Trabajo negro – Corrupción blanca

Por Juan Carlos Tealdi*

La primacía de los intereses sobre los valores éticos vacía a las normas de sentido

El campo y la minería son temas que el actual gobierno ha puesto en el debate político y social desde el inicio, para beneficio de los empresarios y perjuicio de los trabajadores. Así lo ha hecho al quitarle las retenciones impositivas a los exportadores; asociarse a un dirigente cuyo sindicato protegía la reducción a servidumbre y el trabajo esclavo de los peones rurales; nombrar como ministro de Agricultura a quien era hasta entonces presidente de la Sociedad Rural y tenía acusaciones de estafa, evasión tributaria y conflicto de intereses; y en estos días despedir a casi quinientos trabajadores de la mina estatal de Río Turbio con una amenaza de cierre de la misma. Todo eso en el contexto de un gobierno desbordante de manipulación y engaños que tiene a un empleador de trabajo en negro como ministro de Trabajo.

En simultáneo con esos movimientos, al presidente Macri y a varios de sus funcionarios y familiares les fueron descubiertas cuentas y empresas en paraísos de la inocencia previa a la tentación; y a otros tantos ministros y secretarios se les señalaron los intereses particulares que defendían sin conflicto alguno desde sus cargos en el Estado. Para salvar sospechas y eludir castigos, el gobierno propuso una caritativa ley de blanqueo de capitales que fue modificada por decreto presidencial para permitir que el beneficio alcanzara a sus familiares. La denuncia de esta transgresión despertó la ira soberana y movió a la persecución de quien se había atrevido a informar de los hechos.

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Hay que señalar el hecho, sin embargo, de que el dinero de la corrupción blanca tiene su origen en la expoliación que impone el sistema económico, político y mediático-judicial del capitalismo en su versión neoliberal, y que acaso por el despliegue incesante de tropelías gubernamentales, esa inmaculada corrupción suele ser vista como un puñado de islas inconexas en el inabarcable archipiélago de males cuya extensión nunca se alcanza a divisar. La tarea crítica, pese a todo, está obligada a abrir líneas de comunicación y sentido entre esas mónadas insulares.

La vida y el vivir humano

En la casona de aire familiar en la que ingresamos a mi madre cuando por su fragilidad se hizo necesario un cuidado permanente, convivían con ella seis mujeres mayores. Cada vez que iba al pueblo me gustaba escuchar sus historias de vida y disfrutaba al compartir ese momento fugaz de sus vivencias. Entre aquellos relatos hay uno entre otros que no olvido: “Yo me crié en una estancia del campo y desde chiquita le ayudaba a mi mamá. La quería tanto… Iba con ella cuando le daba de comer a las gallinas y a los animales, limpiaba la casa, lavaba la ropa y la tendíamos en la soga al sol para secarse… Planchaba y acomodábamos cada camisa y cada par de medias porque yo había aprendido a doblar las camisas y a envolver las medias como un bollo. Y también me gustaba cuando hacía la comida y me iba hablando de la cocina. A veces el patrón nos dejaba sentarnos a la mesa. Me acuerdo que una vez me miró y se dio cuenta que lo estaba mirando, y me dijo: ¿Qué querés? ¿Tenés ganas de comer carne? Y me pasó unos huesitos pelados de lo que ya había comido”. Eran y son los campos más fértiles y ricos del país. Esa también es parte de su historia.


Carlos Alonso, ‘Foto recuerdo’, 1975

Treinta años antes, en la provincia española de León, uno de los mineros de la empresa en la que trabajaba como médico, al contarme su historia personal de salud y enfermedad recordó: “Yo empecé a trabajar en la mina desde que era chaval. Fue después de la guerra y había hambre. Me levantaba temprano, cuando todavía estaba oscuro, y salía caminando la montaña para la mina. No había nada para comer. Mi madre me acariciaba antes de salir y en el morral me ponía una cebolla. Si había suerte sacábamos algunas raíces”.

El nudo de esas dos historias es el mismo: el amor, el trabajo y el hambre. Y el desprecio como contracara. Son tres pinceladas universales con las que esas personas contaron sus vidas. Las tres nunca dejan de ir juntas y es por eso que desde el trabajo siempre llegamos al amor o el desprecio, a la saciedad o el hambre.

En el socavón de los mineros

La primera vez que ví el carbón fue cuando mi padre, maquinista del ferrocarril Mitre allá en el sur, me hizo conocer de niño a ese todopoderoso prodigio maravillante que era la máquina de vapor que conducía. No ha habido otro artefacto que haya logrado nunca causarme tal conmoción. Y en esa suerte de mochila siamesa que era su carbonera, descubrí a esas piedras brillosas y más negras que la noche paleadas hacia la boca de fuego de aquella criatura. Esa fue mi escena originaria de carbón y trabajo. Una escena propia, si se quiere, de la primera Revolución Industrial.

Muchos años después, ahora en España, en las minas leonesas de carbón, cuidando la salud de mil mineros que día a día entraban a las apretadas entrañas de aquellas galerías que cada año endurecían de fibrosis a los pulmones de cincuenta de ellos y con sus accidentes terminaban con la vida de otros dos, tuve entonces una nueva imagen del carbón y el trabajo. Y me dediqué entonces a investigar miles de casos de quienes habían sufrido aquellas enfermedades. Recuerdo el de un minero del wólfram o tungsteno (metal para aleación de material bélico que en la Segunda Guerra alcanzó un muy alto precio) que en sólo diez meses de entrar a la mina sufrió una fibrosis pulmonar masiva que a sus 30 años lo dejó al borde de la muerte. Recuerdo también al que empezó a trabajar a los 17 años y seis años después sufría el mismo destino. Eran historias que se repetían en narrar el daño que algunos hombres les hacen a otros hombres.

