|
|
|

"Si
la historia la escriben los que ganan..."
"Pueden ir tomando nota
los que quieren atender
voy a cantar con placer
lisonjas para un patriota"
MANUEL UGARTE, SOMOS LO QUE SOMOS
Texto completo de Conferencias de Osvaldo
Vergara Bertiche* sobre la vida y obra de Manuel Ugarte
"...Los estudiantes se aburren y terminan por no interesarse en la historia,
cosa que en cierto sentido es benéfica, porque antes que saber una mala
historia es mejor no saber ninguna. El que no sabe ninguna está a tiempo
por ahí de aprender la buena; el otro tiene que, como nos pasó a muchos
de nosotros, desaprender las malas enseñanzas para después empezar a aprender".
Norberto Galasso
Los esfuerzos desplegados por teóricos y comunicadores del pos-posmodernismo,
que propagaban la muerte de las utopías, la desaparición de las ideologías
y que había que archivar la historia porque era su fin, no dieron el resultado
esperado ya que éstas vuelven una y otra vez
Y cuando el país, vaciado en lo cultural y económico por décadas de políticas
impuestas desde los centros de poder transnacionales, quedó literalmente
reducido a escombros, surge la memoria y la esperanza y el afán de comprender
"el qué nos pasó" echando una mirada al pasado y creando un auténtico clima
que elimine "los contornos borrosos" de una situación caótica.
Es que toda la problemática histórica de los tiempos presentes, si quiere
ser comprendida en su exacto horizonte, debe ser visualizada desde una base
sustantiva que defina, con enorme claridad, los perfiles históricos - en
profundidad y extensión - de nuestra Nación.
Así, sorprende a muchos el interés
que acompaña hoy todo aquello que tiene que ver con Arturo Jauretche. Hasta
hace poco un olvidado pensador argentino (1901-1974) que fuera poeta y verseador,
paisano alzado en armas en las patriadas radicales de la Década Infame,
orador y escritor, nexo entre el irigoyenismo histórico y el peronismo,
sin cuya penetrante mirada, y su zocarronería, no sería comprensible la
Argentina del siglo XX.
Hemos sido sujetos de una apropiación, que trajo, en amplios sectores, un
desconocimiento del proceso histórico-social. Entender la Nación desde lo
nacional es "contrarrestar la contracultura impuesta que alcanza su culminación
en la contrapedagogía, o sea el conjunto de ideas que en forma directa o
indirecta contribuyen al debilitamiento de la función primordial de la pedagogía,
que es transmitir el saber, transmitir la cultura y los mecanismos que hacen
posible su permanente renovación"
Rescatar la memoria de los argentinos que lucharon denodadamente por un
país distinto; dueño de su destino; parece ser un fenómeno que se despliega
en toda su intensidad. La incesante búsqueda de paradigmas es posible, porque
si "La historia la escriben los que ganan..." debemos ir al encuentro de
la "otra historia"... la de los pueblos.
|
MANUEL UGARTE, UN ARGENTINO
OLVIDADO
Entre tantos otros argentinos "condenados al silencio y al olvido", se encuentra
Manuel Ugarte, integrante de la Generación del 900, núcleo de intelectuales
nacidos entre 1874 y 1882 que conformaban en los inicios del Siglo XX, una
brillante "juventud dorada".
Pertenecían a ella, entre otros, Leopoldo Lugones, José Ingenieros, Ricardo
Rojas, Macedonio Fernández, Alfredo L. Palacios, Alberto Ghiraldo, Manuel
Gálvez y el propio Ugarte.
"Habían nacido y crecido en ese tan curioso período de transición que cubre
el último cuarto de siglo en la Argentina, cuando la vieja provincia latinoamericana
parecía hundirse para siempre, con sus gauchos y sus caudillos, sus costumbres
austeras y su antiguo aroma español, sus sueños heroicos y su fraternidad
latinoamericana".
Durante los prósperos años veinte, en la Argentina existían distintas corrientes
nacionalistas, incluso, en las propias Fuerzas Armadas, ideas que con el
correr del tiempo fueron tomando formas más decididamente conservadoras.
Años en los que aparece una Argentina cosmopolita ajena al destino del resto
de las naciones hermanas hispanoamericanas, con una clase dominante derrochadora,
"de jacqué y galera de felpa", que no asume el frío de los inviernos y marcha
a disfrutar el verano parisino. Mientras que la superestructura cultural
difundía las últimas novedades europeas.
"El nacionalismo había sido alimentado, en buena parte, en la reacción ante
la inmigración europea, por parte de elites y de intelectuales que la veían
como fuente de anomia y de decadencia cultural capaces de generar condiciones
de revolución social".
Eran tiempos de dos Argentinas: una de pretenciosa arrogancia, cómoda, adinerada,
explotadora, y la otra que pujaba por salir del estancamiento y de la marginalidad.
Esos poetas, escritores, ensayistas, sufrieron en carne propia el drama
del país y "sus promisorias inteligencias, en vez de desarrollarse al cobijo
de un clima favorable, se desgarraron tironeadas por dos mundos contradictorios".
La tarea intelectual no fue entonces una simple labor creativa, ni de divertimento
como en otros núcleos de pensadores, sino un penoso camino que se recorría
costase lo que costase.
“Hasta ellos llegaba la tradición de un Manuel Dorrego o un Mariano Moreno
y las puebladas tumultuosas de las montoneras, como así las nuevas ideologías
que recorrían Europa atizando el fuego de la Revolución: el socialismo y
el anarquismo”.
A su vez percibían una nación en germen, la sombra de una Patria Grande
que había sido despedazada y las "patrias chicas" encadenadas colonialmente
a las grandes potencias.
"La cuestión nacional y la cuestión social se enredaban en una compleja
ecuación con que la Historia parecía complacerse en desafiarlos".
Ricardo Rojas clamará por una "Restauración nacionalista", reivindicará
"La Argentinidad" buscando un vínculo de cohesión latinoamericana e indicando
la necesidad de retornar a las fuentes nativas y españolas.
Se
desplazará luego al callejón sin salida del indigenismo e inspirado en esas
ideas escribe un drama, "Ollantay", basado en una antigua tradición incaica.
Leopoldo Lugones, desde las épocas de su temprano anarquismo, indagará desesperadamente
sobre la suerte de la Patria, luego con igual fuerza, intentará enraizar
en estas tierras ese socialismo que conmueve a la Europa de la segunda mitad
del siglo XIX.
Su militancia juvenil en el Partido Socialista va dirigida a lograr la transformación
del país mediante "Una ideología socialista cuya única posibilidad de fructificar
reside en impregnarse profundamente de las especificidades nacionales".
Lucas Ayarragaray (1861-1944), conservador liberal de cuño tradicional le
respondería que "el sistema tenía sus propios correctivos, y no era necesario
sembrar alarma".
Con frustraciones a cuestas, por una experiencia negativa en ese campo,
llega al liberalismo reaccionario y luego al fascismo con "La hora de la
espada". De propagandista del presidente Quintana, liberal pro inglés, a
redactor de los discursos del presidente Uriburu, corporativista admirador
de los Estados Unidos.
Cabe acotar que el “Martín Fierro” de José Hernández fue olímpicamente desconocido
por las esferas cultas y literarias de nuestro país desde su publicación
hasta que Leopoldo Lugones y Ricardo Rojas lo "descubren" en 1912.
Alberto Ghiraldo - amigo íntimo de Ugarte desde la adolescencia - intentó
asumir las nuevas ideas del siglo sin dejar, por eso, de "nutrir su literatura
en la sangre y la carne de su propio pueblo". Anarquista desde joven, cultivó
también los cuentos criollos y en sus obras de teatro reflejó la realidad
nacional.
Tanto él, como Ugarte, denostaron al monstruo devorador de pequeños países.
Optó por el exilio. Y el poeta que hizo vibrar a una generación con "Triunfos
nuevos", el implacable crítico de "Carne doliente" y "La tiranía del frac"
murió solo, pobre y olvidado.
Macedonio Fernández y Manuel Gálvez también "compartieron las mismas inquietudes.
Después de una juvenil experiencia anárquica, Macedonio se retrajo pero
no cesó de reivindicar lo nacional en su largo discurrir de décadas ante
reducidos grupos de discípulos. El humorismo se convirtió en su coraza contra
esa sociedad hostil donde prevalecían los abogados de compañías inglesas
y estancieros entregadores".
Manuel Gálvez, por su parte, optó por recluirse y crear en silencio. Abandonando
el socialismo de su juventud, se aproximó a la Iglesia Católica y encontró
en ella el respaldo suficiente para no sucumbir.
Se convirtió en uno de sus "Hombres en soledad" y en ese ambiente intelectual
logró dejar varias novelas y biografías realmente importantes.
Alfredo Lorenzo Palacios - como Ricardo Rojas - era de extracción federal.
Su padre, Aurelio Palacios, había militado en el Partido Blanco uruguayo
y era, pues, un hijo de la patria vieja, aquella de los gauchos levantados
en ambas orillas del Plata contra las burguesías comerciales de Montevideo
y Buenos Aires.
“También Palacios, como Lugones, como Gálvez, como Macedonio, como Ghiraldo,
percibió desde joven la atracción de las banderas rojas a cuyo derredor
debía nuclearse el proletariado para alcanzar su liberación”.
No es casualidad por ello que ingresase al Partido Socialista y que allí
discutiese en favor de la patria, ni que fuera expulsado por su "nacionalismo
criollo", ni que fundase luego un Partido Socialista "Argentino", ni que
más tarde se convirtiese en el orientador de la Unión Latinoamericana.
"¿Cómo no iba a saber el hijo de Aurelio Palacios - antimitrista, amigo
de José Hernández y opositor a la Triple Alianza - que la América Latina
era una sola patria? ¿Cómo no iba a saber Palacios que el socialismo debía
tomar en consideración la cuestión nacional en los "pueblos desamparados"
como el nuestro?"
Aquel joven socialista se transformó con el correr de los años en personaje
respetado; pero él, que había iniciado una marcha por una patria liberada
y un ideal socialista, aceptó el cargo de Embajador de uno de los gobiernos
más antinacionales y antipopulares que tuvo la Argentina, el del Golpe de
1955.
José Ingenieros nacido en Palermo, Italia, intuyó siempre, aunque de una
manera confusa y a veces cayendo en gruesos errores (como el del imperialismo
argentino en Sudamérica) que la reivindicación nacional era uno de los problemas
claves de la lucha política.
El socialismo le venía desde la cuna pues su padre, Salvador Ingenieros,
había sido uno de los dirigentes de la Primera Internacional. También desengañado
del socialismo, en 1902, abandonó la arena política y se sumergió de lleno
en los congresos psiquiátricos, en las salas de hospitales y en sus libros.
Pocos años antes de su temprana muerte entregó sus mejores esfuerzos a la
Unión Latinoamericana, a la defensa de la Revolución Mexicana, al asesoramiento
del caudillo de Yucatán, Felipe Carrillo Puerto, a quien aconsejaba adoptar
un "socialismo nacional", y al elogio de la Revolución Rusa.
Tampoco Ingenieros vio colmados sus anhelos juveniles. "Las fuerzas predominantes
en la superestructura ideológica, montadas sobre el final del siglo cortaron
el vuelo del pensamiento de Ingenieros, lo embretaron en disciplinas menos
peligrosas que la sociología y la política, y lo silenciaron resueltamente
en su último intento por gritar su verdad cuando reivindicaba al unísono
la bandera de la Unión Latinoamericana y del Socialismo Revolucionario".
Como también, de manera más técnica, Alejandro Bunge (1880-1943), en su
"Revista de Economía Argentina" y varios libros muy influyentes, estudiaba
las posibilidades de renovación económica, promoción industrial e integración
con los países vecinos, y una legislación de tipo social cristiano.
Aníbal Ponce (1898-1938), un discípulo del José Ingenieros tardío (que había
visto con simpatía las nuevas experiencias de la Unión Soviética) fue la
principal figura que intentaba integrar el humanismo con la conciencia de
clase, en obras como "Humanismo burgués y humanismo proletario", y "Educación
y lucha de clases" (1936).
En toda la América hispano-lusoparlante se daban situaciones similares:
es decir, socialismo y latinoamericanismo.
Se advertía el emergente poder de los Estados Unidos, que comienza a hacerse
visible en la guerra de Cuba de 1898.
“Estados Unidos es el nuevo paradigma del poder”, y las naciones del continente
al sur del Río Bravo, atomizadas en la crisis del Imperio Español, en vez
de concretar el sueño de la Patria Grande se debatían en esa suerte de enanismo
dependiente. Eramos los "Estados Desunidos del Sur" en vez de ser "Estados
Unidos del Sur".
En el año 1900. José Enrique Rodó (uruguayo) en “Ariel” dice: “cada generación
necesita acuñar un mensaje nuevo, responder a una nueva necesidad de la
historia”.
Esa idea, es la de la unidad moral e intelectual de América Latina. Y advierte:
“si no vamos hacia la unidad de América Latina, no vamos a salir del polvo
de la historia; vamos a no ser, definitivamente”. Es uno de los tantos que
dijeron ¡no! ¡Tenemos que repensar todo desde la unidad!.
Desde 1826, desde Bolívar, el proceso se detuvo y no se dio aquello de fundar
la “Nación de Repúblicas Confederadas” que éste añoraba y pregonaba.
En 1908, Rodó promueve el Primer Congreso Estudiantil Latinoamericano. Concurren
de Perú, de Chile, Argentina, Brasil y Paraguay, y es el comienzo de la
organización de las juventudes latinoamericanas.
Todos estos representantes de la generación del 900, a pesar de las enormes
presiones y acorralamientos, ese "silencio y olvido a que fueron condenados",
lograron hacerse conocer en la Argentina y en América Latina.
De todas maneras, esterilizados, edulcorados o deformados, tomados a veces
en sus aspectos más baladíes, o resaltando sus obras menos valiosas, todos
ellos han sido incorporados a los libros de enseñanza, a los suplementos
literarios, a las antologías, a las bibliotecas públicas, y sus obras suelen
encontrarse en los anaqueles de cualquier biblioteca con pretensiones de
tal.
Señala Norberto Galasso que "la clase dominante ignora y anula a las demás,
las acalla y silencia todo lo que sea distinto de la historia oficial.
Y agrega "La clase dominante construye, fábrica los intelectuales que le
darán sustento a su proyecto de sociedad a través de iluminados que tratarán
de generar el consenso en torno al modelo vigente".
Partiendo de la base de definiciones generales, que ya nadie discute, es
necesario traer a colación a Carlos Marx quién dice en “Ideología Alemana”
que "las ideas dominantes de una sociedad son las ideas de la clase dominante".
Y se explica, porque las ideas que dominaban en la Argentina "eran aquellas
que, justamente, la clase dominante imponía a través de las comunicaciones,
de la educación, del arte y la cultura, por cuanto disponía del dinero para
pagar intelectuales, periodistas y políticos, tratando así, de influir en
el pensamiento, en la historia, en la economía, en la filosofía, y en tantas
otras manifestaciones, inculcando una forma de ver el mundo con el fin de
legitimar su opresión".
“Las grandes transformaciones en la historia del mundo se produjeron recién,
cuando previamente a los sucesos políticos, se consolidó una fuerte critica
a todo ese mundo de ideas.
Por ejemplo, la Revolución Francesa sería inexplicable sin Rousseau, sin
Voltaire, sin Diderot, sin D’Alambert y toda la critica que hicieron los
Enciclopedistas.
La Revolución Española de 1808 hubiera sido imposible sin la critica que
los filósofos liberales revolucionarios de España hacen al Viejo Régimen".
También es el caso de la Revolución Rusa. Lenin empieza en 1900 visualizando
el estado del capitalismo y de la economía en el Imperio de los Zares, para
luego proponer la salida revolucionaria.
En definitiva "Las armas de la critica preceden a la crítica de las armas".
"La critica ideológica profunda al Viejo Régimen, se convierte en un arma
de importancia fundamental ya que permite ir socavando el poder de los sectores
dominantes. Después aparecen las masas (los desarrapados de Francia o los
descamisados de nuestro país) provocando las transformaciones necesarias".
De aquel brillante núcleo intelectual, sólo Ugarte consiguió dar respuesta
a los interrogantes con que los desafiaba la historia, y hasta su muerte
fue leal a esas convicciones
Manuel Ugarte tuvo un distinto destino con referencia a los de su Generación:
un silencio total rodeó su vida y su obra durante décadas.
Cabe decir, no sin cierto dolor, que “fue un desconocido para el argentino
medianamente culto que ambula por los pasillos de las Facultades”. No es
casual, por supuesto, sino por el contrario: causal.
"Sólo él recogió la influencia, nacional-latinoamericana que venía del pasado
inmediato y la ensambló con las nuevas ideas socialistas que llegaban de
Europa, articulando los dos problemas políticos centrales de la semicolonia
Argentina y de toda la América Latina: la cuestión social y la cuestión
nacional".
Durante toda su vida fusionó dos banderas: la reconstrucción de la nación
latinoamericana y la liberación social de sus masas trabajadoras.
Ésta es la singularidad del pensamiento de Ugarte y por ende la condena
por parte de los grandes poderes defensores del viejo orden.
De ahí la utilidad de rescatar su pensamiento creador y analizar detenidamente
las formulaciones de este solitario socialista en un país y en una América
semicolonial.
Ugarte enfrentó el problema de la cuestión nacional cuando aún Lenin no
había escrito "El imperialismo, etapa superior del capitalismo", ni Trotski
dado a conocer su teoría de "la revolución permanente".
Ugarte, fue quién sintetizó mejor uno de los rasgos esenciales de nuestros
males: la carencia de la unidad de la América del Sur.
Apenas conquistada la primera Independencia, esa unidad fue frustrada por
las intrigas de las grandes potencias y el europeismo de las clases dirigentes
vernáculas..
Esa necesaria e impostergable reunificación, el logro de la Patria Grande
y la consolidación de las Naciones inconclusas, fueron la gran bandera de
Ugarte.
A comienzos de 1914, a su instancia, surgió en Buenos Aires, la Asociación
Latinoamericana, conformada luego de las manifestaciones organizadas por
la intervención norteamericana en México que concluyó con el golpe de estado
de Huerta. Esta organización estaba formada principalmente por grupos juveniles
y algunos centros obreros.
"Cada nueva agresión norteamericana contó con la respuesta vibrante y apasionada
de la Asociación, en 1915 ante una nueva amenaza a México, Ugarte reunió
más de 10.000 personas en la Plaza Congreso".
"Continuó en la defensa de los países de América Latina agredidos, mientras
gran parte de la intelectualidad argentina, de los partidos políticos y
la prensa, se sumaban a la defensa de Francia e Inglaterra en la guerra".
Asumir inclaudicablemente esta posición lo convirtió en un "maldito" de
la historia. Hostilidad y desconocimiento en nuestro país; gobernado en
ese entonces por la alianza anglo-oligárquica, sustentada por la prosperidad
agro-exportadora; y gozando al mismo tiempo de una gran popularidad entre
los pueblos de los países latinoamericanos, a los que visitó, convocando
multitudes.
En todo ese amplio espectro ideológico que dominaba el escenario, sus actores,
quedaron aislados, excluidos. Pensadores, artistas, ensayistas políticos,
al expresar ideas que impugnaban el sistema quedaban fuera de él. Con puertas
cerradas en medios de comunicación y ámbitos académicos, tuvieron que difundir
sus opiniones militantes o sus libros de alguna otra manera.
Así ocurrió también con Jauretche, Manzi,
Discépolo, Scalabrini Ortíz, Mallea,
Bunge, John William Cooke y muchos más, hasta incluso con el hombre, quizás,
“de mayor formación filosófica de nuestro tiempo, Juan José Hernández Arregui”.
Pero todo esto no puede ser motivo de asombro, si ya, en otros tiempos,
el añoso Juan Bautista Alberdi fue aniquilado cuando se vuelve antimitrista
y con motivo de la Guerra de la triple Alianza se pone decididamente en
favor del Paraguay.
Pero Ugarte no se limitó a enarbolar esa gran causa. Fue una suerte de socialista
criollo, haciendo una divulgación constante de estos principios.
Es que, oriundo de un país en el que se había conformado un Partido Socialista
enteramente moldeado en una concepción europea de la cuestión social, fue
a raíz de su postura, expulsado del partido creado y dirigido por Juan B.
Justo; éste último, un destacado dirigente político y traductor de “El Capital”
de Carlos Marx, pero ardientemente adscripto a los dogmas económicos, históricos
y políticos del liberalismo; dogmas estos que Sarmiento había resumido en
la célebre antinomia político-cultural: civilización o barbarie y a la que
justamente Arturo Jauretche denominara "la madre de todas las zonceras"
de la argentina.
“Juan B. Justo y la conducción socialista de la época, se consideraban a
sí mismos y a su proyecto político como la vanguardia revolucionaria, capaz
de torcer el rumbo del capitalismo, pero adhiriendo a la misión civilizatoria
de Occidente sobre el resto del mundo”.
Ugarte en cambio juzgaba pertinente que los componentes de nuestra Patria
Grande debían enrolarse resueltamente en el campo de los países pobres,
de los llamados sin historia y librar la batalla definitiva por la Segunda
Independencia y un orden social más justo y equitativo.
En su carta de renuncia al Partido Socialista donde explicaba las muchas
diferencias que lo separaban de esa agrupación, cuestiona fundamentalmente
la posición anti-militarista, la inclinación anti-religiosa, llamando al
respeto de todas las creencias, y rechaza la enemistad del socialismo argentino
con el concepto de Patria, en tanto que reafirmaba su amor por su Nación
y su Bandera.
Ausente de la Argentina desde 1919 decide regresar (ni siquiera tenía dinero
para comprar los pasajes y toma una dolorosa decisión: vender su biblioteca).
Al llegar restableció relaciones con Alfredo Palacios quién lo invitó a
reingresar al Partido Socialista, varios dirigentes más, también insistieron
en el ofrecimiento. Luego de pensarlo, aceptó reincorporarse al partido.
Pero este nuevo intento no podía durar demasiado, al año siguiente fue expulsado
luego de haber descargado una serie de críticas contra la conducción y las
viejas ideas del partido.
Era evidente que Ugarte no congeniaba con las ideas ortodoxas del socialismo
oficial ya que para él “el socialismo y la patria no son enemigos, si entendemos
por patria el derecho que tienen todos los núcleos sociales a vivir a su
manera y a disponer de su suerte, y por socialismo el anhelo de realizar
entre los ciudadanos de cada país la equidad y la armonía que implantaremos
después entre las naciones.
Así también, para el Partido Comunista de la República Argentina el problema
nacional, forma típica en que se expresa la revolución de los países periféricos,
no existía. "El Partido Comunista, nacido como un desprendimiento de izquierda
del Partido Socialista llegó a comprender en algunos momentos que había
una opresión imperialista, pero no por eso varió su política interna, pues
su comprensión sólo nacía de las diferencias entre la burocracia del Kremlin
y el imperialismo mundial".
Cuando aquélla se aliaba con el sector "democrático" de éste, que es el
dominante en nuestros países, ni se acordaban de esa opresión.
Debemos reconocer que esa ceguera no era producto de la doctrina marxista.
"La socialdemocracia rusa estudió profundamente el problema nacional y desarrolló
incluso su teoría". Fue en gran parte debido a su estrategia acertada en
este campo que obtuvo el triunfo de octubre de 1917. Abarcando el problema
en toda su magnitud histórica, Lenin había llegado a predecir que el siglo
XX vería surgir nuevos y grandes movimientos nacionales y nuevas naciones.
No se equivocaba.
Pero nuestros "socialistas" y "comunistas" nativos tomaron fórmulas y consignas
de las naciones desarrolladas de Europa. Es evidente que las causas que
llevaron a esta deformación, de tan grandes consecuencias históricas, fue
la subordinación económica de nuestros países, que determinó que las tendencias
ideológicas y políticas reflejaran la pugna entre las grandes fuerzas mundiales.
Se ha dicho y es axiomático que “quien desconoce el nacionalismo del país
oprimido favorece el del opresor”. Utilizando como cobertura ideológica
el internacionalismo proletario (mal entendido), el socialismo y el comunismo
desempeñaron precisamente esa función, buscando sistemáticamente oponer
el movimiento político de la clase obrera al movimiento nacional.
Desde entonces fue perdiendo su representatividad en la clase, porque se
puso en contradicción abierta con los intereses del proletariado. A su vez,
"el Partido Comunista, atado a la burocracia del Kremlin se dedicó a traducir
la política exterior de ese Estado, acondicionando su actuación a los vaivenes
y conveniencias que a éste imponían las diversas coyunturas de la situación
mundial". Es ésta la razón por la que no formuló su política de acuerdo
con las necesidades propias de la clase obrera y del pueblo.
Volviendo específicamente a Ugarte, podemos decir que en 1904, asiste como
delegado al Congreso de la Internacional Socialista en Amsterdam.
Tres años después, participa en Stuttgart de otro Congreso, al que asisten
Vladimir Ilich Lenín, Rosa Luxembugo, Jean Jaurés, Karl Kautsky y Gueorgui
Plejánov.
A pesar de estas incursiones ideológicas en el seno del movimiento marxista
internacional, desde 1910 a 1913 Ugarte recorre toda la América hispana,
da conferencias y es aclamado en 20 capitales, sin predicar el internacionalismo
proletario sino la construcción de la Patria Grande, la gran nación iberoamericana.
“Agentes secretos de las embajadas de Estados Unidos le siguen los pasos
en Cuba, Santo Domingo, México, Guatemala, Honduras, El Salvador y Nicaragua.
Funcionarios diplomáticos norteamericanos le piden a las autoridades locales
que impidan su participación en actos públicos. A pesar de todo, llena teatros
y plazas, participa en manifestaciones callejeras y es un orador de barricada”.
Pedro Orgambide nos dice que Ugarte “al igual que José Martí, instrumenta
la crítica como ejercicio del criterio y apunta a la descolonización del
pensamiento dependiente de América latina”.
En ese marco puede sintetizarse su pensamiento y su ciclópea tarea militante
en cuatro puntos:
* "denunció al imperialismo yanqui desde 1901 hasta su muerte en 1951, por
sus tropelías en América Central y hasta por la guerra de Corea".
* "fue un socialista convencido, pero se negaba a copiar tácticas e ideas
europeas". "El socialismo debe ser nacional" dijo en 1911.
* "sostenía que debíamos incorporar la cultura mundial, pero elaborar nuestra
propia cultura nacional, sin exotismos ni europeismos".
![]() Firma de Manuel Ugarte |
El Jefe de la Guardia Nacional y luego dictador, Anastasio Somoza, hacía
el trabajo sucio de su amo norteamericano.
“El reproche de exotismo que por esta razón se les hizo, aparte de inexacto,
contiene una dosis de ponzoña; ellos no fugaban de América hacia Europa,
sino, como lo expresara Rubén Darío, se Ilevaban consigo América al viejo
continente para que viviera un poco de la civilización que aquí se les negaba”.
En “Redescubrimiento de Ugarte”, publicado en febrero de 1985, Jorge Abelardo
Ramos escribe: “... en la irresistible Argentina del Centenario, orgullosa
y rica, el emporio triguero del mundo, no había lugar para él.
*Osvaldo
Vergara Bertiche. Nacido en Rosario, Provincia
de Santa Fe, República Argentina, en 1942. Dirige, junto a Olga Nora Mansilla, "Análisis Cuadernos de Divulgación" (Declarados de Interés por la Municipalidad de Rosario - Decreto 11.083 del 30/11/1995), emprendimiento cultural-educativo, editora de "Cultura y Nación" (colección de breviarios Declarada de Interés por la Honorable Cámara de Diputados de la Provincia de Santa Fe), "Tangueando" y "Folcloreando", entre otras. Fue docente del Instituto Politécnico Superior (Universidad Nacional de Rosario) y de escuelas secundarias provinciales. Se desempeñó como funcionario de carrera y funcionario político en la administración pública provincial y en el Honorable Concejo Municipal de Rosario, respectivamente. Es autor de trabajos literarios referidos a la vida y obra de Enrique Santos Discépolo, Homero Manzi, Ramón Carrillo, Manuel Ugarte, Tita Merello y Alfredo Le Pera, entre otras, cerca de 26, personalidades argentinas, y que forman parte de la Colección "Cultura y Nación" Declarada de Interés por la Honorable Cámara de Diputados de la provincia de Santa Fe. Reconocido conferencista aborda temas referidos a "La Nueva Cultura", "Cultura e Identidad" y "Deuda Externa Argentina". En la Sede de Gobierno de la Universidad Nacional de Rosario desarrolló el tema "El Proceso de Desideologización y la Aparición de Falsas Ideologías". Participó del Congreso sobre "Políticas Culturales" organizado por la Sociedad Argentina de Escritores (SADE), siendo "Coordinador y Miembro Informante" de la Comisión "Identidad Cultural en Latinoamérica" (Rosario 2001). En distintas instituciones ha dictado cursos sobre "Historia y Filosofía del Tango". Galardonado con la "Orden de La Chaveta" por la Sociedad Argentina de Artistas Plásticos de Rosario y con la "Orden del Poeta" por la Peña La Herradura, por su trayectoria en el campo educativo y cultural. Creador de la "Orden del Yunque" a los Forjadores de la Identidad Nacional, Declarada de Interés por la Municipalidad de Rosario. RAFAEL OSCAR IELPI (Director del Centro Cultural Bernardino Rivadavia de la Municipalidad de Rosario) ha dicho: "Habiendo realizado en este Centro Cultural distintos ciclos vinculados específicamente a la cultura popular por un lado (el tango, el sainete, el teatro criollo, etcétera) y el análisis de la obra y vigencia de creadores vinculados a la misma (Discépolo, Manzi, Scalabrini Ortíz, Jauretche, etcétera) así como a temáticas sociales y políticas (la inmigración, el grupo FORJA) hago llegar a Usted el aval, en la certeza de la seriedad investigativa de su tarea y por su trayectoria en el campo cultural en nuestra ciudad de Rosario". Email de Osvaldo Vergara Bertiche: cuadernosdivulgacion@hotmail.com |
Ricardo Carpani, escultor y escritor (1930 – 1997), en “Nacionalismo popular,
nacionalismo burgués” con buen ojo clínico sobre la realidad nos impone
que con "Un simple vistazo sobre el proceso histórico mundial de los dos
últimos siglos y sobre la realidad presente de los pueblos, basta para detectar
la presencia permanente del sentimiento nacional como un factor emocional
fundamental en la movilización de las masas”.
