Tununa Mercado: la memoria del exilio

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Adrián Ferrero*

Tununa Mercado, narradora y ensayista argentina, nació en Córdoba en 1939. Le debemos títulos notables y algunos de ellos premiados, como “Celebrar a la mujer como a una Pascua”, “Canon de alcoba”, “La madriguera”, “La letra de lo mínimo”, “Narrar después”, la magnífica “Yo nunca te prometí la eternidad” y, precisamente, uno que data de 1990, “En estado de memoria”, al que me referiré en el presente artículo. La autora obtuvo el Premio Boris Vian, entre otros, y se hizo acreedora a la prestigiosa Beca Guggenheim, de NY. Es traductora del francés y colabora con regularidad con medios del país y del extranjero. Estuvo exiliada en Francia y en México en distintas etapas de la Historia del país, circunstancia que se vuelve singularmente relevante a la hora de realizar una lectura del presente libro. En efecto, “En estado de memoria” no es un libro más de Mercado. Remite, de manera incuestionable, a un referente (y a un significante concreto de repercusiones emotivas incalculables) en el marco de su biografía, sin que necesariamente hagamos una lectura lineal y unívoca de él, dado que su peculiaridad, entre otras, es la de precisamente problematizar el género autobiográfico.

“En estado de memoria” es un libro devastador. Refiere circunstancias que en la vida de cualquier sujeto (en este caso una mujer) son de naturaleza arrasadora y, en la gran mayoría de los casos, aflictiva. Ya desde sus primeras páginas, en el capítulo titulado “La enfermedad”, la escritora sienta las bases de un pacto literario: la relación que establecerá, a mi juicio crucial, como premisa ficcional, a lo largo de todo su decurso, entre política y patología, dolor y política, sufrimiento y política. Porque pensar la política, en el marco del exilio, en términos del padecimiento de una enfermedad (o más de una), precisamente subraya el carácter de desorden al que un sujeto se ve expuesto en circunstancias también de desorden. Esta vez de orden gubernamental: alude al Estado de derecho de una democracia depuesto de modo ilegítimo y violento por las Fuerzas Armadas. En tal sentido, se agita el fantasma del padecimiento cuando se refiere el dolor de la pérdida de patria, de los afectos más entrañables, de los trabajos que se están ejerciendo, de los objetos más preciados que la rodean y, de modo brutal, le son sustraídos. Por expulsión de patria producto de la toma del poder de un golpe de Estado y llegada a otro territorio: uno extranjero, en el que incluso se llega al colmo de que en él se hable otra lengua que ella desconoce, lo que introduce en cualquier sujeto la emoción más desgarradora no ya no solo del desarraigo sino de la pérdida del poder de simbolizar.

Este libro está conformado por una serie de narraciones, crónicas, escenas, postales o simplemente estampas (mejor), que refieren también situaciones e instancias más complejas vinculadas no solo a esa circunstancia política sino a la de una identidad. También, no debemos olvidarlo, existe en él con mucha intensidad la dimensión del pensamiento reflexivo y, como veremos, perceptivo. Se trata de una identidad narrativa que, como en todo libro de estas características no debemos confundir con las de la autora, si bien hay quizás demasiadas coincidencias entre ambas. En efecto, la narradora en primera persona y la autora que la escribió tienen rasgos de semejanza muy fácilmente reconocibles.

Acontecen otros sucesos, además de vivencias en el texto que marcan contrastes o, como mínimo, un contrapunto con ellas. Entre otras, ellas son, por ejemplo: sensaciones, percepciones de los sentidos, momentos autobiográficos más remotos aún (pensemos que hay dos exilios, como si hubiera una narración desdoblada, un exilio en segundo grado y antes aún una partida de Córdoba a Bs. As.), anécdotas, retratos de amigos, viñetas, paisajes presenciados, aprendizajes, instantes extravagantes como esa relación tan singular que establece el sujeto mujer que narra con los sin techo, los linyeras y los “freaks”. Esa suerte de parias que penosamente toda sociedad conoce, desconoce, tiende a desechar, desatender, condena y en los que, curiosamente, Tununa Mercado en cambio se detiene morosamente al punto de hacer de ellos una obsesión literaria pero también descriptiva sin juicios ni prejuicios. Se percibe curiosidad.

