Un amigo de Kafka

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Isaac Beshevis Singer

Foto: David Attie/Getty Images

I

Yo había oído hablar de Franz Kafka años antes de haber leído ninguno de sus libros. Fue por boca de su amigo Jacques Kohn, un antiguo actor del teatro yiddish. Digo «antiguo» porque en la época en que yo lo conocí ya no aparecía en escena. Eran los primeros años treinta, y el teatro yiddish de Varsovia había comenzado a perder su público. El propio Jacques Kohn era un hombre enfermo y ya agotado. Aunque aún vestía al estilo dandi, su ropa se veía visiblemente desgastada. Llevaba monóculo en el ojo izquierdo, un cuello alto y anticuado (conocido como «vatermorder» o «parricida»), zapatos de charol y un sombrero de hongo. En el club de escritores yiddish de Varsovia, que ambos frecuentábamos, los cínicos lo habían apodado el «lord». Aunque su cuerpo se encorvaba cada vez más, hacía esfuerzos por mantener los hombros echados hacia atrás. Lo que quedaba de su otrora cabello rubio, lo peinaba puenteando su calva. Siguiendo la tradición del teatro de los viejos tiempos, de vez en cuando derivaba al yiddish germanizado, en particular cuando hablaba de su relación con Kafka. Últimamente había empezado a escribir artículos de periódico, aunque los jefes de redacción rechazaban de modo unánime sus manuscritos. Vivía en una habitación de un ático en la calle Leszno y siempre había algo que le aquejaba. Entre los miembros del club circulaba una broma acerca de él: «Se pasa el día tumbado en una cámara de oxígeno y por la noche emerge un don Juan».

Nos veíamos en el club, siempre por la tarde. La puerta se abría lentamente para dar paso a Jacques Kohn, con el aire de una importante celebridad europea que se dignara visitar el gueto. Miraba a su alrededor haciendo una mueca, como señal de que los olores a arenque, ajo y tabaco barato no eran de su gusto. Dirigía una mirada desdeñosa a las mesas cubiertas de periódicos rotos, de piezas de ajedrez partidas y ceniceros llenos de colillas, así como a los miembros del club que discutían interminablemente, con voces estridentes, sobre literatura. Meneaba la cabeza como diciendo: «¿Qué puede esperarse de tales inútiles?». En el momento en que lo veía entrar, yo metía la mano en el bolsillo y preparaba el zloty que inevitablemente me iba a pedir prestado.

Aquella tarde en particular, Jacques parecía estar de mejor humor que de costumbre. Sonreía mostrando su dentadura de porcelana, que al no ajustarse bien se movía ligeramente cuando hablaba, y se acercó a mí con aire arrogante como si se encontrara sobre el escenario. Tendiéndome una mano de largos dedos huesudos, dijo:

—¿Cómo le va esta noche a la nueva promesa?

—¿Ya empiezas?

—Hablo en serio. En serio. Reconozco el talento cuando lo veo, aunque yo carezca de él. Cuando actuábamos en Praga en 1911, nadie había oído hablar de Kafka. Se presentó entre bastidores, y en el momento en que lo vi supe que estaba ante un genio. Lo puedo olfatear igual que un gato olfatea un ratón. Así fue como comenzó nuestra gran amistad.

Yo había oído contar esta historia muchas veces y con otras tantas variaciones, pero sabía que tendría que oírla de nuevo. Se sentó a mi mesa, y Manya, la camarera, nos sirvió un par de vasos de té y unas galletas. Jacques Kohn arqueó las cejas sobre sus ojos amarillentos, que cruzaban pequeños capilares sanguinolentos. Con su expresión parecía decir: «¿A esto lo llaman té estos bárbaros?». Echó cinco terrones de azúcar en su vaso y lo removió girando hacia fuera la cucharilla de estaño. Con los dedos pulgar e índice, de uñas inusualmente largas, partió un pequeño trozo de galleta, se lo metió en la boca y dijo: «Nu ja», queriendo significar: «No puede uno llenarse el estómago con el pasado».