“Los latinoamericanos, al hablar del carácter nacional de nuestra lucha
de liberación, no podemos circunscribirnos a los artificiales límites de
cada uno de nuestros respectivos países, sino que debemos involucrar en
ello a la totalidad de América Latina, nuestra patria grande, dividida y
fragmentada por el imperialismo y las oligarquías nativas, para el mejor
sojuzgamiento y explotación de sus pueblos”.
“Porque no es solamente un mismo territorio, un mismo pasado histórico,
las mismas tradiciones culturales, la misma lengua, etcétera, en fin, todos
los elementos necesarios para configurar una nación lo que nos une, sino,
también y especialmente, un opresor común que sólo podrá ser definitivamente
vencido con el concertamiento, espontáneo o conscientemente buscado, de
las luchas revolucionarias de las distintas regiones del continente”.
La liberación es insoslayable para ingresar en el proceso de construcción
de la Patria Grande.
Ugarte “no fue profeta en su tierra. En cambio, vio cómo se agrandaba la
patria mientras recorría el territorio de esta América que, como él vaticinó
en sus textos, sigue siendo una arriesgada apuesta al porvenir”.
Se pronunciaba en su momento en un artículo titulado “El nuevo nacionalismo”,
afirmando que “existen dos ideas muertas: el internacionalismo ciego y el
nacionalismo cerrado”.
Se declaraba partidario de “un nacionalismo democrático y por una democracia
nacional como la única solución posible”.
Es evidente que la “cuestión nacional” debe ocupar el lugar que corresponde
en la estrategia liberadora de los pueblos. Así, en diversos países de América
Latina, estamos asistiendo a un vigoroso proceso de creación de una poderosa
corriente nacional conectada con el movimiento de unificación nacional de
nuestros pueblos. No se trata de un proceso que discurra por viejos canales
partidarios, sino más bien un "vasto movimiento de reagrupación ideológica
que nos hace recordar los tiempos de los Libertadores pero en una escala
histórica mucho más elevada".
Debemos poner a trabajar nuestro talento al servicio de la Patria; de la
Patria chica y de la Patria Grande, contando para ello con un bagaje doctrinario
y ejemplificador.
Hoy asistimos al comienzo de una nueva fase de la historia de nuestra América,
en el que todos colegimos que no hay solución para ninguno d
Después de un largo periplo, de un largo proceso histórico, volvemos a la
misma situación en que se generó la Primera Independencia.
Innumerables historiadores han dialectizado la pugna entre nuestros héroes
libertadores y el destino, reviviendo enmohecidas categorías sobre el papel
del individuo en la historia.
Bolívar, San Martín, Artigas, O’Higgins, Sucre y tantos otros, habrían sido
"soñadores" y su proyecto "una hermosa quimera" y la rigurosa necesidad
de unificar América Latina no sería sino un "ideal", digno de evocarse en
la solemnidad de los actos oficiales o del academicismo.
Asumamos sí, que las fuerzas que se congregaron en torno a ellos para consumar
la independencia se disolvieron cuando se pretendió construir la unidad
de los Estados recién emancipados. Las oligarquías regionales que en alguna
medida sostuvieron las campañas libertadoras con algunos recursos y hombres;
entre los que figuraban más de un "padre de la patria", se volvieron contra
el proceso de unificación cuando el comercio libre estuvo garantizado.
El rasgo común de la Independencia en Sudamérica, proceso que va de 1810
a 1830, es que se produjo en conjunto, y esto es lo que debe repetirse ahora.
Porque es en el ahora donde sentimos la impotencia de los fragmentos que
ocasionó la dispersión. En América Latina, en América del Sur, "la unidad
prevalece sobre la diversidad". Y este es el nudo central de la cuestión.
Es Juan Domingo Perón quién planteaba que "debía asumirse el pasaje del
estado-nación al estado continental".
Felipe Varela, desde la cordillera de los Andes, convocando a la Unión Americana;
el entrerriano Ricardo López Jordán exaltando "la indisoluble y santa confraternidad
americana", Carlos Guido y Spano, defensor del Paraguay destrozado, Eduardo
Wilde, sosteniendo que hay "que hacer de Sudamérica una sola nación", José
Hernández designando a la Argentina como "esta sección americana", son exponentes
rotundos de una verdadera tradición de unidad indo-hispano-luso-americano.
José E. Rodó, en el mismo camino, le dirá a Ugarte: "Grabemos como lema
de nuestra divisa literaria esta síntesis de nuestra propaganda y nuestra
fe: Por la unidad intelectual y moral hispanoamericana".
El ejemplo que nos ofrece Manuel Ugarte es, justamente, el de haber sido
el primero que ofreció una síntesis, histórica y política, del conjunto
de América Latina, en el libro “El porvenir de la América Española”, publicado
en 1910. Hasta entonces, en pleno siglo XX, no había ninguna visión de conjunto
de América Latina. En 1911, apareció “La evolución política y social de
Hispanoamérica”. Rodó publica en 1912 “Bolívar, el unificador del sur”.
Y ese mismo año se edita “Las democracias latinas de América” del peruano
Francisco García Calderón, y en 1913 “La creación de un continente”, del
mismo autor.
Somos entonces, herederos del hispano-latino-indo-afro-americanismo.
De un latinoamericanismo que hizo también posible que “surgieron las primeras
visiones políticas de la industrialización de la región” a partir de Víctor
Raúl Haya de la Torre.
Todos los trabajos de Manuel Ugarte, que no tuvieron la merecida difusión
en nuestro país, sirven hoy más que ayer.
Tienen plena vigencia, muestra de ello es el párrafo de su autoría que transcribimos
y que parece haberse escrito en la actualidad, dice: "Yo también soy enemigo
del patriotismo brutal y egoísta que arrastra a las multitudes a la frontera
para sojuzgar a otros pueblos y extender dominaciones injustas a la sombra
de una bandera ensangrentada. Yo también soy enemigo del patriotismo orgulloso
que consiste en considerarnos superiores a los otros grupos, en admirar
los propios vicios y en desdeñar lo que viene del extranjero. Yo también
soy enemigo del patriotismo ancestral, de las supervivencias bárbaras, del
que equivale al instinto de tribu o rebaño. Pero hay otro patriotismo superior,
más conforme con los ideales modernos y con la conciencia contemporánea.
Y ese patriotismo es el que nos hace defender, contra las intervenciones
extranjeras, la autonomía de la ciudad, de la provincia, del Estado, la
libre disposición de nosotros mismos, el derecho de vivir y gobernarnos
como mejor nos plazca”.
La política neoliberal impuesta en los últimos años con su secuela de cierre
de industrias, desocupación y empobrecimiento, producto de la expansión
imperial, de la globalización de las finanzas sobre las naciones, y la actitud
"cipaya" de ciertos gobernantes, fue vislumbrada por este precursor; como
si fuera hoy, alerta: "La expansión va perdiendo su viejo carácter militar.
Las naciones que quieren superar a otras envían hoy a la comarca codiciada
sus soldados en forma de mercaderías.
Conquistan por la exportación,
subyugan por los capitales. Y la pólvora más eficaz parecen ser los productos
de toda especie que los pueblos en pleno progreso desparraman sobre los
otros, imponiendo el vasallaje del consumo".
El ejercicio del olvido al que fuimos condenados los latinoamericanos en
general y los argentinos en particular y los artilugios desarrollados para
anular el pasado con el ejercicio interesado de la desmemoria forman parte
del esfuerzo por ocultar décadas intensas y profundas de lucha por la unificación.
El olvido no es sólo derogación de la memoria. “Tiende a colocar en su lugar
una mítica narración del pasado: el silencio ha dado lugar a formas de normalización
falsificadas, a través de una unívoca interpretación oficial. Se sustituye
la cultura social, que actúa como conciencia crítica, deslizándose el sentido
conceptual del pasado a través de la opacidad del presente, resignificando
la temporalidad rica y múltiple del saber crítico hasta llegar a la clausura
de su significación”.
Así, es imprescindible abordar la “Urgencia por saber, para hacer”, es decir
que el conocimiento se convierta en un arma transformadora.
Pero esta urgencia vital no deviene de “un sentimiento trágico”, sino por
el contrario se catapulta desde el optimismo esperanzador.
“El olvido forma parte necesaria de una de las condiciones para la producción
de un tipo de subjetividad que fabrica complicidad permisiva…”.
No se trata sólo de recordar el pasado. Se trata de analizarlo profundamente
encontrando las vertientes y acciones que nos dan identidad, denunciar el
presente y construir un futuro distinto.
Señala Ugarte: "Después de lo que vemos y leemos, será difícil que queden
todavía gentes pacientes que hablen de la Federación de los Estados Sudamericanos,
del ensueño de Bolívar, como de una fantasía revolucionaria. La iniciativa
popular puede adelantarse en muchos casos a las autoridades. Nada seria
más hermoso que crear bajo el nombre de Liga de la Solidaridad Hispanoamericana
o Sociedad Bolívar una vasta agrupación de americanos conscientes que difundiesen
la luz de su propaganda por las quince repúblicas. Esa poderosa Liga tendría
por objeto debilitar lo que nos separa, robustecer lo que nos une y trabajar
sin tregua por el acercamiento de nuestros países. ¿Es imposible acaso realizar
ese proyecto?"
Tiene su obra el carácter que adquiere todo testimonio: sirve por la realidad
que describe y sirve, sobre todo, porque construye una ideología en donde
la nacionalidad no se crea sólo con las armas o con el pensamiento.
Se crea, sobre todo, con la emoción y la pasión.
La pasión que debemos poner en práctica para cambiar la realidad.
La pasión a que nos obliga el ser argentino, el ser ciudadanos de hispanoamérica.
Norberto Galasso manifiesta que. "Nuestras palabras, seguramente, destilan
pasión, y es que estamos atados irremediablemente a ella".
La pasión por seguir siendo lo que somos.
"entre comillas" citas de Norberto Galasso, Liliana Barela, Ricardo Carpani,
Abelardo Ramos, Eduardo Luis Duhalde y otros pensadores del campo nacional.
Osvaldo Vergara Bertiche.
Quedan reservados todos los derechos
Se autoriza la utilización total o parcial mencionando la fuente.

Los
malditos en la Historia argentina
Por Norberto Galasso
Manuel Ugarte (1875-1951)
En el Archivo General de la
Nación (Buenos Aires-Argentina) existen más de 25 biblioratos con documentación
que pertenecen al archivo privado de un Sr. llamado Manuel Baldomero Ugarte,
nacido en Bs. As. el 27 de febrero de 1875 y fallecido en Niza, junto al
Mediterráneo, el 2 de diciembre de 1951.
Supóngase que ahora empezamos a revisar esas carpetas. Vea, aquí tiene documentación
de 1900, cartas afectuosas que le envían Rubén Darío, Amado Nervo, José
Enrique Rodó, José Santos Chocano y otros escritores latinoamericanos, los
más prestigiosos de aquel momento.
En otra carpeta se ha separado la correspondencia proveniente de España.
Fíjese los firmantes: Miguel de Unamuno, Juan Ramón Jiménez, Pio Baroja.
En este bibliorato se archivaron cartas de amigos argentinos: José Ingenieros,
Leopoldo Lugones, Ricardo Rojas Alfredo Palacios. Es decir este desconocido
Ugarte se carteaba con los intelectuales más importantes de su país de América
y de España, e incluso alguno de ellos prologaron sus primeros libros como
Miguel de Unamuno, Rubén Darío y Pío Baroja.
¿Quiere ahora que sigamos revisando?. Observemos esta caja de recortes periodísticos
correspondientes a los años 1910, 1911 y 1912. Le advierto que se va a asombrar;
fotos y notas periodísticas de las principales ciudades de América Latina
anuncian con enormes titulares, las conferencias y actos públicos de Ugarte
con la concurrencia de miles de personas en México, Panamá, La Habana, El
Salvador, Santo Domingo, Managua, Caracas, Bogotá, Quito, Santiago de Chile,
Asunción, Montevideo, Buenos Aires; actos multitudinarios, a veces prohibidos
por los gobiernos por temor a la reacción popular, reclamos de entidades
populares ante las gestiones de la embajada yanqui para impedir sus conferencias,
una gira de dos años que conmovió a la patria grande latinoamericana.
Vea, ahora: 1918, fundación de la Federación Universitaria Argentina (FUA).
En el acto hablan delegados estudiantiles ¿Quiénes el orador de fondo? Manuel
Ugarte.
Veamos estas carpetas, relativas a la década de 1920, aquí hay cartas de
los principales dirigentes de la Revolución Mexicana, agradeciendo el apoyo
que les otorga Ugarte. Otras provienen de dirigentes del APRA peruano, cuando
aquel movimiento mantenía todavía en alto sus banderas de liberación y entre
ellas, varias de su líder, Víctor Raúl Haya de La Torre, quien juzga a Ugarte
como precursor del APRA. Asimismo José Carlos Mariátegui lo considera como
una de las más prestigiosas figuras de América latina.
Observe ahora y conmuévase: esta firma cuya rúbrica es un verdadero latigazo
pertenece a Augusto César Sandino, el jefe de la guerrilla nicaragüense
alzado en armas contra los marines yanquis, Sandino le agradece a Ugarte
la defensa de su causa en artículos y conferencias dados en diversas capitales
del mundo. En la misma carpeta nos encontramos con un ejemplar de la revista
Monde, editada en París, bajo la dirección de Henri Barbusse. Fíjese quienes
integran el comité de redacción: Máximo Gorki, Miguel de Unamuno, Alberto
Einstein, Upton Sinclair y Manuel Ugarte. No creo que necesitemos revisar
las carpetas que restan.
Abandonamos el Archivo General de la Nación. Lo que Ud. ha visto es suficiente
para que con perplejidad me pregunte: Entonces, ¿por qué es un desconocido
en Argentina? Le contesto: no sólo es un desconocido. A él, que escribió
más de treinta libros, le negaron una cátedra de Literatura en Buenos Aires,
justamente a él que había firmado el Libro de Oro Mundial de la Paz en 1929
junto a Bernard Shaw, Roman Rolland, los esposos Curie, Maeterling y otras
figuras, las más prestigiosas de la intelectualidad mundial. También le
negaron el Premio Nacional de Literatura para el cual lo propuso Gabriela
Mistral. Su nombre desapareció de los periódicos y las antologías. El Partido
Socialista lo expulsó en dos oportunidades de sus filas.
Cuando en 1916 fundó un diario "La Patria" con recursos personales, debió
cerrarlo antes de los noventa días de su aparición por el boicot que le
hacía la derecha por juzgarlo socialista y los socialistas por considerarlo
nacional.
Por todo esto se exiló en 1918 y regresó recién a la Argentina 17 años después.
Nuevamente volvieron a hostigarlo y en 1937 volvió a abandonar el país.
Regresó recién en 1946 y si bien el gobierno presidido por Perón le reconoció
méritos designándolo embajador, la burocracia boicoteó su tarea y debió
renunciar poco después. ¿Por qué entonces?, quizás reitere Ud. su pregunta.
Por ahora le resumiré las causas y quizás en otra oportunidad podamos analizar
cada una de ellas con detenimiento.
La primera: Ugarte denunció al imperialismo yanqui desde 1901, por
sus tropelías en América Central, hasta su muerte en 1951 por la guerra
de Corea.
La segunda: Ugarte fue un socialista convencido, pero se negaba a
copiar tácticas e ideas europeas "El socialismo debe ser nacional" dijo
en 1911.
La tercera: Ugarte sostenía que debíamos incorporar la cultura mundial,
pero elaborar nuestra propia cultura nacional, sin exotismos ni europeísmos.
La cuarta: Ugarte predicó desde 1900 hasta su muerte, la unidad latinoamericana.
Una vez siendo joven, Ugarte que era proclive a los romances, quiso deslumbrar
a una muchacha y le dijo, "Yo voy a luchar toda mi vida contra los Estados
Unidos, por la unidad de América latina y por el socialismo". Ella no entendía
mucho. Sólo se le ocurrió responder: Me parece mucha carga para andar por
la vida, y efectivamente tuvo razón, demasiada carga para andar por la vida.
Lo sentenciaron al silencio, lo convirtieron en "Maldito". Una vez Ugarte
comentó: "En otras partes se fusila, es más noble".
Fuente: www.discepolo.org.ar

Prólogo
a "La Nación Latinoamericana"
Por Norberto Galasso
LA NACIÓN LATINOAMERICANA - MANUEL UGARTE. Compilación, Prólogo, Notas y Cronología NORBERTO GALASSO - BIBLIOTECA AYACUCHO [texto disponible en SIESE Manuel Ugarte]
MANUEL BALDOMERO UGARTE pertenece
a la sacrificada "generación argentina del 900", es decir, a ese núcleo
de intelectuales nacidos entre 1874 y 1882 que conformaban al despuntar
el siglo, una brillantísima "juventud dorada". Sus integrantes eran Leopoldo
Lugones, José Ingenieros, Ricardo Rojas, Macedonio Fernández, Alfredo L.
Palacios, Alberto Ghiraldo, Manuel Gálvez y el propio Ugarte. Habían nacido
y crecido en ese tan curioso período de transición que cubre el último cuarto
de siglo en la Argentina, cuando la vieja provincia latinoamericana parece
hundirse para siempre, con sus gauchos y sus caudillos, sus costumbres austeras
y su antiguo aroma español, sus sueños heroicos y su fraternidad latinoamericana.
En su reemplazo, esos años ven brotar una Argentina cosmopolita, con aires
europeizados, cuyo rostro sólo mira al Atlántico, ajena al destino del resto
de las provincias hermanas, con una clase dominante derrochadora, de jacqué
y galera de felpa, que soslaya el frío de los inviernos marchándose a disfrutar
el verano parisino y un aparato cultural que difunde al día las últimas
novedades de la cultura europea. Influenciados por esas dos Argentinas,
la que parecía morir irremisiblemente y la que reclamaba el futuro con pretenciosa
arrogancia, estos poetas, escritores, ensayistas, sufrieron en carne propia
el drama del país y sus promisorias inteligencias, en vez de desarrollarse
al cobijo de un clima favorable, se desgarraron tironeadas por dos mundos
contradictorios. La tarea intelectual no fue entonces fructífera labor creativa,
ni menos simple divertimento como en otros núcleos de pensadores, sino un
penoso calvario frente al cual sólo cabía hincar la rodilla en tierra abandonando
la cruz, trampear a los demás y a sí mismos con maniobras oportunistas o
recorrerlo hasta el final costare lo que costare.
Hasta ellos llegaba la tradición democrática y hasta jacobina de un Manuel
Dorrego o un Mariano Moreno y también la pueblada tumultuosa de la montonera
mientras frente a ellos se alzaban las nuevas ideologías que recorrían Europa
atizando el fuego de la Revolución: el socialismo, el anarquismo.
A su vez, detrás, en el pasado inmediato, percibían una nación en germen,
una patria caliente que se estaba amasando en las guerras civiles y delante,
sólo veían la sombra de los símbolos porque la Patria Grande había sido
despedazada y las patrias chicas encadenadas colonialmente a las grandes
potencias. La cuestión nacional y la cuestión social se enredaban en una
compleja ecuación con que la Historia parecía complacerse en desafiarlos.
Ricardo Rojas clamará entonces por una "Restauración nacionalista", reivindicará
"La Argentinidad" y buscando un vínculo de cohesión latinoamericana se desplazará
al callejón sin salida del indigenismo en Eurindia. Una y otra vez las fuerzas
dominantes de esa Argentina "granero del mundo" cerrarán el paso a sus ideas
y una y otra vez se verá forzado a claudicar, elogiando a Sarmiento —él
que de joven se vanagloriaba de su origen federal—, otorgándole sólo contenido
moral a la gesta de San Martín —él, en cuyo "país de la selva" estaban vivos
aún los ecos de la gran campaña libertadora— para terminar sus días en los
bastiones reaccionarios enfrentando al pueblo jubiloso del 17 de Octubre.
Leopoldo Lugones también indagará desesperadamente la suerte de su patria
pero, con igual fuerza, intentará enraizar en estas tierras ese socialismo
que conmueve a la Europa de la segunda mitad del siglo XIX. Su militancia
juvenil en el Partido Socialista va dirigida a lograr ese entronque: una
patria cuya transformación no puede tener otro destino que el socialismo,
una ideología socialista cuya única posibilidad de fructificar reside en
impregnarse profundamente de las especificidades nacionales. La frustración
de esa experiencia lo llevará al liberalismo reaccionario y luego al fascismo
(de propagandista del presidente Quintana, liberal pro inglés, a redactor
de los discursos del presidente Uriburu, corporativista admirador de los
Estados Unidos).
¡Singularmente trágica fue la suerte del pobre Lugones! Fascista y anticlerical,
enemigo de la inmigración pero partidario del desarrollo industrial, su
suicidio resultó la confesión de que había fracasado en la búsqueda de su
"Grande Argentina". También él, como Ricardo Rojas, desfiló en la vereda
antipopular pero, al igual que a éste lo rescatan parcialmente sus mejores
libros, a Lugones lo protege del juicio lapidario de la izquierda infantil
una obra literaria nacional, la reivindicación del "Martín Fierro". El libro
de los paisajes, los Romances y esa dramática desesperación por encontrar
una patria que le habían escamoteado.
También Alberto Ghiraldo —amigo íntimo de Ugarte desde la adolescencia—
intentó asumir las nuevas ideas del siglo sin dejar, por eso, de nutrir
su literatura en la sangre y la carne de su propio pueblo.
Anarquista desde joven, cultivó también los cuentos criollos y en sus obras
de teatro reflejó la realidad nacional. También él, como Ugarte, denostó
al monstruo devorador de pequeños países en Yanquilandia bárbara, pero las
fuerzas a combatir eran tantas y tan poderosas que, en plena edad madura,
optó por el exilio. Desde España o desde Chile, Ghiraldo era ya apenas una
sombra de aquel joven que tantas esperanzas hacía brotar en el novecientos.
Y el poeta que hizo vibrar X a una generación con Triunfos nuevos, el implacable
crítico de Carne doliente y La tiranía del frac murió solo, pobre y olvidado.
Macedonio Fernández y Manuel Gálvez también compartieron las mismas inquietudes.
Después de una juvenil experiencia anárquica, Macedonio se retrajo y si
bien no cesó de reivindicar lo nacional en su largo discurrir de décadas
en hoteles y pensiones para el reducido grupo de discípulos, el humorismo
se convirtió en su coraza contra esa sociedad hostil donde prevalecían los
abogados de compañías inglesas y los estancieros entregadores. Su admiración
por el obispo Berkeley, en el camino del solipsismo, constituye una respuesta,
como el suicidio de Lugones, al orden semicolonial que aherrojó su pensamiento.
Gálvez, por su parte, optó por recluirse y crear en silencio. Abandonado
el socialismo de su juventud, se aproximó a la Iglesia Católica y encontró
en ella el respaldo suficiente para no sucumbir. Se convirtió en uno de
sus "Hombres en soledad" y en ese ambiente intelectual árido donde sólo
valían los que traducían a Proust o analizaban a Joyce desde todos los costados,
Gálvez pudo dar prueba de la posibilidad de una literatura nacional. Si
bien mediatizado por la atmósfera cultural en que debía respirar, si bien
cayendo a menudo en posiciones aristocratizantes, logró dejar varias novelas
y biografías realmente importantes.
También Alfredo Lorenzo Palacios —como Ricardo Rojas— era de extracción
federal. Su padre, Aurelio Palacios, había militado en el Partido Blanco
uruguayo y era, pues, un hijo de la patria vieja, aquellas de los gauchos
levantados en ambas orillas del Plata contra las burguesías comerciales
de Montevideo y Buenos Aires tan proclives siempre a abrazarse con los comerciantes
ingleses. También Palacios —como Lugones, como Gálvez, como Macedonio, como
Ghiraldo— percibió desde joven la atracción de las banderas rojas a cuyo
derredor debía nuclearse el proletariado para alcanzar su liberación. No
es casualidad por ello que ingresase al Partido Socialista y que allí discutiese
en favor de la patria, ni que fuera expulsado por su "nacionalismo criollo",
ni que fundase luego un Partido Socialista "Argentino", ni que más tarde
se convirtiese en el orientador de la Unión Latinoamericana. ¿Cómo no iba
a saber el hijo de Aurelio Palacios —antimitrista, amigo de José Hernández
y opositor a la Triple Alianza— que la América Latina era una sola patria?
¿Cómo no iba a saber Palacios que el socialismo debía tomar en consideración
la cuestión nacional en los "pueblos desamparados" como el nuestro? Sin
embargo, aquel joven socialista de ostentoso chaleco rojo de principios
de siglo se transformó con el correr de los años en personaje respetado
y aun querido por los grandes popes de la semicolonia, su nombre alternó
demasiado con los apellidos permitidos en los grandes matutinos y finalmente,
aquel que había iniciado la marcha tras una patria y un ideal socialista,
coronó su "carrera" política con el cargo de embajador de uno de los gobiernos
más antinacionales y antipopulares que tuvo la Argentina (1956).
Distinta era la extracción de José Ingenieros quien, incluso, no nació en
la Argentina sino en Palermo, Italia. Sin embargo, intuyó siempre, aunque
de una manera confusa y a veces cayendo en gruesos errores, como el del
imperialismo argentino en Sudamérica, que la reivindicación nacional era
uno de los problemas claves en nuestra lucha política. El socialismo, a
su vez, le venía desde la cuna pues su padre, Salvador Ingenieros, había
sido uno de los dirigentes de la I Internacional. Desengañado del socialismo
en 1902, Ingenieros abandonó la arena política y se sumergió de lleno en
los congresos siquiátricos, en las salas de hospital, en sus libros. Pero
pocos años antes de su temprana muerte entregó sus mejores esfuerzos a la
Unión Latinoamericana, a la defensa de la Revolución Mexicana, al asesoramiento
al caudillo de Yucatán, Felipe Carrillo Puerto, a quien aconsejaba adoptar
un "socialismo nacional" y al elogio de la Revolución Rusa en un teatro
de Buenos Aires. Es decir, socialismo y latinoamericanismo. Tampoco Ingenieros
vio colmados sus anhelos juveniles, ni los argentinos recibieron todo lo
que su inteligencia podía dar. Aquí también las fuerzas predominantes en
la superestructura ideológica, montadas sobre el final del siglo y cuya
consolidación se expresó simbólicamente en 1904 en la llegada al poder de
un abogado de una empresa británica, cortaron el vuelo del pensamiento de
Ingenieros, lo embretaron en disciplinas menos peligrosas que la sociología
y la política y lo silenciaron resueltamente en su último intento por gritar
su verdad, en ese su canto del cisne cuando reivindicaba al unísono la bandera
de la Unión Latinoamericana y del Socialismo Revolucionario.
Si
se observa con detenimiento, todos estos representantes de la generación
del 900, a pesar de las enormes presiones, los silencios y los acorralamientos,
han logrado hacerse conocer en la Argentina y en América Latina desde hace
años. De un modo u otro, esterilizándolos o deformándolos, tomando sus aspectos
más baladíes o resaltando sus obras menos valiosas, han sido incorporados
a los libros de enseñanza, los suplementos literarios, las antologías, las
bibliotecas públicas, las sociedades de escritores, las aburridas conferencias
de los sábados, los anaqueles de cualquier biblioteca con pretensiones.
Sólo Manuel Ugarte ha corrido un destino diverso: un silencio total ha rodeado
su vida y su obra durante décadas convirtiéndolo en un verdadero "madito",
en alguien absolutamente desconocido para el argentino medianamente culto
que ambula por los pasillos de las Facultades. No es casualidad, por supuesto.
