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Francisco "Paco" Urondo
nació en Santa Fe en 1930. Poeta, periodista, académico y militante de la
organización Montoneros, donde pertenecía al equipo de prensa.
Dió su vida luchando por el ideal de una sociedad más justa.
"No hubo abismos entre experiencia y poesía para Urondo." -dice Juan Gelman-, "corregía mucho sus poemas, pero supo que el único modo verdadero que un poeta tiene de corregir su obra es corregirse a sí mismo, buscar los caminos que van del misterio de la lengua al misterio de la gente.
Paco fue entendido en eso y sus poemas quedarán para siempre en el espacio enigmático del encuentro del lector con su palabra.
Fue -es- uno de los poetas en lengua castellana que con más valor y
lucidez, y menos autocomplacencia, luchó con y contra la imposibilidad de la
escritura.
El 17 de junio de 1976, con motivo de una encerrona de fuerzas
conjuntas de la policía y el ejército, muere en Mendoza. Tenía 46 años.
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La pura verdad, en su
voz (1967) |
Francisco Urondo. La palabra fusilada
Por Rafel Grillo
Del otro lado de la reja está la realidad, de
este lado de la reja también está
la realidad; la única irreal
es la reja.
Francisco Urondo, "La verdad es la única realidad"
LO MATARON A ORTIZ
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El
19 de junio de 1976, Los Andes de Mendoza divulga en su edición sabatina el
comunicado militar que describe una exitosa operación antiterrorista. La
identidad oculta bajo el titular "Delincuente subversivo fue abatido en
Mendoza", ya se ha propagado en Buenos Aires por un clandestino que anuncia: "Lo
mataron a Ortiz".
Rodolfo Walsh conoce bien quién está detrás de ese nombre de guerra que alude al
poeta entrerriano Juan L. Ortiz, y redacta una semblanza del amigo. "Él era la
alegría", apunta, y se encierra a llorar las veinticuatro horas siguientes a la
escritura de un documento que será admonitorio de su propio destino.
El mensaje trasmitido por boca de Vicky, la hija de Rodolfo, cae como un
puñetazo en la sien de Miguel Bonasso, que anota en su Diario: "Los tipos más
próximos, más queridos, más entrañables, con los que habías construido una vida
(...) se morían, los mataban".
Juan Gelman se recrimina durante su exilio en Roma por estar a salvo de un
destino similar al del caído. Como alivio contra el pertinaz sentimiento de
culpa, declaró más tarde: "Cuando uno quiere que el otro no se muera, desea
intercambiar la suerte, pero eso es imposible". Mientras que una carta enviada a
David Viñas desde Francia, deja traslucir los tonos del duelo en Julio Cortázar:
"Mi tristeza y mi rabia son y serán una razón para seguir haciendo lo posible en
esta lucha".
Para la familia de "Ortiz" es un imperativo corroborar la noticia. Claudia, la
hija mayor del presunto asesinado, pide a la tía que salga hacia la comandancia
del ejército en Mendoza. Beatriz se persona el 20 de junio y la reciben con
evasivas, hasta que un guardia se apiada y confidencialmente le aconseja que
corra a la morgue del Hospital Civil, antes que arrojen al allegado en la fosa
común. Ella encuentra al "gordo que cayó en el enfrentamiento" -así le comenta
despectivo un policía-; y en el cadáver desfigurado y asentado en el registro
como no identificado, sin orden de defunción que aclare la causa de muerte,
reconoce a su hermano Paco. Vigilada siempre por funcionarios militares, Beatriz
consigue que le permitan trasladar por avión el cuerpo de Francisco Urondo y
luego depositarlo, sin honras fúnebres, en la bóveda de la familia en el
cementerio de Merlo.
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Faltaba rescatar a su mujer y a la pequeña Ángela, de once meses, quienes
debieron acompañarle cuando el incidente. Pero la pista de Alicia Raboy se
pierde tras las puertas del macabro Departamento 2 de Inteligencia, uno de los
tantos centros adonde los detenidos en operaciones represivas eran conducidos y
se esfumaban ahí, como si fueran átomos de nada. Teresa Listingart, madre de
Alicia, localiza en la Casa Cuna de Godoy Cruz a la niña secuestrada por la
milicia; y aunque intentan complicarla con trámites burocráticos, logra obtener
la custodia y sacarla con los papeles del Juzgado Federal de la Provincia.
Poco tiempo después, el 3 de diciembre, Claudia Urondo, montonera como el padre,
y su esposo Mario Lorenzo, "desaparecen" en el trayecto hacia la guardería en
donde recogerían a sus hijos Sebastián (de tres años) y Nicolás (de dos).
Adoptada por una prima hermana de Alicia incapaz de procrear, Ángela crecerá sin
contacto con los Urondo, desconociendo quiénes eran sus progenitores reales y la
existencia de hermanos. Malos sueños, sobre un día y un lugar que no puede
ubicar en la memoria, la asolarán durante años, hasta que llegue la hora en que
conozca "la pura verdad."
HISTORIA ANTIGUA
Ahora la incertidumbre, la aventura
donde la indolencia hostil del tiempo
alienta
"Proemio"
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"Los gatos/ por la noche aúllan como tambores/ derrotados,
viejos, fúnebres, inmensamente buenos;/ la muerte los asiste, la eternidad vela
por ellos,/ la memoria nunca abandona; los errores me salvan", declama Urondo el
Poeta, en versos que saldrán en Del otro lado, libro de 1967. Ya ha visto que
"el mundo se deforma y crece" y puede catar del vino de la existencia su mezcla
de lucidez y amargura y el bouquet de una incierta esperanza.
Escanciado en los recuerdos va quedando el jovencito de Santa Fe, el de los
títeres y El Retablo de Maese Pedro con el amigo Fernando Birri; el que dio el
salto a la capital en 1953 y se fundió al grupo de la revista Poesía Buenos
Aires: César Fernández Moreno, Edgar Bayley, Rodolfo Alfonso, con los que
compartía noches de farra y tangos, de mujeres y alcohol.
Lejano parece el tiempo que describió en Historia antigua, su primer volumen de
poesía, "cuando no sabemos de qué lado estar". Aunque Paco vaya a seguir siendo
el enamorado de la vida, el risueño atrevido que dice de una corista: "Sus
nalgas eran la literatura".
Los 60 son años intensos, apresurados, de un implacable buscar y buscarse.
Además de la poesía que comparte con Noé Jitrik, Javier Heraud, Enrique Lihn y
Gelman en la revista Zona, la que recoge en los cuadernos Nombres y Adolecer;
está el Urondo libretista de televisión, que adapta a Stendhal y Flaubert; y el
escritor de canciones, artista de café concert y del disco Milongas. Brota el
guionista que filma tres películas con el director Rodolfo Kuhn: Pajarito Gómez,
Noche terrible y Turismo de carretera, y anuncia los albores de un nuevo cine
latinoamericano.
Se prueba Paco en la narrativa con dos cuadernos de relatos: Todo eso y Al
tacto; y hasta despabila el ambiente literario con el ensayo Veinte años de
poesía argentina 1940-1960. Nace el dramaturgo de obras críticas y escandalosas:
Veraneando, La sagrada familia o muchas felicidades, Homenaje a Dumas y Archivo
General del Indias.
Hacia 1971 piensa Urondo: "La realidad que vivimos me parece tan dinámica que la
prefiero a toda ficción". Y arranca con la escritura de una novela que recibirá,
a la postre, Mención Especial del Premio La Opinión-Sudamericana, otorgada por
el cuarteto magistral que conformaron Juan Carlos Onetti, Walsh, Cortázar y
Augusto Roa Bastos, mientras él padecía cárcel en 1973. Los pasos previos será
su versión de la tragicomedia humana de la época en Argentina. Es muy probable
que entonces se sintiera apegado a una vivencia del Paquito adolescente, y por
tal aconseje: "Siempre conviene enfermarse de un pie para leer a Balzac".
BUSCO LA PALABRA JUSTA
Osvaldo Bayer es uno de los secretarios de redacción del diario Clarín en 1967;
y el recién ingresado en la sección Información General le impresiona de tal
modo: "Paco era el prototipo del hombre fino, se vestía de forma muy atildada.
Tenía una sonrisa que parecía como si fuera un gesto de su cara. Muy culto y de
conversación tranquila. Era una especie de izquierdista moderado ilustrado. Como
periodista era muy bueno, bien calificado". Se juntan en el bodegón enfrente del
periódico y Urondo se muestra interesado sobremanera en la experiencia de Bayer
en Cuba, cuando entrevistó al Che Guevara.
Él está por partir hacia La Habana, como invitado al Encuentro Rubén Darío.
Donde comparte con Roque Dalton, Mario Benedetti, Ángel Rama, Roberto Fernández
Retamar, Nicolás Guillén; y en la Casa de las Américas, con Haydée Santamaría de
timonel, se le propone grabar un disco con sus poemas. Ya de vuelta en Buenos
Aires, el 8 de octubre lo aplasta con el reverso de un evangelio, que lo fuerza
a proclamar: "Ya no se le pueden pedir órdenes a mi Comandante, ya no anda para
seguir contestando, ya ha dado su respuesta. Habrá que recordarla, o adivinarla
o inventar los pasos de nuestro destino".
Retorna a Cuba en 1968 para un Congreso Cultural. Ese año es decisivo para la
conversión de Urondo, porque en Argentina participará en los círculos de
estudios marxistas de León Rozitchner; y se vinculará al Movimiento de
Liberación Nacional (MALENA), primero, y después al núcleo de las Fuerzas
Armadas Revolucionarias (FAR). También fue el momento de integrarse a Gelman,
Marcelo Pichón Rivière, Daniel Muchnik y otros, en el notable plantel de la
revista Panorama. Ahí pondrá su firma bajo "Julio Cortázar: El escritor y sus
armas", la más conocida de sus entrevistas.
Sus andanzas en la isla caribeña prosiguen en 1969, como jurado de teatro en el
Premio Casa y participante del panel "La literatura argentina del siglo XX". Si
bien le disgusta el desenlace del caso Heberto Padilla, con el mea culpa del
poeta en la UNEAC; Urondo se abstiene de asumir públicamente una postura crítica
hacia la revolución cubana.
Cuando Jacobo Timmerman funda La Opinión en 1971, el hombre que alega perseguir
"la palabra justa" se mueve hacia el diario que pretende brindar "información
jerarquizada y contextualizada, con alto nivel de interpretación a cargo de
primeras espadas". Fue la penúltima aventura de Urondo periodista, pues la
postrera será la fundación de Noticias, órgano de los Montoneros, a fines de
1973. Para esa fecha, Osvaldo Bayer descubrirá al ex colega trasmutado en un
"radical de izquierda".
Poco antes, Urondo estuvo absorbido en otra empresa épica. Las reformas
educativas que impulsa el Frente Justicialista de Liberación (Frejuli),
triunfador en las elecciones del 11 de marzo de 1973, lo hacen idóneo para
encabezar el Departamento de Letras de la Universidad de Buenos Aires. El
excarcelado de Devoto, eufórico con un segundo aire de libertad, acomete
impetuoso la transformación de los estudios desde un énfasis en la literatura
francesa hacia la argentina y latinoamericana.
Encima, le sobreviene una gran idea: estructurar una carrera autónoma de Medios
Masivos de Comunicación, con el propósito de gestar un arma crítica y un
profesional concientizado para la batalla en el frente cultural. Pero el
claustro de profesores desplazados y los sectores estudiantiles más
reaccionarios boicotean su revolución universitaria; apenas cuatro meses pudo
durar el frenesí. Urondo opta por la renuncia y lanza una advertencia: "La
realidad se está poniendo rara".
EL ÁRBOL DE LA VIDA
Si ustedes lo permiten,
prefiero seguir viviendo.
"La pura verdad"
Es
domingo y Día del Padre, 17 de junio de 2001. Estoy viendo a Ángela parada en la
esquina de Tucumán y Remedios. Se que es ese el teatro de las pesadillas
infantiles de la muchacha próxima a celebrar su 26 cumpleaños; y en un gesto de
empatía me cuelo entre los viejos camaradas de Urondo u Ortiz, militantes de
derechos humanos y vecinos del lugar, presentes para animarla en el cumplimiento
de un anhelo desgarrador.
No por vana curiosidad, para apoyarla más bien, me sumerjo en la conciencia de
la joven asolada por la orfandad, y escucho el timbre del mismísimo Paco, que la
hija ha aprendido a distinguir escuchando grabaciones pasadas por la radio.
Recita el poeta un fragmento de "El árbol de la vida", legado como mensaje a sus
retoños: "Ay, hijos/ míos, cómo pensaba no quejarme, cómo/ odiaba todo lamento;
pero queja/ y batalla suenan en la misma campana".
Con la singular cadencia del amor truncado que marcan los versos, Ángela está
plantando un árbol en el sitio donde el padre y la madre se alejaron de ella
para siempre. Por dentro, repasa su vida: La niñez en Villa del Parque con la
familia adoptiva. Hacerse la boluda para sacar partido a la tragedia que le
contaron de unos padres biológicos fallecidos en accidente automovilístico. A
los doce años, la revelación: la madre sustituta que lanza una puteada cuando
pasan enfrente de la Escuela Superior de la Armada, y con una sola frase
derrumba toda la inocencia de la chica: "Porque los milicos mataron a tu mamá y
tu papá". Ángela queda sorprendida, muy quieta, de súbito rompe a llorar.
Biografía Personalmente él mismo hizo su relato de su niñez y adolescencia en una entrevista periodística que le hicieron (diario "La Razón" de Buenos Aires, 28 de octubre de 1962). Dice al respecto: "Puedo contar que tuve un perro y que me encantaba jugar con espadas. Nada más. Iba ’armado’ con alfileres a las fiestas de chicos para pinchar globos. Leía a Alejandro Dumas y la Historia de Cantú. A los quince años me tuvieron que operar de una pierna y al tener que permanecer en cama me entretuve con la Comedia Humana. Los resultados están a la vista: soy un paranoico. Pero sí con su moraleja: siempre conviene enfermarse de un pie para leer a Balzac. Un héroe de aquel momento para mí era Humphrey Bogart… Y agrega: la mujer ideal era Bette Davis o Judy Garland… -aclara Urondo, con ese aire de muchacho del 900 que lo caracteriza-. Además estaba impresionado con la muerte de Gardel o con la del general Risso Patrón a quien mataron a la entrada de un comicio y por la espalda. Aunque me ocurría de no tener muchos amigos, los duelos criollos, que alguna vez improvisé, eran con cortaplumas. Yo tenía 12 años y en mi casa se escuchaba ópera. La detestaba porque me convertía en algo pasivo y no la quería ver. A Stravinsky lo llegué a odiar… me encantaba la natación. La mayor fiesta eran las tormentas de verano. Nos íbamos al río, subiéndonos un grupo a una "piragua". Siempre repetíamos lo mismo: al darse vuelta teníamos la necesidad de traerla a la rastra." Luego al ser interrogado si había realizado alguna actividad teatral, contestó: "a los 19 años hacía títeres y marionetas. Fue el comienzo de mi labor literaria. En el Colegio Nacional tenía como celador a Miguel Brascó –dibujante y abogado-: era un poco mayor que yo y su cultura tenía bases más sólidas. Por ejemplo me enseñaba que la palabra ‘azul’ no había que usarla…ya lo había hecho Darío… después comencé a vivir el clima universitario. Mi padre lo era. Esto influyó mucho en mi formación. Recuerdo junto a él, con mi hermana íbamos a un laboratorio donde el doctor Damianovich mostraba un tubo de goma y después de no se sabe qué pases mágicos, lo convertía en vidrio. Eso me maravillaba. Quizá por lo mismo inicié estudios de química y matemáticas. Pero cuanta carrera universitaria comenzaba la dejaba inmediatamente. En el 45, siendo mi padre vicedecano y decano Babini en la facultad de Química, hubo un lío tremendo y pusieron presos a todas las altas autoridades. Mi padre mandó a cerrar la facultad y poner la bandera a media asta. Mientras acompañábamos a los presos hasta el celular nos molieron a palos. Mi padre estaba en una casa que quedaba en la acera de enfrente al edificio universitario. El lugar estaba ocupado por la policía. Recuerdo que lo ví cruzar la calle con una gran emoción, pero no le hicieron nada. En el clima de la adolescencia aquel hecho fue muy significativo: tuve una real sensación de riesgo, sensación que en este país no he logrado perder…" [Del libro Hermano, Paco Urondo] |
La estoy mirando de espaldas, sacudirse en un estremecimiento, de seguro que hoy
han regresado esas lágrimas. Mientras, siguen fluyendo los recuerdos de Ángela
como río que busca desembocadura: Le entregan los padres de adopción una foto de
ella en los brazos de Alicia y el testamento de Paco, en el que se ve reconocida
como hija legítima y heredera de los derechos de autor de sus libros. Inicia la
búsqueda de los Urondo; por fin, el encuentro en 1987: -Así que vos sos mi
hermano. ¿Y por qué se te ocurre venir acá después de veinte años? La respuesta
entrecortada de Javier, el hijo sobreviviente de Francisco y Graciela, la
primera esposa de su padre: -Ya vamos a tener tiempo para charlar... Y la
invitación al cumpleaños de Josefina, su sobrina de estreno, en donde Ángela
también podrá abrazar a Nicolás, uno de los hijos de Claudia. A partir de
entonces las frecuentes reuniones en familia, tres o cuatro veces por semana.
