Un Rey Mago en Pollensa

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Alvaro Mutis

Para Camila, Catalina y Nicolás

No había vuelto a encontrarme con él desde cuando mi esposa y yo fuimos a verlo a Pollensa y allí Maqroll nos relató su historia con Jamil, el hijo de Abdul Bashur y de Lina Vicente, y la irremediable tristeza que le había causado el tener que separarse del niño que partió al Líbano con su madre.

Varios años después tuve que viajar a Amberes, invitado por la Televisión Belga para participar en un programa sobre belgas ilustres emigrados a Latinoamérica. En un descanso de la grabación, se me acercó uno de los ayudantes del director y en voz baja me dijo rápidamente: «Su amigo Maqroll está en el Hospital de la Marina Mercante. Vaya a verlo. No es nada grave pero su visita le hará bien». No pude obtener más detalles porque siguió de inmediato mi diálogo con el presentador y, al terminar, no conseguí saber quién era el que me había hablado. A la salida de los estudios detuve un taxi y, cuando le expliqué a dónde quería ir, me contestó en un exceso de honestidad poco frecuente en esa profesión: «Ese hospital está a la vuelta de los estudios, al fondo de una calle sin salida. Vaya caminando, le toma tres minutos llegar allí». Así lo hice y cuando pregunté en la recepción por mi amigo, una enfermera que llenaba el formulario de una historia médica, me dijo en flamenco: «Venga conmigo, yo lo acompaño». Era una típica flamenca de formas generosas y tez transparente de una frescura admirable. Por sus facciones corría una sonrisa con ese vago acento de congoja, siempre presente en las vírgenes de la pintura de Flandes.

Allí estaba Maqroll, con las dos piernas enyesadas, sentado en una silla de ruedas y con la mirada perdida en algún paisaje interior hecho de mar, desesperanza y resignada aceptación. «Por el hermano de Renée —me explicó señalando a la enfermera— supe que usted estaba aquí y con él le envié el recado de venir a verme.» La sonrisa de la mujer se extendió en una franca señal de simpatía y, después de arreglar las almohadas que sostenían la cabeza del Gaviero, se retiró despidiéndose en flamenco. Para darle las gracias y expresarle mi simpatía, tuve que desempolvar las pocas palabras de esa ardua lengua que había aprendido en mi niñez en Bruselas. Maqroll hizo algún comentario en el mismo idioma que no entendí pero consiguió que subiera el rubor a las mejillas de la amable Renée.

«¿Pero, qué le pasó, por Dios. A qué horas vino usted a parar a este hospital del puerto que más ha frecuentado en su vida, según usted mismo suele repetir?» —le pregunté, en verdad intrigado ante esa forzada inmovilidad de alguien en quien la quietud se me había siempre antojado inconcebible.

«Me fracturé las dos piernas en las bodegas del puerto, cuando fui a revisar una carga que íbamos a subir al Aconcagua, un carguero de mala sombra en el que navegaba como asistente del contramaestre, cargo, como usted debe saber, desconocido en la marina mercante pero que el Capitán, viejo amigo, inventó para mí. Se soltaron las amarras que aseguraban en la plataforma de la grúa unos cajones de maquinaria y un engranaje de cincuenta kilos vino a estrellarse contra mis piernas, con el resultado que usted ve.» Alguna alarma debió notarme en la cara, porque, de inmediato, me tranquilizó: «Nada serio, volveré a caminar normalmente cuando suelden los huesos. Ni sueñe que me va a ver andando con muletas el resto de la vida» —y soltó una carcajada de esas tan suyas, que van a perderse al fondo del pecho sin salir nunca totalmente al exterior.

