Tres amigas en una hamaca

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por April Ayers Lawson*

En una hamaca colgada entre los troncos de dos árboles, nos contó la historia de una amiga suya, X, cuyo novio era un escritor de éxito, y en cuyo teléfono móvil había encontrado los mensajes y las fotos de sí mismo que les había estado enviando a otras mujeres. Había enviado los mismos mensajes y las mismas fotos a dos mujeres. Había hecho un copia y pega. No se había molestado siquiera en personalizarlos para cada destinataria. Ambas creían que estaba enamorado de ellas, y parecían estar en cierto estado expectante. Él estaba durmiendo la siesta en el otro cuarto. Cuando se despertó y salió, X se encaró con él y le dijo que tenía un problema mental. Le contó a mi amiga que ella era la única que tenía una relación lo bastante estrecha con él como para decírselo, y por la forma en que lo explicaba mi amiga intuí que X se enorgullecía de ser ella la mujer que le había hecho saber cuál era el problema con su persona.

Entendí que X querría creer que ella no era como las otras mujeres, que creían que su novio estaba enamorado de ellas. Querría creer que ella tenía algún tipo de posición de ventaja en la realidad de la situación. Puede que la tuviera.

Yo sabía lo que era descubrir información vital sobre la persona que estaba en el cuarto de al lado, información que él no quería que tuvieses, y también sabía lo que era que te pusieran delante esa clase de información. Pensé en cómo intentamos decirle a la gente Yo soy quien te quiere de verdad, puede que muy especialmente cuando no estamos seguros de que esa persona nos quiera.

Yo soy quien te quiere de verdad. Yo te veo. Veo lo jodido que estás a un nivel que nadie más puede ver, y por tanto veo más allá y por tanto te quiero más.

Pero, entonces, que alguien te quiera de verdad quizás sea una buena razón para evitar a esa persona.

Las tres estábamos divorciadas o a punto de estarlo legalmente. Las tres éramos artistas. Las tres habíamos dejado al otro.

El exmarido arquitecto de la mujer que contaba la historia nos miraba desde la terraza de madera. La noche en que me lo presentaron, en los tiempos en que él y la mujer de la historia de X estaban casados, me encapriché con él a primera vista, creyendo que eran hermanos. Aunque este hombre está un poco enamorado de su hermana, pensé entonces, lo que me pareció un inconveniente. Ahora pensaba: No podrás salir nunca con él por la conexión entre ellos dos. En esa fiesta, un rato antes en la cocina, no había querido acercármele demasiado o entablar conversación. Otro hombre me llamó la atención, pero no lo suficiente. Estaba allí decididamente con mis dos amigas, y más de una vez alguien nos miraba como si fuésemos una especie de entidad. Las tres éramos atractivas pero inseguras, y nos atraíamos. La mujer que estaba a mi lado me había cogido una vez de la mano cuando salíamos de un bar y me había contado la historia de cómo la mujer del otro lado le había cogido de la mano igual que ella a mí en ese momento. Me había hecho sentir feliz e incómoda. Se insinuó una pregunta que yo era incapaz de articular. Fingí que nadie la había formulado. Me costaba acercarme a la gente, y mientras me tenía cogida de la mano salí de mí misma, analizando ya lo que estaba ocurriendo antes de haberlo experimentado. Me está cogiendo de la mano, comentó una voz en mi cabeza. Era de noche. Pasamos por delante de los escaparates de las tiendas cerradas. La ciudad había cubierto los árboles de aquella calle con guirnaldas de luces claras y diminutas, como las luces de los árboles de Navidad. Dije algo de que hasta los hombres que eran amigos se cogían de la mano en algunas partes de Europa, y me sentí solo levemente disociada de mi propia voz.

En la hamaca, la amiga de mi lado, la del medio, estaba sentada con una pierna apretada contra la mía. Ese día nos había dicho a la amiga que tenía al otro lado y a mí que éramos sus mejores amigas, pero yo sabía que de un día a otro, e incluso de un momento a otro, las alianzas cambiaban. No se puede estar igual de unida a dos personas a la vez. Su cuerpo estaba pegado al mío y no al cuerpo de la amiga del otro lado, pero solo porque yo era más alta y nosotras dos éramos más corpulentas que nuestra amiga, baja y menuda, y porque la amiga más baja y menuda se sostenía en equilibrio para no resbalar contra la amiga de en medio. (Aunque meses más tarde, hablando del incidente, la del medio sacaría a colación durante la cena que yo estaba rígida a su lado, aquel día en la hamaca, evitando apretarme contra ella, mientras que la otra amiga fue resbalando despreocupadamente; lo que creo que también ocurrió en algún momento). Como la amiga de en medio estaba muy pegada a mí, yo me pasaba casi todo el rato inclinada para mirar a los ojos a la otra amiga, la que había contado la historia de X y su novio infiel. Cuando contaba historias de otra gente, le brillaban los ojos. Desde que estaba en presencia de su exmarido —que iba mirándonos desde la terraza— se la veía más joven y lanzada, no como esa versión de sí misma más dispersa e insegura de la mañana, que habíamos pasado en otro sitio. No era mi mejor amiga. Vivía fuera. Pero yo fantaseaba con mudarme a su ciudad, y puede que lo hiciera. Entonces cuando la amiga de en medio viniese de visita ella sería la de fuera. Su otra mejor amiga y yo habríamos cogido más confianza. Seríamos todas «mejores» amigas. En la actitud en que estaba instalada (en la que estoy con frecuencia) había varias complicaciones previsibles.

