Un lugar maravilloso

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Kjell Askildsen

—¿No vas demasiado deprisa? —preguntó ella.

—No —contestó él.

Al poco rato se salió de la carretera principal y tomó la estrecha bajada hacia el fiordo, llena de curvas.

—Todo está mucho más verde que la última vez —dijo ella.

—Sí —asintió él.

—Es como si la carretera se hubiera estrechado —comentó ella.

—No voy demasiado deprisa —dijo él.

Justo antes de llegar a la gran encina donde solían aparcar el coche, ella dijo que tenía la sensación de que algo iba mal. Lo decía siempre que se acercaban a la casa de verano, y él no contestó. Tal vez algún día tenga razón, pensó.
Aparcó el coche y la ayudó a ponerse la mochila que pesaba menos.

—Ve andando —dijo.

—Te espero —contestó ella.

—Ahora te alcanzo —dijo él.

La alcanzó cuando había bajado la mitad del empinado camino casi cubierto por la vegetación. Estaba esperándolo.

—¿Pesa mucho? —preguntó él.

—No —contestó ella.

Siguieron andando. Al cabo de unos minutos la casa apareció a sus pies. Él se quedó atrás; ella siempre iba delante los últimos metros. Abrió la verja de un empujón, y dijo:

—Alguien ha estado aquí.

—¿Ah sí?

—Puse una piedra sobre la columna de la puerta —explicó—, y ya no está.

—Bueno, bueno —dijo él—. La habrá agarrado alguien. ¿Tenía algo en especial?

—No —contestó ella—, era una piedra normal y corriente.

Él cerró la puerta a su espalda de otro empujón.

—No me gusta que alguien haya estado aquí —dijo ella.

Él no contestó. Vio que el manzano estaba floreciendo y dijo:

—Mira el manzano.

—Sí —contestó ella—, qué precioso está, ¿verdad?

Ella estaba ya junto a la puerta. Se quitó la mochila. Él se acercó a ella, dejó las bolsas de la compra al lado de la mochila y sacó la llave del bolsillo.

—¿Vas a abrir tú? —preguntó.

—Hazlo tú —contestó ella.

Él abrió con la llave y entró. Dejó la mochila en la cocina y fue al salón. Abrió una ventana y se quedó mirando el fiordo. Ella lo llamó. Él acudió.

—Por favor, iza la bandera —dijo ella.

—¿Ahora? —preguntó él.

—Quiero que la gente sepa que estamos aquí.

La miró, luego fue por las bolsas y volvió a entrar. Sacó la bandera del cajón de la cómoda de la entrada.

—Era siempre lo primero que hacía mi padre cuando llegábamos aquí —dijo ella—. Izar la bandera.

—Sí —asintió él—, ya lo sé.

—No te importa hacerlo, ¿no?

—¿No ves que la he agarrado? —dijo él, acercándose al asta.

Estaban sentados a la mesa de la cocina. Acababan de comer. Ella miraba por la ventana hacia el tupido bosque.

—A que es un lugar maravilloso —dijo.

—Sí —contestó él.

—No creo que nadie tenga un lugar mejor —opinó ella.

Él no contestó.

—Pero me hubiera gustado haber quitado todos esos matorrales de la linde del bosque.

—¿Por qué? —preguntó él.

—Porque… no se puede ver lo que hay detrás.

—No están en nuestra finca —dijo él.

—Es cierto —repuso ella—, pero aún así… Mi padre los quitaba siempre. Permanecieron un rato callados.

—¿Qué vamos a hacer mañana? —preguntó ella.

—¿Vamos a hacer algo? —preguntó él.

—No lo sé —contestó ella—. Remar un poco. Hasta la isla Orm, por ejemplo.

—Aquí se está bien —repuso él.

—Claro que sí. Entonces nos quedamos aquí, ¿sí? Además, hay mucho que hacer.

—Mañana descansamos —apuntó él.

—Pero hay que vaciar la letrina —objetó ella.

—No corre prisa —dijo él.

—No, siempre que se haga en algún momento.