La causa reside en que, de aquel brillante núcleo intelectual, sólo Ugarte
consiguió dar respuesta al enigma con que los desafiaba la historia y fue
luego leal a esa verdad hasta su muerte. Sólo él recogió la influencia,
nacional-latinoamericana que venía del pasado inmediato y la ensambló con
las nuevas ideas socialistas que llegaban de Europa, articulando los dos
problemas políticos centrales de la semicolonia Argentina y de toda la América
Latina: cuestión social y cuestión nacional. No lo hizo de una manera total,
tampoco con una consecuencia nítida, pero a través de toda su vida se continúa,
como un hilo de oro, la presencia viva de esos dos planteos, la fusión de
las dos banderas: la reconstrucción de la nación latinoamericana y la liberación
social de sus masas trabajadoras. De ahí la singular actualidad del pensamiento
de Ugarte y por ende su condena por parte de los grandes poderes defensores
del viejo orden. De ahí la utilidad de rescatar su pensamiento creador y
analizar detenidamente las formulaciones de este solitario socialista en
un país semicolonial —del Tercer Mundo, diríamos hoy— enfrentado ya al problema
de la cuestión nacional cuando aún Lenin no ha escrito El imperialismo,
etapa superior del capitalismo, ni Trotski ha dado a conocer su teoría de
"la revolución permanente".
En la época en que transcurre la infancia de Manuel Ugarte aún resuenan
en la Argentina los ecos de la heroica gesta libertadora y unificadora que
encabezaron San Martín y Bolívar, medio siglo atrás. La lucha común de las
ex colonias contra el absolutismo español, cruzándose sus caudillos de una
provincia a otra en medio de la batalla, se encuentra aún fresca en las
conversaciones de los mayores a cuyo lado se modela el carácter y el pensamiento
de la criatura. Más reciente aún, apenas una década atrás, está vivo el
recuerdo de Felipe Varela, desde la cordillera de los Andes, convocando
a la Unión Americana o la similar proclama insurreccional del entrerriano
Ricardo López Jordán exaltando "la indisoluble y santa confraternidad americana".
Asimismo —como para certificar que no sólo los caudillos se consideraban
latinoamericanos— ahí no más en el tiempo, Juan B. Alberdi había levantado
su voz contra la guerra de la Triple Alianza, juzgándola "guerra civil"
y había tomado partido por la causa de los blancos uruguayos, el pueblo
paraguayo y los federales argentinos contra la entente de las burguesías
portuarias del Plata y el Imperio del Brasil. Además, los hombres del 80,
con los cuales dialogará el Ugarte adolescente, son consecuentes con la
vieja tradición sanmartiniana: Carlos Guido y Spano, otro defensor del Paraguay
destrozado, Eduardo Wilde, cuyo escepticismo no le impide sostener con entusiasmo
que hay "que hacer de Sudamérica una sola nación", José Hernández que designa
habitualmente a la Argentina como "esta sección americana" e incluso el
propio presidente Julio A. Roca quien, por esa época, da uno de los pocos
ejemplos de latinoamericanismo oficial al rechazar las presiones belicistas
contra Chile, intercambiar visitas con el presidente del Brasil y lanzar
la Doctrina Drago para el conflicto venezolano. Es verdad que también resulta
poderosa la influencia antilatinoamericana preconizada por los distintos
órganos de difusión de la clase dominante, en especial, la escuela, la historia
de Mitre con su odio a Bolívar y los grandes matutinos. Pero el joven Ugarte
madura su pensamiento bajo la influencia de esa cultura nacional en germen
que asoma ya en el Martín Fierro de José Hernández o en La excursión a los
indios ranqueles de su conocido Lucio V. Mansilla, en la vertiente del nacionalismo
democrático que tuvo sus exponentes en Moreno, Dorrego, Alberdi y los caudillos
federales, especialmente los del noroeste como El Chacho y Varela. Su avidez
por aprender, su sed de libros nuevos, de ideas distintas, es satisfecha
gradualmente sin romper por eso los lazos con esa Argentina en gestación
que recién cuando él ha cumplido cinco años —en 1880— logra realmente su
unificación al federalizarse Buenos Aires y convertirse en Capital. Por
eso, cuando el joven poeta de 19 años, busca una bandera para su Revista
Literaria la encuentra en una convocatoria al acercamiento de todos los
jóvenes escritores de América Latina. Su primer paso en la literatura se
convierte, pues, en su primera experiencia latinoamericana. José E. Rodó,
en el mismo camino, le dirá entonces: "Grabemos como lema de nuestra divisa
literaria esta síntesis de nuestra propaganda y nuestra fe: Por la unidad
intelectual y moral hispanoamericana".
Al tiempo que esa experiencia de la Revista Literaria lo acerca al resto
de América Latina —colaboran desde Ricardo Palma hasta Rufino Blanco Fombona
y desde José Santos Chocano hasta José E. Rodó— lo aleja de la influencia
singularmente cosmopolita que va ganando a la mayoría de los jóvenes escritores
argentinos. El fracaso de su Revista —resistida por el ambiente de Buenos
Aires— resulta, desde el punto de vista latinoamericano, un verdadero triunfo.
Y cuando poco después —huyendo de Buenos Aires "porque me faltaba oxígeno"—
se instala en Europa, su conciencia latinoamericana se profundiza. "Desde
París, ¿cómo hablar de una literatura hondureña o de una literatura costarricense?"
pregunta. La lejanía lo acerca entonces y aquella realidad tan enorme que
era difícil de divisar de cerca, resulta clara a los ojos, tomando distancia.
La vieja broma de que un francés considera a Río de Janeiro capital de la
Argentina, adquiere en cierto sentido veracidad porque desde París, las
fronteras artificiales se disuelven, las divisiones políticas se esfuman
y la Patria Grande va apareciendo como una unidad indiscutible desde Tierra
del Fuego hasta el Río Grande. "Urgía interpretar por encima de las divergencias
lugareñas, en una síntesis aplicable a todos, la nueva emoción. La distancia
borraba las líneas secundarias, destacando lo esencial". Cuanto más lejos
de la Patria Chica más cerca de la Patria Grande. Quizá entonces analiza
cuidadosamente esas influencias recibidas en su niñez y en su adolescencia,
confusas y empalidecidas a veces, que su pensamiento no había logrado asimilar
como verdades propias y que ahora vienen a reafirmarle su nueva convicción.
Si Latinoamérica no es una sola patria, ¿qué significa ese oriental Artigas
ejerciendo enorme influencia sobre varias provincias argentinas y teniendo
por lugartenientes al entrerriano Ramírez y al santafesino López? Y junto
a ellos, ¿qué papel desempeña ese chileno Carrera? ¿Qué sentido tiene entonces
la gesta de San Martín al frente de un ejército que ha cortado vínculos
de obediencia con el gobierno argentino, llevando como objetivo la independencia
del Perú con ayuda chilena? ¿Quién es, pues, ese venezolano Bolívar, que
se propone liberar a Cuba, que proyecta derrocar al emperador del Brasil
y que lucha además por dar libertad a Ecuador y Perú, al frente de otro
ejército latinoamericano en el cual militan soldados y oficiales argentinos?
¿Son acaso traidores a la Argentina José Hernández, Guido y Spano, Juan
B. Alberdi, Olegario Andrade, y tantos otros que toman partido por el Paraguay
en la Guerra de la Triple Alianza? E incluso, ¿traicionan a la patria, esos
pueblos enteros de nuestro noroeste que festejan la derrota argentina de
Curupaytí en esa misma guerra?
Sus estudios de sociología e historia le otorgan ya las armas para preguntarse
qué es una nación y para plantearse la gran disyuntiva: ¿Cada uno de los
pequeños países latinoamericanos puede erigirse en una nación o la nación
es la Patria Grande fragmentada a la que hay que reconstruir como tarea
esencial? En esos años de fin de siglo el interrogante es formulado una
y otra vez y la respuesta va resultando cada vez más satisfactoria, cada
vez más sólida, abundante en argumentos ya irrefutables. El mismo idioma,
la comunidad de territorio, un mismo origen colonizador, héroes comunes,
viejos vínculos económicos ahora debilitados pero que pueden restablecerse,
fundamentan su convicción de que la América Latina es una sola patria, convicción
que ya no abandonará hasta su muerte. Por eso sostiene en 1901: "A todos
éstos países no los separa ningún antagonismo fundamental. Nuestro territorio
fraccionado presenta, a pesar de todo, más unidad que muchas naciones de
Europa. Entre las dos repúblicas más opuestas de la América Latina hay menos
diferencia y menos hostilidad que entre dos provincias de España o dos estados
de Austria.
Nuestras divisiones son puramente políticas y por tanto convencionales.
Los antagonismos, si los hay, datan apenas de algunos años y más que entre
los pueblos son entre los gobiernos. De modo que no habría obstáculos serios
para la fraternidad y coordinación de países que marchan por el mismo camino
hacia el mismo ideal. . .
Otras comarcas más opuestas y separadas por el tiempo y" las costumbres
se han reunido en bloques poderosos y durables. Bastaría recordar como se
consumó hace pocos años la unidad de Alemania y de Italia".
Poco tiempo después insiste en otro artículo: "La primera medida de defensa
sería el establecimiento de comunicaciones entre los diferentes países de
la América Latina. Actualmente los grandes diarios nos dan, día a día, detalles
a menudo insignificantes de lo que pasa en París, Londres o Viena y nos
dejan, casi siempre, ignorar las evoluciones del espíritu en Quito, Bogotá
o Méjico. Entre una noticia sobre la salud del emperador de Austria y otra
sobre la renovación del ministerio en Ecuador, nuestro interés real reside
naturalmente en la última. Estamos al cabo de la política europea, pero
ignoramos el nombre del presidente de Guatemala..." Y este reproche lanzado
en 1901 conserva todavía vigencia en 1976, no obstante los pasos que se
han dado para consolidar una conciencia latinoamericana.
Ugarte retoma sí el ideal unificador que inspiró a Bolívar la reunión del
Congreso de Panamá en 1824, granjeándose desde entonces la furiosa antipatía
de los mitristas de Buenos Aires, discípulos del localista Rivadavia que
torpedeó aquel Congreso. Mientras los argentinos de la nueva generación
abandonan las últimas inquietudes latinoamericanas —sólo Palacios, Ingenieros
y algunos pocos mantendrán de uno u otro modo la vieja bandera— Ugarte recuesta
su pensamiento y sus esfuerzos en el trabajo paralelo de otros hombres de
la Patria Grande que ansían continuar la lucha del libertador: las enseñanzas
de "Martí, las arengas de Vargas Vila, incluso el mismo Darío que militó
en el partido unionista de Nicaragua y muy especialmente, un gran amigo
de Ugarte y defensor a ultranza de Bolívar: Rufino Blanco Fombona.
En 1903 ya revela en germen su proyecto de construir una entidad dirigida
a estrechar vínculos latinoamericanos en pro de la reconstrucción de la
Patria Grande: "Después de lo que vemos y leemos, será difícil que queden
todavía gentes pacientes que hablen de la Federación de los Estados Sudamericanos,
del ensueño de Bolívar, como de una fantasía revolucionaria. La iniciativa
popular puede adelantarse en muchos casos a las autoridades. Nada seria
más hermoso que crear bajo el nombre de Liga de la Solidaridad Hispanoamericana
o Sociedad Bolívar una vasta agrupación de americanos conscientes que difundiesen
la luz de su propaganda por las quince repúblicas. Esa poderosa Liga tendría
por objeto debilitar lo que nos separa, robustecer lo que nos une y trabajar
sin tregua por el acercamiento de nuestros países. ¿Es imposible acaso realizar
ese proyecto?" Once años más tarde constituirá en Buenos Aires la Asociación
Latinoamericana que "realizará una intensa actividad durante tres años en
favor de la unión de nuestros países. Y al promediar la década del veinte
será también presidente honorario de la segunda entidad fundada en Buenos
Aires con el mismo propósito: la Unión Latinoamericana.
La concepción Latinoamérica como una sola nación fragmentada en un mosaico
de países sin destino propio, la convicción de que esa Patria Grande debe
ser reconstruida como condición indispensable para salir del atraso y la
esclavitud, así como el planteo acerca de una cultura latinoamericana en
formación con las especificidades de cada país, son desarrolladas por Ugarte
en El porvenir de la América Española, El destino de un continente, Mi campaña
hispanoamericana, La Patria Grande y La reconstrucción de Hispanoamérica,
como así también en innumerable cantidad de artículos y conferencias y muy
especialmente en los discursos populares pronunciados a lo largo de dos
años de gira por las ciudades más importantes de América Latina, en aquella
campaña inolvidable que movilizó a miles de manifestantes entre 1911 y 1913.
Ciclópea e incansable será su tarea: polemizará con los socialistas argentinos
que desdeñan a la América morena, y lo acusan de regresar de su campaña
"empapado de barbarie", discutirá con los intelectuales exquisitos que preconizan
el arte por el arte y se alienan en las obras importadas de Europa, señalará
en los periódicos los peligros del "idioma invasor" así como la infiltración
de un "alma distinta" a través del cinematógrafo, la obra teatral y el libro
extranjero cuando se los recibe con mentalidad colonial, defenderá la tradición
hispana —la de la España liberal y revolucionaria— frente a los adoradores
del anglosajón, quebrará lanzas con los grandes diarios que exacerban localismos
explotando minúsculos incidentes fronterizos, en fin, en todos los frentes
de la lucha ideológica no cejará un instante, durante medio siglo, de defender
todo aquello que concurra a disolver las fronteras artificiales y a dar
un solo color al mapa latinoamericano. Sufrirá en esa lucha graves reveses,
agudas decepciones y a veces desesperado, estará a punto de quebrar la pluma
para siempre, pero el proyecto de la unión latinoamericana permanecerá incólume
en lo más profundo de él mismo y logrará atravesar varias décadas de combates
desiguales, exilios y amargura, sin claudicar. Esa certeza de que la cuestión
nacional latinoamericana constituye un problema principalísimo, generalmente
ignorado por la mayor parte de los seudoizquierdistas que vociferan en estas
tierras, otorga al pensamiento de ligarte una singularidad revolucionaria
poco común, pues 75 años después de sus primeras inquietudes en este sentido,
la cuestión continúa estando en el tapete de la historia y resulta ahora
preocupación fundamental de los más lúcidos representantes del pensamiento
latinoamericano.
Ugarte, partidario de explotar los recursos naturales y desarrollar intensamente
las industrias, comprendió que no era posible un gran crecimiento de las
fuerzas productivas en los estrechos marcos de cada uno de los veinte estados
latinoamericanos. Su idea de la unificación —el gran mercado interno para
la gran industria en desarrollo— se liga pues al propósito de rescatar a
la América Latina del atraso económico en que se hallaba en 1900 —y aún
se halla— y conducirla a un estado económico-social superior. Pero comprendió
también que la posibilidad de esa unificación y de ese crecimiento estaba
estrechamente ligada al logro de la liberación nacional. Para que la Patria
fuese Grande debía ser Libre.
Inevitablemente, al abocarse al estudio de la unidad latinoamericana, se
encontró con la intervención imperialista que había doblado la cerviz de
todos los gobiernos de la patria balcanizada. La circunstancia de hallarse
en Francia, en pleno período de rivalidades interimperialistas, le posibilitó
la acumulación de datos acerca de la preponderancia inglesa y norteamericana
en América Latina. Un viaje a Estados Unidos, en 1899, dio fundamento a
sus inquietudes al par que varias denuncias de escritores latinoamericanos
(Ariel, de Rodó, Ante los bárbaros, de Vargas Vila, La Americanización del
mundo, de R. Blanco Fombona, El destino de un continente, de César Zumeta
y La ilusión americana, de Pedro Prado), robustecieron su convicción de
que las ex colonias españolas compartían otro rasgo que marcaba sus fisonomías:
tenían un enemigo común, el imperialismo. La unificación resultaba entonces
indispensable también por esta razón, ya que sólo podía detenerse el avance
del vecino voraz, presentando un solo bloque de países que pudiera contrapesar
su fuerza. El mencionado viaje por Estados Unidos, México y Cuba, le permitió
a Ugarte bucear hondamente en el disímil destino de las colonias americanas:
al norte del río Bravo, cohesión, unificación, desarrollo económico, soberanía
e incluso expansión; al sur, balcanización, localismos, atraso, y subordinación
colonial o semicolonial; al norte, desarrollo de las fuerzas productivas
"hacia adentro", prolongado hacia el interior; al sur, crecimiento tan solo
de las ciudades-puertos "hacia afuera" y hundimiento de los pueblos interiores
en una olla de desesperación y miseria. La historia enseñaba, pues, que
la unión en la nación se ligaba íntimamente con la soberanía nacional y
con el progreso económico social.
También en este terreno, Ugarte da la pelea a partir de 1901 con su artículo
"El peligro yanqui". Allí sostiene que "la política exterior de los Estados
Unidos tiende a hacer de la América Latina una dependencia y extender su
dominación en zonas graduadas que se van ensanchando primero con la fuerza
comercial, después con la política y por último con las armas. Nadie ha
olvidado que el territorio mexicano de Texas pasó a poder de los Estados
Unidos después de una guerra injusta". Esta bandera antimperialista, enarbolada
por primera vez a principios de siglo, será divisa de combate durante cinco
décadas. Apenas durante dos o tres años —con motivo de la Política de Buena
Vecindad de F. D. Roosevelt— Ugarte sosegará sus ataques al vecino del Norte,
pero el resto de su vida entregará a esa causa sus mejores esfuerzos: recorriendo
América Latina acusando al invasor, defendiendo a la Revolución Mexicana
ante los ataques armados y las campañas internacionales de desprestigio,
apoyando al APRA en su época antimperialista, constituyéndose en portavoz
de Sandino en Europa, solidarizándose con Perón en la Argentina. Sus manifiestos
publicados en todos los diarios latinoamericanos y europeos harán época
y ya desde la Asociación Latinoamericana de Buenos Aires o desde la revista
Monde en París, su palabra no cesará en favor de su América Latina escarnecida.
La presión imperialista se agudizará a veces — especialmente durante las
dos guerras mundiales— y cuando la mayoría de los intelectuales latinoamericanos
se pliegan al bando aliado, en defensa de sus propios amos, Ugarte insiste
tozudamente: "No tengamos vocación de tropa colonial. Iberoamérica para
los iberoamericanos".
Su concepción antimperialista se ha forjado en las intervenciones norteamericanas
en Centroamérica, especialmente en la guerra cubano-española, y hacia el
imperialismo norteamericano enfila él preferentemente su artillería ideológica.
Sin embargo, es erróneo imputarle desconocimiento del imperialismo inglés,
al que visualiza ya en 1910 en El porvenir de la América Española. También
en el diario La Patria publicado en Buenos Aires en 1916 Ugarte libra una
dura campaña contra Inglaterra, condenando la acción antiprogresista cumplida
por el ferrocarril británico y reiterando la necesidad de desarrollar industrias
nacionales para poner fin a las importaciones en su mayoría inglesas. Más
tarde continuará combatiendo contra ambos imperialismos o los castigará
conjuntamente bajo el rótulo de "imperialismo anglosajón", aunque siempre
considerará más peligroso al joven y avasallante imperialismo norteamericano
"que constantemente presiona sobre México, nuestro rompeolas, amenazando
inundar todo el sur".
El pensamiento de Ugarte —en tanto tiene como pivotes centrales la unificación
latinoamericana y la lucha contra el imperialismo— se emparenta con el de
otros ensayistas de su época: Vargas Vila, Blanco Fombona o José E. Roció.
Pero hay un rasgo muy singular que caracteriza su enfoque y que explica,
en definitiva, el silenciamiento de sus ideas. Mientras el latinoamericanismo
y el antimperialismo en Vargas Vila o Blanco Fombona se nutren de una concepción
liberal, por momentos anárquica, con fuertes dosis de positivismo e incluso
ribetes aristocratizantes y mientras en Rodó adquieren perfiles netamente
reaccionarios al acantonarse en el espiritualismo de Ariel frente a "la
brutalidad del maquinismo", en Ugarte esas ideas aparecen vinculadas a una
ideología avanzada: el socialismo. De allí la peligrosidad de su prédica
que la clase dominante argentina percibió y su respuesta, colocando a Ugarte
en el Index durante tantas décadas. Porque se podrá decir que hay épocas
de su vida en que Ugarte abandona las reivindicaciones socialistas, se podrá
argumentar también que su socialismo adopta generalmente un tono reformista,
socialdemócrata, pero no se puede negar que Ugarte fue uno de los primeros
—o quizás el primero en América Latina y en el Tercer Mundo— que intentó
ensamblar liberación nacional (antimperialismo y unificación) con socialismo.
En el 900, cuando muchos marxistas europeos pretendían justificar el colonialismo,
cuando en la Argentina los socialistas consideraban traidor a quien se titulaba
"patriota", Ugarte armaba una mezcla explosiva combinando diversas dosis
de socialismo y nacionalismo latinoamericano intentando hallar solución
al grave dilema a que se hallaba enfrentado.
Pero ¿de qué modo llega Ugarte al socialismo y cómo intenta armonizar con
él esa conciencia latinoamericana y antimperialista que ha adquirido poco
tiempo atrás?
Deslumbrado por los discursos de Jean Jaures, Ugarte elige el camino del
socialismo a principios de siglo; "Nacido en el seno de una clase que disfruta
de todos los privilegios y domina a las demás, me he dado cuenta, en un
momento de mi vida, de la guerra social que nos consume, de la injusticia
que nos rodea, del crimen colectivo de la clase dominante y he dicho, rompiendo
con todo lo que me podía retener: yo no me mancho las manos. Yo me voy con
las víctimas". En esta decisión no subyace tan sólo una motivación moral
sino también la certeza de que el socialismo es una verdad científica, que
su doctrina encierra las leyes del desenvolvimiento histórico de la humanidad:
"Los socialistas de hoy no somos enfermos de sensibilidad, no somos dementes
generosos, no somos iluminados y profetas que predicamos un ensueño que
está en contradicción con la vida, sino hombres sanos, vigorosos y normales
que han estudiado y leído mucho, que han desentrañado el mecanismo de las
acciones humanas y conocen los remedios que corresponden a los males que
nos aquejan. . . Vamos a probar primero que el socialismo es posible, segundo,
que el socialismo es necesario".
Habitual concurrente a las reuniones de la Casa del Pueblo de París, el
escritor argentino se sumerge en el estudio de las nuevas ideas. Desde un
punto de vista, ellas resultan, para él, el desarrollo y remate lógico de
su liberalismo revolucionario que lo ha llevado a admirar a Robespierre
y a los sans-culottes: libertad, igualdad y fraternidad, no restringidas
al usufructo exclusivo de la burguesía sino extensivas a toda la humanidad.
Desde otra óptica, le revelan el trasfondo económico del mundo político,
jurídico, cultural y religioso liberándolo de la chirle mitológica liberal.
Si bien lee algunos textos clásicos, no cimenta su formación ideológica
directamente en Marx y Engels, sino más bien en lecturas y conferencias
de divulgación al uso de la socialdemocracia francesa de entonces. Así,
su pensamiento se acostumbra al empleo de los principios fundamentales del
marxismo, aunque sin caer jamás en estridencia ni petardismo alguno, al
par que no se somete de manera incondicional ni a las citas de Marx y Engels
ni a dogma alguno —ni de doctrina ni de método— sino que, paradojal consecuencia
del Revisionismo reaccionario, intenta elaborar frente a cada problema una
respuesta original, creadora.
Mientras
sus compañeros del Partido Socialista de la Argentina optan por la fácil
solución de aferrarse al Manifiesto: "Los obreros no tienen patria", escrito
para países donde la cuestión nacional ya ha sido resuelta y no se hallan
sujetos a la dominación imperialista, Ugarte, sin muñirse siquiera de las
armas que el mismo Marx le brindaba en sus escritos sobre Irlanda por ejemplo,
sin poder valerse de los aportes que recién años más tarde harán Lenin y
Trotfki, intenta entroncar las reivindicaciones nacionales latinoamericanas
con el socialismo. La historia lo coloca ante un difícil desafío y si bien
no logra resolver plenamente la ecuación es cierto que sus aproximaciones
resultan correctas. Marx no había comprendido a Bolívar y éste nada sabía
de socialismo, pero ahora, en el cruce de dos caminos, alguien venía a enriquecer
al socialismo intentando otorgarle una óptica latinoamericana y a reiterar
el sueño de la Patria Grande levantado por el Libertador a través de una
organización social superior.
Al convertirse al socialismo, Ugarte se pregunta si éste no resulta incompatible
con su antimperialismo, con su nacionalismo latinoamericano. Si los obreros
no tienen patria y el internacionalismo proletario es una de las banderas
mayores de los socialistas, ¿cómo compaginar esa verdad con aquella otra
descubierta poco antes, de la fragmentación de la nación latinoamericana
y su vasallaje? Las respuestas se van abriendo paso: Si el socialismo es
la bandera de justicia levantada por la clase oprimida al lanzarse al ataque
contra la clase opresora, ¿qué incompatibilidad puede existir para que esa
misma bandera sea levantada por los pueblos oprimidos contra los grandes
imperios? Si el socialismo no sólo es el necesario resultado del desarrollo
histórico, sino un ideal de justicia, ¿acaso habrá que abandonarlo para
defender un mismo ideal de justicia, el de los pueblos explotados? Y en
su primer artículo acerca del "Peligro yanqui", ya demuestra la posibilidad
de enlazar las banderas aparentemente contrapuestas: "Hasta los espíritus
más elevados que no atribuyen gran importancia a las fronteras y sueñan
con una completa reconciliación de los hombres, deben tender a combatir
en la América Latina la influencia creciente de la América Sajona.
Carlos Marx ha proclamado la confusión de los países y las razas, pero no
el sometimiento de unas a otras". En otras palabras, Marx ha predicado el
internacionalismo pero cuando una gran nación se lanza a engullirse a una
pequeña, el internacionalismo proletario no puede justificar en modo alguno
un silencio y una inacción cómplices. El nacionalismo tiene carácter reaccionario
cuando resulta la expresión avasallante del capitalismo en función conquistadora
de colonias, pero tiene un carácter progresivo en las colonias y semicolonias
donde la reivindicación primaria es la liberación nacional. Asimismo, argumenta
que los socialistas deben asumir decididamente la lucha antimperialista
pues, al no hacerlo, favorecen la expansión imperialista lo que significa
ayudar a consolidar al capitalismo como sistema mundial: "Asistir con indiferencia
a la suplantación sería retrogradar en nuestra lenta marcha hacia la progresiva
emancipación del hombre. El estado social que se combate ha alcanzado en
los Estados Unidos mayor solidez y vigor que en otros países. La minoría
dirigente tiene allí tendencias más exclusivistas y dominadoras que en ninguna
otra parte. Con el feudalismo industrial que somete una provincia a la voluntad
de un hombre, se nos exportaría además el prejuicio de las razas inferiores.
Tendríamos hoteles para hombres de color y empresas capitalistas implacables.
Hasta considerada desde este punto de vista puramente ideológico, la aventura
sería perniciosa. Si la unificación de los hombres debe hacerse, que se
haga por desmigajamiento y no por acumulación. Los grandes imperios son
la negación de la libertad". Un año después, en 1902, retoma el asunto y
afirma con mayor claridad: "En las épocas tumultuosas que se preparan, el
imperialismo alcanzará su tensión extrema. Es lo propio de todos los sistemas
que decaen: antes de morir, hacen un esfuerzo y muestran un vigor que, a
veces, no tuvieron en sus mejores años. Pero este sistema condenado por
los filósofos y destinado a desaparecer fatalmente, puede tener una agonía
más o menos larga durante la cual pondrá en peligro quizá la homogeneidad
de nuestro grupo etnológico. Y a pesar de los ideales internacionales que
se afirman cada vez con mayor intensidad, fuerza será tratar de mantener
las divisiones territoriales. Los renunciamientos serían nocivos a la buena
causa porque sólo conseguirían acrecer la omnipotencia de las naciones absorbentes.
Además, en las grandes transformaciones futuras, la justicia reconciliará
primero a los ciudadanos dentro de la patria y después, a las patrias dentro
de la humanidad". Luego agrega: "Los Estados Unidos continuarán siendo el
único y verdadero peligro que amenaza a las repúblicas latinoamericanas.
Y a medida que los años pasen iremos sintiendo más y más su realidad y su
fatalismo. Dentro de veinte años, ninguna nación europea podrá oponerse
al empuje de esa enorme confederación fuerte, emprendedora y brutal que
va extendiendo los tentáculos de su industria y apoderándose del estómago
universal hasta llegar a ser el exportador único de muchas cosas. . . Entre
los peligros que la acechan, el mayor, el que sintetiza a todos los demás,
es la extraordinaria fuerza de expansión de la gran República del Norte
que como el Minotauro de los tiempos heroicos exige periódicamente un tributo
en forma de pequeñas naciones que anexa a su monstruosa vitalidad".
Tiempo después sostiene: "La derrota de los latinos en América marcaría
un retroceso del ideal de solidaridad y un recrudecimiento del delirio capitalista
que haría peligrar el triunfo de los más nobles propósitos… No es posible
olvidar que, según previsiones autorizadas, Norteamérica será quizá el último
baluarte del régimen que decae. El egoísmo general tiene allí raíces más
profundas que en ningún otro país. Por eso es doblemente justo defender
esa demarcación de la raza. Al hacerlo, defendemos la bandera del porvenir,
el ensueño de una época mejor, la razón de nuestra vida". Este "doblemente
justo" de Ugarte revela, a principios de siglo, una enorme lucidez porque
viene a anticipar que la revolución nacional en los países atrasados resulta
progresiva no sólo porque significa el punto de partida de un proceso transformador
en ese mundo atrasado y colonizado sino porque debilita al imperialismo
reintroduciendo la crisis en el gran país capitalista y creando posibilidades
socialistas, hasta ese momento neutralizadas por las jugosas rentas coloniales
que moderan los antagonismos de clases.
