Un camino amarillo

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Federico Falco

A partir de ahora voy a estar todo el tiempo eufórico, se dijo Berto a sí mismo antes de tomar la primera pastilla. El ochenta por ciento del antidepresivo era una droga llamada sertralina, por eso Berto se inventó a sí mismo un apodo: Mister Sertralina. Tenía la fantasía de que, por más miserable que fuera su vida, el medicamento lo obligaría a sentirse feliz. Imaginaba escenas. En medio de la noche sonaba el teléfono, Mister Sertralina levantaba el tubo: se murió tu mamá, Berto, le decía una voz conocida y Mister Sertralina sonreía. Por dentro tenía ganas de llorar, pero por fuera sonreía porque la droga lo obligaba a estar feliz todo el tiempo.

La mujer de Berto enseguida le dijo que las cosas no serían así. Ella había tomado antidepresivos durante años y, sin embargo, todavía era profundamente desgraciada. Se lo confesaba a Berto por las noches, después de apagar la luz del velador, cuando ambos quedaban a oscuras y comentaban los acontecimientos del día.

Durante un tiempo, Berto fantaseó con no tomar las pastillas. Planeaba asistir periódicamente al psiquiatra, contarle algunas cosas, recibir la receta, salir y olvidarse hasta el mes próximo. Pero el psiquiatra lo derivó a una psicóloga, pues su caso, Berto, le explicó, necesita una cierta ayuda, una… y el psiquiatra hizo como que buscaba la palabra exacta, una… terapia de apoyo. Berto había concurrido a la consulta con la psicóloga y ahora, desde el borde de la playa de estacionamiento, miraba cómo la ciudad se perdía en una bruma oscura y en estratos, iluminada por el sol rasante del atardecer. Mientras miraba, pensaba en su psicóloga. Detrás de la ciudad estaban las sierras azules, usualmente invisibles durante el día, y, detrás de las sierras, se escondía el sol. Su mujer regresaría en media hora, tenía que comprar un par de zapatillas y cambiar por un talle más grande una remera que, a pesar de que no tenían hijos, le había regalado a Berto para el día del padre. Era la hora pico en el shopping y Berto había decidido esperarla en el auto. De pronto advirtió que ya no deseaba estar más allí, con las ventanillas a medio abrir. Se bajó, cerró la puerta con llave y caminó hasta el borde de la playa de estacionamiento. Se sentó a mirar el atardecer sobre la ciudad y a pensar en lo que su psicóloga había dicho.

El shopping ocupaba la parte más alta de una loma, dominando la ciudad. La meseta donde estaba la playa de estacionamiento terminaba en un brusco acantilado de hormigón. Berto se sentó sobre la saliente, apoyó el pecho en la baranda metálica y dejó que sus piernas se balancearan en el vacío. Debajo, en el patio de una casa al pie del acantilado, un perro negro daba vueltas sobre las baldosas. Se hacía de noche. Una mujer salió por la puerta trasera de la casa, prendió la luz, le dio de comer al perro y entró una jaula que seguramente contenía un canario; después, apagó la luz. El patio quedó a oscuras y Berto ya no pudo distinguir al perro porque el pelaje negro se confundía con las baldosas sin iluminar. Berto pensaba en su psicóloga.

La psicóloga de Berto era alta, más alta que él. Tenía el pelo teñido, un poco quemado en la puntas y con las raíces oscuras. A pesar de eso, se vestía con esmero; en general, con colores fuertes. Berto nunca la vio repetir un atuendo. También se maquillaba mucho, con arcos celestes sobre los ojos, brillo en los párpados y pestañas recargadas de rímel. Resaltaba sus pómulos con una línea de polvo rojo apenas difuso. A veces se recogía el pelo en una especie de geiser que coronaba su cabeza. Otras veces lo llevaba suelto, o peinado con un moño de tela. La primera vez que la vio, a Berto le pareció que quien necesitaba un psicólogo era ella y no él, pero cuando la mujer sonrió, Berto apartó ese pensamiento de su mente, se dijo que con probar no perdía nada y aceptó sentarse en el sillón y hablar. Ahora, tres meses después de ese primer encuentro, Berto está seguro de que la psicóloga se viste así porque se siente libre y no le importan las convenciones ni el qué dirán.

Berto sonrió. Por el cielo pasaba un avión. En la noche incipiente se distinguía nítido el titilar de las dos luces rojas, una en la punta de cada ala, y se escuchaba el sonido de sus motores.

