Una travesía

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Richard Ford

Eran tres señoras. Juntas, dedujo él. Habían cogido el ferry en Holyhead. Estadounidenses, igual que él. Aunque una de ellas quizá fuera canadiense: la del pelo plateado, más bajita, que se reía y parecía pasarlo mejor que las demás. Aunque todas estaban de buen humor. Iban a Dublín, a algún concierto. Le había parecido oír que en algún lugar de la zona portuaria. En el ferry había otros que también iban al concierto. ¿De dónde eran esas mujeres?

En cierto momento se pusieron a cantar juntas. «Once, twice, three times a lady», y enseguida se rieron de una manera tontorrona. Su entusiasmo obedecía a que iban a ver a quienquiera que hubiera grabado esa canción, y al día siguiente cogerían el primer ferry. ¿Qué tenían en común? Era estadounidenses, venían de Gales. Hacían el Grand Tour, posiblemente. Señoras de cierta edad, habría dicho su madre. ¿Por qué creía que eran profesoras de música? ¿Procedían del Medio Oeste? Tres compañeras de clase que viajaban juntas.

En la amplia sala, resonante y con ventanas, había otras mujeres más comedidas. Más típicas del ferry. Gente que tenía cosas en que pensar, las obligaciones del día, los problemas que se avecinaban. Para ellos, aquel trayecto en barco no era una novedad. Incluso los niños se mostraban contenidos, y se comían sus agrios sándwiches de carne enlatada y sus pepinillos calientes mientras contemplaban impertérritos el mar gris y agitado. Todo el interior olía a café quemado, desinfectante, patatas fritas y algo dulzón. A basura. «Once, twice, three times…» Reemprendieron la canción con menos brío. Nadie levantó la cabeza.

Él viajaba para llegar a un acuerdo con sus abogados. Un proceso largo y aburrido. Había que firmar muchos documentos. Testigos. Declaraciones juradas. Nada que incluyera a Patsy, que ahora estaba con la hija mayor, muy al norte. Él podría haber cogido un avión en Bristol. Pero se había dicho que el barco y el tren harían que ese día deprimente fuera menos deprimente. No había prisa.

Una joven sentada delante de él, en el banco duro y verde, le recordó a Patsy, aunque Patsy era guapa, y esa mujer no. El aspecto irlandés. La placidez. La barbilla un tanto incompleta. Las mejillas redondeadas y de una pálida luminosidad. Las manos rollizas. La mirada profundamente indiferente de sus ojos azules. Podía contribuir a la belleza, a un gran atractivo, profundidad. O no. Allí no había belleza ni atractivo. Probablemente una profundidad que intimidaba, pero en general todo era pesadumbre. La cintura era un ecuador; y las piernas eran demasiado gruesas en una falda demasiado apretada que se le subía para revelar los muslos. Una inconfundible semejanza tribal.

La mujer tenía algo que, por un momento, le recordó cuando iba a la universidad de Ohio, una cualidad que a menudo le había llevado por el mal camino. Era otoño, como ahora. Una fiesta en una casa alquilada en el campo. De noche, después de beber. Le había propuesto a una chica con el mismo nulo atractivo si quería que la llevara a la ciudad. Solo llevarla en coche. No la conocía, pero le parecía experimentar una vaga atracción. En cierto momento se bajaron del coche para «mirar las estrellas» sobre el río. Parecía el momento de besarla, cosa que ella aceptó casi sin darse cuenta. A continuación dijo:

–Dejémoslo.

–¿Por qué? –preguntó él.

–¿Por qué estropear esto? –fue la réplica de ella.

Él no se había parado a pensar que hubiera un esto que se pudiera estropear. Era igual que ahora. No había sabido qué más decir, pero quería que esto (al menos) no se echara a perder. Le preguntó a la chica cuándo exactamente, en la cadena de acontecimientos de la noche, se había dado cuenta de que lo único que haría con él sería besarlo. Qué había hecho él para que eso fuera inevitable…, si lo era. Intentaba sonsacarle de manera ignominiosa. Pero quería ser capaz de decir algo, una revelación, si no iba a haber nada más.

