Todos los odios, el odio

Adelanto del libro: Las vueltas del odio. Gestos, escrituras y políticas

Detalle de Los diarios del Odio. Obra de Roberto Jacoby y Kid K.

Se acaba de presentar Las vueltas del odio (Ed. Eterna Cadencia), un libro claro, teórico, tan fundamental como amoroso que busca comprender la acción y el impacto de los odios del presente. Qué diferencia al odio de la bronca o la indignación, cuáles son sus lenguajes actuales y sus consecuencias. Gabriel Giorgi y Ana Kiffer parten de expresiones artísticas y de resistencia de Argentina y Brasil para encontrar las claves de una afección política y sus potencialidades para salir del laberinto.

Por Gabriel Giorgi y Ana Kiffer

QUE ES EL ODIO POLITICO Y COMO OPERA EN LA SOCIEDAD

El odio político es, fundamentalmente, circulación. Se mueve y se adhiere, como dice Sara Ahmed, entre superficies. Busca demarcar un colectivo a partir de un odio común. No siempre lo puede hacer, pero su impulso es el de operar como contagio. Tendemos a pensar el odio como un afecto individual, privado, a veces incluso secreto: nada más alejado de sus efectuaciones contemporáneas. El odio es aquí compartible, se quiere capaz de producir lazos en su repudio de unx “otrx”, y de lo que ese cuerpo representa o encarna

El odio quiere hacer mundo colectivo, que puede durar un instante, pero eso no importa: quiere trazar las coordenadas de un común a partir de la segregación de un “otro” siempre demasiado próximo. Su lema fundamental podría ser: que ese o esa (o eso, porque el odio deshumaniza) desaparezca de mi vista, para fundar sobre esa desaparición un territorio común. 

Ahora bien: esta naturaleza contagiosa del odio ilumina dimensiones decisivas de las escrituras que convoca. La pregunta por la escritura que surge en estos materiales, estas escrituras que se imantan en torno al odio, es clave no solamente porque sea un “medio” de expresión de ese “ugly affect”, con toda la larga historia de odio escrito y ahora relanzada en clave electrónica. Al contrario, creo que el odio echa luz sobre la reconfiguración de la naturaleza política de la escritura. Hay algo central de la escritura (no de la escritura electrónica, o de las redes sociales: de la escritura en general) que, quiero sugerir, se activa en estos enunciados del odio. Dos puntos principales en torno a esto. En primer lugar, esta circulación y contagio del odio pasa por una intensidad afectiva muy alta (Butler habla de “excitable speech”, esta capacidad de irritación, de estímulo directo del enunciado de odio.) 

EL ODIO ELECTRONICO. EL EMOJI COMO ARMA

Esta intensidad, en el caso de la escritura electrónica, se potencia dada la naturaleza eléctrica de la escritura: el odio que es corriente afectiva, un afecto háptico que recorre la red, que pasa por conexiones e imágenes transmitidas electrónicamente y que va directo al cuerpo. Las figuras del odio aquí están hechas de retransmisiones “viralizadas”, que pasan por los clicks, por “posteos”, por los foros y sus “cadenas”, todo ese universo táctil o háptico que es el de la escritura electrónica. 

Odio “en cadena” de transmisión: produce subjetivaciones e imaginarios de comunidad porque es un afecto transmitido, “viralizado”, que opera por vías eléctricas: toca, circula, postea, reproduce. Y que es fundamentalmente manual y táctil: clickear, pegar, postear, en un lenguaje en el que las palabras se dejan clivar hacia lo que aquí resulta absolutamente fundamental: el gesto, es decir, el límite con el cuerpo. La escritura electrónica es una escritura de gestos, que pasa por las manos (✌ 👌 💪 🙏 🤞) y por los rostros (😛 😪 🤐 😱 🤦 👬 🙅): un teatro minúsculo y proliferante de los cuerpos en la escritura. Este umbral del gesto, analizado por Ana Kiffer como umbral de emergencia de nuevas subjetividades, aquí se enlaza al terreno de la escritura e ilumina una nueva contigüidad entre cuerpos, afectos y sentidos. El gesto a la vez como inscripción y como escritura performática, desde donde se desplazan los modelos unificadores de discursos colectivos que matrizan la discursividad política clásica. A esto se suma, evidentemente, el anonimato: son lenguajes y afectos colectivizados sin rostro (sin poner la cara, como cuando hablamos) y sin poner la firma, o alguna forma de responsabilidad autoral. El medio eléctrico potencia el anonimato a escalas insospechables una década atrás, y desde ahí se realiza en esa figura del no-rostro y de la no-firma, ese noautor que es el comentarista online y, luego, el troll y que, paradójicamente, pasa por y toca los cuerpos. Ese enmascaramiento que es propio de estas escenas de escritura electrónica, va directo al cuerpo: no pasa por el “yo”, por el sujeto como figura pública, sino por esa figura anónima, esa figura del cualquiera, que permite el enunciado de odio.