Al convertirse al socialismo, Ugarte no abandona pues sus ideales latinoamericanos
y antimperialistas. Por el contrario y paradojalmente, los consolida. Su
noción acerca del imperialismo resulta ahora más correcta que la sostenida
en general por luchadores antimperialistas de posiciones nacional-democráticas.
Así, por ejemplo, no sólo contempla la posibilidad de las intervenciones
militares tan comunes en Centro América, sino también la subordinación semicolonial.
Ya en 1901 afirma que "no debemos imaginarnos el peligro yanqui como una
agresión inmediata y brutal. . . sino como un trabajo de invasión comercial
y moral que se irá acreciendo con conquistas sucesivas. . . Los asuntos
públicos están en los grandes países en manos de una aristocracia del dinero
formada por grandes especuladores que organizan trusts y exigen nuevas comarcas
donde extender su actividad. De ahí el deseo de expansión..." Luego redondea
esa concepción y sostiene: "No es indispensable anexar un país para usufructuar
su savia. Los núcleos poderosos sólo necesitan a veces tocar botones invisibles,
abrir y cerrar llaves secretas, para determinar a distancia sucesos fundamentales
que anemian o coartan la prosperidad de los pequeños núcleos. La infiltración
mental, económica o diplomática puede deslizarse suavemente sin ser advertida
por aquellos mismos a quienes debe perjudicar porque los factores de desnacionalización
no son ya como antes el misionero y el soldado sino las exportaciones, los
empréstitos, las vías de comunicación, las tarifas aduaneras, las genuflexiones
diplomáticas, las lecturas, las noticias y hasta los espectáculos".
Este entronque entre socialismo y nacionalismo latinoamericano le valdrá
a Ugarte la maldición de la lúcida oligarquía argentina. Pero también el
vituperio de sus compañeros de partido para quienes toda reivindicación
nacional es motejada de "burguesa" y por ende, reaccionaria. Sin embargo,
Ugarte diferencia claramente el significado que adquiere el nacionalismo
en los países atrasados del que asume en aquellas grandes naciones europeas
o en Estados Unidos. Así, por ejemplo, proclama la necesidad de una conciencia
nacional latinoamericana, pero afirma en El Tiempo que los conservadores
franceses como Barres "al reclamar una conciencia nacional, están pidiendo
un lazo de complicidades que ayude a subir la cuesta a los sectores reaccionarios".
Asimismo, en la época en que reitera tozudamente la necesidad insoslayable
de un nacionalismo latinoamericano, lanza una fuerte andanada contra el
nacionalismo francés: "El nacionalismo es el pasado en todo cuanto tiene
de más inaceptable, de más oscuro, de más primitivo.
Es el atavismo mental de la hora que ruge su sangriento egoísmo en santa
ley, es la barbarie dorada de las monarquías, es la confiscación de la intelectualidad,
es la tiranía del acero. De ahí que está en contradicción con las doctrinas
de paz y de concordia de los nuevos partidos populares y de ahí que existe
entre el nacionalismo y el socialismo un inextinguible estado de guerra
que durará hasta que uno de ellos sea devorado por el otro".
Confusamente, de una manera aproximativa y con el lastre de su reformismo
socialdemócrata, Ugarte alcanza así a sostener posiciones que, pese a su
lenguaje cauto y moderado, lo colocan muy a la izquierda de sus compañeros
socialistas de la Argentina y de muchos de la II Internacional. Respecto
a estos últimos, mientras él condena desde los diarios parisinos toda aventura
colonial y mantendrá hasta su muerte una dura campaña en favor de los países
sojuzgados por los grandes imperios, abundan los socialdemócratas tipo Van
Kol o Bernstein que intentan conciliar socialismo con colonialismo, como
lo escucha sorprendido el propio Ugarte en los Congresos Socialistas de
Amsterdam y Stuttgart. Del mismo modo, mientras sus compañeros argentinos
de literatura petardista enfilarán su artillería contra los movimientos
nacionales, colocándose de hecho como aliados de la clase dominante, Ugarte
contemplará con mayor simpatía al irigoyenismo y se sumará al proceso de
la revolución nacional peronista acompañando la experiencia de las masas
trabajadoras. Por supuesto que no hay en él —un intelectual aislado— un
claro planteo de apoyo a los movimientos nacionales manteniendo una independencia
política y organizativa, ni una adscripción a la teoría de la revolución
permanente de L. Trotski, pero también es cierto que este hombre que publica
sus mejores páginas entre 1900 y 1910 se orienta precisamente en esa línea
sobre la cual teorizarán luego Lenin y Trotski al sostener la progresividad
histórica de las revoluciones nacionales en los países coloniales y semicoloniales
y la obligación de los socialistas de apoyar críticamente esos procesos.
Curiosa situación la de este precursor que en la América Latina no industrializada
y casi sin obreros, intenta desplegar, a comienzos del siglo, estas tres
banderas: antimperialismo, unidad latinoamericana, socialismo.
Con ellas ingresa al Partido Socialista de la Argentina fundado y dirigido
por Juan B. Justo, creyendo hallar allí el instrumento político apto para
luchar por ellas. Nutrido en su base por artesanos extranjeros y en su dirección
por pequeños burgueses acomodados de mentalidad liberal, este Partido reducirá
su influencia a la ciudad de Buenos Aires y actuará, a lo largo de casi
toda su historia, como ala izquierda del conservadorismo oponiéndose frontalmente
a los movimientos nacionales. Disfrazado de fraseología socialista, resulta
una expresión conservadora de la política argentina a tal punto que decae
y se escinde en varios grupos sin importancia precisamente en la época de
desarrollo industrial con el cual se constituye la verdadera clase obrera
en la Argentina. Ugarte dirime sus armas en ese partido e intenta vanamente
reorientarlo dándole por eje de su política la cuestión nacional. Una polémica
generada en el menosprecio con que el periódico partidario trata a Colombia,
sirve de detonante para que salgan totalmente a luz las disidencias. Ugarte
con su socialismo lindando el nacionalismo democrático, entiende que en
esa Argentina de 1913 los socialistas no deben hacer política antimilitarista
ni anticlerical, ni siquiera antiburguesa, en tanto no se trata de un país
de desarrollo capitalista autónomo y donde, por ende, incumplidas las tareas
nacional democráticas, los militares, los sacerdotes e incluso los propietarios
de medianos recursos son posibles integrantes de un frente nacional. La
dirección del Partido Socialista que, por sobre todo se manifiesta "antinacionalista",
disimula con fuegos de artificio del lenguaje clásico ("La religión es el
opio de los pueblos", "El Ejército es el brazo arniado de la burguesía")
su oportunismo hacia la oligarquía y el imperialismo reiterado una y otra
vez en la política práctica. El "nacionalista burgués" Ugarte se coloca
en esta lid muy a la izquierda de los "socialistas científicos y ortodoxos"
que años más tarde irán del brazo del embajador norteamericano enfrentando
a la clase obrera argentina. Pero para el desarrollo del pensamiento ugartiano
la polémica y su posterior expulsión de la organización alcanzan gran significado
porque coinciden con la debacle de la socialdemocracia europea al desencadenarse
la primera Gran Guerra. Decepcionado de sus compañeros argentinos y de los
europeos, Ugarte abandona sus inquietudes socialistas y acantona su labor
ideológica en el antimperialismo y la unidad latinoamericana. Una vez más
se acerca, sin sospecharlo, al grupo mas revolucionario del socialismo:
durante la guerra, adopta una posición neutralista mientras los socialistas
argentinos son aliadófilos y los europeos en su mayoría caen en el belicismo
apoyando a sus respectivas patrias. Por supuesto que Ugarte no es Lenin
en Zimmerwald, pero también es cierto que su neutralismo, mantenido contra
viento y marea en una Buenos Aires furiosamente probritánica, resulta una
posición muy avanzada en la semicolonia y tan peligrosa que lo conduce al
exilio.
En sus largos años de destierro, profesa un nacionalismo democrático que
acompaña a los principales acontecimientos populares de América Latina:
la gestación y período progresista del APRA en Perú, la Revolución Mexicana,
la lucha de Sandino en Nicaragua. A partir de 1927, en que viaja invitado
a la URSS para los festejos del 10º Aniversario de la Revolución de Octubre,
se reencuentra con el socialismo aunque sostenido ahora con menor intensidad
que en sus años juveniles: "El fin de las oligarquías latinoamericanas",
"La hora de la izquierda" y otros artículos de esa época muestran este desplazamiento
que al regresar a la Argentina en 1935 lo lleva a reingresar al Partido
Socialista. Otra vez intenta ensamblar en sus planteos la cuestión nacional
y la cuestión social y nuevamente su propósito provoca su expulsión.
Estas idas y venidas de Ugarte en relación al socialismo, expresan dialécticamente
las dos facetas de su ideología: por un lado, el permanente intento de dólar
a su nacionalismo latinoamericano de un cuerpo de ideas revolucionarias
que permita luchar exitosamente contra las fuerzas dominantes, como asimismo
la búsqueda vaga y confusa de la clase social que podría acaudillar esa
epopeya de la Federación Latinoamericana, esa clase que "nada tiene que
perder" y cuyo empuje es indispensable para esa ciclópea tarea; por otro
lado, las limitaciones de su formación socialdemócrata que lo desplazan
una y otra vez hacia un nacionalismo democrático, popular, por supuesto
más progresista que el seudosocialismo de Juan B.
Justo, pero insuficiente para abrir, una vertiente socialista en el movimiento
nacional. De allí también la importancia que adquiere la adhesión de Ugarte
al peronismo cuando la mayoría de los intelectuales liberales y de izquierda
militan en la vereda antipopular, pero de ahí también la debilidad de esa
adhesión que si pudo tener carácter crítico —Ugarte le insistió a Perón
en la necesidad de desarrollar la industria pesada y renunció a su cargo
condenando a la burocracia arribista que rodeaba al Presidente— careció,
en cambio, de la capacidad para adquirir el nivel de una alternativa independiente,
socialista y latinoamericana.
Con estas limitaciones, sin embargo, Ugarte dio una orientación en el buen
camino, en medio del desconcierto y la confusión general. Sus libros, discursos,
conferencias y artículos difundiendo los ideales bolivarianos dejaron una
enseñanza a los latinos del continente y muy especialmente a los argentinos
tan proclives a desnacionalizarse. Su batalla sin tregua contra el imperialismo
también marcó un derrotero.
Además, ahí quedó para que las nuevas generaciones lo desarrollasen y profundizasen
su intento de ensamblar socialismo y nacionalismo latinoamericano, ese singular
y visionario planteo que entroncó las revoluciones nacionales del mundo
colonial con el socialismo anticipándose así a la forma que adquirirían
las principales revoluciones de este siglo, donde ambas cuestiones —nacional
y social— se han resuelto a través de un proceso ininterrumpido donde las
tareas de ambos tipos se combinan e interrelacionan. Por esta audacia, el
autor de una cuarentena de libros, el compañero de Barbusse, Gorki, Sinclair
y Unamuno en la dirección de Monde, el estrecho colaborador de la Revolución
Mexicana y de Sandino, el íntimo amigo de Darío, Nervo, Chocano y tanto
otros de renombre mundial, el solitario precursor de la izquierda nacional
latinoamericana, permaneció silenciado durante tantos años. Ahora, al revisar
sus ideas, asombra su lucidez y al mismo tiempo lastima nuestro atraso pues
los grandes problemas sobre los cuales él meditó largamente aún están allí,
sin resolver. Las ideas de Ugarte se incorporan, pues, necesariamente al
pensamiento de la Patria Grande en gestación y en ellas encontrarán seguramente
las nuevas generaciones sugerencias y planteos hacia los cuales habrá que
volver una y otra vez en la marcha hacia ese futuro luminoso que el pueblo
latinoamericano busca desde 1810.
N. G.

Biografía
de Manuel Ugarte
Manuel Ugarte nació en la ciudad de Buenos Aires el 27 de febrero de 1875
en un hogar de buena posición económica. Sus estudios los realizó en el
Colegio Nacional de Buenos Aires.
A los 15 años comenzó a escribir sus primeros trabajos y se convirtió en
un ávido lector, su familia le costeaba la edición de sus primeros trabajos
de poesía, esta incursión le permitió tomar contacto con los más destacados
literatos de la generación del 80.
Como muchos de los argentinos de buen pasar, partió en 1897 hacia París
para continuar sus estudios, mejoró su francés y también aprendió italiano
e inglés. Asistió a cursos de sociología y filosofía, pero aquellos jóvenes
argentinos dedicaban gran parte de su tiempo a la diversión y especialmente
a las mujeres.
En Europa vivió de cerca el caso Dreyfuss, tema sobre el cual escribió comenzando
su acercamiento a los temas políticos, ese mismo año, 1898, Estados Unidos
interviene en Cuba, provocando el repudio de muchos latinoamericanos entre
ellos el de Manuel Ugarte. Por esos años, empezó a mostrar interés por los
temas sociales en general y su acercamiento al socialismo, que tenía a Jean
Jaurés como una de la figuras de mayor prestigio.
Desde París, Manuel Ugarte se trasladó a Nueva York, en esa ciudad percibió
con total claridad el impulso expansionista que predominaba en la clase
política norteamericana, que tenía a América Latina como principal objetivo
de conquista.
Manuel Ugarte estudió la historia norteamericana y descubrió como fue ganando
territorio a costa de otras potencias y países vecinos, pero lo que era
más grave, detectó que ese apetito por más territorio, lejos estaba de haber
sido saciado.
Paradójicamente fue en los Estados Unidos donde Manuel Ugarte consolidó
las dos columnas de su ideología, por un lado un fuerte antimperialismo
y por el otro la necesidad de consolidar la unidad latinoamericana.
En el tiempo que estuvo se dedicó a recorrer una buena cantidad de ciudades
norteamericanas, donde pudo verificar el tratamiento que recibían las clases
y razas empobrecidas, junto a la hipocrecía doctrinaria que predicaba una
igualdad que nunca aplicaba en los hechos.
Manuel Ugarte recorrió la frontera de México con los Estados Unidos para
corroborar el accionar expansionista de los norteamericanos, también recorrió
ciudades mexicanas y de regreso a Europa hizo una escala en La Habana.
Al retornar a París, abrazó fervientemente la causa del socialismo, al que
llegó por su admiración por Juan Jaurés, esta ideología lo acercará al sufrimiento
de la clase obrera, pero en ningún momento entrará en contradicción con
su profundo nacionalismo latinoamericano.
En 1901 aparece su primer libro que contenía varios relatos, se llamó "Paisajes
parisienses", donde podía apreciarse su preocupación social, su vida bohemia,
y también los amores de las muchachas del Moulin Rouge y los estudiantes
residentes en París.
Se relacionó con escritores latinoamericanos, con los que entabló amistad,
tal los casos de Rubén Darío y Amado Nervo. Ugarte fracasó en el intento
de acercar a Darío a los temas sociales y políticos.
En 1901 se publicó en Buenos Aires su artículo "El peligro yanqui", aquí
se denunciaban las intervenciones de los Estados Unidos, por ejemplo anexando
territorio mexicano, pero también alertaba sobre el dominio cultural y económico
que muchas veces jugaba un papel tan letal como la misma invasión armada.
Veinte días después en el mismo periódico "El País" apareció otro artículo
suyo, al que tituló "La defensa latina". Esta vez para predicar la unidad
de América Latina y la conformación en ese marco, de los Estados Unidos
del Sur, que fue un objetivo permanente de su prédica latinoamericanista.
En 1902 apareció su segundo libro: "Crónicas del boulevard", prologado por
Rubén Darío, son relatos que había publicado en el último tiempo, mezclando
temas frívolos con sus ideas sociales de avanzada.
Su tercer libro "Cuentos de la pampa", es su primer trabajo dedicado a la
realidad argentina, que hasta el momento casi había estado ausente de su
obra, el libro es una descripción de lugares y personas que habían quedado
grabadas en los recuerdos de su país, del que estaba alejado físicamente.
El Partido Socialista de la Argentina tenía un gran componente inmigratorio,
conformado por obreros e intelectuales que debieron emigrar de sus respectivos
países, esta agrupación política bajo la dirección de Juan B. Justo nunca
llegó a comprender la realidad nacional, a la cuál terminó despreciando
o colocándose irremediablemente en contra de las masas populares.
Cualquier intento de incluir en el Partido ideas nacionales era fuertemente
rechazado y concluía con la expulsión o el retiro de los herejes, en 1900
se retiraron Leopoldo Lugones y José Ingenieros, en 1913 Manuel Ugarte y
en 1915 Alfredo Palacios, aunque este último retornó más adelante.
Ugarte regresó a su país en agosto de 1903 y se vinculó de inmediato al
Partido Socialista, en particular con José Ingenieros y Alfredo Palacios.
Estos jóvenes junto a Leopoldo Lugones conformaban un ala dentro del partido
que se destacaba por su carácter combativo que contrastaba con el conservadorismo
característico de Juan B. Justo y que tiñó al partido a lo largo de muchos
años.
Al ingresar al Partido Socialista su militancia le absorbió gran parte de
su tiempo, se dedicó con alma y vida a la difusión de su ideario, participa
de actos y conferencias, intercambia opiniones con sus correligionarios.
Pero la literatura también continuó siendo parte importante de su vida,
colaboró con uno de los mejores novelistas del país, Manuel Gálvez del que
fue un gran amigo.
Manuel Ugarte fue uno de los sostenedores de la candidatura a diputado de
Alfredo Palacios, convertido en 1904 en el primer diputado socialista de
América.
En marzo de 1904, Ugarte retornó a Europa, había sido designado por el partido
como delegado al Congreso de la Internacional Socialista de Amsterdam.
A todo esto dos nuevos trabajos literarios conocieron la luz, "Novela de
las horas y los días" y "Visiones de España".
En el Congreso Socialista de Amsterdam, una de las discusiones se centró
en si los socialistas debían colaborar con los gobiernos burgueses, otro
tema más importante fue la posición del socialismo ante el colonialismo,
Ugarte pudo comprobar como un delegado, el holandés, defendía al colonialismo,
no obstante, la declaración final del Congreso repudió al imperialismo y
al colonialismo. La prensa oligárquica de la Argentina criticó a Ugarte
porque "... ha presentado a la Argentina como país atrasado en el cual la
vida del trabajador es penosa por falta de libertad y protección del estado.
La actitud de Ugarte no puede ser más antipatriótica"
Al regresar a París aparecía un nuevo libro, esta vez titulado "Mujeres
de París", mientras tanto, seguía publicando notas en diversos periódicos.
Desde Buenos Aires le llegó en 1906, una propuesta para presentarse como
candidato a diputado del Socialismo, pero Ugarte no aceptó la postulación,
señalando que por haber nacido en una familia burguesa debía servir a la
clase obrera en calidad de soldado y no como jefe, si bien aceptaba la inclusión
de algunos intelectuales entre los candidatos, propugnaba que sean los propios
obreros quienes ocuparan las listas del socialismo.
Su próximo trabajo fue el libro "El arte y la democracia" , una recopilación
de artículos perodísticos. Poco tiempo después editó "Una tarde de Otoño,
sinfonía sentimental", obra intimista, alejada del fragor de la lucha política.
Ugarte publica en 1906 una antología de autores latinoamericanos que tuvo
el nombre de "La joven literatura hispanoamericana". La intención era hacer
conocer a Europa a los escritores americanos, así incluyó trabajos de Rubén
Darío, Ricardo Rojas, Alfredo Palacios, Leopoldo Lugones, Rufino Blanco
Fombona, José Enrique Rodó y varios más.
A continuación fue la hora de "Enfermedades sociales" donde criticaba al
racismo, la burocracia, el individualismo, la superstición, y otros males
sociales de acuerdo la visión de Manuel Ugarte.
A medida que ahondaba su compromiso social y nacional, encontraba puertas
cerradas, el diario La Nación se negaba a publicar su artículo titulado
"Las razones del arte social", donde abogaba por el compromiso del artista,
alegando que aquellos que querían mantener el arte puro, también asumían
una definición política.
En 1907, Ugarte participó de otro Congreso de la Internacional Socialista,
esta vez en Stuttgart, que contó con la presencia de Lenín, Rosa Luxembugo,
Jean Jaurés, Kautsky, Plejánov, entre otros.
El Congreso tiene dos importantes temas a tratar, la posición ante una posible
guerra mundial y la actitud ante el colonialismo.
En ambos temas se vislumbró la decadencia de la socialdemocracia europea,
que asumiendo posiciones nacionalistas de sus respectivos países imperialistas,
dejó de ser consecuente con el antiimperialismo y el anticolonialismo. Van
Kol, un holandés, llegó a afirmar: "En circunstancias determinadas, al política
colonial puede ser obra de civilización". Pero no es el único, cada vez
los socialistas eran más parecidos a los burgueses de sus respectivos países.
1908 fue el año de la aparición de otro de los tantos libros, su nombre
esta vez era "Burbujas de la vida", poco después se conoció "Las nuevas
tendencias literarias". En estos últimos libros realizó una abierta defensa
de la cultura nacional, y cuestionaba el internacionalismo intelectual como
forma de paralizar la creación artística de América Latina.
La casa de Manuel Ugarte en París se convirtió en el lugar obligado de visita
de la inmensa cantidad de intelectuales latinoamericanos de visita en la
ciudad.
Luego del Congreso de Stuttgar, Ugarte profundiza el tema de la cuestión
nacional, este tema lo alejará de la conducción del socialismo argentino.
El tema central de este asunto era diferenciar claramente el patriotismo
de un país central que deviene en imperialista y el mismo en naciones débiles
como lo son las latinoamericanas, que es el único escudo para defenderse
de la intromisiones extranjeras. Para Manuel Ugarte el socialismo en Latinoamérica
debía tener un gran componente nacional que opusiera resistencia a los imperialismos
anglosajones.
En 1909 se desató una crucial polémica dentro del Partido Socialista de
la Argentina, Manuel Ugarte fue atacado desde las páginas de La Vanguardia,
también lo fue Alfredo Palacios por sostener que el internacionalismo socialista
no debía excluir la cuestión nacional, además ese mismo año aparecía el
libro "Teoría y práctica de la Historia" de Juan B. Justo donde defendía
las ideas más reaccionarias, como el librecambismo y el carácter civilizador
del imperialismo en casos como el de Puerto Rico, anexado por los Estados
Unidos.
Ugarte concluyó su ensayo "El porvenir de la América Española", hacía algunos
meses que se había radicado en Niza por razones de salud, pero en marzo
de 1910 regresó a París, donde dio a conocer "Cuentos argentinos".
En 1910 se realizó un nuevo congreso de la Internacional Socialista en Copenhague,
pero esta vez el PS de la Argentina envía a Juan B. Justo, en vez de designar
a Ugarte que se encontraba en Europa, este hecho muestra el recelo de la
conducción del partido hacia las ideas nacionales de Manuel Ugarte.
Su producción literaria fue profusa, en 1910 y 1911, edita los libros: "Letras
y letrados de Hispanoamérica", "La evolución política y social de Hispanoamérica",
"Los cantos de la prisión y el destierro" y "Los estudiantes de París".
Pero su obra política más importante de esos años fue "El porvenir de la
América Española", a pesar de estar alejado desde hace tiempo de América,
su pensamiento arraigaba en las tradiciones democráticas y revolucionarias
el continente, sus ideas se encontraban entre las más lúcidas del momento,
no sólo logró desentrañar el carácter destructivo del imperialismo para
los países hispanoamericanos, también vislumbró el carácter reaccionario
jugado por las oligarquías nativas asociadas al capitalismo extranjero.
Comparaba las dos Américas y concluye que sólo la Unión de los pueblos del
sur les permitirá hacer frente a las grandes potencias que tienen sus apetencias
sobre estas naciones.
Además realizó una serie de propuestas para terminar con la situación semicolonial,
como la nacionalización de los servicios esenciales, distribución de la
tierra y liquidación de los latifundios, defensa de la cultura nacional.
En tanto La Vanguardia, el órgano socialista, salió al cruce del libro de
Ugarte señalando "Muchos han venido agitando la opinión del peligro yanqui.
Pero los pueblos no los han escuchado... Y si la propaganda alarmista no
encuentra eco en ellos debe ser porque el peligro no existe". Nuevamente
el socialismo argentino salía a defender al imperialismo con una frase contundente:
"Tenemos motivos para creer que la intervención o conquista de las repúblicas
de Centro América por los Estados Unidos puede ser de beneficios positivos
para el adelanto de las mismas".
Junto al "Porvenir de la América Española" surge la idea de realizar una
gira por todo el continente para la difusión de las propuestas desarrolladas
en el libro. El 29 de octubre de 1911 comenzó su recorrido por América Latina
en el deseo de tomar contacto con una realidad y un pueblo a los que había
defendido con la pluma.
Su primer destino fue La Habana, su primera impresión fue la influencia
norteamericana en la isla, su moneda era el dólar, con una gran cantidad
de comerciantes yanquis. Cuba estaba bajo el dominio norteamericano, Ugarte
puede verificar como las clases acomodadas de Cuba colaboraban con los invasores,
en tanto que los humildes desconfiaban de la presencia gringa.
Realizó varias conferencias, recibió los ataques de los sectores al servicio
de los intereses norteamericanos, Ugarte responde: "No hemos conquistado
la libertad para renunciar a ella en favor a otros pueblos..." Se refería
al intento de los Estado Unidos en reemplazar a España en su dominación
de la isla caribeña.
La presencia de Manuel Ugarte en Cuba provoca el resurgimiento de sectores
estudiantiles y populares que bregaban por la definitiva independencia cubana
con una visión de integración Latinoamericana.
El próximo destino el México revolucionario, donde se entrevistó con el
presidente Francisco Madero, pero se desilusionó por su escaso interés en
rozar intereses norteamericanos.
Ugarte también tuvo inconvenientes para realizar sus conferencias en México,
algunos empresarios se negaron a alquilar sus locales y teatros; el gobierno
y el congreso analizaron la posibilidad de prohibir sus conferencias, presionados
por los norteamericanos. Pero una movilización de los estudiantes, obligó
a Manuel Ugarte a salir al balcón del hotel y pronunciar una improvisada
alocución.
Un diario mexicano titulaba: "Dos gobiernos contra un sólo hombre" y comentaba
en su interior: "Los Estados Unidos tienen medio de la palabra vibrante
del poeta argentino Manuel Ugarte. El gobierno de México ayuda al embajador
norteamericano a poner obstáculos para lograr que Ugarte no hable". En tanto
un diario norteamericano informaba que la embajada argentina en México también
estaba presionando para callar a Ugarte.
Finalmente luego de varias, idas y venidas, Ugarte logró dar su conferencia
en un teatro, con gran cantidad de gente que no pudo ingresar por encontrase
abarrotado, en su exposición volvió a denostar al imperialismo y abogar
por la Unidad de América Latina.
En febrero de 1912 llegó a Guatemala donde el Ministro de Relaciones Exteriores
le indicó que podía exponer sobre literatura, pero no podía realizar discursos
contra los Estados Unidos, la justificación estaba dada en que se esperaba,
en poco tiempo. la visita del Ministro de Relaciones Exteriores norteamericano,
Philander Knox.
En razón de la prohibición de realizar sus conferencias en Guatemala se
dispuso a partir rumbo a San Salvador, pero le avisan que como en ese país
se encontraba de gira el Sr. Knox, no podía aceptarse su arribo. Hasta el
embajador argentino hizo gestiones para que Ugarte no pudiera continuar
con su gira.
Por fin pudo dirigirse a Honduras, donde sí le permiten realizar sus discursos:
"...lo que he venido reclamando sin tregua, ha sido justicia para las repúblicas
hermanas que se ahogan bajo la avalancha del imperialismo..."
Luego que Knox abandonó El Salvador, se permitió la visita de Manuel Ugarte,
donde fue recibido por una cálida manifestación de apoyo a sus ideas, tanto
estudiantes como obreros concurrieron a su exposición. Pero a poco de estar
el presidente Araujo prohibió su conferencia cuyo tema era "América Latina
ante el imperialismo". La juventud manifestó para que se levante la prohibición,
este reclamo tiene éxito y se realiza la disertación en la Federación Obrera.
El próximo destino fue Nicaragua, país al que el imperialismo norteamericano
tenía absolutamente sometido, las aduanas se encontraban en manos de funcionarios
yanquis, los puertos nicaragüenses habían sido bombardeados por los marines.
Ni bien llegó Ugarte el jefe de policía le expresó que no podía ingresar
al país.
Las tropas norteamericanas ocupaban las principales ciudades nicaragüenses,
bajo el pretexto de cobrar la deuda externa. Se realizaban colectas populares
para poder hacer frente a la deuda y lograr la independencia del país.
