Un plato de comida

Por Luis Bruschtein

Imagen: Télam

“Nunca pensé que poner un plato de comida en la mesa de un pobre generaría tanto odio de una elite que se harta de tirar comida a la basura todos los días”. “Nunca pensé que íbamos a estar presos por construir casas para los pobres”. La del principio la dijo Lula, la otra Milagro Sala. Los dos nacieron en la miseria y se convirtieron en referentes de su clase. Lula llegó a presidente de su país y Milagro Sala se ganó la acusación de haber construido un Estado dentro del Estado. Un juez de su país condenó a Lula a nueve años de prisión por un supuesto acto de corrupción del que no se presentaron pruebas. Milagro Sala cumplió dos años de detención ilegal, con acusaciones parecidas, muchas de las cuales se han ido cayendo porque son insostenibles.

Lula sabe que poner un plato de comida en la mesa del pobre provoca ese odio. Con su frase, enfatiza lo que sabe. Milagro también, lo sufrió en carne propia y desde mucho antes que ahora. Los dos saben del odio, porque vienen de muy abajo, de familias que pasaron hambre, viendo como los ricos tiraban comida a la basura, como dijo Lula. Incluso sufrieron la marginación y la miseria, como en el caso de Milagro.

La clase alta tiene odios y tiene intereses. La organización que había construido Milagro Sala ya se había convertido en un obstáculo para esos intereses y eso le valió su odio. No solamente porque ganaba contratos de construcción de vivienda social porque las hacía a la mitad del precio que cobraban las grandes constructoras, sino porque la dimensión de la organización ya la convertía en fiscal obligada de cualquier gobierno. Nunca se hubiera caído la acusación contra el magnate Carlos Blaquier por su responsabilidad durante la dictadura en la Noche de los Apagones si Milagro estaba en libertad. Para liberar a Blaquier, tenían que meter presa a Milagro. Un gobierno de derecha tenía que destruir esa organización.

En la teología de gran parte de la clase media son importantes la casa propia, el automóvil, o la piscina en la casa o en el club. Los considera la medida de sus logros en la vida. Ese pensamiento es receloso de cualquier factor que le haga sentir que está en riesgo esa preeminencia que logró con esfuerzo. Y no le causa gracia que los sectores más vulnerables tengan así como así, “sin mérito ni esfuerzo”, una casa digna y hasta una pileta de natación inmensa como había en los barrios que construyó la Tupac Amaru.

Los ricos, que buscaron el respaldo social electoral para destruir a la organización y a la dirigente que los estorbaba, pudieron transformar ese recelo en el odio meritocrático de gran sector de las capas medias, que fácilmente aceptó el discurso infame de que toda medida de justicia y reparación social equivale a corrupción y demagogia. “Sontodochorros”, “garralapala” y otras palabras que circularon tanto en las redes clasemedieras, expresaron esa idea de que construir casas baratas y dignas para los pobres es una forma de estimular el no esfuerzo, la vagancia y crear bolsones de corrupción.

El odio de los ricos porque sus intereses estaban en juego estimuló así el odio de un sector de capas medias y hasta de sectores humildes cooptados por esa inercia hegemónica y le permitió ganar las elecciones, encarcelar a Milagro y destruir su obra. Su detención tuvo un beneficio. Porque habían construido un mito monstruoso con su persona, acusándola de crímenes horribles que cuando llegó la hora de demostrarlos quedó muy claro que eran todas mentiras.

En estos dos años, Milagro recibió un mensaje de apoyo y un rosario del Papa Francisco, su detención fue repudiada por los organismos de derechos humanos de todo el país, pero también los de la ONU y la OEA y la Corte Interamericana reclamó por su libertad.

Publicaciones de todo el mundo como las británicas The Guardian y Domus, especializada en arquitectura, mostraron su sorpresa por la detención de la líder de la Tupac Amaru tras realizar notas sobre la obra de Milagro Sala en Jujuy. Y publicaron una impresionante galería de fotos de las viviendas, centros de salud, colegios, fábricas y talleres que había construido la Tupac Amaru.

Milagro fue la primera presa política del gobierno de Cambiemos. Y ya son casi 20. A lo largo de los últimos 60 años, muchos dirigentes peronistas sufrieron la cárcel con gobiernos conservadores o derechistas, dictaduras y demás. Y en muchos casos, los que fueron presos de esos regímenes, después fueron gobierno, como legisladores, gobernadores o presidentes, incluso, y algunos de sus carceleros fueron a parar a la cárcel, pero todos, no se salvó ni uno, terminaron en el calabozo de la historia. Es una experiencia que debería tomar en cuenta el gobierno de Cambiemos.

17/01/18 P/12