Variaciones sobre un tema

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LASEMANA

Por Carmen Martín Gaite

La fisonomía de un invierno, tomado en su conjunto, es de por sí difícil de individualizar, y ya llevaba cinco avecindada en Madrid Andrea Barbero cuando vino a sentirse picada por la comezón de desglosar de aquel que concluía, al calor de los primeros soles de marzo, el perfil de cada uno de los otros.

Para hablar propiamente, más que tal comezón empezó siendo un mero echar la cuenta por sí misma, como si se le presentara por vez primera la necesidad de constatar que habían sido cinco los años transcurridos —aunque ya las conversaciones de su madre, proyectadas de ordinario a la pura evocación y esmaltadas de fechas por doquier, sirvieran para suministrarle sobradas referencias de tiempo y de lugar—; y, si bien es verdad que esta necesidad había llegado a asaltarla de manera bastante reincidente en los últimos meses, interfiriendo incluso de improviso su quehacer habitual, sorbiendo entera su capacidad de concentración, también es la verdad que se trataba de inerte y bien cerril concentración la aplicada por Andrea al repaso mental de los inviernos y que de aquel balance ni ideas ni emociones resultaban, tan solo la evidencia de confirmar un número. Ni siquiera hubiera sabido dar la razón que la impulsaba a buscar por inviernos en lugar de buscar por primaveras, porque la única imagen invernal que solía pintársele con toda precisión, la de unos árboles del Retiro dibujándose contra un frío atardecer violeta, no pertenecía a ese tiempo de los cinco años en cuyo amasijo revolvía inútilmente, sino al de su primera visita a Madrid desde el pueblo, aún en vida del padre. Muchas veces, acompañada o sola, había vuelto después, cuando ya le era familiar la ciudad, a la glorieta del parque desde donde miró las copas de los árboles aquella tarde antigua, pero nunca había vuelto a estar el tiempo en ellos mismos, en el dibujo de sus ramas contra el cielo como entonces.

—¡Digo dos para leche! Te digo a ti…, dos para leche, ¡dos! —se sentía a menudo interpelar desde que, a raíz de su último cumpleaños, empezó a padecer semejantes ensimismamientos repentinos, de los que a duras penas conseguía salir para reincorporarse al ritmo de la cafetería—. ¿Pero en qué estás pensando?

Y aparte de que, en el seno de tal tráfago, ninguna explicación medio cabal hubiera hallado asilo, quién sabe si tampoco ella, sin más ni más, podría sentirse dispuesta a tan inusitada explicación, aun dando por cesado aquel chocar de platos y cucharas, de tazas y de vasos, ahora al uso, y ya sucios, y otra vez recogidos, y de nuevo lavados bajo el chorro, para volver a emparejarse en pertenencias alternativas y fugaces con sucesivos rostros de peticionarios cuyo único distintivo era la mencionada y casual atribución —«aquel a quien falta un cuchillo», «el de la taza grande», «el que quiere dos terrones», «la del vaso largo con raja de limón»—, rostros inconsistentes, asomados al otro lado de la barra como a un abrevadero; aun suponiendo, digo —y ya era suponer—, que por extraño ensalmo la enojada pregunta con que la compañera de los ojos pintados venía a atosigar no hubiera sonado allí precisamente, desvirtuada entre tantas estridencias, sino en lugar idóneo y sosegado, a orillas, por ejemplo, del arroyo que corría por la ladera de los cantos en el pueblo donde Andrea nació, lo cual sería admitir al propio tiempo que el rostro de la amiga, al lanzar su «¿qué piensas?», no estaría crispado por la prisa y alejado en verdad de lo que preguntaba, sino entregado a la pregunta misma; aun entonces, ¿qué habría podido ella responder, de intentar ser honrada? Ni siquiera, en verdad, «pienso en el tiempo pasado», ya que los inviernos gastados en Madrid se le presentaban simplemente como cinco palotes pintados en el aire del local, sin más decirle nada, fuera de que eran cinco y, además, apenas aquella terca voluntad de recuento cedía a las presiones insoslayables del exterior, volvían a amalgamarse, incontrolables e indistintos, en el tronco confuso de todo lo vivido, lo cual era como desvivirlos y darlos por rezagados, por vueltos al claustro de lo no ocurrido todavía, y estos eran los momentos en que, tomando su lugar, la imagen aislada de aquella otra tarde que parecía no tener nada que ver con esto y que ella llamaba en su recuerdo «la de mi escapatoria» quedaba sustituyéndolos, clara y estática, como un telón pintado, delante del cual ninguna función hubiera venido aún a desarrollarse.

—Estaba contando cinco y tú me espantas el número; quítate de ahí, que se me va la cuenta y no puedo dejarla de atender —podría haber sido, en todo caso, la frase más cabal de Andrea a su compañera, aunque de tan espontánea y directa resultaba en verdad informulable, teniendo en cuenta las inaplazables llamadas del entorno.