Durante la separación de mi marido, me despertaba loca de paranoia, y enfadada con todo el mundo, porque sospechaba que habían visto en mí defectos imperdonables. Dudaba que acudiesen a mi funeral, pero me consolaba pensando que muerta ya no me importaría. Cuando la gente con la que yo en mi mente había roto me enviaba animadas respuestas a los emails que les había escrito dos días antes, cuando todavía creía que estábamos conectados (y antes de que hubiesen faltado a mi funeral imaginario) me sentía estúpida y aliviada.

Estábamos tumbadas en la hamaca a finales de verano. La incomodidad de sentirme tan apretada contra el cuerpo de mi amiga por la inclinación de la hamaca era también muy placentera. Yo no habría escogido sentarme tan cerca, pero habíamos ido deslizándonos hasta esa posición a medida que nos sometíamos a las leyes de la física. Dos de nosotras teníamos la piel clara y pecas. Dos de nosotras teníamos el pelo oscuro y los ojos verdes. Una de nosotras tenía los ojos azules. Una de nosotras era alta, dos éramos bajas y dos delgadas. Una de nosotras tenía los pechos grandes. Una de nosotras no se hablaba con su madre, uno de nuestros padres se había ido y una de nuestras parejas de padres no se había divorciado. Una de nosotras escribía. Una de nosotras pintaba cuadros abstractos. Una de nosotras seguía tocando el violonchelo y una lo había dejado. Una de nosotras publicaba anuncios en Craiglist buscando modelos masculinos para cortometrajes y fotografías y pagaba a los modelos (que no eran profesionales) diez dólares la hora. Nuestro trabajo se vendía. Dos de nosotras habíamos sufrido agorafobia en cierto momento, todas habíamos tenido problemas de depresión y ansiedad, una había intentado suicidarse, una había sido violada, una había sufrido abusos, dos teníamos perritos blancos y ancianos y una tenía una hija. En la última fiesta de cumpleaños de la niña, los regalos abiertos que iban a la casa del padre se colocaban en una pila y los que iban a la casa de la madre en otra. Todas nosotras nos habíamos acostado con un hombre con el que se había acostado también una de las demás. Una de nosotras se había despertado en mitad de la noche con uno de esos hombres, había contemplado furiosa su cuerpo durmiente, y se había planteado marcharse porque se había convencido en sueños de que el hombre habría preferido acostarse con la otra, pero luego se había vuelto a dormir.

Las tres podíamos disociarnos durante largo rato y luego volver de golpe a la superficie, sin saber qué había pasado entretanto, ni cuánto rato habíamos estado en otra parte.

Cuando una de mis dos amigas me hacía una pregunta o parecía comprender lo que yo decía, me costaba creer que aquello estuviese sucediendo. A ratos, cada una de ellas parecía increíblemente hermosa, demasiado hermosa para ser real y estar tan cerca. No sabía decir si mi marido me había querido de verdad. Su cara y su cuerpo, sentado en una silla en aquella salita en la que nos reunimos con mi abogado antes de entrar en la sala del tribunal, no dejaban de cruzarme por la mente. Antes, en la cocina, viendo a mi amiga con su exmarido, no había sabido decir si quería que se reconciliaran o no. Ella lo echaba de menos. Hablaba de él, de haberlo dejado, como si se hubiese producido un error irrevocable. En la cocina habían hablado en albanés entre ellos. Se mantuvieron a varios palmos de distancia. Como no conocía las palabras, solo veía a dos personas intercambiando sonidos, inundando la cocina de un perfume evocador. No sabía decir si dos personas habían llegado a amarse de verdad si luego eran capaces de dejar de amarse. No sabía decir si el amor era una cosa o algo real que nunca podía quedar del todo probado, como Dios, y que solo podía experimentarse en el acto de alcanzarlo, de modo que, al mirar atrás, siempre quedaba en entredicho. No sabía si yo era capaz de amar y de ser amada en la práctica. En cierto momento de mi vida las palabras Te quiero me habían parecido una revelación, no la señal de que debía prepararme para cuando las retiraran.

Una de nosotras estaba contando otra historia, una historia que le había venido a la cabeza en respuesta a la historia de X. Empujé con el pie contra el suelo para que la hamaca se columpiase (suavemente). La barbacoa era por el cumpleaños de alguien —el hermano del exmarido de mi amiga— y las voces de los demás cantando el «Cumpleaños feliz» nos sobresaltaron a las tres y nos hicieron mirar al frente, recordar el contexto de la fiesta, recordar que era el cumpleaños de Armend, y que había un montón de gente más en la otra punta del patio

* April Ayers Lawson recibió el George Plimpton Award por «Virgen», el relato que da título a su primer libro, y fue becada por la Corporación de Yaddo. Sus textos han aparecido en revistas como Granta, Oxford American, VICE, ZYZZYVA, Crazyhorse y Five Chapters, entre otras. Ha dado clases de escritura creativa en la Universidad de Emory, y en 2016-2017 fue escritora visitante en la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill. Virgen y otros relatos es su aclamado debut literario.

(De: Virgen y otros relatos, Anagrama, 2018. Traducción: Inga Pellisa)

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