Un tipo enamorado

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Stephen Dixon

Dijo ella: «Estás loco, Mac» y cerró la puerta. Golpeé. Dijo: «Déjame en paz, ¿sí?». Toqué el timbre. Dijo: «Por favor, no armes un escándalo». Pateé la base de la puerta. Dijo: «Mac, los vecinos. Por tu culpa van a llamar a la policía y me van a echar». Dije: «Entonces déjame pasar». Dijo: «Tal vez otro día». Dije: «Un minuto, nada más, para explicarte». Dijo: «No hay nada que explicar. Terminamos. No tendríamos que haber empezado. Empezamos y ya se ha terminado. Así que vete. No hagas que me echen a la calle. Es una propiedad luminosa y barata. Me llevó mucho tiempo encontrarla. Me gustan el departamento, el edificio y el barrio, y no quiero irme. Vete tú. Déjame en paz, ¿sí? Sé que mañana verás las cosas de otro modo».

Bajé las escaleras y salí del edificio. Al descender la escalinata de la entrada, me crucé con la mejor amiga de Jane. Dijo Ruth: «Hola, Mac, ¿has venido a ver a Jane?». Dije: «Sí, ¿y tú cómo estás, Ruth? Lindo día. La verdad, toda la semana ha estado fantástica. Qué buen clima nos ha tocado. Mira el cielo. No, lo digo en serio: mira de veras el cielo». Señalé. Miró. Dije: «Más azul imposible. Y después la gente habla de contaminación. Claro que también dicen que la mayor parte de la contaminación es invisible. Lo dicen los expertos, a ver si me explico, dicen que lo que parece ser aire limpio cuando el cielo está despejado no es necesariamente aire limpio, sino sucio, porque la mayoría de los contaminantes, a raíz de no sé qué sobre las partículas y la refracción, no puede verse a simple vista. A lo que voy es: ¿no da gusto que incluso cuando el aire está sucio parezca limpio? Aunque no lo esté, quiero decir. O, en realidad, lo dicen ellos, los expertos».

–Es un lindo día, como dices. Y supongo que Jane estará en casa, así que nos vemos, Mac. Que estés bien.

–Tú también, Ruth, y dale mis saludos a Jane. O, mejor, mi amor. Aquí tienes, dale mi amor –y escribí en la página de un anotador «mi amor», arranqué la hoja y se la di a Ruth y dije–: Dásela a Jane. Dile que se la envío con mi más profundo amor –y escribí en otra hoja «mi más profundo amor» y se la di a Ruth–. Dile por favor que le mando estos mensajes con todo mi amor, –y en una tercera hoja escribí «todo mi amor» y se la di a Ruth–. Que pases un buen fin de semana –dije. Dijo: «Tú también», y subió por la escalinata y yo crucé la calle. Miré el departamento de Jane en el tercer piso. Todas las persianas estaban levantadas. Las ventanas del dormitorio y el baño estaban abiertas unos cuantos centímetros, la de la sala estaba cerrada. La lámpara de techo del dormitorio estaba encendida, las de la sala y el baño estaban apagadas. Jane abrió la ventana de la sala de par en par y se puso a regar las plantas. En eso se dio vuelta para mirar adentro del departamento. Dejó la regadera entre dos macetas que estaban sobre el alféizar y se retiró de la ventana. Probablemente fue a abrir la puerta. «Hola», le diría a Ruth mientras la invitaba a pasar. Ruth diría «hola» o «qué tal» y se darían un breve abrazo o un beso en la mejilla o en el aire junto a la mejilla, pero no un beso y un abrazo. Ruth se quitaría el abrigo y lo dejaría sobre la silla que se halla junto a la puerta, como hacía siempre o al menos siempre que yo estaba presente, y Jane tomaría el abrigo de la silla y lo colgaría en el placar que está frente a la puerta como hacía casi siempre que yo estaba presente cuando Ruth dejaba su abrigo sobre la silla. Ruth le mencionaría que me había visto y le mostraría a Jane las hojas. Jane las leería, frunciría el ceño, diría que esos mensajes eran un indicio de lo que consideraba mi locura cada vez mayor en relación con ella o quizá tan solo mi locura cada vez mayor. Diría que estaba harta de que yo insistiera con verla cuando ella no quería. Que estaba indignada de que yo le dijera cuánto la quería cuando ella ya no sentía por mí sino pena, y quizá ni siquiera eso. Seguirían dale que dale con ese asunto. Ruth diría que yo me había comportado de manera algo extraña abajo. Jane diría:

–¿Extraña en qué sentido, aparte de escribir estas notas?