Todo era teatro. Procedía de una familia jasídica que vivía en uno de los pequeños shtetlaj. Su nombre no era Jacques sino Yankl. Lo cierto es que había vivido muchos años en Praga, Viena, Berlín y París. No siempre como actor de teatro yiddish, sino actuando en diversos escenarios tanto de Francia como de Alemania. Mantuvo amistad con muchas celebridades. A Chagall lo ayudó a encontrar un estudio en Belleville. En casa de Israel Zangwill había sido asiduo invitado. Había participado en una producción de Reinhardt, y con Erwin Piscator había tomado aperitivos. En una ocasión, me mostró cartas que recibió no solo de Kafka, sino también de Jacob Wassermann, Stefan Zweig, Romain Rolland, Ilya Ehrenburg y Martin Buber. Todas dirigidas a él por su nombre propio. A medida que nos fuimos conociendo mejor, me dejó ver incluso fotografías y cartas de famosas actrices con las que había mantenido relaciones.

Para mí, «prestar» un zloty a Jacques Kohn significaba entrar en contacto con la Europa occidental. Hasta el modo con que sujetaba la empuñadura de plata de su bastón me parecía exótico. Incluso sus cigarrillos los fumaba de modo diferente a como lo hacíamos en Varsovia. Tenía modales distinguidos. En las raras ocasiones en que me reprochó algo, siempre conseguía dejar a salvo mis sentimientos mediante algún cumplido elegante. Y más que cualquier otra cosa, en Jacques Kohn admiraba su don en el trato con las mujeres. Mientras que yo era tímido con las muchachas, me ruborizaba y me azoraba en su presencia, Jacques Kohn, en cambio, mostraba la seguridad de un conde. Tenía algo agradable que decir incluso a la menos atractiva de ellas. Las halagaba a todas, pero siempre en un tono de ironía afable, adoptando la actitud displicente de un hedonista que ya lo ha probado todo.

Me habló con franqueza:

—Mi joven amigo, yo soy, como si dijéramos, impotente. Esto es algo que empieza siempre con el desarrollo de un gusto refinado en exceso; pues cuando uno está hambriento, no siente la necesidad de mazapán y caviar. He llegado al punto en que no considero realmente atractiva a ninguna mujer. No hay defecto que se me pueda ocultar. En eso consiste la impotencia. Vestidos, corsés, son transparentes para mí. Ya no se me puede engañar con pinturas y perfumes. Yo he perdido mi propia dentadura, pero una mujer solo tiene que abrir la boca y detecto sus empastes. Este fue, por cierto, el problema de Kafka en lo que respecta a la escritura: veía todos los defectos, los suyos y los de cualquier otro. La mayor parte de la literatura la producen plebeyos e ineptos, por ejemplo Zola y D’Annunzio. En el teatro yo veía los mismos defectos que Kafka encontraba en la literatura, y eso nos aproximó. Solo que, extrañamente, cuando se trataba de enjuiciar teatro, Kafka era por completo ciego. Nuestras obras en yiddish, de escaso valor, las ponía por las nubes. Se enamoró locamente de una actriz histriónica, Madame Tschissik. Cuando pienso que Kafka amó a semejante persona y soñó con ella, siento vergüenza por el ser humano y sus ilusiones. En fin, la inmortalidad no es difícil de contentar. Cualquiera a quien el azar le proporciona contacto con un gran hombre procura apegarse a su camino hacia la inmortalidad, a menudo con botas contrahechas.

