Un manual para derrocar a Evo

Por Emiliano Guido*

Plataformas ciudadanas, grupos indígenas y medios de comunicación, fortalecidos por el actual contexto regional, iniciaron una intensa campaña política contra la nueva candidatura presidencial de Evo Morales para las elecciones de octubre del año próximo. El gobierno, fortalecido domésticamente tras el discurso soberano contra EE.UU. en la ONU, advierte que la oposición intentará generar una alzada similar a las que se desarrollaron en Nicaragua y Venezuela. El movimiento civil contrario a Evo sigue la obra del politólogo estadounidense Gene Sharp, el gurú de las revoluciones de colores.

Las protestas civiles contra los supuestos regímenes autoritarios y déspotas tienen componentes espontáneos y guionados. El levantamiento ciudadano contra con los gobiernos norafricanos, lo que se conoció como la Primavera Árabe, el ciclo independentista de los países ubicados en el ex anillo soviético –de Serbia a Ucrania– o las manifestaciones contra el gobierno de Nicolás Maduro, más allá de las opiniones que se pueden tener sobre dichas administraciones, tienen un patrón común: la obra de Gene Sharp. El autor del ensayo De la dictadura a la democracia (1993) articula 198 métodos para derrocar gobiernos a partir de tres grandes bloques temáticos: protesta, no cooperación e intervención.

Sharp, ya fallecido, gestó un best seller que se vendió como pan caliente mayormente en países asiáticos y africanos. Él se presentaba como un pacifista. Sus detractores lo descalificaron siempre como un agente encubierto de la CIA. Opiniones. Lo cierto es que fue uno de los primeros ensayistas en sistematizar un manual de acción ciudadano para horadar a gobiernos presidencialistas. Una suerte de aplicación en papel para organizar la rabia contra la intervención estatal en la vida cotidiana de las personas. Sus cinco consejos más conocidos son: promocionar un clima de malestar (denunciar corrupción o autoritarismo), desarrollar campañas a favor de la libertad de prensa, activar manifestaciones violentas, generar guerra psicológica, promover un juicio político contra el presidente.

Repasemos algunas de las últimas noticias políticas más significativas en el país vecino: un colectivo civil escudado en el difuso nombre de “plataformas ciudadanas” se declara en “rebeldía” y convoca a una “resistencia civil” contra la candidatura presidencial de Evo Morales por considerar ilegítimo el fallo constitucional que la habilita; el gobierno denuncia que la Asociación de Productores de Coca (Adepcoca), opuesta a los planes de erradicación del cultivo, está creando grupos paramilitares en alianza con milicias colombianas para enfrentar el poder de fuego estatal; Waldo Albarracín, rector de la Universidad Mayor de San Andrés, tilda de burro al presidente Evo Morales. Diariamente, los medios de comunicación más influyentes machacan sobre la “irregular” nueva postulación del primer presidente indígena boliviano.

Bolivia, un país mediterráneo, una isla rodeada de tierra, hoy es un caso único en el tablero latinoamericano. El discurso de Evo contra Donald Trump y las históricas políticas injerencistas de EE.UU. en el Consejo de Seguridad de la ONU gráfica esa excepcionalidad. Su gobierno es la única administración no alineada al clima de época regional con fuertes indicadores de legitimidad social y crecimiento económico. Los otros socios de ruta del eje bolivariano, Venezuela y Ecuador, atraviesan un momento particular: Maduro no puede contener la inflación ni ordenar la economía, y Lenin Moreno, directamente abandonó el recetario programático de su antecesor Rafael Correa. Ese contexto es interpretado entonces, por la oposición boliviana, débil y dispersa, como una oportunidad de oro para importar el método de protesta civil que tanto éxito tuvo en otros países para agrupar y potenciar el descontento atomizado contra líderes populares.

Nuestras Voces habló con Katu Arkonada, referente de la Red de Intelectuales en Defensa de la Humanidad, una plataforma que agrupa a intelectuales identificados con los movimientos populares latinoamericanos, para tratar de comprender un escenario político, el boliviano, que si bien se presenta calmo, comienza a presentar rasgos de tensión social vistos recientemente en países vecinos; por ejemplo, durante el último gobierno de Dilma Rousseff.