–No paraba de hablar sobre la contaminación y la refracción y la ilusión de que el cielo es azul y demás y de pedirme que mirara el cielo aunque lo he visto mil veces esta semana y puedo apreciarlo muy bien sin que me lo indiquen y, de hecho, lo aprecio mucho mejor cuando la gente no me obliga a hacerlo. No supe cómo tomarme su actitud.

–Yo me la tomo de este modo: si viene de nuevo por aquí, voy a llamar a la policía. No sé cuántas veces le dije en persona y por teléfono y una vez hasta por carta que me deje tranquila. A esta altura cualquier persona normal y razonable lo habría entendido. Mac no. No entiende porque no quiere entender. Es como un niño, quiere tener lo que le han dicho muchísimas veces que no puede tener, incluso aunque le haga daño. Y esa es una de las cosas por las que dejó de resultarme atractivo. Otra es que con el tiempo simplemente dejé de tenerle cariño.

–Bueno, desde un principio yo nunca creí que fuera alguien bueno para ti. Siempre se esforzaba tanto por caerme bien… Había algo muy pero muy raro en su manera de comportarse –y no es que hablara demasiado o fuera inquieto–, algo que me daba miedo o a veces me causaba rechazo.

–Al principio me dio la misma impresión, pero después de vernos un par de veces ya no me pareció raro. Se volvió natural y amable. En fin, perdió su nerviosismo o su naturaleza rara o como quiera que lo llames –que lo llame un médico– y se volvió dulce y tranquilo y generoso y tuvimos una relación agradable cerca de un mes, hasta que algo le ocurrió. No fue de golpe. No es eso. Simplemente se puso raro de nuevo, aunque mucho peor que antes. Antes era de una manera sonsa con la gente, algo que a veces nos resultaba divertido. Pero últimamente actuaba raro con la gente de una manera que me daba vergüenza ajena y vergüenza de mí misma y hasta se ponía raro cuando estábamos solos, al punto de que empezó a darme miedo adónde quería llegar con esa actitud. Pero no logro explicarme bien, ¿no?

–Quieres decirlo con tacto, aunque entiendo a qué te refieres. Como aquella vez…

–Pero dejemos de hablar de él: estoy harta. Hoy, ayer, la noche anterior. Siempre llama o se aparece por aquí y la persona a la que menos quiero ver es a él. Hace media hora, de hecho, llamó para decir que andaba por el barrio y yo dije: «En serio, Mac, estoy muy ocupada. Estaré ocupada toda esta semana con los ensayos y las grabaciones y por las noches con las clases de teatro y los ejercicios y esta noche y todo el día de mañana con una amiga», aunque no mencioné tu nombre.

–¿Por qué? No me hubiera importado.

–Pero a mí sí. Ya no tiene derecho a ninguna explicación ni a enterarse de nada sobre mi vida personal. Pero igualmente vino a verme y logró entrar tocándole el timbre a una vecina.

–¿Y la vecina no intentó averiguar a quién dejaba entrar?

–Eso es lo que Mac le dijo mientras subía las escaleras. La señora Roy, del segundo, abrió la puerta y gritó que le dejara el paquete sobre el felpudo porque no quería que se le metieran las cucarachas del supermercado en el departamento, pero Mac dijo: «Disculpe, señora, debo de haberle tocado el timbre por error. Siempre debería preguntar quién es antes de pulsar el botón del portero eléctrico. Es la mejor manera que tienen de entrar los ladrones», dijo, ya sabes, engatusándola, mientras pasaba por delante de su departamento y seguía disculpándose por la molestia. Y ella se puso nerviosa por sus buenos modales o vaya uno a saber por qué y dijo que qué bueno era que la persona a la que ella había dejado entrar por error fuese un hombre tan amable y educado. Entonces oigo que sube a mi piso y lo primero que me dice al llegar es que quiere que nos vayamos a la cama».

