Ucrania a contracorriente

Por Ángel Guerra Cabrera

La Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) ha añadido un nuevo teatro de operaciones militares a los que conocíamos hasta hace poco y ya está presente en la guerra de Ucrania: el cerebro humano. Como ejemplo de ello, el investigador francés Thierry Meyssan afirma: «El ejército ruso ha ganado la guerra contra los ‘banderistas’ en Ucrania. Mientras, en Occidente, la OTAN gana la guerra cognitiva contra sus propios ciudadanos». El cerebro humano se suma a los teatros de operaciones ya reconocidos (tierra, mar, aire, espacio y teatro cibernético). Añade que en la OTAN existe el Mando Aliado de Trasformación, con 21 centros de excelencia, entre ellos el NATO Strategic Communications Centre of Excellence, bajo la dirección del francés Francois du Cluzel, ex profesor en la Escuela Militar Interarmas de Coetquidan, en Francia. Sus investigaciones abarcan todo el conjunto del campo cognitivo y sus variadas aplicaciones van desde los soldados biónicos hasta la propaganda de guerra. «Mientras las acciones desarrolladas en los cinco sectores tradicionales se ejecutan para obtener un efecto sobre el campo humano, el objetivo de la guerra cognitiva es convertir a cada persona en un arma», afirma Du Cluzel. En todo caso, es evidente que en la guerra de Ucrania el imperialismo estadunidense está empleando la más formidable y vasta maquinaria de propaganda de guerra hasta hoy conocida en los conflictos bélicos, en la que se aplican las más avanzadas técnicas desarrolladas en la materia por la OTAN y su núcleo principal: las fuerzas armadas de Estados Unidos.

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Otra característica fundamental de esta guerra es la centralidad que, como en ninguna otra, están desempeñando las llamadas redes sociales. Por cierto, desde muchos años antes de que las tropas rusas penetraran en Ucrania, ya estaba en marcha una gran operación para satanizar a Rusia y al presidente Vladimir Putin. Puede afirmarse, sin duda, que el linchamiento mediático anti-ruso masivo comenzó en cuanto Estados Unidos y su bochornosa comparsa de líderes europeos se percataron de que Putin no era un Gorbachov ni un Yeltsin al que podían sopapear y someter. Aunque no viniera a intentar un nuevo experimento socialista ni nada parecido, bastaba, para amargar la vida a los líderes «occidentales», que metiera a los oligarcas en cintura y pusiera a Rusia de nuevo de pie. Que se mostrara decidido a rechazar su despedazamiento y el pillaje a saco por el gran capital internacional de sus enormes riquezas naturales y las económicas creadas en la época soviética. Mediocres en su mayoría, a esos líderes y lideresas les molesta la talla de estadista, de estratega y el patriotismo reunidos en el ex KGB nacido en Leningrado.

La campaña mediática está llevando la rusofobia a extremos delirantes, como despedir directores de orquesta y cantantes rusos o suprimir cátedras sobre Dostoviesky o conciertos de Chaikovski –por no mencionar la prohibición de gatos rusos en los concursos de felinos– y tiende también a dividir al mundo en Oriente y Occidente, buenos y malos absolutos, y a satanizar y excluir por pensar distinto a los mandamases de Washington. Es una redición actualizada del más primitivo y tiránico macartismo y caza de brujas anticomunista, ahora con la guerra cognitiva y las redes sociales. El capitalismo nunca se ha llevado con las libertades, pero este neoliberal agonizante no soporta ni las reglas de la democracia formal. Se amenaza con retirar «el privilegio» de la visa estadunidense a los diputados mexicanos que crearon un comité de amistad con Rusia y se añade que debe presionarse con supresión de ayuda económica y otras medidas coercitivas a los gobiernos que no se suman al crimen y la estupidez de las sanciones contra Moscú y que no lo condenen públicamente. O incluso, a los que no envían armas a los neonazis ucranios. No dudo que en cualquier momento pidan a la Casa Blanca y al Congreso medidas extraterritoriales contra los que apoyamos la reforma eléctrica de López Obrador, merecedora ya de varias visitas a México de funcionarios del imperio.

La catarata de mentiras, medias verdades y desinformación de los medios dominantes, en primer lugar de Internet y sus redes, demuestran que ante la guerra en Ucrania es más importante que nunca contrastar las fuentes de información y cribarlas con el pensamiento crítico más filoso. Ucrania es finalmente víctima de un conflicto mucho mayor entre Estados Unidos –que no se resigna a aceptar el mundo multipolar– y Rusia-China, dispuestas a defender su lugar en ese mundo. Un conflicto que comenzó mucho antes del 24 de febrero de este año.

En medio de esto, el bueno de mister Biden no cesa de lanzar invectivas moralizantes contra Putin. ¿No es este Biden el mismo santo varón que pidió enardecido los atroces bombardeos a Belgrado y a «los puentes del Danubio», y luego votó por la guerra contra Irak?

Twitter: @aguerraguerra

La Jornada