La joven concluye su tarea de homenaje, estira las rodillas, se sacude la tierra
de las manos, y corta de sopetón los sollozos: sólo permitirá que la marea de
dolor siga bañando sus playas íntimas. Íntegra por fuera, trae a su memoria la
carta hallada entre los papeles del abuelo Francisco Enrique: "A menudo
hablamos, decimos muchas cosas, pero no hacemos nada y envejecemos en años o en
espíritu que es peor". La está volviendo a leer para sí, y como si se apropiara
del impulso con que su papá Paco, llegada la ocasión, se separó del suyo para
tomar un derrotero individual, las palabras brotan con su voz propia, la de
Ángela Urondo: "Por lo tanto, amigo mío, quiero decirte qué yo quiero: pensar,
decir y sobre todo hacer. Hacer qué, me dirás. Es difícil y es fácil explicarlo.
Se sintetiza en una palabra: vivir".
ESCRIBIR ES ESCUCHAR
"¡Abran, carajo, o se la echamos abajo!", rima y ruge la multitud que empuja el
portalón de Devoto. Es la noche en que el gobierno militar de Alejandro Lanusse
debe entregar el poder al Frejuli y el pueblo espera la confirmación inmediata
de una Ley de Amnistía para los presos políticos. El júbilo ha filtrado por las
paredes hacia el corazón del precinto y los reclusos arman su motín, tomando las
plantas del edificio y permitiendo que las celdas se intercomuniquen; al tiempo
que la guardia impotente, roñosa, los agrede bombeando agua encima de ellos.
La situación es propicia para el encuentro de Francisco con los únicos
sobrevivientes de la masacre de Trelew. Desde la noche anterior, la del 24 de
mayo, el poeta y periodista pone oído a las palabras de Alberto Miguel Camps,
Maria Antonia Berger y Ricardo Rene Haidar. En medio de un clima por igual tenso
y festivo, los cuatro conservan la serenidad, a cada tanto achican el agua que
inunda el cubículo, y absortos se envuelven en un diálogo que no concluirá hasta
entrada la mañana del día siguiente.
"En la cárcel, sin esperarla, volvió la literatura (...) Allí fue más cierto que
nunca que escribir es escuchar", dirá Walsh de este episodio. Cuando Rodolfo,
Bonasso, Galeano y otros amigos se le encimen a la salida del penal, llevará
Francisco bajo la axila, las cintas grabadas que van a convertirse en las 142
páginas de La patria fusilada. El libro que saldrá en agosto de 1973, un año
exacto después de los sucesos que en él son narrados por los tres protagonistas
que, increíblemente, hurtaron sus alientos a la muerte. La historia de 19
integrantes de las FAR, el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) y los
Montoneros, ametrallados en represalia por la acción guerrillera conjunta que
propició una fuga masiva de combatientes. El libro que ha sido comparado con
Operación Masacre aunque, a diferencia de Walsh, prescinda Urondo del
tratamiento ficcional y opte por la desnudez dramática del relato del testigo,
de "la conciencia ocular sin la cual la historia sólo sería guerra y mudez".
"Poética en griego quiere decir acción, y en este sentido no creo que haya
demasiadas diferencias entre la poesía y la política", había dicho Paco; y su
detención tuvo lugar el 14 de febrero, en un chalet alquilado por él para que se
efectuaran ahí las reuniones en que las FAR y los Montoneros planearían la
opción de unificarse.
La patria fusilada será, pues, el digno corolario del escritor militante a tres
meses pasados en prisión, que levantaron en Argentina no pocos vientos de
polémica. Hubo quienes lo acusaron de asumir el papel de héroe para aumentar la
tirada de sus libros, y otros que subestimaron su compromiso político hablando
de "imaginación desenfrenada" o "exhibicionismo narcisista". El escritor
santafesino Juan José Saer lo defendió: "El poeta ha de aportar, contra viento y
marea, oponiendo a la mesura oportunista de la política, la exigencia de lo
imposible".
Más ningún argumento a su favor será mejor que la actitud asumida por el propio
Urondo en la cárcel. Cuando la Asociación de Periodistas de Buenos Aires, o el
Comité de Solidaridad conformado en París por las firmas ilustres de Sartre,
Simone de Beauvoir, García Márquez, Marguerite Duras, Passolini, Semprún,
reclamaron al gobierno la libertad del escritor, él fue riguroso consigo y no
aceptó prebendas que lo distinguieran del resto de los presos.
Entre quienes acudieron a verle en Devoto estuvo el autor de Rayuela, llevándole
un obsequio recibido de manos de Salvador Allende. Paco tomó el habano y se lo
pasó a Ponce, el compadre de celda y viejo militante ferroviario.
LA PURA VERDAD
Cuando estuvimos desesperados, alguien
contó la historia.
"Del otro lado"
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El traslado de Francisco a Mendoza por la conducción de
Montoneros es recibido por sus amigos y familiares como un anuncio fatal. Tras
el golpe de Videla del 24 de marzo de 1976, la persecución desatada contra los
peronistas descabezó al movimiento en esa región, encarceló a muchos de sus
miembros y desperdigó a los sobrevivientes. A Urondo le asignan la misión de
reorganizar a los militantes y asumir la dirección .
Walsh toma esto como una decisión injusta, cree que Paco no debe aceptar; pero
Urondo insiste en mostrarse optimista y se entregan en un abrazo fraterno,
interminable: el último, ambos lo intuían. Francisco Enrique, su padre, y la
hermana Beatriz le ofrecen dinero para que salga del país. Él responde sin
dudar: "No soy de los que se van".
Vicente Zito Lema lo encuentra por la calle, conversan sobre filósofos griegos;
él no sabe nada de la partida inminente, pero se huele algo raro, porque a Paco
le falta su risa. Es el mes de mayo de 1976. Preocupados por su futuro, Campa,
Verbitski, Jauretche, Mangieri, compadres de la clandestinidad, alzan con Urondo
la copa de vino de la despedida. Graciela Murúa recuerda que él, nacido el 10 de
enero de 1930, a cada rato decía: "Me voy a morir a los 46 o 47 años".
Un Renault 6, azul celeste, marcha en la tarde del 17 de junio hacia una reunión
de montoneros en el departamento Guaymallén. A bordo del coche van: Paco al
volante, Alicia al lado con la bebé acurrucada, y una militante que se hace
llamar La Turca en el asiento posterior. Viajan cautelosos, la situación es de
emergencia, un par de compañeros cayó en manos del enemigo y temen que "se hayan
quebrado".
Emisión del programa radial
Atrapados en libertad por AM
530, La Voz de las Madres |
Dentro de un Peugeot, color sangre, apostado en la calle Guillermo Molina, La
Turca divisa a uno de ellos, que se tapa la cara al verlos pasar. "¡Rajemos. La
cita está cantada!", le grita a Paco. Ellos aceleran, mientras el auto rojo se
lanza a perseguirlos. Urondo empuña un revólver y le da a La Turca una pistola.
Para cubrir la fuga, los dos armados apuntan hacia atrás. La respuesta de fuego
de la policía hace al chofer bambolear el auto, en un intento de evitar los
impactos. Alicia pone a Ángela en el piso para resguardarla. Llegados a la
intersección de Remedios, Paco cruza con el semáforo en rojo y embiste a un
rastrojero, que queda obstruyendo la calle.
La fugaz esperanza de escape se diluye cuando el móvil policial evita el
obstáculo y se coloca enseguida a diez metros escasos de los fugitivos. Las
ráfagas de ametralladora destrozan el trasero del Renault y disminuyen su
velocidad. En el interior se han quedado sin municiones; de contra a Urondo una
bala le desgarró el costado izquierdo y una 9 mm atraviesa las dos piernas de La
Turca. Paco frena el auto justo delante de un taller de electricidad y le exige
a las mujeres: "¡Rajen ustedes!". Alicia se percata de que su esposo ya mordió
la pastilla de cianuro que guardaba para no ser atrapado con vida, y lo
recrimina: "Pero, papi, ¿por qué lo hiciste?"
Dos hombres que laboran en el taller serán testigos del final de la contienda.
La Turca se desangra, cojea y desesperada exclama: "¿Por dónde me escapo?".
Carlos la guía por un callejoncito y la ve escurrirse luego de brincar una tapia
bajita. Alicia llega ante Miguel Canela, le entrega la niña y corre hacia el
interior del local. Más por ahí no encuentra salida, la policía la atrapa y se
la lleva aporreándola. También cargan con la nena, que se la arrebatan a Miguel
de los brazos.
El jefe del Cuerpo de Patrulleros se ocupa de Urondo, que está tendido dentro
del vehículo, moribundo. Carlos ve cuando lo sacan por los pelos y le dan el
tiro de gracia en la frente. "Ya está", dice uno de los militares. "No, qué va a
estar...", responde otro y patea la cara del caído. Llega otro más, y completa
la alevosía incrustando la culata del fusil en la cabeza del muerto.
FUENTES CONSULTADAS
Bonasso, Miguel: Diario de un clandestino, Planeta, Buenos Aires, 2000.
Montanaro, Pablo: Francisco Urondo. La palabra en acción. Biografía de un poeta
militante, Ediciones Homo Sapiens, Santa Fe, Argentina, 2003.
Urondo, Francisco: Poesía, Casa de las Américas, La Habana, 2006.
Urondo, Francisco: Trelew, Casa de las Américas, La Habana, 1976. (Edición
cubana de La patria fusilada, Editorial Crisis, Buenos Aires, 1973).
Walsh, Rodolfo: Ese hombre y otros papeles personales, Seix Barral, Buenos
Aires, 1996.
Fuente: www.caimanbarbudo.cu
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Recuerdo
de Francisco Urondo
Por Angel Rama (1977)
[Prólogo a "Los pasos previos"]
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Sabido es cuánto tardan las naciones en reconocer los méritos de quienes
combatieron en el bando de los derrotados. Sabido es que la historia la escriben
los vencedores, mientras conservan ese rango. Sabido es, sin embargo, que existe
la eventualidad de una verdad que desdeña esos exclusivismos y tiende a la
virtud y al valor e incluso a la autenticidad y la pasión que se ha puesto al
tablero de la vida. Fue necesario un siglo para que el pueblo venezolano
volviera a apropiarse de Boves; ha pasado un siglo sin que los argentinos
lleguen a un acuerdo para repatriar los restos de Rosas.
Todo eso es sabido. Y es aceptado sin rebeldía. Es la vida, decimos, levantando
los hombros. Más difícil me es aceptar el silencio que desde hace meses viene
rodeando la muerte en la Argentina de Francisco Urondo. Silencio cargado de la
incomodidad de unos, de la culpabilidad de otros y que alguien debe romper.
Porque Francisco Urondo no fue asesinado por las bandas fascistas, ni
desapareció de su casa, ni fue ilegalmente torturado; no, en su caso no concurre
ninguna de las coartadas del espíritu liberal. Su muerte nos pone desnudamente
frente a la realidad de la guerra civil, cuya existencia hay que aceptar, gusten
o no los bandos enfrentados: es el reconocimiento de una contienda fraticida con
la carga suma de odio y de dolor de esos enfrentamientos.
Como dicen los partes militares, Francisco Urondo murió en el campo de batalla. Murió en acción, como integrante del ejército montonero y con él, en la misma línea de fuego, su mujer. Eso dijo el comunicado de los derrotados; los vencedores no han dicho palabra. Sé que él no es distinto de tantos otros, especialmente jóvenes, que han muerto en idénticas circunstancias últimamente; así esa abrumadora sucesión de los hijos de los intelectuales y artistas más importantes del país, inmolados unos tras otros en un modo sobrecogedor. Si hablo de él no es por prejuicio mandarinista. Por ser un escritor, él fue capaz de desarrollar un pensamiento, mostrar en vilo una sensibilidad, permitirnos comprender algo de su destino. No me gusta la aclaratoria de que no compartía su línea política y en especial sus métodos, porque eso es también una coartada. Quien lo sepa bien, y quien no lo sepa, bien también.
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Una ficha diría: Tenía 46 años, había nacido en Santa Fe. Era poeta, narrador,
había incursionado en el ensayo y el teatro, pero con fervor había sido siempre
periodista. Ya con Breves, su tercer libro de 1959, está el poeta formado, pero
sólo en la década del sesenta, con Nombres, Del otro lado, Adolescer, percibimos
el acento propio dentro de esa antipoesía áspera, tanguera, sentimental, que
también cultivaron Gelman y Fernández Moreno entre otros. Esa sí que fue una
década espléndida: dos libros de narrativa, un exitoso estreno teatral (Sainete
con variaciones), un ensayo beligerante (Veinte años de poesía argentina), pero
más que la escritura, el furor de vivir, el descubrimiento de la revolución
cubana, la incorporación tumultuosa al peronismo de izquierda, el gran "amok"
que lo llevó a la cárcel de donde el pueblo alzado lo sacó para llevarlo dirigir
los estudios literarios de la Universidad. Por entonces, el jurado del concurso
La Opinión-Sudamericana recomendó la publicación de su novela Los pasos previos,
que definió así Rodolfo Walsh: "Una crónica tierna, capaz que dramática, de las
perplejidades de nuestra intelligentzia ante el surgimiento de las primeras
luchas populares". Parece que estuviéramos contando el modelo intelectual de los
sesenta en toda América.
La novela se publicó en 1974 pero recién ahora la leí. Quizás por el estéril
esfuerzo de dialogar con alguien que conocí, que ví arder, y con quien no
hablaré ya. La concluí y sin detenerme comencé a leerla otra vez. No pienso que
sea una gran obra, pero es un documento sobre nuestras vidas que desde esta
orilla resulta alucinante. Es simplemente la historia -fiel, sumisa, leal,
cotidiana- de la incorporación del equipo intelectual latinoamericano a la lucha
revolucionaria en la década anterior. Su tema central es un incesante debate, a
través de cafés, teatros, conferencias, camas, garitos clandestinos, de las
razones y sinrazones del alzamiento armado. Demasiada gente y de la mejor que
teníamos se perdió en esa lucha como para que pueda pasar indiferente por esta
historia: está excluido el torpe desdén, pero también la exaltación romántica
del héroe (salvo para los muy adolescentes, sea cual fuere su edad física) y por
momentos, cuando uno se abandona emocionalmente a esta evocación, puede sentirse
que el solo hecho de seguir viviendo es indecente.
Leída desde la perspectiva de la derrota de esta batalla (no de esta guerra) se
altera todo su sistema de significación: se lee como el diagrama de una gran
equivocación, como el comportamiento extraviado de una razón que no atinó a
medir la realidad, como el pecado hijo del irrealismo cuando no del idealismo.
Pero todo eso, los pro y los contra, las prevenciones del realismo y las
exaltaciones de un idealismo que desciende directamente de la educación
tradicional, está previsto en las páginas malrauxianas de la novela. Los
diálogos del protagonista Mateo con el viejo militante Rinaldi se adelantan a
nuestros argumentos. Ese joven, que es un intelectual promedio, que quiere la
justicia de inmediato, que poco sabe del pueblo y menos de las teorías
marxistas, que es arrastrado por su idealismo sin poder conmover a la burguesía
de la cual procede, ese hombre que duda y quiere y tiene miedo, de pronto se
trasmuta en el alzado en armas sin saber cómo ni dónde, en medio de paisajes de
pesadilla, y es sin duda el justo y es también el cordero del sacrificio que
avanza hacia la fatalidad. Si no se le puede acompañar, tampoco se le puede
combatir. En estos "pasos previos" muchos podrán avizorar los "pasos últimos",
sin necesidad de apelar a la "crítica de las armas" que Debray opuso a su
anterior "revolución en la revolución".
Pero la emoción de esa figura que avanza o es arrastrada al sacrificio quizá no
sea un rezago romántico sino un anticipo de una nueva solidaridad humana, lo
que, como el paradigma fáustico de Goethe, hasta en el error contribuye al
futuro.
"El Nacional", Caracas, 04/01/77
Fuente: Los pasos previos, Francisco Urondo (1974), reeditado 1999 por Adriana
Hidalgo Editora.