–¿Cómo? No entiendo. ¿Y lo dijo en el pasillo o aquí dentro?

–Aquí mismo. Él… ¿Pero qué se supone que debo hacer con estas notas?

–Son tesoros tuyos, no míos.

–Tirarlos a la basura, eso es lo que voy a hacer. Amor amor amor amor. ¿Qué te parece si tomamos un té? Jazmín o… Mejor pongo primero el agua. Así que antes…

–Me parece que haría falta más agua para dos tazas.

–Es cierto. Así que primero lo dejé entrar. Tenía que evitar el escándalo que me dijo que haría en el pasillo, e inmediatamente me agarra la mano y me dice: «Jane, lo he estado pensando y he decidido que el remedio perfecto para todas nuestras dificultades actuales es irnos directa y tranquilamente a la cama». Dije: «Sí, claro, sí, gracias, lo que tú digas, Mac», pero él seguía aferrándome la mano y, cuando me la apretó aún más e intentó llevarme al dormitorio, le dije: «Estás loco, Mac. Estás completamente chiflado». Tuve que sacar mi mano de entre las suyas de un tirón y acercarme a la ventana y amenazarlo con pedir ayuda a gritos si no se iba. Me dijo que no me creía porque pensaba que yo no querría tener problemas con el propietario, pero que por gentileza hacia mí se iría. Pero, no bien sale, empieza a golpear y a tocar el timbre y a patear la puerta para volver a entrar. Cuando me negué, se largó a llorar. Llanto enloquecido. Le dije que fuera a llorar abajo, afuera del edificio, en cualquier parte salvo aquí, y dijo que lo haría. Y, para cuando me quise acordar, tú estabas tocando el portero automático y creí que era él y por eso no atendí rápido. Pero, cuando hablaste por el altavoz apenas apreté el botón para escuchar signos de si era él o no, te dejé entrar. ¿Cómo te dio estas notas?

–En la escalinata donde nos cruzamos. Las escribió una tras otra de un modo que me pareció casi lógico e inteligente por la secuencia y el orden en que lo hizo. Pero, la verdad, estar con alguien como él me daría mucho miedo.

–En el fondo es inofensivo, no te preocupes. Nunca le haría daño a nadie; solamente te mata de aburrimiento. Pero, ¿por qué no puede decir lo que, digamos, diría la mayoría de los hombres? «Bueno, esto se ha terminado, Jane, y fue divertido, bla, bla», aunque no de esa manera, claro. Aceptar las cosas en silencio y marcharse. Las relaciones no pueden ser unilaterales, le dije. Le dije que, más allá de lo que hubiera habido antes entre nosotros, ya no guardo para él sentimientos románticos ni cariñosos ni sexuales, y tampoco van a volver. Me está desgastando completamente.

–¿Jane? –grité desde la calle.

–Ahí va de nuevo –dijo Jane.

–¿Jane? Dejaste la regadera sobre el alféizar.

–No oí bien.

–Algo sobre la regadera. La dejé sobre el alféizar.

–¿Qué harás?

–¿Con la regadera?

–Con él. Que está ahí gritando tu nombre. Que sigue ahí fuera.

–¿Ruth?

–Ahora grita el tuyo.

–¿Ruth? ¿Podrías decirle a Jane que se dejó la regadera sobre el alféizar?

–Sigue diciendo algo sobre la regadera.

–Dijo que deberías decirme que la dejé sobre el alféizar.

–Lo que quisiera decirte es que le digas a la policía que hay un maniático en la calle diciendo nuestros nombres a viva voz.

–¿Señora Roy?

–¿Y esa quién es?

–La inquilina del segundo piso de la que te hablé.

