paso entre las nubes cargadas y frías del invierno. El último día, al abrir los ojos, contemplé un cuadro extraño, que me dio la medida de mi situación mental y material.

Mirando hacia la calle se distingue una cuadrilla de linotipistas alineados, con la cabeza sumergida en el teclado y la mirada clavada en el original, pronto se quemaron los fusibles y el taller quedó completamente a oscuras. Entonces, un coro de voces lúgubres y fatigadas empezó a pedir luz.

-¡Luz!… ¡Luz!… ¡Luz!…

Cuando llegó la luz, en el marco de la puerta apareció Luisa. Estaba afligida, emocionada y marchita. Me abrazó. Yo me desprendí con rapidez de sus brazos por temor a que me viesen mis compañeros. Le dije que era el último día que me quedaba a dormir allí y le aseguré que por la noche iría como siempre a la barraca.

Ella quiso reír, pero hizo una mueca dolorosa. Me estrechó la mano nerviosamente y me rogó:

-No me vayas a engañar…

-No… no… ándate pronto…

-Yo no puedo vivir solita… ¿sabés? Te voy a decir un secreto…

-Después me lo dirás…

Se fue vacilando, dándose vuelta a cada paso, deteniéndose aquí y allí con deseos de volver.

Al salir me peguntó el regente:

-¿Quién es esa jorobada?

-Mi hermanita –le contesté.

En su boca se dibujó una sonrisa llena de perversidad. Yo no quise pensar en nada y me senté en la máquina a trabajar.

***

Han pasado muchos días. El secreto que me confesó Luisa era nada más que una presunción que ahora está plenamente confirmada.

Estoy arrepentido de haber hecho lo que hice, muy arrepentido. Luisa está embarazada.

Ah, Cristo, Cristo!… ¿por qué me abandonaste? ¿por qué? ¿por qué?

Sí, sí, está embarazada… Me lo comunicó con una alegría histérica que me hizo verter lágrimas amargas.

Según sus cálculos piadosos el hijo que viene será rubio como yo, fuerte y sobrio como yo, todo como yo; ella es tan buena, que no quiere prestarle ningún atributo suyo y se conforma con criarlo y darle el pecho que no tiene. Sus conversaciones giran invariablemente alrededor de su hijo. Una noche me despertó para decirme que el chico le había dado un puntapié en el vientre y festejó la broma al punto de ponerse seriamente a reprocharlo.

Es tan grande la satisfacción y el orgullo que experimenta Luisa por ser madre, que no advierte el estado ruinoso a que la condujo el embarazo. Vomita sin tregua, sufre terribles dolores de cabeza y está descolorida y mustia, horriblemente mustia… Cuando camina se dobla como si llevara un castigo de piedra en el abdomen y su piel trigueña y satinada se descompuso en una serie de motas y placas amarillentas. Tiene las piernas ulceradas y todos los músculos flojos, caídos, relajados…

Su aspecto, en líneas generales, es el de una máscara raquítica y siniestra después de los tres días de los carnavales.

En vez de quejarse, de llorar a gritos y tirarse en el suelo, para no levantarse más, Luisa sonríe, está contenta, iluminada por un optimismo instintivo y enfermizo y se arrastra con alegría para barrer la pieza y se pone de rodillas con entusiasmo para lavar los platos. De noche me espera levantada, prepara el té, y, en seguida comienza a hablar de la criatura profundamente agradecida porque la hice madre.

De día no suelta la aguja de la mano, trabajando con ahínco en la confecciónb de baberos y pañales. Arregló un baúl pintorescamente para que sirva de cuna al recién nacido.

Un día la sorprendí caminando en cuclillas… Me confesó que no podía tenerse en pie, que el chico pesaba demasiado, y que en los sucesivo no caminaría de otra manera que esa.

¡Ah! Me da mucha pena verla así, mucha pena… Al servir la mesa, se arrastra a mis pies lentamente, penosamente y en cada paso que da hace una pausa y suelta una queja contenida, fina y penetrante, que recorre la frialdad de la barraca sombría. Cuando la miro en esa posición me pongo lívido y taciturno, los cabellos se me caen sobre la frente, se me aflojan los brazos y las piernas y me caigo en una postración profunda, durante la cual oigo la voz de Cristo que me dice sin cesar:

-¿Qué has hecho, hijo mío?

***

Una noche, al volver a casa, encontré a Luisa que agonizaba en un charco de sangre. Se conoce que hacía muchas horas que había emepzado el alumbramiento, al cual, sin duda, acompañó una intensa hemorragia.

Tenía los ojos vidriosos, vacíos, entrecerrados y la boca plegada en una sonrisa amable y piadosa. Su cabeza marmórea tenía ya la rigidez de la muerte; sin embargo, la pobre no murió sin darme la noticia.

Cuando me arrimé a su cama, hizo un esfuerzo supremo y con voz desfalleciente musitó:

-Ya lo tuve hermanito… Cuidalo… cuídalo…

Levanté las sábanas y descubrí un fenómenos macabro. La cabeza semejaba por sus planos un perro extraño y era tan chata que se sumergía hasta hacerse imperceptible en el cráter de una joroba quebrada en tres puntos. Su cuerpo estaba revestido de pelos largos; no tenía brazos y las piernas eran dos muñones horrorosos. Volví a cubrirlo, me senté aniquilado en una silla y así me sorprendió el día. El nene bajo las sábanas se revolvía como un gusano y lanzaba unos vagidos que me helaban el corazón.

Nunca me corrió un sudor tan frío por la frente y nunca me dolieron tanto los pensamientos. Luisa murió sin pronunciar una queja y el nene se ahogó en un lago de sangre.

Desde entonces no puedo conciliar el sueño; voy de aquí para allí como un loco, al llegar junto al puente me detengo y pienso; entro en el taller y salgo, siempre, siempre, atormentado y perseguido por una voz que me dice:

-¿Qué has hecho, hijo mío?

1923

 



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