–No ha habido un momento concreto –contestó ella, con la mirada perdida en la silenciosa noche de primavera y el río. La chica era de la otra orilla. De Pensilvania. Un pueblo. No estaban muy lejos. Él era de Covington, Luisiana, muy muy lejos. Aunque ahora estaba cerca de ella, se sentía seguro con las chicas del norte.

–No me atraes –dijo ella–. Además, tengo el periodo. Estoy sangrando. Es un poco asqueroso. Ni se me pasa por la cabeza. ¿Podemos irnos?

Posteriormente oyó que la chica se había casado con un chico bastante patán de su pueblo. Se decía que el chico bebía demasiado. De vez en cuando los veía en la universidad. Se preguntó si ella le habría contado al borracho de su marido su lamentable intento de ligar con ella, su interrogatorio…, que en su opinión era lo peor de todo. Su interrogatorio después de fracasar. Cuando ella lo vio, pensó en decir algo, una palabra. Pero tan solo le lanzó una mirada feroz, como para sugerir que él había desempeñado algún papel –un papel siniestro– en cómo había acabado todo. Una cadena de mierda de sucesos de mierda. De todos modos sabía que, por estúpido que hubiera sido, eso no podía ser cierto.

Pero ese impulso –falseado– de querer «comprender», de interrogar, tenía que ver con otra cosa: el deseo de hacer su voluntad. Era lo que Patsy le había echado en cara cuando las cosas se volvieron intolerables, y no se lo perdonó. Se llevó a sus hijas donde él no pudiera verlas, desapareció. La falsedad.

La noche anterior se había ido a dormir pensando en el viaje que estaba haciendo ahora, y había tenido la ridícula sensación –no exactamente un sueño– de que toda la experiencia de la vida, años y años, solo se revivía en realidad en los últimos segundos antes de que la muerte diera el último portazo. Toda la experiencia de la vida no es más que una percepción incorrecta. Una mentira, si quieres. Nada real. Al final, sin embargo, pensar eso resultaba liberador. Tenía la costumbre de pensar que muchas cosas eran liberadoras.

Las mujeres estadounidenses habían pasado a hablar de Michael Jackson. Todas comenzaron las frases diciendo «okey», y contestaron de la misma manera apresurada.

–Okey. Escucha. Así es como fue la cosa.

Habían visto un documental que presentaba a Michael Jackson como un niño prodigio al que todo el mundo adoraba, en lugar del sujeto lúbrico y depredador que abusaba de los niños. La mujer bajita –la canadiense, le pareció– dijo que había llorado cuando, al final, Michael Jackson había muerto por culpa de las drogas. No se podía creer que estuviera muerto.

–Okey. Okey. Ajá. Ajá. Se fue para no volver –asintió una de las otras dos. Aquello no las arredró. Todavía no.

La noche en que todo salió a la luz, él y Patsy se encontraban en Dawson Street. Llovía y hacía frío. Era noviembre. Se oía pasar a los autobuses que tomaban la curva cerrada desde Nassau llegando del Trinity, rumbo a Stephen’s Green. Siempre iban demasiado deprisa, sobre todo en esas noches de lluvia, relucientes y sin luz, cuando había mucho tráfico. Él y Patsy habían ido andando a una conferencia, y se habían parado en el semáforo. Había un muchacho a su lado, en el filo de la acera. Justo cuando unos autobuses pasaban a su lado con un gran estruendo, alguien lo empujó por detrás y lo lanzó bajo las ruedas. Uno de los neumáticos –los dos lo vieron– le pasó por encima de la cabeza. Murió delante de todo el mundo. Hubo un inmenso instante en que reinó un silencio terrible, enseguida todo el mundo comenzó a dar voces.

Había sido una tontería, un pequeño malentendido entre dos amigos. Nada que tuviera que terminar en una muerte. Pero de repente Patsy no pudo soportarlo. A veces aparece un instante como de la nada y uno se replantea toda la vida. Algo estúpido. Pero todos sabemos cómo son esas cosas.

