Un día brumoso

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Lucia Berlin

Los alrededores de Washington Market están desiertos hasta la medianoche del domingo, cuando de repente los mercados de fruta y verdura se abren hacia las calles, desplegando caprichosos estandartes de limones, ciruelas, mandarinas. Más abajo, hacia Fulton Street, sutiles rojos y ocres de las patatas, calabazas y cebollas amarillas.

Las compras y las cargas no cesan hasta el amanecer cuando el último camión de reparto se va y los tenderos griegos y sirios se alejan en sus coches negros pisando el acelerador. Cuando sale el sol el mercado vuelve a estar tan desolado y sombrío como antes, salvo por el olor a manzanas.

Lisa y Paul paseaban bajo la lluvia por el corazón solitario de Manhattan. Ella hablaba.

–Esto es como vivir en el campo. Maíz y sandía en verano… Estaciones. Aquí es adonde traen los árboles de Navidad para toda Nueva York. Los amontonan en las aceras a lo largo de calles y calles. ¡Bosques! Una noche nevó y había tres perros corriendo como lobos salvajes en Doctor Zhivago. No se olían los coches o las fábricas, solo los abetos… –siguió parloteando sin parar como hacía siempre que hablaba con él, o con los dentistas.

Quería que Paul viera hermosa la ciudad, su ciudad. Sabía que no la veía así. Miraba a los hombres que comían batatas crudas y pomelos robados, o quemaban cajones de naranjas en bidones herrumbrosos. Ración de combate de seis latas de rubia POR UN DÓLAR, botellas de oporto Gallo que destellaban a la luz de las fogatas, rielaban en la lluvia. Un viejo vomitó en la alcantarilla encima de los envoltorios de la fruta morados que colgaban ya medio descoloridos como anémonas aplastadas.

Paul no hallaba ninguna belleza en la noche, durante esas horas en que los fuegos puntuaban el paisaje a lo largo de varias manzanas a la redonda, recortando las siluetas de los hombres en ebrias danzas rituales. Ni tampoco desde la ventana de Lisa al alba, mirando a un chico negro medio desnudo, dormido en el lecho de limas deslumbrantes cargadas en un remolque.

Empezó a arreciar la lluvia. Esperaron en el portal de Sahini e Hijos, Alcachofas, hasta que amainó un poco, y luego siguieron caminando, mojados. Lentos y desgarbados, como solían caminar en Santa Fe, como viejos amigos.

En Santa Fe el marido de Lisa, Benjamin, había trabajado en el restaurante de George, con Paul. George era una lesbiana con mala leche que vestía como un cowboy, se creía Gertrude Stein y servía comida estilo Toklas. Caracoles, castañas confitadas. Benjamin tocaba jazz atmosférico al piano y Paul era maître. Iban de esmoquin. Ninguno de los dos decía nada. Los parroquianos ingeniosos y dicharacheros vestían todos como los indios… Terciopelo, plata, turquesa.

Los dos llegaban a casa alrededor de las dos y media de la madrugada, apestando a cóctel de gambas y humo de cigarrillo. Lisa preparaba el desayuno mientras ellos contaban las propinas en la mesa de madera redonda de la cocina. Una vez Benjamin ganó diez dólares por tocar «Shine on Harvest Moon» cinco veces para un político. Se reían contándole a Lisa anécdotas de la clientela y de George.

Al final los despidieron a los dos. Paul acabó teniendo una reyerta con George en la polvorienta Canyon Road, igual que en Solo ante el peligro. Se parecía un poco a Gary Cooper. Ella se parecía a Charles Laughton disfrazado de cowboy con el pintalabios negro de Bette Davis. Ganó ella.

En el caso de Benjamin pasó que al llegar una noche a trabajar había un mexicano con maracas cantando «Nosotros, que nos quisimos tanto…». Benjamin sacó su piano Yamaha de ruedas y, como pudo, lo montó en la furgoneta Volkswagen.

Aun así fue un buen año. Fogatas con leña de pino, risas. Los tres escuchaban música a todas horas. Miles, Coltrane, Monk. También escuchaban grabaciones rayadas de Charles Olson, Robert Duncan, Lenny Bruce.