EL CIRCUITO DEL ODIO

Ese es el circuito del odio. Un circuito impersonal y colectivo: del anonimato al cuerpo. Ese es el circuito del odio. Esa contigüidad entre lenguaje y gesto, o entre escritura y gesto, se escenifica en Odiolândia en una andanada contra Marielle Franco, justificando su ejecución por ser defensora  del aborto legal y ser parte de una banda de “bandidos”. Allí se arma una continuidad entre palabras, rostros y revólveres: El emoji ha sido pensado como un producto nítido de “affective capitalism”, donde un modelado de las emociones busca normalizar los flujos estandarizando la inscripción del afecto en el enunciado. Lo interesante aquí es que ese affective labor se conjuga hacia la guerra, en esa secuencia –de sintaxis bastante clara, donde incluso hay lugar para el/la enunciadora (y quizá enunciatario/a)– en la que el emoji teatraliza la fantasía de exterminio o de limpieza social: “bandido bom é bandido morto”. El emoji aquí da permiso para la risa, para cierto pacto que levanta cualquier barrera ética ante la muerte: una muerte deseada e insignificante. Esa modulación viene como gesto que modula los enunciados y se ubica, creo, en ese umbral liminal, ambivalente, fluido entre palabra y cuerpo que es donde pensamos los afectos y que en la escritura electrónica adquiere una visibilidad gráfica y una centralidad nueva. El emoji indica, ostensivamente (como una especie de deíctico), ese espacio “entre”. Si toda escritura es canal de afecto, la escritura electrónica en su encuentro con el odio hace de ese tráfico una función principal: la escritura como canal de estímulo corporal, de fricción con el límite del cuerpo. La clave de sentido, dicho de otro modo, pasa por esta nueva centralidad del espacio y la conexión entre escritura y cuerpo (es una escritura inseparable de su fuerza de irritación corporal). Esto encuentra su punto de dramatización histórica. Dado que esta centralidad del afecto y de la conexión escritura/cuerpo adquiere nueva pregnancia cuando pensamos en la significancia que adquirió en la campaña de Bolsonaro el gesto del revólver o la metralla como símbolo de la afiliación a este candidato: la performance del gesto activa un modo de funcionamiento del lenguaje en el que la palabra necesita de modos esenciales al gesto, como si ese anudamiento entre palabra y gesto fuese el canal para una política que hace del afecto su principal contenido. Bolsonaro ganó una campaña electoral hablando lo menos posible y reiterando, de manera tautológica, este gesto. Esa contigüidad entre palabras, imágenes y gestos es, creo, nueva, y le imprime no solo una tonalidad sino un “campo de resonancia” a la escritura que necesitamos repensar, porque ahí se juega la intensidad afectiva que parece ser distintiva, quizá, de estos circuitos electrónicos de lo escrito y por su capacidad para remodelar lo público. En segundo lugar, las instalaciones trabajan con la dimensión performática de la escritura electrónica, especialmente su desestabilización de la distinción entre lo oral y lo escrito. Qué se dice oralmente, qué de lo oral (y cómo) pasa a la escritura, cuáles son los registros de lo oral y de lo escrito, y las jerarquías y universos culturales que se juegan en esa distinción: la escritura electrónica es un dispositivo desclasificador formidable de esas distinciones y de los ordenamientos que se juegan allí. Lo que antes pertenecía al reino de lo hablado, lo susurrado, el murmullo colectivo, lo que se dice y se repite en la oralidad y circula “de boca en boca” se reformula, con el surgimiento de los foros online, como registro de escritura, que se archiva, deja huella “objetiva” y circula bajo la figura de lo viral y la cadena de mensajes. Lo oral se vuelve huella reproductible: el estilo indirecto libre, que es propio de todo agenciamiento colectivo de enunciación (Deleuze y Guattari), se vuelve huella “objetiva”, rastreable: el murmullo anónimo verifica la memoria de su circulación, de repetición y eventual viralización. La reproductibilidad se vuelve archivo y acumulación. Es una escritura “rastrable” en sus itinerarios y circuitos, aunque no remita a un sujeto responsable. (…)

