Un golpe ideado por Groucho Marx

Por Hugo Asch

Cuando parecía que presiones económicas, enjuagues jurídicos y aprietes mediáticos resolvían la cosa, en Bolivia reaparecieron los golpes a la vieja usanza, con rápidas celebraciones de Trump y sus amigos. Pero parece una maniobra sin mucho futuro y está lejos de ser un cambio de tendencia.

Por alguna razón, que intuyo cercana a los efectos de estos tiempos tan fugaces, varios analistas, gente que respeto y también los infaltables repetidores de lo viral, coinciden en un hecho que juzgo temerario: el fin de los ciclos de golpes blandos mediante el método del lawfare, y el regreso a los golpes tradicionales.

Bolivia lo hizo.

Incluso especulan que puede pasarle lo mismo a Fernández. Que cuidado.

Pues no estoy de acuerdo, para nada.

El golpe de Bolivia tuvo características sorprendentes. No recuerdo una declaración similar de júbilo y felicitación a las Fuerzas Armadas golpistas del Departamento de Estado americano.

Seguramente porque en los tiempos de los golpes militares no había Twitter, y porque los americanos eran los que impulsaban y ejecutaban, o casi, cada paso en esos golpes, que salían bien y rápido.

El saludo celebratorio de los muchachos de Trump es una manera de decir: “Ey, nos encanta esto, hemos apoyado, pero no se crean que ese desastre, esa patética comedia de enredos es nuestra obra”. El estrepitoso fracaso de Guaidó durante el primer trimestre de este mismo año, apoyado de todas las maneras posibles y que le costó la cabeza al halcón John Bolton, todavía debe doler, por allí.

Por desgracia, los golpes tradicionales no cayeron en desgracia y desuso por la lucha de los pueblos. Los mató la aparición del microchip, en 1982. Fue la tecnología la que aniquiló el secretismo, la censura, la uniformidad de la información y el casting de rostros temibles de bad boys a lo Videla o Pinochet.

Hoy todo se ve. La represión, a la platinada Añez jurando con la sala vacía, la resistencia, la represión a cholas porque sí, a la gente que levanta su voz, las hordas de cascos blancos incendiando todo.

Los golpes de Estado existían cuando eran útiles y secretos. Esto no le sirve a nadie, ni siquiera a sus supuestos beneficiarios. Insisto: los muchachos de Trump vienen de patinar feo con Guaidó en gira artística, todo este año. Y minga de golpe en Venezuela, que es, justo, la especialidad de la casa.

Si la deuda es un recurso de dominación más económico que las viejas invasiones, los gobiernos no alineados con Estados Unidos cayeron o fueron acorralados mediante la presión judicial, y causas con malos pero muy efectivos guiones.

En tiempos de la posverdad, lo cierto, lo sospechado, el buchoneo a la bartola o la “íntima convicción” a lo Sergio Moro, es igual. Así cayeron, en 10 años, Zelaya en Honduras, Lugo en Paraguay, Dilma en Brasil, Lula que fue preso y Cristina, que tuvo mil tapas con la fantasía de verla con el traje a rayas.

El método les funcionó y están lejos de abandonarlo. Eso, y las fake news, la cobertura mediática, el espionaje, la compra de voluntades, todo lo que fue exitoso no hace mucho. Pero ¿golpes a la antigua? ¿A quién se le ocurre?

¿Por qué razón, después de medio siglo, vuelve en Bolivia el golpe a lo bestia, que ya todos considerábamos muerto y enterrado?

Hay circunstancias locales. Evo Morales lleva 14 años en el poder y tuvo rencillas internas que lo han ido desgastando políticamente, sobre todo por haber perdido el plebiscito por la nueva reelección y haber obtenido la luz verde gracias a un fallo de la Corte Suprema.

Pero así y todo ganó la elección con amplitud, y en primera vuelta, pese al papel lamentable de la OEA de Almagro, que empezó tímidamente hablando de irregularidades mientras se producía el conteo, y terminó, sin pudores, hablando de fraude y autogolpe. Un papelón.