Paul era poeta. Daba la impresión de que nunca dormía.

Escribía, donde fuera, durante toda la mañana. Benjamin se levantaba a las tantas, ensayaba, pasaba la tarde tocando y escuchando música, con los auriculares puestos y la seriedad de un estudiante en un laboratorio de idiomas.

Benjamin era un hombre corpulento y tranquilo, un hombre bueno con un firme sentido del bien y del mal. Era paternal y paciente con Lisa, salvo cuando ella exageraba (a menudo), cosa que para él equivalía a mentir. Benjamin nunca hablaba en pasado o en futuro.

Cada noche la sorprendía cuando le hacía el amor. Era tierno, juguetón y apasionado, la besaba por todas partes, los ojos, los pechos, los dedos de los pies. Ella adoraba sus manos fuertes abarcando sus pechos y cómo la hacía correrse con la lengua. Adoraba la desnudez de sus ojos castaños mientras la penetraba.

Cada noche pensaba que por la mañana las cosas entre ellos serían distintas, después de lo que había pasado, igual que cuando perdió la virginidad creyó que no parecería la misma al día siguiente…

Después de hacer el amor Benjamin se ponía vaselina en las manos y unos guantes blancos y luego se colocaba un antifaz de Llanero Solitario y tapones en los oídos. Lisa se quedaba sentada en la cama, fumando, recordando detalles tontos que habían pasado ese día y deseando despertarlo.

Durante el día pasaba muchas horas con Paul, leyendo, hablando, discutiendo en la mesa de la cocina. Más adelante imaginó que todo ese tiempo llovía, porque Paul y ella pasaron meses leyendo a Darwin y W. H. Hudson y a Thomas Hardy, junto a un fuego de pino que también existía solo en su mente.

Luego estaba Tony. Un viejo amigo con quien Benjamin estudió en Harvard, rico y oscuramente atractivo. Llevó a Lisa de Albuquerque a Santa Fe en veinte minutos, en un Maserati, bajo la lluvia. Cuando otro coche no quitaba las largas, apagaba los faros.

Solía invitar a Lisa a cenar al club de George. Benjamin se esmeraba tocando bebop para su viejo amigo. «Round Midnight», «Scrapple from the Apple», «Confirmation».

Tony llevaba trajes italianos con solapa de cuero. Paul les ofrecía la carta, sin mediar palabra. Tony se estaba separando de su mujer. Suspiró.

–Chica, odio los finales… Lo mío son los comienzos.

–Genial –dijo Lisa–. Lo mío son los finales.

Sus ojos se encontraron por encima de las copas de cristal de cabernet sauvignon. «And there will never, ever be another you…», tocaba Benjamin. Una melodía de Chet Baker…

El idilio entre Lisa y Tony era inevitable, o eso dijo Tony. Vulgarmente predecible, dijo Paul. Benjamin no dijo nada de nada.

Ella tenía diecinueve años. No es una excusa, solo que estaba en una edad en la que hace falta una buena charla. Se derretía cuando Tony decía cosas como «Estamos hechos el uno para el otro. Los dos somos unicejos».

Una noche, cuando Benjamin llegó a casa, ella le suplicó.

–Ben. ¡Quiero palabras! ¡Necesito palabras! ¡Necesito cruzar una palabra contigo!

Él la miró. Se quitó la pajarita y los nueve gemelos de rubí de la camisa de gala. Se quitó la chaqueta y los zapatos y se sentó junto a ella en la cama plegable.

–Babs –dijo. (La llamaba Babs.)

Luego se quedó callado, mientras se quitaba los pantalones y los calzoncillos y los calcetines. Se sentó desnudo en la cama, cansado, y ella supo qué buen hombre era.

–Soy hombre de pocas palabras –dijo. Le sostuvo la cabeza entre las manos como si las apoyara en un teclado–. Te amo –dijo–. Te amo con todo mi corazón, ¿no lo sabes?

