Trump, el cuco y su coco

Por Elsa Claro (Cuba)

Trump durante su discurso en el cierre de la Convención Republicana, 27/08/20. Foto: AP/Alex Brandon

Ni siquiera haciendo un ejercicio de imaginación portentoso se podría imaginar que alguien pretenda efectuar un cambio de sistema en Estados Unidos. Las partes enfrentadas electoralmente no lo intentan, y los poderes fácticos norteamericanos no lo permitirían. Ni el ejército, base primordial para cualquier gobierno, ni el fornido poder económico tampoco.

Pero Donald Trump emplea ese recurso para asustar a la ciudadanía y estamentos decisores. Sin cansancio viene repitiendo que habrá “¡Socialismo! ¡Anarquía! ¡La muerte del sueño americano!” si los demócratas ganan la Casa Blanca. Y sin confiarse por entero en la recepción de semejante mensaje crea entelequias para poner en tela de juicio el resultado electoral si no gana. En el 2016 amagó de modo parecido cuando dijo que impugnaría los comicios si él no lograba el triunfo.

“De un modo muy muy amable les digo, están intentando robarse la elección”, dijo en la Convención republicana. Una entre múltiples expresiones dirigidas contra los demócratas a quienes demoniza como si, en verdad, fueran algo absolutamente diferente de los republicanos y no dos partidos que desean y protegen el patrón socio-económico imperante.

Lo aventurado por Trump y sus seguidores encaja en esquemas de reacción humana bien estudiados. Cuando el grupo, la tribu, el sector concernido, se siente en peligro emigra hacia quienes le ofrecen fuerza y refugio. El profesor de antropología en la Universidad de California, John Tooby, establece que para incidir en los temores de sectores vulnerables son muy efectivas las «creencias inusuales y exageradas», dispuestas a través de conceptos contentivos de «alarmismo, conspiraciones o comparaciones infladas». Es lo que por su personalidad y dado el éxito en el uso de tales herramientas emplea el presidente y quienes le acompañan o aconsejan.

Entre disímiles y bochornosos ejemplos se cita al congresista republicano por Florida Matt Gaetz, cuando en el lanzamiento conservador para nominar de modo oficial a Donald Trump, retomó sus argumentos planteando que si el dúo Biden-Kamala triunfa todo será como “(…) una película de terror. Te desarmarán, vaciarán las prisiones, te encerrarán en tu casa e invitarán a la MS-13 (Mara Salvatrucha) a vivir al lado”.

Recordaba Thomas B. Edsall, profesor adjunto en la Escuela de Periodismo de la Universidad de Columbia, los estudios de Maureen A. Craig y Jennifer A. Richeson, a su vez profesoras de psicología en Nueva York y Yale, demostrando cómo, ante la perspectiva de convertirse en minoría vulnerable, los ciudadanos blancos de estratos medios e inferiores buscan protección institucional donde le aseguran resguardo.

No suficientes estas referencias y ante los sondeos a favor de los demócratas, Trump nutre una atmósfera de incertidumbres sobre la validez de las elecciones. En un mitin en Wisconsin ya había asegurado que “la única manera de que nosotros perdamos estas elecciones es si son manipuladas”. Tanto él como sus cercanos insisten, fijan en la mente colectiva, un hipotético amañamiento del proceso y, como resulta ya habitual, sin la menor prueba para sustentar esas acusaciones.

La intensidad de esa cruzada hace entrever a varios analistas la existencia de un ardid destinado a procurar que la ciudadanía acepte cuanto él decida si el 3 de noviembre pierde y no deja el cargo, alegando irregularidades. La magnitud de esa campaña llevó a varios congresistas a preguntarle al jefe del Estado Mayor, general Mark Milley si las fuerzas armadas intervendrían en una situación anormal al cabo de los comicios. «En el caso de una disputa sobre algún aspecto de las elecciones, por ley, son los tribunales de EE.UU. y el Congreso de EE.UU. los obligados a resolver cualquier disputa, pero no las Fuerzas Armadas», aseguró el alto militar, sin despejar por completo las dudas.

