Un lugar sobre los médanos

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Sylvia Iparraguirre

a mi hermana

La voz llegó desde la otra pieza mezclada con música de la radio. Entredormida, Ana entendió: su madre había dicho que ayudara a Fresia a vestirse. Miró a su alrededor confundida. Allí estaban, la cama de Fresia, desarmada y apoyada contra la pared, un colchón arrollado envuelto en tela floreada y atado con una soga. Canastos y cajas apiladas. El día anterior habían llegado a esa casa nueva en ese pueblo nuevo. Sacó el brazo de abajo de las frazadas y revolvió un montón de puntitos que se movían dentro de la luz del sol. Descubrió a Fresia. Parada sobre una silla miraba por la ventana. Fresia se dio vuelta y vio que su hermana estaba despierta.

—Enfrente hay una chica jugando a la rayuela —dijo.

De un salto Ana estuvo con la cara pegada al vidrio.

Un rato más tarde, después de tomar el desayuno en la cocina llena de ollas y platos en el suelo, que su madre empezaba a ordenar, salieron a la vereda. Hacía frío a pesar del sol y había mucho viento. El día anterior, después de que los hombres terminaron de bajar todos los muebles y los canastos del camión, su padre las había llevado a conocer el pueblo. Era muy chico, con árboles del paraíso en las veredas. No tenía nada de particular, salvo una cosa: en las esquinas y en las bocacalles, extendiéndose hacia las afueras, ondulaban suavemente médanos de arena fina. Su padre les había contado, entonces, algo fantástico. Dijo que cuando salieran a la puerta a la mañana siguiente, el pueblo les iba a parecer distinto, como si fuera otro, porque durante la noche el viento cambiaba los médanos de lugar.

Recordando lo del día anterior, Ana miró primero para una esquina y después para la otra, pero no vio nada extraordinario, la calle estaba igual. Podría ser que no pasara todos los días aunque, fijándose bien, en la esquina de la derecha no vio el zapato viejo y tirado que había visto allí cuando volvían del paseo. Un médano podía haber venido con el viento y podía haberlo tapado. Quiso decírselo a Fresia, pero en ese momento su hermana le tironeaba la mano para cruzar la calle. En la otra vereda, la desconocida jugaba sola. Se acercaron decididas. La chica siguió concentrada en la rayuela.

—Nosotras venimos de Coronel Freyre —dijo Ana—. En vez de mirar a la chica miró a su hermana, que a su vez miraba a la chica con curiosidad. La chica no dijo nada.

—Yo me llamo Ana y ésta es mi hermana Fresia —la chica no les hizo caso.

Ana pensó que el lunes la esperaba una escuela desconocida. Miró a la chica con ansiedad. No parecía enterada de su presencia y seguía jugando muy concentrada. La rabia le borró la timidez.

—En Coronel Freyre vive la Bocachiquita; se cayó de un carro y le quedó la boca chiquita como moneda de diez.

La chica no pareció impresionada.

—¿Dónde queda?

Las dos levantaron la mirada de la rayuela. La chica, repentinamente, había hablado.

—¿Dónde queda qué?

—Eso. Coronel Freyre —dijo la chica.

—Lejísimo —dijo Fresia y señaló para cualquier lado—. ¿Cómo hace este pueblo para moverse?

La chica, a punto de saltar al cielo, quedó con una pierna en el aire.

—¿Qué?

Ana, inquieta, se apuró a explicar.

—Quiere decir que acá los médanos se mueven porque el viento de noche los corre a otro lugar, entonces, a la mañana, cuando mirás por la ventana, aparece otra ciudad.

Sin molestarle no llegar al cielo y sin dar importancia a la palabra ciudad, que Ana sabía era más importante que pueblo y que había elegido para ella, la chica caminó sobre las rayas de tiza amarilla. Se les puso muy cerca. A Ana le gustaba cada vez más esa chica. Era delgada y usaba enormes zapatos gomicuer; a pesar de eso no había cometido ni un solo error en la rayuela.