Ya más tranquilo, me lancé a esa serie de preguntas sobre su vida y milagros después de nuestro último encuentro, que constituyen siempre lo esencial de nuestra relación. Es así como nos internamos en una cadena de episodios, todos teñidos de esa semitiniebla en la que transcurren los días de mi viejo amigo. Estaba ya muy entrado el mes de diciembre, y no sé por qué, se me ocurrió, de pronto, comentarle que, de seguro, tendría que pasar la Navidad en esa silla de ruedas, bajo la afable vigilancia de Renée la enfermera. «Es una buena muchacha y sabe acompañar con esa mansa discreción de las hembras de su raza.» No necesitaba yo mayores explicaciones para adivinar a dónde iba a terminar, Maqroll ya recuperado, tan al parecer inocente relación. Desde luego no le hice ningún comentario al respecto, en primer término porque hubiera sido de una obviedad rayana en lo necio y, segundo, porque no es el Gaviero hombre que suela franquearse en ese terreno.

«Pero, volviendo a la Navidad —pasó a comentarme Maqroll—, le confieso que ahora es una época que tiene la curiosa condición de comunicarme una mezcla de nostalgia y agradable bienestar que antes no conocía. Esa fecha solía pasarme casi inadvertida. ¿Y sabe a quién debo ese rescate de un tiempo gozoso? Al pequeño Jamil. Desde la primera Navidad que pasamos juntos en Pollensa, cambió para mí por completo mi relación con ese día.»

«¿Y qué tiene que ver Jamil en ese cambio? Es algo que no puedo imaginar» —le comenté un poco para distraerlo en su inmovilidad y otro poco por pura y simple curiosidad ante una relación tan ajena al Gaviero, al menos al que había conocido antes de su encuentro con el hijo de Abdul.

«Es muy sencillo —contestó—, se lo voy a contar porque ahora caigo en la cuenta de que es algo que no mencioné cuando nos vimos en Pollensa y les conté a usted y a su esposa mi vida con Jamil en ese puerto. Pues bien, recuerda que quien me ayudó con tanto cariño como empeño en darle al niño un marco familiar y una cierta educación, fue nuestro querido Mossén Ferrán, que en paz descanse, en cuya casa nos reunimos con ustedes en una noche inolvidable. Mossén Ferrán insistió en que Jamil asistiera a la escuela parroquial y así se hizo. El resultado, como recordarán, es que el niño acabó hablando un mallorquín fluido y participando en la vida cotidiana de sus compañeros de estudios. Cuando llegó el mes de diciembre y comenzaron los preparativos de Mossén para celebrar la Navidad, éste me anunció su propósito de que Jamil actuara en una breve representación de la visita de los pastores y de los Reyes Magos, que se iba a efectuar en la iglesia parroquial durante la misa de medianoche que ustedes llaman Misa de Gallo. Se trataba de un cuadro sin diálogo que se presentaría en un pesebre construido al efecto en una de las capillas de la iglesia contigua a la sacristía. Le pregunté a Mossén qué papel pensaba que le correspondería a Jamil y me contestó que el que el niño escogiera: podía ser o pastor o Rey Mago. Esa misma noche, en nuestra buhardilla de los astilleros, le conté a Jamil el proyecto de Mossén y él, sin dejarme terminar, me dijo con aire que no dejaba lugar a dudas: «Yo quiero ser Rey Mago. Seré por una vez Jamil al Malik». No creo necesario decirle que Malik quiere decir rey en árabe, lengua materna de Jamil. Si quiere que le confiese algo, le digo que desde ese instante me di cuenta de que habíamos desencadenado en el hijo de Abdul todo un abigarrado mundo de fantasía, bien propio de su raza y de su temperamento soñador y febril y propio también de sus siete años. El asunto ya no tenía remedio y al día siguiente así se lo comuniqué a mi amigo el párroco, quien se limitó a sonreír encantado con el giro que tomaba su idea. Faltaba una semana para la Navidad y Jamil comenzó a participar en los ensayos con un empeño y una convicción que iban creciendo al paso de los días. Dos antes de la celebración se hizo el ensayo general con trajes. Y allí comenzó lo que debía ser para mí la razón profunda de mi rescate de la fiesta navideña, que había dejado en el olvido durante tantos años como los que he dedicado a navegar por esos mares de Dios, desde terminada mi niñez y apenas iniciada mi adolescencia. Los intérpretes de la modesta pastorela, si así podía llamársele, se vistieron con los trajes adecuados a la ocasión, en la sacristía. Mientras tanto, yo esperaba sentado junto a Mossén Ferrán en la primera fila de las sillas destinadas al público en la nave de la iglesia. Entró primero la pareja de niños que hacían de San José y la Virgen María, siguieron luego los pastores vestidos con unas pieles de cordero, tan poco convincentes como sus rostros regocijados y bien poco devotos en su expresión. Por fin aparecieron los Reyes Magos. El primero, con la cara embadurnada de hollín, representaba al rey negro; el segundo, con una barba rubia de Carlomagno de pacotilla, trataba de ajustarse la corona de papel dorado que se le caía sobre la frente a cada instante. De último entró Jamil. Me quedé estupefacto. Caminaba con la altiva severidad de un monarca, la mirada fija en una distancia indefinible, una mano en el pecho y la otra llevando el cetro de cartón y hojalata con una naturalidad de monarca nacido en la púrpura. Sus facciones, de marcado diseño levantino, tenían la inmovilidad de un califa impartiendo justicia. Mossén Ferrán volvió a mirarme con gesto entre asombrado y divertido. A las instrucciones escénicas que impartió a los actores, todos obedecieron con torpeza apresurada, menos Jamil que se desplazaba como si siempre hubiera vivido en la corte de los Omeyas. Mossén repitió los ensayos hasta que los intérpretes memorizaron a la perfección los gestos, bien sencillos por cierto, que debían ejecutar. Poco después salieron de la sacristía empujándose unos a otros y repitiendo en burla los pasos y gestos que habían aprendido. Jamil apareció de último, sereno y con la mirada febril. Vino a mi lado y me dijo con seriedad que llegó a imponerme: «Vámonos. Todo fue muy fácil. La corona me apretaba un poco, pero ya la arreglé».

