Travesaños

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Osvaldo Lamborghini

Las azoteas están en su lugar. Las plazas tienen juegos y se cubren de pasto en primavera. He aquí la primera falacia. Los chicos no van a la plaza con una idea prevista del juego. Ellos suelen tener otro rigor, otra hamaca. La hamaca en su vaivén puede golpear una nuca, seguramente la golpea. He aquí la muerte atroz, la segunda falacia. La sangre en primavera cubre el pasto de las plazas. No importa, a lo mucho, esa pequeña vida truncada: sobre este banco dos fantasmas dialogan y hay un tercero que juega a morir desnucado por la hamaca. No hay tercera ni cuarta falacia. Sobre este banco los fantas, mutilados, sentados, se vuelven transparentes. Pasan el uno a través del otro. Esas imágenes tienen filo y se cortan. Tranvías, tranvías amarillos. Esas imágenes pasan a través o se atraviesan: como un ano que pasara (que pasara) por el orificio de otro ano. O anillos. Juego de anillos concéntricos desplazables el uno a través del otro. En el rigor de la primavera, sin rigor, mucha carne eligió la dispersión, decidió cortarse en pequeños trozos hasta desaparecer. Pero no pasaron a través, no se tocaron, no llegaron a tocarse. En el rigor de la primavera el filo rebanó lo que se ofrecía al rebanamiento. Los filos trabajaron. En el rigor de la primavera no había ninguna certeza, ninguna legitimidad, menos rigor. Los anos se fruncían hacia adentro. Sentados, mutilados (sobre una madera cortada en travesaños), sentados mutilados se fruncían. Y aquellos travesaños de atravesar, un fanta la imagen del otro fanta, eran iguales entre todos. Iguales pero no parecidos. El mismo. Estaban desposeídos del poder de tocarse, quedaban congelados en su forma. El ano pasaba a través del otro, cuestionaba la noción de lo anormal. El ano era un orificio para ser cortado y era el lugar que el otro ano atravesaba para pasar de través. Para no quedarse confinado en su propio lugar. Porque a través. Si pasaba. O pasara. Entonces podía atravesar, viajar de su lugar a otro lugar. Ésta es la quinta falacia. En el rigor de la primavera esta plaza no florece, a lo mucho brota sangre del surtidor. Las hamacas provocan la muerte de una pequeña vida truncada, que surte sangre y efecto. Si está truncada no va a poder atravesar, tampoco lograrán cortarla en largos travesaños. Sexta falacia, los años de través. Los años de través, desde esa imagen tomados como imagen, desde la figura del juego de los anillos concéntricos, retroceden: mitades desde ese ano tomado como vacío y como espejo, los años de través son travesaños. Rejas.

Nadie le prohibirá a Roxano vestir su cuarto con retratos de luchadores. Roxano es puto. Es el amante de Sebregondi. Entonces nadie le va a prohibir pegar en las paredes fotos de brillosos: el marqués menos que nadie. Así es la vida. Así están organizadas las cosas en el departamento de Arenales, creo, y Callao: perverso, loco, informe, a esos hombres de papel de bronce besa Roxano, lame. Sebregondi está en el baño, en el espejo, en bata. Primera dosis. Yo me siento bien. Soy Narciso, el del estanque. Nunca me vi tan peor como cuando un día me vi con un fardo y con un dinero. Era lindo el dinero tintineante, como la mañana oval, como la entrada de un cuarto inaccesible. Prohibí. Inaccesible. Cuarto. Pero estaba el fardo. Ellos parecían no mirar, pero con toda tranquilidad, a plena luz del sol, total la gente anda ciega por la calle, sacarían los calibres. Inaccesible cuarto. Cerrado pero como si el cierre lo atravesara. La gente anda ciega por la calle. Balean a una infinitud frente a sus ojos cribados. Roxano es un especialista de la navaja, en cambio, de la sevillana. Se florea Roxano, pero como si el tiempo, como si el tiempo no pasara. Lurpia Roxano, o brisco en la jerga, en el jergón. Pero siempre como si el cierre lo atravesara. Sebregondi ya se ha vestido en la mañana porque tiene esta mañana una opereta. Lleva un maletín negro, pero como si el tiempo no pasara, bullido en la tardanza. Los instrumentos van adentro. Disimula la mano ortopédica en el bolsillo izquierdo. Esconde el digital en la bragueta. Se va. Lo esperan. Lo están esperando. Pero he de decidirme al fin o indeciso tembloroso será mi fin. Una remera de horror se ha puesto Roxano sobre su torso de oro. Y un short. Juega con la sevillana, con la sevillana navaja. A moverla con habilidad, a sacarla suavemente en silencio. Pero brillan, brillan los tajos en el aire. Abre el tajo. Olvido. Sebregondi vuelve. Hace un saludo maricón desde la puerta.