En lo que hace a la relación entre enfermedad y el primer exilio, la autora somatiza en Francia hasta llegar al borde casi de la muerte con una septicemia. En ese lugar se consagra al llegar a un trabajo como docente que es en verdad un “trabajo de escritura”. Porque dicta la materia de Literatura y Civilización de América Latina a un grupo de estudiantes de español en esa lengua pero cada clase será leída y no hablada o conversada espontáneamente. Escribirá 60 cuartillas que serán rigurosamente leídas a lo largo de cada encuentro. Esto importa un “gasto” en el que hay un enorme compromiso de su parte. Al referirse a ese trabajo se detiene justamente a Juan Rulfo, de quien dice que ha analizado fragmento por fragmento sus libros. Considero que esa mención no resulta casual en ese contexto. Más bien, por el contrario, resulta paradigmática. Lo hace de un modo en que ese nombre constituye el significante más oportuno que señala la síntesis de cómo se escribe para callar. Se lo hace de modo económico. Se narra la violencia. Ella en ese instante precisamente hace eso: escribe para luego callar en virtud de que más adelante incinerará esos cientos de cuartillas. No obstante, la escena que registra resulta importante. Indica la sustracción o, peor aún, eliminación de la propia letra y la llegada del vacío, el blanco o el silencio, según cómo se mire, por lo menos transitorio. La eliminación de esos apuntes sobre cultura y literatura latinoamericana, esto es, sobre su propio continente, sobre sí misma, su pasado, su historia, sobre lo que ella es y sabe, lo que ha hecho y otros han hecho de ella. Leo esta escena como la antelación de un inseguridad manifiesta en la que le cuesta definirse a sí misma, autodesignarse bajo ese oficio en lugar de cómo “periodista”, tal como lo había hecho durante una larga etapa de su vida. Porque asimismo, si bien ha dictado clases, tampoco se siente a gusto designada de modo inclusivo (y probablemente tampoco en un sentido vocacional). O no se siente habilitada. Le han faltado dos materias para graduarse en Letras en la Universidad Nacional de Córdoba. El de profesora es un trabajo que ha desempeñado. Pero no una profesión porque, entre otras cosas, padece la exposición frente a un auditorio. Daré otro ejemplo. El de la incapacidad para ejercer la competencia frente a otros, como por ejemplo colegas, según lo declara, pero que resulta al mismo tiempo una circunstancia inevitable en el marco de cualquier campo intelectual, así no sea de modo demasiado deliberado.

Tampoco puede pasar hacia otro estado, esto es, ya no de memoria, para evitar quedar atada al dolor del pasado y poder internarse en una apertura hacia el placer de un presente o un futuro no sé si gozoso pero como mínimo prometedor. Es en este punto culminante en el que queda a la claras que el libro es el testimonio más descarnado de una parálisis. De la imposibilidad de movilizarse de un estadio a otro de un sujeto mujer cuya identidad está, digamos, “trabada”. Hay una incapacidad de pensar de modo alternativo la temporalidad. De que el tiempo se proyecte hacia un punto en el que el sufrimiento deje de afectar a la narradora, alojándose en ese tiempo del pasado que le impide toda progresión. Esa es mi lectura, entre otros aspectos, del libro. No se puede comenzar de nuevo (porque no se puede negar o rehacer en el sentido de revivir lo ya vivido: quedan marcas en el cuerpo, quedan huellas psíquicas) pero al mismo tiempo tampoco se puede vivir recluido en el pasado. Se lo puede resignificar, circunstancia que es completamente distinta pero siempre resulta esperanzadora. Escribir “En estado de memoria” ha de haber sido, lo presumo, el recurso para salir de ese estado. De un estado de estancamiento. Esto es: haber dejado de recordar para comenzar a vivir experiencias del orden de lo novedoso, incluso en el acto mismo de escribir sus borradores. Una forma de conjurar lo indeseado por afección. Estos signos y sentidos hicieron falta para que fuera vislumbrado otro presente que se proyectara hacia el plan de otro futuro. El tiempo histórico en el presente libro dialoga permanentemente consigo mismo. Su linealidad es puesta en cuestión también deliberadamente y es por ello que también, como dije, el concepto de autobiografía en él no es el tradicional sino su noción problemática.

Tanto el relato de la necesidad del “ser vestida por otros” (lo que construye una autoimagen inmisericorde de la propia desnudez y exposición frente al mundo o, en todo caso, a una representación de la mirada de la alteridad) como el de su desmayo en las grandes tiendas son indicios de que el sujeto femenino al que le toca atravesar por estas vivencias no puede hacerlo sino bajo la compañía tutelar de otra figura resultan ambas sinceras pero despiadadas. La narradora se expone, lo que dice sin embargo resultarle algo difícil.