«¿No me preguntaste una vez, o imagino que me lo preguntaste, qué es lo que me hacía seguir adelante? ¿Qué es lo que me daba fuerza para soportar la pobreza, la enfermedad y, lo peor de todo, la desesperanza? Esa es una buena pregunta, mi joven amigo. Yo me hice la misma interrogación cuando leí por primera vez el Libro de Job. ¿Por qué continuó Job viviendo y sufriendo? ¿Para tener al final más hijas, más asnos, más camellos? No. La respuesta es que lo hacía por el juego en sí mismo. Todos jugamos al ajedrez con el destino como contrincante. Él mueve ficha y nosotros movemos ficha. Él intenta darnos jaque mate en tres movimientos y nosotros intentamos impedirlo. Sabemos que no podemos ganar, pero estamos impulsados a presentarle batalla. Mi oponente es un ángel duro. Lucha contra Jacques Kohn con todas sus tretas. Ahora, por ejemplo, hace frío incluso con la estufa encendida; la mía, por añadidura, lleva meses sin funcionar y el casero se niega a repararla. Claro que tampoco tendría yo dinero para comprar carbón. En mi habitación se siente el mismo frío que al aire libre. Si no has vivido en un ático, no conoces la fuerza del viento. Los cristales de las ventanas vibran incluso en verano. A veces sube al tejado un gato y se pasa la noche gimiendo junto a mi ventana como una parturienta. Acostado, helándome bajo las mantas, le oigo maullar por una gata, aunque es posible que simplemente sienta hambre. Podría darle un bocado de comida para silenciarlo, o bien ahuyentarlo, pero con tal de no congelarme los huesos sigo envuelto en todos los trapos que poseo, incluso viejos periódicos, de forma que al menor movimiento todo se desmorona.

«Pese a todo, cuando juegas al ajedrez, mi querido amigo, más vale jugar con un adversario digno que con uno inepto. Yo admiro a mi contrincante. A veces me encanta su ingenio. Está allí arriba, en un despacho del tercero o séptimo cielo, en ese departamento de la Providencia que gobierna nuestro pequeño planeta, y solo tiene una tarea: atrapar a Jacques Kohn. Sus órdenes vienen a significar: “Rompe el tonel, pero no dejes escapar el vino”. Él ha hecho exactamente eso. Cómo se las arregla para que yo me mantenga vivo, es un milagro. Me avergüenza decirte cuántos medicamentos tomo, cuántas píldoras me trago. Y ello gracias a un amigo que es farmacéutico, sin lo cual no me lo podría permitir. Antes de irme a dormir, las engullo una tras otra, en seco. Si bebo me veo obligado a orinar. Tengo problemas de próstata, y aún así debo levantarme varias veces durante la noche. En la oscuridad, las categorías de Kant dejan de regir. El tiempo ya no es tiempo y el espacio no es espacio. Sujetas algo con la mano y de pronto ya no está allí. Encender mi lámpara de gas no es tarea simple. Las cerillas siempre me desaparecen. Mi ático está plagado de demonios. De vez en cuando me dirijo a uno de ellos: “¡Eh, tú, Vinagre, hijo de Vino! ¿Y si dejaras tus sucias jugarretas..?”.

«Hace algún tiempo, en plena noche, oí golpes en mi puerta y el sonido de una voz de mujer. No podía distinguir si reía o lloraba. “¿Quién puede ser? ¿Lilit? ¿Namá? ¿Majlat, la hija de Ketev Mriri?” A toda voz exclamé: “Madame, está cometiendo un error”. Pero ella continuó aporreando la puerta. Luego oí un gruñido y la caída de alguien. No me atrevía a abrir. Empecé a buscar las cerillas, hasta que caí en la cuenta de que las tenía en la mano. Finalmente, salí de la cama, encendí la lámpara de gas y me puse la bata y las zapatillas. Vi fugazmente mi imagen en el espejo y el reflejo de mi rostro me asustó: de color verdoso y sin afeitar. Por último abrí la puerta y ahí me encontré con una joven descalza, vestida con un abrigo de marta sobre el camisón; pálida y con la cabellera rubia despeinada.

«—Madame, ¿qué ocurre? —dije.

«—Alguien acaba de intentar matarme. Se lo ruego, déjeme entrar. Solo quiero quedarme en su habitación hasta que sea de día.

«Quise preguntar quién había intentado matarla, pero vi que estaba medio congelada. Lo más probable es que también estuviera bebida. La dejé entrar y observé en su muñeca una pulsera con enormes diamantes.

«—Mi habitación no tiene calefacción —le dije.

«—Es mejor que morir en la calle.

«Así que allí estábamos ambos. Pero ¿qué debía hacer con ella? Solo tengo una cama. Yo no bebo, pues no me está permitido, pero un amigo me había regalado una botella de coñac y conservaba algunas galletas ya endurecidas. Le ofrecí un trago y una galleta. El alcohol pareció resucitarla.

