Un domingo de verano

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Jonathan Littell

Foto: Óscar Romero (SEFF)

Abajo del todo se alzan las dos torres. Destacan sobre un cielo gris, delicado, de luz contenida. Unos árboles ocultan parte de la segunda, la que está quemada de abajo hacia arriba. Se yerguen silenciosas como centinelas, indiferentes a lo que sucede a sus pies. El viento agita las hojas de los árboles. Estelas de nubes cruzan perezosamente el cielo. Es un domingo de verano. Al rato el sol pasa por el balcón y calienta el rostro y las piernas. Así que durante unas horas toca refugiarse en el interior oscuro y fresco del apartamento.

Enfrente, hacia la izquierda, al bies sobre la colina, están las pequeñas manchas blancas de las tumbas, un reguero disperso entre las casas. Por encima del cementerio se alza una bonita vivienda, un gran edificio del siglo XIX con alas imponentes y columnas de un lado al otro de la puerta principal. Puede que ese fuese el acceso al cementerio. Es difícil saberlo, porque allí arriba no se puede llegar. Por la noche, cerca de esa casa, hay una luz que es un agujero de fuego en la oscuridad. Quién la ha puesto ahí, tampoco se sabe. Hay gente que debe de saberlo, pero yo a esa gente no la conozco.

Una vez visité una casa no muy lejos de ese cementerio. También era domingo, hacia el mediodía. B. me había llevado para entregarle un paquete a la gente que vivía en ella. Nos quedamos en la terraza una media hora, bebiendo cerveza con el padre mientras la hija, en el jardín, cortaba rosas para B. Estábamos sentados un poco apartados, porque el extremo de la terraza quedaba expuesto. La ciudad se extendía a nuestros pies, con las dos torres de frente por una vez, bajo un cielo azul de verano que viraba a blanco. En el lado de la Residencia del general cayeron algunos obuses. El padre me dijo que no estábamos más que a ciento cincuenta metros del cementerio; esa información me pareció sorprendente. Ayer, prosiguió, una mujer fue asesinada por un obús justo debajo de esta casa. La víspera había sido en efecto un día muy malo, mataron a muchas personas. Pero ese domingo yo todavía no sabía hasta qué punto el día anterior había sido malo. Fue un fin de semana tan hermoso. El sábado, cuando atacaron por primera vez la Residencia del general, yo estaba almorzando en una taberna. Delante de mi mesa rebotó una esquirla de obús con un pequeño tintineo, corrí a recogerla; volví a entrar en el café riendo, pasándome la esquirla aún ardiente de una mano a la otra, como cuando sacas del horno una patata asada. Más tarde, ya de cara a la noche, fui a casa de unos amigos a tomar un cóctel. Bebíamos en el jardín mientras por encima de nosotros bramaban los cohetes. Varios de mis amigos se asustaron y se acurrucaron al pie de los rosales. Fue muy divertido, nos reímos mucho. A la mañana siguiente, otro obús explotó en el jardín de al lado, a unos cincuenta metros de donde habíamos estado bebiendo.

Así que ese domingo, después de la cerveza cerca del cementerio, me fui con B. a recoger a nuestro amigo A. para ir a almorzar a un restaurante precioso, un poco aislado, con una terraza cerrada sólo en parte en la que podías estar al aire libre sin violar demasiado las prohibiciones de la policía. Comimos lentamente durante toda la tarde, chuletas de cordero con una ensalada de cebolla, y nos bebimos una botella de vino tinto. Después, B. y yo compartimos un puro, estaba demasiado seco pero igual fue un gran placer. Luego compramos pasteles y fuimos a beber alcohol a mi balcón, frente al cementerio, con las dos torres a nuestros pies. No fue hasta el día siguiente, al leer los periódicos, cuando nos dimos cuenta de lo malo que había sido el fin de semana. Pero el verano ya llevaba así seis semanas, y todo apuntaba a que iba a seguir igual.

La ciudad estaba completamente cerrada desde finales de mayo. De hecho, todavía quedaba una carretera para entrar y salir, pero era peligrosa. Había a quien esa sensación de encierro le ponía de los nervios, pero a mí me alegraba. Me encantaba la idea de estar aquí atrapado para el resto del verano, con el calor y la luz, perseguido a un lado y al otro de la ciudad por los silbidos agudos de los obuses y el ruido obsceno de sus detonaciones. Eso me hacía sentir enormemente vulnerable y me ligaba como un suplicio a esa otra cosa de la que no debería hablar.