En este caso, “ser vestida” no es la cita tilinga del “ser vestida por una sirvienta” sino por urgencia de auxilio. Y usar “ropa de pobre” no connota precisamente ni el lujo, ni la ambición narcisista ni la privación. Es, en cambio, el señalamiento de una limitación. Es ropa que también está “en estado de memoria”. Guarda restos de otro u otra. Simultáneamente, padece además la tiranía de los profesionales de la salud que suelen ser tan desaprensivos como despectivos en algunos casos. Como si se tratara de burócratas a quienes uno acude para hacer un mero trámite en una institución. Todo adopta la forma de un rompecabezas. Y esas piezas la narradora no sabe a menudo cómo hacerlas encajar. Acude a terapias y tratamientos de muy distinta índole. Hace consultas tanto en sesión como por fuera de ella para ser superadas si se aspira a una calidad de vida, como mínimo, socialmente admisible. Y que el entorno cambie numerosas veces (las mudanzas, las dictaduras, los exilios, las profesiones), además de modo traumático, no favorece la seguridad ni afianza la firmeza de carácter de esa narradora en primera persona. Porque quizás cada nuevo desplazamiento constituye una nueva instancia en que el yo se hace pedazos. Porque la narradora en primera persona no solo invoca y evoca un destino de orfandad propio sino luego el del exiliado argentino radicado México que “se les pega a los argentinos” (dicho esto en el mejor sentido de la frase, esto es, afectivamente se acerca a ellos por evidente afinidad pero también por necesidad) porque encuentra en ellos la noción de semejante y de par. Especularmente se observa en ellos no solo por una ideología compartida (lo que de hecho así ocurre) sino por el habla de una misma lengua con inflexiones y atributos que no la confundan con las locales que pueden producirle una profunda sensación, por contraste, de extrañamiento y, de ese modo, acentuar la consternación del desarraigo a partir de la diferencia lingüística que también puede resultarles intrusiva a los exiliados.

A menudo la protagonista de estas estampas ve en otros o ve en los otros que narra autoimágenes de sí misma. No otra cosa son los familiares que han perdido a sus seres queridos durante las dictaduras. O a los deudos supérstites de familias o personas afectivamente arruinadas. O, como ya lo señalé, a pordioseros o personas cuya cordura está afectada (digamos) que aparentan están extraviados pero algunos tienen visos de genialidad y, créase o no, un ámbito privado de alojamiento en espacios públicos en los que no solo se cobijan sino también pueden desenvolverse. Ciertas figuras le permiten ver en ellos un espejo en el que elaborar “un duelo” por identificación o una empatía que se evidencia en esa vulnerabilidad propia del sujeto mujer que es esa narradora.

Y después está toda esa serie de imágenes, sensaciones, percepciones acerca del mundo o de fragmentos del mismo: las celdillas, que le provocan por ejemplo una ingobernable necesidad de morderlas (pero no con los dientes). Ese texto “desentona” por llamarlo de algún modo, con el resto de los de la colección (más narrativa y más política además de aflictiva) porque se trata casi una prosa poética o de una prosa con claros componentes líricos que además se concentra en una suerte de “fenomenología de la percepción”, dicho en términos quizás profanos. “Celdillas”, hace ruido entre las narraciones que componen “En estado de memoria”. Porque si bien la muestra como alguien que “padece la necesidad” también la muestra como alguien que desea realizar una acción que en principio la acerca más al placer y al orden de lo vital, lo impulsivo y la pasión que a la muerte, de la cual, como una escenografía tanática, está rodeado casi todo el presente libro. Este punto es lo que me hace recortarlo de entre una totalidad que diera la impresión de ser homogénea. Un fragmento consagrado por completo al deseo. Al olvido del dolor. Y tal vez sea una de las claves para salir de ese dolor. Su conexión con un placer que en otros de sus libros Mercado precisamente nuevamente a través del deseo trabajará.

También irrumpen los amigos que ya no están y regresan, como quien pasa las páginas de un viejo álbum en sepia, pero esta vez de la memoria porque no los ve en dos dimensiones sino que los recuerda bailando o cocinando (como a Mario Usabiaga, a quien está dedicado el presente libro) en una suerte de mundo virtual por un lado congelado y por el otro dinámico. Le enseñan los rudimentos de cómo preparar ciertos platos porque (así lo expresa ella) las consecuencias de hacerlo en términos de impericia puede acarrear efectos fatales en el orden no solo de la economía doméstica (lo que sería obvio) sino en un punto más original aún: la física del mundo y, por inferencia (agrego yo) de su metafísica. También aquí existe otro temor: el de hacer las cosas mal, el de no proceder con acierto según un cierto instructivo que debe ser respetado como una orden. Como un mandato (¿el de cocinar y de hacerlo bien propio del género?). Pero la narradora no claudica y rescata de ese pasado también lo vital. Dedica a uno de esos amigos evocados el libro tanto como su extroversión.