«—¿Madame, vive usted en este edificio? —le pregunté.

«—No —dijo ella—, vivo en el bulevar Ujazdowskie.

«Pude adivinar que era una aristócrata. Una palabra trajo otra y descubrí que se trataba de una condesa viuda; su amante vivía en mi mismo edificio, un hombre salvaje cuya mascota era un cachorro de león. También era miembro de la nobleza, solo que marginado. Ya había cumplido un año de condena en la Ciudadela por intento de asesinato. Como al vivir ella en casa de su suegra no podía ir a visitarla, era ella la que iba a verlo. Aquella noche, en un acceso de celos, él la había golpeado y le arrimó su pistola a la sien. Resumiendo, ella logró tirar de su abrigo y salir corriendo del apartamento. Había estado llamando a las puertas de los vecinos, pero ninguno de ellos la dejó entrar, y así fue como llegó hasta el ático.

«—Madame —le dije—, probablemente su amante estará todavía buscándola. ¿Se imagina qué pasará si la encuentra? Yo ya no soy lo que podría llamarse un caballero andante.

«—Él no se atreverá a armar un escándalo —dijo—. Está en libertad condicional. He terminado con él para siempre. Tenga compasión, por favor, no me eche afuera en plena noche.

«—¿Cómo volverá a su casa mañana? —pregunté.

«—No lo sé. De todos modos, aun estando harta de la vida no quiero que él me asesine.

«—Bueno, sea como sea no lograré conciliar el sueño —dije—. Utilice mi cama y yo me quedaré a descansar en esta silla.

«—No. Yo no haría eso. Usted ya no es joven y no tiene buen aspecto. Por favor, vuelva a la cama y yo me sentaré aquí.

«Tanto tiempo regateamos que decidimos finalmente acostarnos juntos.

«—No tiene nada que temer de mí —le aseguré—. Soy viejo e imposibilitado con las mujeres. —Pareció totalmente convencida.

«¿Qué estaba diciendo? Ah, sí. Súbitamente me encontré en la cama con una condesa cuyo amante podía derribar la puerta en cualquier momento.

Nos tapé a ambos con las dos mantas que tengo y ya no me molesté en envolverme en toda clase de trapos, como solía hacer. Estaba tan nervioso que me olvidé incluso del frío. Además, sentía la proximidad de ella. Emanaba de su cuerpo un sorprendente calor, diferente de cualquier otro conocido por mí, o quizá ya olvidado. ¿Estaría mi contrincante probando una nueva táctica? En los últimos años había dejado de jugar en serio conmigo. Ya sabes, existe tal cosa como el ajedrez humorístico. Me han contado que Nimzowitsch gastaba bromas a sus adversarios. Morphy, en su día, se hizo conocido como bromista del ajedrez. “Una buena jugada”, le dije a mi oponente. “Una obra maestra.” Tras este pensamiento, de pronto me di cuenta de que sabía quién era el amante. Había topado con él en la escalera, un gigante con cara de asesino. ¡Vaya un final gracioso para Jacques Kohn, liquidado por un Otelo polaco!

«Me eché a reír y ella se unió a mí. La abracé y la estreché entre mis brazos. No se resistió. De repente ocurrió un milagro. ¡De nuevo yo era un hombre! En cierta ocasión, un jueves por la tarde, encontrándome en un pequeño shtetl cerca del matadero, había visto un toro y una vaca que copulaban antes de ser sacrificados para el shabbat. Por qué esta mujer consintió, nunca lo sabré. Tal vez fue un modo de vengarse de su amante. Me besaba y me susurraba palabras de cariño al oído. De repente, oímos unos pasos pesados. Alguien aporreaba la puerta con el puño. Mi chica rodó, cayó de la cama y se quedó tumbada en el suelo. Quise rezar la oración por los moribundos, pero me avergonzaba ante Dios, no tanto ante Dios como ante mi guasón contrincante. ¿Por qué concederle ese placer adicional? Incluso el melodrama tiene sus límites.

