¿Usted conoce a Luis Zorz?

Por Matías Mauricio

Luis Zorz es una ración de lo porteño. Con apenas doce años se inventó un oficio: pintor de letras, luego –por arrebato de la imaginación– fileteador. Benito Quinquela Martín dijo de él: “Luisito es un loco romántico que le dio vida y color a un arte que anda sobre ruedas”, y trascartón le concedió La Orden del Tornillo, símbolo que premia a los locos de espíritu. León Untroib y Carlos Carboni, dos de los más grandes artistas que diera el filete, fueron sus maestros. Tuvo su taller en Balbastro 6138 – un galpón de 20 x 6 al fondo de su antigua casa de Villa Lugano. Coleccionó tarros y etiquetas de pintura, fue amante de los pinceles Carnevale pero los años lo llevaron a inventarse los propios. Su concepción es que todo objeto puede ser intervenido. Tal vez al presentir que el filete en los carros tendía a desaparecer o quizá motivado por la iniciativa de Nicolás Rubió y Esther Barujel de llevar este arte a la galería Wildenstein de la calle Florida, se dio en Luisito la impronta de filetear ya no solo carros, camiones o colectivos, sino también muebles, muros, botellas, ropas, vidrieras, victrolas, teléfonos, instrumentos musicales, entre ellos la guitarra de León Gieco, cafés y restaurantes de Buenos Aires: Plaza Mayor, el ya desaparecido Tuñín, la caja registradora del Café Tortoni, la Esquina Homero Manzi, las tapas de la revista Los grandes del tango y más de un centenar de placas recordativas de artistas y solares significativos del acervo cultural porteño. Sin ir más lejos, sobre la calle Boedo pueden toparse con más de 50 placas trabajadas por este hombre. Por eso, sin miedo a equivocarse Zorz es el artista plástico argentino con mayor obra en la calle, y aunque firme cada uno de sus trabajos, en él se da el juego de todo creador: llegar a ser lo “anónimo”, lo popularmente anónimo.

 

 

Huellas del Filete porteño

Según el mataburros, la palabra filete remite a una línea fina para adornar dibujos. Apoyándose en esta definición Luisito nos cuenta que ciertos investigadores dan su origen en el carretto siciliano (Italia) a comienzos del siglo XIX, pero esto es solo una hipótesis, porque se sabe –él lo sabe– que el filete, el nuestro, el porteño, aquel que hemos dicho supo brillar en el carro del frutero o del lechero, en la cabina o el paragolpes de un camión, es un arte típico de la ciudad de Buenos Aires. “Me contaba Carlos Carboni que uno de los pioneros, aunque no podría asegurar si fue el iniciador –nos dice Zorz– fue Miguel Venturo, que había nacido en el barrio de Barracas y estudiado la escuela de los hermanos Claudio y Mauricio Antonelli, pintores que trabajaban el vitreaux y daban clases de ornamentación. De allí posiblemente Miguel tomó el ornato; un día su padre –que era capitán de navío– lo llevó a una carrocería y él, ya excelente pintor, se animó y trazó unos ornatos sobre las estructuras de un carro; quién sabe en ese intento está la punta de lanza de este arte. Esto podría haber acontecido en los años cercanos al 1910”.

Por eso, para hallar el domicilio del hueso del filete hay que viajar imaginariamente a la fábrica de carros, al viejo corralón perfumado de bosta y alfalfa donde una parva de obreros con alma de artistas esbozaron las primeras líneas decorativas, sumando a prueba y ensayo otros motivos: letras góticas, hojas de acanto, dragoncitos criollos, flores, pájaros, banderas, escudos y algún icono público junto a la infalible sentencia, dicho o refrán popular.

Ahora silencie el celular, entorne los párpados, súbase conmigo. Sea por unos instantes el “carrerito del Este”, un tal Oscar Modesto –hijo del tropero Musladino– al que Homero Manzi y lxs pibxs del barrio de Pompeya apodaron Manoblanca.

Dónde vas carrerito del Este
castigando tu yunta de ruanos,
y mostrando en la chata celeste
las dos iniciales pintadas a mano.
Reluciendo la estrella de bronce
claveteada en la suela de cuero,
dónde vas carrerito del Once
cruzando ligero las calles del sur.
¡Porteñito…! ¡Manoblanca…!
¡Vamos…! ¡Fuerza que viene barranca!
¡Manoblanca…! ¡Porteñito…!
¡Fuerza… vamos, que falta un poquito!
¡Bueno..! ¡Bueno…! ¡Ya salimos…!
Ahora sigan parejo otra vez,
que esta noche me esperan sus ojos
en la avenida Centenera y Tabaré (…)

Manoblanca (Tango, 1941)
Letra: Homero Manzi / Música: Antonio De Bassi
Intérpretes: D´Agostino – Vargas (1944)

 

 

Carros, carreros y refranes populares

“Las puertas anchurosas de los corralones eran como entradas al campo. Semi-bárbaros, en su fuerza y en sus desplantes, los carreros alcanzaban una prestancia mitológica. Plantados en el pescante, su sola actitud era una compadreada involuntaria, y la voz ronca, dirigida al cadenero distante, que picaneaba con el chasquido de su látigo, se insolentaba solo con decir el nombre de sus caballos, a veces circunstanciales, según quién pasará por la vereda… Si era un negro, se oía… –Sooombraaa…”. Así lo cuenta José González Carbalho en su Historia de carreros.

¿Y de los dichos, piropos, sentencias o refranes populares montados al carro? Los hay de todo tipo: jactanciosos, humildes, amatorios, humorísticos, pueriles. Eso sí, la voz será siempre potestad del varón. De allí la inquietud que se vuelve una nueva pregunta para Luisito Zorz.