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Para Paco
nunca hubo contradicciones entre la militancia por una
patria justa, libre y soberana,
y la condición de escritor. En sus poemas se puede ver la profunda unidad de
vida y obra que un autor y sus textos pueden alcanzar. No hubo abismo entre
experiencia y poesía para Urondo. "Empuñé un arma porque busco
la palabra justa", dijo alguna vez.
En 1975 junto
con Rodolfo Walsh
se pone a trabajar en la confección de una respuesta al golpe militar que se veía venir. Dicho plan no apuntaba a un improbable freno al golpe sino a
una respuesta orgánica que dificultara el despliegue inicial de los militares
en
las primeras 48 horas. El documento fue llevado
a la dirigencia de la organización, la cual nunca llegó a ejecutar la
propuesta de los compañeros sino que implementó otro plan de operaciones,
para el cual no fueron llamados a discutir ni Walsh ni Urondo. Por
consiguiente la prensa montonera siguió funcionando como si hubiera un futuro
electoral: pensando en una revista ¡e
incluso en un diario! Esto, naturalmente, traía como consecuencia la
necesidad de mantener más o menos congregado un aparato importante, con
grandes locales, imprentas, etc. Un blanco terriblemente fácil para el
enemigo.
En mayo de
1976, la organización, decide trasladar a Paco a Mendoza. Un error según
opiniones actuales y contemporáneas, ya que dicha provincia desde 1975 era una
sangría permanente. El 17 de junio, en un contexto de derrota, cae
Francisco Urondo como consecuencia de una cita envenenada.
El compañero
y amigo Rodolfo Walsh, así relata el momento: "Hubo un
encuentro con un vehículo enemigo, una persecución, un tiroteo de los dos
coches a la par. Iban Paco, Lucía con la nena y una compañera. Finalmente el
Paco frenó, buscó algo en su ropa y dijo: "Disparen ustedes".
Luego agregó "Me tomé la pastilla y ya me siento
mal". La compañera recuerda que Lucía dijo:
"¡Pero papi, por qué hiciste eso!"
La compañera escapó entre las balas, días después llegó herida a Buenos
Aires.
También
luchó contra un sistema social encarnizado en crear sufrimiento,
para que el mundo entero entrara en la historia de la alegria. Las dos luchas
fueron una sola para él. Ambas lo escribieron y en ambas quedó escrito.
Palabras
Dicen que un escritor atraviesa al morir un purgatorio de veinte años en
la memoria pública. El plazo está más que cumplido para ese gran poeta
que fue –que es– Francisco Urondo, caído en combate contra la dictadura
militar un día de junio de 1976, a los 46 de edad. Dejaba un libro
inédito, Cuentos de batalla, que se perdió en la noche genocida. Como
Rodolfo Walsh, como Haroldo Conti, Paco escribió hasta el final, en
medio de tareas, urgencias y peligros de la vida clandestina. Para estos
pilares de la literatura nacional nunca hubo contradicciones entre la
militancia por una patria justa, libre y soberana, y la condición de la
escritura. Cuando en este tiempo de la despasión se recuerdan las
polémicas de los años sesenta –unos pretendían hacer la Revolución en su
escritura; otros, abandonar su escritura en aras de la Revolución–, se
percibe en toda su magnitud lo que Paco, Rodolfo, Haroldo nos mostraron:
la profunda unidad de vida y obra que un escritor v sus textos pueden
alcanzar.
No hubo abismos entre experiencia y poesía para Urondo. "Empuñé un arma
porque busco la palabra justa", dijo alguna vez. Corregía mucho sus
poemas, pero supo que el único modo verdadero que un poeta tiene de
corregir su obra es corregirse a sí mismo, buscar los caminos que van
del misterio de la lengua al misterio de la gente. Paco fue entendido en
eso v sus poemas quedarán para siempre en el espacio enigmático del
encuentro del lector con su palabra.
Buitres de la derrota –que siempre se han cuidado mucho cada centímetro
de piel– le han reprochado a Paco su capacidad de arriesgar la vida por
un ideal. Paco no quería morir, pero no podía vivir sin oponer su
belleza a la injusticia, es decir, sin respetar el oficio que más amaba.
El había escuchado el reclamo de Rimbaud: "¡Cambiad la vida!". Estaba
convencido de que sólo de una vida nueva puede nacer la nueva poesía. Mi
confianza se apoya en el profundo desprecio / por este mundo
desgraciado. Le daré / la vida para que nada siga como está, escribió.
Fue –es– uno de los poetas en lengua castellana que con más valor y
lucidez, y menos autocomplacencia, luchó con y contra la imposibilidad
de la escritura. También luchó con y contra un sistema social
encarnizado en crear sufrimiento, para que el mundo entero entrara en la
historia de la alegria. Las dos luchas fueron una sola para él. Ambas lo
escribieron y en ambas quedó escrito.
Juan Gelman
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Francisco
Urondo, la poesía puede más que la muerte
Por Vicente Zito Lema
I. Los escritores que la dictadura se llevó
¿Dónde está aquel libro que decía todo el agua del océano será
poca para lavar una sola mancha de sangre intelectual? ¿De qué biblioteca
allanada en perversa oscuridad por el odio o el miedo, de qué casa de infancias
y recuerdos que ya no serán sepias ni olerán a jazmín, de qué despedida breve,
de qué naufragio sin costas, de qué huida a los tumbos, de qué cuerpo que se
destierra pero no se va, de qué valija por el suelo en un puerto de ultramar y
sin respuestas, de qué abrigo mal abierto en una cárcel del sur o en una
comisaría para extranjeros en el norte, de qué mano temblorosa que se despide,
de qué ojos cerrados porque el dolor es mucho, de qué ultraje, de qué aullido,
de qué sueño celeste o pesadilla negra y tumefacta, de qué vida que se hizo
muerte fue quitado sin piedad ni regocijo aquel libro que decía toda el agua del
océano será poca para lavar una sola mancha de sangre intelectual? ¿O nunca
existió ese libro y esas palabras para aferrarse en plena tormenta y desvarío?
¿O no fue de tantos y por años esa mancha que no lavarán las aguas ni secará el
viento del este ni el sol rojizo del desierto? ¿O ya no se ve esa mancha áspera,
quejida, esa mancha en las calles, en los muros, en la conciencia?
¿Cómo escribirás, Francisco Urondo, en la noche sin resquicios? ¿Necesitás una
luz de amor?
¿Cómo escribirás en la noche sin finuras? ¿Necesitás una luz de belleza?
¿Cómo escribirás en la noche sin término? ¿Necesitás una luz de esperanza?
¿Cómo escribirás en la noche callada? ¿Necesitás una luz de alegría?
¿Cómo escribirás en la noche vacía? ¿Necesitás una luz humana?
¿Cómo escribirán Paco y todos ustedes, mis queridos amigos, caídos en la noche
sin olvidos ni socorro, mis compañeros en la ardua tarea de cazar palabras,
ahora que la antigua piel de Dios está cubierta de sangre?
II. Alguien nos espera al final del camino
|
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Me golpeó fuerte, en la nuca, lo de Paco. Estaba en la redacción
de Crisis, un compañero lo dijo, me quedé mirándolo. Anocheció pronto, no se
vieron los pájaros del presagio ni la caída de una estrella fugaz. Sólo el frío
metiéndose en los huesos; era junio en Buenos Aires y la turba de asesinos, ya
de uniforme, se alzaba contra la vida.
Caminé mucho, hubo paradas cortas para el ritual alcohol; no encontré a los que
buscaba, nadie para ahuyentar la noticia o compartir el duelo. Recalé en el
Bajo, aunque por entonces no era seguro, y me puse a borronear unas palabras.
Dos años después, yo sobrevivía en un pueblito de Catalunya, lo borroneado se
convirtió en un poema que probablemente no cambiará ninguna historia. Pero Paco
sí, había cambiado la historia de muchos. Paco ahora, que se nos quedaba
silencioso, había alcanzado la hondura de humanizar las palabras. Ya no se podía
volver atrás y todo lo nuevo que se creara, hoy o mañana, se quisiera o no, lo
tendría de referencia.
Eso lo tuve claro aquella noche de invierno en Buenos Aires, en un café desierto
del Bajo.
En esos tiempos no nos veíamos mucho con Paco. Tampoco me arrogaré haber sido su
gran amigo, como lo fueron Juan o Roqué, a quien tanto respetaba. Pero el cariño
se notaba cuando nos encontrábamos, y estaba el haber compartido historias, por
ejemplo la Universidad, cuando fue director y yo profesor en Filosofía y Letras,
el trabajo periodístico, asuntos de la poesía y hasta las visitas que le hice en
la cárcel, mientras estuvo preso en el 72.
Compartíamos, además, el gusto por la ginebra y las charlas de madrugada y una
misma fascinación por el teatro y las actrices. Y la política, claro. En los
años 60 una generación comenzó, sin saberlo bien, aunque sin timideces, a soñar
un gran sueño. Estábamos marcados a fuego por la Revolución Cubana, mejores o
peores discípulos del Che y de su ética, de Camilo Torres y su pasión concreta;
además, enamorados fieles de Evita, teníamos a los sacerdotes tercermundistas
por amigos, Marx y Ho Chi Minh en la cabeza, la resistencia peronista en el
corazón y el tango nos había dado el culto de la amistad y la melancolía.
¿Quién de nosotros, lectores de Lautréamont y Artaud, Maiakovski y González
Tuñón, Cortázar y Marechal y el más cercano Walsh, y que visitábamos a Juan L.
Ortiz en su casita frente al Paraná con espíritu asombrado, no había soñado
convertirse en un poeta de la revolución?
Despreciábamos, dentro de la jungla literaria, tanto a los que se amparaban en
el arte por el arte, en los juegos de palabras, en la pura reflexión o en la
sensibilidad pasiva, como a los que pretendían escribir para el pueblo desde una
distancia impoluta, sin riesgos vitales, bajo la protección de las momias de un
partido y casi siempre apelando a la más grosera desvirtuación del realismo
socialista.
Lo nuestro quería ser distinto. Buscábamos combinar la mejor poesía –sin
privarnos de ninguna posibilidad creativa, sin atarnos a comisarios culturales
ni a la sacrosanta estética– con una experiencia concreta, cotidiana, que nos
mojara el cuerpo y nos hirviera el alma como si fuéramos los fogoneros del tren
a las estrellas. La cosa era: entregarse sin retaceos, sin clemencias ni usuras
al cambio de la vida y la sociedad.
Había que ganarse el derecho a ser poeta, y a guardar un espacio para la poesía,
en el mismo foco de la revolución. Posible o no, contradictorio o coherente, era
un profundo desafío que nos movilizaba. Y de pronto la realidad era Paco,
perseguido por las calles de Mendoza, queriendo la libertad a tiros, tomándose
una pastilla de cianuro, rematado, aún vivo, indefenso y con los ojos abiertos,
por unos malandras que le metieron dos balazos en la cabeza, después que él,
Paco, cubriera la retirada de una compañera y de su mujer que se llevó a la
pequeña Ángela, la hija nueva del viejo Paco, quien se quedó adentro del coche
con un revólver sin balas en las manos y que también había escrito varios de los
mejores poemas de nuestra época.
La muerte de Paco. El primer poeta que caía en combate frente al enemigo de
siempre. Y la revolución lejos, más lejos que nunca todavía. Era el invierno del
76, crecían la derrota, la muerte, los desaparecidos, la cárcel, el destierro.
Paco se había convertido en un descarnado anuncio.
Recuerdo que me fui de aquel café del Bajo con la ginebra y la tristeza a paso
lento hasta mi casa. Y me entregué como un ángel o una bestia –ya no sé y quizás
tampoco importa la diferencia– a la mujer hermosa y distante que me esperaba.
Siempre sucedía así. Se perdía un compañero y uno se aferraba al amor, si lo
tenía, o a la aventura breve que se creía eterna –y acaso lo fuera– para poder
sentir que estábamos vivos, que seguíamos siendo jóvenes y fuertes y bellos,
capaces de mirar al mundo con los ojos del sueño. Lo cierto era que la flecha
del destino se había lanzado y los dioses pasaban a mostrarnos su rostro amargo.
Han pasado los años. ¿Qué de nosotros y del gran sueño? La poesía de Paco que
avivaba aquel sueño no ha perdido su frescura. Mantiene esa honda música que
anuncia la mañana. De la revolución se dirá, y acaso con razón, con la razón que
se sustenta en el horror padecido, que nuestra generación, por pecar de
romántica y aventurera, por terribles errores de concepción y de método, la hizo
retroceder en el tiempo y en la conciencia social. La historia sanciona sin
pudor ni piedad a los que pierden, y el proyecto de nuestra generación fue
destruido. Acepto las críticas de los otros y mis propias pesadillas. Pero
tampoco renuncio al orgullo de decir que en la época en que fue posible soñar a
lo grande, fuimos tremendos soñadores, y quienes no soñaron entonces –y ahora
hablan y miran desde la soberbia del culo sentado que nunca se equivoca porque
no mueve el culo– es porque vinieron a esta tierra para arrastrarse y no soñar.
O quizás, simplemente, porque más allá del discurso, sus intereses y real
ideología se confunden con los que han sido y serán nuestros enemigos de clase.
Esos que han hecho del país una tierra baldía y de la vida una dura tristeza que
se renueva. Sí, pienso en lo que escribió, en lo que hizo y hasta la forma en
que Paco eligió la muerte, y siento por él, y por tantos otros de nuestra
generación, emoción y orgullo.
Así de simple.
Desde que volví al país me encontré varias veces con Javier, el hijo de Paco.
Noches pasadas me contó cosas que yo no sabía o quizás había olvidado. La
compañera que estaba en el coche con Paco logró salvarse. La mujer de Paco fue
detenida y está desaparecida. Ángela, la nenita, ha sido recuperada y ahora vive
en La Pampa con los abuelos maternos. La hija mayor de Paco, y también su
marido, fueron secuestrados a los pocos meses y tampoco se tiene de ellos la
menor noticia. En cuanto a Paco, está enterrado como NN en la bóveda familiar,
en Merlo, y las autoridades no han dejado siquiera poner una placa con su
nombre. Antes de morir, meses antes, hizo un testamento. Reconoció a su hija
pequeña, a quien no pudo darle su nombre por ser un perseguido, y dejó, como
única herencia, los libros que había escrito.
En estos nuevos y confusos días parece que un derrotado que viene del exilio, y
que además no cree mucho en una democracia con presos políticos, con asesinos y
torturadores sueltos por las calles, tiene muy poco para decir sin que lo
muerdan los perros. Aún así me animo a sostener que Paco Urondo fue un real
poeta de la revolución.
Estoy seguro de que habrá un tiempo en que su poesía y el gran sueño, por lo que
vivió y murió, andarán armoniosamente de la mano.
Alguien nos espera al final del camino.
Post Scriptum: Escribí este texto, recién vuelto del exilio a la Argentina. ¿Qué
hay de nuevo sobre Paco?
Poco a poco se han ido publicando sus poemas, aparecieron libros de
investigación sobre su vida y un documental que se anima con su historia.
También hemos organizado un concurso de poesía –que a él le hubiera gustado–,
que lleva su nombre, para los presos de las cárceles de la provincia de Buenos
Aires.
Algunas aulas escolares lo recuerdan, igual que la placa que un muy pequeño
grupo de amigos pusimos sobre su tumba una tarde de invierno en que, por
supuesto, llovía.
III. El poeta y la poesía
Todo gran poeta nos instala en el secreto corazón de la poesía. Así sucede con
Francisco Urondo. Sus poemas trascienden las meras formalidades del canon
literario, la prisión discursiva del espíritu humano homologada como letra pura
(esa extensión posmoderna de una ley más antigua, confusa y al final ni
idealista ni pragmática, sino perversa, resumida en una de sus especies como el
arte por el arte).
La poesía de Francisco Urondo llega a ser la voz del eterno desgarro de la
criatura humana que se obstina en rescatar la belleza en los escondrijos más
profundos de la verdad.
Dicho en otras palabras: aun en los tiempos de la muerte, o como en su momento
dijera Rimbaud, «el tiempo de los asesinos» (hablo de una reproducción material
de la existencia basada en la antropofagia y su filosofía del crimen de la
pobreza), hay un bien, hay un amor y hay una necesidad de justicia que se
corporizan desde la mirada del otro, del mí que yace en ti y que desemboca en
sentir como propio el dolor ajeno (ese otro sufriente que, como escribió Rodolfo
Walsh, al hablar de él habla también de nosotros, se socorre en nosotros...) y
que necesita del deseo para convertir la mortificación en devenir dichoso.
Hay un deseo que anuncia la mañana del mañana y corporiza la poesía. Esa poesía
que brilla –al igual que las utopías, los delirios y los secretos del alma– en
los poemas de Paco Urondo, a través de su registro del «espacio de amistad» y
del «espacio de amor». Esa poesía que acompañó su hermosa vida, marcada por las
prédicas éticas y políticas de Ernesto Guevara (no se olvide lo que Urondo
escribió sobre el Che y su militancia original en las Fuerzas Armadas
Revolucionarias); esa poesía que finalmente dio sentido a su hermosa muerte.
