Un encuentro con Diego y Silvio en La Habana

Por Patricia Malanca

La cantora Patricia Malanca recuerda en esta columna el día en que se encontró con Diego Maradona en La Habana: «Estaba en Cuba por Silvio Rodríguez y se me apareció una gambeta de Diego de caño. Milagro. Magia. Sortilegio. Por casualidad, viví la cumbre de mi vida. Lo que iba a ser para siempre en la memoria un momento íntimo único».

No puedo parar de llorar. Igual que ustedes. Un poco perpleja y un poco confundida. Esa excitación del alma acontece pocas veces en la historia de la humanidad y ocurre cuando se escuchan las bisagras doradas chirriar porque se están abriendo las compuertas del universo hacia la gloria eterna.

En una de mis giras artísticas a Grecia un taxista griego me comentaba que Maradona les pertenecía más a ellos porque se parecía más a sus dioses griegos tormentosos e imperfectos que al Dios de otras religiones y es por eso que lo entendían bien. Además, se sentían dueños de ese grito de gol del año 94 que el Diego les hizo a su selección nacional. Increíble. Un griego feliz porque Diego le hizo un gol a su equipo y los eliminó.

En diciembre del 2014 armé la mochila. Con mis pocos ahorros compré un pasaje a Cuba. Mi intención era ir a llevar en mano a la productora discográfica Ojalá el disco independiente que había producido con versiones tangueadas de la obra de Silvio Rodríguez. Así, de pura guapa, bien de abajo, desde el pie, hecha un puro impulso, sin invitación, sin permiso, bien a lo argentino.

Una semana antes de viajar un amigo periodista me llamó por teléfono para cerciorarse de mi viaje y me preguntó si me interesaba hacer una nota en vivo para Telesur durante mi estadía en La Habana. Por supuesto, contesté.

El tango es un lenguaje internacional que a los artistas que vivimos en esa cultura nos permite andar por el mundo. Los argentinos somos viajeros, como El Che. A ningún argentino que haya viajado se le escapa alguna anécdota inesperada con la palabra mágica «Maradona». Porque Maradona ya no es un apellido, es una marca de agua en el pasaporte argentino. Es una palabra internacional que la Real Academia deberá traducir como Maradona=Argentina. Es una moneda nacional. Cualquier argentino perdido en cualquier calle de cualquier país en cualquier idioma, de cualquier continente Asia, África, América, Europa, Oceanía sabe que gritando «Maradona», la brújula lo devuelve a un lugar seguro.

Ya en la Habana recibo un llamado: «¿Podés venir a una reunión?». Me llamaban de la Televisión Cubana para participar del programa de TV del que mi amigo periodista ya me había hablado antes de viajar.

En la extensa y amable reunión en La Habana se evaluaron las cuestiones técnicas para mi presentación en la TV Cubana: el día de un ensayo general, las canciones, la rutina, el vestuario, pero en un momento inesperado al cerrar la entrevista el productor me pregunta:

–¿Sabés bailar tango? ¿Trajiste zapatos adecuados?

–Sí, sé bailar tango y traje zapatos. Pero, ¿por qué ?

–Por si Diego quiere amagar algunos pasos y milonguear.

–¿Qué Diego?

Recuerdo que salí de esa reunión sin entender lo que estaba pasando. Traté de ordenar las ideas. Estaba en Cuba, yo quería ver a Silvio y obviamente, si lo lograba, ver a Fidel también. Era enero. No había ninguna, pero absolutamente ninguna noticia, ni novedad, ni anuncio de que Maradona fuera a viajar a Cuba. No sabía qué hacer. ¿Esto que me está pasando es verdad? ¿Era Diego Maradona el anfitrión de ese programa en el que cantaría o era una broma de mis amigos ? El corazón me pedía oxígeno. Salí de la reunión y caminé los dos kilómetros hacia el barrio El Vedado donde me hospedaba, en estado de estupor. Estaba en Cuba por Silvio y se me apareció una gambeta de Diego de caño. Milagro. Magia. Sortilegio.

El 9 de enero del 2015 Silvio estaba dando uno de sus recitales barriales en el Marianao. Hasta allí llegué como en una alfombra voladora. Me quedé detrás de las vallas del escenario, pero podía ver perfectamente que en la primera fila de sillas estaba sentado Diego con Víctor Hugo Morales. Entonces, era cierto. Entonces estaba pasando de verdad. Entonces, entonces, entonces…

Víctor Hugo me reconoció entre la gente, me hizo pasar entre las vallas y me hizo sentar cerca de Diego. Es imposible para mí hablar de uno sin el otro. VHM me convidó como sabiendo: «No te separes de él». Y apretujada en ese mundo maradoneano de apretujes quedé en la comitiva que ingresó a una humilde casa improvisada para la ocasión donde Silvio recibiría a Diego después de ese recital.

Y así por casualidad, viví la cumbre de mi vida. Lo que iba a ser para siempre en la memoria un momento íntimo inalcanzable. El punto del recuerdo al que siempre se quiere volver para reanimar la sensación de goce infinito. El instante único al que se accede por una suma de causalidades que tal vez ya estén escritas para sorpresa de la casualidad. Ese efímero segundo en donde los dedos tocan el sol y la luna a la vez. Silvio y Diego uno delante de otro. Y yo ahí, como una gota fui de la marea, la playa me hizo grano de la arena.

El encuentro está grabado, lo pueden ver en las redes. Pero les voy a contar lo que ví. Vi a Silvio absolutamente desarmado ante el D10S argentino. La sonrisa de Silvio era un collar de diamantes extendido sobre una manta de alabanzas. No voy a olvidar ese gesto donde Silvio se permitió desencajar y consentirle lugar a la idolatría.

El Programa De Zurda se transmitió en vivo al día siguiente, el sábado 10 de Enero del 2015 por TV Cubana. Se paró para verlo todo el pueblo cubano y latinoamericano. Fidel estaba vivo. Estaba mirando la televisión también.

Cuando terminó la emisión del programa, luego del sortilegio, volví a la casa donde alquilábamos aquella pequeña habitación del Vedado. Las sorpresas seguían. Todos los integrantes de la familia cubana que me brindaban alojamiento, más mi compañero de viaje, más los viajantes ocasionales con quienes cohabitábamos el lugar, me estaban esperando para agasajarme. Yo también quería convidar un poco del polvo de estrellas que me había habitado como por encantamiento súbito. Me esperaban con un ritual humilde con sabor a mantel de hule y estampita. Un ritual bien maradoneano. Era como el encuentro con el pueblo de la tribuna después de un gol.

Hubo una coincidencia personal. Silvio y Diego me definieron como «Tango». Víctor Hugo le preguntó a Silvio si me conocía y Silvio contestó: «Claro, Tango». Mientras me presentaban Víctor Hugo le preguntó a Diego Maradona en el programa De Zurda: ¿Qué ve ahí en esa dama?, y Diego contestó: «Tango, puro tango». Ambos, lo mismo.

Ya no puedo ser otra cosa. A partir de ese momento, soy eso. Tango, puro tango. Uno busca definiciones en la vida y a veces las encuentra en el camino en las voces de los dioses.

A propósito, creo que los argentinos y argentinas tampoco vamos a poder ser otra cosa. Somos brutal y genialmente héroes imperfectos con un Maradona en los genes y adentro del corazón. Por eso, todas las calles de Argentina deberían llamarse Diego Armando Maradona. Y así cuando nos citemos no habrá equívocos. Una sola Argentina, un solo pueblo en todas las esquinas.

Nuestras Voces