Cuando iba a la consulta de su psicóloga Berto se sentaba en un sillón de color amarillo. Había muchas cosas amarillas en la habitación: los dos sillones, la alfombra y una pequeña mesa junto al sillón. En las paredes desnudas, dos cuadros mostraban paisajes de atardeceres sobre la llanura; allí dominaban los tonos dorados y naranjas. La pantalla de la lámpara también era anaranjada. El primer día, antes de comenzar a hablar, Berto sintió curiosidad por saber a qué se debía tanto amarillo y cuando la psicóloga dijo bien, qué lo trae por acá, en lugar de contestar Berto preguntó por qué todo era amarillo. La psicóloga lo miró. Es mi color favorito, dijo. Y enseguida hablaron de por qué Berto estaba allí.

Sentado en la playa de estacionamiento del shopping, Berto intentaba hacer foco en lo verdaderamente importante. Su mujer iba a tardarse eligiendo unas zapatillas para salir a caminar por las mañanas, unas que no le hicieran doler, que no le sacaran ampollas y que tuvieran buena suela. Berto tenía tiempo de explorar su interior, llegar a su núcleo y tratar de poner allí un poco de paz. Visualizar, ese es el secreto, había dicho la psicóloga. Berto cerró los ojos y trató de imaginarse a sí mismo en un paisaje hermoso. Siempre recurría a la misma geografía, un lugar en el que nunca antes había estado y que construía a partir de una superposición de fotos de viejos almanaques, de publicidades de desodorante de ambiente y de una película rusa sin subtítulos que alguna vez vio en el cable, de madrugada, sin entender ni una sola palabra. Un claro en un bosque de grandes árboles. La hierba verde apenas se mecía por el viento y de los árboles no se llegaba a ver la copa. Las primeras ramas surgían demasiado altas, incluso para el que torcía la cabeza y miraba hacia arriba. El sol llenaba el cielo y cegaba los ojos, colándose por entre el follaje. Donde terminaba el claro, el bosque se volvía sombrío. Una bruma etérea, que subía desde las hojas en tierra, flotaba en los rayos de luz. Cerca corría un arroyo.

¿A quién se le ocurre llenar una góndola completa?, preguntó alguien en voz alta. Berto abrió los ojos. Tres repositores externos se habían sentado a un par de metros, también con los pies colgando sobre el vacío. Tal vez siempre se sentaban allí después de terminar su trabajo en el supermercado del shopping. Siguieron hablando. La gaseosa no se vende en invierno, si ponía dos packs estaba bien, dijo otro. Berto los miró. Vestían chalecos azules con letras descoloridas que decían Repositor Externo. Habían comprado salame envasado al vacío, un sachet de mayonesa y pan. Uno, el del centro, preparaba los sándwiches y los iba pasando. Se hizo silencio mientras comían y Berto volvió a cerrar los ojos. Su problema es un problema nuclear, del centro más profundo, resonó en su cabeza la voz de la psicóloga. Es un problema que nadie ni nada de este mundo puede solucionar, solo usted. Poco a poco debe volver a encontrarse. Berto dio dos pasos sobre la hierba. Era alta y le llegaba a la rodilla. En el aire húmedo aleteaban un par de libélulas. Detrás de los árboles, una luz dorada brillaba con intensidad. Era la primera vez que esa bola de luz aparecía en sus visualizaciones. A lo mejor me estoy volviendo loco, pensó Berto. Hay que buscar la paz, dijo la voz de su psicóloga. Los repositores externos, junto a él, rieron. Uno tomó una feta de salame y la arrojó al vacío. Abajo, el perro negro, invisible en el patio oscuro, ladró y la engulló de un bocado. Berto miró el reloj. Se hacía tarde. ¿Cuánto tiempo puede tardar en comprar un par de zapatillas y cambiar una chomba?, se preguntó.