–Sí –dijo ella, y se dio la vuelta y lloró hasta quedarse dormida.

Todo fue muy apasionado y doloroso y, sí, vulgarmente predecible. Lisa dejó a Benjamin, y lo único que se llevó fue Allá lejos y tiempo atrás, de W. H. Hudson. Abandonó todo por Tony y el romance, pero Tony pasaba «por un periodo de muchos cambios», así que se fue a vivir sola a una casa de piedra en el cañón de Tijeras.

Benjamin llegó a la casa en la furgoneta. Ella suspiró desde la ventana al verlo acercarse. Paul caminaba detrás de él, pálido.

–Eh, Babs… Es hora de moverse. Nos vamos a Nueva York. Anda, sube –dijo Benjamin.

Lisa se quedó inmóvil, intentando pensar. Benjamin ya se había montado en la Volkswagen. Paul esperó en la puerta mientras ella reunía sus pocas pertenencias. Lisa encendió un cigarrillo y se sentó.

–Dios. Ve y monta de una vez.

A trompicones, siguió a Paul.

Cuando llegaron a casa, después de hacer el trayecto en silencio, Benjamin se puso el esmoquin y se fue a trabajar. Estaba tocando con Prince Bobby Jack, en el Club Skyline. «She brings me coffee in my favorite cup…» Blues del bueno.

Lisa y Paul empacaron todo en cajas de Licores M & B. Una luna increíble se volcaba fluorescente sobre la sierra de Sandía. Normalmente ella y Paul habrían saltado de alegría ante ese espectáculo. Se limitaron a contemplarlo, temblando afuera.

–Sé buena con él, Lisa. Te ama, con todo su corazón.

Benjamin y Lisa se marcharon a Nueva York a la mañana siguiente. Paul les dijo adiós con la mano y se alejó andando hacia los manzanos.

Lisa condujo casi todo el camino hasta Nueva York, incluso para pasar Chicago. Benjamin durmió la mayor parte del viaje, con el antifaz puesto, salvo cuando cruzaron el río Misisipi. Qué belleza, el río Misisipi.

Pasaron por el pueblecito donde Paul había nacido, y vieron la casa y el granero. Por lo menos Lisa insistió en que tenía que ser allí… Podía imaginarlo en el prado verde. Un niño de pelo dorado. Tordos alirrojos. Echaba mucho de menos a Paul.

–Bueno, Paul… –le dijo Lisa el segundo día de su visita a Nueva York, mientras caminaban bajo la llovizna por Varick Street–. ¿De qué querías hablarme?

–De nada, en realidad… Era solo que no quería despertar a Benjamin.

(Benjamin había tocado en una boda en el Bronx la noche anterior.)

–Nueva York fue una buena jugada –dijo luego–. No puedo creer cómo está tocando.

–¡En serio! Hombre, ha trabajado como una bestia… Seis meses solo para entrar en el sindicato, luego locales de striptease, bolos de una noche, el hotel Grossinger… Pero de vez en cuando ha alternado con algunos grandes músicos.

–Ha hecho varios conciertos buenos de jazz, ¿no?

–Ojalá lo hubieras oído tocar con Buddy Tate, con todas esas viejas glorias de la banda de Count Basie. Estuvo trepidante.

–Siempre está trepidante… Es un músico de primera.

Ella lo sabía.

–Vi a Red Garland la semana pasada, en el Birdland. Estaba en la barra. Lo saludé y me devolvió el saludo.

Seguía pensando en Red Garland, tarareando cómo tocaba «You’re My Everything», cuando rozó el brazo de Paul en Varick Street. Sintió tal vértigo de deseo que se tropezó, y tuvo que dar un salto para no perder el paso. Soy terrible, se dijo, y se concentró en la acera. Quien pisa raya pisa medalla.

–¡Subamos al transbordador de Hoboken! –dijo, encantadora como siempre.

Cruzaron a la vieja estación marítima. Estaba desierta. Se notaba que era sábado por la mañana. Un quiosquero dormido, bigotudo, con un pisapapeles de Time apresado en la mano. Un gato se desperezó en el expositor de las revistas. Gatitos atontados, todos grises.