Esa otra cosa, me resulta imposible hablar de ella pero también me resulta imposible no hablar de ella. Me devastaba el corazón y consumía mis noches: por la mañana, al despertarme, colmaba mi cuerpo y lo retorcía de felicidad. Luego me levantaba, me vestía, me dirigía a mi despacho y reanudaba mi trabajo con una atención y un estado tan febril que, por un tiempo, la dejaba de lado. Pero a veces los bombardeos eran demasiado fatigosos, imposible trabajar, y entonces, entre el miedo y esa cosa, me invadía una enorme pereza que volvía inútil cualquier esfuerzo. Entonces quedaba el balcón, el sol, los libros, el alcohol y los puritos que tanto me costaba procurarme, y a veces también el teléfono, horas y horas de teléfono, un medio odioso y falso pero que en ausencia de su rostro y de su cuerpo alimentaba mi angustia y mi futilidad. Y aquí estoy, hablando de ello, cuando no debería hacerlo. Debería hablar de otra cosa. Hacer descripciones, como al principio de este relato, describir el purito pálido que me fumo en este momento, el mechero de estaño barnizado que tengo delante, un poco rayado por las monedas que llevaba en el bolsillo, el cielo que vira a gris. A modo de protección de posibles fragmentos de vidrio, las ventanas de mi despacho están cubiertas por unas láminas autoadhesivas de plástico translúcido; a través de esas láminas, punteadas por burbujas de aire, todo se ve turbio. Es una lástima, pero por otro lado, delante de mi despacho no hay nada que ver, sólo otro edificio gris, sucio, con muy pocas ventanas intactas y estrías de impactos que atraviesan su fachada. Ah, aquí vuelve el sol, a iluminar graciosamente esa horrible fachada. No hay discusión, el sol demuestra una inmensa bondad por las pobres cosas de este mundo.

Un poco más arriba, en este mismo cuaderno en el que ahora tomo notas, hace unas semanas escribí una o dos frases sobre la luz del sol en el cuello de B. También, como por azar, fue un domingo (aunque en realidad no se deba al azar, sino a que trabajo para justificar mi presencia aquí, y a estas historias no les quedan más que los domingos). Fue uno de los momentos más aterradores y dolorosos en que me he visto inmerso en los últimos años. ¿Qué me impidió besarla, en ese momento? Todo mi cuerpo y todo mi pensamiento, tan débiles, no tendían más que a una sola cosa, posar mis labios sobre ese cuello resplandeciente de luz y blancura. Qué horror. No me moví, me quedé apoyado en la barandilla, luego nos fuimos. Podría echarle la culpa a mi natural timidez, pero algo me dice que eso sería falso, una patética escapatoria. Más bien me parece que aquello fue miedo, lo cual no es lo mismo. Bajo esa luz pavorosa, tan cerca de su piel, me quedé descolocado, crucificado de miedo y deseo, y ni siquiera llamé Elohim , Elohim , estuvimos charlando, luego nos fuimos, le cogí una flor, otra para la tumba de mi deseo, y la llevé a su casa.

En verdad no debería hablar de estas cosas. El verano continúa, está lejos de terminar. No habría que hablar de eso sino después, mucho tiempo después. Lo mejor sería no hablar de eso nunca, morir en silencio y que así desapareciese, esas dislocaciones y esas luces de las que al final veremos que está hecha la vida, si es que no lo vemos ya, y si es que alguna vez podemos decir de una vida que está hecha, pero si no logramos callarnos, por lo menos que sea más tarde, y que haya sido debidamente digerida antes de regurgitarla. El verano ni siquiera ha terminado, las sirenas acaban de ponerse a sonar, habría que aprender a hacerse crecer una piel antes de jugar a despellejarse con navajas de tan pobre calidad. Tanta impaciencia me desconsuela.

Verano, 1995

(De: Los relatos de Fata Morgana, Galaxia Gutemberg, traducción de Robert Juan-Cantavella)