EL ODIO EN EL RUMOR: SEGUIR LA HUELLA
El rumor se vuelve escritura viral: ahí se constituye una nueva forma de lo colectivo. Ese pasaje de lo oral a lo escrito es fundamental por un motivo muy específico: allí se conjuga un permiso para decir lo interdicto, para escribir lo que antes se decía “a medias”. Ahí se conjuga una masa, un archivo y un “agenciamiento colectivo de enunciación” a partir de una tecnología de lo escrito que permite consolidarlo. Esto es clave: un permiso cultural a partir de una configuración política y tecnológica de la escritura; a esto me refería cuando hablaba de “modos de existencia política de la escritura”. Y a la vez, esa desestabilización de la frontera entre oral y escrito abre nuevas modulaciones de los tonos y los énfasis (singularmente relevante para estos enunciados exasperados, donde el insulto es un elemento central). Lo performático: el gesto y la voz; eso es lo que encuentra una nueva expresividad en la escritura electrónica. Allí se juega lo que podemos llamar “campos de resonancia” de lo escrito: modos de interfaz entre la escritura y el rumor social, el murmullo de las voces que encuentra aquí una línea de pasaje nueva a la escritura. En las escrituras del odio resuena un llamado recurrente, incluso sistemático, que es quizá su principal contenido. Ese llamado tiene que ver con lo público, con sus espacios y sus demarcaciones. Las escrituras del odio que se exhiben en las instalaciones que discutimos tienen un gesto compartido, casi obsesivo: el de llamar a ordenar una calle que se llenó de negros, travestis, nordestinos, putas, etc. Es la calle como problema (y en el caso de Odiolândia, es la ciudad como el escenario para el llamado al orden). “É muita gente invadendo a ciudade e destruindo tudo por onde passam. Invasão de moradias, de mananciais! Nós paulistanos estamos perdendo o controle de nossa cidade (…) Anoche te dejaron la ciudad / y que hiciste…/ La rompiste, / y maltrataste a su gente/ robaste y no era comida.» 

Una exhortación recurrente a limitar y a restringir la vida pública recorre estos enunciados. El objetivo no es solo el cuerpo marcado del otro, es el cuerpo del otro en la calle y en un plano de igualdad con quien enuncia: lo que se odia es la proximidad y la igualdad entre cuerpos que se figura allí. Porque aquí emerge lo que es quizá el trabajo fundamental del odio: el de regular y disciplinar el espacio público, el terreno en el que se define lo público en democracia. Lo público como el terreno en el que se debate y se actúan los planos de igualdad en el universo democrático; lo público no solamente como lugar de la concurrencia colectiva, donde los cuerpos acuden para trazar las fronteras del mundo en común, sino como el terreno mismo de performance y disputa de igualdad democrática. La calle epitomiza ese espacio público: es su metáfora pero también su terreno real de despliegue. El odio quiere que esa calle se vuelva transparente a los cuerpos que “le corresponden”, que esa inestabilidad que viene con la proximidad de cuerpos racializados y sexualizados se convierta en la tautología donde cada cuerpo ocupa “su lugar”. Y “su lugar” es, podemos pensar, el mundo privado: el trabajo, la casa, la no participación en el mundo compartido. Que las mujeres vuelvan a las casas, que los “negros” e “indios” vayan a trabajar, que los “viciados” vuelvan a su Nordeste natal, etc. Que estos cuerpos no hagan lo público, que no sean públicos. El odio aquí es privatizador: es político porque es una forma de intervenir sobre lo público y devolver ciertos cuerpos al dominio de lo privado (esto es: a la reproducción social –las mujeres– y/o la reproducción del capital –lxs indios, lxs negrxs, lxs trabajadorxs, etc.)

En su Odio a la democracia, Rancière argumenta que el odio a la democracia sirve para conjurar “la indistinción primera del gobernante y del gobernado, que se da a ver cuando la evidencia del poder natural de los mejores o de los mejor nacidos se encuentra despojada de sus prestigios; la ausencia de título particular para el gobierno político de los hombres reunidos, sino precisamente la ausencia de título. 

Las escrituras del odio quieren retrazar así las fronteras de lo público, reordenarlas, reforzando su distinción fundante con lo privado. Y quieren suprimir el desorden, la disputa que toda lucha por la igualdad introduce entre las palabras y los cuerpos: que cada cuerpo esté donde le corresponde y en el nombre y la identidad que le pertenece. El odio tiene, quizá curiosamente, vocación de transparencia: contra la inestabilidad democrática inyectada, siquiera moderadamente, por las experiencias políticas de las primeras décadas del siglo xxi, estas escrituras sueñan con una nueva ecuación, rígida e inequívoca entre las palabras y los cuerpos.

28/08/20 P/12