Entiéndase: no digo que la muerte sea hermosa (la muerte no es más que una topía
de muerte y es impensable desde la vida), digo que Francisco Urondo murió
hermoso, resguardando hasta el final a las mujeres que amaba, a los compañeros
con quienes luchaba y a los sueños que soñó y que siempre supo eran más que una
ilusión, eran plena materialidad social que no deja de construirse, aunque sean
agónicos los retrocesos y se tiña el horizonte de sangre.
Otra vez la poesía, a la que también acudimos en la hora del consuelo (¿o acaso
no hay pena cuando traspasamos el umbral de los recuerdos...?).
Vemos a Francisco Urondo, instalado en un espacio paradojal: hay una
materialidad extrema de lo público, urdida por una conciencia crítica que arde y
lo quema, y a la par una subjetividad acrecida desde los vínculos amorosos, como
un río del deshielo que recorre las mejores pasiones de la vida. Hay un viaje.
Nace una aventura, que no se desmadra, contenida desde una ética de la
responsabilidad.
De allí que los poemas y demás escrituras de Francisco Urondo –sus novelas, su
teatro, sus guiones– tengan una generosa y a la par armónica capacidad de
símbolo, y como muy pocos artistas en la América Latina llega a representar la
épica de toda una época y la praxis liberadora de una apasionada generación que
nunca dejó de buscar los cielos en la tierra, por más dura que fuera la porfía.
Buenos Aires, septiembre de 2006
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"Si ustedes
lo permiten,/ prefiero seguir viviendo": Urondo, de la guerra y del
amor
De Urondo hay poco dicho, pero sí fragmentaciones. En el presente libro
se sostiene que no hay una línea divisoria entre el bohemio y el
militante; entre el poeta y el combatiente; sino que el deseo erótico de
Urondo y aún de su generación, se expresa también en su opción
revolucionaria. Esta lectura se realiza a partir de los propios textos
del poeta. Con lo que Paco confrontará es con la concepción de la
familia como sustento del orden social. Pero en este sentido se
emparenta con el cristianismo liberacionista o de base, porque el Cristo
en que se referencian es el que dice que para seguirlo a él hay que
dejar a la familia y enfrentarse el hijo con el padre.
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Paco Urondo - Carlos
Gardel, recita Juan Gelman (1978)
Paco Urondo - Abrigo,
recita Juan Gelman (1978)
Paco Urondo - La
realidad es la única verdad, recita Juan Gelman (1978)
Paco Urondo - Quiero
denunciar ante todos, público, recita Juan Gelman (1978) |
No ha sido muy difundido, lamentablemente, que Paco nació en Santa Fe el
10 de Enero de 1930. Fue poeta, periodista, académico y militante, dio
su vida luchando por el ideal de una sociedad más justa. Fue un poeta
excelente, exquisito, de aquellos que dejan siempre una impronta en lo
que escriben.
En euskera, lengua vasca y raíz de su apellido, la palabra ur - ondo
significa agua buena. Paradoja de la ciudad de Santa Fe, ciudad rodeada
de agua, que se olvidó de recordar a su hijo, a Paco Urondo, a Paco del
agua buena.
Paco fue padre de tres hijos, Claudia y Javier, santafesinos e hijos de
su unión con Graciela "Chela" Murua, y nacidos el 14 de Abril de 1953, y
el 27 de Noviebre de 1957, respectivamente.
Angela, su tercer hija es fruto de su unión con su compañera asesinada
junto a él en Guaymallen, Mendoza, el 17 de Junio de 1976, Alicia Raboy.
Angela nació el 30 de Junio de1975, y Paco no pudo darle su apellido por
ser, ya a esa altura, un perseguido político clandestino, pero la
reconocería como su legítima hija en su testamento.
Claudia seria desaparecida con su compañero y padre de su hijo, Mario
Koncurat, a fines de 1976, poco tiempo después de que Urondo fuese
asesinado. Javier y Angela mantienen viva la memoria de su padre con
honestidad y dignidad.
Paco fue convocado para ocupar la Dirección de Arte Contemporáneo de la
Universidad Nacional del Litoral, con solo 27 años, en 1957. Producto de
esa gestión, de gran reconocimiento, sería designado como el primer
Director Provincial de Cultura, siendo gobernador de Santa Fe, el doctor
Carlos Sylvestre Begnis, el 16 de Junio de 1958.
Un año después, cansado de las actitudes intolerantes hacia su gestión,
y cuando el gobierno nacional de Arturo Frondizi deja de lado las
promesas electorales y se convierte en rehén de las Fuerzas Armadas.
renuncia a su cargo.
En la época de Urondo, la ciudad de Santa Fe tenía un brillo cultural
enorme: en ese entonces, los hermanos Maraño y Washington Castro en la
Escuela Superior de Música ofrecían conciertos populares gratis, junto a
Carlos Guastavino, y Ariel Ramírez.
El "Cocho" José María Paolantonio con gran sacrificio ponía en escena
"La Cantante Calva" de Ionesco. Fernando Birri hacía sus primeras
experiencias fílmicas en la Escuela de Cinematografía de la Universidad
Nacional del Litoral (U.N.L.), y sentaba las bases del movimiento de
cine documental junto a Nicolás Sarquis, Gerardo Vallejo, Jorge
Goldemberg y Adelqui Camusso, luego de la brillante experiencia cultural
de "El Retablo de Maese Pedro", propuesta cultural multidiscliplinaria
encabezada por Fernando Birri, donde Paco Urondo, a principios de los
cincuenta había sido titiritero junto a su primera esposa, entonces
novia "Chela" Murua. En literatura estaban Juan José Saer, Hugo Gola,
Hugo Mandón. En plástica, el Grupo Litoral marcaba tendencia.
En esa época surge la inolvidable TIRE DIE, cortometraje testimonial,
que mostraba el cruce del tren proveniente de Buenos Aires por un puente
angosto sobre el Río Salado y la miseria de los chicos del barrio El
Triángulo que, seguían ó trepaban el tren y por diez centavos –que
tiraban los pasajeros– se arrojaban al agua con una zambullida a veces
impecable, y otras no tanto para recuperar las monedas lanzadas.
Mucho tiempo después, en Junio de 1973, luego de haber sido un preso
político, y con Héctor Campora al Frente de la Presidencia, y Rodolfo
Puiggros al frente de la Universidad de Buenos Aires, Paco Urondo es
designado Director del Departamento de Letras de la Facultad de
Filosofía y Letras de la UBA. Renunciaría el 1 de Octubre de 1973, en
solidaridad con la renuncia del rector Puigross, cuestionado fuertemente
por la derecha universitaria. La primavera camporista empezaba a
marchitarse. Un mes después asumiría la jefatura del recién creado
Diario NOTICIAS.
Quien esto escribe tuvo la satisfacción de salir de la cárcel de Devoto,
aquel glorioso 25 de Mayo de 1973, junto a Paco Urondo, quien prometía
beberse íntegra una botella de Pont Leveque, como alguna vez lo habíaos
hecho junto a Jorge Conti y otros intelectuales santafesinos.
Meses después, en noviembre de 1973 el Paco periodista pasa a ser el
responsable político del diario "Noticias" que salía todas las mañanas
desde el 20 de Noviembre de ese año y tiraba 130.000 ejemplares. Esa
experiencia militante que compartían Miguel Bonasso, Rodolfo Walsh, Juan
Gelman, Horacio Verbitsky, y el uruguayo Zelmar Michelini. A fines de
Agosto de 1974, Isabel Perón clausuraría esa publicación. Poco antes,
había sido también clausurado "El Mundo" otra expresión de prensa
militante, aunque encarada desde otro ángulo político.
Como dato curioso, acotemos que la corresponsalía Rosario de El Mundo
era compartida por Carlos Gabetta, hoy Director de la Edición Cono Sur
de Le Monde Diplomatique y nuestro compañero Miguel Ferrari. El
corresponsal de Noticias era el hoy Subsecretario de Derechos Humanos de
la Provincia, Víctor Aliprandi. Ambas corresponsalías compartían
fraternalmente el fotógrafo.
Para finalizar, leeremos un fragmento de MUCHAS GRACIAS, uno los últimos
poemas de Paco Urondo, no sin antes agradecer a los compañeros de la
Asociación Civil "El Periscopio" de Santa Fe, que nos han hecho llegar
los materiales para componer este texto.
La suerte ha dejado aquí de andar
fallando: se encendió la luz y pudo verse el caos, las
flagrancias: esa mano
allí, esta codicia; el miedo y otras mezquindades se pusieron
en evidencia y el amor
no aparecía por ninguna parte. Recompuestos
de la sorpresa, rendidos ante los hechos, nadie
pudo negar que en este país, en este
continente, nos estamos todos muriendo de vergüenza.
Aquí estoy perdiendo amigos, buscando
viejos compañeros de armas, ganándome tardíamente
la vida, queriendo respirar
trozos de esperanzas, bocanadas de aliento; salir
volando para no hacer agua, para
ver toda la tierra y caer en sus brazos.
*Nota: "Momentos de memoria", columna de opinión emitida el sábado 4 de
junio de 2005, en el programa "Hipótesis", LT8 Radio Rosario, Argentina.
Fuente: La Fogata
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Horacio
Verbitsky y su evocación de Francisco Urondo, en la semana en la que
Santa Fe lo recuerda a 29 años de su muerte
Paco, ese amigo del alma
A 29 años de su muerte, Santa Fe reivindica a Paco Urondo.
Periodista, militante social y santafesino, Francisco Paco Urondo no
encontró diferencias entre la poesía y la política porque ambas
compartían el mismo espacio: "Los compromisos con las palabras llevan o
son las mismas cosas que los compromisos con las gentes, depende de la
sinceridad con que se encarecen tanto una actividad como la otra", dijo
alguna vez. Y tanto creía en ello, que no dudó en entregar su vida a la
militancia en Montoneros en los años ‘70. Y por eso, el 17 de junio de
1976, acechado por fuerzas militares, se tomó la pastilla de cianuro que
llevaba entre sus ropas.
Horacio Verbitsky compartió con Urondo algo más que una redacción.
Fueron amigos durante varios años y el recuerdo de Paco se mantiene vivo
en su memoria, tal como lo evocara, con cariño y emoción el pasado lunes
cuando se inaugurara en Santa Fe una semana de homenaje/reivindicación a
un poeta que fue, desde su muerte, condenado a la cruel oscuridad del
olvido.
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"El recuerdo de Paco para mí esta asociado, por un lado por una serie de
historias personales que hemos vivido juntos; y por otro, con una época
de nuestro país", rememora Verbitsky, y continúa: "La primera vez que yo
lo vi debe haber sido en 1960 o 1961, cuando asistí a una lectura de
poemas suya. En esa época, Paco y Juan Gelman leían poemas en lugares
pequeños en una época en la que todo el mundo fumaba en lugares cerrados
e intoxicaba a todos los demás. Estaban los dos sentados en una mesa y
leían primero un poema uno y luego un poema el otro, y nosotros
escuchábamos. Eran maravillosos porque hablaban de los temas de la vida
cotidiana con un tono coloquial, que no era lo que uno estaba
acostumbrado a lo que era la poesía y era muy fuerte porque constituía
un cambio, implicaba sentir que eso era poesía y al mismo tiempo estaba
hablando de vivencias de la vida cotidiana. Pero además, planteaban los
temas de la lucha política, del poder, de la revolución. Tanto Paco como
Juan le escribían a la revolución, la interpelaban con su poesía, aunque
tenían historias políticas distintas".
Verbitsky también recuerda entre risas que
"la década del ‘60 era una
época de la libertad de costumbres; y Paco vivía en una vieja casona que
seguramente le recordaba las casas de Santa Fe porque era una
construcción de un estilo italiano, aunque en realidad prefería llamarse
francés porque quedaba mejor. La casa era muy grande, estaba siempre
llena de gente, de amigos, había reuniones continuamente y se conversaba
de todo, se escuchaba música, se discutía en voz alta de temas
relacionados con la literatura y con el arte y con la política; pero
también esa casa servía para hacer y deshacer parejas, porque era
refugio de recién separados, un lugar de protección de parejas
políticamente incorrectas pero que igual se formaban; y había unos
chiquilines que andaban escuchando y mirando todo y abriendo mucho los
ojos, que jugaban mientras nosotros hacíamos la sobremesa con ‘la
máquina de decir pavadas’, que era como Paco llamaba a la botella de
vino. Ellos escuchaban y absorbían las frustraciones de los padres por
una época en la que se cerraban los caminos y se abrían otros, pero
había proyectos, esperanzas y mucha voluntad de que las cosas
cambiaran".
Pero la marca imborrable que Verbitsky lleva de Francisco Urondo es ese
apodo que lo acompaña desde la primera vez que trabajaron juntos en una
redacción. "Jacobo Timerman había organizado un diario en Mendoza para
un empresario inmobiliario muy importante y yo monté la corresponsalía
en Buenos Aires. Ahí trabajaba Paco. Esa fue la primera vez que
trabajamos juntos en una redacción, y él me bautizo con el apodo de
Perro. Cuando me preguntan por qué, yo respondo que por el buen
carácter, pero no se si fue por eso. La verdad es que Paco era muy
bautizador. Se divertía mucho y divertía mucho a los demás, porque
cuando uno piensa en su vida, en cómo lo mataron, da una imagen muy
solemne, como de libro escolar, pero él no era así. Al contrario, era un
tipo muy serio en todas las cosas que hacía, pero muy gozador de todo.
Siempre cerraba los ojitos chiquitos, miraba todo irónicamente,
observaba, catalogaba, y a través de esos ojitos entrecerrados veía todo
lo que pasaba alrededor".
Luego de ello, volvieron a encontrarse en la redacción del diario La
Opinión, "que era como un Arca de Noé, había dos animales de cada
especie política de la época. Todos sabíamos que el otro andaba en algo
pero nadie sabía en qué, porque el secreto se mantenía mucho. Pero había
gente que participaba de distintas organizaciones que se lanzaron a
hacer esa revolución que Paco y Juan habían escrito en sus poemas; y
esos fueron varios años en los que yo no supe qué estaba haciendo Paco
aunque lo imaginaba", recuerda. Hasta que en los primeros días de 1973,
cae detenido junto con un grupo de gente entre la que estaba su mujer de
ese momento, Lili Mazzaferro, y su hija Claudia. Urondo estuvo preso
varios meses en la cárcel de Devoto. "Él decía que era un preso señorito
porque estaba en condición de detenido, pero mantenía su ironía, su
prestancia, su postura. Y ahí estuvo toda una noche encerrado en una
habitación con los tres sobrevivientes de la Masacre de Trelew grabando
las entrevistas que después fueron su libro La patria fusilada", narra
Verbitsky.
Fuente: www.analisisdigital.com.ar
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Verbitsky
y sus testimonios en el documental sobre Paco Urondo
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Paco está entre nosotros
Presentacion
de una biografia sobre Paco Urondo
Asociación Madres de Plaza de Mayo, junio de 2003
En la Biblioteca Julio Huasi, de la Asociación Madres
de Plaza de Mayo, fue presentado un importante libro que narra la vida y
la lucha del gran Francisco "Paco" Urondo, hombre de palabra y acción, tal
vez uno de los mejores poetas de la llamada Generación del 60. En el acto
hablaron José Luis Mangieri, Carlos Aznárez, el autor Pablo Montanaro, y
la voz del mismísimo Paco, leyendo sus poemas más extraordinarios.
Ocurrió el miércoles 18 de junio de 2003, a la hora del atardecer. Fue en
la Biblioteca de la Asociación Madres de Plaza de Mayo, que lleva el
nombre de otro poeta, militante y periodista fundamental, Julio Huasi. Al
día siguiente de cumplirse 27 años de su caída en combate, y en ocasión de
la aparición de una minuciosa biografía escrita por el joven escritor Pablo Montanaro, se reivindicó la vida y la lucha, los sueños y los
poemas de Francisco "Paco" Urondo.
Al acto de presentación de
"La palabra en acción. Biografía de un poeta
y militante" (Ed. Homo Sapiens. Rosario), asistieron José Luis
Mangieri, poeta y editor de la legendaria revista "La rosa blindada",
y Carlos Aznárez, escritor y periodista, compañero de Paco Urondo
en la organización Montoneros. Además, intervinieron el autor del libro y,
centralmente, el mismísimo Paco, a través de una emocionante cinta que
contenía la voz del poeta en la lectura de sus versos más reveladores.