Ante la imposibilidad de ingresar a Nicaragua, Ugarte se valió de los obreros
portuarios para hacer llegar un mensaje a su pueblo: "Al cerrar la puertas
del país al escritor de la misma raza que habla la misma lengua y que defiende
los intereses comunes de los latinos del Nuevo Mundo, después de haber recibido
poco menos que de rodillas al representante de la nación conquistadora,
el gobierno ha puesto en evidencia los compromisos que lo ligan con el extranjero".
Luego llega a Costa Rica, donde también tiene dificultades, realiza declaraciones
a un periódico pero por la intervención del gobierno no son publicadas,
pero como compensación una entusiasta manifestación lo recibe. En Costa
Rica puede realizar su conferencia, pero la manifestación que lo sigue intenta
ser disuelta por la policía.
Esta recorrida por América Latina llena de problemas reafirman en él su
antiimperialismo norteamericano y su convicción en la necesidad imperiosa
de unión de esos países del continente, a su vez se distancia de las ideas
socialistas a las que ve un tanto alejadas de la realidad de esta región,
no obstante lo cual, siempre fue un defensor decidido de los derechos obreros.
Luego de Costa Rica decidió llevar su palabra también a los Estados Unidos,
donde no ahorró críticas a la política imperial de ese país, las anexiones
de los estados mexicanos, la invención de la República de Panamá separándola
de Colombia, para poder adueñarse del Canal, el empréstito oprobioso a Nicaragua,
cada una de las tropelías norteamericanas fueron recordadas por Manuel Ugarte
en el seno del gigante imperial.
Su próximo objetivo fue Panamá, país inventado por los intereses estadounidenses,
se entrevistó con el presidente, quién le reconoció su imposibilidad de
fijar las políticas nacionales porque toda la economía estaba en manos norteamericanas.
El siguiente destino fue Venezuela, donde fue recibido por el fervor de
manifestaciones populares, se emocionó ante la tumba de Bolívar, y volvió
a llamar a seguir el camino iniciado por los libertadores San Martín y el
mismo Bolívar.
Llegó a Colombia en noviembre de 1912, fue recibido con mucho entusiasmo
en las varias ciudades que visitó. En Bogotá convocó a 10.000 personas.
Ecuador también le brindó una cálida recepcióne, en el teatro de Guayaquil
ante 3000 concurrentes les grita su fórmula de rigor: "Unámonos". Ese mismo
reclamo se escuchó en Quito junto a otro que decía "América Latina para
los Latinoamericanos".
En Perú colocó flores ante los monumentos de Bolívar y San Martín. Casi
4.000 personas se reunieron para escucharlo. Aquí explicó que su nación
es América Latina y que si uno de los países que la integran se encuentra
en peligro, todos lo estaban.
Ante el cambio de gobierno en los Estados Unidos, Wilson asume en reemplazo
de Taft, Manuel Ugarte dio a conocer una Carta Abierta al Presidente de
los Estados Unidos que es un largo enunciado de los desbordes imperialista
efectuados por ese país en los últimos años. Sin hacerse esperanza, sabía
que más allá de los partidos políticos existía un sistema que no iba a cambiar
por la voluntad de algunas personas.
La declaración adquiere una gran repercusión en América, aunque los medios
periodísticos pro-imperialistas como El Mercurio de Chile intentaron desvirtuar
su prédica, ese diario atacó el texto de Ugarte.
En esos momentos le llegó el ofrecimiento de un grupo de socialistas argentinos
para ser candidato a senador, pero lo rechazó, sus diferencias con la conducción
del Partido Socialista se habían agudizado y consideraba incorrecto aceptar
un lugar desde donde debía defender ideas contrarias a sus convicciones.
En Bolivia se vio reconfortado por el espíritu nacional que imperaba en
ese digno y sufriente país. En su discurso en La Paz fue interrumpido por
numerosas ovaciones de un público enfervorizado. El embajador norteamericano
lo criticó duramente y Manuel Ugarte sin dudarlo le envía los padrinos para
batirse a duelo, la intervención del embajador argentino, evitó el lance.
Llegó a Chile luego de los agravios de la prensa reaccionaria chilena, el
clima era tenso hacia su persona, no obstante lo cual obtiene una gran repercusión
entre los sectores populares.
Por fin se hizo la hora de regresar a su país, al llegar a Buenos Aires,
sólo unos pocos amigos lo estaban esperando, precisamente él que había congregado
multitudes por toda América Latina, su llegada no provocó el menor interés,
ni siquiera una delegación del Partido Socialista.
A los pocos días concurrió a una reunión del Comité Ejecutivo del P.S. donde
sostuvo una agria discusión con sus integrantes que seguían apegados a consignas
internacionalistas, desconociendo y despreciando la concepción latinoamericanista
y anti-imperialista de Manuel Ugarte.
También el ambiente cultural de la ciudad cosmopolita lo recibió con indiferencia
o abierta resistencia, al principio no conseguía teatros para realizar su
campaña, finalmente con el apoyo de los estudiantes, obtuvo un lugar para
dar sus conferencias, una multitud mayor a las 10.000 personas se nucleó
para escuchar al vibrante orador.
Les señaló: "Allí donde hay un territorio latinoamericano en peligro, allí
está nuestra patria". Además indicó aquellos sectores económicos en que
las empresas norteamericanas habían colocado sus manos y debía seguirse
con atención sus maniobras, se refería a los frigoríficos que monopolizaban
el comercio de la carne, junto a los ingleses, y el petróleo donde comenzaban
a actuar las empresas de esa nacionalidad.
A partir de ese momento mantuvo una serie de polémicas con el órgano oficial
del P.S., La Vanguardia, que comenzó cuando esta celebró el surgimiento
de Panamá, territorio que había sido sustraído a Colombia, para que los
Estados Unidos pudieran construir sin interferencias el Canal. Manuel Ugarte
se indignó y protestó por el agravio hacia Colombia.
Desde La Vanguardia se desató una campaña contra él, se decían cosas como:
"viene empapado de barbarie, ..pueblos de escasa cultura, países de rudimentaria
civilización..." así veían los socialistas argentinos al resto de América
Latina, pero eran muy timoratos al referirse al Imperio del Norte, al referirse
a Ugarte decían que venía a pedir una solidaridad "para combatir por la
hostilidad sin objeto a los Estados Unidos".
El 1° de agosto de 1913 se dirigió hacia Montevideo donde fue recibido por
el presidente de Uruguay, Battle Ordoñez, quién lo trató cordialmente pero
le señaló que ese país seguiría con su política tendiente a aislarse del
resto de América.
Realizó un acto de estricta justicia, contrariando la tendencia de la historia
oficial argentina, homenajeó al gran procer latinoamericano José Artigas,
demostrando que también se había sacudido las mentiras construidas por la
versión liberal y oligárquica de la historia mitrista que había denostado
al gran Artigas. Luego realizó su conferencia con el mismo entusiasmo de
siempre.
Su próxima parada fue Brasil, recibió toda la adhesión de los estudiantes
pero en general en ese país existían fuertes vínculos con los Estados Unidos,
por lo cuál la repercusión no fue la misma que en otros países.
Por fín llegó al último país de su gira latinoamericana, Paraguay donde
tuvo un recibimiento importante, especialmente de los jóvenes.Concluida
la gira retornó a Buenos Aires.
Al poco tiempo de regresar se produjo un incidente que lo alejó definitivamente
del socialismo y de sus viejos amigos, por un problema con un discípulo
de Alfredo Palacios, éste y Ugarte decidieron batirse a duelo, dos que habían
sido amigos se vieron enfrentados irreconciliablemente. A raíz de esto la
policía lo obligó a permanecer recluido en su domicilio y el Partido Socialista
aprovechó la ocasión para expulsarlo.
Luego de comprometerse a no batirse a duelo en Argentina quedó levantada
la detención, pero cuando los dos duelistas se dirigían a Colonia para concretar
el lance, una lancha de la Prefectura les impide continuar. Luego de esto,
Palacios y Ugarte decidieron dar por terminada la cuestión.
Otra mala noticia para Ugarte fue la visita del ex-presidente norteamericano
Roosevelt a Buenos Aires donde fue recibido con todos los honores, incluidos
los elogios de los socialistas. El 7 de noviembre de 1913 Roosevelt habló
en el Colon, el mismo teatro que el intendente Anchorena le había negado
a Ugarte.
En su carta de renuncia al P.S. donde explicaba las muchas diferencias que
lo separaban de esa agrupación, cuestiona su posición anti-militarista,
su inclinación anti-religiosa, llamando al respeto de todas las creencias,
se opone a la abolición lisa y llana de la propiedad, a la vez que se declara
partidario del fraccionamiento, o sea la democratización de la propiedad,
pero por sobre todas las cosas rechaza la enemistad del socialismo argentino
con el concepto de patria, en tanto que él reafirmó su amor por su nación
y su bandera.
A comienzos de 1914 surgió en Buenos Aires, la Asociación Latinoamericana
a instancias de Ugarte, la misma se conformó luego de las manifestaciones
organizadas por una nueva intervención norteamericana en México que concluyó
con el golpe de estado de Huerta. Esta organización estaba formada principalmente
por grupos juveniles y algunos centros obreros.
La nueva institución realizó actos públicos para denunciar la actividad
del imperialismo norteamericano en Latino América y para bregar por la Unidad
de esos países, contó con la indiferencia del periodismo en general y los
partidos políticos.
1914 fue el año de comienzo de la Primera Guerra Mundial, la social-democracia,
con algunas honrosas excepciones, se volcó al apoyo de sus respectivas burguesías
en sus ansias de expansionismo imperial. El admirado por Ugarte, Jean Jaurés,
fue asesinado, para silenciar unas de las voces opuestas a la guerra.
Mientras tanto la Asociación Latinomericana exigía que los yacimientos petrolíferos
descubiertos en Comodoro Rivadavia quedaran en manos estatales y no fueran
entregados a los monopolios extranjeros.
Cada nueva agresión norteamericana contó con la respuesta vibrante y apasionada
de la Asociación, en 1915 ante un nueva amenaza a México, Ugarte reunió
más de 10.000 personas en la Plaza Congreso.
Continuó en la defensa de los países de América Latina agredidos, mientras
gran parte de la intelectualidad argentina, de los partidos políticos y
la prensa, se sumaban a la defensa de Francia e Inglaterra en la guerra.
Manuel Ugarte no se dejó engañar por la prédica imperial, y mantuvo su posición
neutralista, alejada de cualquiera de los bandos que se querían repartir
el mundo sin importarles la masacre que estaban provocando.
El 24 de noviembre de 1915 apareció el periódico La Patria dirigido por
Manuel Ugarte sus objetivos: defender la industria nacional, combatir los
monopolios, oponerse al imperialismo, bregar por una reforma cultural.
Desde las páginas de La Patria, comenzó a transitar un camino que nadie
había realizado en la Argentina hasta ese momento, como fue denunciar al
imperialismo británico. Argentina se había constituido producto de la dependencia
económica, en una semicolonia de Inglaterra, pero nadie se había percatado
de eso. La Patria comenzó de denunciar la actitudes agresivas de Inglaterra
y la función lesiva para nuestro país que desempeñaba el ferrocarril en
manos inglesas.
Pero el país estaba ocupado en otra cosa, conflicto mundial y las elecciones
presidenciales no daban tiempo para pensar en los grandes temas que eran
silenciados sistemáticamente, por la gran prensa y los partidos políticos.
El 15 de febrero de 1916 aparecía el último ejemplar de La Patria.
Ese año se produjo una nueva agresión de los Estados Unidos a México y la
Asociación Latinoamericana volvió a expresar su repudio, ante el silencio
generalizado que no quería enemistarse con el imperio del norte.
El 12 de octubre de 1916 la democracia irrumpe en el país de la mano de
Hipólito Yrigoyen, Ugarte no depositó demasiadas expectativas en el caudillo
popular, nos obstante ve con simpatía la actitud internacional de Yrigoyen
en el sentido de mantener la neutralidad argentina.
En abril de 1917 llegó a Méjico invitado por el gobierno de ese país por
haber sido uno de los más consecuentes defensores de la soberanía mexicana
contra las continuas agresiones yanquis. Más de 5.000 personas lo recibieron
al llegar a la capital del país, enseguida es recibido por el presidente
Carranza.
Ya de regreso visitó Panamá y con gran tristeza fue testigo de la obra imperial
en ese pedazo de territorio amputado a Colombia
El 6 de abril de 1917 ingresó en la guerra Estados Unidos, poco después
lo hizo Brasil, mientras en Buenos Aires los sectores sumisos a Inglaterra
y los Estados Unidos desataron una campaña para el ingreso de Argentina
en la carnicería mundial, tres viejos conocidos de Ugarte se sumaron mansamente
al reclamo imperial: ellos eran Ricardo Rojas, Leopoldo Lugones y Alfredo
Palacios. La firme actitud del gobierno de Yrigoyen, con el apoyo de un
grupo reducido de intelectuales, entre los que se encontró Ugarte, defendieron
el interés nacional manteniendo a la Argentina alejada de una guerra que
fue un negocio para unos pocos imperios en su reparto del mundo.
Por esos años recibió los mayores ataques que no le perdonaron no sumarse
al griterío de los que pedían sacrificar jóvenes vidas argentinas para la
expansión de Inglaterra y los Estados Unidos, muchos de sus amigos abandonaron
su compañía, los diarios lo calumniaban y hasta la relación con el estudiantado
se enfrió notoriamente. Otro patriota recibió un trato similar, era el digno
presidente de la Nación. Pero nunca estos dos hombres llegaron a entenderse.
1918 fue el año de la Reforma Universitaria, movimiento estudiantil que
cambió el carácter oligárquico de la educación argentina, planteando la
democratización de la enseñanza a la vez que levantaba banderas latinoamericanas
y anti-imperialistas, muchos de los líderes de este movimiento simpatizaban
con Manuel Ugarte, y él mismo intervino llevando su apoyo activo a los estudiantes.
Pero ese mismo año fue muy duro para él, muere su padre y en su país, no
tenía posibilidades de expresarse, recibiendo acusaciones calumniosas de
simpatizar con los alemanes, con la derrota de estos, sabía que tanto Inglaterra
como los Estados Unidos se lanzarían a continuar su expoliación de América
Latina. Presenció el festejo de la oligarquía y la clase media de Buenos
Aires por el triunfo de los aliados, Manuel Ugarte ya había tomado una resolución
a principios de 1919 se dirigió nuevamente a Europa, esta vez a Madrid.
Dos
años después se trasladó a Niza por razones de salud, con dificultades económicas
se vio obligado a escribir artículos periodísticos sobre temas de escaso
interés para su gusto. Paralelamente aparecieron dos libros suyos con el
objeto de obtener recursos para su subsistencia, sus títulos: "Poesías Completas"
y "Las espontáneas".
El 19 de julio de 1922 apareció uno de sus libros más importante, "Mi campaña
hispanoamericana", donde aparecieron muchos de los discursos que pronunció
en su gira por Latinoamérica, al poco tiempo un diario mexicano suspendió
la colaboración de Ugarte en ese medio, cada vez se le hacía más dificultoso
sobrevivir, los agentes del imperialismo presionaban para su expulsión de
todos los medios de difusión de ideas.
No obstante las dificultades, no se detenía y continuaba a un alto costo
personal, con su prédica, poco tiempo después aparecía otro libro de gran
importancia: "La Patria Grande".
Fines de 1923, momento de la aparición de otra obra fundamental, "El destino
de un continente", con el relato de su campaña por América. En este trabajo
profundizaba en el accionar imperial de Inglaterra en el sur del Continente.
Con la aparición de este nuevo libro, Ugarte volvió a perder otras fuentes
de trabajo por periódicos que cortaron su colaboración.
En 1924 sufrió un duro golpe con la muerte de su madre, Poco después pareció
su libro "El crímen de las máscaras", en esta obra aparecían arquetipos
que mostraban el funcionamiento de la sociedad oligárquica: el dueño de
los medios de difusión, el político que hacía lo contrario de lo que proclamaba,
el senador que formaba parte de comisiones que nunca resolvían nada, el
oligarca que domina al gobierno, el trepador, el militar como mucho músculo
y poco cerebro, escritores que plagiaban, y frente a ellos los estudiantes
y un idealista. La novela contenía mucho de autobiografía, mostraba toda
la desolación del luchador que se enfrentaba a los poderosos.
Comienzos de 1926 fue el momento de la aparición de un nuevo libro "El camino
de los dioses", al año siguiente editó "La vida inverosímil", ambos trabajos
le dieron un cierto respiro a sus ya crónicas dificultades económicas.
Una nueva invasión norteamericana, esta vez a Nicaragua vuelve a hacer levantar
la voz de Manuel Ugarte, todos los antiimperialistas consecuentes le solicitan
su opinión, estableció correspondencia con Víctor Raúl Haya de La Torre
y José Carlos Mariátegui en Perú, también con el Partido Nacionalista de
Puerto Rico.
En 1927 fue invitado por el gobierno ruso al festejo de los diez años de
la Revolución, en ese momento se estaba librando la batalla por el poder
entre Stalin y Trotsky. Sin adherir al régimen imperante en la Unión Soviética,
Ugarte rescató ciertos aspectos de esa revolución.
Ante la invasión norteamericana a Nicaragua, la dignidad y la valentía de
Augusto Cesar Sandino se levantó para hacer frente a la agresión imperial.
Manuel Ugarte expresó toda su admiración hacia el guerrillero, y se sintió
identificado con su posición al señalar: "El general Sandino ha puesto en
acción el pensamiento que yo defiendo desde hace veinte años".
Sandino le hizo llegar una carta, agradeciendo el apoyo recibido y reconociendo
en él a una de las figuras más importante del patriotismo latinoamericano.
Durante el año 1929 redobló sus esfuerzos en el apoyo de Sandino, quién
cada vez se encontraba más solo, ante el silencio de los gobiernos latinoamericanos
temerosos de las represalias norteamericanas. Ugarte contrastó la euforia
existente en países como la Argentina, por la Guerra Mundial y el escaso
interés por la desigual batalla de Sandino contra el gran imperio.
Cuando en septiembre de 1930 cayó el gobierno de Yrigoyen, la situación
de Ugarte era por demás problemática, en difícil situación económica y cada
día que pasaba se le cerraban nuevas puertas de los medios para expresarse,
la década del 30 fue una era reaccionaria en casi todo el mundo y eso afectaba
gravemente en el ánimo del gran luchador, pero ni las peores penurias podían
doblegarlo.
En octubre de 1932 publicó un nuevo libro "El dolor de escribir" donde reafirmaba
su voluntad de liberación hispanoamericana, expresando también las dificultades
de todo intelectual que intentara enfrentar a la fabulosas fuerzas del imperialismo,
recibiendo calumnias, persecuciones y silencios.
Por ese mismo tiempo recibió una carta de Sandino que le dice: "Su nombre,
señor Ugarte, hace mucho tiempo que es familiar entre nosotros y sus escritos
por uno u otro motivo, siempre nos llegan y nos han servido de estímulo
en nuestra gran jornada libertaria de siete años, que apenas son las preliminares
de la gran batalla espiritual, moral y material que Indoamérica, por su
independencia, tiene que empeñar contra sus tutores Doña Monroe y el Tío
Sam, y probarles que nuestros pueblos han llegado a su mayoría de edad".
Ugarte debió vender su casa en Niza y alquilar en París, también las joyas
de su mujer Teresa debieron venderse para subsistir, agobiado como estaba
por las deudas.
El 21 de febrero de 1934 Manuel Ugarte y toda América Latina recibían una
pésima noticia, Sandino era apresado y asesinado inmediatamente, el jefe
de la Guardia Nacional y luego dictador, Anastasio Somoza hacía el trabajo
sucio de sus amos norteamericanos.
En 1935 decidió regresar a Buenos Aires, pero no siquiera tenía dinero para
comprar los pasajes, por lo que debió tomar una dolorosa decisión: vender
su biblioteca.
Desde 1919 faltaba de Buenos Aires, al poco de llegar restableció relaciones
con Alfredo Palacios quién lo invitó a reingresar al Partido Socialista,
varios dirigentes más, también insistieron en el ofrecimiento. Luego de
pensarlo, aceptó reincorporarse al partido.
Pero este nuevo intento no podía durar demasiado, al año siguiente fue expulsado
luego de haber descargado una serie de críticas contra la conducción partidaria
y las viejas ideas del partido.
Paralelamente le fue ofrecida la dirección de una revista mensual "Vida
de hoy", durante un año y medio se publicó esta revista, que le permitió
tener un lugar donde expresarse y además obtener algunos recursos con los
que sobrevivir.
La Argentina estaba en plena Década Infame, Europa amenazada por el nazismo
y la Unión Soviética bajo la férrea conducción stalinista, ese clima político,
más la imposibilidad de continuar con la revista lo sumieron en un profundo
pesimismo, además lo conmovieron profundamente los suicidios de Leopoldo
Lugones, Horacio Quiroga y Lisandro de la Torre, y especialmente el de su
gran amiga Alfonsina Storni.
La pena le hizo dejar nuevamente Buenos Aires, esta vez para instalarse
en Viña del Mar, Chile, colaboró con varios diarios de ese país, aunque
en artículos literarios.
En agosto de 1939 apareció la segunda edición del libro La Patria Grande,
ante el inminente comienzo de la segunda guerra, Ugarte fue criticado por
cuestionar al imperialismo anglosajón.
Nuevamente sentará posición favorable a la neutralidad señalando que no
está ni con Francia, ni con Alemania sino con América Latina, también cuestionará
el ambiente favorable entre los medios de difusión y la intelectualidad
a declararse partidarios de los aliados. Decía Ugarte que mucho se hablaba
en América Latina sobre el posible peligro alemán y japonés, pero nada se
señalaba sobre el real saqueo inglés y norteamericano.
Terminaba el año 1941 cuando él concluía de escribir "Escritores Iberoamericanos
del 900", donde dio una pincelada sobre gran cantidad de autores a los que
mayoritariamente conoció personalmente y tuvo su amistad, desfilan por sus
páginas, entre otros: Rubén Darío, Alfonsina Storni, Florencio Sanchez,
Gabriela Mistral, Rufino Blanco Fombona, José Vasconcelos.
Luego del triunfo electoral del peronismo el 24 de febrero de1946, sintió
que por una vez el pueblo ganaba una batalla y decidió el regreso a su patria.
Al llegar a Buenos Aires declaró :"Creo que ha empezado para nuestro país
un gran despertar" y que "Más democracia que la que ha traído Perón, nunca
la vimos en nuestra tierra. Con él estamos los demócratas que no tenemos
tendencia a preservar a los grandes capitalistas y a los restos de la oligarquía".
El 31 de mayo Ernesto Palacio lo acompañó a la Casa Rosada para presentarlo
ante el presidente, tanto Perón como Ugarte simpatizaron instantáneamente.
En septiembre de 1946 fue designado Embajador Extraordinario y Plenipotenciario
en la República de México, por primera vez en la Argentina obtenía un reconocimiento
a su capacidad y su lucha, y nada menos que en México, país al que había
defendido reiteradamente contra las agresiones norteamericanas y donde tenía
tantos amigos y discípulos. Ese reconocimiento le llegaba muy tarde, tenía
71 años.
En agosto de 1948, luego de algunas diferencias con el staff de la embajada
en México, se lo designa en Nicaragua, donde permaneció poco tiempo, a comienzo
de 1949 fue nombrado embajador en Cuba.
Concluía el año 49 cuando fue reemplazado el Ministro de Relaciones Exteriores,
Juan Atilio Bramuglia, esto produjo un cambio en la política, luego de algunos
roces con los nuevos funcionarios, Ugarte presentó la renuncia y envió una
carta a Perón, señalando algunas diferencias por los cambios sucedidos en
la Cancillería, sin por eso dejar de apoyar al gobierno.
Alejado de la función pública decidió visitar nuevamente México donde los
intelectuales realizaron un homenaje en su honor, luego sigue su ruta hacia
Madrid.
En noviembre de 1951 retornó a Buenos Aires con un sólo objetivo, votar
por la reelección del Perón, luego del triunfo electoral regresó a Madrid
donde permaneció unos pocos días para instalarse nuevamente en Niza donde
el 2 de diciembre fallecía.
Manuel Ugarte fue uno de los más consecuentes patriotas latinoamericanos,
tal vez por eso, muy pocos en la actualidad conocen su nombre, y menos aún
su lucha y la dignidad militante de su inquebrantable antiimperialismo.
América Latina necesita rescatar el pensamiento de hombres que como él,
dieron todo y no recibieron nada, para revivir el sueño de San Martín y
Bolívar.
Fuente: www.elforjista.unlugar.com

El
pensamiento político de Manuel Ugarte
[Citas de sus discursos y escritos]
"Leyendo un libro sobre la política
del país encontré citada la frase pronunciada por el senador Preston en
1838: 'La bandera estrellada flotará sobre toda la América Latina hasta
la Tierra del Fuego, único límite que reconoce la ambición de nuestra raza."
"¿Cómo no surgió una protesta en toda la América de habla española, cuando
los territorios de Texas, California y Nueva México fueron anexados por
los Estados Unidos?"
"¡Oh, el país de la democracia, del puritanismo y de la libertad!. Los Estados
Unidos eran grandes. poderosos, prósperos asombrosamente adelantados, maestros
supremos de energía y vida creadora, sana y confortable, pero se desarrollaban
en una atmósfera esencialmente práctica y orgullosa y los principios resultaban
casi siempre sacrificados a los intereses o a las supersticiones sociales.
Bastará ver la situación del negro en esa república igualitaria para comprender
la insinceridad de las premisa proclamadas."
"¡Que destino el de nuestra raza! El derecho, la justicia, la solidaridad,
la clemencia, los generosos sentimientos de que blasonan los grandes pueblos,
no han existido para la América Latina donde se han llevado a cabo todos
los atentados sin que el mundo se conmueva...Para nosotros no existe, cuando
surge una dificultad con un país poderoso-y al decir país poderoso no me
refiero sólo a los Estados Unidos sino a ciertas naciones de Europa-, ni
arbitraje, ni derecho internacional, ni consideración humana. Todos pueden
hacer lo que mejor les plazca, sin responsabilidad ante los contemporáneos,
ni ante la historia...Así se instalaron los ingleses en Las Malvinas, o
en la llamada Honduras Británica, así prosperó la expedición del archiduque
Maximiliano, así se consumó la expoliación de Texas, Arizona, California
y Nueva México, Estado asimilados a ciertos pueblos del Extremo Oriente,
o del Africa Central, dentro del enorme proletariado de naciones débiles,
a las cuales se presiona, se desangra, se diezma, y anula en nombre del
progreso y la civilización."
"Desde Europa, fuera de la preocupación local que naturalmente acapara la
atención en cada una de nuestras repúblicas, advertí dos cosas: 1) que entre
las repúblicas latinas de América había lazos parecidos y analogías más
profundas que entre las demás naciones del mundo, que esas analogías no
era ideológicas, sino reales, no estaban basadas sobre declamaciones sino
sobre una identidad de situaciones, de intereses, de realidad; y 2) que
se difundía en América, que cobraba vigor y brío una abominable explotación
de una nación fuerte sobre los débiles, que se acrecentaba una dominación
injusta del grupo cohesionado y poderoso sobre el grupo débil y disperso."
"Nadie puede aplaudir los procedimientos expeditivos que emplean los boxers
para combatir al extranjero, pero nadie puede tampoco exagerarse el horror
de esos atentados... Cada pueblo se defiende de la agresión a su modo. El
único responsable es el que ataca. Cuando Buenos Aires rechazó las invasiones
inglesas, muchos ingleses perecieron quemados por el aceite hirviendo. Cada
uno se defendió como pudo. Los que murmuran que la civilización no admite
ese sistema de lucha, olvidan que tampoco puede admitir la tentativa de
conquista que la provoca. El pretexto de 'civilizar' no engaña ya a nadie."
"Hay que desechar toda hipótesis de lucha armada. Las conquistas modernas
difieren de las antiguas en que sólo se sancionan por medio de las armas
cuando ya están realizadas económico o políticamente. Toda usurpación material
viene precedida y preparada por un largo período de infiltración o hegemonía
industrial capitalista y de costumbres, que roe la armadura nacional, al
propio tiempo que aumenta el prestigio del futuro invasor. Por eso, al hablar
del peligro yanqui no debemos imaginarnos una agresión inmediata y brutal
que sería hoy por hoy imposible, sino un trabajo paulatino de invasión comercial
y moral que se iría acreciendo con las conquistas sucesivas."
"A todos estos países no los separa ningún antagonismo fundamental. Nuestro
territorio fraccionado presenta, a pesar de todo, más unidad que muchas
naciones de Europa. Entre las dos repúblicas más opuestas de la América
Latina, hay menos diferencia y menos hostilidad que entre dos provincias
de España o dos estados de Austria. Nuestras divisiones son puramente políticas
y por tanto convencionales. Los antagonismos, si los hay, datan apenas de
algunos años y más que entre los pueblos, son entre los gobiernos. De modo
que no habría obstáculo serio para la fraternidad y la coordinación de países
que marchan por el mismo camino hacia el mismo ideal. Sólo los Estados Unidos
del Sur pueden contrabalancear en fuerza a los del Norte. Y esa unificación
no es un sueño imposible."
