Una cuestión de honor

En el contexto actual de resurgimiento del conservadurismo histórico es necesario poner en práctica una cuestión de honor democrática que no se refiere solamente a la capacidad de emerger del desánimo con formas reflexivas más aguzadas, sino de comprender que en el cuadro actual de restricciones políticas y anímicas permanecen obligaciones situadas en el terreno ético.

Por Horacio González*

(para La Tecl@ Eñe)

Ya que se habla tantos de mafias, y el Presidente ha demostrado su celo igualitarista al repartir esta palabra equitativamente por todas las profesiones, con distintas minuciosidades según de quienes se trate, conviene decir que muchos asuntos de la mafia son cuestiones de honor. Pero de un tipo de honor que no toda mafia posee, sino aquellas de larga prosapia, que retienen las formas más arcaicas del comercio, el tráfico, la promesa, la palabra solemne, la lealtad y la traición. El honor en este caso es sangre. Y la sangre, la remota compañera del trato entre familias que se dedican a tráficos diversos entre sí, a la manera de clanes totémicos de cuño mercantil, luego financiero. El honor es el aceite hirviente que permite que funcione la maquinaria. Está por encima de la legalidad y de los lazos de sangre. Por eso en “El padrino” puede asesinarse a un hermano desleal.

El temor que han provocado esos mecanismos que entrelazan juramentos y el peso latente de la amenaza, ha producido que la vida democrática se sienta apartada de las cuestiones honoríficas más profundas, transfiriéndolas a oscuros dictámenes judiciales, eximiciones de un juicio ponderado, dejado a la conjetura de un enjambre de peritos que se abalanzan sobre los cuerpos inertes y las pruebas post-científicas. Tal como los socialistas de principios del siglo pasado, las cuestiones de honor pertenecían al ámbito decisorio de las aristocracias, donde la verdad era a primera sangre o se lavaba a tiro de pistola. Pero nunca se debió olvidar que hay un honor democrático, totalmente ajeno a la relación entre ley y sangre que hay en las mafias, de las que precisamente el presidente sabe demasiado.

Se trata de una forma del honor que requiere pensar en cada momento de tensión, qué lazos de solidaridad se ponen en juego. Y siempre estamos en tensión, así como siempre hay vínculos políticos –se acostumbran a romper como se quiebra una rama seca-, y vínculos de índole amatoria o amistosa –no son, es claro, lo mismo-, que se ponen a prueba justamente frente a las ligaduras políticas. Estas suelen a menudo recubrir las relaciones amistosas, así que siempre está en juego un campo de arbitrajes que pueden, llegado el momento, sacrificar un andarivel en nombre del otro o viceversa.

No es posible ingresar a la vida política sin saber esto. Lo que ocurre es que todos, de alguna manera u otra, lo saben y ya se hizo tarde. Cuando se escucha decir que algo es político, muchas veces tiene este sentido sacrificial. Se sacrifica un bien estimable en nombre de otro bien, que aparece como necesidad súbita, inesperada. O al revés, se espera para alzar la voz hasta que aparezca una explicación adecuada, sostenido por el “momento oportuno”, el kairós, ese punto inhallable pero existente que suele pasar silencioso sin que lo percibamos. Entonces, lo “político” puede ser lo que nos hace renunciar a decir algo que era natural haberlo dicho, como decirlo en un momento inoportuno, “impolítico”. Simplemente por esa “oportunidad que pasa quedamente”, nunca estamos en un punto fijo sino en un tránsito esquivo.

He leído atentamente el muy buen artículo de Ricardo Aronskind en La Tecla Eñe. El desánimo del que habla es el de no saber acompañar (e interpretar adecuadamente) una evolución de largo plazo de la sociedad argentina. No comprender que la figura cultural del conservador argentino –teñida de prejuicios- es añeja, y que hay una lógica subterránea que aflora cíclicamente con su sello. Es lo que Aronskind llama “radiografía ideológico-cultural de la sociedad argentina”, el estado de las ideas y los actores concretos. Agazapada siempre, esa figura espinosa sabe retirarse y emerger ufana bajos nuevas condiciones, munida de nuevos instrumentales.