Para recuperarse, Patsy hizo un viaje. Se llevó a las niñas. Se fue a Islandia, para caminar sobre un glaciar en medio de un frío y un hielo terapéuticos. Él volvió al trabajo. Pero ya nada fue como antes. Aunque hacía ya tiempo que las cosas no eran como antes. La familia de ella tenía una gran casa en Inishowen. Ella había crecido cerca del mar. De repente todo tenía que ver con la falsa necesidad que él tenía de «comprender», que no era realmente comprensiva. Algo tan americano, dijo ella. Tan deshonesto. Los americanos se creen que pueden aprender a manejarlo todo, dijo ella.

–Siempre he sido así –contestó él.

–Ya lo sé –dijo ella–. No te he comprendido lo bastante, ¿verdad? Uno es tu gran defecto. El otro es el mío.

Para facilitarlo todo, él renunció a la casa de Ranelagh, se permitió «jubilarse» de manera anticipada, estar cerca de las niñas, que iban a visitarlo cuando su madre lo permitía.

La joven irlandesa grandota se levantó, le dirigió una expresión de desdén y se encaminó a la cola del bar. Posiblemente era culpa del traje que llevaba. Su traje de negocios. Quizá la había mirado demasiado. No se había dado cuenta. El mar gris discurría junto a la ventana salpicada de agua. Siempre hacía frío dentro del gran salón del ferry. Ahora las tres mujeres lo miraban desde el otro lado del ancho vestíbulo. Ya se podía ver Irlanda: el gran risco marino de Handa, el cabo de Howth, las montañas de Wicklow. Un gran chorro plateado, ahora visible. No sería un gran día, ni tampoco un día especialmente malo, se dijo. Tenía el billete de vuelta. Quizá incluso podía quedarse, dormir en Buswell’s, comer en Pep’s, tomar un buen desayuno por la mañana. Sería sábado. Era mitad de otoño, y los castaños de Indias del Green estarían radiantes. No era una mala ciudad. Podría resultar tonificante.

Los «Jeremys y los Simons» era como Patsy llamaba a los ingleses, a los que despreciaba como solo podía hacerlo –o eso pensaba él– una católica de Donegal. Estaba pensando en eso y en ella cuando el ferry que regresaba a Holyhead pasó a unos quinientos metros, dejando una alta estela de espuma, abriéndose paso contra el impetuoso mar. ¿Por qué estaba pensando en eso? De nuevo intentaba «comprender» cuando no hacía falta.

Un hombre que iba acompañado de un pequeño terrier blanco y marrón se sentó en el asiento que había dejado vacío la irlandesa, para estar más cerca de la salida cuando llegaran. La incómoda sensación de aislamiento inmerecido, la chaqueta de caza de pata de gallo y el sombrero de fieltro. Una pulsera de plata y unos calcetines de un rojo vivo. Inglés. Eso no se podía ocultar. Los dos hombres cruzaron una mirada, aunque sin acuse de recibo. El perro, que llevaba un collar plateado a juego, se colocó sobre los piececitos del hombre. Posiblemente había visto a ese hombre y no se había dado cuenta, y de ahí «los Jeremys y los Simons» que le habían venido a la cabeza.

Una de las americanas de repente dijo, a un volumen excesivo:

–¡Ho-laaaa! ¿Cómo estáaaais?

Se estaban burlando de alguien que no estaba presente, y las tres se rieron. Debía de ser alguna colega que no les caía bien, y ahora, lejos de su país, se sentían libres para hablar de ella. De pronto las tres se volvieron hacia él desde el otro lado del deslucido vestíbulo y fingieron avergonzarse por haber gritado demasiado. Humor americano.

–¡Somos tan malaaaas!

Estaban perfectamente.

Una de las mujeres volvió a mirarlo, y fue evidente que pretendía acercarse a él y hablarle. Susurró algo a sus dos acompañantes. Acto seguido se puso en pie, irguió los hombros, levantó la barbilla de una manera teatral y se le acercó sonriendo. Él tenía cincuenta años. Ella sesenta. Él no estaba leyendo el periódico ni lo acompañaba nadie. Por tanto, estaba dispuesto a dejarse molestar. O al menos abordar. Viajaban a través de la estela del ferry en dirección contraria, y el balanceo inclinó a la mujer, que fingió tambalearse, aunque en realidad mantuvo el equilibrio.