"Si hay quienes agonizan en la miseria no es porque falte con qué alimentarlos,
sino porque una criminal retención de los productos en manos de una minoría
de traficantes así lo determina, sino porque hay hombres que, más por inconsciencia
que por maldad, trafican con el hambre de sus semejantes."
"Siempre he creído que el poeta, el escritor en general, debe intervenir
en los debates de su tiempo. Fui uno de los primeros en decir que no es
posible que los elementos pensantes de un país, los más capacitados, abandonen
o desdeñen la tarea de dar rumbo a la nación."
"Si el proletariado abriga el propósito irreductible de emanciparse, sólo
lo conseguirá afrontando al fin la responsabilidad de conducir sus propios
asuntos."
"Todos los escritores que predican la excelsitud del arte retórico y aristocrático,
sin mezcla de inquietud contemporánea, han hecho, sin desearlo quizá, obras
que son, en cierto modo, una propaganda en favor de determinada modalidad
de vida."
"Sería monstruoso establecer que el arte debe callar y someterse a los intereses
que dominan en cada momento histórico, cuando todo nos prueba que desde
los orígenes sólo ha alimentado rebeldías y anticipaciones... Querer convertirlo,
con pretexto de prescindencia, en lacayo atado al triunfo transitorio de
determinada clase social, es poner un águila al servicio de una tortuga
y desmentir la tradición gloriosa de la literatura de todos los tiempos."
"El escritor no debe ser un clown encargado de cosquillear la curiosidad
o de sacudir los nervios enfermos de los poderosos, sino un maestro encargado
de desplegar bandera, abrir rumbo, erigirse en guía y llevar las multitudes
hacia la altísima belleza que se confunde en los límites de la verdad. Porque
la verdad es belleza en acción y las excelencias de la forma sólo alcanzan
la pátina de eternidad cuando han sido puestas al servicio de una superioridad
moral indiscutible."
"Lo que hemos hecho hasta ahora no ha sido, en resumen, más que un arte
colonial, arte de reflejo, belleza que no tiene ninguna marca local, ni
en los asuntos ni en la inspiración, ni en la forma... Debemos bañarnos
constantemente en los vientos universales. Pero una cosa es asimilar y otra
pensar con cerebro ajeno. No hay razón para que la literatura siga siendo
exótica, cuando tenemos territorios, costumbres y pensamientos que nos pertenecen...Nuestro
pequeño caudal de agua tiene que buscar lecho propio en vez de sacrificarse
y fundirse en el de los grandes ríos...¿Somos o no una nación autónoma?
Si no lo somos, disolvamos la organización, renunciemos a la lucha y desgarremos
las primera victorias para tender el cuello a la conquista. Pero si lo somos,
si nos sentimos dueños de una tradición naciente, tratemos de alcanzar la
independencia total afirmando en todos los órdenes la personalidad de nuestro
pueblo."
"Yo también soy enemigo del patriotismo brutal y egoísta que arrastra a
las multitudes a la frontera para sojuzgar a otros pueblos y extender dominaciones
injustas a la sombra de una bandera ensangrentada. Yo también soy enemigo
del patriotismo orgulloso que consiste en considerarnos superiores a los
otros grupos, en admirar los propios vicios y en desdeñar lo que viene del
extranjero. Yo también soy enemigo del patriotismo ancestral, de las supervivencias
bárbaras, del que equivale al instinto de tribu o rebaño. Pero hay otro
patriotismo superior, más conforme con los ideales modernos y con la conciencia
contemporánea. Y ese patriotismo es el que nos hace defender, contra las
intervenciones extranjeras, la autonomía de la ciudad, de la provincia,
del Estado, la libre disposición de nosotros mismos, el derecho de vivir
y gobernarnos como mejor nos plazca."
"Por eso es que cabe decir que el socialismo y la patria no son enemigos,
si entendemos por patria el derecho que tienen todos los núcleos sociales
a vivir a su manera y a disponer de su suerte, y por socialismo el anhelo
de realizar entre los ciudadanos de cada país la equidad y la armonía que
implantaremos después entre las naciones."
"Yo no he creído nunca que nuestra raza sea menos capaz que las otras. Así
como no hay clases superiores y clases inferiores, sino hombres que por
su situación pecuniaria han podido instruirse y depurarse y hombres que
no han tenido tiempo de pensar en ello, ocupados en la ruda lucha por la
existencia, no hay tampoco razas superiores ni razas inferiores...La desigualdad
que advertimos entre la mitad del Continente donde se habla en inglés y
la mitad donde se habla español, no se explica ni por la mezcla indígena,
ni por los atavismos de raza que se complacen en invocar algunos, arrojando
sobre los muertos la responsabilidad de los propios fracasos... mientras
la burguesía yanqui adoptaba los principios filosóficos y las formas de
civilización más recientes, una oligarquía temerosa y egoísta se apoderó
de las riendas del gobierno en la mayor parte de los Estados del sur."
"La expansión va perdiendo su viejo carácter militar. Las naciones que quieren
superar a otras envían hoy a la comarca codiciada sus soldados en forma
de mercaderías. Conquistan por la exportación, Subyugan por los capitales.
Y la pólvora más eficaz parecen ser los productos de toda especie que los
pueblos en pleno progreso desparraman sobre los otros, imponiendo el vasallaje
del consumo."
"Yo no he creído nunca que la América latina sea inferior a la América sajona,
yo no he creído nunca en las fatalidades geográficas, yo no he creído nunca
que debamos inclinarnos ante la expansión de los fuertes."
"El imperialismo podrá aterrorizar a nuestras autoridades, apoderarse de
los resortes de nuestras administraciones y sobornar a los políticos venales,
pero a los pueblos que reviven su epopeyas heroicas, a los pueblos que sienten
las diferencias que los separan del extranjero dominador, a los pueblos
que no tienen acciones en las compañías financieras ni intereses en el soborno,
a esos pueblos no los puede desarraigar ni corromper nunca nadie."
"Somos indios, somos españoles, somos latinos, somos negros, pero somos
lo que somos y no queremos ser otra cosa."
"Unámonos, unámonos a tiempo, que todos nuestros corazones palpiten como
si fuesen uno sólo y así unidos, nuestras veinte capitales, se trocarán
en otras tantas centinelas que, al divisar al orgullosos enemigo, cuando
éste les pregunte ¿Quién vive? les respondan unánimes, con toda la fuerza
de los pulmones ¡La América Latina."
"Allí donde hay un territorio latinoamericano en peligro, allí está nuestra
patria."
"Dado que las primeras insinuaciones del imperialismo se operan por el vasallaje
económico a que se somete la futura presa...el petróleo debe mantenerse
exclusivamente en poder del Estado argentino."
"Un país que sólo exporta materias primas y recibe del extranjero los productos
manufacturados, será siempre un país, será siempre un país que se halle
en una etapa intermedia de su evolución."
"La nación suda, trabaja y se sacrifica para acrecer los dividendos que
se giran a Londres, no sólo en la forma que fluyen de los balances sino
por otros conceptos que escapan al contralor público e incluso de los poderes
públicos."
"El interés de las compañías se siempre al de la economía nacional...La
Argentina ha entregado los intereses colectivos poco menos que maniatados
a las empresas ferroviarias."
"La neutralidad más estricta y escrupulosa debe ser, pues, la norma de nuestra
acción diplomática, porque a la guerra no se va por simpatía romántica o
por sentimentalismo literario sino por intereses reales...Las patrias latinoamericanas
deben mantener, a toda costa, su independiente actitud, a pesar de la presión
que sobre ellas se ejerce, a pesar de todas las conminaciones, a pesar del
terrorismo intervencionista."
"...La guerra europea nos ha hecho comprender la importancia concluyente
que tiene la información periodística para suscitar o enajenar simpatías.
Todos sabemos que la opinión puede ser inclinada, dirigida, forzada o exaltada
por la perseverancia de las indicaciones, por la forma de presentar los
hechos, por la habilidad para graduar la situaciones, por la sutileza para
desvirtuar sucesos contrarios, por el conocimiento de la psicología de cada
pueblo, por el movimiento de timón casi invisible que se puede dar, en fin,
a la verdad, para que repercuta ampliamente en las conciencias y se ensanche
en las almas imponiendo determinadas direcciones colectivas."
"Virtualmente el sur del Atlántico pertenece hoy a Inglaterra y a los Estados
Unidos... Desde los tiempos coloniales, Inglaterra ejerció en esas zonas
una acción evidente con su flota comercial, apoyada en ciertos casos por
desembarcos, bloqueos y hasta ocupaciones territoriales como se prolongan
en las Malvinas."
"La existencia de una oligarquía formada por terratenientes, viejas familias
y extranjeros aliados a ellas, es un fenómeno común a la mayoría de las
repúblicas latinoamericanas, donde a raíz de la independencia se formó un
núcleo aristocrático, dentro del cual, por ironía del destino, los descendientes
de los que encabezaron esa independencia apenas figuran como excepción,
dispersados o anulados como han sido por la miseria o las alianzas populares.
Este núcleo, transformado en fuerza gobernante, se halla en pugna cada día
más con una burguesía inmigrada o autóctona y con la masa inclinada a reivindicaciones
extremas."
"En realidad, la grandeza de los Estados Unidos no se ha hecho solamente
con el esfuerzo de sus nacionales. Son las muchedumbres que han alimentado
con el sudor de frente las plantaciones de la América Central, los cafetales
de las Antillas, las minas de Bolivia y Perú, multitudes que no trabajaron
para sí puesto que nada quedó en esos territorios. Son ellas las que han
creado la verdadera riqueza y el esplendor de la nación del Norte, de tal
suerte que se puede decir que el oro americano se ha acuñado con la miseria
y con el dolor, cuando no con la sangre, de todo el continente sometido."
"Así como, en el orden internacional, hay para las Repúblicas de la América
Latina un problema superior a todos los otros: la defensa de las autonomías
nacionales frente al imperialismo, en el orden interior se impone una reforma
por encima de todas las reformas posibles: la que ha de dar por resultado
la repartición de la tierra...El latifundio se ha mantenido o ha prosperado
de una forma de una manera monstruosa. Hay hombres que poseen zonas inmensas,
verdaderos estados dentro del Estado...Del inaudito acaparamiento de la
tierra por algunos, ha nacido una violenta desigualdad social y hasta una
forma nueva de esclavitud: la esclavitud de los hombres que nacen, trabajan
y mueren sometidos a un sistema dentro del cual la tierra, los víveres y
cuanto existe pertenecen a un amo todopoderoso."
"El cristianismo en su diafanidad primitiva no estuvo nunca en tela de juicio.
Lo que se puede discutir es la acción de sus representantes desde el momento
en que la Iglesia se hizo oportunista y se erigió en defensora de cuanto
combatió en los orígenes. Cuando se somete a los poderosos, sanciona injusticias,
acumula tesoros, oprime a los débiles, colabora con la guerra y se afana
por convertir su fuerza espiritual en fuerza temporal, entonces, pierde
su aureola."
"Mientras la América Latina esté gobernada por políticos profesionales cuya
única función consiste en defender los privilegios abusivos de la oligarquía
local y en preservar los intereses absorbentes de los imperialismos extranjeros,
ninguna evolución puede ser posible."
"Cuando se nos habla de la violencia, pareciera como si nadie supiera que
ninguna nación se impuso violentamente en tan vastos territorios como Inglaterra,
que simboliza ahora para algunos la legalidad. Basta abrir un mapa para
contemplar el mayor imperio conocido. Trecientos millones de hindúes, en
favor de los cuales clama Ghandi en vano, la mitad de Africa, Gibraltar,
islas innumerables pobladas por enormes muchedumbres que trabajan y sufren
para que los ingleses mantengan un standard superior de vida. En cuanto
a Estados Unidos, vemos que pocas veces se ha ensanchado una nación con
tanta rapidez, tan implacablemente. En siglo y medio quintuplicaron la extensión
de su territorio absorbiendo y anexando la Florida, Luisiana, Nuevo México,
Texas, Panamá, Puerto Rico, etc."
"Ha llegado la hora de realizar la segunda independencia. Nuestra América
debe cesar de ser rica para los demás y pobre para sí misma. Iberoamérica
pertenece a los iberoamericanos."
Fuente: www.elforjista.unlugar.com

Manuel
Ugarte, un profeta "maldito" y olvidado
Por Roberto Bardini
Es uno de los grandes personajes de Argentina y posiblemente de Iberoamérica
en la primera mitad del siglo XX. En su época influyó en dirigentes de todo
el continente, pero continúa siendo un gran desconocido en su patria. Nacido
el 27 de febrero de 1875 en el barrio porteño de Flores, en las siguientes
siete décadas su nombre se menciona poco en las noticias a pesar de su permanente
actividad literaria y política. Fallece el 2 de diciembre de 1951 en Niza
(Francia) y desaparece de los comentarios bibliográficos, las antologías
y las librerías. Ugarte pertenece a una familia tradicional. Estudia en
el Colegio Nacional de Buenos Aires, asiste al Jockey Club, practica esgrima,
lee y escribe poesía. El escritor Pedro Orgambide recordó en 2003 que en
últimos años del siglo XIX Manuel vive en París, "como correspondía a un
rico, joven y culto caballero argentino, aficionado a las mujeres, al teatro
y la poesía galante". Lo describe como un bon viveur y dice que "nada hacía
sospechar a los parientes y amigos el giro que tomaría su vida apenas se
iniciara en la política". Entre los amigos de Ugarte se cuentan Alfonsina
Storni, Alfredo Palacios, José Ingenieros, Leopoldo Lugones, Manuel Gálvez
y Ernesto Palacio. También trata con la chilena Gabriela Mistral, el uruguayo
José Enrique Rodó, el peruano José Santos Chocano, el nicaragüense Rubén
Darío, los mexicanos Amado Nervo y José Vasconcelos, los españoles Miguel
de Unamuno, Juan Ramón Jiménez y Pío Baroja, los franceses Henri Barbuse
y Jean Jaurés; es decir, con los más destacados intelectuales de principios
del siglo XX. Rubén Darío, Unamuno y Baroja le prologan sus primeros libros.
Barbuse, director de la revista Monde, lo incluye en el comité editorial
junto con Albert Einstein, Máximo Gorki y Upton Sinclair. Autor de treinta
libros, la mayoría publicados fuera del país, Manuel Ugarte es un socialista
criollo de la generación del 900 que impulsa la unidad hispanoamericana.
Denuncia al imperialismo yanqui desde 1901 –por sus intervenciones en América
Central y el Caribe– hasta el año de su muerte, por la guerra de Corea.
A principios del siglo XX escribe: "Actualmente los grandes diarios nos
dan, día a día, detalles a menudo insignificantes de lo que pasa en París,
Londres o Viena y nos dejan, casi siempre, ignorar las evoluciones del espíritu
en Quito, Bogotá o Méjico. Entre una noticia sobre la salud del emperador
de Austria y otra sobre la renovación del ministerio del Ecuador, nuestro
interés real reside naturalmente en la última. Estamos al cabo de la política
europea, pero ignoramos el nombre del presidente de Guatemala".
Un hombre de barricadas
En 1904, Ugarte asiste como delegado al Congreso de la Internacional Socialista
en Amsterdam. Tres años después, participa en Stuttgart de otro Congreso
de la IS, en el que participan Vladimir Ilich Lenín, Rosa Luxembugo, Jean
Jaurés, Karl Kautsky y Gueorgui Plejánov. De 1910 a 1913, Ugarte recorre
toda la América hispana, da conferencias y es aclamado en 20 capitales.
Ya no predica el internacionalismo proletario sino la construcción de la
Patria Grande, la gran nación iberoamericana. Es un socialista que rechaza
trasplantar experiencias europeas: "El socialismo debe ser nacional", dice
en 1911. Al año siguiente escribe: "Bajo ningún pretexto podemos aceptar
la hipótesis de quedar en nuestros propios lares en calidad de raza sometida.
¡Somos indios, somos españoles, somos latinos, somos negros, pero somos
lo que somos y no queremos ser otra cosa!". Agentes secretos de las distintas
embajadas de Estados Unidos le siguen los pasos en Cuba, Santo Domingo,
México, Guatemala, Honduras, El Salvador y Nicaragua. Funcionarios diplomáticos
norteamericanos le piden a las autoridades locales que impidan su participación
en actos públicos. A pesar de todo, llena teatros y plazas, participa en
manifestaciones callejeras, es orador de barricada y reúne a multitudes.
Ugarte continúa su gira y llega a Bolivia. Pronuncia un discurso en La Paz,
interrumpido por las ovaciones de un público entusiasta. El embajador estadounidense
lo critica duramente y el escritor lo desafía a batirse a duelo. Debe intervenir
el representante diplomático para evitar el enfrentamiento.
La Patria y los ferrocarriles ingleses
En noviembre de 1915, con su propio dinero, Manuel Ugarte funda en Buenos
Aires el diario La Patria. Comienza una cruzada que hasta entonces nadie
se había atrevido a encarar en Argentina: la denuncia del imperialismo inglés.
El país es prácticamente una semicolonia británica, pero nadie parece percibirlo.
A principios de 1916, el escritor analiza tempranamente uno de los factores
que permitían la penetración económica de Gran Bretaña: los ferrocarriles.
"Uno de los problemas que más nos interesa, fuera de toda duda, es el de
la explotación de nuestros ferrocarriles por empresas de capital foráneo,
cuyos intereses, de conveniencias motivadas por su misma falta de arraigo
y su origen, son fundamentalmente opuestos a los intereses de la república",
escribe Ugarte. "Las empresas ferroviarias son todas extranjeras: capital
inglés, sindicatos ingleses, empleados ingleses […]. Lleva la empresa noventa
y ocho probabilidades de obtener pingües ganancias contra dos de obtenerlas…
regulares; de perder, ninguna. […] Y este dato merece ser tenido en cuenta
al ocuparse de los ferrocarriles como origen de nuestra atrofia industrial".
Asfixiado económicamente, el 15 de febrero de 1916 La Patria publica su
último número. Ante la primera gran guerra europea del siglo XX, que muchos
insisten todavía en denominar "mundial", Ugarte propone la neutralidad.
El diario dura menos tres meses en medio del boicot que le hacen los nacionalistas
–que lo consideran socialista– y los socialistas, que lo ven como nacionalista.
Más tarde, durante la segunda gran guerra europea, el escritor afirmará
que mucho se habla en Iberoamérica acerca de las presuntas amenazas alemana
y japonesa, pero nada se dice sobre el real saqueo británico y estadounidense.
En abril de 1918, cuando se funda en Córdoba la Federación Universitaria
Argentina (FUA), Ugarte es el principal orador del encuentro. Ese año se
autoexilia en España y luego pasa a Francia. Retorna 17 años más tarde.
En la década del 20, los principales líderes de la Revolución Mexicana le
escriben a Ugarte y le agradecen su apoyo. Augusto César Sandino, el "general
de hombres libres", también le envía una carta desde Nicaragua, reconoce
su respaldo a la lucha contra los marines yanquis y dice que lo ve como
una de las figuras más importantes del patriotismo latinoamericano. Dos
grandes dirigentes peruanos lo alaban: Víctor Raúl Haya de la Torre, fundador
de la Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA), lo considera el precursor
de esta organización; José Carlos Mariátegui afirma que el escritor argentino
es uno de las más prestigiosos personajes de América hispana.
El apóstol vencido
En mayo de 1935, en plena Década Infame, Ugarte regresa a Argentina. El
semanario Señales, del grupo FORJA, es el único periódico que informa sobre
su llegada; la gran prensa lo ignora. En 1937, el escritor se va nuevamente
del país. El patriota iberoamericano regresa a Buenos Aires en marzo de
1946, después del triunfo electoral del entonces coronel Juan Domingo Perón.
"Más democracia que la que ha traído Perón, nunca la vimos en nuestra tierra.
Con él estamos los demócratas que no tenemos tendencia a preservar a los
grandes capitalistas y a los restos de la oligarquía", declara. Y luego
escribe: "Todos los presentimientos y las esperanzas dispersas de nuestra
juventud, volcada un instante en el socialismo, han sido concretadas definitivamente
en la carne viva del peronismo, que ha dado fuerza al argentinismo todavía
inexpresado de la Nación. Ahora sabemos lo que somos y a dónde vamos. Tenemos
nacionalidad, programa, derrotero". El 31 de mayo, el historiador Ernesto
Palacios lo acompaña a la Casa Rosada y le presenta al nuevo presidente,
quien le ofrece el puesto de embajador en México. A los 71 años, es la primera
y única vez que Ugarte recibe un reconocimiento oficial en su país. Pero
los diplomáticos "de carrera" lo boicotean. Desinteligencias con el personal
de la propia embajada lo obligan a regresar a Argentina en junio de 1948.
Lo envían a Nicaragua, donde no se encuentra muy a gusto. A principios de
1949 lo trasladan a la representación en Cuba, donde persisten las intrigas
de algunos funcionarios, y en enero de 1950 presenta su renuncia. Por problemas
de salud, regresa a su casa alquilada en Niza. El poeta peruano Alberto
Hidalgo, quien trata a Ugarte en los años 40, lo describe viviendo humildemente,
como un proscrito: "Yo quiero llamar la atención de un país sobre este hombre,
al que no puede dejarse perecer en la pobreza o en el olvido, aunque fuese,
si no tuviera otros méritos, sólo por esto: por haber sido el apóstol de
los ideales americanistas, por haber gastado su fortuna recorriendo nuestras
repúblicas a fin de despertarlas y hacerles ver el peligro que las acecha.
Y es por ello que, aunque la Argentina lo tenga olvidado, el nombre de Manuel
Ugarte no morirá nunca en la conciencia de América". En noviembre de 1951,
Ugarte vuelve a Buenos Aires. Él mismo explica la razón del viaje: "No he
pertenecido nunca al bando de los adulones y si hago ahora esta afirmación,
si he vuelto especialmente de Europa a votar por Perón, es porque tengo
la certidumbre absoluta de que alrededor de él debemos agruparnos, en momentos
difíciles que atraviesa el mundo, todos los buenos argentinos". Poco después
regresa a Niza. El 2 de diciembre de 1951 lo encuentran muerto en su casa.
Aunque oficialmente se considera que la muerte fue "accidental", en los
medios literarios y políticos se presume que él mismo decidió poner punto
final a su vida. Los suicidios de Horacio Quiroga en 1937, Alfonsina Storni
y Leopoldo Lugones en 1938, y de Lisandro de la Torre en 1939 habían conmovido
a Ugarte, quien afirmó que la suya era una generación vencida. La historiadora
Liliana Barela no descarta que "exiliado, solitario, excluido y desilusionado,
pudiera sentirse vencido y tentado a adoptar el camino que eligieron tantos
compañeros que integraron su malograda generación".
La conspiración del silencio
Entre la obra poética de Manuel Ugarte se destacan Palabras (1893), Poemas
grotescos (1893), Versos (1894) y Vendimias juveniles (1907). También es
autor de narraciones cortas: Cuentos de la Pampa (1903) y Cuentos argentinos
(1908). Dentro de sus relatos de viaje figuran Paisajes parisienses (1901),
Crónicas de boulevard (1902) y Visiones de España (1904). Sus ensayos literarios
incluyen El arte y la democracia (1905) y La joven literatura hispanoamericana
(1906). Los textos sociopolíticos abarcan El Porvenir de América Española
(1910), La Patria Grande (1922), El destino de un continente (1923) y La
Reconstrucción de Hispanoamérica (1951). ¿Cuál fue el trato que recibió
Ugarte en Argentina? A este auténtico polígrafo –autor de novelas, cuentos,
poesías y ensayos– las autoridades universitarias le niegan una cátedra
de Literatura. Los representantes de la cultura oficial también rechazan
la propuesta de Gabriela Mistral –quien lo denomina "el maestro de América
Latina"– para considerarlo candidato al Premio Nacional de Literatura. El
Partido Socialista, de orientación liberal conservadora, lo expulsa dos
veces, a causa de sus "desviaciones nacionalistas". En 1910 se realiza un
nuevo congreso de la Internacional Socialista en Copenhague, pero esta vez
viaja el dirigente Juan B. Justo desde Buenos Aires, en lugar de designar
a Ugarte que se encontraba en París. El diario La Nación comienza a rechazarle
artículos. Sus libros El Porvenir de América Española, La Patria Grande,
El destino de un continente y La Reconstrucción de Hispanoamérica, se editan
en el país recién dos años después de su muerte, por iniciativa de Jorge
Abelardo Ramos en la pequeña editorial Coyoacán. Ugarte muere enfermo y
sin un centavo, lejos de Argentina. Poco antes, comenta: "En otras partes
se fusila, es más noble". ¿A qué se debe esta conspiración del silencio?
En el prólogo a La nación latinoamericana, editado en Venezuela, Norberto
Galasso da algunas claves: los representantes de la generación del 900,
"a pesar de las enormes presiones, los silencios y los acorralamientos,
han logrado hacerse conocer en la Argentina y en América Latina desde hace
años. De un modo u otro, esterilizándolos o deformándolos, tomando sus aspectos
más baladíes o resaltando sus obras menos valiosas, han sido incorporados
a los libros de enseñanza, los suplementos literarios, las antologías, las
bibliotecas públicas, las sociedades de escritores, las aburridas conferencias
de los sábados, los anaqueles de cualquier biblioteca con pretensiones".
Galasso señala que Ugarte, en cambio, "ha corrido un destino diverso: un
silencio total ha rodeado su vida y su obra durante décadas convirtiéndolo
en un verdadero "maldito", en alguien absolutamente desconocido para el
argentino medianamente culto que ambula por los pasillos de las Facultades.
No es casualidad, por supuesto. La causa reside en que, de aquel brillante
núcleo intelectual, sólo Ugarte consiguió dar respuesta al enigma con que
los desafiaba la historia y fue luego leal a esa verdad hasta su muerte.
Sólo él recogió la influencia nacional-latinoamericanista que venía del
pasado inmediato y la ensambló con las nuevas ideas socialistas que llegaban
de Europa, articulando los dos problemas políticos centrales de la semicolonia
Argentina y de toda la América Latina: cuestión social y cuestión nacional.
[…] De ahí la singular actualidad del pensamiento de Ugarte y por ende su
condena por parte de los grandes poderes defensores del viejo orden".
Un muerto en vida
En "Redescubrimiento de Ugarte", publicado en febrero de 1985, Jorge Abelardo
Ramos escribe: "[…] en la irresistible Argentina del Centenario, orgullosa
y rica, el emporio triguero del mundo, no había lugar para él. No solamente
porque, como decía Miguel Cané, escribir una página desinteresada en Buenos
Aires equivalía a recitar un soneto de Petrarca en la Bolsa de Comercio,
sino a causa de que Ugarte iría a desenvolver su vida contra la lógica de
la factoría euro-porteña: era socialista, aunque criollo y católico; argentino,
pero hispanoamericanista. Si bien es cierto que lucharía por la neutralidad
en las dos guerras inter-colonialistas del siglo, debería hacerlo contra
la opinión dominante del rupturismo demo-izquierdista favorable a las potencias
democráticas; más tarde, asumiría la defensa de la industria nacional y
de la clase obrera en un país agropecuario, librecambista y antiobrero".
El luchador social se había convertido en "un muerto civil" mucho tiempo
antes de fallecer, apunta Ramos. "Sin el respaldo de un partido, de una
capilla, de los grandes diarios o del orden vigente, ningún editor manifestó
nunca el menor interés por publicar algún libro de Ugarte. Semejante maravilla
se explica porque la formación del gusto público, en 1914 o en la actualidad,
corría por cuenta de los intereses creados por la oligarquía anglófila y
su dócil clientela de la clase media urbana, en suma, el cipayo ilustrado,
que se cultiva a la orilla de los grandes puertos de la América Latina".
Ramos recuerda: "En noviembre de 1954, organicé una Comisión de Homenaje.
Recibimos los restos de Ugarte en el puerto de Buenos Aires […]. Un silencio
sepulcral reinaba sobre la República, en cuyo subsuelo toda la reacción
conspiraba. Pugnaban por derribar a Perón tanto la agónica partidocracia
democrática, como la izquierda cosmopolita y el nacionalismo puramente retórico
de ciertos grupos de la derecha antiobrera. […] Enseguida organizamos en
el salón Príncipe George un Funeral Cívico en su homenaje. Hablaron en el
acto Carlos María Bravo, Rodolfo Puiggrós, John William Cooke y yo. […]
A pesar de la tensión reinante, congregamos unas cuatrocientas personas.
Salvo el presidente Perón, que envió un telegrama de adhesión, ni el gobierno
ni el peronismo oficial se hicieron presentes. Y, va de suyo, nadie de la
"inteligentzia" llamada argentina. Soplaba un viento gélido y en el espíritu
colectivo palpitaban sórdidos presagios. La contrarrevolución democrática
estaba en marcha". En el capítulo XII de Historia de la nación latinoamericana,
Ramos dedica varias páginas al trágico destino de este luchador visionario
y el silenciamiento sistemático de su vida y obra. Se transcriben sólo dos
párrafos: "El irritado silencio que ha rodeado siempre a la figura de Ugarte
no sólo es necesario atribuirlo al papel de "emigrado interior" del intelectual
del 900 en las semicolonias, sino al "leprosario político" en el que la
oligarquía y sus amigos de la izquierda cipaya recluyen a los hombres de
pensamiento nacional independiente. A principios de siglo al escritor latinoamericano
no le quedaba otro recurso que enmudecer o emigrar. Las pequeñas capitales
de la nación "balcanizada", aún la más presuntuosa, como Buenos Aires, habían
sustituido la función social del escritor con el libro español o francés.