–¿Señora Roy? ¿Podría decirle a Ruth, que es una invitada de su vecina, la señorita Room, que por favor le diga a Jane que se dejó la regadera sobre el alféizar?

–Quizá la señora Roy solucione el problema llamando a la policía.

–No creo.

–¿Jane?

–Por Dios, Ruth, ¿qué hago?

–¿Jane? ¿Podrías decirle a Ruth que le diga a la señora Roy que le diga a Ruth que te diga que dejaste la regadera sobre el alféizar?

–Voy a llamar a la policía.

–¿Ruth?

–Hazlo. Diles que está allí abajo. Te doy mi apoyo.

–¿Ruth? ¿Podrías decirle a Jane que le diga a la señora Roy que te diga a ti que le digas a Jane que dejó la regadera sobre el alféizar?

–¿Policía? Me llamo Jane Room, del número 31 de la calle 13 Este, departamento 3º B. Hay afuera de mi edificio un hombre llamado Mac Salm que no deja de gritar mi nombre para avergonzarme y que me ha estado molestando durante días en mi departamento… No, lo conozco. Cerca de un mes… Llevo una semana diciéndoselo, pero sigue viniendo sin invitación y arma lío en los pasillos y a la entrada de mi edificio hasta que me veo obligada a dejarlo pasar… No, pero se me podría proteger de los abusos verbales y el daño mental y emocional que me está causando, ¿no?

–¿Señora Roy?

–Ahora grita el nombre de mi vecina del segundo, la señora Roy. Ernestine. Si usted tuviera algún tipo de amplificador en el teléfono… Bueno, entonces le diré.

–¿Señora Roy?

–Ha repetido su apellido.

–¿Podría decirle a Ruth que le diga a Jane que le diga a usted que le diga a Ruth que le diga a Jane que se dejó la regadera sobre el alféizar?

–Dice que la señora Roy debería decirle a mi amiga que me diga a mí que le diga a la señora Roy que le diga a mi amiga que me diga a mí que dejé la regadera sobre el alféizar… Porque yo estaba regando las plantas de afuera cuando sonó el timbre. No era él esa vez sino mi amiga quien tocaba. Ya he dicho que es inofensivo en ese sentido. Bueno, se lo dije entonces a mi amiga, pero recuerdo que a usted le dije que creo que el señor Salm no me haría daño… Bueno, me acuerdo… Ruth. No veo por qué debería decirle a usted su apellido. Si envía a alguien y ella sigue aquí, como promete, le dará su nombre completo y su dirección como testigo… Disculpe, pero, ¿va a enviar a un oficial o no…? Sí, esto es una queja… S-A-L-M. Yo… Gracias. Dijo que vendrá una patrulla ahora mismo.

–¿Qué fue esa discusión sobre mi apellido? –dijo Ruth.

Ahí está. Apostada a la ventana, mirándome.

–Ahí estás, Jane. Supongo que la señora Roy finalmente le dijo a Ruth que te dijera que le dijeras a la señora Roy que le dijera a Ruth que te dijera que la regadera está sobre el alféizar.

Jane tomó la regadera.

–Acabo de llamar a la policía, Mac. –Y cerró la ventana y bajó la persiana.

