Tomiko

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Virginia Higa*

Imagen: Bernardino Avila

Antes de la guerra nuestra isla era tranquila. Sólo interrumpía la rutina algún contingente de comerciantes que traían cerámica de China y se llevaban hilo de seda. El último grupo había venido muchos años atrás, cuando yo era una niña que no llegaba a asomarse a la ventana. En esa época llegó al pueblo un artesano chino, invitado para enseñarles a los hombres las diferentes formas de trabajar la arcilla. Le habían pagado para que se quedara un año entero, pero al segundo día de su llegada cruzó miradas con la mujer del herrero y le exigió a los jefes una nueva forma de pago; sólo se quedaría a condición de poder casarse con esa mujer. Los hombres del pueblo se reunieron y decidieron que necesitaban demasiado de este hombre como para negarle algo. Se disculparon con el herrero y le entregaron la mujer al chino. Al marido le dieron por compensación algunos animales y una vasija de cerámica, y otra mujer para que cuidara de sus hijos. La nueva pareja empezó a vivir como si estuvieran casados y fue como si el herrero, o la vida anterior que él y su mujer habían tenido juntos, nunca hubiera existido. Yo recuerdo a esa mujer porque era muy hermosa y porque lloraba cuando se despidió de su familia al término del año para embarcarse rumbo a China.

Ese había sido el incidente más importante del pueblo en mucho tiempo, hasta que llegó el soldado.

La abuela lo encontró una tarde, agazapado en el jardín, temblando y sucio como un salvaje. Entre todas lo rodeamos como hacíamos cuando matábamos una gallina, y nos acercamos despacio con palas en la mano. El soldado tenía la mirada perdida y estaba asustado, como si nosotras, en lugar de unas granjeras, fuéramos un batallón enemigo. En uno de sus intentos por salirse del cerco que formábamos, se tropezó con una piedra y, débil como estaba, al golpear el piso se desvaneció.

En la casa no había ningún hombre. Hacía varios meses que no sabíamos nada de ellos, porque se habían ido a la guerra. Desde la muerte de mi padre, unos años atrás, la abuela había quedado a cargo de todo, y nuestra casa era como la réplica doméstica de un cuartel. Mi hermana y yo nos despertábamos siempre antes de la salida del sol y la abuela nos asignaba los quehaceres del día. Entre las tres trabajábamos la tierra y cuidábamos de los pocos animales que quedaban. Después cocinábamos, limpiábamos los pisos y las ventanas, y antes de irnos a dormir cosíamos los agujeros de nuestra ropa de trabajo.

El día que lo encontramos estaba sucio y lastimado, y con mantas y un poco de heno armamos una cama improvisada en medio de la casa.

Yo noté que tenía tierra pegada a las piernas, a los brazos, como de haber estado muchos días al aire libre, y me acerqué con un paño mojado para limpiarlo mientras dormía, porque pensé que la abuela me iba a pedir que me encargara, como con todas las otras tareas de la casa. Cuando estaba por apoyar la tela húmeda sobre la pierna del soldado, vi que desde el otro extremo de la casa la abuela me miraba con la misma expresión que le había visto la vez que supimos que había estallado la guerra, con ojos muy abiertos, de demonio. En un segundo estuvo delante de mí, y con un movimiento brusco de su brazo arrugado me quitó el trapo de la mano.

«Basta» dijo, «Ustedes dos no saben nada de hombres».

Yo di un paso atrás y tuve que bajar la vista porque los ojos de la abuela eran demasiado insoportables como para sostener la mirada, y ella agarró el paño, lo dobló una vez y empezó a lavar las piernas del soldado, en largas pasadas firmes que empezaban un poco más arriba de la rodilla y bajaban hasta los dedos. Sabía exactamente cómo tenía que lavarlo. Yo había bajado la vista, pero no podía apartar los ojos del soldado dormido, y al ver que no me movía, la abuela dijo «A la cocina», con un tono muy duro. Entonces me retiré a preparar la cena con las pocas verduras que habíamos logrado cosechar, y no volví a mirarlo mientras duró el momento de la limpieza.