"[…] En 1945, cuando en la Argentina el país estaba polarizado entre Braden
y Perón, Ugarte regresó después de muchos años de ausencia y estuvo contra
el embajador Braden, al mismo tiempo que la inmensa mayoría de la intelligentzia
argentina y latinoamericana se pronunciaba contra Perón. El coraje moral
de estar contra los mandarines, ese coraje no le faltó jamás a Ugarte y
esa es la razón del silencio profundo que envuelve su persona y su obra".
El artículo sobre Ugarte de Pedro Orgambide –el último que escribió antes
de morir el 19 de enero de 2003– sostiene: "No fue profeta en su tierra.
Es, aún, el gran olvidado del pensamiento político argentino. En cambio,
sus ideas impulsaron la acción de hombres como el peruano Víctor Raúl Haya
de la Torre o el nicaragüense Augusto César Sandino. Su nombre es citado
con frecuencia en otros países de América latina; pocas veces en la Argentina.
[…] No gana plata con la política. Al contrario: por ella, pierde su fortuna.
Y por su heterodoxia, se le cierran las puertas de la cultura oficial. […]
Su figura disgusta a algunos sectores clericales y políticos por lo que
cansado de pelear renuncia. […] Más retaceada es su influencia aquí, en
el llamado "pensamiento nacional", y poco reconocida su incidencia en el
origen de la "tercera posición" de nuestro país, en tiempos de la guerra
fría". Hace unos días se cumplió un nuevo aniversario de la muerte de este
patriota. La llamada "gran prensa", como es habitual, no publicó una sola
línea.
Textos consultados Liliana Barela, Vigencia del pensamiento de Manuel Ugarte,
Leviatán, Buenos Aires, 1999. Norberto Galasso, Manuel Ugarte, EUDEBA, Buenos
Aires, 1973. Jorge Abelardo Ramos, Historia de la nación latinoamericana,
A. Peña Lillo Editor, Buenos Aires, abril de 1968. Pedro Orgambide, "El
largo viaje de Manuel Ugarte por América Latina", Clarín, Buenos Aires,
26 de enero de 2003. Manuel Ugarte, La nación latinoamericana (compilación,
prólogo, notas y cronología de Norberto Galasso), Biblioteca Ayacucho, Caracas,
noviembre de 1978.
© Roberto Bardini Copyright © 2003 Movimiento Bambú boletinbambu@yahoo.com
Fuente: www.rodelu.net

Noticias
Bio-Bibliográficas
Por Liliana Barela
Manuel Baldomero Ugarte nació en Buenos Aires el 27 de febrero de 1875,
aunque algunos consignan el año 1878, en papeles personales que se encuentra
en el Archivo General de La Nación, verificamos la fecha de 1875. Sus padres,
argentinos ambos, fueron Floro Ugarte y Sabina Romero. En 1881 ingresó al
Colegio Nacional Buenos Aires, y en 1890 -a su regreso a Buenos Aires desde
París-abandonó definitivamente el bachillerato para dedicarse a las letras.
En 1893 publicó un cuaderno de poemas, Palabras, que financió su padre y,
poco después, Poemas grotescos y Versos y Serenatas. En octubre de 1895
fundó la Revista Literaria, de la que sería director. Esta revista, inspirada
en la fundada por Rodó en Montevideo, recibió el elogio del propio Rodó,
de Ricardo Palma y Almafuerte.
Después de la intervención norteamericana en Cuba en 1898, Ugarte decidió
viajar a Estados Unidos. Este viaje constituye un punto de inflexión en
su vida. A partir de ese momento se dedicó a atacar la política imperialista
de ese país. Esta causa se convirtió en objetivo totalizador de su existencia
y lo concretó recorriendo América Latina, denunciando al invasor y apoyando
a los gobiernos que encararon una política independiente, de corte nacional.
Desde Estados Unidos pasó a México, interesándose por su historia para comprender
con mayores elementos su conflictivo presente. Regresó a Europa, pasando
primero por Cuba, y en París terminó su primera novela, Paisajes parisienses,
que publicó en 1901. En octubre y noviembre de ese mismo año aparecieron
en el diario El País de Buenos Aires sus dos primeros artículos anti-imperialistas:
“El peligro yanqui” y “La defensa latina”.
En 1902 agrupó varios artículos periodísticos y los publicó en Crónicas
de boulevard. En Madrid se puso en contacto con dirigentes y escritores
socialistas. Publicó dos nuevos libros: La novela de las horas y los días
y Cuentos de la Pampa. En este último describía personajes y situaciones
de la realidad argentina que conociera en sus primeros veinte años de vida.
En julio de 1903 se embarcó hacia nuestro país para adherir al Partido Socialista
Argentino, y en el salón Operai Italiani, pronunció su conferencia “Las
ideas del siglo”. Allí con lenguaje claro y sencillo Ugarte dice: “el socialismo
no sólo es posible, es necesario” (Cúneo: 1955: 113). A pesar de sus manifestaciones
anti-imperialistas, no mencionó ese tema en la conferencia.
En 1903 había publicado dos libros: Visiones de España y Mujeres de París,
y en 1905 El arte y la democracia, Los estudiantes de París y Una tarde
de otoño. En el primero de los libros citados, Ugarte reunió una serie de
relatos acerca de paisajes españoles y personajes vinculados a las letras.
En El arte y la democracia, insistió en la necesidad de un mayor compromiso
del escritor con su tiempo: “Enamorado de las letras que son quizás mi razón
de vida, pero enemigo del literalismo, entiendo que nuestras épocas tumultuosas
y febriles, el escritor no debe matar al ciudadano” (Ugarte: 1904: V)
En 1906 publicó Enfermedades sociales, ensayo sobre diversos vicios sociales,
entre ellos la costumbre, la falta de libertad, la corrupción administrativa,
las guerras impopulares, el miedo a la verdad, la intoxicación literaria,
etc. Todos estos vicios, reconocía, derivaban de un mal común: el régimen
capitalista. Este régimen que “urge reemplazar por una organización más
de acuerdo con la cultura del siglo” (Ugarte: 1906:200).
En los primeros meses de 1908, Ugarte publicó Burbujas de vida. En él incluye
un artículo suyo sobre las razones del arte social. La preocupación del
autor se centró en las manifestaciones de un arte que deseaba “nacional”.
Orientó esta búsqueda hacia una interpretación del arte comprometido con
su tiempo, única posibilidad de estructurar una cultura que posibilite la
identidad nacional y latinoamericana.
En 1910 publicó Cuentos Argentinos y adelantó en varios periódicos los resultados
de sus estudios acerca de orígenes, caracteres y futuro de Hispanoamérica.
A fines de ese año aparece El porvenir de la América Español, en el cual
analizó los orígenes y los diferentes desarrollos de las dos Américas, denunció
la política expansionista de Estados Unidos a costa del resto de los países
americanos, propuso la necesidad de concretar una unificación basada en
la comunidad de territorio, lengua, cultura, costumbres, origen y enemigos
comunes. Este libro alcanzó amplia repercusión en América y en Europa.
El 14 de octubre de 1911, pronunció una conferencia en la Sorbona de París
sobre “Las ideas francesas y la emancipación americana”. Dijo entonces:
“ Como en el apólogo bíblico, hacia la Francia inmortal para decirte ante
la prosperidad de un mundo: he aquí lo que hemos hecho con tu semilla” (Ugarte:
1922: 70). Toda la prensa francesa publicó reseñas y comentarios, y con
este pivote comenzaba Ugarte su gira por veinte países latinoamericanos:
Quince días después (29 de octubre) partía yo con el fin de realizar la
gira continental […] Quería entrar en contacto con cada una de las repúblicas
cuya causa había defendido en el bloque, conocerlas directamente, observar
de cerca su verdadera situación y completar mi visión general de la tierra
americana, recorriéndola en toda su extensión, desde las Antillas y México,
hasta el Cabo de Hornos (Ugarte: 1923: 43).
En primer lugar visitó Cuba, donde permaneció un mes. Recorrió el país y
pudo apreciar la penetración imperialista norteamericana, reflejada aún
en detalles cotidianos. El autor observó, empero, una actitud de descontento,
de profundo sentimiento nacionalista. Dijo: “Bastaría un llamamiento autorizado
o un grito oportuno para que se llenara como antes la manigua de guerrilleros
dispuestos a hacerse matar de nuevo por la imposible independencia” (Ugarte:
1923: 61).
En este -como en casi todos los países que visitó-Ugarte pronunció conferencias,
estableció contactos y soportó los obstáculos que le impuso cada gobierno.
En Cuba, la difamación vinculaba a Ugarte con un “hispanismo” intransigente
que lo colocaba en contra de las aspiraciones independentistas de los cubanos
en 1898.
En mayo del siguiente año, 1912, llegó a Buenos Aires después de su gira,
y en julio, la polémica con el Partido Socialista culminaría con su expulsión
en noviembre. Ugarte creía que el socialismo debía ser nacional, y al partido
no le preocupaba este aspecto doctrinario. El 1º de agosto se embarcaba
hacia Montevideo. Allí el presidente Battle y Ordoñez lo recibió personalmente
y llevó a cabo una conferencia en el Teatro 18 de Julio sin ningún tropiezo.
Estrechó relaciones con Delmira Agustini, gran poetisa uruguaya: “Entre
Delmira y yo no existió nunca más que una honda atracción espiritual, acaso
un sentimiento romántico” (Archivo Manuel Ugarte).
En 1914, con motivo de la agresión norteamericana a México, Ugarte funda
en Buenos Aires el Comité Pro-México, que luego se transformó en la Asociación
Latinoamericana. Durante ese año de 1914 recibió dos golpes: los asesinatos
de Delmira Agustini y de Jean Jaurés. Otro hecho lo conmocionó: el desencadenamiento
de la Gran Guerra:
Cuando estalló la guerra, fui hispanoamericano ante todo […] No me dejé
desviar ante todo por un drama dentro del cual nuestro continente sólo podía
ser papel de subordinado o de víctima y lejos de creer, la injusticia en
el mundo, me enclaustré en la neutralidad, renunciando a fáciles popularidades
para pensar sólo en nuestra situación después del conflicto. (Ugarte: 1922:
119)
En esas difíciles circunstancias fundó el diario La Patria: “El diario debía
ser neutral frente a la guerra, defender cuanto concurriese a vigorizar
nuestra nacionalidad, desarrollar el empuje industrial, crear conciencia
propia y propiciar la unión de las repúblicas latinas del continente frente
al imperialismo” (Ugarte: 1923: 312). En el diario La Patria, Ugarte presentó
un programa de corte nacional cuyos puntos principales eran: neutralidad,
industria y cultura nacional, anti-imperialismo y unidad latinoamericana.
En los primeros meses de 1916, en uno de los polémicos artículos de su diario,
analizó uno de los elementos de mayor penetración económica de Inglaterra:
los ferrocarriles. En febrero de ese mismo año, La Patria publicó su último
número.
En enero de 1919, acorralado por el aislamiento a que lo había sometido
el clima de su país, se dirigió a España. Dos años después decidió instalarse
en Niza con su esposa Theresa Desmard, con quien vivía desde 1920. Publicó
Mujeres espontáneas y Poemas completos. El periodismo y los derechos de
autor de sus libros eran sus únicos ingresos.
En 1922 apareció Mi campaña hispanoamericana en la editorial Cervantes de
Barcelona. Aquí recopiló algunos discursos pronunciados en diversos países
que visitó entre 1912 y 1917. Se editó un nuevo libro: La Patria Grande,
selección de artículos referidos, entre otros temas, a la doctrina Monroe,
la mediación de México, la industria nacional, la neutralidad, extractados
de revistas y de su diario La Patria.
En 1923 publicó El destino de un continente, en el cual describe, además
de sus vicisitudes en el viaje por América, la evolución de su propia comprensión
del fenómeno imperialista. Es una obra de reflexión en la que se advierte
el proceso de maduración intelectual de nuestro autor. En ella incluyó al
imperialismo inglés como predecesor y acompañante del estadounidense, y
condenó las actitudes parasitarias de los gobiernos locales.
Por esta época escribió un artículo, “El nuevo nacionalismo”, en el que
afirma que existen dos ideas muertas: el internacionalismo ciego y el nacionalismo
cerrado. Se pronunciaba por un nacionalismo democrático y por una democracia
nacional como la única solución posible, justamente cuando en América algunos
intelectuales propiciaban el advenimiento de “la hora de la espada”.
En 1924 apareció El crimen de las máscaras, en el que -haciendo gala de
agudo sentido crítico y satírico-ridiculizaba a diferentes personajes, prototipos
de la sociedad contemporánea. En esos años publicó varios artículos: “La
América Nueva” (1929), “Política y Patria” (1930) y “El Fin de las Oligarquías
Latinoamericanas” (1931).
El 21 de mayo de 1935 desembarcó en Argentina. El país -en plena década
infame-no registró la llegada del escritor, a excepción del semanario forjista
Señales. En 1940 escribió en Viña del Mar el artículo “Estado Social de
Iberoamérica”, en el que condenó las guerras fronterizas entre los países
latinoamericanos y denunció la sujeción al imperialismo inglés, primero,
y al norteamericano, después.
En 1942 Ugarte publicó Escritores Iberoamericanos del 1900, sin lugar a
dudas su mejor producción literaria. Sus páginas permiten acceder a la intimidad
de la generación de escritores a la que perteneció el autor, y que compartió
momentos de juventud en Madrid y en París, a comienzo de siglo pasado.
En marzo de 1946 llegó a Buenos Aires después del triunfo de la fórmula
Perón-Quijano. Se entrevistó con el nuevo presidente y, convencido de la
comunidad de ideas entre ambos, aceptó el cargo de embajador en México que
el nuevo gobierno le propuso. El decreto de designación llevaba fecha 6
de agosto de 1946, y es confirmado en el cargo de Embajador Extraordinario
y Plenipotenciario de la República de México por un nuevo decreto, del 3
de septiembre del mismo año.
Desinteligencias con integrantes de la propia embajada lo llevaron a regresar
a la Argentina en junio de 1948. Fue entonces desplazado de la embajada
de México a la de Nicaragua. Allí no se encontró muy a gusto y a principios
de 1949 logró su traslado a Cuba, donde el 17 de enero de 1950 presentaría
su renuncia, que fue aceptada. Entre sus borradores, unos meses después,
analizaba de esta manera su alejamiento:
Sólo en un momento creí ver en la Argentina de Perón, una tentativa de resistencia
al imperialismo. Yo me había negado hasta entonces a colaborar con todos
los gobiernos renunciando a las candidaturas a diputado y senador que me
fueron ofrecidas. Ante la esperanza de redención acepté dentro de la nueva
política, una embajada. Pero la desilusión no tardó en descubrir que las
gallardías del tirano sólo son ardides electorales que saca a relucir cada
vez que declina su autoridad.
Renuncié al cargo de embajador en Cuba y volví a retirarme de la política
sin ideales, dentro de lo cual todo sigue reglado por la voluntad de los
Estados Unidos. La juventud que siguió las incidencias se dio cuenta del
significado de mi alejamiento. (Archivo Manuel Ugarte)
En Madrid de 1951 estaba terminando la redacción de su libro póstumo: La
Revolución de Hispanoamérica. Fue el libro de su madurez intelectual, que
se vio reforzado por un presente del que no fue sólo espectador. Asistió
a las dos guerras europeas, que la miopía occidental llamó “mundiales”.
Asistió a la fatiga de una Europa post-guerra, al agigantamiento del poder
estadounidense; al esplendor y ocaso del nazismo y del fascismo, a la concreción
de la primera revolución bolchevique. Demasiadas conmociones para cualquiera
y, especialmente importantes, para un pensador como Ugarte. En éste, su
último libro, penetró hondamente en la situación hispanoamericana descubriendo
sus fallas y sus posibilidades.
En noviembre de 1951, regresó a Buenos Aires. He aquí el motivo de su viaje:
“No he pertenecido nunca al bando de los adulones y si hago ahora esta afirmación,
si he vuelto especialmente de Europa a votar por Perón, es porque tengo
la certidumbre absoluta de que alrededor de él debemos agruparnos, en momentos
difíciles que atraviesa el mundo, todos los buenos argentinos”. (Ugarte:
1961: 116)
Pocos días después regresó a Niza. El 2 de diciembre de 1951 aparecía muerto
en la casa que alquilaba. Esta muerte fue declarada accidental, aunque en
los medios literarios y políticos se presumió que fue suicidio. Entre sus
manuscritos próximos a esa fecha puede leerse:
Hay dos maneras de matar a un hombre: matándolo o humillándolo. Lo primero
no convenía a mis adversarios, lo segundo lo evité yo. Dios sabe que no
hay nada en mi vida que me pueda reprochar. Tengo la convicción de que en
todo momento he servido a los intereses argentinos y los ideales de Iberoamérica
porque hasta con la ausencia y con los silencios mantuve el derrotero que
los gobernantes habían olvidado. Que las nuevas generaciones, sin dejarse
intimidar, eleven al punto de mira, aprendiendo a ser grandes en la vida
y en la muerte […] he querido decir a mis compatriotas estas palabras antes
de morir y entiéndase que mis compatriotas son todos los habitantes de América
Latina.
Deseo que mi entierro se haga en coche humilde y que asista a él, no sólo
los que me apreciaron de cerca o de lejos, sino cuantos se arrepientan de
haberme combatido.
La fe en Dios y en la Patria fue la brújula del pequeño navío castigado
de puerto en puerto, como si la tormenta naciera del idealismo de sus mástiles.
El navegante viejo se ha hundido con él y que sobre las aguas cada vez más
procelosas sigue flotando por lo menos su bandera. (Archivo Manuel Ugarte)
He incluido este escrito inédito de Ugarte (con fecha aproximada posterior
a 1950, porque al comienzo de este artículo de tres páginas habla de sus
libros y menciona La reconstrucción de Hispanoamérica) porque servirá para
advertir que existe la posibilidad de su suicidio, o de “accidente voluntario”
que ocasionara su muerte. Si bien él viaja a Buenos Aires, y su propia declaración
nos indujo a creer en la confianza depositada por Ugarte hacia el gobierno
que encabeza el General Perón, probablemente su propia marginación del proceso
lo moviera a apoyar dicho gobierno como la única solución posible frente
al estado difícil por el que atravesaba nuestro país y el mundo en general.
Lo que no se puede objetar fue la confianza que Ugarte depositó en el movimiento,
más allá de los dirigentes. Él mismo lo afirmó cuando dijo:
Los prisioneros del pasado que se resisten a admitir este momento nuevo,
esta mentalidad diferente, este ideal de porvenir, no perturbarán la marcha
de la nación hacia sus nuevos destinos. La revolución no ha sido de un hombre,
ni de un grupo, ni de un momento político, ha sido fruto de una conmoción
geológica, de un cambio de clima, y aunque las individualidades que gobiernan
no llegaran a desaparecer, la revolución seguirá su marcha, superior a las
contingencias, bajo la sombra tutelar y las inspiraciones del que supo dar
forma a los hechos a los que la inmensa mayoría de los argentinos deseábamos
y esperábamos desde hace largas décadas. Todos los presentimientos y las
esperanzas dispersas de nuestra juventud, volcada un instante en el socialismo,
han sido concretadas definitivamente en la carne viva del peronismo, que
ha dado fuerza al argentinismo todavía inexpresado de la Nación. Ahora sabemos
lo que somos y a dónde vamos. Tenemos nacionalidad, programa, derrotero.
(Ugarte: 1961: 117)
La percepción de Ugarte del momento por el que atravesaba nuestro país,
frente a la miopía de la mayoría de los partidos políticos que no supieron
estar a la altura de las circunstancias, revela un profundo conocimiento
del proceso histórico y lo rescata como protagonista trascendente dentro
de los pensadores argentinos.
Este hecho no invalida la posibilidad de que Ugarte, exiliado, solitario,
excluido y desilusionado, pudiera sentirse vencido y tentado a adoptar el
camino que eligieron tantos compañeros que integraron su malograda generación.
Los libros más significativos han sido: El porvenir de la América Española
(1910), La Patria Grande (1922), Mi campaña hispanoamericana (1922), El
destino de un continente (1923) y La reconstrucción de Hispanoamérica (1951).
Los conceptos allí vertidos se fueron superando en cada obra. El eje de
su producción giró en torno a dos problemas: por un lado, el de la realidad
hispanoamericana, en el que incluye los conceptos de nacionalidad, unidad,
raza; y por otro, el de la acción imperialista, con sus métodos, sus procedimientos
y la evolución de los países hegemónicos.
Sus trabajos, que no tuvieron difusión en nuestro país, sirven hoy más que
ayer. Tienen el doble carácter que adquiere todo testimonio: sirven por
la realidad que describen y sirven -sobre todo-por la percepción de esa
realidad que implica la valoración historiográfica de la obra.
Temas de reflexión antropológica y latinoamericana
Los temas esenciales aparecen en la obra de Manuel Ugarte en forma tangencial
a su pensamiento político latinoamericanista. En la formulación de este
pensamiento descubre precozmente el imperialismo inglés, como vimos en la
edición del diario La Patria. En una de sus editoriales dijo:
Aprovechando la situación que determina la guerra debemos hacer pues, lo
posible para crear los resortes que nos faltan y no pasar de la importación
europea a la importación norteamericana.
[…] No se trata de teorías de proteccionismo o libre cambio. Se trata de
una enormidad que no puede prolongarse; el proteccionismo existe entre nosotros
para la industria extranjera y el prohibicionismo, para la industria nacional
[…] Se abre en el umbral del siglo un dilema: la Argentina será industrial
o no cumplirá sus destinos. (Ugarte: 1922 b: 68-69)
Este descubrimiento lo advierte en uno de sus mayores baluartes: los ferrocarriles.
Escribe en el artículo editorial de La patria, del 16 de febrero de 1916,
“Los ferrocarriles en contra de nuestro progreso industrial”:
Uno de los problemas que más nos interesa, fuera de toda duda, es el de
la explotación de nuestros ferrocarriles por empresas de capital foráneo,
cuyos intereses, de conveniencias motivadas por su misma falta de arraigo
y su origen, son fundamentalmente opuestos a los intereses de la república.
…Las empresas ferroviarias son todas extranjeras: capital inglés, sindicatos
ingleses, empleados ingleses, …El capital, especialmente el inglés y el
yanqui, no sólo tienen campo abierto para todas sus especulaciones, buenas,
regulares o peores, sino además de ser respetado, como merece es obedecido
con ciertos visos de servilismo poco honroso, por cierto. Una línea férrea
se explota entre nosotros de manera halagüeña. Lleva la empresa noventa
y ocho probabilidades de obtener pingües ganancias contra dos de obtenerlas
…regulares; de perder, ninguna. Línea alguna ha dado ni dará pérdidas. Y
este dato merece ser tenido en cuenta al ocuparse de los ferrocarriles como
origen de nuestra atrofia industrial. (Archivo Manuel Ugarte)
A pesar de ello, cuando define el origen latinoamericano y el programa de
desarrollo posible, aparece un pensamiento claro en relación con los primeros
tiempos y la integración. Al respecto es interesante comparar dos textos
(1910 y 1943) para advertir la superación de pensamientos externos.
En el primero, dijo Ugarte:
Nuestra raza -y al decir nuestra me parece abarcar a España y a América
en un calificativo común-nuestra raza está cansada de que la adulen. En
su instinto oscuro, en su conciencia profunda comprende su estado actual,
mide las consecuencias de sus fracasos, abarca las perspectivas del porvenir…
prefiere las duras advertencias que la lastiman a los elogios vanos que
parecen agrandar la distancia entre lo que somos actualmente y lo que esperamos
volver a ser … España y América no forman para mí dos entradas distintas.
Forman un solo bloque agrietado. (Ugarte: 1922a: 24).
En el segundo afirmó:
La nacionalidad no se crea sólo con las armas o con el pensamiento. Se crea,
sobre todo, con la emoción. En Iberoamérica sólo existe la nacionalidad
geográfica. Todavía no ha surgido la nacionalidad geográfica. Todavía no
ha surgido la nacionalidad económica, ni la nacionalidad étnica. Menos aún
la más difícil de todas, la nacionalidad moral… la realidad ética y espiritual
de nuestra América no será nunca el universalismo vago ni el individualismo
remoto, sino el iberoamericanismo, es decir, la resultante del acontecer
histórico y cultural modificado por el tiempo y los aportes varios en una
zona geográfica del mundo (Ugarte: 1951: 66-67).
A pesar de sus desventuras, Manuel Ugarte creía en las posibilidades crecientes
para América Latina. Si bien no pudo percibir un programa para superar las
dificultades desde sus primeros escritos, piensa que es posible lograrlo:
Una concepción de la vida entre melancólica y resignada -no hay que entender
escépticas, porque nada seríamos, nada alcanzaríamos sin la esperanza de
algo mejor-me ha hecho sobrellevar la atmósfera. Hay en el ser humano algo
animal o divino, que, por encima de las medidas y las fórmulas, le permite
hacer entrar hasta el fondo del dolor, un eco de suaves matinales y un vivificante
rayo solar. A menudo, lo inexistente me consoló de lo que existía. La imaginación
fue bálsamo para la observación. Aprendí a trasmutar el odio en altruismo.
Y el tiempo se encargó de adaptarme gradualmente a la amargura, como se
adapta el árbol que creció pasando por el hueco de las piedras y que, a
pesar del dogal que lo ciñe, logra llevar hasta la cima la copa abierta
de su ilusión.
Así me encuentro, al cabo de treinta y dos años de vida literaria, escribiendo
este libro, sin desaliento y sin rencores, con la misma cordialidad hacia
mis compañeros, con el mismo espíritu fervoroso con que debuté en París,
en 1900. he visto muchas figuras y muchos trances, he tenido satisfacciones
y fracasos, dolores y alegrías, pero pese al ambiente adverso, he mantenido,
contra viento y marea, la voluntad tendida hacia un ideal.
La única posibilidad de ser grande, reside, acaso, en tener la noción de
nuestra pequeñez. ¡Somos tan insignificantes y pasamos tan rápidamente por
el mundo!... Así es la vida literaria: un poco de dolor, un soplo de ansiedad,
una luz breve, y después… ¿quién sabe? (Salas: sin fecha: 73-74)
Además de visualizar un optimismo inicial, en su programa advierte claramente
cuál sería el rol del escritor latinoamericano en relación con su obra.
Esta apreciación la extiende al arte, que deberá ser socialmente comprometido.
El dolor de escribir es uno de los textos felizmente re-editados en Argentina,
aunque no posea canales de distribución eficaces. En él condensa reflexiones
sobre la literatura y el rol del escritor y describe su tarea y pensamiento
en los últimos treinta años. Se imprime en España poco antes de la Guerra
Civil, y por tanto es una “rara especie” poder consultarlo. Realiza una
crítica directa acerca de la falta de originalidad de los escritores:
SOLO HAY, EN REALIDAD, DOS CLASES DE ESCRITORES: los espontáneos y los librescos.
A los espontáneos se les conoce -basta una página-, por la diafanidad, por
el altruismo, hasta por el desdén de la intriga y de las artes menores de
la literatura. Les anima un sentimiento cordial para sus compañeros, especialmente
para la juventud. Creen en un ideal. Llevan más o menos probabilidades en
las alas, pero siempre tienden a levantar los ojos hacia el sol, magnificarse
en las cimas, a abrirse en luz sobre la imposible eternidad.
A los librescos no es difícil tampoco clasificarlos. Conceden suprema atención
a las preocupaciones corrientes. Invariablemente comparten la opinión que
impera, lo mismo en política que en el arte, sin prejuicio de “evolucionar”
así que apunte otro matiz del éxito. (Salas: sin fecha: 29)
Más adelante insiste en este complejo latinoamericano.
El internacionalismo intelectual -no empleo la palabra en su sentido de
amplitud comprensiva, sino en el de renunciamiento y entrega de las propias
características-no fue, después de todo, más que una manifestación del embobecimiento
que en todos los órdenes ha inmovilizado a la América española, primero
ante Europa y después ante Estados Unidos.
En realidad, no hemos tenido vida propia. Hemos vivido por cable, atento
igualmente a las cotizaciones y a las modas, como si alimentada por un cordón
umbilical de direcciones supremas, la esencia de nuestro ser no hubiera
salido todavía a luz.
La costumbre de imitar es en el Sur, tan cerrada, que hasta nos obstinamos
en hacer de abril el símbolo de la primavera (como en Europa, decimos tener
18 abriles, etc.,) siendo así que el trastrueque de estaciones en nuestro
hemisferio, hace que el mes de abril, caiga en otoño. Así vivimos en todos
los órdenes de oídas.