—¿Quién te dijo eso? —preguntó y parecía que iba a enojarse.

Ana iba a decir «mi papá» y se contuvo. Podía tratarse de una de esas cosas que dicen los grandes para entretener a los chicos.

—Mi papá —dijo Fresia.

La chica se quedó seria, vigilándolas. Consideraba que tal vez pasaran esas cosas en el pueblo y ella todavía no se había enterado.

—Yo nunca lo vi —dijo finalmente—. Ésa es mi casa y tengo un perro: el Boby. ¿Ustedes dónde viven?

Ana y Fresia señalaron la vereda de enfrente.

—Ah —dijo la chica mirando para la casa. Después se agachó a atarse los cordones de los zapatos—. Bueno, ahora me voy, chau —salió corriendo.

La vereda se quedó muy solitaria sin la chica. Ana miró a Fresia, que trataba de saltar en los cuadros amarillos. La chica se había ido y los médanos, por ahora, no parecía que fueran a cambiar de lugar. De repente se acordó. Cómo podía haberse olvidado de algo tan importante.

—Fresia, ¿sabés qué tiene este pueblo?, tiene un palacio y esta tarde lo vamos a ver. —Tomó la mano de su hermana y cruzaron la calle hacia la casa nueva.

Después de mucho insistir, Ana consiguió que su madre, arrodillada en medio de los canastos, sacara a tientas un montón de libros. Se fueron con Fresia al patio de atrás. Ana revolvió entre los libros hasta que encontró el que buscaba. Los apiló prolijamente sobre el pasto. Arriba de la pila puso La Cenicienta. Después llamó a su hermana. Fresia había estado sentada en la tierra y venía sacudiéndose la pollera tableada. Se agachó al lado de Ana.

—Sabés una cosa, Fresia —empezó a decir Ana. Desconcertada por el preámbulo, Fresia se estiró las medias tres cuartos, como cuando estaba inquieta—. Anoche, cuando mamá te estaba bañando, vino un señor a hablar con papá y le dijo que hoy lo esperaban con la familia en el Palacio Municipal.

Miró a Fresia expectante. Fresia a su vez la miró sin mucho entusiasmo. Por fin, un poco distraída, preguntó:

—¿Qué es el Palacio Municipal?

—Mirá, Fresia —dijo Ana y abrió el libro de Cenicienta.

Ahora sí Fresia estaba deslumbrada. Miraba las escaleras blanquísimas, las columnas nacaradas, las guirnaldas de flores que festoneaban el techo, del que colgaba una araña de incontables luces. El piso, brillante como un espejo, reflejaba el vestido celeste de Cenicienta, que bailaba con el Príncipe.

—¿Acá vamos a ir? —preguntó incrédula.

Ana leyó las figuras: el palacio del Príncipe.

—No, a éste no, pero a uno igual que se llama el Palacio Municipal. ¿Te gusta?

—Sí. Entonces vamos a ir —Fresia parecía no poder relacionar muy bien los dos hechos. Señaló con un dedo la página brillante. Como si buscara una explicación dijo—: Contame la Cenicienta.

—Sí, sí… pero acordate que vamos a ir a un palacio, Fresia.

Ahora era la tarde. Ana y Fresia corrían sobre los caminos de grava, alrededor de los enormes pinos. Cada tanto se paraban en seco y miraban para atrás. Al otro lado de la plaza, en la vereda, volvieron a adelantarse. Ana llevaba a Fresia de la mano, se paraba de golpe y la hacía girar a toda velocidad. Media cuadra más atrás, sus padres conversaban con un montón de gente. Su madre hablaba con una señora y las señalaba; después las llamó con la mano. Se acercaron despacio. Unos metros antes de llegar se quedaron quietas, mirando una casa chata y gris, con ventanas grises y un mástil gris con una bandera deshilachada, metido en un cubo de cemento también gris. Dentro del cubo había unas plantitas raquíticas; alrededor del cubo, unos canteros llenos de carbonilla. Unos escalones daban a una puerta muy alta y angosta, por la que estaba entrando la gente. La puerta terminaba arriba con un escudo. La bandera ondeaba tristemente en el viento de agosto. Ana la miró. No era siquiera como las banderas que se pintan flameando, curvadas como olas de seda brillante. Era una bandera completamente fea y desinflada.