Muchas excusas para deshacerse de Evo no había. El país estaba pacificado y funcionaba muy bien. Los números de la economía del país son elogiados por todos, incluyendo al banco Mundial y al FMI. ¿Entonces?

Entonces hay que mirar el tablero geopolítico, el mismo que hace un año mostraba vigorosos gobiernos liberales a lo bestia (también llamados neoliberales), alineados con pasión y pantalón bajo a Trump.

Pasaron cosas, claro.

El modelo exitoso chileno, el más desigual del planeta, se cae a pedazos. Hay un clima de tensión permanente en las calles de Ecuador, tuvieron que liberar a Lula y el hijo pródigo del FMI, Mauricio Macri, perdió en primera vuelta luego de cuatro años de desastres. Para colmo Maduro sigue ahí, todavía, con Guaidó haciendo bolos en distintas películas, sin nadie serio que ocupe el papel de la oposición.

Quedaba Evo, el más firme de todos ellos. El más exitoso, en lo económico y en lo cultural.

Este golpe se parece a esos tributos a grandes grupos de rock hechos con dos pesos, mucho descaro y poca afinación.

Evo se equivocó al entregarse con carácter de “vinculante” al juicio de la parcial OEA de Almagro. Fue una señal de debilidad que aprovecharon los del sótano, los que esperaban hace cinco lustros una oportunidad para ver la luz. Los Comités Cívicos, Camacho, los viejos dueños del país, los blancos, esos esperpentos, Biblia en mano.

La “sugerencia”, el pedido de una renuncia pacificadora de Evo, dicha frente a las cámaras por el comandante en jefe de las Fuerzas Armadas de Bolivia, Williams Kaliman, un incondicional del presidente, fue la gota final y Morales decidió irse.

Jeanine Añez, con su peinado recién hecho, juró en un acto que tiene la misma legitimidad que el de Guaidó. Ninguna. La prueba de lo complejo de la situación interna la da el inmediato despido del militar por parte de la señora de la peluquería. No era tropa propia, nomás.

Los viejos golpes de Estado se hacían rápido. Un militar asumía el poder absoluto, fierros en mano, disolvía el Congreso y proscribía a quién se le daba la gana y chito la boca.

Este golpe remite al ultra citada frase de Karl Marx de la repetición como comedia.

Añez no tiene ninguna legitimidad institucional para ser reconocida como presidenta, aunque Trump y Bolsonaro la celebren, como a Guaidó. Eso es nada.

El MAS tiene la mayoría en la cámara y sin su voto no hay proscripción que valga. El congreso, que legalmente puede aludir “abandono de la tarea” pese a las amenazas de muerte, ni siquiera aceptó las renuncias de los demás integrantes del gobierno.

La salida “institucional” sin Evo que quiere la OEA y Trump es impracticable.

Camacho no es nadie, no juega, es un tarado enamorado de la cámara sin poder formal.

Los militares no han tomado el poder tampoco. Añez ni siquiera califica como para ser una Bordaberry, aquel presidente títere de los militares uruguayos.

Este golpe es sangriento, violento, injusto, brutal, y más lo será si los mineros pierden la paciencia y entran en acción. Remember 1952, muchachos uniformados.

Pero en términos de eficiencia, este golpe de Estado parece planeado por Groucho Marx.

¿Soluciones? Si las tuviera, ya estaría en La Paz.

Solo digo que la historia está lejos de terminar, y sin el regreso de Evo al país no me imagino ninguna salida a semejante crisis.

¿Puede pasar algo así en Argentina, un golpe tradicional?

No, no lo creo.

No lo quiero tampoco, claro. Pero más allá del deseo, no lo creo posible.

La violencia de este gobierno macrista, que ni siquiera tiene valor y dignidad de condenar un golpe de Estado a la distancia, fue económica. Una violencia brutal.

Y eso produce muertos, igual que las balas.

Socompa. Periodismo de Frontera

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