«Detrás de la puerta, el energúmeno continuaba golpeando, y me asombró que la puerta no cediera. Le dio una patada. La puerta crujió, pero resistió. Yo estaba aterrado, aunque algo en mi interior no podía evitar la risa. Luego, el ruido cesó. Otelo se había marchado.

«A la mañana siguiente, llevé la pulsera de la condesa a una casa de empeños. Con el dinero que recibí le compré a mi heroína un vestido, ropa interior y zapatos. El vestido no era de su talla, tampoco los zapatos, pero todo lo que necesitaba era llegar a un taxi, siempre que naturalmente su amante no la abordara en la escalera. Es curioso, pero el hombre desapareció aquella noche y nunca volvió.

«Antes de marcharse, la mujer me besó e insistió en que la llamara más adelante, pero no soy tonto hasta ese punto. Como dice el Talmud: “Un milagro no ocurre todos los días”.

«¿Y sabes? Kafka, aunque joven, estaba poseído por las mismas inhibiciones que a mí me asedian en la vejez, y que le paralizaban en todo lo que hacía, ya fuera en el sexo como en la escritura. Anhelaba el amor y al mismo tiempo lo rehuía. Escribía una frase e inmediatamente la tachaba. Otto Weininger también era así, loco y genio a la vez. Lo conocí en Viena; soltaba continuamente aforismos y paradojas. Hay un dicho suyo que nunca olvidaré: “Dios no creó la chinche”; tienes que conocer Viena para comprender realmente estas palabras. Ahora bien, ¿quién sí creó la chinche?

«¡Ah, mira, ahí va Bamberg! Observa su forma de caminar como un pato, con sus piernas cortas; un cadáver que se niega a descansar en su tumba. Podría ser una buena idea fundar un club para cadáveres con insomnio. ¿Por qué se empeña en merodear toda la noche? ¿De qué le sirven a él los cabarets? Los médicos lo desahuciaron hace años, cuando aún estábamos en Berlín. Aunque eso no le impedía sentarse en el Romanisches Café hasta las cuatro de la mañana y charlar con las prostitutas. Una vez, Granat, el actor, anunció que iba a dar una fiesta, una verdadera orgía, en su casa, y entre otros invitó a Bamberg. Granat pidió que cada hombre acudiera con una mujer, ya fuera su esposa o una amiga. Pero Bamberg no tenía esposa ni querida, y pagó a una ramera para que lo acompañara. Tuvo que comprarle un traje de noche para la ocasión. La concurrencia se componía exclusivamente de escritores, profesores y filósofos, además de los habituales adláteres intelectuales. Todos tuvieron la misma idea que Bamberg: alquilaron prostitutas. Yo también estuve allí. Fui en compañía de una actriz de Praga con quien me veía desde hacía mucho tiempo. ¿Conoces a Granat? Un salvaje. Bebe coñac como si fuera soda y es capaz de comerse una tortilla de diez huevos. Tan pronto como llegaron los invitados, se desnudó y empezó a bailar como un loco con las prostitutas, solo para impresionar a sus doctos huéspedes. Al principio, los intelectuales se sentaron y observaban. Sin embargo, al cabo de un rato, comenzaron a hablar de sexo: Schopenhauer decía esto… Nietzsche decía lo otro. Nadie que no lo haya visto podrá imaginar lo ridículos que pueden resultar tales genios. En medio de todo esto, Bamberg se sintió enfermo. Bañado en sudor y con la tez tan verde como la hierba, dijo: “Jacques, estoy acabado. Un buen lugar para morir”. Era un ataque de riñón o de vesícula. Casi lo saqué en brazos y lo llevé a un hospital. A propósito, ¿me puedes prestar un zloty?

—Dos.

—¡Cómo! ¿Has atracado el banco Polski?

—He vendido un cuento.

—Enhorabuena. Vamos a cenar juntos. Serás mi invitado.

II

Mientras cenábamos, Bamberg se acercó a nuestra mesa; pequeño, demacrado como un tísico, encorvado y patizambo. Llevaba zapatos de charol y polainas. Sobre el cráneo puntiagudo tenía unos pocos cabellos grises. Uno de sus ojos, enrojecido, saltón, asustado por su propia visión, era más grande que el otro. Se apoyó sobre nuestra mesa con sus pequeñas manos huesudas y dijo con voz aguda:

—Jacques, ayer leí El castillo de tu Kafka. Interesante, muy interesante, pero ¿adónde quiere ir a parar? Es demasiado largo para ser un sueño. Las alegorías deben ser breves.