»Al día siguiente —prosiguió el Gaviero en un tono que traicionaba un entusiasmo que en vano trataba de controlar— Jamil no quiso salir a pescar conmigo, ni tampoco ir a la escuela donde se ultimaban otros preparativos para la fiesta. Se mantuvo largas horas asomado a la ventana de la buhardilla, mirando a la bahía y al puerto, abstraído de seguro en sus fantasías de monarca destronado. A las ocho de la noche ya estaba vestido con sus galas de Rey Mago y ensayaba una y otra vez la corona de cartón dorado, tratando de que se mantuviera firme en su cabeza. Llegamos a la Misa de Gallo dos horas antes y él se refugió en la sacristía en donde el sacristán iba y venía preparando el pequeño escenario al lado derecho del altar. Salí al atrio para fumar una pipa y allí me sorprendió Mossén Ferrán, quien, al verme tan temprano, entendió de inmediato de qué se trataba y se limitó a sonreír mientras me comentaba: «¡Ay, Gaviero, me temo que vamos a tener rey para rato!». Asentí resignado y esperé a que comenzara a llenarse la iglesia para ocupar mi sitio en la primera fila de bancas, junto a los notables del lugar. Bien, ya sé que usted atribuirá a mi nostalgia de Jamil y a la ternura intacta que aún conservo por él, si le cuento que la breve escena preparada por mi amigo el párroco fue un espectáculo conmovedor. Mi atención estaba centrada en el hijo de Abdul, que extremó esa noche la interpretación de su personaje hasta tener en cada gesto una hierática majestad de emperador bizantino. En el momento en que se inclinó ante el muñeco de porcelana que, con los brazos abiertos hacia él, figuraba al Niño Jesús, se me humedecieron los ojos con lágrimas que no recordaba haber vertido desde mis años de niñez. Terminada la misa y, con ella, el cuadro alegórico, los figurantes entraron a la sacristía para cambiarse de ropas. Esperé un buen rato, hasta cuando Mossén Ferrán se asomó para hacerme seña de que entrara con él. Ya no había allí nadie distinto del sacristán que guardaba las prendas de los actores y los ornamentos del celebrante en un enorme baúl forrado de piel y mi amigo el párroco que miraba hacia una esquina en donde Jamil, altivo y silencioso, se negaba a despojarse de sus atributos reales. Me acerqué para explicarle que debía hacerlo, porque no nos pertenecían ni podíamos llevarlos a los astilleros sin riesgo de dañarlos. No hubo argumento que valiera y, finalmente, Mossén asintió compasivo y partimos a nuestro refugio. En el trayecto Jamil no me dirigió la palabra, pero escuché que murmuraba largas frases en árabe que no alcancé a oír claramente.

