Un pueblo cómplice

Por Juan Manuel Cincunegui | Tu Voz, el lugar donde opinan los lectores

La Argentina macrista es un genuino ejemplo de la Argentina de siempre. El macrismo no es una anomalía, sino la rutina golpista que ahora llega al poder a través de un proceso electoral y confirma lo que supimos siempre: los militares nunca estuvieron ni actuaron solos. Muy por el contrario, fueron una genuina expresión de una parte nada despreciable de la población nacional. Hubo cómplices ayer, y fueron largas porciones de la población las que justificaron o practicaron la indiferencia ante los brutales ataques a la vida y dignidad de las personas. Hoy Argentina renueva su tradición autoritaria con el beneplácito de una cuota electoral considerable.

Un joven de 21 años fue asesinado a sangre fría por las fuerzas de seguridad del Estado. El hecho rememora el reciente incidente en el cual murió Santiago Maldonado, el joven desaparecido durante casi tres meses, cuyo cadáver (muchos aun lo creen) fue plantado por la misma fuerza de seguridad que mató a Rafael Nahuel durante un operativo similar.

La Vicepresidente de la Nación, Gabriela Michetti, hizo declaraciones a propósito del incidente. También las hicieron los Ministros de Seguridad y Justicia. En todos los casos, el propósito de sus intervenciones fue blindar el accionar de las fuerzas represivas, en algunos casos con notorias distorsiones o incluso mentiras respecto a lo sucedido, algo habitual entre los funcionarios macristas.

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Michetti alegó que los mapuches son terroristas (algunos periodistas acompañaron las palabras de la vicepresidente relacionado al grupo indígenas, sin temor al ridículo, con las Farc o con Isis). En una intervención televisiva, Michetti vituperó a un periodista que cuestionó la versión oficial, y le pidió decencia y sentido común. Exigió que se dejara de hurgar en la acción de las fuerzas de seguridad. La razón es sugerente: “Ellos están allí para servirnos”, por lo tanto, debemos otorgarles el beneficio de la duda, “porque nos cuidan”.

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La Ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, cuyas acciones le han valido ridículos memorables desde el primer día de su gestión, volvió a reiterar que ella (el gobierno) es un solo corazón con las fuerzas de seguridad, y expuso las circunstancias del caso en conferencia de prensa. Las aseveraciones de la ministra fueron desmentidas enteramente por los investigadores judiciales.

Entre las más graves mentiras de Bullrich, la afirmación de que los mapuches involucrados llevaban consigo armas de fuego fue la más flagrante. Por lo que sabemos, sus armas no pasaban de boleadoras, lanzas y puñales. Las fuerzas de seguridad, en ventaja desproporcionada en términos de efectivos presentes y armamentos, dispararon, ellos sí, con armas de fuego. El joven asesinado fue ejecutado con un tiro por la espalda.

La prensa argentina oficialista reaccionó con histrionismo. Por un momento creímos que se trataba de indignación, pero pronto los funcionarios macristas y los editores de sus programas lograron traducir el asesinato a sangre fría a mero error de cálculo o dificultad inherente en los equilibrios que implica la seguridad en nuestro país; y la violación a los derechos humanos, en meros daños colaterales en la lucha por hacer de nuestro país, dicen ellos, un país serio.

El imaginario de ese país para pocos, cuya seriedad aparentemente nos beneficiaría a todos, exige todo tipo de sacrificios. La vida de Nahuel es insignificante, como el bienestar de los ancianos despojados de sus últimos años de vida, o los laburantes reconvertidos en esclavos de la nueva dispensación neoliberal que el presidente y su equipo impone a la Argentina a pasos acelerados.

La sociedad argentina está desquiciada. El macrismo tiene la piel muy fina cuando se lo critica, y ejercita el poder de manera chabacana y autoritaria. Una parte de la población está cautiva y desconcertada, pero otra parte (numerosa y patotera en sus expresiones) observa con entusiasmo notorio la avalancha de violaciones flagrantes a los derechos básicos, y con perversión festeja la mano dura, o mira para otro lado, con la esperanza de participar en la repartida del botín que el gobierno está logrando arrancar al pueblo en su conjunto.

La Argentina macrista es un genuino ejemplo de la Argentina de siempre. El macrismo no es una anomalía, sino la rutina golpista que ahora llega al poder a través de un proceso electoral y confirma lo que supimos siempre: los militares nunca estuvieron ni actuaron solos. Muy por el contrario, fueron una genuina expresión de una parte nada despreciable de la población nacional. Hubo cómplices ayer, y fueron largas porciones de la población las que justificaron o practicaron la indiferencia ante los brutales ataques a la vida y dignidad de las personas. Hoy Argentina renueva su tradición autoritaria con el beneplácito de una cuota electoral considerable.

Algunos momentos “anómalos” nos hicieron creer que Argentina era otra cosa: un pueblo decente y bienintencionado cooptado por la maldad de élites espectrales. El pueblo argentino, sin embargo, es lo que todos los pueblos, nada más y nada menos, una mezcla de mediocridad y perversión notoria, con destellos excepcionales de valor y compromiso ético y político. Eso explica la presente dispensación de sobradas maneras. El electorado convirtió en presidente a quien hoy conduce el ejecutivo sin miramientos y evidentes intereses de clase, y le volvió a dar la victoria dos años después, confirmando las complicidades del pueblo argentino con los horrores de antaño y los crímenes que su gobernantes perpetran en el presente.

Nuestras Voces

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