Un año más sin Osvaldo Soriano

Un año más sin Osvaldo Soriano

Por Juan Pablo Cinelli

Hoy se cumple un nuevo aniversario de la muerte del popular escritor y periodista, que a pesar de haber sido uno de los autores argentinos más leídos nunca contó con el favor de críticos y académicos.

Veinte años no es nada: ese podría ser un buen título para homenajear a Osvaldo Soriano en un nuevo aniversario de su muerte. A él, que tenía cierta inclinación por las citas populares, le habría gustado. No por nada los nombres de algunas de sus novelas más conocidas son frases tomadas de otros tangos gardelianos, como ocurre con No habrá más penas ni olvido (1979) o Una sombra ya pronto serás (1990). Todo sería perfecto si no fuera porque los 20 años del fallecimiento de Soriano se cumplieron el 29 de enero de 2017, hace dos años, y entonces nos quedamos sin título para la nota. No importa, algo se nos va a ocurrir. O tal vez no, quien sabe.

Soriano fue uno de los escritores más importantes de la literatura argentina durante los últimos 25 años del siglo XX. Algunos años antes había comenzado su ascenso dentro del oficio periodístico, que abrazó luego de haber probado suerte en otras actividades, de su desempeño como obrero de planta en la Metalúrgica Tandil, en la ciudad bonaerense donde vivió su juventud. Antes de eso el niño Soriano, que nació en Mar del Plata el 6 de enero de 1943, había vivido en varias ciudades y provincias, como Córdoba, San Luis o Río Negro. La causa de ese peregrinaje era el oficio de su padre, un inmigrante catalán que trabajaba para la empresa estatal Obras Sanitarias. Ni la literatura ni el periodismo se manifestaron mientras estuvo obligado a seguir ese éxodo familiar. Soriano contó en varias entrevistas que empezó a leer ya siendo grande, con más de 20 años de edad. Hasta entonces los libros solo habían sido parte de su vida como estudiante, que terminó prematuramente cuando fue expulsado de la escuela técnica por haber prendido fuego el overol de un compañero, nunca se supo si de forma accidental o como parte de una broma muy pesada.

Su carrera como periodista puede compararse con las de los futbolistas, actividad que también quiso desarrollar profesionalmente durante su juventud, pero que finalmente quedó trunca por una lesión. Durante la década de 1960 comenzó escribiendo en periódicos de Tandil como El Eco y Actividades, siempre en las secciones deportivas. Pero de a poco comenzó a colaborar con diarios y revistas de Buenos Aires, a donde se mudó definitivamente en abril de 1969. Su primer trabajo publicado en un medio de tirada nacional fue una crónica en la que criticaba el tradicional Vía Crucis de Tandil, encargado por la revista Primera Plana.

Ya en Buenos Aires todo se aceleró. En pocos años pasó por algunos de los medios más prestigiosos de la época. Formó parte de las redacciones de diarios como La Opinión o Noticias y de revistas como Panorama o Semana gráfica. Y en 1973, ya con 30 años, publicó Triste, solitario y final, su primera novela que se convirtió en uno de los libros más vendidos del año. Al año siguiente fallece su padre José Vicente y de ese dolor surge su segunda novela, No habrá más penas ni olvido, publicada recién cinco años después.

Tal vez la mejor forma de definir a la literatura de Soriano sea mencionando sus influencias. Él solía recordar que el primer libro que había leído en su vida, en 1961, había sido Soy leyenda, la extraordinaria novela distópica del estadounidense Richard Matheson. Una vez descubierta la pasión, Soriano leía todo libro que le pasaba cerca: desde clásicos como Dostoievski, Flaubert, Stendhal, Quiroga, hasta enamorarse de las obras de Roberto Arlt y Julio Cortázar. Con este último Soriano trabaría una gran amistad pocos años después, cuando el comienzo de la dictadura militar de 1976 lo obligara a exiliarse, primero en Bruselas y enseguida en París. Con Cortázar no sólo compartieron el amor por la escritura, sino también una mirada política. Mientras permaneció fuera del país Soriano colaboró con importantes medios de Europa como los diarios El País (España), Le Monde (Francia) o Il Manifesto (Italia).

Con el regreso de la democracia, Soriano se subió a la ola de quienes volvían del exilio para instalarse una vez más en Buenos Aires. Con sus libros Cuarteles de invierno (1980) y A sus plantas rendido un león (1986) se convirtió en bestseller. Pero ese aumento de lectores y popularidad que su obra iba ganando era inversamente proporcional al respeto que la misma despertaba en críticos y académicos. Aún así siguió creciendo y vendiéndose sin pausas, mientras algunas de sus novelas eran adaptadas con enorme éxito al cine, como ocurrió con No habrá más penas ni olvido (1983, Héctor Olivera), Cuarteles de invierno (1984, Lautaro Murúa) o Una sombra ya pronto serás (1994, H. Olivera). Justamente el cine había sido otra de sus grandes pasiones y una influencia vital dentro de su obra literaria.

En 1987 formó parte del núcleo inicial que fundó el diario Página 12, que dirigido por Jorge Lanata representó una revolución dentro del periodismo local durante la llamada Primavera Alfonsinista. Diez años después, ya consolidado como uno de los autores más leídos por los argentinos, Osvaldo Soriano falleció a causa de un cáncer de pulmón. 22 años después su obra sigue siendo la de un marginal dentro del canon literario argentino.

Osvaldo Soriano, 21 años después

En un nuevo aniversario de su fallecimiento las discusiones sobre su obra y su persona se siguen generando controversias, mientras su lugar dentro del canon de la literatura argentina aún es un misterio.