Y voy a los dos extremos de la colección de narraciones del presente libro a partir de sus escenas. Ellas son extremas y son distintas. Pero se conjugan en un cierto aire de familia. La de un paciente que irrumpe en el consultorio en que está la narradora de modo desesperado porque “hace una úlcera” y luego de una demanda exaltada conmovedora a un psiquiatra para que lo atienda, éste decide no satisfacer esa demanda (es decir, para él no resulta conmovedora). Se niega a atender una urgencia sin medir sus efectos fatales (y morales, a lo que agregaría yo) de su decisión. Porque el paciente termina suicidándose. Y las últimas escenas del libro: el regreso a solas a una Buenos Aires fantasmal llena de los ausentes queridos, las fantasías persecutorias por parte de un grupo de tareas y el hallazgo brutal de “una cucaracha inmensa, vampiro lustroso y húmedo” agazapada entre la ropa tendida de la ropa en su departamento. El pánico y la imposición a sí misma de que debe manejar los estados que la enajenan como esos. Estos son los dos extremos que Tununa Mercado aparentemente ha elegido para darle esa forma de “tenaza” a su libro. El padecimiento agudo y el pánico. Pero veamos. Hay otro filo de esa tenaza. La escena de la cucaracha resulta particularmente sugestiva. Me refiero, concretamente, a sendos libros de Franz Kafka y Clarice Lispector, la escritora brasileña contemporánea. “Monstruoso insecto” (Kafka), “cucaracha” (Lispector). A los que podríamos sumar a un Bram Stoker con su Drácula al mencionar a un vampiro. Insectos invasivos en un edificio de departamentos que resulta indispensable fumigar.

El otro filo de la tenaza que quería darle a la estructura del libro era el de (regreso a ella) la escritura, porque esa es la parábola definitiva que logro dibujar en mi lectura. Quizás ese final, en el que la protagonista se desquita y logra, por fin, con su pluma, con su propia letra, escribir un nombre prestigioso concebido por un genio sobre lo escrito en un cartel del ascensor: “Gregorio Samsa”. Remite inevitablemente a la ficción y, naturalmente, a problematizar una realidad que sospechosamente quizás por un mecanismo de defensa solemos abusivamente naturalizar. Esa escritura la preserva del horror, del dolor, de lo atroz escribiendo el nombre “de un monstruoso insecto”; como reza la nouvelle de Kafka “La metamorfosis”. Es una escritura de ventriloquia, es cierto. Y se encubre, como en un palimpsesto, por detrás de una firma prestigiosa. Este gesto de escritura, de escribir en el ascensor por añadidura, es un acto de travesura, de rebelión, de rebeldía, porque no se trata de una página ni una pantalla de computadora ni menos aún un pizarrón sino un espacio público consagrado a una difusión. Un gesto insurreccional que la confirma como (en principio) como una escritora en sentido más político: transgresora. También como mujer de letras (porque es una referencia culta, aunque no secreta) y como sujeto ético porque le restituye su dignidad de agente y ya no de paciente. Se trata de alguien que se permite asistir al mundo de modo incluso risueño. Porque se permite el humor. Así, transgrede. Y sin pedir permiso, infringiendo toda ley, demuestra que tiene una letra. Tiene letras que escribir. Es “una mujer de letras”. Tiene asuntos sobre los que opinar.

Y la escena final, ya en su cuarto, la pluma echa a rodar sobre la página. Dibuja formas y volúmenes, texturas y humedades, contornos y profundidades, Por lo tanto, son motivos sobre los que decidir, está decidiendo y parcialmente ya ha decidido. Es definitivamente una escritora. Tiene una escritura. Tiene una firma. Tiene una vida por delante. Ha dejado de escribir “en estado de memoria”. Y el futuro irrumpe como la brisa fresca a través de una ventana.

* Adrián Ferrero nació en La Plata en 1970. Es escritor, crítico literario, periodista cultural y Dr. en Letras por la Universidad Nacional de La Plata. Publicó libros de narrativa, poesía, entrevistas e investigación.

http://www.facebook.com/escritoradrianferrero

Un comentario

  • Rolando Revagliatti dice:

    «existe en él con mucha intensidad la dimensión del pensamiento reflexivo y, como veremos, perceptivo.»

    Es «En estado de memoria» exactamente el libro que estoy disfrutando desde hace un par de días. Y ya me he prometido leer otros de esta autora. ¿Por qué habré tardado tanto en descubrirla?…

    Rolando
    http://www.revagliatti.com

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