Al volver a Argentina con esas experiencias, el estado nacional me encomendó un plan de salud para los trabajadores de la mina de Río Turbio. Allí fui para poder hacerlo, a conocer el pueblo, la mina y sus trabajadores y familias. Un mundo inconmensurable para quienes no hayan compartido las vivencias de la comunidad minera. Un mundo que ahora se ordena derribar como si fuera un castillo de naipes, una maqueta en la que no hay ni nunca ha habido una historia de vida y de vivir humanos, sino tan sólo una planilla de cálculos de malos empresarios y políticos.


Vela Zanetti, ‘Mineros’, 1978.

Quienes aprendimos algo de la minería de carbón sabemos de muchas diferencias productivas: la calidad energética de distintos carbones, su porcentaje de cenizas, los sistemas de explotación en vetas estrechas y de altísima pendiente y profundidad como las españolas, o poco profundas y de frente muy alto de explotación con el uso más cómodo de grandes maquinarias como en Río Turbio, o la explotación a cielo abierto en China con su alto volumen de producción y sus costos de extracción sin competencia internacional. Pero lo que nos mueve a discusión no son esos aspectos que hacen a la política económica del carbón, sino aquellos que hacen a la política social del mismo con ese impiadoso cuadro minimalista de despidos y hambre con que el gobierno ha elegido tratar el tema.

La corrupción como desprecio del vivir de los otros

Una política social se construye sobre el reconocimiento de la dignidad en la vida y el vivir de toda persona, la protección de su derecho a trazar un proyecto de vida, y la modificación de las realidades sociales que impiden que las personas realicen esos proyectos. Pero la corrupción de un colectivo gubernamental es la degradación ético normativa de la vida en democracia. En perspectiva kantiana puede afirmarse que su origen es la mercantilización de los sujetos autónomos por sus relaciones con uno u otro tipo de poder, a través de la conversión en precio de aquello que tenía dignidad. Esta es la esencia de la corrupción: la destrucción de la dignidad de la libre voluntad allí donde se trazan los proyectos de vida, para convertir todo sujeto en cosa que puede ser utilizada como medio para satisfacer los intereses egoístas de personas con un determinado poder, sea éste el que se ejerce desde la fuerza de las corporaciones o desde el mismo Estado.

Por eso es que la corrupción de un individuo disociado de otros es distinta de la corrupción blanca, colectiva y sistematizada por el poder económico-político. Hegel decía que “El Estado es la realidad de la idea ética” o el momento de la eticidad que trata del bien común para superar la dialéctica entre el amo que corrompe y el ciudadano esclavizado. Pero, ¿qué ética puede quedar si la corrupción alcanza al mismo Estado? Aunque la coalición gobernante ha logrado instalar mediáticamente el “se robaron todo” en relación al gobierno anterior, lo cierto es que la recreación hollywoodense del investigador federal que pega en la pared las fotos de la pirámide mafiosa del poder, llamando a ese entramado asociación ilícita por los jueces que cavan en búsqueda de la cueva de Alí Babá o el tesoro de Atreo, es de una película clase B que no logra reunir evidencias fácticas que vayan más allá de las corrupciones individuales. Sin embargo, el dinero de las cuentas en el exterior, el blanqueo de capitales a familiares y el conflicto de intereses evidencian un modo colectivo de actuación propio de los empresarios que integran el gobierno.


Ricardo Carpani, ‘Desocupados’, 1960

Por eso es que la corrupción es la conducta que no respeta a los valores y las normas éticas que una comunidad se da para vivir en justicia y bienestar, y elude deliberadamente la posibilidad de someterse al juicio de terceros. En ese sentido, la corrupción es uno de los modos de la actuación perversa generalizada que se caracteriza por la transgresión de las normas sociales, el daño a terceros para el beneficio propio y el encubrimiento con expectativa de impunidad para sus acciones.

En perspectiva moral, la sujeción a normas derivadas de valores éticos y la transparencia en la palabra y los actos son principios de las sociedades auténticamente democráticas en su diferencia con dictaduras, imperialismos y toda forma explícita o velada de manipulación y control social. Son principios que aspiran a la justicia y la equidad, como contrarios a los supuestos que definen a la corrupción, porque nos sitúan responsablemente ante la visión, el juicio y la voluntad de los otros con quienes convivimos. Pero si observamos a la actual Oficina Anticorrupción y sus actuaciones, comprobamos que lo que se evita desde ella es precisamente la responsabilidad sujeta a normas de los actos de gobierno.

Cuarenta años después de la Declaración Universal de Derechos Humanos, la globalización neoliberal comenzó a pujar por minimizar el espacio normativo de los estados para imponer sobre ellos las reglas del comercio según el canon de las corporaciones. En ese movimiento que continúa creciendo, la corrupción ha sido y es una herramienta para la destrucción del consenso ético-jurídico de los derechos humanos, y ha abierto paso a la primacía de los intereses sobre los valores éticos convirtiendo a las normas en meros procedimientos instrumentales para la eficacia en el funcionamiento del mercado. En este escenario se multiplican las inequidades de todo tipo. Es la concentración del capital que aumenta las grietas del desempleo, las desigualdades, la pobreza, el hambre y el desprecio del vivir humano, en una línea persistente y creciente de vasos comunicantes entre corrupción blanca y trabajo en negro.

* Médico y filósofo de la ciencia

El Cohete a la Luna

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