Más de una vez hemos preguntado en horas de perplejidad: ¿Cuándo llegará
a surgir la vida realmente latinoamericana? (Salas: sin fecha: 76-77)
Manuel Ugarte realiza un diagnóstico interesante sobre América Latina y,
como vimos, comienza descubriendo la sociedad estadounidense cuando realiza
su primer viaje a Estados Unidos:
En el fondo de mi memoria veo el barco holandés que ancló en el enorme puerto
erizado de mástiles, ennegrecido por el humo, las sirenas de los barcos
aullaban en jauría alrededor de una gigantesca Libertad señalando con su
brazo al mar. Rascacielos desproporcionadamente erguidos sobre otros edificios
de dimensiones ordinarias, aceras atestadas de transeúntes apresurados,
ferrocarriles que huían a la altura, a lo largo de las avenidas, vidrieras
de almacenes donde naufragaban en océanos de luz los más diversos objetos,
todo cuanto salta a los ojos del recién llegado en una primera versión apresurada
y nerviosa, me hizo entrar al hotel con la alegría y el pánico de que me
hallaba ante el pueblo más exuberante de vida, y más extraordinario que
había visto nunca. (Ugarte: 1923: 11-12).
Pero esta admiración no fue impedimento para que advirtiera:
Yo imaginaba ingenuamente que la ambición de esta gran nación se limitaba
a levantar dentro de sus fronteras la más alta torre de poderío, deseo legítimo
y encomiable a todos los pueblos […] Pero leyendo un libro sobre política
de este país encontré un día citada la frase del senador Preston, en 1838:
la bandera estrellada flotará sobre toda la ambición de nuestra raza. (Ugarte:
1923: 13)
Esto motivó al escritor a interiorizarse en la evaluación de la política
de este país. Dijo:
Así fue aprendiendo al par que la historia del imperialismo nuestra propia
historia hispanoamericana […] Los Estados Unidos al ensancharse no obedecían,
al fin y al cabo más que a una necesidad de su propia salud […] pero nosotros
al ignorar la amenaza, al no concertarnos para impedirla, dábamos prueba
de una inferioridad que, para las autoritarios y deterministas, casi justificaba
el atentado. (Ugarte: 1923: 18-19)
El primer artículo que escribió después de este primer viaje fue “El peligro
yanqui”, aparecido en El País el 19 de octubre de 1901. En él, Ugarte alertó
sobre el choque de intereses de las dos Américas y tomó como punto de partida
lo ocurrido en Cuba. Además, advirtió que una de las tácticas utilizadas
por Estados Unidos era la infiltración o predominio industrial en un país
determinado, etapa previa y necesaria que prepararía la escena para ser
seguida de una agresión pretextando la defensa de intereses económicos.
Escribe Ugarte en este artículo:
De esta manera, cuando decide apropiarse de una región que ya domina moral
y efectivamente, sólo tiene que pretextar la protección de sus intereses
económicos (como en Texas o en Cuba) para consagrar su triunfo por medio
de una ocupación militar de un país que ya está preparado para recibirle.
Por eso al hablar de peligro yanqui no debemos imaginarnos una agresión
inmediata o brutal que hoy sería imposible, sino un trabajo paulatino de
invasión comercial y moral que iría acreciendo con las conquistas sucesivas
y que irradiará cada vez con mayor intensidad desde la frontera en marcha
hacia nosotros (1901a).
Recordemos que con Cuba, los Estados Unidos basaron sus relaciones en la
Enmienda Teller, por la cual concedían al país una independencia nominal,
situación que se completaría en 1901, cuando a través de la Enmienda Platt
se estableció un protectorado sobre la isla. En ese mismo año Ugarte propuso,
para defenderse del imperialismo estadounidense, utilizar el contrapeso
de la participación de las potencias europeas en los asuntos latinoamericanos.
Lo hizo en “La defensa Latina”, artículo fechado el 5 de octubre de 1901
en París, y publicado El País de Buenos Aires el 9 de noviembre de 1901:
Francia, Inglaterra, Alemania e Italia han empleado en las repúblicas del
sur grandes capitales y han establecido corrientes de intercambio o de emigración.
En caso de que los Estados Unidos pretendiera hacer sentir materialmente
su hegemonía y comenzar en el sur la obra de infiltración que han consumado
en el Centro se encontrará naturalmente detenido por las naciones europeas
que tratan de defender las posiciones adquiridas […] Se dirá que es defenderse
de un peligro provocando otro. Pero si los europeos están de acuerdo para
oponerse a las pretensiones de los Estados Unidos, no lo están para determinar
hasta qué punto deben graduar las pretensiones propias […]
De modo que estaríamos defendidos contra los americanos por los europeos
y contra los europeos por los europeos mismos […]
Además la verdadera amenaza no ha estado nunca en Europa sino en América
del Norte (1901b).
Todavía Ugarte manifiesta dos puntos de vista que modificaría años más tarde:
la apreciación despectiva sobre las repúblicas de América Central y la apreciación
de privilegio con que juzga la situación de los países del extremo sur -no
soportando ningún tipo de colonialismo y desconociendo, por ende, la acción
del ejercido por Inglaterra: “Según ellos (Estados Unidos) es un crimen
que muestras riquezas naturales permanezcan inexplotadas a causa de la pereza
y falta de iniciativa que nos suponen juzgar a toda América Latina por lo
que han podido observar de Guatemala o de Honduras” (1901a). Cuando Ugarte
realizó su gira cambió posición con respecto a Centroamérica y se convirtió
en defensor de esas naciones:
Sólo el extremo sur está ileso y aún en nuestra región donde los intereses
industriales y comerciales de Europa hacen imposible un acaparamiento, han
ensayado los Estados Unidos una manera de acapararnos. La guerra peruano-chilena
y el antagonismo entre Chile y Argentina son quizás el producto de una hábil
política subterránea dirigida a impedir una solidaridad y una entente que
pudieran echar por tierra los ambiciosos planes de expansión (1901a).
En la guerra del Pacífico los capitalistas europeos y, en menor grado, los
Estados Unidos, tomaron abiertamente partido a favor de Chile y contra la
alianza peruano-boliviana. Esta actitud respondió a la tesitura de que el
gobierno de Santiago de Chile era agente de los intereses europeos -asunto
que Ugarte aún no tenía claro-y, además, que la conquista del norte salitrero
significaba una ventaja muy importante también para los sectores dominantes
chilenos.
Ugarte detectó la técnica de este imperialismo y no pudo mantenerse al margen
de la ideología imperante cuando trata de explicarlo: “el imperialismo se
hace cada vez más amplio, se convierte en una operación de conjunto y lo
que empieza a surgir en los momentos actuales es el imperialismo de raza”
(1922 a: 206). En ningún momento Ugarte se manifestó en contra del pueblo
norteamericano. Para él las causas del imperialismo fueron, en parte, provocadas
por el desigual desarrollo entre la América anglosajona y la latina. Como
lo plantea en la conferencia “Causas y consecuencias de la Revolución Americana”,
que pronuncia en Barcelona en mayo de 1910:
Primero, las divisiones. Mientras las colonias que se separaron de Inglaterra
se unieron en un grupo estrecho y formaron una sola nación, los virreinatos
y capitanías generales que se alejaron de España, no sólo se organizaron
separadamente, no sólo convirtieron en fronteras nacionales lo que eran
simples divisiones administrativas, sino que las multiplicaron después al
influjo de hombres pequeños que necesitaban patrias chicas para poder dominar
[…] La segunda causa es la orientación filosófica y las costumbres políticas
[…] Mientras los Estados Unidos adoptaron los principios y las formas de
civilización más recientes, las Repúblicas hispanoamericanas, desvanecido
el empuje de los que determinaron la Independencia volvieron a caer en lo
que tanto habían reprochado a la metrópoli […] autoritarismo […] teocracia
[…] Y como un pueblo sólo puede desarrollarse íntegramente dentro del libre
pensamiento y dentro de la democracia […] las repúblicas hispanoamericanas
se han dejado adelantar por la república anglosajona que, aligerada de todas
las supersticiones, avanza resueltamente hacia el porvenir (1922 a: 40-42).
Después de asumir la presidencia Roosevelt, Ugarte vio concretarse paso
a paso la dominación norteamericana en el Caribe. Acerca de este hecho,
dijo:
¿Por qué permaneció impasible la opinión pública cuando Colombia se vio
desposeída del istmo de Panamá, cuando las tropas extranjeras se apoderaron
de Veracruz o cuando Santo Domingo perdió su soberanía? ¿Por qué razón los
que se emocionan ante la suerte de Polonia o claman contra las injusticias
de la India, no tuvieron una palabra de solidaridad? ¿Por qué cayó el olvido
tan pronto sobre estos hechos? (Ugarte, M; “Errores…”)
Tal vez la respuesta estuvo vinculada -además de las razones de política
interna e internacional-a otra razón, vinculada al orden de las ideas: el
triunfo del darwinismo social que, con su teoría de la supervivencia de
los más aptos, brindó a los Estados Unidos una doctrina de difusión universal
que justificaba su política expansionista, debido a su condición de nación
más “civilizada”. Sus propuestas concretas en búsqueda de la unidad hispanoamericana
enunciados en su artículo “La defensa Latina” (1901b) se basan en los siguientes
principios:
Entre las Repúblicas Hispanoamericanas hay menos hostilidad que entre dos
provincias españolas.
Nuestras divisiones son políticas y los antagonismos son entre las clases
dirigentes que gobiernan Hispanoamérica.
Los países guías deben ser los que han “alcanzado mayor grado de cultura”.
El acuerdo de unidad no debe ser un acuerdo impuesto sino resuelto por voluntad
colectiva.
Exige una etapa previa de elaboración durante la que la parte más ilustrada
de cada país se dedique a realizar una especie de “cruzada de propaganda”.
Los instrumentos serían: diarios, conferencias, congresos, enviados especiales.
La unión no sería una operación estratégica, sino un razonamiento que impondría
dos condiciones: a) estar al tanto de lo que ocurre en todas las repúblicas
de América y b) establecer comunicaciones independientes.
Con respecto a los métodos que utilizaron los imperialismos para impedir
el desarrollo regional de Iberoamérica, dirá:
[…] Lo peor del imperialismo Inglés así como del norteamericano no consiste
en que se lleva lo más valioso de las riquezas del país sino en que arrasa
los valores morales estableciendo una prima a la inferioridad y al renunciamiento
de los hombres (Ugarte: 1940).
Los factores que posibilitarían la integración -según el autor-son la literatura,
el arte y la educación; la diplomacia y las relaciones latinoamericanas
y el gobierno de cada país en relación a su política económica e inmigratoria.
Con respecto a la literatura, establece una serie de principios a los que
los escritores deberían ajustarse:
La literatura no reside exclusivamente en la forma […] Toda obra tiene un
principio, un fin y un propósito […] Hablamos de las obras de aquellos que
tienen algo que decir y lo dicen completamente. Nadie escribe por el placer
de alinear palabras y colocar imágenes […] sería monstruoso establecer que
el arte debe callar y someterse a los intereses que dominan en cada momento
histórico, cuando todo nos prueba que desde los orígenes sólo se ha alimentado
de rebeldías y anticipaciones […]
De suerte que querer convertirlo, con pretexto de prescindencia, en lacayo
atado al triunfo transitorio de determinada clase social, es poner un águila
al servicio de una tortuga […] La falta de combatividad, cierta tendencia
femenina a no advertir más que los detalles de las cosas […] el arte social
es una reacción contra las desviaciones de los últimos tiempos, una vuelta
hacia la normalidad y una tentativa para dignificar de nuevo la misión del
escritor que no debe ser un clown o un equilibrista encargado de cosquillear
la curiosidad o de sacudir los nervios enfermos de los poderosos sino un
maestro encargado de desplegar la bandera, abrir rumbo, erigirse en guía
y llevar las multitudes hacia la altísima belleza que se confunde en los
límites con la verdad […] [debemos] Fortificar los lazos que unen a nuestra
generación y a la época en que vivimos tratando de ser algo así como la
voz de nuestro tiempo (Ugarte: 1908a: 131-133-144-145).
Con respecto a las formas gauchescas literarias, expresó:
Claro está que no defendemos las formas gauchescas que fueron la primera
válvula de escape ofrecida a la personalidad moral del continente […] Lo
que hemos hecho hasta ahora no ha sido en resumen más que un arte colonial,
colonial de Francia, colonial de España, colonial de Italia, pero arte reflejo,
belleza que no tiene ninguna marca local, ni en los asuntos, ni en la inspiración,
ni en la forma. Al tocar este punto hay que adelantarse a las interpretaciones
de los que creen que literatura nacional significa un localismo estrecho
o una especie de chauvinismo egoísta y excluyente, se ponen en contradicción
con la esencia misma de nuestra cultura, que formada con fragmentos arrancados
de diferentes pueblos es por así decirlo, una síntesis de todas las patrias
[…] Pero una cosa es asimilar y otra pensar con cerebro ajeno.
No hay razón para que la literatura siga siendo exótica, cuando tenemos
territorios, costumbres y pensamientos que nos pertenecen (Ugarte: 1908b:
21).
Conclusiones
Fue Ugarte, desde el comienzo, un socialista reformista a quien le preocupó
el problema imperialista y la cuestión nacional. Su convicción socialista
la adquirió a través de comentarios sobre la obra de Marx, ya que no leyó
los textos de éste. Su socialismo anti-imperialista y nacional no encontró
lugar en el Partido Socialista Argentino, del que se separó cada vez que
afirmó sus posiciones independientes.
Esa ideología no fue abandonada por Ugarte, aún cuando se apartara de algunos
condicionamientos momentáneos. Este alejamiento no significó que abjurara
de la doctrina, sino que la misma no se adaptaba a la contemporaneidad de
los hechos.
Sería justamente su ideología la que lo condujera a la adopción de la neutralidad
más empecinada frente a los dos conflictos bélicos mundiales y a la causa
peronista, en 1945. Para muchos, este último hecho significó una traición
a sus principios, pero creemos que Ugarte estuvo a la altura de los acontecimientos.
En este sentido debemos recordar que en 1935 estuvo más cerca de los postulados
de FORJA que del partido Socialista Argentino.
La solución para lograr el desarrollo de América Latina, según Ugarte, estaría
dada a través de la unidad “homogeneizante” de Iberoamérica con España como
referente. Luego modificará esta apreciación y -en vista de la heterogeneidad-se
pronunciará por la integración frente a los mismos obstáculos y a la acción
imperialista sufrida en América Latina. Hasta 1916 sólo descubre la política
norteamericana; después de la guerra, descubrirá la inglesa también. Para
la década de 1950 su proyecto abarca la industrialización como el gran pivote
del desarrollo, como asimismo la formación de un mercado interamericano.
No elude afrontar el problema de la identidad nacional con su base aborigen
y su inmigración europea. Tipifica como factores esenciales de cambio a
la literatura, el arte y la educación, la diplomacia y las relaciones interamericanas
y la acción de los gobiernos, donde incluye especialmente a la política
inmigratoria y a la política económica.
Sus reflexiones tuvieron algunos desajustes pero constituyen un proyecto
atendible y un intento rescatable -quizás el mejor-de quienes integraron
su generación. Su mejor cualidad fue adaptarse a los tiempos sin perder
su coherencia ideológica, pero sin temer a los rótulos que sus detractores
colocaron y, lo que es peor, siguen colocando a su persona y su contribución,
por esclarecer la realidad que le tocó vivir.
A la luz de los tiempos que corren, donde pareciera que hay pocas opciones
para encarar el futuro, esta propuesta alternativa se anticipa. Habla de
las personas y las dificultades, habla del intelectual y su compromiso y,
en la diversidad, propone el conocimiento cultural de los países y sus habitantes
y un mercado regional que hoy está intentado ser. No se trata de proclamar
el MERCOSUR cultural, se trata de trabajar por él. Y aquí el autor no separa
lo económico de lo cultural.
Por lo tanto, adscribe a la reformulación del MERCOSUR y nos presenta la
historia cultural de las dificultades económicas y sociales que impiden
la integración. Este concepto implica mucho más que importar o exportar
productos, implica reformular las relaciones en lo que tienen de esenciales,
en aquello que la cultura esclarece e ilumina.
Bibliografía de Obras Citadas
Cúneo, Dardo. El romanticismo político. Lugones, Pairó, Ingenieros, M. Fernández,
Ugarte, Guerchunoff. Buenos Aires: Transición, 1955.
Salas, Horacio (Director). El dolor de escribir (confidencias y recuerdos)
Manuel Ugarte. Buenos Aires: Fondo Nacional de las Artes, sin fecha.
Ugarte, Manuel. “El peligro yanqui”. El País de Buenos Aires, 19 de octubre
de 1901(a).
“La defensa latina” (fechado en París, 5 de octubre de 1901). El País de Buenos
Aires, 9 de noviembre de 1901 (b).
“Errores de nuestra América”. Diario Mexicano, sin fecha ni paginación. Archivo
Manuel Ugarte en el Archivo General de La Nación, Sala VII, Legajo 19
Estado Social de Iberoamérica. Archivo Manuel Ugarte, Sala 7, Legajo 35.
El arte y la democracia (Posa de lucha). Valencia: Cempere, 1904.
Enfermedades Sociales. Barcelona: Sopena, 1906.
Burbujas de la vida. París: Paul Ollendorff, 1908 (a).
Las nuevas tendencias literarias. Valencia: Sempere, 1908 (b).
Cuentos Argentinos. París: Garnier, 1910 (a).
Los estudiantes de París. Madrid: Librería Española, 1910 (b).
El porvenir de la América española. Valencia: Prometeo, 1910 ©.
“Los ferrocarriles en contra de nuestro progreso industrial”. La Patria, 12/2/1916.
Archivo Manuel Ugarte, Sala 7, Legajo 22.
Mi campaña hispanoamericana. Barcelona: Cervantes, 1922 (a).
La patria grande. Madrid: Internacional, 1922 (b).
El destino de un continente. Madrid: Mundo Latino, 1923.
Escritores iberoamericanos del 1900. Santiago de Chile: Zig Zag, 1951.
La reconstrucción de Hispanoamérica. Buenos Aires: Coyoacán, 1961.
Bibliografía del autor
Palabras. Buenos Aires: edición del autor, 1893.
Poemas grotescos. Buenos Aires: edición del autor, 1893.
Versos y serenatas. Buenos Aires: edición del autor, 1894.
Paisajes parisienses. París: Lobraires-imprimeris reunies, 1901.
Crónicas de boulevard. París: Garnier, 1902.
La novela de las horas y los días. París: Garnier, 1903.
Visiones de España (Apuntes de un viajero argentino). Valencia: Sempere,
1904.
El arte de la democracia (Prosa de lucha). Valencia: Sempere, 1904.
Una tarde de otoño (Pequeña sinfonía otoñal). París: Garnier, 1906.
La joven literatura hispanoamericana. Antología de prosistas y poetas. París:
Librería Armand Colin, 1906.
Enfermedades sociales. Barcelona: Sopena, 1906.
Burbujas de la vida. París: Paul Ollendorff, 1908 (a).
Las nuevas tendencias literarias. Valencia: Sempere, 1908 (b).
Cuentos Argentinos. París: Garnier, 1910 (a).
Los estudiantes de París. Madrid: Librería Española, 1910 (b).
El porvenir de la América española. Valencia: Prometeo, 1910 ©.
Cuentos de La Pampa. Madrid: Espasa-Calpe, 1920.
Las espontáneas. Barcelona: Sopena, 1921.
Poesías completas. Barcelona: Sopena, 1921.
Mi campaña hispanoamericana. Barcelona: Cervantes, 1922 (a).
La patria grande. Madrid: Internacional, 1922 (b).
El destino de un continente. Madrid: Mundo Latino, 1923.
El crimen de las máscaras. Valencia: Sempere, 1924.
El camino de los dioses. Barcelona: Sociedad de Publicaciones, 1926.
La vida inverosímil. Barcelona: Manuel Maucci, 1927.
El dolor de escribir. Madrid: Compañía Iberoamericana de Publicaciones,
1932.
Escritores iberoamericanos del 1900. Santiago de Chile: Zig Zag, 1951 (a).
El naufragio de los argonautas. Santiago de Chile: Zig Zag, 1951.
Cabral. Un poeta de América. Buenos Aires: Américalee, 1955.
La reconstrucción de Hispanoamérica. Buenos Aires: Coyoacán, 1961.
Bibliografía sobre Manuel Ugarte
Arroyo, César. Manuel Ugarte. París: Le Livre libre, 1931.
Barela, Liliana. Vigencia del pensamiento de Manuel Ugarte. Buenos Aires:
Leviatán, 1999.
Carrión, Benjamín. Los creadores de la Nueva América: José Vasconcelos,
Manuel Ugarte, Francisco García Calderón, Alcides Arguedas. Madrid: Sociedad
Española de Librería, 1928.
Cúneo, Dardo. El romanticismo político. Lugones, Payró, Ingenieros, M. Fernández,
Ugarte, Gerchunoff. Buenos Aires: Transición, 1955.
Galasso, Norberto. Manuel Ugarte. Buenos Aires: Eudeba, 1973, 2 tomos.
Manuel Ugarte. La Nación Latinoamericana. Venezuela: Biblioteca Ayacucho,
1978.
Manuel Ugarte y el Partido Socialista, documentos recopilados por un argentino.
Buenos Aires: V.E.H.A., 1914.
Marianetti, Benito. Manuel Ugarte, un precursor en la lucha emancipadora.
Buenos Aires: Sílaba, 1976.
Ramos, Abelardo. Manuel Ugarte y la evolución latinoamericana. Buenos Aires:
Coyoacán, 1961.
Unamuno, Miguel. “Manuel Ugarte: Una columna de fuego” (prólogo). El dolor
de escribir (Confidencias y recuerdos) Manuel Ugarte. Buenos Aires: Fondo
Nacional de las Artes, sin fecha.
Liliana Barela, Revisión Técnica Adrián Celentano
Fuente: www.ensayistas.org

El
largo viaje de Manuel Ugarte por América Latina
La última nota de Pedro Orgambide (1929- 2003)
Manuel Ugarte pertenecía a una familia tradicional. Había nacido en Buenos
Aires en 1878. En los primeros años del 900 vivía en París, como correspondía
a un rico, joven y culto caballero argentino, aficionado a las mujeres,
al teatro y la poesía galante; fue el autor de unas Crónicas parisienses,
que prologara Miguel de Unamuno y de las Crónicas de bulevar, que llevan
prólogo de su amigo Rubén Darío.
Nada hacía sospechar a los parientes de Buenos Aires y amigos de Manuel,
el giro que tomaría su vida apenas se iniciara en la política. Nada hacía
prever el cambio brusco que se produciría con su participación en los congresos
socialistas internacionales, junto a Jean Jaurés. Sin abandonar del todo
la parte lúdica de su pensamiento, que lo impulsa a escribir poemas, cuentos
o ensayos de intención literaria, sus intereses se desplazan hacia la reflexión
política.
El colonialismo europeo por un lado y la política del garrote de los Estados
Unidos por otro, son los referentes de esa reflexión. Manuel Ugarte toma
partido por los movimientos nacionales que se oponen a esos poderes monopólicos.
Al igual que José Martí, instrumenta la crítica como ejercicio del criterio
y apunta a la descolonización del pensamiento dependiente de América latina.
Desde esa perspectiva -antiimperialista y boliviana-escribe El provenir
de la América Española, en 1910.
Como en las novelas de aprendizaje, hay un viaje iniciático en el cual el
protagonista acumula experiencia y prueba sus fuerzas. El bon viveur de
París viaja por América latina. No es un turista. El Departamento de Estados
de los Estados Unidos se interesa por su itinerario y considera que Ugarte
es un sujeto peligroso, un agitador. ¿Lo era en realidad?
En 1911, desembarca en Cuba y se reúne con estudiantes y campesinos que
simpatizan con la causa nacional. Se lo ve en La Habana y en Santiago. Como
orador, manifiesta su solidaridad con el pueblo dominado bajo "la enmienda
Platt".
Un agente lo ve desembarcar en Santo Domingo, a finales de 1911; lo observa
deambular en actitud sospechosa por el puerto donde "se levantaban inmóviles
las torres de los acorazados norteamericanos". Poco después se produce un
atentado, que se atribuyen los independentistas. Antes de partir, Ugarte
se manifiesta públicamente contra el invasor.
Ugarte llega a México el 3 de enero de 1912. Hay música y banderas y disparos
al aire, como corresponde a una buena fiesta mexicana, con revolucionarios
que exigen "Pan y Libertad". El gobierno de Madero se inquieta. La embajada
de EE.UU. presiona para que lo expulsen del país. "Dos gobiernos contra
un solo hombre", titula un diario en la ciudad de México.
Ugarte no desmiente el mote de agitador: participa en actos relámpagos,
en manifestaciones callejeras, ejerce su arte de orador de barricada. Llena
un teatro y en un mitín en el bosque de Chapultepec congrega a una multitud.
Algunas de estas noticias llegan a Buenos Aires. Para no pocos de sus amigos,
Manolo o Manucho se ha vuelto loco. Esperaban otra cosa de él. Una travesura,
sí, pero no esto. En Guatemala, donde gobierna el dictador Estrada Cabrera,
Ugarte es citado por el ministro de Relaciones Exteriores. Le explica de
buenos modos que llega alguien importante de Washington y que una de las
condiciones que pone el Departamento de Estado es que Ugarte abandone Guatemala.
El ministro es gentil, no quiere emplear la fuerza. Ugarte hace sus valijas
e intenta viajar a Honduras y El Salvador. Pero ahí también se lo considera
una persona peligrosa y se le niega la entrada. Opta, entonces, por entrar
en forma clandestina. Llega a Tegucigalpa el 27 de marzo de 1912. Pocos
días más tarde, el 3 de abril, Ugarte expresa su particular visión del socialismo,
opuesta a la posición eurocentrista de sus contemporáneos. En la Federación
Obrera, dice que "el socialismo tiene que ser nacional". Y agrega: "seamos
avanzados, pero seamos hijos de nuestro continente y nuestro siglo".
Ugarte viaja a la Nicaragua ocupada en ese entonces por las tropas norteamericanas.
Aunque su palabra está prohibida se las ingenia para difundir sus ideas
que coincidirán luego con las de Augusto César Sandino.
Continúa su viaje predicador por Costa Rica, Venezuela, Colombia. En 1913
está en Ecuador, desde donde viaja a Perú y Bolivia. Se reúne con los sindicalistas,
políticos y estudiantes que adoptaron el credo de la Patria Grande y de
un camino propio hacia el socialismo.
En 1914 llega a Buenos Aires. Se entera del asesinato, en Francia, de su
amigo Jean Jaurés, con quien compartía un militante pacifismo. Su heterodoxia
estorba: los aliadófilos y germanófilos de la Argentina desconfían de él.
Además, Ugarte no disimula sus contradicciones. Así, un día se lo ve en
la redacción de La Vanguardia, dialogando con Juan B.
Justo y otros socialistas, y al otro, practicando esgrima con un representante
de la oligarquía, en el Jockey Club. Contradictorio, sí, pero coherente
en sus convicciones: el "niño bien" renuncia a una candidatura en el Congreso
porque aduce que ese cargo lo debería ocupar un obrero.
No gana plata con la política. Al contrario: por ella, pierde su fortuna.
Y por su heterodoxia, se le cierran las puertas de la cultura oficial. Ugarte
defiende los principios de la revolución mexicana y el derecho de Colombia
frente a la política de usurpación de los EE.UU. en Panamá. En ese momento
su prédica parece exótica. Los admiradores del progreso indefinido usan
la vieja antinomia civilización o barbarie para rebatirlo. Se lo acusa de
ser espía del kaiser por defender la política de neutralidad de Hipólito
Yrigoyen.
En 1919 marcha hacia el exilio europeo donde integra el Comité Mundial de
la Paz junto a Romain Rolland, Albert Einstein y Henri Barbusse. Colabora
con el peruano José Carlos Mariátegui en la revista "Amauta".
La chilena Gabriela Mistral lo llama "el maestro de América latina". Pero
aquí se lo ignora. Regresa a Buenos Aires en 1935. Está muy pobre y sobrevive
como puede hasta 1939 en que vuelve a partir y se radica en Chile.
Después de muchos años de oscuridad y extrema pobreza, Ugarte regresa a
la Argentina en tiempos del incipiente peronismo. Se lo reconoce, por fin.
Lo nombran embajador y ejerce la diplomacia en México, Nicaragua y Cuba,
entre 1946 y 1950. Pero su figura disgusta a algunos sectores clericales
y políticos por lo que cansado de pelear renuncia. Muere en Niza, en 1951.
Lo sobrevive su obra, que encontró eco en América Latina. Movimientos políticos
como el APRA peruano o el sandinismo nicaragüense, reconocen en Manuel Ugarte
a un precursor.
Más retaceada es su influencia aquí, en el llamado "pensamiento nacional",
y poco reconocida su incidencia en el origen de la "tercera posición" de
nuestro país, en tiempos de la "guerra fría".
No fue profeta en su tierra. En cambio, vio cómo se agrandaba la patria
mientras recorría el territorio de esta América que, como él vaticinó en
sus textos, sigue siendo una arriesgada apuesta al porvenir.
Clarín, 26 de enero de 2003
VOLVER A CUADERNOS DE LA MEMORIA
|