Se encontraban en el muelle de cemento, el sol estaba a punto de ponerse.

—Me encanta este lugar —dijo ella.

Él no dijo nada.

—Ahí, justo ahí es donde me caí al agua.

—Sí —asintió él—, ya me lo has contado.

—Tendría unos cuatro años —prosiguió ella.

—Cinco —corrigió él.

—Sí, tal vez. Me di con la cabeza en una de esas piedras que ves ahí y me hice un profundo corte encima de la oreja, y si mi padre no hubiera… ¿Qué ha sido eso?

—Algún animal —contestó él.

—Alguien ha llamado —dijo ella.

—No, parecía más bien un animal.

—Entremos en casa —dijo ella.

Subieron hasta la casa.

—Tenemos que acordarnos de arriar la bandera —dijo ella.

—No creo que sea necesario —objetó él.

—Siempre lo hemos hecho —dijo ella.

—Sí —asintió él—, ya lo sé.

—Hay una regla que dice que debe hacerse —señaló ella.

—Lo sé —dijo él.

—Quiero que lo hagas, Martin. Si no, lo haré yo.

—De acuerdo, de acuerdo, lo haré.

Al entrar dijo él:

—Voy a abrir una botella de vino.

—Sí, ve.

Ella se sentó en el sofá. Él le sirvió vino en una copa.

—Gracias, así está bien —dijo ella.

Él se sirvió el doble y se sentó junto a la ventana.

—Ahí solía sentarse mi padre —señaló ella.

—Sí, ya me lo has dicho —contestó él—. ¿Y dónde se sentaba tu madre?

—¿Mi madre? Ella… ¿Por qué lo preguntas?

—Simplemente por curiosidad. Salud.

—Creo que solía sentarse aquí, en el sofá.

Bebió unos sorbos de la copa. Permanecieron callados. Él echó la silla un poco hacia atrás para poder contemplar el mar sin tener que volver la cabeza. Dio un sorbo.

—Qué silencio —dijo ella.

Él no contestó. Luego dijo:

—Hay un hombre ahí, en el cabo.

Ella se levantó y se acercó a la ventana.

—Está mirando hacia aquí —señaló ella. Abrió la ventana.

—¿Para qué abres la ventana? —preguntó él.

—Para que vea que hay alguien.

—¿Para qué? —preguntó él.

—Para que se vaya. Ves, ya se ha ido.

Ella cerró la ventana y volvió a sentarse.

Él la miró.

—¿Por qué me miras así? —preguntó ella.

—Simplemente te miro —contestó él—. Salud.

Vació la copa, se levantó, se acercó a la mesa y se sirvió más vino.

—¿Has cerrado la puerta con llave? —preguntó ella.

—No.

—¿Por qué no?

—Vamos a dormir —contestó él—. Nunca hemos cerrado con llave al acostarnos.

—Sólo esta noche —dijo ella.

—¿Por qué?

Ella no contestó. Él salió a la entrada, abrió la puerta y miró hacia la valla y el bosque. Luego cerró con llave. Permaneció unos segundos en la entrada en penumbra, oyendo sólo su propia respiración.

—¿Martin? —lo llamó ella.

Él acudió.

—Creí que habías salido —dijo ella.

Él no contestó. Le dio un gran sorbo a su copa. Ella miró el reloj.

—Voy a acostarme enseguida —dijo.

—Sí, ve —dijo él.

—¿Tú te vas a acostar ya? —preguntó ella.

—Esperaré un poco. Me gusta estar aquí sentado mirando el mar.

—¿Verdad que sí? —dijo ella—. ¿Verdad que este es un lugar maravilloso?

—Ya lo creo —contestó él, mirándola.

—Me parece que me estás mirando de un modo muy extraño —dijo ella.

—¿De veras? —preguntó él.

Ella vació la copa.

—Lo siento, pero tengo mucho sueño —dijo—. Será de tanto aire fresco.

—Sí —contestó él—. Vete a dormir.