Más tarde esa misma noche, como la abuela dormía en el rincón más alejado de la casa, no escuchó cuando el soldado se despertó agitado, temblando, y esta vez me levanté en silencio a mojarle la frente. Aunque estaba débil y desvariaba, los brazos y las piernas eran fuertes. La piel estaba pegada a los músculos, se notaba incluso debajo de las capas de ropa.

Yo recordaba cómo era ayudar a mi padre a pararse, o darle de comer antes de que muriera. Aunque no era un hombre gordo ni tan viejo, sus brazos al tacto eran distintos, más blandos. Y aunque las manos del soldado eran suaves y parecían nunca haber trabajado la tierra, tampoco eran como las manos de una mujer. Esa noche, mientras le humedecía la cara con un pañuelo, el soldado abrió los ojos, me miró y me llamó por un nombre extraño:

«Tomiko» me dijo. «No dejes que te encuentren».

Entones me apretó la mano y en realidad fue como si me hubiera estrangulado, porque por unos segundos no logré respirar. Él siguió sollozando un rato hasta que volvió a dormirse y yo pude deslizar la mano fuera de la suya y comprobar que todos seguían durmiendo y no se habían despertado con el ruido del tambor que sonaba adentro de mi cabeza.

Nueve días durmió el soldado en la cama improvisada en el piso, febril y desvariando sobre gente y escenas que suponíamos había visto en la batalla. Cuando se despertaba de la fiebre, pedía a gritos sólo una cosa para comer: arroz blanco con sal. Como no teníamos, le dábamos algas y batatas, pero él las escupía como un bebé caprichoso. Ahora que había de nuevo un hombre cerca, y aunque fuera un extraño y un soldado japonés, el primer plato siempre se lo dábamos a él, lo mismo que las mantas más delicadas y el único pedazo de carne que habíamos conseguido en meses. La abuela se aseguraba de que todo el tiempo estuviera abrigado y tuviera agua y algo de comer. Nosotras nos turnábamos para quedarnos a su lado, enfriándole la frente con un pañuelo y dando vuelta la almohada cuando el sudor la mojaba por completo. Era delgado, casi un niño, y esa noche en que lo vi de cerca, noté que tenía las uñas comidas, y creo que por eso no le tuve miedo. Sabíamos por su uniforme que venía de Japón, de las islas del norte. Como a otros soldados, lo habían entrenado para morir antes que ser tomado prisionero. Alojarlo era peligroso: si era un desertor del ejército japonés nos podían castigar por traidoras, y si de verdad desembarcaban los norteamericanos y lo encontraban escondido en nuestra casa, no podríamos pedir clemencia como cualquier otra familia de la isla.

Cuando la armada imperial japonesa empezó a desfilar por las calles, todos nos asomamos a verlos. Caminaban muy rectos con sus uniformes de estilo occidental, y no hablaban con nadie. Yo, que antes no deseaba nada que no existiera en nuestra tierra, de golpe sentí pena por mis hermanos, tan rústicos y simples al lado de los soldados japoneses. Miré sus zapatos y la forma de los sombreros que llevaban en la cabeza, y pensé en cómo serían las mujeres que habían dejado atrás. Ellos eran diferentes de nuestros hombres, y sus mujeres debían ser muy diferentes de nosotras.

Los batallones japoneses recorrieron los pueblos contando lo que en otros lugares había pasado con la gente que se rendía. Pasaban frente a las casas gritando que los norteamericanos asesinaban y violaban a las mujeres y ataban a los hombres de pies y manos para luego tirarlos en el camino y dejarlos morir aplastados bajo los tanques de guerra. Hacían demostraciones con ramas de árboles: uno la agarraba de los extremos y otro la quebraba con la bota pesada, descargando sobre ella todo el peso del cuerpo y haciendo mucho ruido, para enseñarnos cómo se rompían los huesos debajo de los carros enemigos. Gritaban y se enardecían, sobre todo los oficiales, y repartían granadas entre los niños y las mujeres, y les enseñaban cómo usarlas en caso de ser tomados prisioneros.

