Unidad: ¿amontonamiento o reunión?

Por Julio Maier*

No está claro qué es lo que cada uno pretende sobre la base de la palabra unidad. Unos parecen querer solucionar prácticamente un problema electoral próximo, esto es, ganarle la elección al gobierno actual y nada más; al día siguente cada uno por su camino. Este es el aparente significado de la unidad en torno a la del Partido Justicialista, unión que –como la UCR en sus viejos tiempos– y todavía de modo más afianzado, sostuvo, sobre la base de un líder, el General Perón, extremos ideales contrapuestos como se nota, por ejemplo, en la pertenencia de John William Cooke al ala izquierda y de cierto movimiento conservador cristiano, cuasi-fascista, dentro del mismo partido político. Hoy eso parece expresarse en la voluntad de unir a Sergio Massa y, en general, al justicialismo llamado Federal, el salteño Urtubey, el rionegrino Pichetto y el disidente diputado Bossio, con las tendencias justicialistas más cercanas a la izquierda, al campo popular, designado aquí, sólo a modo de ejemplo sintético, por Unidad Ciudadana y por CFK.

Por lo contrario, unidad por reunión o frente grande quiere explicar algo más compacto desde el punto de vista cultural, ideal, no sólo de un justicialismo con tendencia hacia la izquierda –desmitificación de la sagrada propiedad privada, validez de la acción estatal para respaldar la aproximación a la igualdad real de quienes habitamos este país (inclusión), soberanía económica y territorial, y libertad política, para ser sintéticos (en materia penal, algo distinto a la mano dura contra ciertas clases de seres humanos, y, al menos, mínima expresión del Derecho Penal)–, sino, también, la oportunidad para que los partidos políticos de izquierda plena, como el socialismo y el mismo comunismo –que no están dispuestos a reconocer al capitalismo o a cierta clase de capitalismo extremo de nuestros días–, o, cuando menos, representantes del campo político hoy denominado popular o progresista, se reúnan en esa unión no sólo con una finalidad electoral, sino, antes bien, para poder gobernar y encaminar culturalmente este país en el futuro. Un ejemplo válido está representado por el Frente Grande en Uruguay, que sólo de esta manera logró gobernar a nuestro país vecino, con cierto éxito si lo comparamos con nosotros. Esos partidos deben comprender que no vale la pena luchar por uno o dos representantes parlamentarios que hagan escuchar su voz, incontrastable desde su ideología pero irrealizable, sino que deben intentar gobernar y, al menos parcialmente, tornar realidad sus ideas. Como se observa, ello no descarta disidencias, pero, a la manera de un parlamentarismo no institucionalizado, permite intentar con cierta fortaleza la solución de algunos problemas hoy acuciantes.

Yo creo que este último significado es el único posible actualmente, logre o no logre su primer paso constituido por el triunfo electoral; al menos este primer paso, si falla, como falló en el Uruguay en sus comienzos, nos permitirá tener una expresión política nuestra hacia el futuro, influenciada quizás por cierto globalismo cultural, ideológico y económico-social, pero sobre la base de los problemas reales que enfrenta nuestro país y varios americanos de la denominada patria grande, para regir su acción política. Pienso que, aun quienes se oponen radicalmente a reconocer al capitalismo o a la propiedad privada sin límites, tienen aquí, por ejemplo, una oportunidad de enseñarnos y organizar otro tipo de propiedad colectiva, muy necesaria en la Argentina actual, no sólo dada la diversidad cultural y nacional de los pueblos originarios, sino, también, la diversidad de clases sociales –la enorme masa actual de desocupados, pobres e indigentes–, que constituye un hecho real –lamentable pero real– de la Argentina federal de hoy en día.

Por lo demás, cuando pienso en la materia de los conocimientos que abracé desde joven, la administración de justicia penal, pienso también que ésta debe ser la única manera de corregir el comportamiento –cultural– de quienes ostentan y aplican la fuerza estatal de un modo provechoso para todos, sin muertos ni oprimidos. La destrucción que el gobierno actual ha emprendido de nuestras instituciones básicas, que ha llegado a comprometer a un partido político centenario, hoy prácticamente extinguido, para adoptar movimientos globales en el mundo occidental, pero para nada universales, tiene factura cultural antes que económica, a pesar de que la economía parece gobernar nuestras acciones políticas, tanto críticas como oficialistas. Un mundo distinto es posible, sobre todo para nosotros.

 

* Profesor Emérito UBA.

15/02/19 P/12

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