Estaba dormida. Él se desnudó y se metió bajo el edredón. Ella dormía de espaldas a él. Al cabo de un rato él le puso una mano en la cadera. Ella se quejó suavemente. Él dejó la mano donde estaba y notó cómo crecía su miembro. Movió la mano hacia abajo. El cuerpo de ella dio un respingo, como si le hubiera dado un calambre. Él retiró la mano y se volvió hacia el otro lado.

Había ido al coche a buscar un trozo de cuerda. Al bajar, se detuvo junto a la verja y se quedó contemplando la casa y la finca. Luego cogió una piedra del suelo y la colocó sobre la columna de la puerta. Bajó hasta la parte delantera de la casa y siguió hasta el cobertizo del muelle, donde ella estaba tumbada leyendo. Colgó la cuerda de un gancho bajo el tejado, luego se sentó de espaldas a la pared, mirando al mar. Al cabo de unos minutos se acercó a ella. Ella levantó la vista y le sonrió.

—¿A que es maravilloso?

—¿El qué? —preguntó él.

—Este lugar —contestó ella.

—Ya lo creo —asintió él.

—¿Por qué no vas por la otra colchoneta y te tumbas aquí al sol? —le sugirió ella.

Él no contestó. Miró hacia la casa, y dijo:

—Las golondrinas aún no han llegado.

—Llegarán en cualquier momento —dijo ella—. Suelen llegar en esta época.

—Si llegan —dijo él.

—Seguro que sí. Siempre lo han hecho. Una vez mi padre las vio llegar. Se metieron volando debajo de la misma teja que el año anterior.

—Sí, ya me lo has contado.

—Antiguamente se creía que cuando una golondrina construía su nido en una casa traía la felicidad a los que vivían en ella.

—Sí —dijo él, y se dispuso a subir a la casa.

Había colocado una tumbona junto al manzano y estaba tumbado mirando al bosque. De repente la oyó gritar su nombre y pensó que había sucedido algo. Se levantó y bajó hacia el muelle. Ella estaba sentada, de espaldas al mar.

—¿Qué pasa? —preguntó él.

Le indicó con la mano que se acercara.

—Acabo de ver otra vez a ese hombre en el cabo.

—¿Y qué? —preguntó él.

—Te he llamado para que sepa que no estoy sola.

Él la miró.

—¿Tienes miedo de que venga a raptarte?

—Martin, no bromees —dijo ella.

Se quedó un rato mirándola, luego se dio vuelta y subió hacia la parte trasera de la casa.

Habían acabado de comer. Al oeste se veía un frente de nubes y el sol bajo había desaparecido tras ellas. Ella estaba sentada en el sofá leyendo; él, de pie junto a la ventana, contemplando el mar.

—Voy a abrir una botella de vino —dijo.

—Me parece bien —contestó ella.

Descorchó la botella y la colocó, junto con dos copas, en la mesa delante de ella. Le llenó la copa hasta el borde.

—¡Cuánto me has echado! —dijo ella.

—Sí —asintió él.

Cogió su copa y fue a sentarse en el sillón junto a la ventana.

—Parece que te gusta sentarte ahí —comentó ella.

—Sí —contestó él.

Ella siguió leyendo. Al cabo de un rato levantó la vista, y dijo:

—¿Has arriado la bandera?

—Sí —contestó él.

—¿De verdad? —preguntó ella.

—No —contestó él.

—¿Por qué has dicho entonces que sí? —preguntó ella.

Él no contestó. Luego dijo:

—Mañana iré a la ciudad a comprar un banderín.

—Ah no —dijo ella—, un banderín no, son tan… Nunca hemos puesto un banderín.

Él no contestó.

Ella dejó el libro, se levantó y fue a la cocina. Él la oyó abrir y cerrar la puerta de afuera, luego se hizo el silencio. Dio un gran sorbo de vino, luego otro. Se acercó a la mesa a rellenar la copa. Se sentó de nuevo y contempló el fiordo. Al cabo de un rato sonó la puerta. La oyó abrir y cerrar el cajón de la cómoda. Ella entró en el salón y se sentó en el sofá.