Ana y Fresia son estrujadas por tapados y sobretodos. No había otros chicos. Las besan señores con bigotes y señoras con olor a peluquería. Ana, con un desconcierto que pronto es desencanto, mira el salón estrecho como un corredor, después observa a su hermana. Años más tarde, Ana recordaría la cara de Fresia, los ojos muy abiertos recorriendo las paredes grises y desnudas, el techo descascarado. Las sentaron a una mesa apartada y les trajeron naranjada y sándwiches. Miran absortas a un hombre gordo y pelado que dice un discurso debajo del cuadro de San Martín. El cuadro tenía, en uno de los ángulos, un moño argentino. Todos aplauden. Ana dejó el vaso de naranjada sobre la mesa.

—Vamos a la vereda a jugar a la mancha —le dijo a Fresia.

Pero no jugaron. Se sentaron en los escalones, al lado del cubo lleno de carbonilla. Ya era de noche y los huecos oscuros de la plaza les dieron miedo. De golpe, los faroles se encendieron y la plaza se iluminó como una torta gigantesca. No terminaban de asombrarse cuando algo todavía mejor ocurrió. Por uno de los caminos de grava, ahora iluminado, venía, despreocupada, la chica de los zapatos gomicuer. Al lado de ella, olfateando aquí y allá, muy tranquilo, un perro que no podía ser otro que el Boby. La chica se subió a un banco, levantó una mano y les hizo la seña de «vengan»; seguidamente, agitó la mano abierta arriba y abajo, que quería decir «apúrense». El Boby la miraba desde abajo moviendo la cola. Ana y Fresia cruzaron corriendo.
—¿Cuántos años tienen? —preguntó la chica.

—Yo tengo seis —dijo Ana— y Fresia… —antes de que terminara, Fresia, económicamente, levantó una mano y mostró cuatro dedos.
—Faltan tres días para mi cumpleaños —siguió la chica—. Si quieren pueden venir. A mí las muñecas no me gustan —las miró y pareció condescender a una explicación—. Les digo por si piensan traerme algo.

Se quedaron calladas. De golpe, Ana se animó y le dijo:

—¿Viniste a mirar los médanos? —contenta de buscar una complicidad con ella.

La chica asintió gravemente. Ana sintió alegría por primera vez desde que habían llegado a ese lugar. La plaza estaba desierta. Se sentaron en el banco, con Fresia en el medio, balanceando los pies en el aire. Sólo ellas tres y el Boby, como una asamblea exigua y secreta en la soledad de la plaza. Entonces, oyeron el viento; el susurro complacido del viento de agosto bailando entre los pinos, levantándoles el pelo, erizándole el lomo al Boby. Por un rato lo oyeron ir y venir a su antojo por la plaza. De golpe, dejó de soplar. Todo quedó en suspenso. El Boby, echado a los pies del banco, tenía la cabeza alzada, expectante. El farol de la esquina seguía su balanceo mudo: arriba y abajo, la línea de sombra subía y bajaba. A Ana, el corazón le dio un salto cuando descubrió un remolino de arena, redondo, amarillo y veloz como un trompo, que empezaba a formarse en la bocacalle, justo debajo de la luz de la esquina; y, más allá, otro que corría sesgado hacia el cono de luz, y estuvo segura de ver dos más que giraban, chatos y silenciosos, junto al cordón de la vereda.

Deslumbrada gritó:

—¡Allá!

Pero no era necesario avisar. Su hermana y la chica de los zapatos gomicuer, seguidas por un Boby repentinamente eufórico, ya habían empezado a correr.

(De En el invierno de las ciudades, 1988)



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