A 21 años de su muerte, volver a referirse a la figura y la obra de Osvaldo Soriano implica necesariamente el hecho de ingresar en el lado oscuro de la literatura. De internarse en un territorio en el que lo personal se mezcla con la obra y donde lo popular y lo masivo se confunden en un razonamiento falaz según el cual tener muchos lectores es lo contrario de un mérito. Porque es un hecho que sus novelas, que durante las décadas de 1980 y 1990 se convirtieron de forma invariable en éxitos de venta, no siempre fueron bien recibidas por parte de las elites de la crítica y la academia. Es por eso que hablar de Soriano implica la inevitable tarea de entender qué es el canon literario y cuáles los mecanismos que lo articulan y le dan forma.

Pero también aceptar que más allá de su lugar de escritor y del alcance de su obra, Soriano era dueño de una personalidad áspera sobre la que muchas veces recayeron acusaciones que le endilgan una conducta despótica. Por fuera de esas discusiones están sus libros, que marcaron su tiempo y de alguna manera ayudaron a trazar el perfil de una época en la Argentina: el proceso histórico del regreso a la democracia a comienzos de los 80. Novelas como No habrá más penas ni olvido, A sus plantas rendido un león o Una sombra ya pronto serás ayudaron a abordar desde una plataforma de metáforas accesibles la complejidad de un proceso de cambio social y político muy profundo.

La literatura es un campo inabarcable del que apenas suele verse su capa más superficial, aquella que es pulida por quienes marcan el ritmo de las agendas: los suplementos de cultura, la crítica y la academia. Son ellos lo que validan lo que queda dentro de ese marco acotado y específico que es el canon literario y, por lo tanto, también lo que queda fuera de él.

En esa periferia es donde ha quedado no sólo la obra de Soriano, sino también donde históricamente han ido a parar otros escritores. Es el caso de Roberto Arlt, a quien Ricardo Piglia intentó absorber dentro del canon a partir de notables piruetas académicas, consiguiéndolo apenas a medias, u Horacio Quiroga, despreciado por colegas como Jorge Luis Borges o Adolfo Bioy Casares. También a ese limbo es a donde distintos movimientos más bien recientes intentan desterrar a Julio Cortázar, a quien no se le perdona el hecho haberse dejado la barba; a donde de buen grado recluirían a Rodolfo Walsh si la calidad de su obra no fuera tan inapelable. Y a donde por años se mantuvo oculto a Leopoldo Marechal, acusado del delitos de leso peronismo él mismo, parafraseando el eufemismo con el que se mencionaba a Juan Domingo Perón tras el golpe de estado de 1955 (el tirano depuesto), se autodenominada el poeta depuesto, lugar del que todavía nadie se ha decidido a rescatarlo de forma definitiva.

Todos ellos son, algunos más que otros, las víctimas más visibles del canon aunque, claro, los motivos para esa excomunión son muy diversos entre sí. En el caso de Soriano lo que se le reprocha es la aparente llaneza de una obra escrita para ser consumida y entendida por las mayorías. Una voluntad popular. Es cierto que en sus novelas hay una mayor preocupación por el relato que por las formas, aunque de ninguna manera puede hablarse de una escritura tosca ni descuidada. Soriano contaba historias y en esa acción de narrar sin dobleces ni rebusques se jugaba su pulsión literaria.

Se puede decir que el canon no es otra cosa que un montaje, un recorte que persigue el objeto de destacar una parte por sobre el todo. Igual que el cine, arte del montaje por excelencia, el canon literario genera un fuera de campo en el que todo lo que se elude va cobrando fuerza mientras más se lo niega. Y si el objeto de todo canon radica en fundar la idea de lo maravilloso, aquello que es dejado afuera adquiere las características de lo fallido, lo prescindible, lo indeseable. Para ponerlo en términos conocidos, el canon literario representa la institución de una civilización erigida a espaldas de la barbarie. Y Soriano construyó su obra en lo profundo del territorio bárbaro y tal vez eso explique en parte las razones del velo que la cubre parcialmente. Como sucede con los textos literarios de Roberto Fontanarrosa, que también fueron levantados en el terreno en el que las letras se cruzan con los espacios de la cultura más popular, la obra de Soriano es empujada a los suburbios de la geografía literaria.

Uno de los mecanismos más reiterados para recortar y dejar fuera la obra literaria de Soriano suele ser, justamente, la de impugnarla por razones personales que están más allá de ella. A tales fines suelen citarse varios ejemplos en los que el propio escritor habría intercedido de forma directa para perjudicar a colegas periodistas que firmaron o publicaron artículos negativos sobre alguno de sus libros. Entre las víctimas de Soriano se menciona a Martín Caparrós, Charlie Feiling, Guillermo Saavedra o Daniel Link. En todos esos casos, Soriano, vengativo, pide a quien corresponda la cabeza de sus agresores. Pero aunque todas esas historias son dignas de crédito y la conducta de Soriano indefendible, ¿pueden esgrimirse como argumentos válidos en contra de su obra? ¿Debe juzgarse el trabajo de un escritor por sus errores como persona? ¿Deben despreciarse los cuentos de Borges por sus comentarios racistas o su apoyo a regímenes totalitarios? ¿Debe abjurarse de los libros de Cortázar o García Márquez a partir de su simpatía por la revolución cubana? ¿Deben quemarse los trabajos de Vargas Llosa por su derechismo recalcitrante o su supuesta mezquindad personal? ¿Cuál es el punto que separa lo personal de lo artístico? Escribiendo sobre Soriano la pregunta no solo vuelve a quedar sin una respuesta definitiva, sino que genera un nuevo interrogante: ¿realmente importa lo que digan los dueños del canon a la hora de leer?

Tiempo Argentino

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