—Salud —dijo.

—Salud —contestó él.

Bebieron.

—He arriado la bandera —dijo ella—. Lo siento si crees que opino que eso debería ser cosa tuya.

Él no contestó.

—Como siempre lo habías hecho tú… —prosiguió ella—. No sabía que tuvieras algo en contra.

Él no contestó.

—¿Sabes? —dijo ella—, yo nunca lo había hecho. Siempre lo hacía mi padre. Y luego tú. Nunca he estado aquí sola.

—Ya lo sé —dijo él.

Llevaban bastante rato callados. Ella leía. Él había apurado la copa y luego la había llenado de nuevo. Por fin ella dejó el libro y dijo:

—Creo que me está entrando sueño. ¿Qué hora es?

—Las diez y diez —contestó él.

—Entonces no me extraña —dijo ella—. Hoy me he levantado muy temprano.

—Yo también voy a acostarme —dijo él.

—Por mí quédate un poco más —dijo ella, levantándose.

—Bueno —contestó él—. Entonces igual me quedo un rato más.

—Quiero decir —dijo ella—, todavía tienes la copa casi llena.

—Sí, ya —asintió él.

Cuando la casa se quedó en silencio, él se puso el anorak y salió. Estuvo un rato en el muelle, luego echó a andar hacia el cabo. Un pálido gajo de luna se dibujaba sobre la colina al este. El aire no se movía y el gorgoteo del agua entre las piedras de la playa era casi imperceptible.

Permaneció unos minutos en la punta del cabo, luego volvió a buen paso a la casa. Al llegar, abrió otra botella de vino y se sentó en el sofá. Eran más de las once. Una hora más tarde la botella estaba vacía. Colocó las dos botellas vacías una al lado de la otra en la mesa y se levantó. Se quitó el anorak y lo dejó tirado en el sofá. Atravesó la cocina y subió la escalera, abrió la puerta del dormitorio y encendió la lámpara del techo. Ella estaba tumbada de espaldas sin moverse. Él se acercó al armario y sacó una manta. Un montón de bolas antipolilla rodó por el suelo. Volvió a cerrar la puerta del armario ruidosamente. Ella no se movía. Él le arrancó el edredón.

—¡Martin! —dijo ella.

—¡Tú quédate ahí! —dijo él.

—¿Qué pasa? —preguntó ella.

—¡Tú quédate ahí! —repitió él.

Y, sin más, se fue.

Estaba tumbada en el muelle. La vio desde la ventana del salón. Había recogido las botellas y las copas. El anorak seguía en el sofá.

Él salió de la casa y se acercó a la valla. Cogió la piedra que estaba encima de la columna de la puerta y la tiró, luego siguió andando por el camino.

Se metió en el coche y arrancó. Dio marcha atrás hasta la carretera, luego volvió al mismo sitio de antes marcha atrás, y apagó el motor. Permaneció un buen rato allí sentado, inmóvil, mirando al infinito.

Al volver a bajar se encontró con ella.

—¿Dónde has estado? —le preguntó.

—He ido a dar una vuelta, eso es todo —contestó.

—Podías haber avisado —dijo ella—. No te encontraba.

—Simplemente he ido a dar una vuelta —dijo él.

—Me he asustado —dijo ella.

—¿Por qué? —preguntó él.

—Deberías entenderlo, contestó ella. Primero lo de anoche, y luego esto.

—Olvídate de lo de anoche —dijo él.

Ella lo miró.

—Olvídalo —repitió él—. Había bebido demasiado, no fue nada, no sé qué me pasó.

—Me asusté mucho —dijo ella.

—¿En serio? —dijo él.

Empezó a bajar la cuesta, camino de la casa. Ella lo siguió.
Estaba sentado en la punta del muelle contemplando el fiordo. Ella estaba tumbada detrás de él tomando el sol. Dijo:

—¿No es un lugar maravilloso?

—Ya lo creo —contestó él.

(De: Cuentos Reunidos. Traducción: Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo)

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