¿Por qué no me marcho para no volver, como dice ella? Porque creo que, si persisto con mis declaraciones de amor, ella volverá a quererme. Porque estuvo enamorada de mí. Una vez me lo dijo. Dijo: «Estuve enamorada de ti, pero ya no». Nunca dijo: «Ahora estoy enamorada de ti». Solo que había estado enamorada de mí. ¿Cuándo estuvo enamorada de mí? Una vez que íbamos en un autobús y se acurrucó en mis brazos porque tenía sueño y frío y era tarde y no había calefacción en el autobús y volvíamos de una cena en el norte de la ciudad. Y otra vez cuando queríamos llegar al cine antes de que empezara la película y le propuse que corriéramos, así que empezamos a correr, ella a mi lado, corría muy bien para ser una chica y me sonreía. Estuvo enamorada de mí mientras corríamos, si eso es posible. Y nos tomamos de la mano durante la película y cada tanto nos mirábamos a los ojos y nos besábamos suavemente. Estuvo enamorada de mí entonces: al correr, al hacer la fila para la película, cuando me abrazó, y dentro. Estuvo enamorada de mí en otra oportunidad, cuando estábamos en el parque. Aquel primer domingo primaveral nos dormimos sobre la hierba, a la sombra de un cornejo en flor y justo antes de dormirse ella estaba recostada de espaldas con los brazos levantados y yo estaba medio inclinado sobre ella y nos miramos sin sonreír y me sentí tan feliz que me brotó una lágrima y en vez de enjugarla dejé que cayera sobre su cara porque pensé que enjugarla era un acto tan superfluo como dejarla caer y entonces a ella se le llenaron los ojos de lágrimas, que se deslizaron hasta sus orejas y su cuello y la hierba, y nos besamos en los ojos. Estuvo enamorada de mí entonces, aunque no lo dijo. Y otras veces, pero no ahora. Oigo sirenas. «Me voy, Jane. Hasta luego, Ruth». Pero las sirenas van tras otra persona. Los transeúntes me miran. Me creen loco, borracho o alguna otra cosa. Pero, ¿por qué dejó de quererme? Eso es lo que debería gritar si vuelvo a gritar algo. Pero ella ya me ha dicho que no entiende bien por qué dejó de quererme. El sentimiento que le permitía correr por la calle sonriéndome amorosamente ha desparecido, dijo anoche, cuando se lo recordé con la esperanza de que volviera a despertársele el sentimiento. El sentimiento que le permitía recostarse o dormir cómodamente a mi lado ha desaparecido, dijo cuando le pedí medio en broma que fuera a la cama conmigo. Ese sentimiento de querer hacer lo que sea conmigo ha desaparecido. El de hablar conmigo ha desaparecido. El de querer hablar conmigo de por qué no quiere hablar conmigo ha desaparecido. Todo ha desaparecido. No sabe por qué no ha sido así en mi caso, pero sí en el suyo, y no hay nada más que hablar, dijo. Todo pasó, dijo. No llores, dijo. Dijo que detesta verme llorar y que quizá se pondría a llorar si yo lloraba, dijo. Dijo ve a llorar a otra parte. Dijo que sabe cómo me siento porque, si me ayuda en algo saberlo, una vez estuvo muy enamorada de un hombre que dejó de amarla y ella sintió algo como lo que yo debía de estar sintiendo y sabe que es una sensación horrible, pero se recuperó y yo también lo haré. Lo sabe. «Tienes mucho amor para dar y ojalá lo que tuvimos hubiera podido seguir su curso e incluso florecer, pero no fue eso lo que sucedió y el amor es lo único en la vida que no puede forzarse», dijo. «Al menos en mi caso», dijo. Quería decir en su opinión. Se acercaba una patrulla por la calle. «Ya no voy a molestarte», le grité a Jane. «Lamento lo ridículo que he sido con lo de la regadera y Ruth y la señora Roy y has tenido razón todo el tiempo porque dijiste que, cuando los sentimientos desaparecen, desaparecen, y que las cosas son así, de modo que adiós», y empecé a caminar hacia la esquina.

Bajaron dos policías de la patrulla. Uno me pidió que por favor me quedase quieto, que me apoyara contra el auto con las manos sobre el capó y con las piernas separadas para poder palparme de armas. Me palpó. Dijo que no tenía nada. Dijo que alguien llamado Jane Room había presentado una queja en mi contra. Dije que sabía todo acerca de la queja o, al menos, las razones que la ameritan y que ella tiene toda la razón. «Sé muy bien que actué de manera muy poco cuerda y muy equivocada. Ya no voy a molestarla. No sé cómo aclararle más este punto, salvo diciéndole que haré todo lo que me indique que debo hacer. Iré a la comisaría sin problemas o me marcharé de la cuadra en paz y nunca volveré a pisarla si no quieren que lo haga o no la pisaré por el tiempo que me digan. Definitivamente, no la llamaré ni la contactaré de ninguna manera ni una vez más. Lo juro».

