Ucrania: ¿rescatando al Capitán América?

Por José Steinsleger

Uno. Hace un año, el presidente Vladimir Putin manifestó: «Nos topamos cada vez con más frecuencia con los intentos de denigrar y tergiversar la historia, revisar el papel del Ejército Rojo en la derrota de los nazis, en la liberación de los pueblos de Europa de la peste marrón. Insisten en revisar los resultados de la Segunda Guerra Mundial, justificar a los delincuentes nazis (…) Los intentos de ‘contener el desarrollo’ del país se han emprendido en distintas épocas, independientemente de cómo se llamaba, fuera el imperio ruso o la Unión Soviética».

Dos. Putin calificó de «virus de desmemoria» la tendencia de tergiversar el pasado «que tiene como sus principales víctimas a los jóvenes, y el efecto es que olvidan a menudo la hazaña heroica en que estuvieron envueltos sus antepasados […]. Algunos llegan a adorar a quienes mataron a sus abuelos y bisabuelos».

Una Abuela campesina confunde a Soldados Ucranianos con Rusos y los saluda con la bandera de la URSS. Uno de los ucranianos le ofreció comida enlatada, pero cuando le quitó la bandera y empezó a pisotearla, la anciana le devolvió la bolsa.

Tres. De su lado, el 7 de mayo último, con el guion de Rescatando al soldado Ryan (Steven Spielberg, 1998), el secretario de Estado Antony Blinken acusó a Putin de «efectuar un ejercicio de manipulación histórica para justificar lo que describió la ‘brutal’ guerra que ha emprendido contra Ucrania ‘sin mediar provocación’ (sic)».

Cuatro. El 9 de mayo (77 aniversario del Día de la Victoria), el gobernante de la Federación Rusa señaló: «La degradación moral se convirtió en la base de falsificaciones cínicas de la historia de la Segunda Guerra Mundial, incitación a la rusofobia, glorificación a los traidores, y burlas a la memoria de sus víctimas, borrando el valor de los que ganaron e hicieron posible la victoria».

Cinco. El monigote de la CIA que preside Ucrania no podía ser menos y dio su versión de la historia, publicando en las redes sociales del gobierno la fotografía de un militar ucranio del grupo neonazi Pravi Sektor que lucía en su uniforme la calavera con huesos cruzados, símbolo del cuerpo de élite Waffen SS, de Heinrich Himmler. Fumando de la buena, el chistoso Volo­dymir Zelensky declaró que su ejército «vencerá y expulsará a las hordas nazis que llegan desde Moscú (sic), porque mientras los rusos luchan por el führer, los ucranios lo hacen por la libertad y para que la victoria de sus antepasados no sea en vano» (sic).

Seis. Simultáneamente, en la ciudad de Rovno (Ucrania), las autoridades municipales removían 21 monumentos soviéticos. Entre ellos, el busto de Nikolai Kuznetsov (no confundir con el almirante homólogo), quien durante la guerra obtuvo información crucial para la derrota de los nazis en la batalla de tanques más grande de la historia (Kursk, 1943). Viktor Shakirzian, secretario del consejo municipal, explicó: «El cementerio de Dubénskoye debe ser un lugar de recuerdo de las víctimas de la Segunda Guerra Mundial, y no debe contener símbolos del régimen totalitario» (sic).

Siete. Afán recurrente del Capitán América desde 1945: vaciar la memoria histórica de los pueblos. Que si bien es imposible de medir con regla y compás, siempre reaparece. Como aquel día de inicios de 1994, cuando Carlos Salinas de Gortari se dirigió al país a raíz del alzamiento zapatista, teniendo detrás un óleo de Venustiano Carranza que a millones hizo recordar al oficial carrancista que asesinó a traición al general Emiliano Zapata.

Ocho. El principio del fin del poderío nazi empezó a inicios de 1943, tras la batalla de Stalingrado (hoy Volgogrado, de 2 a 3 millones de muertos). Poco antes, el general Friedrich von Paulus solicitó autorización para rendirse. Pero Hitler le ordenó que se suicidara y lo ascendió a mariscal, no sin advertirle que ningún mariscal se había rendido. Los soviéticos capturaron 24 generales y 100 mil hombres. Victoria que culminó con la histórica fotografía de la bandera soviética flameando en la cancillería del tercer Reich.

Nueve. La Segunda Guerra Mundial terminó el 9 de mayo de 1945. Sin embargo, al día siguiente empezó la tercera y verdadera, a dos bandas: contra la Unión Soviética, y contra los pueblos que luchaban contra el colonialismo y el ­neocolonialismo.

Diez. A eso se le llamó guerra fría, política fijada por aquel gran aficionado a la botella, el primer ministro de Inglaterra Winston Churchill, el 5 de marzo de 1946: «Desde Stettinn, en el Báltico, a Trieste, en el Adriático, ha caído sobre el continente un telón de acero».

Once. En los primeros días de marzo, en un páramo del Donbass (este de Ucrania), un grupo de soldados del batallón neonazi Azov, se puso a repartir bolsas con alimentos. Creyendo que eran rusos, se acercó una enjuta campesina de 94 años, portando una desteñida bandera roja estampada con la hoz y el martillo.

Doce. Los soldados le entregaron su vianda, al tiempo de quitarle la bandera, y arrojarla a sus pies. Estupefacta, la anciana devolvió la bolsa, diciendo: «No quiero nada… ¡Están pisoteando la bandera por la que murieron mis padres!»

La Jornada