Arkonada, que vivió y trabajó para el gobierno de Morales durante muchos años en La Paz, comienza linkeando las recientes protestas con el calendario electoral en ciernes, que tiene como horizonte a los comicios presidenciales de octubre del año próximo. “En Bolivia no hay oposición desde que el ciclo neoliberal anterior a Evo destruyó por completo el sistema de partidos políticos. Por eso, precisamente, surgió en su momento la actual alianza oficialista MAS: un conglomerado de sindicatos y organizaciones campesinas, que se articulaba a su vez con el movimiento indígena. Pero, repito, en esa misma etapa, todos los partidos políticos tradicionales –tanto de izquierda, centro, o derecha– se desintegraron. En el actual contexto, los principales referentes opositores, desde Samuel Doria Medina, promotor de ventas estatales durante su paso como ministro, hasta Rubén Costas, que representa a la derecha local más reaccionaria, la que apaleó y golpeó indígenas en la alzada separatista del 2006, siguen sin ser figuras convocantes”, establece Arkonada.

Y, a continuación, advierte: “En ese sentido, los medios de comunicación aparecen como el rival de mayor fuste contra el MAS. Es obvio que en este escenario se va a intentar desestabilizar lo más posible al gobierno, e intoxicar la imagen presidencial, para precisamente darle alguna chance a la oposición. No será, entonces, precisamente, la primera vez que, partes del movimiento indígena y campesino, intenten ser cooptadas por la élite local para que sean funcionales a su estrategia desestabilizadora. Eso se vio claramente durante las movilizaciones de los pueblos originarios contra la construcción de la carretera TIPNIS, alegando impacto ambiental sobre la Amazonía”.

Evo Morales aparece, entonces, como el político más popular de su país pero, a su vez, como el dirigente más convocante del movimiento partidario que lo llevó al poder. Arkonada no lo menciona pero la poca renovación entre la dirigencia opositora también se da en el oficialismo. Por eso, la mayor novedad del escenario boliviano se manifiesta en la posibilidad de que los rivales del MAS recurran a un camino desestabilizador nuevo -luego del fracaso separatista montado en la región de Santa Cruz– y más ingenioso para que, articulado con un contexto regional fértil en golpes blandos contra los gobiernos populares, pueda por fin tumbar al indio molesto de Morales.

Arkonada aclara que la permanencia de Evo y el MAS al frente del Palacio Quemado dotó al oficialismo de cierto know how para blindarse ante la intromisión externa en los asuntos internos: “En Bolivia, varias agencias estadounidenses que han servido de soporte insurreccional en el país, como la USAID y la DEA, han sido expulsadas por su deliberada injerencia en los asuntos internos”.

Por último, Katu Arkonada entiende como válida la hipótesis de que las plataformas ciudadanas recurran a la principal tesis de desgaste promovida por la mencionada obra cumbre de Gene Sharp: “Tratar de corroer el principal factor de legitimidad en cuestión”. En Bolivia, claro, ese factor de poder y de legitimidad está, por obvias razones, centrado en el movimiento indígena.

“Es evidente el movimiento indígena es importante para desgastar la figura de Evo, pero todo parece indicar que el principal ataque opositor va a provenir de las llamadas plataformas ciudadanas. Poco tiempo atrás, esa amalgama confluyó detrás del No a la reelección de Evo y lo hizo con cierto éxito porque oponerse a determinado hecho del gobierno es mucho más simple que construir un verdadero partido político. Entonces, probablemente, repitan ese camino porque no tienen elementos ni legitimidad para construir una alternativa electoral competitiva. De aquí a octubre del año próximo se vienen unos meses de mucha inestabilidad y conflictividad social”, pronostica Arkonada.

* Periodista especializado en política internacional. Forma parte del Programa de Integración Regional y Financiamiento para el Desarrollo en Fundación SES (Argentina). Ganador del Premio José Martí (2006) otorgado por la agencia Prensa Latina.

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