El primero en hablar fue José Luis Mangieri. El director de la
célebre colección de poesía "Libros de tierra firme", expresó que "lo más
importante es que Paco Urondo murió en combate. Paco Urondo no fue
asesinado; es cierto, tomó la pastilla, pero murió en combate, que es muy
distinto a decir que fue asesinado. Dadas las características de Paco, es
la muerte que le correspondía". Además, destacó que "a Paco habría que
sacarlo a la calle, ponerle su nombre a alguna plaza. Paco fue un
combatiente que llegó como los famosos poetas surrealistas de París que
lucharon con el cuerpo bajo la ocupación nazi y no solamente con sus
versos". Tal como luego lo hizo Carlos Aznárez, Mangieri celebró que el
libro haya sido realizado por un joven: "Me llama la atención la inquietud
de Montanaro sobre Paco y especialmente que se acerque a un combatiente en
un momento de una decadencia tan grande en todos los niveles, donde el
Proceso está instalado, lo tenemos instalado".
A su turno, el director del periódico "Resumen Latinoamericano" reconoció
que "el libro de Pablo Montanaro me gustó mucho, no sólo porque lo escribe
un joven sino porque vengo notando que nuestra historia de lucha de los 60
y 70 la están escribiendo, en gran parte, una cantidad de farabutes que ni
estuvieron, tampoco era necesario que estuvieran, pero por lo menos
tuvieran respeto para contarla. Montanaro la ha contado bien, ha recogido
los testimonios y nos ha edificado un Paco Urondo muy parecido a lo que
realmente fue".
La alocución de Aznárez fue por demás emotiva porque incluyó no pocas
anécdotas acerca de la acción política de Urondo. "A Paco tuve la
suerte de conocerlo en la militancia, cuando estaba en las Fuerzas Armadas
Revolucionarias y, sobre todo, cuando andaba huyendo por los caminos hasta
que fue detenido con Lili Mazzafero y con el 'Jote' Koncurat. De pronto
gran cantidad de gente que lo conocía se sorprendió porque no podían
entender que fuera guerrillero y además fuera todo eso que contaban los
diarios con exageración pero dando algunos datos que tenían bastante que
ver con la realidad militante", recordó.
|
Osvaldo Bayer, fragmento
de un reportaje de Ana Bianco |
Enseguida remarcó que Paco "era jodón, era muy alegre. Todo lo que hacía
lo hacía con una pasión desenfrenada. Cuando cae preso, poco antes de la
amnistía a todos los presos políticos, obviamente nadie sabía que iba a
salir tan rápido, él dedica con pasión a trabajar en una acción militante
que fue supereficaz y que fue recoger los testimonios de los
sobrevivientes de la Masacre de Trelew, en ese libro maravilloso, 'La
patria fusilada', que leímos todos".
Justo cuando Carlos Aznárez estaba relatando el contexto que rodeó a aquel
importantísimo libro sobre los fusilamientos en Trelew, ingresó al salón
de la Biblioteca Hebe de Bonafini, la presidenta de las Madres,
quien hasta ese momento había permanecido escaleras abajo, en el Auditorio
de la Universidad Popular, en la proyección inaugural de un valioso film
producido por egresados de la carrera de Periodismo.
Envuelta en su pañuelo blanco, Hebe pudo escuchar que "cuando Paco salió
de Devoto nos llamaba la atención que lo hiciera con el pelo largo, con
cara de preso de varios meses, de estar dando vueltas al patio y, sobre
todo, cuidando ese bolso marinero. Le preguntábamos qué tenía en ese
bolso. El contestaba 'esto es la bomba'. Tal cual. 'La patria fusilada'
prestó un servicio tremendo para desenmascarar lo que había sido esa
miserable dictadura lanussista que llevó a practicar ese fusilamiento en
masa que aún está impune, porque todavía no apareció el Capitán Sosa, a
quien todos los compañeros lo seguiremos buscando en nuestros sueños".
Carlos Aznárez también subrayó la etapa periodística de Urondo y evocó que
"después estuvimos en el diario 'Noticias', que fue una experiencia
de periodismo maravilloso. Era un diario bien hecho, bien escrito, con
buen material y con una cantidad de gente enorme. Ahí estuvo Paco
representando el cargo de coordinador, de director y mandamás. Lo hacía no
sólo porque estaba trabajando con sus amigos, sus compañeros de toda la
vida, sino también tenía un enorme respeto por aquellos que recién se
iniciaban. Paco se tomaba el trabajo, a pesar de todas las
responsabilidades que tenía, de guiarlos, conducirlos, no tirarles las
notas al cesto de papeles, sino que se tomaba el tiempo que fuera
necesario para corregirlos. Paco decía: 'Hay que hacer un periodismo que
cuente lo que la gente hace, dice y tiene ganas de que se cuente'".
Además, su compañero en Montoneros recalcó que "obviamente, Paco
pertenecía a una organización que era muy vertical, él respetaba esa
verticalidad y se encuadraba cuando lo corregían o cuando le marcaban un
error. Aunque no lo reconocía como un error, lo aceptaba porque venía de
sus compañeros a los que les reconocía más mérito para marcárselo". De la
misma manera destacó la capacidad militar de Urondo: "Era muy rígido
cuando se disponía a plantear algo como una operación militar. Un tipo muy
valiente. Lo interesante, y esto es lo bueno que cuenta el libro, muchos
de nuestros compañeros lo tenían como un intelectual, en el concepto malo
del intelectual. Subyacía la idea de que Paco no podría actuar en un
enfrentamiento fuerte. Yo no participé de ninguna acción militar con Paco,
pero tengo compañeros que sí lo han hecho y realmente agradecían tener un
jefe militar como Paco, porque cuidaba hasta el último momento a su gente,
porque lo más importante no era la acción a realizar sino el equipo de
gente que estaba en la operación. En eso Rodolfo Walsh y Paco construyeron
una relación con la organización, sobre todo con la base de la
organización, que siempre le agradecían o pedían ir con ellos en los
tantos ámbitos en que han estado de militancia".
Más adelante, Aznárez reconstruyó los días finales de Urondo y reveló que
"cuando termina su paso por 'Noticias' y empieza la nueva experiencia
de Informaciones, llega ese momento álgido para el cual hay una polémica
de si lo mandaron o no lo mandaron al muere por ir a Mendoza. A nosotros
nadie nos mandaba a hacer cosas que no tuviéramos ganas de hacer. Todo lo
que hacíamos en la militancia política lo hacíamos porque queríamos estar
en esa organización, porque nos comprometíamos con eso. A veces había
excesos, errores, pero hay una parte de nuestra historia que se ha contado
en el después, sobre todo cuando se empezaron a escribir libros que
contaban la experiencia del 70 donde se quiere dejar esa imagen de que
todos nuestros jefes nos mandaban al muere. Y no es así. Nadie iba al
muere porque lo mandaban, uno estaba en una organización comprometida
hasta las últimas consecuencias. Se cometían errores graves y también se
pagaban esas culpas con los compañeros de base y otras veces con la muerte
de algunos de los compañeros de la dirección; porque no todos los
compañeros de la dirección de Montoneros o del ERP son los que
sobrevivieron. Hay un montón de compañeros que fueron direcciones de esas
organizaciones y estuvieron en la primera línea de combate hasta último
momento. Y Paco era uno de ellos. Evidentemente Mendoza no era el lugar
ideal para mandarlo, pero ya no había lugares ideales, todo el país estaba
agujereado por la delación, por los servicios..."
Antes de terminar, también recordó a quien fuera la última compañera de
Urondo, "Alicia Cora Raboy, una compañera que siempre reivindico porque la
conocí y trabajé en distintos ámbitos de la organización. Alicia ha
quedado siempre como la compañera de Paco, incluso algunos compañeros la
miraban como 'La mujer de...'. Alicia se tomó la militancia en serio y le
cambió la vida. Era muy disciplinada, honesta. A Paco, Alicia lo calmaba,
porque Paco muchas veces volaba y Alicia lo bajaba a tierra. Y sobre todo
le dio a su hija, Angela. Cuando nació Angela a Paco lo vimos cambiado,
como que necesitaba ser padre otra vez y lo festejó con un entusiasmo que
le hizo olvidar todos los agujeros negros que le estaba planteando en ese
momento la militancia".
Para finalizar, Carlos Aznárez reflexionó que "hay que rescatar de Paco y
de todos estos compañeros como Haroldo Conti, Rodolfo Walsh, Miguel Angel
Bustos, que siendo brillantes intelectuales nunca se dejaron ganar por
esta aureola de intelectualidad y cuando hubo que pasar a la acción
directa, porque no había otra vía o forma de combatir a los enemigos,
tomaron el camino de las armas. Y si hubiéramos ganado la revolución,
hubieran sido maravillosos constructores. Hay que decirlo, estuvimos ahí
del triunfo y porque estuvimos ahí nos pegaron con la ferocidad con que
nos pegaron, porque estuvimos arañando el cielo. En ese sentido Paco nos
dejó un legado de vivir con coherencia y con alegría las cosas que se
hacen".
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Paco es la mitad de mi vida, le tengo un profundo respeto
Beatriz Urondo, hermana del poeta y militante asesinado por la
dictadura, recuerda su calvario para recuperar el cuerpo.
Por Ana Bianco
Francisco "Paco" Urondo (1930-1976) tuvo una vida intensa. Era un
reconocido poeta de la generación de los años ’60 y ’70, novelista (Los
pasos previos), cuentista, dramaturgo, ensayista (Veinte años de poesía
argentina), guionista de cine y televisión y periodista, responsable
junto a Juan Gelman del suplemento cultural del diario La Opinión
(1971), secretario de redacción del diario Noticias (1973) y autor de La
patria fusilada (reportaje a tres sobrevivientes de la masacre del 22 de
agosto de 1972 en Trelew), que realizó mientras estaba preso en la
cárcel de Villa Devoto, en 1973. Urondo, un intelectual comprometido, se
integró a la organización guerrillera FAR a comienzos de los años ’70 y
aceptó, en contra de su voluntad, un destino en Mendoza. Murió
combatiendo el 17 de junio de 1976 en Guaymallén, en una redada en la
cual Alicia Rabboy, su esposa, fue secuestrada y continúa aún
desaparecida, y Angela, su hija, sobrevivió. El documental Paco Urondo,
la palabra justa, dirigido por Daniel Desaloms, revaloriza la figura de
Urondo y entre los entrevistados destaca a Beatriz (80 años) hermana de
Paco, una testigo importante. En una charla telefónica desde Merlo, San
Luis, Beatriz Urondo compartió con Página/12 la odisea que soportó para
recuperar el cuerpo de su hermano y rescatar a su sobrina, Angela. El
director Desaloms se refiere al testimonio de Javier, hijo de Paco,
frente al estreno de hoy en el Cosmos [10/11/05].
Beatriz llegó a Mendoza con Teresa, la madre de Alicia Rabboy, y empezó
su peregrinar: "Visitaba el Comando del Ejército dos veces por día, iba
vestida con un tapado de piel y con alhajas, como si fuera una oligarca,
y recibía reiteradamente la misma respuesta: ‘Desconocemos el hecho’. En
una de esas visitas había observado a un hombre de civil que me miraba
con lástima. Y fue él quien me dijo que el cuerpo de Paco estaba en el
Hospital Cevit, y también agregó que no sabía nada de la señora, pero
que me iban a entregar a la nena. Llegamos al hospital con Teresita y
nos impedían entrar porque había finalizado el horario de visita. A un
milico le dije que pensaba entrar igual, que si quería me diera un tiro
por la espalda. Adentro escuché que unos hombres con botas de lluvia y
palas hablaban de un periodista, bien empilchado y con un reloj tan
lindo, que no lo iban a poder enterrar en la fosa común, porque la
hermana lo reclamaba. Me dirigí al forense, que no sabía nada del hecho,
le mostré una foto y le insistí que me mostrase los registros, hasta que
finalmente trajo un cuaderno Tamborcito sucio y de mala muerte donde
constaba: 17 de junio, alrededor de las 18 horas, NN sexo masculino. Un
policía me acompañó a reconocerlo, yo fingía estar enojada por ser mi
hermano la oveja negra de la familia. Paco estaba ahí desnudo en la
morgue, y pensé: ‘Qué frío debe haber tenido’. Le habían robado la
vida..."
Beatriz necesitaba la constancia de defunción: "Le pedí al forense la
partida de fallecimiento y figuraba como NN. En Tribunales me enteré de
que para ponerle el nombre correspondía iniciar un juicio y eso demoraba
mucho tiempo. Yo quería terminar con todo lo antes posible y todavía me
faltaba recuperar a mi sobrina Angela, de once meses. En el juzgado
argumentaban que faltaba una firma de Minoridad y Familia y me dio un
ataque de nervios. Ellos se comunicaron por teléfono con las autoridades
de Casa Cuna de Godoy Cruz. Acudí allí y empecé a los gritos a
desahogarme, hasta que me dieron a Angela bajo mi responsabilidad. La
directora se había encariñado con Angela y la llevaba a dormir a su
casa. La tenencia provisoria la tuvo Teresita, su abuela, y aunque
resulta increíble, ella la dio en adopción a una prima de Alicia que no
tenía hijos. Era un hecho consumado. Volví a ver a Angela a los 18 años,
cuando la contactó Javier, el hijo de Paco".
Beatriz, Teresa y Angela tomaron finalmente un avión en el aeropuerto
con los restos de Paco: "En el Plumerillo, el féretro fue puesto en una
cureña hasta subirlo al avión y una doble fila de soldados lo
custodiaba. La situación era paradójica. El avión estaba iluminado y lo
revisaban centímetro por centímetro. En el hall revisaban los bolsos de
mano de los pasajeros y eso generó una reacción en la gente. Llegamos y
fue enterrado en el cementerio de Merlo, Buenos Aires, como NN, a fines
de junio de 1976, hasta que en 1983 le devolvieron su identidad".
–Usted menciona en la película una carta que nunca le entregó a su
hermano.
–Sí, una carta que le escribí cuando estaba preso y le decía simplemente
que lo quería. Pensaba dársela en alguna visita o cuando saliese de la
cárcel, pero no se la di. Estoy escribiendo Mi hermano y yo, un libro de
anécdotas, que abarca desde el nacimiento de Paco en Santa Fe hasta su
muerte. A mi hermano lo amaba y cuando nació jugaba con él como si fuese
un juguete. Yo escribía, pero Paco nunca se enteró. Paco es la mitad de
mi vida. Le tengo un profundo respeto como poeta. Era jodón, simpático,
prepotente, machista, y conmigo era muy protector. Soy docente y no pude
aspirar a una dirección por mi apellido. Me presenté a concurso varias
veces, hasta que finalmente me percaté de que estaba en una lista negra.
Presenté la renuncia y me jubilé. La familia no estaba enterada de la
actividad política de Paco hasta que cayó preso en 1973. No sabíamos por
qué habían mermado sus visitas. Luego desaparecieron Claudia, la hija de
Paco, y "Jote" Koncuart, su marido, en diciembre de 1976. La película la
vi dos veces y está realizada con mucho respeto. El poema con la voz de
Paco, dedicado a los hijos y grabado en Cuba a modo de despedida, es
premonitorio y me hace llorar...
El testimonio de Javier
En el documental, uno de los principales testimonios es de Javier, hijo
de Paco, que hace un relato personal y político muy reflexivo. El
director Daniel Desaloms dice de Javier: "El se quita jerarquía
intelectual y dice que es simplemente un cocinero. Pero es brillante en
su análisis sobre la realidad política de esos años. En febrero del ’73
fueron detenidos en Ingeniero Maschwitz Iván Roqué, Lili Mazzaferro,
Alicia Rabboy y Paco. La policía allanó el domicilio de Chela Murúa, ex
esposa de Paco, que vivía en Colegiales, y la llevaron detenida, a pesar
de que no participaba en política y estaba separada de Paco desde 1959.
Cuando llegó a su casa, Javier se encontró con efectivos policiales y,
desesperado, tomó un tren para llegar a Maschwitz: encontró la quinta
con la luz prendida y la policía adentro, y se escapó por un alambrado.
Javier era un chico de apenas 12 años y se ocupó de hacer los llamados a
los amigos y a los abogados para informar de la detención. Tuvo una
historia muy intensa".
Fuente:
Página/12, jueves, 10 de Noviembre de 2005
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Poeta de tiempo completo
Por Juan Sasturain
Hay que tener humor, corazón y huevos –y saber que se los tiene– para
publicar en vida los Poemas póstumos y cerrar el libro que reunía Todos
los poemas (De la Flor, 1972) con estos versos, los finales de
"Solicitada": "Yo no soy / de aquí; apenas me siento una memoria / de
paso. Mi confianza se apoya en el profundo desprecio / por este mundo
desgraciado. Le daré / la vida para que nada siga como está". Y hacerlo.
Porque ese hombre que murió desguarnecido pero con las armas en la mano
apenas cuatro años después, sabía y respetaba el valor de las palabras.