Jacques Kohn se apresuró a tragar el bocado que estaba masticando.

—Siéntate —dijo—. Un maestro no tiene por qué observar las reglas.

—Hay determinadas reglas que incluso un maestro debe observar. Ninguna novela debe ser más larga que Guerra y paz. Incluso Guerra y paz es demasiado larga. Si la Biblia se compusiera de dieciocho volúmenes, hace mucho tiempo que habría sido olvidada.

—El Talmud comprende treinta y seis volúmenes, y los judíos no lo han olvidado.

—Los judíos recuerdan demasiado. Esa es nuestra desgracia. Han pasado dos mil años desde que fuimos expulsados de Tierra Santa y ahora estamos intentando volver. Es de locos, ¿no te parece? Si nuestra literatura se limitara a reflejar esta locura, estaría muy bien. Pero es asombrosamente cuerda. Bueno, ya basta de esto.

Se enderezó, frunciendo el ceño debido al esfuerzo, y se alejó de la mesa arrastrando los pies con pasos menudos. Se aproximó al gramófono y puso un disco con música de baile. Todos sabían en el club de escritores que Bamberg no había escrito una palabra en años. En su vejez estaba aprendiendo a bailar, influenciado por la filosofía de su amigo, el doctor Mitzkin, autor de La entropía de la razón. En este libro el doctor Mitzkin trataba de demostrar que el intelecto humano está en bancarrota y que la verdadera sabiduría solo puede alcanzarse por medio de la pasión.

Jacques Kohn movió de un lado a otro la cabeza.

—Es un Hamlet de medio pelo. Kafka temía acabar siendo un Bamberg cualquiera. Precisamente eso lo llevó a autodestruirse.

—¿Te llamó la condesa alguna vez? —pregunté.

Jacques Kohn sacó su monóculo del bolsillo y se lo colocó.

—¿Y qué si lo hizo? En mi vida, todo termina convirtiéndose en palabras. Todo es hablar, hablar. En realidad, esa es la filosofía del doctor Mitzkin: el hombre acabará siendo una máquina de palabras. Comerá palabras, beberá palabras, se casará con palabras y se envenenará con palabras. Ahora que lo pienso, el doctor Mitzkin también estaba presente en la orgía de Granat. Acudió a poner en práctica lo que predicaba, pero podía muy bien haber escrito La entropía de la pasión. Sí, la condesa me llama de vez en cuando. También ella es una intelectual, pero sin intelecto. De hecho, aunque las mujeres hacen todo lo posible para exhibir los encantos de sus cuerpos, saben tan poco del significado del sexo como del intelecto.

«Por ejemplo, Madame Tschissik. ¿Qué ha tenido durante toda su vida, aparte de un cuerpo? Sin embargo, prueba a preguntarle qué es realmente un cuerpo. En el presente es fea, pero en sus días de actriz de teatro en Praga todavía tenía algo. Formamos pareja como primeros actores. En tanto que actriz, su talento era minúsculo. Viajamos a Praga para hacer algo de dinero y encontramos un genio esperándonos: Homo sapiens en su más elevado grado de autotortura. Kafka quería ser judío, pero no sabía cómo. Quería vivir, y tampoco sabía cómo. “Franz —le dije una vez—, eres un hombre joven. Haz lo que todos hacemos.” Yo conocía un burdel en Praga y le convencí para que viniera conmigo. Todavía era virgen. Prefiero no decir nada acerca de la joven con la que estaba comprometido; se había hundido hasta el cuello en el pantano burgués. Los judíos de su entorno tenían un ideal: transformarse en no judíos, y no checos sino alemanes. Para abreviar, lo convencí de que corriera la aventura. Lo llevé a un callejón oscuro en el antiguo gueto y allí estaba el burdel. Subimos los torcidos peldaños. Abrí la puerta y lo que vimos parecía un montaje escenográfico: las rameras, los chulos, los clientes y la madame. Nunca olvidaré ese momento. Kafka comenzó a temblar y me tiraba de la manga. Luego se dio la vuelta y corrió escalera abajo tan deprisa que temí que se rompiera una pierna. Una vez en la calle, se detuvo y vomitó como un escolar. En el camino de regreso, pasamos delante de una antigua sinagoga, y Kafka empezó a hablar acerca del gólem. Kafka creía en el gólem, e incluso que el futuro podría producir otro igual. Debe de haber palabras mágicas capaces de transformar un trozo de barro en un ser vivo. ¿No creó Dios el mundo, según la Cábala, pronunciando palabras sagradas? En el principio, fue el Logos.