Al noveno día el soldado se levantó de la cama; evitaba mirarnos a los ojos y hacía lo posible por no tocar nada. Por la manera en que de pronto estiraba un brazo, o parecía querer arrodillarse, entendí que dudaba entre ayudarnos a desarmar la cama improvisada y observarnos desde lo alto como un jefe que supervisa una tarea indigna. Lo primero que hizo al levantarse fue pedir su uniforme. Lo habíamos lavado y le habíamos cosido las roturas. La abuela se acercó a él con la intención de ayudarlo a ponerse la chaqueta, pero él la rechazó con un gesto firme.

«Gracias por sus servicios» nos dijo con un tono parecido al de los oficiales que habían pasado unos días antes. Recogió su bolso y, antes de salir por la puerta, me miró. Se detuvo en mí un segundo más que en el resto, y yo pensé en ese nombre, Tomiko, y me sentí tonta porque lo único que había podido hacer era compararlo con los brazos blandos de mi padre.

Unos días después llegaron los norteamericanos. Nos tomaron desprevenidas, y todavía ocupadas en borrar las huellas del soldado. Si hubiéramos sabido de su llegada, quizás nos habríamos escondido en las cuevas de la playa. Teníamos tanto miedo de todo lo que habíamos escuchado que nos encerramos en la casa, espiando por las hendijas de las ventanas de madera. Nadie en el pueblo quería ser el primero en hacerles frente, y casi todos los que quedábamos éramos mujeres, ancianos y niños. Los vimos llegar marchando, y muchos de los extranjeros tenían el pelo muy pálido, algo que no habíamos visto antes. Varias familias de nuestro pueblo huyeron a la costa. Muchas fueron juntas a usar las granadas de mano provistas por el ejército japonés. Tiempo después escuché las historias que contaban los que volvían. Las mujeres, al escuchar el ruido de los tanques a lo lejos empezaban a gritar. Y por lo general fueron sus madres, o más probablemente sus abuelas, las que les pasaron una soga por el cuello y las estrangularon. Todo esto pasaba antes de que llegaran los norteamericanos a las cuevas, bajaran de los tanques, los revisaran en busca de armas, y al no encontrar nada, les convidaran cigarrillos y caramelos de menta.

Los soldados norteamericanos eran jóvenes y se reían mucho, y no entendían nada de lo que pasaba a su alrededor. Intentaban torpemente saludar inclinando la cabeza. No se parecían en nada a nosotros, pero tenían la misma edad que los japoneses que habían pasado por el pueblo, la misma edad de nuestro soldado, y la misma necesidad de caminar en grupo, de estar junto a otros como ellos para parecer valientes. Fumaban y se paraban con las piernas abiertas y las manos en la cintura. Eran altos y nos miraban desde arriba, no tanto con arrogancia como con intensa curiosidad. Si las mujeres de los japoneses me resultaban difíciles de imaginar, las mujeres del pueblo de estos soldados requerían un esfuerzo mucho mayor: las imaginé como ellos, grandes, ruidosas, con gestos amplios y sonrientes, y pelos de muchos colores.

* Virginia Higa es escritora y traductora. Descendiente de japoneses e italianos, nació en Bahía Blanca en 1983 y vivió en Mar del Plata, Río Tercero y Buenos Aires, donde estudió Letras. Está radicada en Estocolmo, Suecia, donde se desempeña como traductora literaria y es profesora de español. Ha publicado relatos y reseñas en antologías y medios digitales. En 2018 publicó su primera novela: Los sorrentinos.

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