Era un hombre entero, y un escritor en serio.
Ahora, cuando se lo leía poco, llega la bienvenida película. La
reedición que hizo Adriana Hidalgo hace unos años, de Los pasos previos,
su única novela –"una crónica jodona, capaz que dramática, de las
perplejidades de nuestra inteligencia ante el surgimiento de las
primeras luchas populares", la definió Walsh– nos devolvió un texto que
como La canción de nosotros, de Galeano, e incluso el Mascaró, de Conti,
son más representativos y sintomáticos de la época que de los autores.
Porque Urondo, que fue periodista y de los buenos –y ahí está La patria
fusilada (1973) para testimoniar el oficio–, frecuentó el ensayo
literario como cronista y lector atento de su generación, pero fue sobre
todo poeta y, en este caso sí, de los mejores.
Es cierto que últimamente –tres décadas...– se lo ha leído salteado y
con anteojeras ideológicas reversibles: la predisposición celebratoria
ante el poeta militante victimizado o el prejuicio frente a una palabra
que se supone meramente instrumental. Claro que tampoco estaban los
poemas a mano para verificar. Después de aquella edición de De la Flor,
poco y nada anduvo por las librerías. Hasta que hace unos años, a fines
de los noventa, Juan Gelman armó para la editorial Seix Barral una
hermosa antología de su amigo. Es la que anda por ahí, se llama Poemas
de batalla y al seleccionador no le gustó el título elegido finalmente
por alguien que no era él (ni Paco, claro). Y con razón: da una idea
algo estrecha del contenido del libro y sobre todo de la actitud del
autor a la hora de versear. Acaso se debió precisar un detalle: durante
veinticinco años de leer, escribir y publicar poesía, la primera batalla
de Urondo –no la única, por supuesto– fue por la expresión justa y
contra la estimulante opacidad de las palabras. "La crueldad no me
asusta y siempre viví deslumbrado / por el puro alcohol, el libro bien
escrito, la carne perfecta", escribió en La pura verdad, a mediados de
los sesenta, para concluir: "Sin jactancias puedo decir / que la vida es
lo mejor que conozco". Algo que la misma vida podría haber dicho de él.
Fuente:
Página/12, jueves, 10 de Noviembre de 2005
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Por Nilda Susana Redondo
Fuente: www.magicasruinas.com.ar
La
vida y la muerte en la revolución (1)
"Decime una cosa, Simón: ¿a vos te gusta la gente?"
No, así como estaban, no. A él le pasaba lo mismo; a Mateo también. A Marcos,
seguramente, quién sabe, al mismo Che: sin embargo se arriesgaron por esa gente,
por esos hombres insatisfechos; murieron por ellos"
Francisco Urondo. Los pasos previos. 1971
¿Qué estaba pensando Urondo (2) a inicios del ’70 respecto de la función del
arte, la poesía, la cultura, la revolución, la vida y la muerte? Para buscar
respuestas vamos a mirar algunos textos significativos: la novela Los pasos
previos, escrita en el ’71 y publicada en el ‘73; Trelew. La Patria Fusilada,
reportaje publicado por Crisis en el mismo año y que Urondo ha realizado a los
tres sobrevivientes de la masacre perpetrada el 22 de agosto de 1972, un día
antes de la liberación de todos los presos políticos (3) que se concreta en el
inicio del gobierno de Cámpora; y un artículo referido a la vanguardia y los
intelectuales en la revolución, que publica en septiembre del ‘74 junto a
algunas poesías que pertenecen al libro Cuentos de Batalla (4).
La Patria Fusilada expresa la línea peronista del revolucionario Urondo y pone
en evidencia una tensión entre populismo y vanguardia. Se plantea que la acción
represiva, que se viene produciendo desde el 16 de junio de 1955, busca
"separarnos a nosotros de Perón y del pueblo": es decir a la formación de
vanguardia guerrillera del líder y la masa e impedir el proceso electoral. Creen
que si Perón es desplazado, el peronismo se puede integrar al sistema. La
guerrilla está definida como "una expresión política del pueblo en condiciones
de represión y de opresión extremas". Ha sido aceptada por el pueblo a pesar de
estar integrada por militantes cuya extracción de clase no es popular u obrera
porque "el pueblo mismo tenía experiencia de violencia y de lucha que venía
haciendo por sí solo" y porque lo que importa es la inclusión de clase. Así es
como la masacre de Trelew genera una reacción popular tan importante que coloca
a la dictadura en retirada.
Hay una fascinación por Perón y su táctica: Se alaba el "juego pendular" del
líder y se lo considera superior a Lanusse, luego de colocarlos en una escena
como de duelo personal:
"M. A. B.: Lo que pasa es que el juego pendular de Lanusse es una cosita ...
F. U.: Este no es un problema de simetría sino un problema de dialéctica.
R. R. H.: Me inclino a pensar que el que llevaba la manija era el general Perón.
M. A. B.: ¡No tenemos líder, eh! "
En Crisis, en 1974, sostiene que la vanguardia debe existir para modificar el
estado de cosas y tiene que construirse no solamente en el terreno político sino
también en el cultural porque actúan en permanente interrelación. Hay que
colocarse en el momento histórico, conocer el estado de situación para no actuar
a espaldas de la realidad que, desde su punto de vista, sería la forma de hacer
política del ultraizquierdismo, y que lleva al vanguardismo, es decir al
desprendimiento del conjunto de la sociedad aunque advierte también que no hay
que caer en el populismo. En ese facilismo de decirle al pueblo todo el tiempo
que sí.
Le da principalidad al rol del intelectual en el movimiento revolucionario de
vanguardia pero dice que los intelectuales tienen "un enemigo difícil de aislar
y de aniquilar. Ese enemigo son ellos mismos. O dicho de otra manera, a estos
trabajadores de las ideologías, lo que más les obstaculiza la tarea es la propia
ideología."
Otro tema que aparece en este artículo es su concepto de la muerte. Urondo,
lejos del "culto a la muerte", sostiene:
"El Che decía que la revolución es un acto de amor. Y es cierto, porque los
actos de amor requieren entrega y lucidez".
"Osar morir da vida", me recordaba Lezama Lima que alguna vez dijo José Martí.
Cuando se considera a la vida una propiedad privada, sólo el heroísmo, con su
carga de posteridad o, en el mejor de los casos, de búsqueda de inmortalidad,
permite la osadía de ponerla en riesgo. Pero el sentido de la osadía que propone
Martí no es individualista, sino que responde a una concepción ideológicamente
más generosa. Porque la vida no es una propiedad privada, sino el producto del
esfuerzo de muchos. Así, la muerte es algo que uno no solamente no define, que
no sólo no define el enemigo ni el azar, que tampoco puede ponerse en juego por
una determinación privada, ya que no se tiene derecho sobre ella: es el pueblo,
una vez más, quien determina la suerte de la vida y de la muerte de sus hijos."
Esta misma reflexión van a realizar sus personajes de Los pasos previos. Es una
concepción comunista: la vida y la muerte son hechos colectivos. Además este
concepto está en toda la lógica de la época en el sentido de que en la
prolongada tarea en pro del triunfo de la revolución y por la liberación de la
humanidad, las clases dominantes, a medida que aumenten los niveles de lucha,
van a aumentar los niveles de tortura, represión y barbarie, y por lo tanto
también crece el riesgo de morir.
Se entrecruzan en la novela textos de ficción con entrevistas que le hacen en
Cristianismo y Liberación a Raimundo Ongaro de la CGT(A) (5), y textos de
Rodolfo Walsh, o escritos en conjunto por Ongaro y Walsh. Estos discursos ponen
en escena la cantidad de discusiones que se daban en la Argentina en el
’66,’67,’68 en relación a si era posible o no la lucha armada, de qué manera
tenía que llevarse adelante; si el foquismo y la guerra revolucionaria de
Guevara, tal como se había expresado hasta su muerte en Bolivia, debía tener
modificaciones o no; cómo debe evaluarse la experiencia de guerrilla urbana que
están desarrollando los Tupamaros en el Uruguay; cuál era el papel de los
intelectuales en la revolución y cuál, el rol de Cuba. Se contrastan las
visiones de la nueva y la vieja izquierda, con clara inclinación hacia la nueva
y presentando a la vieja como encerrada en dogmas que no le permiten el
encuentro con la realidad como por ejemplo, no puede comprender el cordobazo.
(continúa en pág. 14)
En el relato ficcionalizado aparecen artistas, intelectuales, actrices, actores,
pianistas, escritores que llevan una vida bohemia, de halago para el propio
cuerpo; y en determinado momento algunos de ellos se van a integrar a la lucha
armada. Además se van presentando escenas eróticas y de enamoramientos a medida
que se desarrolla la propia militancia. Urondo se atreve de esta manera a romper
con el modelo del militante puritano que debe renunciar al goce de la vida para
desarrollar su militancia. Y lo hizo no sólo con las temáticas que circulan por
sus escritos sino además en su vida práctica.
Paco era un tipo lleno de vida que sin embargo eligió morir para no delatar a
sus compañeros. Entendía su muerte como un mandato colectivo y le horrorizaba lo
que podía significar la tortura en cuanto a romper las barreras de las personas
y obligarlas a delatar a otras; probablemente desde esta perspectiva del horror
a la delación es que tenga que interpretarse la cuestión de la pastilla de
cianuro en Urondo (6). No desde el punto de vista del culto a la muerte y no
tampoco de lo que quería la organización Montoneros, respecto de lo que ellos
consideraban debían ser héroes inquebrantables; justamente Urondo lo que estaba
pensando es que él no era inquebrantable, y que lo que no quería hacer era
delatar porque le parecía el acto más indigno.
Notas:
(1) El trabajo forma parte de una investigación poético-ideológica que la autora
inició recientemente.
(2) Francisco Urondo nació en Santa Fe en 1930. En la década del ’50 fue
frondizista; al inicio de la gestión de Arturo Frondizi, en 1958, fue Director
de Cultura en la provincia de Santa Fe. Como toda la intelectualidad progresista
que había apoyado a Frondizi, se alejó rápidamente dado el rumbo reaccionario
que tomaba el gobierno. Luego participó en el Movimiento de Liberación Nacional,
hasta su opción por la lucha armada, a fines del ’60. Su producción artística es
enorme. Participó en revistas poéticas: Poesía Buenos Aires en la década del ’50
y Zona de poesía Americana, luego. Escribió obras de teatro, ensayos referidos a
la literatura argentina contemporánea; fue guionista de películas, adaptó
novelas a la televisión. Trabajó en diarios como Clarín y La Opinión y revistas
como Panorama.
(3) Urondo había sido apresado en febrero del ’73, junto a Lili Mazaferro, su
hija Claudia; el compañero de su hija, Mario Lorenzo Koncurat, y Julio Roqué
cuando las fuerzas represivas descubren la quinta que Urondo había alquilado por
resolución de las FAR (Fuerzas Armadas Revolucionarias) a las que pertenecía
desde 1970, con el objetivo de realizar reuniones con Montoneros con los que
estaban en tratativas para la fusión que pronto se plasmaría.
(4) Llevaba con él estos poemas cuando lo abatieron. Escribió siempre, nunca
dejó de escribir. Es decir, con su práctica rompió el prejuicio respecto de que
hay una disociación elemental entre la militancia política revolucionaria, la
toma de las armas, el ser un combatiente y el ser poeta y dedicarse al arte y la
cultura.
(5) CGT de los Argentinos, del sindicalismo combativo, formada en 1968.
Perseguida por la dictadura de Onganía, sobrevivió hasta principios del ’69. El
secretario general fue Raimundo Ongaro; responsable de la prensa, Rodolfo Walsh.
(6) Incorporado ya a Montoneros y teniendo a cargo prensa de Noticias por 1975,
Urondo se enamora de una joven: Alicia Cora Raboy, del mismo diario. La cúpula
de la organización aprovecha la oportunidad para degradarlo con el argumento de
que ha violado el código interno de ética, moral y buenas costumbres; por
infidelidad, pues él aún vivía con Lili Mazaferro. Resuelve enviarlo a Mendoza,
donde (como relatan Walsh y Verbitsky) había un alto nivel de represión y gran
desarticulación en el grupo: ese traslado significaba ser colocado en riesgo de
muerte. Urondo acepta ir allí por mayo del '76 y rápidamente muere en una
encerrona policial. Iban en un Renault 6 con su esposa Alicia Cora Raboy, con la
bebita de ambos, Angela y con una compañera montonera. Urondo tenía armas en el
baúl pero no puede detenerse para buscarlas. Cuando comienzan a tirotearlos se
defienden con armas cortas pero finalmente Urondo les dice a las mujeres que
intenten escapar. El tiene un tiro en la espalda; cuando el auto se detiene por
el impacto de las balas, ingiere una pastilla de cianuro (recomendación de
Montoneros), igual lo rematan con otro tiro. La Turca escapa y Alicia intenta
entregar la bebita a un hombre que estaba ahí, dueño de un taller. Ella es
secuestrada, no aparece en el parte de la policía. Finalmente a Angela se la
lleva la policía y la colocan en una casa cuna. El comisario coronel Sánchez
Camargo envía a su responsable la siguiente nota: "remite a un menor lactante
hija presunta de N.N. y de N.N. quien en la fecha fuera abandonada en un
automóvil mientras se realizaba un procedimiento en este servicio con
conocimiento de las autoridades de la 8° Brigada de la Infantería de Montaña.
Tanto ella, la progenitora, como su padre, al ser evocados por la policía
abandonaron a la niña dejándola en total desamparo material y moral. . ." (2003,
158/9) En Los Andes la noticia se tituló: "Abatieron en Mendoza a un delincuente
subversivo".
Bibliografía:
Urondo, Francisco.
*Los pasos previos, Bs.As. Adriana Hidalgo editora S.A., 1999.
*Poemas de batalla. Antología poética 1950-1976. Selección y prólogo de Juan
Gelman. Bs.As., Seix Barral, 1998.
*"La patria fusilada. Testimonios de María Antonia Berger, Alberto Miguel Camps
y René Haidar, sobrevivientes de Trelew", Bs.As., Crisis N°4, agosto 1973.
*"Textos y Poemas", Bs.As., Crisis N°17, setiembre 1974.
Referidos a Urondo
*Freidemberg, Daniel, "Dossier Urondo" en Diario de Poesía N° 49, Bs.As., otoño
1999.
*Montanaro, Pablo, Francisco Urondo. La palabra en acción. Biografía de un poeta
y militante. Bs.As., Homo Sapiens ediciones, 2003.
Nota publicada en la edición Nº 57 (enero de 2004)
Fuente: www.primerodeoctubre.com.ar![]()
Fragmento
de Al tacto
Por Francisco Urondo
Este santafecino de 37 años lleva casi veinte asediando todos los géneros de la
creación literaria. Autor de guiones de cine (Pajarito Gómez, Noche terrible),
de obras de teatro (Sainete con variaciones, puesta en escena por Luis Macchi en
1966; Veraneando, no representada), de relatos (Todo eso, Jorge Alvarez, 1966),
es, dentro de la poesía, sin embargo, donde alcanzó cimas más sólidas. Desde sus
libros iniciales (Breves, y Lugares) hasta 'Del otro lado', no editado aún en la
Argentina, pasando por Nombres (1964), uno de los mayores libros de poemas de su
generación, Urondo ha elaborado una voz reconocible y fiel a sí misma, que tiene
pocos paralelos en la Argentina. Estos textos pertenecen a su segundo libro de
relatos, que publicará Sudamericana la próxima semana [*]
Malestar
No veo la hora de estar en un aeropuerto lustroso, como una cama, y de allí
saltar a un avión y volver a Buenos Aires lo más rápido posible. Volver a casa,
"vivir con mamá otra vez"; Dios mío: qué mal puede llegar a sentirse uno, qué
momento para tener un cólico, qué inoportunidad: Río debió esperar, sin duda,
mucho más de mí; al menos que tuviera más receptividad y no a la inversa.
Sobrevivo hace horas. Primero en casa de Guilherme, con ese ex diplomático
empeñado en hablar conmigo a pesar de su hemiplejia; después esa actriz con la
que hubo tácito y súbito entendimiento y con la que, sin embargo, hasta ahora no
pasó nada porque mi mujer olió todo y esto complica las cosas.
Creo que empezó con el suco de laranja; o quién sabe si no fue después, con el
abacaxi de la playa, o con el mar, que estaba más frío que la madonna. Lo que
pasa es que uno viene por muy pocos días y quiere aprovechar, porque después no
queda otro recurso que el río de la Plata, sucio y plagado de toscas; uno se
rompe allí los pies, el alma. Uno puede llegar a morir, especialmente si lo
agarra una buena sudestada en pleno remojón; una de esas que hacen crecer el río
a razón de centímetros por minuto, y no da tiempo a salir y termina azotando a
la gente contra las murallas de la costanera. Es casi seguro que he tomado frío
en las frías aguas del mar.