El marqués encontró el Valiant estacionado esperándolo en Paraná esquina Juncal. No conocía al del volante, un tipo que andaría por los cuarenta, vestido con la elegancia de los profesionales. Verdad que sus manos eran de una belleza ejemplar: el marqués las contemplaba admirado. En Olivos, fin del viaje, el coche se detuvo frente a un chalet de tejas francesas. Galewski abrió la puerta luego de cerciorarse. El de las lindas manos, a espaldas del marqués, que entraba en la casa, partió nuevamente con el Valiant.

Galewski jugueteaba en el living con un encendedor de oro. Sebregondi levantó la vista y vio a Sergio, apostado en el rellano del primer piso con una metralleta, probablemente una Dalfia Oken fabricada en Bélgica. Al escuchar los rumores, los movimientos, Dora Imaz deslizó sus pies en el par de chinelas y se anudó los cordones del salto de cama. Sonriente bajó por la escalera casi sin mirar a Sergio. Le sonreía al marqués, como para atenuar el clima trágico. Como para disimular, mejor dicho, o como para atenuar, el efecto generalmente imbécil que produce un tiroteo.

El marqués en cuanto la vio alargó la mano y ella le alargó un sobre blanco. El marqués recapituló su contenido: cinco billetes de cincuenta dólares. Marchó después tras el andar de Dora hacia el desván donde yacía Jonch, el baleado. Poco o casi nada le faltaba a Jonch para estar muerto. Dora se colgó del brazo de Galewski. Dora y Galewski dirigieron hacia el marqués, como se debe, una mirada interrogativa. Sebregondi se mandó una mueca agria. Con su mano ortopédica se golpeó la nariz y les dijo que haría lo posible, pero mejor no esperaran nada.

Preparó los instrumentos. La cama de Jonch era un lecho de sangre. Extrajo la primera bala de la región lumbar o casi lumbar, una bala calibre .45. Extrajo la segunda. Colocó las dos en un cenicero de cristal. Tintinearon y Dora y Galewski suspiraron con alivio. Pero Jonch había muerto. El marqués lo comprobó, la oreja apoyada sobre el corazón mudo. Junto al pecho del muerto, la cara del marqués no surtía el efecto de una respuesta. Galewski se guardó por fin su encendedor de oro. Dora se retiró del desván. Verdad que estaba ofendida.

El marqués le dio la noticia a Sergio al pasar junto a la metralleta. En la calle esperaba el Valiant. Tendrían que deshacerse del cadáver.

Galewski llamó por teléfono a Ramón y le dijo que levantara una camioneta. Ramón cumplió la orden y llegó a Olivos dos horas después. Dora nadaba en la piscina. Galewski y Ramón cargaron el envoltorio de lona en la parte trasera del vehículo, que ahora había cambiado su patente original por otra de Goya, falsa, provincia de Corrientes. Ramón puso en marcha el motor y partieron. En el chalet Dora tomó un calmante fuerte. Sergio abandonó la Dalfia Oken para recostarse en el diván del living.

Jonch.

El Sebregondi con plata es un Sebregondi contento. Ahora se lo está clavando a Roxano. Hablan mientras garchan. O conversan.

Roxano: Así, así, así. Sebregondi: Todavía, a ver. Sí, te puedo dar un poco más todavía. Roxano: Y dame. Sebregondi: Tomá, ahí van dos nódulos-falanges más si mucho no me engaño. Roxano: Sí, hizo trac, hizo trac trac. Sebregondi: ¿Duele? Roxano: No, si ya me hice al dedo, como un anillo. Sebregondi: Lástima, m’hijo, que no duela, al principio te lastimaba. Roxano: Pero ya no es el principio, es el final. Y ya no tengo remedio. Ya me la tragué absolutamente toda. Sebregondi: Sí, y tengo que acabar. Esperá que cierre los ojos y me concentre. Roxano: Yo también tengo que acabar, qué vivo, me voy a ayudar con unos toques de mano. Sebregondi: Cuando hago una operación no me tiembla mi única mano. Roxano: A mí, en una operación me temblaría, pero no para tajear a un tipo. Sebregondi: Gallito. Roxano: Sí, soy un puto malo. Sebregondi: Pero lo importante es que te la comas entera. Ahora siento que la leche ya me viene. Roxano: Yo me estoy tocando frenético. Sebregondi: Ya acabé como una palada. Roxano: No me la saques que estoy inundando la sábana. Sebregondi: Está bien, te dejo un tiempo todavía ensartado. Roxano: Sí; en el garfio, en el gancho.

(De: Osvaldo Lamborghini. Novelas y cuentos / 1. Random House Mondadori, 2011)

 

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