–Tenemos un concurso bastante tonto –comenzó a decir la mujer, ahora justo delante. No era la que había dicho «¡Ho-laaa!». Pero apenas en cinco palabras había notado el inconfundible acento de Chicago. Las tres alegres profesoras de música de Chicago. En un folleto. «Once, twice, three times…»

–¿De qué va su concurso? –Pretendía ser amable. Mostrarse cordial. Todas eran paisanas. Su acento lo delataba. La mujer llevaba unos pantalones color habano, un jersey rosa encima de una blusa blanca y unos zapatos muy muy prácticos para caminar…, también color habano. Las tres estaban gorditas y vestían casi igual. Viajeras felices.

–Estamos intentando averiguar quién es americano. Y si acertamos, descubrir por qué está aquí. Luego brindamos.

–¿Aquí? ¿En un barco a Irlanda?

–¡Okey! –dijo la mujer, y le ofreció una sonrisa intensamente grande y con los ojos abiertos, que contenía la señal de no-somos-tontas, por si él se ponía sarcástico y se le ocurría hacer un chiste porque ella era del Medio Oeste. Él no hizo ningún chiste.

–Soy de Luisiana –dijo él–. Ni más ni menos. –La mujer no le había preguntado de dónde era.

–Bueno, eso está bien –contestó la mujer–. Nosotros somos de Joliet.7 Pero no de la cárcel.

–O-key –dijo él–. Me temo que tendré que denunciarlas.

–No tiene acento de Luisiana –dijo la mujer.

–Hace mucho que no vivo allí.

–¿Eso de ahí es el Canal Irlandés? –preguntó la mujer, dirigiendo la mirada hacia la gruesa ventana salpicada de agua y Bretaña.

–Es el Mar de Irlanda –contestó él–. El Canal Irlandés está en otra parte.

–Me llamo Sheri –dijo muy animada–. Las demás son Phil y Trudy. Las tres chicas desmadradas de Joliet. –No eran de Canadá. Ni siquiera exactamente de Chicago. El ferry pegó otro brinco–. No sé si me marearé –añadió feliz.

–Ya casi hemos llegado –dijo él–. Yo me llamo Tom.

–Tom –dijo Sheri casi como si el nombre la sorprendiera. Tenía la nariz bastante grande, aunque por lo demás era atractiva para su edad…, para quien le gustara–. ¿Es usted profesor de universidad? Eso es lo que dice Phil. Generalmente acierta.

–Médico. Doctor en medicina.

–¿Médico?

–Aquí también tienen –contestó él.

–Bueno, pues ninguna de las tres lo ha adivinado.

–Entonces estoy haciendo algo bien –dijo él.

–¿Es usted psiquiatra?

–No exactamente.

–Las tres estamos divorciadas, por lo que conocemos a psiquiatras –dijo Sheri. La chica irlandesa grandota de piernas gruesas que se había sentado delante de él estaba a punto de conseguir que le sirvieran en el bar. Volvió la cabeza hacia ellos en un gesto de desaprobación. Estos americanos siempre hacen mucho ruido. Parlotean sin parar–. ¿Por qué estás aquí, Tom? ¿Tienes algún caso importante? ¿O estás de vacaciones? Tenemos que saberlo.

–Es por un caso, pero poco importante –dijo–. En realidad está ya casi terminado. Estoy ultimando mi divorcio. Hoy. –De manera sorprendente, estaba contando la verdad. Tampoco es que no debiera. Solo que hasta ese momento no se lo había contado a nadie.

–No me digas –dijo Sheri–. No me lo creo. No te estás divorciando. –Se inclinó un poco hacia la cara de Tom.