Mi psiquiatra suele decirme: "Claro, quiere todo el mar para usted solo. La
fantasía debe ser tomárselo, siguiendo con una vieja costumbre suya". Sí, ya sé,
tienen ustedes razón, la avidez me pierde, pero prometo no volver a tomar nunca
más una procelosa copita de mar turbulento y frappé. En realidad me debe haber
liquidado el cambio de régimen alimenticio: los sucos, el frango. ¿Dónde habrá
ido -me pregunto- a parar nuestra fluida carne de vaca, la mejor del mundo, o
mais grande?
Y esos negros -para colmo- en pleno coloquio sentimental con el mismo mandinga,
fumando marihuana, o maconha, como le dicen aquí. Esos negros dándose cuerda
para estar a la altura de las circunstancias, es decir, de esa liturgia
endemoniada, metiéndose en el mar, y bailar, y orar, y cantar, y sudar en el
yemanyá, iluminando el mar con sus pobres velas de sebo, con ese frío espantoso
que trae la noche. Alfonsina Storni debió internarse así en el mar, y no con la
intención de adorar a la virgen negra de los esclavos, sino a su alma pura: "tú
me quieres blanca".
Solo Dios y yo conocemos la cara que puso el camarero del hotel cuando lo llamé,
a las cuatro de la mañana, y le dije: "Faz favor, pódeme procurar um pouco de
maconha, ¿me entendió?" "Si senhor, eu entendí, más nao tenho; vocé pode
encontrar no 'Cagaceiro' la, um barzinho que fica perto d'aqui" Pero en el
barzihno nada; ni siquiera ese pibe que merecía ser argentino por la pintita,
pero que cantaba en portugués y no hablaba una sola palabra de castellano.
Tampoco tenía idea de dónde se podía conseguir, y se reía: ja, ja, qué gracioso.
Un poco de maconha, cretino, para digerir el frango y el frío, y el suco y la
inmensa virginidad del mar.
Habrá sido la falta de maconha. O el whisky aguado de Guilherme con tanta gente
en su casa. Río es La Corte, y Guilherme el duque de Urbino. Además, Río de
Janeiro es "la ciudad de los grandes contrastes". Santo Dios, será posible que
todo el mundo siempre diga lo mismo y, además, se crea original, agudo y sobre
todo en paz con su conciencia. Pero arriba de los grandes edificios siguen los
morros miserables. Sí, "los contrastes": la miseria codeándose con la opulencia,
como yo me puedo codear con su hermana. Y no es una guarangada lo que digo: bien
puedo ser amigo de su hermana; el marido. Viajar con ella a Río de Janeiro
-"capital de México"- y descubrir la miseria engarzada en el dinero, codeándose
con él, como yo puedo codearme con mi mujer, es decir, con su hermana. A lo
mejor empecé a sentirme mal de tanto parar la oreja: se hablaba por lo menos en
cuatro idiomas en casa de Guilherme; no daba abasto porque no domino
particularmente ninguno, solamente una palabrita aquí y otra más allá. Además,
hablan tan rápido estos malditos cariocas; meten miedo. Un aeropuerto; sólo un
aeropuerto, pido, y partir.
Un aeropuerto para morir bailando. Aunque sea este aeropuerto; aquí detuvieron a
Perón, aunque "el hombre" no tiene nada que ver con mi actual estado de salud.
Sin embargo, hay cosas que matan; por ejemplo: ambiciones, países. A Sebastián,
sin ir más lejos, no lo mató otra cosa que no fuera Lima, "la horrible". Podía
irme de aquí a Manaos, en vuelo directo o haciendo escala en Brasilia, y de allí
a Iquitos, y de allí, pasando por la desaparecida Santiago de Chuco, a Trujillo
y bajar hasta Lima, y en el jirón de la Unión abrazarme con mi querido Sebastián
y decirle: "bailemos unas marineras hermano, que estoy a punto de ponerme a
llorar como un Inca". No sé cómo decirlo: me siento mal. Estoy seguro de que
prácticamente nadie se ha muerto de un cólico, pero, de todas formas, me siento
mal. Debo haber tomado frío, pero no en el mar, sino en el morro, "lembrando
sempre na favela". Se había levantado viento y yo estaba muy sudado de tanto
bailar en la scola do samba. Qué me habrá dado por bailar; hasta Carmen me miró
asombrada. Carmen que no se asusta ni de ella misma. Hoy no la he visto a mi
amiga; debe estar retozando con su amigo. A lo mejor la han metido presa, porque
Carmencita es de las que no tienen pelos en la máquina de escribir.
Volvía de Lima en un avión lleno de monjas, y una de ellas se desmayaba y se le
caía la máscara de oxígeno, y yo dudé entre dejarla morir o acomodarle ese
aparato en la trompa: esa monja denunciaría a mi amiga Carmencita, porque las
monjas tienen un olor espantoso, el olor de la muerte que se avecina. Habiéndome
sentido an bien en Antofagasta con el vino Undurraga y los locos -por citar a un
marisco- y con Andrés, el poeta, ¿cómo puede ser que ahora me sienta tan mal?.
Estoy en tierra firme, no caigo en los pozos de aire, no me azotan los vientos
de la cordillera ¿me verá don José de San Martín desde allá abajo? Lo saludo
desde una altura que nunca ha podido virtualmente sobrevolar. Quisiera estar en
cualquier parte, menos aquí, en este restaurante, sobre la avenida Atlántida,
sobre el océano que lleva su nombre.
Mi mujer está sentada enfrente, del otro lado de la mesa o del mostrador, si así
lo prefieren. Se la ve notoriamente preocupada por la vecindad de la actriz y
por el mal semblante que debo tener. La odio; siempre preferí denostarla a
interesarme, a tratar de averiguar cómo era. Estoy harto de engañarla en sus
propias narices, delante de su mismo trasero y ahora, con todo esto del cólico,
creo que empiezo a necesitarla un poco: piedad y un aeropuerto. La actriz me
mira: es rica, cachonda, pero las actrices son para mirar de lejos, desde un
escenario y sólo representando: "¿Me gustaría saber qué mira?; camine, camine al
gineceo, que los cólicos me ponen más misógino que un gallego". Dios mío, qué
mal estoy, y además esta mujer incomprensible que-me-ha-manda-do-el-Señor, y que
me patea porque piensa que miro codiciosamente a la actriz. ¿Qué pretende, que
además de sentirme como me siento, no mire; que agache la cabeza; que rece, que
pida perdón?; Un aeropuerto.
Guilherme, en este preciso momento, recuerda que Vinicius -inventor, como es muy
sabido, de la bossa nova- no tiene casi voz y que canta, por esta razón, muy
suavecito; sostiene que es éste el motivo por el cual todos cantan en un tono
muy bajito, como si susurraran. Es una maldad simpática; tiene bossa. Y
Guilherme ama a Vinicius; los brasileños se aman entre sí y yo me siento
incomprendido, con todo mi odio encima. La vida entera he tenido este cólico,
este odio. Empezó hace más de veinte años, antes del general Ramírez, cuando
comenzaba la guerra y Holanda era invadida por los botes neumáticos: antes,
cuando el Ejército del Ebro, si mal no me acuerdo. Todo empezó entonces y viene
a terminar ahora, en Copacabana. Empezó en el Largo de Boticario, en la casa de
ese pintor que quería levantarse a mi mujer: ma sí, que se la levanten de una
buena vez y que me dejen tranquilo con toda esa agua que le echan al whisky
estos cariocas.
Malditos sean cuando dicen "lotacao" y pronuncian las tres últimas sílabas cerno
si estuvieran bailando estos cretinos, como si fueran las ancas de sus putas
mujeres que miraba cuando dejé a la mía en la avenida Copacabana y me interné
por Rio Branco, y pasó ese bonde que iba a Madureira. Lloró mi corazón souzinho,
llora por la nostalgia, por las vírgenes y las magdalenas. Y mi mujer
comprándose una bikini francesa de color colorado, mientras yo seguía a todas
las mujeres de Rio, pero y ahora, "José a festa acabou, a luz apagou, o povo
sumiu, a noite esfriou, e agora José?, ¿e agora, vocé? Está sem mulher, está sem
discurso, está sem carinho, ja nao pode beber, ja nao pode fumar, cuspir ja nao
pode, a noite esfriou, o dia nâo veio, o bonde nâo veio, o riso nâo veio, nâo
veio utopia, e tudu acabou, e tudu fugiu, e tudu mufou. José, ¿e agora? Se vocé
gritasse, se vocé gemesse, se vocé tocasse a valsa vienense, se vocé dormisse,
se vocé cantasse, se vocé morrese... Mas vocé nâo morre, vocé é duro, José!"
Había feijoada por allí, que la gente comía de pie en un mostrador. O ese
pescado a la bahiana pasando la Barra de Tijuca, más allá del morro de Rozinha;
las negras vestidas de broderí blanco, sobre la arena blanca, sobre la virgen
negra de yemanyá, rezaban bajo el pleno sol del mediodía. Había un café cerca
del puerto; prostitutas muy pretas y batindinhos de cashasa, mientras mi mujer
compraba su bikini y yo subía a la favela por esas callecitas, y Getulio no
estaba más, y Jango tampoco. Sólo quedaban "los mineros de Lota saliendo de su
cueva". Me acordé de Lawrence Ferlinghetti merodeando por Chile y diciendo eso
de los mineros que, como simios, merodean Botafogo, y de Lacerda, echando a los
tinhosos de ese morro al que confieren tan mala vista. Un aeropuerto, por el
amor de Dios, que de un momento a otro me encuentro con mi mujer y me dice
"hola, ¿a qué no adivinas lo que me compré?"
La pobrecita queriendo decir algo: "no podemos decirnos nada, amor mío; dame la
mano, es demasiado para los tiempo que corren; la mano, la patita".
Me sigue pateando por debajo de la mesa. Como para levantarme a una actriz estoy
yo; la procesión va por dentro querida: los feligreses me pisotean las tripas,
es decir, el alma de los desdichados. Sangre mía de hermanos que nunca fuera
derramada a su debido tiempo; un baño de sangre. Un aeropuerto para lavar los
pisotones de la procesión que transcurre en mi templo interior, en mi alma, es
decir, en mis tripas, en este enmerdado espíritu. No quiero un avión para irme a
cualquier otro lado, quiero un aeropuerto para salir volando, y tomar aire, y
respirar.
Ya no se puede respirar, a pesar de todo el océano; no sé cómo tomar aire. Hay
que apurarse, porque estoy a punto de irme a la marchanta, por no decir otra
cosa: una grosería, de esas que en nada benefician al mundo.
ADIÓS
-Sí, mamá... -Yo le decía mamá, aunque en realidad no lo era. La llamaba así
para que no hubiese dudas. En realidad quería decirle: "te quiero mucho"; por
eso le decía mamá.
-...están muy bien, te mandan besos; en el próximo viaje te los voy a traer. -Me
refería a mis hijos; ahora vivían en Santa Fe con su madre, y yo no vivía más
con ellos. Mamá sospechaba algo de toda esta situación matrimonial, pero nunca
comentamos nada; no me pareció oportuno.
Por otra parte, era difícil, porque mamá nunca hacía preguntas. Prefería que uno
le contara espontáneamente; si tenía ganas, o si podía. Así me encontré muchas
veces hablando de alguna cosa que ni sospechaba iba a terminar conversando con
ella; porque ella conversaba, no daba consejos. Después venía un alivio: los
problemas se achicaban, la vida era linda. Estar a su lado, hablar; sin embargo,
esta vez no había querido decirle nada, traerle más problemas, con todo lo que
estaba viviendo.
Ahora niega algo con un movimiento de su cabeza:
-¿No, qué?
-No los voy a ver...
La miro, finjo, digo que no la estoy engañando, que en el próximo viaje voy a
venir con los chicos; pongo, incluso, ojos de desconcierto cuando no tengo más
remedio que reconocer que se está refiriendo a otra cosa, no al posible
incumplimiento de mi promesa.
-.. .a vos tampoco.
Sin dejarla terminar, despliego un elenco convulso de explicaciones inútiles.
Por ejemplo, que la otra vez, cuando la operaron, después de darle sangre,
también había comentado que no valía la pena o algo por el estilo. Que hacía más
de dos años de todo esto: "mira si no valía la. pena".
-Ya ves: no valía la pena.
-¿Cómo que no?
No insistió aunque era evidente que estaba convencida de sus razones; se limitó
a negar con un pesado movimiento de su cabeza. Estaba tapada hasta las orejas,
apoyada precisamente sobre el costado donde estuvo el pecho que había
desaparecido en aquella operación. Tenía en la piel ese color que trae la
enfermedad, el olor a remedios que trae la enfermedad.
Mamá, cuando estaba sana, siempre hacía scones, y nunca vi que ofendiera a
nadie. Tampoco era cargosa con sus caricias, no molestaba, daba lo que estaba
haciendo falta y en el momento preciso. Cuando hacía scones, la tarde era una
fiesta: la masa cruda todavía, la copa con que la cortaba antes de ponerla al
horno.
¿Cómo era posible que desaparecieran con ella esos scones?
-Vale la pena: dentro de un par de semanas te vas a sentir mejor y te vas a
poder levantar.
Ya ni siquiera negó con aquel movimiento de su cabeza. Me miró fijo, y nada más.
Después sonrió un poquito y, penosamente, extendió el brazo dolorido, sin duda,
y tomó mi mano, como hacía antes para que me durmiera, como haría siempre a
partir de ese momento, sin soltarme nunca, sin decir nada, como sonriendo. Una
lágrima resbaló por la filosa ladera de su nariz, y yo sentí que se clausuraba
mi garganta.
-¿No tenés que irte ya?
-Todavía es temprano.
-¿A qué hora sale tu tren?
-Falta mucho.
-No se te vaya a hacer muy tarde...
-...Tengo tiempo todavía.
-Si querés, anda; no te demores conmigo.
-Con un taxi estoy enseguida.
Retiro estaba muy cerca, y no perdí el tren. Dos días después, tomaba certeza
con algunos amigos, en Santa Fe. Conversábamos, y ya ni me acuerdo de cuál era
el tema en ese momento; tal vez nada importante, pero en eso andábamos, dejando
pasar el tiempo, cuando vino alguien a decirme que habían hablado por teléfono
desde Buenos Aires, para avisar que la tía se había muerto. Era más que la tía,
era ni madre, como ya dije.
[*] Revista Primera Plana, diciembre 1967
Su obra poética comprende
Historia antigua (1956), Breves (1959), Lugares (1961), Nombres (1963),
Del otro lado (1967), Adolecer (1968) y Larga distancia (antología
publicada en Madrid en 1971). Ha publicado también los libros de cuentos
Todo eso (1966), Al tacto (1967); Veraneando y Sainete con variaciones
(1966, teatro); Veinte años de poesía argentina (ensayo, 1968); Los pasos
previos (novela, 1972), y en 1973, La patria fusilada, un libro de
entrevistas sobre la masacre de Trelew del '72. Es autor en colaboración
de los guiones cinematográficos de las películas Pajarito Gómez y Noche
terrible, y ha adaptado para la televisión Madame Bovary de Flaubert, Rojo
y Negro de Stendhal y Los Maïas de Eça de Queiroz. En 1968 fue nombrado
Director General de Cultura de la Provincia de Santa Fe, y en 1973,
Director del Departamento de Letras de la Facultad de Filosofía y Letras
de la Universidad de Buenos Aires. Como periodista colaboró en diversos
medios del país y del extranjero, entre ellos, Primera Plana, Panorama,
Crisis, La Opinión y Noticias.
Argentina
es
este un país en el cual se fornica a toda hora
en la hora de la serenidad y en la del peligro
se fornica con esposas propias y ajenas
con parientes
en grupos de toda edad
hombres entre sí mujeres entre ellas
fornican como pueden en este país
en este país se fornica sin alegría
no se ama como uno quisiera
en este país estamos muy tristes
nos ha ocurrido una desgracia
y ahora no hay sosiego en el corazón desorientado
y se tiene miedo
y todos quisieran abandonarse
y claman por una tregua
y no pueden amar como soñaron
ni reconocer que otros vendrán
sin nuestro señorío sin nuestra incapacidad
Amarla es difícil
Es buena, cuando duerme;
el calor de su cuerpo es un puñal de vidrio
que remonta los sueños.
Cuando calla, es buena
y su voz una premonición olvidada y peligrosa
que arruina el silencio.
Cuando grita o llora
o se lamenta o se divierte o se cansa,
nada puede contener
este dolor alegre que envenena
mis sueños y mi soledad.
Por eso es difícil pensar
en ella, en su cara bondadosa;
abandonarse; por eso
es una cobardía retenerla
y dejarla ir, una pavorosa crueldad.