Es precisamente en esta situación, que se puede poner en práctica una cuestión de honor democrática. No se refiere solamente a la capacidad de emerger del desánimo con formas reflexivas más aguzadas, sino de comprender que en el cuadro actual de restricciones anímicas, permanecen obligaciones que en general las podemos situar en el terreno ético. En nombre de ellas no es posible hacer cálculos personales para cruzar los círculos de alquitrán que se trazan entre personas políticas y ex funcionarios, de las jerarquías que sean. Hay una cuestión de honor, que no tiene raigambre en tal o cual ideología política, sino que se enraíza en lo humano sin más. Que tiene consecuencias e implicancias políticas profundas, no cabe ninguna duda.

«… no quedar en silencio respecto al modo en que fueron detenidos ex funcionarios del gobierno de Cristina, como De Vido y Boudou. No es de insignificante calidad el hecho de que se hayan salteado fórmulas procesales (el uso de la detención preventiva) y que aquello de lo que se los acusa no esté en condiciones hoy de ser juzgado ecuánimemente por un aparato judicial casi íntegramente consumido y turbado por toda clase de injerencias del Gobierno.»

Derivamos de aquí la necesidad de no quedar en silencio respecto al modo en que fueron detenidos ex funcionarios del gobierno de Cristina, como De Vido y Boudou. No es de insignificante calidad el hecho de que se hayan salteado fórmulas procesales (el uso de la detención preventiva) y que aquello de lo que se los acusa no esté en condiciones hoy de ser juzgado ecuánimemente por un aparato judicial casi íntegramente consumido y turbado por toda clase de injerencias del Gobierno. La fórmula honorífica que aquí está en juego es la del repudio resistente y persistente ante tales detenciones, sin temor a caer en la fulminación o calcinamiento que abriga la palabra corrupción. Ésta es aplicada como una flecha de “curare” disparada contra cualquiera que tropiece en las palabras y se haga sospechoso de que su defensa de las formas del Estado de Derecho, lo tornen drásticamente en “corrupto”.

Es cuestión de honor no caer prisionero de los velos corroídos de esos razonamientos, que pueden preservar carreras políticas pero desprovistas de sentido, aunque no de ubicuidades y posiciones de circunstancia. Del mismo modo, nos parece que no caben las críticas a Cristina por esta cuestión, pues los que estamos ciertos en creer que lo que haya de ser dicho lo dirá, también comprendemos que es un ámbito general de la estructura de los hechos históricos, la discusión sobre el peronismo. No es posible hoy cuestionar a Cristina, precisamente en este momento precario del país, por haber creado otra sigla para las confluencias políticas. Las memorias políticas que allí bullen no tiene porqué solicitar el descontento ni el reniego de nadie. De igual modo, los nuevos temas invocados de tipo frentista no pueden sino ser reconocidos como necesarios. Ciertamente, la pasada campaña electoral merece discusiones, y si no pareció acertada la opción realizada en el acto de Arsenal, hay que reconocer que luego se tornó campaña vibrante, inserta en los anales del recordatorio público argentino, y en las identidades que, como las del propio peronismo, están allí como cofres abiertos para la reflexión inspiradora, no para el dictamen apresurado o la desconfianza grosera.

Quise escribir estas líneas para decir que además de indagar en las bases formativas, más o menos calcáreas, durante el último cuarto de siglo de las napas sociales conservadoras o progresistas, de los nuevos enlaces de la gran propiedad comunicacional y financiera con los símbolos subyacentes en las remodeladas camadas populares, no hay motivos para despecho, amargura o desánimo. Ellas está ahora talladas por nuevos simbolismos que hacen del sujeto un objeto técnico, una trama refleja de pulsiones. Razón de más para que se rehaga el alma militante en su masividad y calidad. Ese llamado a nuevas hechuras, por así decirlo, es también una cuestión de honor.

Buenos Aires, 15 de noviembre de 2017

*Sociólogo, escritor y ensayista. Ex Director de la Biblioteca Nacional

 

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