»Jamil se metió en su lecho y dejó, sobre una pequeña repisa donde estaban alineados algunos de sus tesoros rescatados en la playa, la corona dorada y el cetro de cartón y hojalata. Le confieso, de nuevo, que esta actitud del niño me conmovía a tal punto que no supe qué decirle distinto de desearle las buenas noches y darle un beso en la frente. Me fui a dormir, no sin tener que esperar un sueño que no venía. En la mañana, me despertaron unos ruidos inusitados en el tejado de cinc del galpón principal que nos servía de habitación y abrí la ventana para ver de qué se trataba. Imagine mi pánico al ver a Jamil, en la parte más alta del tejado, donde se unen las dos alas del mismo, vestido con su disfraz de Rey Mago y arengando en un árabe salpicado de dialecto tunecino que hubiera puesto la piel de gallina a su padre, que se preciaba de hablar el árabe más puro. Se dirigía a los habitantes de Pollensa que, sin duda, aún dormían y a los que llamaba sus súbditos. Alguas palabras malsonantes dedicó a los nórdicos turistas, con los que nunca había simpatizado. Le digo que mi susto fue mayúsculo. Un movimiento en falso y el niño iba a rodar sin remedio por el tejado y a estrellarse en el suelo. En voz lo más tranquila posible, le pedí que se quedara allí quieto mientras trataba de rescatarlo con una escalera de extensión. Me miró con soberano desdén y comentó, volviendo la cara hacia la bahía: «Los reyes no se caen, Gaviero». Fui por la escalera y subí hasta llegar a donde él estaba. Se me lanzó a los brazos, temblando de miedo.

»Al mediodía asistimos a la comida de Navidad, fiesta que allí se celebra el día 25, y que ofrecía el párroco, nuestro amigo y protector. Allí se despojó Jamil de sus arreos reales sin decir palabra. Sentado a mi vera, en la mesa del modesto banquete navideño, se acercó al oído para decirme en voz muy baja: «Ya no soy Jamil al Malik, Gaviero». Una vez más se me hizo un nudo en la garganta y apenas conseguí sonreírle sin mayor convicción.

»Pues bien, mi querido cronista y amigo, esa misa de medianoche y esa comida navideña me restituyeron, para el resto de mis días, la alegría espontánea e indeleble de las fiestas navideñas. Por eso las espero aquí, clavado en esta silla, con una ilusión que antes se me había borrado de la memoria».

Le comenté que me alegraba en extremo que hubiese reconquistado esa dicha de la infancia y me dispuse a partir. En ese momento entró la bella Renée para decirnos que se terminaba el tiempo de las visitas. Maqroll le pidió en flamenco que me acompañase hasta la salida del hospital y ella asintió con sonrisa encantadora.

Ya en la puerta, no sé por qué se me ocurrió preguntarle: «Pero dígame, Maqroll, ¿cuándo aprendió usted tan bien el flamenco?» «Lo aprendí de mi madre» —me repuso en tono cordial pero levemente desafiante. En ese instante me di cuenta, con asombro, de que era la primera vez, en ya casi medio siglo de conocerlo, que mencionaba un dato en relación con su familia y su niñez. Caminando por las calles de Amberes, en dirección a mi hotel, seguí meditando sobre esta inesperada noticia que interpreté, no sé muy bien por qué, como un adiós de mi errante y siempre inasible amigo. Me invadió una vaga tristeza que me llevó a no dejar mi habitación hasta el momento de tomar el tren que debía llevarme a París. Muchos días después perduró esta impresión de pérdida irremediable que me tortura aún de vez en cuando.

(De: Relatos de mar y tierra, Random House, 2018)

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