A veces, cuando lo pienso,
no sé qué hacer con ella,
con este destino luminoso.
|
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Dos líneas de fiebre, mareas y pronósticos
Oigo tu paso que se acerca o se
despide; revolcar la sangre, el odio; conocer,
reconocernos. Saber para qué sirven
los fracasos, las victorias del amor. Dejar
que a tu rincón se siente quien no debe sentarse.
Sin poder iluminarte; embarazada, sepultada,
mejor que valga la pena, que todo salga bien. Perdón
y desconfianza: tu pesado calor
es una muela de reproches
y agradecimientos y ternuras y miedos.
Rastro luminoso y cálido, perdido
para encontrarme. Rastro de la verdad que alcanzo
a tocar, rescatado por mi flagrancia vacilante, hirviendo
de terror. Rostro que levantamos para destrozar.
De una punta a la otra de la verdad,
voy a levantar tu nombre, como si fuera mi brazo derecho.
Del otro lado
Cuando estuvimos desesperados, alguien
contó la historia.
No se la puede escuchar serenamente, tiemblan
las manos, el corazón se encoge de dolor;
da un poco de miedo mirar a la gente, detenerse.
Ocurre lo de siempre.
Estábamos perdidos y la historia era confusa. Nada
tenía que ver con la certeza, ni
con el muslo de la bataclana. No
intervinieron traiciones; no es
una vulgar historia de fervores o de mantenidas.
Tu mano es necesaria para sobrellevarla. También
aquella vez (siempre aquella vez) apagaron
las luces y fue necesaria la presencia de tu mano.
Nos apretamos las manos en la sala impenetrable, temblamos
ante la cólera que aún no se había manifestado, que nunca
llegaría a marcarnos como sospechábamos, sino
de otra manera. Nuestras manos
procuraban ordenar el temblor, dominar el doloroso pánico;
y todo porque Humphrey Bogart había resucitado.
Estábamos perdidos en aquel
cine y él no era como el redentor; su cruz
no era un mandato, era
la inteligencia del hombre, era la resurrección
de la ciencia y de nuestros queridos finados.
Hace mucho que nos pasó esto; la mano
fría del cadáver impenitente
rozaba los sueños,
acariciaba nuestros tiernos rostros despavoridos.
Desde aquella vez no sabemos qué hacer con las historias,
con los muertos que no aceptan su desdichada condición, no
sabemos qué hacer con el miedo; no sabemos
encontrar nuestras manos, nuestra
tristeza. El mundo inconsistente.
Hubo muchas anécdotas como ésta ¿Quién
no tiene cosas horribles que contar? ¿Quién no tiene
su historia? Pero nadie supo qué decir, nadie supo
qué hacer, cuando alguien contó la historia.
Seguramente al escucharla buscarás una mano; será
como antes, pero enseguida
intentará olvidar que estuvimos tristes o asustados.
Tampoco sabrás qué decir cuando se haga tarde; lo de siempre:
tendrás ganas de llorar, y nada más.
Nadie esperaba una historia como ésta, tan lamentable ¿Por qué
no llorar entonces? ¿Por qué no perderse en la
espesura de la sala?
Se derramará sobre tu memoria,
como el alcohol que se vuelca entre los nervios y la madrugada;
la historia sobrevolará tu linda cabecita,
será un cuervo que sacudirá tus entrañas corrompidas,
que despeinará cariñosamente tu pelo
Cada día que pasa
Sin excepción, casi por naturaleza o desatino,
todos los días, a la mañana, temprano,
ando por este camino. Llego tarde al trabajo y con
alegría, cuando
es necesario llegar más temprano
y con indignación o repugnancia o sed
de venganza o rabia. Todo esto
no me martiriza ni me apena, aunque parezca
lo contrario y tenga olor a traición; sé muy bien,
con toda impaciencia, que el ocio
llegará algún día con la revolución. Y que ni una cosa
ni la otra vienen de la tristeza o de la impotencia.
Voy cansado, es cierto, harto como todo el mundo que se precie,
o con desaliento; pero nunca falta
alguna cosa, un olor,
una risa que me devuelva,
para valer la pena; recién entonces empiezo a convencerme;
calles sucias y bocinas y el tráfico
alucinado y dormido todavía; viejos conocidos,
como el destino
o la bruma de la ciudad. Y
el mal semblante; la desconfianza
en los ojos, en los grandes ojos de la gente
hechos para volar. Manos enrarecidas
que rodean
la calle sitiando su respiración. Dominados
del mundo; empleadas
tersas y vulgares bajando
de coches lujosos de los dueños
de otras empleadas, y así sucesivamente.
La pura verdad
Si ustedes lo permiten,
prefiero seguir viviendo.
Después de todo y de pensarlo bien, no tengo
motivos para quejarme o protestar:
siempre he vivido en la gloria: nada
importante me ha faltado.
Es cierto que nunca quise imposibles; enamorado
de las cosas de este mundo con inconsciencia y dolor
y miedo y apremio.
Muy de cerca he conocido la imperdonable alegría; tuve
sueños espantosos y buenos amores, ligeros y culpables.
Me avergüenza verme cubierto de pretensiones; una gallina torpe,
melancólica, débil, poco interesante,
un abanico de plumas que el viento desprecia,
caminito que el tiempo ha borrado.
Los impulsos mordieron mi juventud y ahora, sin
darme cuenta, voy iniciando
una madurez equilibrada, capaz de enloquecer a
cualquiera o aburrir de golpe.
Mis errores han sido olvidados definitivamente; mi
memoria ha muerto y se queja
con otros dioses varados en el sueño y los malos sentimientos.
El perecedero, el sucio, el futuro, supo acobardarme,
pero lo he derrotado
para siempre; sé que futuro y memoria se vengarán algún día.
Pasaré desapercibido, con falsa humildad, como la
Cenicienta, aunque algunos
me recuerden con cariño o descubran mi zapatito
y también vayan muriendo.
No descarto la posibilidad
de la fama y del dinero; las bajas pasiones y la inclemencia.
La crueldad no me asusta y siempre viví deslumbrado
por el puro alcohol, el libro bien escrito, la carne perfecta.
Suelo confiar en mis fuerzas y en mi salud
y en mi destino y en la buena suerte:
sé que llegaré a ver la revolución, el salto temido
y acariciado, golpeando a la puerta de nuestra desidia.
Estoy seguro de llegar a vivir en el corazón de una palabra;
compartir este calor, esta fatalidad que quieta no
sirve y se corrompe.
Puedo hablar y escuchar la luz
y el color de la piel amada y enemiga y cercana.
Tocar el sueño y la impureza,
nacer con cada temblor gastado en la huida
Tropiezos heridos de muerte;
esperanza y dolor y cansancio y ganas.
Estar hablando, sostener
esta victoria, este puño; saludar, despedirme
Sin jactancias puedo decir
que la vida es lo mejor que conozco.
Bar "La Calesita"
Es el fondo de un bar. Es un lugar parecido a una
cueva donde uno se sienta, bebe y ve pasar a
hombres enrarecidos por distintos problemas. Es una
gran linterna mágica.
Es una gruta retirada del mundo que cobija a sus
criaturas. Uno se siente allí ferozmente feliz.
Acaba de aparecer el primer hombre, apenas ha
aprendido a caminar, aún no sabe defenderse.
El hombre sonríe y llora y sigue la fiesta.
El ocaso de los dioses
No hay nadie en la calle, en los ruidos húmedos, en el
vuelo de las hojas y mis pasos quieren reiniciar
las maderas de la adolescencia.
Pero todo está abandonado, no hay nada que pueda
favorecernos; ningún aire de inconsciencia, ningún
reino de libertad. Sólo hábitos tolerantes haciendo
crujir nuestra memoria. "Ha estado bien", decimos.
Dueños del incendio, de la bondad del crepúsculo,
de nuestro hacer, de nuestra música, del único
amor incoherente; soberanos de esa calle donde los
tactos y la impresión hicieron su universo.
Las sombras acarician aún sus veredas, tu mismo
nombre y tu gesto son una forma nocturna que en
esa constelación crece y sabe enrostrar nuestra
culpa.
Y todo termina con una esperanza, con una dilación
–"ha estado bien"–, o en un bostezo, o en otro
lugar donde es menester el coraje.
Algo
a Rubén Rodríguez Aragón
con tu muerte
algo vendrá
algo que jamás sacudió
tu conciencia
no importará
la tierra que te rodea
el árbol que te soporta
el agua que admitió tu pereza
no será algo
que ahora retumba en tu memoria
ni las resonancias que prefirió olvidar
vendrá algo sin vínculos
una lluvia sin pasado
sin gestos censurables
o bondadosos
no estará en juego
tu salvación
tampoco el olvido
ni el arrepentimiento
el "ángel tuerto"
no vendrá a consolarte
no será necesario
y olvidarás también el consuelo
para tu corazón
no habrá consuelo el día en que caigas
no habrá estaciones
ni pájaros
ni trenes
ni alcohol
ni sangre penosa que aguantar
no por eso habrá descanso
el día en que llegue algo que no suponías
algo que vendrá a reclamar
el lugar en el mundo
que supiste negarle
una indescriptible culpa
haciendo estallar las huellas
que minuciosamente lograbas distribuir
ningún rastro
con tu muerte
vendrá una nueva
y desconocida vergüenza
Como bola sin manija
puedo ir para un lado
puedo ir para otro lado
encontrar estuarios pálidos cisnes quietos
buques mansos que como a las nubes
me llevan de un lado para otro lado
puedo dar con lugares apacibles
o sombras excitantes
la primera piel de una mujer
el aroma de una mujer el sonido de una fiesta
puedo beber de cierto cuidado y enfermarme levemente
y sentir en las sábanas el olor del sol
puedo llegar a tener suerte en el juego y en la vida
puedo cambiar de vida y de nombre
puedo peinarme de otra manera
y vestir como nunca lo hice
puedo sorprender
ser irascible o piadoso
comprensivo con las mujeres
o despiadado con sus increíbles sentimientos
puedo como antaño volver a enamorarme
puedo padecer por un vago recuerdo
o tirar todo por la borda
o no soportar la memoria
–hoy te he recordado vagamente–
puedo reír y cantar
divertir a la gente
y esperar a que todos estén completamente locos
y ya no parezca tan divertido
puedo envejecer y enmudecer para siempre
y decir palabras sin mayor fundamento
puedo gozar de placeres fáciles y complicados
–eras alta antes de conocerte
y hoy no he recordado tu nombre
y pienso que otro día podré humillarlo–
puedo tener rasgos bondadosos
arranques de conmovedora caridad
puedo echarme a perder
o tener más hijos como si ofreciera
el más estupendo y bonito de los mundos posibles
puedo ambicionar una amplia fortuna
hasta puedo trabajar o pensar en el as de oro
o seducir a una adolescente frágil-como-un-pétalo-de-agosto
puedo hacer viajes exóticos morder la espesura de un follaje
jugar mi vida por unos diamantes impuros
o por lánguidos ojos saturados de sabiduría
puedo emborracharme aquí o en el extranjero
y caer exhausto en la turgencia de un muslo
o en el filo de una dudosa alcantarilla
puedo investigar o escribir luminosos párrafos
que abrirían por sí el futuro
puedo ser un intelectual responsable o desaprensivo
firmar o no firmar traicionar o jugar a la lealtad
puedo ser adorado
puedo ser odiado
tener amantes
distintas en su belleza singulares en sus caprichos
o no tener a nadie
y no guardar un solo recuerdo
puedo rechazar la ternura
o mendigarla como hace unas horas
puedo vivir alternativas viejas o recientes
fáciles y peligrosas
puedo elegir mi destino
aunque no sepa darle forma adecuada
ni por dónde empezar
puedo imaginar el tiempo que desconozco
luchar por esa o por otra dulce aspiración
puedo olvidar
–hoy no he podido recordar tu nombre–
de la memoria puedo imaginar las interminables apuestas
y sus mañas de vieja tramposa
puedo no pensar en que distribuye los signos
de ese futuro tangible y ajeno
POEMAS PÓSTUMOS
Milonga del marginado paranoico
Parece mentira
que haya llegado a tener
la culpa de todo lo que ocurre
en el mundo; pero es así. Han tratado
de disuadirme psicólogos y sociólogos de mi tiempo,
me han dado razones de peso técnico largamente
formuladas y
parcialmente ciertas. Pero
yo sé que soy culpable de los dolores
que aquí siento y recorren el mundo; de las soledades
que lo van vaciando: quisiera saltar
como Juan L. Ortiz, vociferar
como Oliverio Girondo, pero: primero, ellos me ganaron
de mano; segundo, no me sale bien y aquí
empieza todo nuevamente: otro sufrimiento
igual a diapasones y recursos
que conozco perfectamente y que no vale la pena
repetir: primero, para no emularlos; segundo, porque
tendré que ir
reconociendo que no he sabido
hacerme entender. Y esto es agudo como un ataque
que nos traga la lengua; pido entonces disculpas
por la mala impresión, por las exageraciones.
No puedo quejarme
Estoy con pocos amigos y los que hay
suelen estar lejos y me ha quedado
un regusto que tengo al alcance de la mano
como un arma de fuego. La usaré para nobles
empresas: derrotar al enemigo– salud
y suerte–, hablar humildemente
de estas posibilidades amenazantes.
Espero que el rencor no intercepte
el perdón, el aire
lejano de los afectos que preciso: que el rigor
no se convierta en el vidrio de los muertos; tengo
curiosidad por saber qué cosas dirán de mí; después
de mi muerte; cuáles serán tus versiones del amor, de estas
afinidades tan desencontradas,
porque mis amigos suelen ser como las señales
de mi vida, una suerte trágica, dándome
todo lo que no está. Prematuramente, con un pie
en cada labio de esta grieta que se abre
a los pies de mi gloria: saludo a todos, me tapo
la nariz y me dejo tragar por el abismo.
Muchas gracias
Sirve y me inclino
ante tu palabra, luz de mi pensamiento. Abrirán
las puertas, dejarán entender: los artistas, los
intelectuales, siempre
han sacudido el polvo de la realidad; descubrieron
caminos, emancipaciones
que no siempre lograron recorrer: era
prematuro en algunos casos, en otros fue distinto
– convengamos–, otras palabras son, bajar
la corredera de la mira, buscar con el guión
y dar justamente sobre algo que puede
moverse; un bulto,
un meneo a menos de cien metros
de tu corazón vulnerable, también enemigo.
La suerte ha dejado aquí de andar
fallando: se encendió la luz y pudo verse el caos, las
flagrancias: esa mano
allí, esta codicia; el miedo y otras mezquindades se pusieron
en evidencia y el amor
no aparecía por ninguna parte. Recompuestos
de la sorpresa, rendidos ante los hechos, nadie
pudo negar que en este país, en este
continente, nos estamos todos muriendo de vergüenza.
Aquí estoy perdiendo amigos, buscando
viejos compañeros de armas, ganándome tardíamente
la vida, queriendo respirar
trozos de esperanzas, bocanadas de aliento; salir
volando para no hacer agua, para
ver toda la tierra y caer en sus brazos.
La verdad es la única realidad
Del otro lado de la reja está la realidad, de
este lado de la reja también está
la realidad; la única irreal
es la reja; la libertad es real aunque no se sabe bien
si pertenece al mundo de los vivos, al
mundo de los muertos, al mundo de las
fantasías o al mundo de la vigilia, al de la explotación o
de la producción.
Los sueños, sueños son; los recuerdos, aquel
cuerpo, ese vaso de vino, el amor y
las flaquezas del amor, por supuesto, forman
parte de la realidad; un disparo en
la noche, en la frente de estos hermanos, de estos hijos, aquellos
gritos irreales de dolor real de los torturados en
el angelus eterno y siniestro en una brigada de policía
cualquiera
son parte de la memoria, no suponen necesariamente
el presente, pero pertenecen a la realidad. La única aparente
es la reja cuadriculando el cielo, el canto
perdido de un preso, ladrón o combatiente, la voz
fusilada, resucitada al tercer día en un vuelo inmenso
cubriendo la Patagonia
porque las masacres, las redenciones, pertenecen a la realidad, como
la esperanza rescatada de la pólvora, de la inocencia
estival: son la realidad, como el coraje y la convalecencia
del miedo, ese aire que se resiste a volver después del peligro
como los designios de todo un pueblo que marcha
hacia la victoria
o hacia la muerte, que tropieza, que aprende a defenderse,
a rescatar lo suyo, su
realidad.
Aunque parezca a veces una mentira, la única
mentira no es siquiera la traición, es
simplemente una reja que no pertenece a la realidad.
Cárcel de Villa Devoto, abril de 1973
De "Poemas de batalla", antología de Paco Urondo publicada por Planeta,
1998
© Herederos de Francisco Urondo
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