En cuanto al transcurso de la emisión del voto por correo para elegir los delegados o compromisarios de cada Estado (538 en todo EE.UU.), Trump, sus hijos y allegados, aseguran que el servicio postal no es fiable y ello facilitaría manipular los resultados. Acusar de antemano sobre un amaño de votos es perverso, incluso suponiendo fuertes debilidades dentro de un dispositivo conveniente ante la situación especial de la Covid-19.

La inconsistencia del argumento aparece con el nombramiento de Louis DeJoy como jefe del servicio postal norteamericano. Este entusiasta del mandatario fue ubicado en el puesto por el mismo Trump, por tanto más lógico suponer algo en favor del presidente y no un obsequio a sus oponentes políticos. DeJoy, curándose en salud, aseguró ante el comité de Seguridad Interna que el voto por correo será seguro y diligente.

Los trucos propagandísticos de quien no desea salir del poder, son efectivos para una parte de la población, pero por encima de tanto, profundizan la polarización de una sociedad rota. Lo hacen notar un grupo de republicanos en manifiesto público acusando a Trump de incitar las divisiones políticas y raciales. Fueron altos funcionarios del estado y no concuerdan con quien “habla de la carnicería” y crea pánico cuando afirma que “turbas furiosas y anarquistas” se instalarán en el país si él no gana. El ex presidente George W. Bush, el ex secretario de estado Colin Powel y ex candidatos conservadores, junto con sus similares demócratas, consideran un riesgo para el país si asume un segundo mandato. Concuerdan, en sustancia, con lo dicho por Barak Obama en la convención demócrata sobre los riesgos para la democracia misma si se mantiene en el poder.

Elisabeth Neumann, quien ocupó hasta hace poco un alto cargo en el Departamento de Seguridad Interior, a semejanza de otros cercanos colaboradores, también opina de forma negativa sobre del jefe de estado. En su condición de experta en prevención de amenazas y contraterrorismo, le critica a Trump la dañina arbitrariedad de no diferenciar a neonazis y supremacistas, igualándoles con ciudadanos inconformes por la discriminación socio-étnica.

En el relato público hay rechazo hacia quien no se priva de usar un lenguaje grosero e incendiario en tuits y discursos, vadeando algo a Mike Pence, encargado de manejar el enfrentamiento a la pandemia con el conocido resultado. Junto a su socio en las alturas se envuelve en falsedades para anular las críticas al frustrante y letal manejo del SarCov2. En la Convención republicana, ambos acoplaron justificaciones por tan deficiente desempeño, y, aparte, aupan una estrategia agresiva reducida en el llamado ¡Ley y orden!, pese a ser los primeros en violar esos principios.

Para Donald Trump «¡La única manera para detener la violencia en las ciudades dirigidas por demócratas con altos índices de delincuencia, es a través de la fuerza!». Eso tuiteó tras otro percance lamentable en Portland cuando una de las organizaciones ultraderechistas en su favor, emprendieron una exhibición de poderío e impunidad buscando contraponerse a los manifestantes de Black Lives Matter. Para rematar el descalificador mensaje más en clave electorera que con sentido responsable de las conveniencias el presidente expuso: «los alcaldes demócratas de la izquierda radical […] nunca serán capaces de establecer el orden».

Entre las muchas piedras en el edificio de adulteraciones contra Joe Biden, le acusan de pretender quitarle derechos a la policía, cuando lo propuesto por el aspirante demócrata es redefinir el protocolo propiciatorio de abusos, humillaciones y asesinatos. Trump afirma falazmente que mueren más blancos que negros en hechos como los propiciatorios de las grandes manifestaciones actuales. Los hechos prueban lo contrario. Solo en el semestre transcurrido, se registra una cifra superior de afronorteamericanos asesinados que en igual etapa del pasado año.

Como los culpables de esas muertes no reciben castigo o es insuficiente la penalización aplicada, la impunidad alienta hechos canallescos, amparados por la normalidad con la cual se disimula una violencia excesiva u obviamente parcializada.

Este muestrario de artimañas están concebidas para ganar o, si acaso, perder con escaso margen sobre Biden y tener pretexto e impugnar el resultado. Para esa eventualidad cuentan desde ya con subterfugios malignos y el fanatismo supremacista junto a otros extremismos favorecidos en la sociedad estadunidense. Les ayuda el mecanismo electoral de voto indirecto, antipopular e inseguro, quiero decir.

Cubadebate

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