En una de las esquinas de la playa de estacionamiento, un carrito de supermercado había quedado solo. Lo iluminaba una luz verdosa. Más allá, los autos ordenados en filas numeradas, uno junto al otro. La mujer de Berto esperaba apoyada sobre el baúl, fumando un cigarrillo. Pasaron dos nenas con vestidos floreados, corrían y las flores de sus vestidos formaron un remolino de colores. Ya se había hecho de noche. Berto se imaginó que su mujer debía estar enojada, u ofendida. Tenía que inventarse una buena excusa. Tal vez relojes, o cañas de pescar. Afuera, en uno de los locales junto al puesto de diarios, vendían artículos de caza y pesca. Berto nunca había ido a pescar aunque alguna vez podría hacerlo. Pero su mujer no dijo nada, tiró el cigarrillo al suelo, lo pisó y subió al auto. ¿Tomaste la pastilla?, preguntó cuando arrancaron. Berto dijo que sí, dio marcha atrás y giró el volante. El auto se desplazaba lento. De pronto un ruido raspó la panza del coche, la rueda trasera se levantó y, pesada, volvió a caer. Berto se bajó del auto. Una de las nenas rubias lo miraba, parada frente a él, con un dedo en la boca. Su hermana estaba en el piso, las piernas delgadas asomaban bajo la rueda, dos medias blancas con puntillas, guillerminas azules. La mujer de Berto comenzó a gritar. Se acercó gente y también gritó. Llegó un guardia de seguridad. Pasó un rato largo y vino una ambulancia. Berto se sentó sobre un cordón y se tomó la cabeza con las manos. Del otro lado de los árboles, la luz dorada se hizo más fuerte. Refulgía. Se movía entre los troncos, flotaba ardiente y cálida. Se acercó. Del centro de luz concentrada surgió una voz y la bola habló. Berto pudo escucharla. La hierba alta se reclinaba ante un viento potente pero silencioso. Berto abrió los ojos. Un agente de policía le preguntaba su nombre. Su mujer no estaba por ningún lado, ya se habían llevado a las dos nenas y la gente que salía del shopping lo miraba, Berto no entendía si con curiosidad o con horror. Lo subieron a un patrullero y fueron a la comisaría. Le pidieron que contara qué había ocurrido. Fue un accidente, dijo Berto. Una chica con anteojos delgados tipeaba letras de color verde brillante en una computadora de pantalla negra. Cada cierto tiempo, la chica le pedía a Berto que se interrumpiera e imprimía una página en una vieja impresora de matriz de puntos, que chirriaba y hacía temblar el escritorio. La chica hacía las preguntas de modo impersonal, como si estuviera detrás de un vidrio. Berto se preguntaba qué pensaría la chica sobre él. Su cara no dejaba traslucir ningún sentimiento. Mientras esperaba que se imprimiera una página, la chica se sacó los lentes, les sopló su aliento y, antes de volver a ponérselos, los limpió con un pañuelo de papel. Cuando Berto terminó de contestar las preguntas, la chica le pidió que leyera el escrito y que, si estaba de acuerdo, firmara al pie. Berto estuvo de acuerdo y firmó. La chica lo saludó con un apretón de manos y un agente lo acompañó hasta la puerta de la seccional. Berto creía que iba a ir preso, pero lo dejaron partir. Volvió a su casa en un taxi. El auto había quedado en la playa de estacionamiento, rodeado de cintas, a la espera de que llegaran los judiciales. Su mujer no estaba en la casa. Berto prendió algunas luces, le dio de comer al gato y se acostó a dormir. Al día siguiente tenía turno con su psicóloga. Sentado en el sillón amarillo, le contó lo sucedido. La psicóloga escuchó con paciencia e interés. Vestía un pantalón colorado, una blusa de seda negra con grandes letras rojas impresas de manera desordenada y llevaba el pelo tirante hacia atrás, recogido con una hebilla en forma de flor. Cuando Berto terminó de hablar la psicóloga le preguntó qué había dicho la voz entre los árboles. ¿La voz provenía de la esfera luminosa?, preguntó primero. Berto dijo que sí. Bien, eso es importante ¿y qué dijo la voz?, preguntó después la psicóloga. Berto trató de recordar. Las palabras aún rebotaban en sus oídos, pero no las podía atrapar. La voz rozó nuevamente la yema pero se evaporó antes de que Berto pudiera entenderla. La bola de luz dorada se alejó repiqueteando por el bosque, hasta hacerse cada vez más pequeña y desaparecer tras los últimos troncos. El claro volvió a llenarse del sonar tranquilo del arroyo. Berto estaba solo en la hierba alta, muy verde.

No sé, no recuerdo, no la pude retener, dijo Berto y se largó a llorar.

(De: La hora de los monos, Eterna Cadencia, 2017)

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