—¿Y el paradero de las mujeres fileteadoras?

–La historia podrá afirmar que existieron anteriormente otras, pero el testimonio firme de la mujer fileteadora viene de la mano de las discípulas de Ricardo Gómez, fileteador del barrio de Mataderos, me estoy remontando a la década del ’70. Recuerdo también a León Untroib confirmándome que, sobre calle Independencia, había un taller de letra y allí, tanto la hija del dueño, más el yerno y la nuera realizaban los trabajos de letras, es decir, eran mujeres letristas, quién sabe también fileteadoras.

Volviendo a las inscripciones que solían adornar los laterales o la parte trasera del carro y que al desaparecer se trasladaron a las carrocerías de camiones y colectivos, léanse algunos ejemplos como el que flameaba en un transporte de reses: “Abran paso, este camión conduce mártires asesinados en aras de la patria”. Otro llevará en la culata: “Acá termina el camión”; en los carros verduleros: “Con la verdura, amigazo, nos dimos este gustazo”; en el del lechero: “Espéreme doña, llego con toda la leche encima” y seguirán: “Cuanto más me campaneás, más bonito me encontrás”, “De bacán a carrero”, “El chiche de Lanús”, “Freno con lo que puedo, ¡Ojo!”, “Hablame de frente”, “Lo compré con ayuda de mi viejo”, “No me toques el carro que se me para el pingo”, “Poco, pero mío”, “¡Son rachas!”, “Sacá la trompa que beso fuerte”, etc.

Sin alejarnos este clima les llega El carrerito (1928), bella estampa de Alberto Vacarezza con música de Raúl de los Hoyos, pa’ lucirse en la voz de Alberto Castillo.

¡Chiche! ¡Moro! ¡Zaino!
¡Vamos pingos, por favor!,
que pa´subir el repecho
no falta más que un tirón.
¡Zaino! ¡Chiche! ¡Moro!
La barranca ya pasó,
y por verla tengo apuro
de llegar al corralón.
Y castigando muy suavemente
sobre las ancas del cadenero,
todas las tardes pasa el carrero
peón de la tropa “El Picaflor”.
Va de compadre masticando un pucho
y un clavelito del color del ceibo,
lleva en la cinta de su chambergo
como regalo de un corazón (…)

El carrerito (Tango)

por Alberto Castillo y su orquesta (1945)

 

Luis Zorz fileteando un carro (1998)

Dos preguntas más para Luisito y un cierre

–Hablemos de prohibiciones. ¿Es cierto que Gardel fue para ustedes el parte aguas que permitió romper la censura que sufrió el filete en los años ’30?

–Pensemos que en aquella época se trabajaba prácticamente con figuras de próceres, símbolos patrios como ser la bandera o el escudo. En el ’30 la dictadura militar sentenció que eso se prohibiera, pero al parecer sucedió esto que me contó Carlos Carboni al encontrarse con su colega Francisco “Paquito” Aguado:

–Oíme, Carlos, un muchacho me trajo su carro y quiere que le pinte a Gardel.

–Te lo van a hacer volar –responde Carboni.

Pero Carlitos Gardel quedó, ¡y cómo no iba a quedar si es un ícono! Quién sabe al llegar la imagen del Zorzal al mercado la gente le preguntó: «¿Quién te lo pintó?» Y así se fue multiplicando hasta convertirse en un símbolo imbatible, recurrente de los carruajes, conjuntamente con los dichos populares del porteño y la fuente inagotable que dan las letras de tango. La censura no pudo pararlo, aunque décadas más tarde, allá por el 1975, se prohíbe por ordenanza filetear colectivos.

–Actualmente existe la Asociación de Fileteadores Porteños, en el 2015 la UNESCO declaró Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad al filete porteño y hasta se utiliza la técnica del filete por medio del bodypainting o el tatuaje. ¿Qué reflexión nos podés aportar siendo que venís del fondo de la tradición?

–Cada uno crea la impronta que desea. Yo le di todo al filete y aquí estoy vivo entre las nuevas generaciones que hasta se animan a trabajar sin pincel, ¡es una cosa increíble! Quiero decir, el que sabe combinar el filete con las posibilidades de la tecnología, hace un estrago. A veces me siento a pensar y me digo: ¡Mirá, Luisito, lo que pudiste hacer con apenas un lápiz y un papel! ¡Y es que siempre fuiste pintor pero nunca te hiciste el raro!

Flaco como Discépolo pero gordo en amigos, Luisito supo cultivar la mesa de café para enyuntarse con personajes inolvidables: Aníbal Troilo, José Razzano, Julián Centeya, Enrique Cadícamo, Cesar Tiempo, Carmencita Calderón, Roberto Tálice, Edmundo Rivero, entre otrxs. No era insólito que Quinquela u otro pintor le cambiara un cuadro, una aguafuerte por una “tablita fileteada”. En las manos de Zorz hay un algo misterioso y en sus ojos pueden leerse los cielos de Udine y Trieste – la patria de sus padres. Cercano a los noventa años maneja como pocos el silencio de los monjes y lo trenza con viejas palabras en lunfardo. Es incansable, por eso sigue dibujando, y a punta de lápiz y papel, de ornatos y flores, de dragones, gallitos y gorriones, Luis Zorz será por siempre “Luisito el Grande”, acaso uno de los más significativos creadores que dio y dará la historia del filete porteño. Si en alguna esquina de Buenos Aires te lo cruzás, abrazalo fuerte. Quedan pocos.

¡Hasta cualquier vedera! ¡Hasta la Victrola siempre!

El Cohete a la Luna

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