–Muy bien –dijo uno de ellos–. Entonces no hay problema.

–Se acabó.

–Si pasa algo, nos veremos obligados a arrestarlo. Eso es, si la señorita Room no retira la queja o si ella o alguien más se queja de nuevo a la policía en relación con este asunto.

–Comprendo.

–Creo que ya no causará problemas, Herb –dijo el otro policía.

–Bien –dijo Herb.

–Bien –dije.

Subieron al auto, pero no arrancaron. Caminé hasta la esquina, doblé y seguí caminando hacia la calle 12. La patrulla avanzó en paralelo a mí, pero un poco más atrás, hasta que crucé la calle 12 y me dirigí a la 11. Después aceleró por la avenida y dobló la esquina varias cuadras más adelante.

En broma debería volver hasta la casa de Jane y gritar su nombre por última vez o algo así. Decirle a Jane que le agradezca a la señora Roy por haberle dicho a Ruth que le dijera a Jane que le dijera a la señora Roy que le dijera a Ruth que le dijera a Jane que su regadera estaba sobre el alféizar. Al fin y al cabo, podría decir, la regadera hubiera podido caerse y haber golpeado a alguien en la cabeza. Yo podría gritar que gracias a nuestro esfuerzo conjunto de decirle a Jane que ahí estaba su regadera quizá le hayamos salvado la vida a una persona o, al menos, la hayamos salvado de lastimarse, o como mínimo hayamos salvado a Jane de que perdiera o estropeara su regadera. Yo se la compré en una tienda de regalos japonesa la semana pasada. Pero, para cuando dejara de gritar todas esas cosas, la policía habría vuelto, convocada por Jane o quizá por la señora Roy. Sin duda, Ruth exigiría que Jane llamara a la policía o la llamaría ella misma desoyendo las protestas de Jane. Me llevarían a la comisaría. Pasaría la noche en la cárcel. Sería algo distinto. Me siento muy mal. Me duelen la cabeza y el estómago. Aún no puedo aceptar que ya no estoy con Jane. Pasaré una noche horrenda a menos que esté con ella o borracho como una cuba o encerrado en una celda en la comisaría y no haré más que vomitar si me emborracho de nuevo y Jane no me dejará estar con ella de nuevo. «Una vez que le cierro mi corazón a alguien que amé, se lo cierro para siempre», dijo.

Corrí por la avenida hasta la cuadra de Jane. Me aposté frente a su edificio. Todas las luces de su departamento estaban encendidas. La persiana del baño estaba levantada. Las ventanas del salón y del dormitorio estaban un poco abiertas. El cielo ya no estaba claro, sino que oscurecía. «Jane», grité, «¿le agradecerías a Ruth por decirle a la señora Roy que le dijera a Ruth que le dijera a la señora Roy que le dijera a Ruth que te dijera que la regadera estaba sobre el alféizar?». La patrulla se acercaba por la calle. Bajaron los mismos dos policías de antes. Parecían enojados. «¿Ruth? ¿Le agradecerías a la señora Roy por decirte que le dijeras a Jane…?», pero la policía me cayó encima antes de que terminara. Uno me tomó por atrás. Me apretó la boca con el centro de su cachiporra para que no pudiera apartarlo o morderle la mano. Después estuve boca abajo en el suelo. Herb me apretaba la espalda con la rodilla y me tiraba los brazos hacia atrás. Me esposaron. Me indicaron que me pusiera de pie cuando creyese que podía ponerme de pie como un ciudadano pacífico y no antes porque, si lo hacía antes, me iban a echar al suelo de un cachiporrazo. «Lo decimos en serio», dijo Herb. «Tenemos que hacer nuestro trabajo y a esta altura lo sabes».

Dije que lo sabía y que estaba listo para ponerme de pie tal como querían que lo hiciese. «¿Tranquila y silenciosamente?», dijo Herb, y yo dije sí y me quitó la rodilla de la espalda y me ayudó a pararme. Grité: «¿Jane?».

(De Calles y otros relatos, Eterna Cadencia, 2014. Traducción de Martín Schifino)

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