Estaba muy oscuro. La lluvia caía en remolinos arrastrando el hollín por claraboyas rajadas en forma de rombo. Los pasos de Paul y Lisa resonaban fuertes, nostálgicos, como en un gimnasio vacío y decadente, o en una estación de tren en Montana a altas horas de la noche durante una crisis familiar.

El transbordador apenas se divisaba en la niebla, una dama victoriana elegante y recia, esquivando remolcadores y lerdas barcazas de la basura. Crujió lentamente al arrimarse con cuidado al embarcadero. Los pasos de Paul y Lisa volvieron a resonar fuertes en la cubierta de madera. Las palomas gemían por encima de ellos en el techo medio podrido, solo sus lustrosas plumas tornasoladas daban una nota de color a la mañana.

Eran los dos únicos pasajeros a bordo. Se rieron mientras cambiaban de asiento una docena de veces, paseando a sus anchas por las cubiertas. La bruma envolvía el barco.

–¡Paul! ¡Nueva York no existe! ¡Ni Nueva Jersey! ¡Quizá estamos en el canal de la Mancha!

Escudriñaron la bruma largo rato hasta que de pronto aparecieron fantasmagóricamente vagones de carga amarillos, furgones de cola rojos en la orilla de Jersey. Un sueño acerca de un apartadero de carga en Dakota del Norte.

El transbordador chocó contra los pilotes. Las gaviotas aletearon, y luego volvieron a posarse en equilibrio en los troncos oscilantes.

–Va, salgamos –dijo Paul.

–Si nos quedamos, no tenemos que pagar.

–Lisa, ¿por qué nunca haces las cosas como es debido? Por ejemplo, ¿por qué no te compras un recogedor de basura?

–Odio los recogedores –dijo ella, siguiéndole para bajar del barco. En realidad los compraba a menudo, pero los tiraba al cubo sin querer.

Volvieron de pie en la cubierta al aire libre, acodados en la baranda resbaladiza de sal, sin tocarse.

–Me gustaría veros felices –dijo él–. Cuando Ben fue a buscarte… Es el acto de valor más grande que he visto en un hombre. Te perdonó. Me entristece ver que calara tan poco.

Lisa quiso marearse con el movimiento del barco, para poder contarle que desde que estaba en Nueva York se pasaba el día entero hablando con él, que había guardado sus cartas para leerlas al anochecer en la azotea, donde el cielo se parecía al de Nuevo México.

Paul se pasó las manos por el pelo claro.

–Te he extrañado, Lisa. Te he extrañado mucho.

Ella asintió, con la cabeza inclinada, las lágrimas empañando el agua y la espuma como un vidrio esmerilado. Le castañeteaban los dientes.

Señaló el cartel de neón de WORLD del edificio del World Telegram que resplandecía a través de la bruma.

–Eso es lo primero que veo cuando abro los ojos cada mañana. WORLD. Solo que al revés, por supuesto.

Ahora que había despejado un poco, se distinguía su ropa tendida en la azotea del desván de Greenwich Street. Las prendas opacas ondeaban brillantes en contraste con los edificios ensombrecidos por la lluvia alrededor del ayuntamiento.

–¡Mira a Diana! –se rio Lisa.

La estatua de bronce de Diana se alzaba justo por encima de su ropa tendida, como si se dispusiera a lanzarla toda al río Hudson.

–De todos modos quien me perdonó fuiste tú, Paul –dijo.

Mientras se acercaban al embarcadero, las máquinas se apagaron. Incluso cuando los transbordadores van llenos es un momento de silencio terrible. El agua batiendo contra el casco de madera hasta que el barco atraca con un golpe sordo y sombrío y un estallido de gaviotas asustadas.

–Paul… –dijo Lisa, pero estaba sola.

Paul se había dado la vuelta. Iba caminando a largas zancadas, con su andar del oeste, hacia la verja metálica de proa, ansioso ya por volver.

(De: Una noche en el paraíso. Traducción de Eugenia Vázquez Nacarino)

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