«Sí, todo es una gran partida de ajedrez. A lo largo de mi vida he temido a la muerte, pero ahora que estoy en el umbral de la tumba, he dejado de temerla. Está claro que mi adversario quiere jugar una partida lenta. Ir capturando mis piezas, una a una. Primero eliminó mi atractivo como actor y me transformó en un escritor, por así llamarlo. Tan pronto como logró esto, también hizo que me doliera la mano de tanto escribir. Su siguiente jugada fue despojarme de mi potencia sexual. Pese a todo esto, sé que está lejos el jaque mate, y eso me da fuerza. ¿Hace frío en mi habitación? Pues que haga frío. ¿No tengo cena? No voy a morir por ello. Él me sabotea y yo lo saboteo a él. Hace algún tiempo regresaba una vez a casa por la noche, bastante tarde. En la calle el frío mordía, y de pronto me di cuenta de que había perdido mi llave. Desperté al conserje, pero no tenía copia de la llave. Apestaba a vodka y su perro me mordió el pie. Años atrás me habría desesperado, pero esta vez le dije a mi contrincante: “Si quieres que pille una pulmonía, adelante”. Me alejé de la casa y decidí ir a resguardarme en la estación de Viena. El viento casi tiraba de mí. Esperar el tranvía me habría costado al menos tres cuartos de hora. Pasé delante del sindicato de actores y vi una luz en la ventana. Decidí entrar. Tal vez pudiera pasar la noche allí. Al pisar un peldaño mi zapato tropezó con algo metálico. Me agaché y vi que era una llave. ¡La mía! La probabilidad de encontrarla en las escaleras oscuras de aquel edificio era una en mil millones, pero al parecer mi oponente temió que yo pudiera pasar a mejor vida antes de que él estuviera listo para ello. ¿Fatalismo? Llámalo así si quieres.

Jacques Kohn se levantó y se excusó para hacer una llamada. Desde mi asiento observé cómo Bamberg bailaba, sobre sus piernas temblorosas, abrazado a una dama intelectual. Con los ojos cerrados, apoyaba la cabeza sobre el pecho de ella como si se tratara de una almohada. Parecía estar bailando y durmiendo a la vez. Jacques Kohn tardó un largo rato, mucho más de lo que normalmente se tarda en hacer una llamada. Cuando regresó, el monóculo brillaba en su ojo.

—Adivina quién está en la otra habitación —dijo—. ¡Madame Tschissik! El gran amor de Kafka.

—No me digas.

—Le he hablado de ti. Ven, te quiero presentar.

—No.

—¿Por qué no? Una mujer que fue amada por Kafka, vale la pena conocerla.

—No me interesa.

—Eres tímido, esa es la verdad. También Kafka era tímido, tan tímido como un estudiante de yeshive. Yo jamás lo fui, y puede que sea esa la razón de que nunca haya llegado a nada. Mi querido amigo, necesito otros veinte groshen para los conserjes, diez para el de este edificio y diez para el del mío. Sin ese dinero no puedo irme a casa.
Saqué algunas monedas del bolsillo y se las entregué.

—¿Tanto? Desde luego debes de haber robado un banco hoy. ¡Cuarenta y seis groshen! ¡Nada menos! Bien, si Dios existe, te lo recompensará. Y si no existe, ¿quién está jugando todas estas partidas con Jacques Kohn?

(De: Cuentos, Ed. Lumen, 2018. Traductor: Rhoda Henelde Abecassis)

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