–Pues es verdad –dijo Tom. Acto seguido añadió sí, y se dio cuenta de que sería capaz de echarse a llorar, ante esa idea, pero que desde luego no lo haría. Sería una estupidez. Ante esa mujer desaliñada. Por un momento se había abierto una pequeña fisura desapercibida, detrás de la cual había unas pequeñas lágrimas. «Diamantes de Irlanda», era el viejo lamento que Patsy recordaba. De épocas turbulentas. Si Sheri veía lágrimas, tampoco le importaría. Ella también había derramado las suyas.

–Bueno. –Sheri se puso en pie un tanto rígida, pero todavía inclinada hacia él–. ¿No te parece que el país donde vivimos es un circo, Tom? Ese imbécil de presidente y… ¿A quién podemos culpar, sino a nosotros?

–A nosotros –dijo él. Se le había escapado una lágrima. Cuando llegó a la nariz, la pellizcó hasta casi secarla.

–Ahora todos lloramos, ¿verdad?

–Ya lo creo –contestó Tom, y puso una sonrisa jovial.

–¿Puedes votar?

–Puedo. Pero no lo hice.

–Bueno. De qué sirve. Estamos fritos.

–Espero que no –dijo Tom. Las otras dos mujeres pronunciaban el nombre de Sheri y miraban el móvil. «Le está pidiendo el número de teléfono», se podía oír entre risitas.

–¿Te gustaría salir con nosotras esta noche, Tom? –dijo Sheri–. Resulta que tenemos una entrada de más gracias a la euforia de Phil. Le encantaría. Estoy segura.

–No. Pero eres muy amable. Tengo que ver a alguien.

–Es para que no estés solo en un día tan difícil –dijo Sheri–. Te animaríamos un poco.

–Estoy seguro.

–Si cambias de opinión… Estaremos en Buswell’s. Sea lo que sea ese sitio. Cócteles a las seis. Invitamos nosotras. Tenemos que brindar por ti.

–Muy amable –dijo Tom.

–¡Vamos, vamos! ¡Sheri! Deja en paz al pobre hombre. –Sheri las estaba conteniendo. El ferry emitió su gran toque de trompeta. Cerca del atracadero, los poderosos motores cobraban velocidad. Ya habían llegado. Solo era mediodía.

Llevaba el maletín que contenía sus documentos. Sus copias. Tenía un poco de hambre. Cuando llegara a la ciudad, podía darse un paseo, parar en O’Neill’s y tomar el menú (menos la pinta), pasar por la clínica y ver al viejo Fallon, que había sido tan amable, pero que ahora se jubilaba, a los sesenta. Se trasladaba a los Estados Unidos, donde estaban sus hijos. ¿Atlanta? ¿Houston?

Las tres mujeres bajaban por la pasarela, riendo de nuevo. No tardarían en ponerse a cantar. «Once, twice, three times a lady.» Él esperaría a que se despejara el salón, no tenía prisa. Se oía un eco de voces. Debajo, se oía desembarcar a los coches por la pasarela de hierro. El inglés con el perro le lanzó una mirada: deseaba salir el último. Tenía hora con el abogado a las cuatro.

No era de los que lloraban; no era un llorica, en el peor de los casos. Tampoco es que llorar fuera una debilidad. En algunas épocas le habría hecho bien…; lo opuesto de una debilidad. Pero derramar una lágrima delante de una entrometida de Joliet, que quería invitarlo a unos cócteles, «animarlo» un poco. ¿Qué era eso? ¿Qué podías decir? ¿Era algo cierto? ¿Algo real? Improbable, se dijo. En cualquier caso, las lágrimas eran casi siempre teatro. Los actores las derramaban cuando se les indicaba. Lo había visto a menudo. Se dijo que casi siempre –mientras se ponía en pie y echaba a andar hacia el cartel que decía SALIDA–, casi siempre, cuando llorabas, deberías haber llorado antes. Sin embargo, derramar una lágrima, incluso en los momentos más inesperados, fuera cierta o no, real o no, le hacía sentir siempre mejor de lo que había esperado, teniendo en cuenta los días que había dejado atrás y los que lo esperaban.

(De: Nada para declarar, Anagrama, 2019. Traducción: Damiá Alou)

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