¿Cómo escapar, en efecto, a aquellas voces, gestos y ruidos que sin cesar interferían, mezclándose a lo propio? Precisamente el tiempo en que esta fórmula «escapar», hoy impracticable, había resultado aún valedera, era ese tiempo que en vano se intentaba contrastar con los cinco palotes de ahora y que un poeta chileno cliente de la cafetería llamó una vez, hablando con Andrea de su infancia, «edad de lo obvio», significación que, aclarada más tarde gracias al diccionario (obvio = muy claro, que está delante de los ojos), le produjo el placer de sentir identificada con una noción ajena la que ella misma guardaba sin expresar de ese tiempo donde dar un salto y echarse fuera de lo que acosa es algo tan incuestionable como mirar o beber. Pero es que un echarse fuera de los de entonces daba por supuesto, en primer lugar, que había algo que estaba fuera, lo cual ya no era poco: no confundir los campos, dominar los propios límites, saber qué era lo exterior. Y la magia residía en el poder de reducir a exterior cuanto se prefería tener lejos, mientras cabía, por otra parte, volver propio lo que se prefería anexionar. Ahora nada estaba puesto lo suficientemente lejos como para poder saberlo ajeno, es decir, que se presentaba lo ajeno simultáneo, confundido y a la vez incomunicado con lo propio. Por eso el gesto de un brazo desconocido podía derribar, sin más ni más, aquellos cinco años surgidos a intermitencias en el aire estancado del local, acerca de cuya entidad parecía tan importante saber algo. Y aunque la persona a quien pertenecía el brazo algo tenía que ver con lo que derribaba, por haber participado en los mismos esquemas de fiesta y de labor, de sueño y de vigilia padecidos por Andrea a lo largo de los cinco inviernos recién pasados, tal consideración resultaba demasiado abstracta para llegar a dar el más mínimo calor, porque aquellos clientes movedizos no solían dar datos que permitieran imaginarlos como personas vivas en otra circunstancia que no fuera la de su estricta permanencia en el local, y nada inclinaba a sentirlos copartícipes de aquel tiempo cuyo exclusivo y terco manoseo empezaba a dar ya en enfermedad.

Fue la preocupación misma ante la frecuencia morbosa del fenómeno lo que contribuyó a irlo tornando menos ciego. Porque al necesitar preguntarse por el sentido de semejantes vanos recuentos, a fuerza de buceos en su propio pensar, vino a comprender Andrea poco a poco que no era una cronología de su vida a lo largo del período vivido en la ciudad lo que andaba buscando. Se trataba más bien, por el contrario, de una voluntad de rechazar las cronologías aceptadas hasta entonces y rastrear una pista del tiempo menos falaz. Y por este camino llegó a estar clara una cosa: la falta de sincronización entre el lenguaje del reloj o del calendario y el curso real del tiempo, que unas veces anda llevándonos en él y dejándonos habitar los paisajes a que nos asoma, y otras, las más, desconectado de nosotros igual que un tren vacío de cuya llegada a las estaciones llevamos, eso sí, puntual cuenta.

Así resultaba inadmisible aceptar, por ejemplo, que hubiese podido contarse por minutos, como los otros, aquel trozo de vida en el límite de la infancia con la adolescencia, salvado indemne de ese purgatorio adonde van a caer las tardes arrancadas de la edad. Y en el fenómeno de tal resurgir menester era ya detener la atención, como para tratar de descifrar una escritura jeroglífica mirada antes distraídamente.

Cuando el padre, que ahora ya estaba muerto, se levantó y dijo: «Las cuatro y media; me voy a acercar a ese recado y tú espérate, hija, que estarás cansada del madrugón y del trajín de toda la mañana», estaban marcadas, efectivamente, las cuatro y media en un reloj que presidía el gran café bullicioso, «que menudo negocio debía ser y no el bar en el pueblo», y diez minutos habrían pasado a partir de su marcha cuando los novios del asiento de al lado se levantaron también para salir. Andrea no vaciló en imitarlos; desde que se habían sentado allí, atrajeron toda su capacidad de atención, y el pensamiento de que no iba a volver a verlos nunca más se le hizo insoportable.

—Dígale a ese señor, cuando vuelva, que me he ido a dar un paseo y que sé volver a casa de los tíos

—le encomendó apresuradamente al camarero—. ¿Se acordará?

—Sí, hija, pero ¿qué señor?

—El que estaba aquí antes, con traje de pana.

Eran las cinco menos cuarto, acababa de cumplir quince años y como regalo venía por primera vez a Madrid, cuyo plano guardaba en el bolsillo junto con cinco pesetas. Pero en cuanto salió a la calle, todas estas referencias se le borraron y no volvió a pensar en el padre ni a preguntar la hora ni a proyectar regreso ninguno hasta que se oscureció completamente el cielo por detrás de los árboles de una plazuela en el parque adonde el rumbo de la pareja que guiaba sus pasos había de depositarla.

Ya aquella noche, en la cama mueble de casa de los tíos, después de haber sufrido una gran reprimenda, al tratar de repasar la tarde con los ojos abiertos en la oscuridad, le parecía a ella misma tan raro como a los demás que hubiese durado tan poco o tal vez tanto, pero aun sin poderla amueblar con acontecimiento alguno, la aceptaba, prestándole el mismo tipo de adhesión y creencia que a aquel cuento manchú del leñador que se pasó trescientos años jugando al ajedrez con unas desconocidas en un claro del bosque y luego volvió al lugar donde estuvo su cabaña, pensando que era aún el mismo día; y así no se sentía precisada a buscar explicaciones de que el tiempo se hubiera gastado como se gastó, ni impulsada a justificar su paso con la atribución de peripecias personales que no habían tenido lugar en absoluto; pero más adelante, al regresar al pueblo, como quiera que su silencio frente a las preguntas que por muchos días le siguieron haciendo sobre su escapatoria diera en interpretarse como ocultación de algún secreto, vino a hacérsele tan pobre el recuerdo de aquellas horas solitarias de paseo, que empezó a imaginarlas albergadoras de una historia cuya gestación le llevó muchas horas; y a medida que se perfilaba, iba ella convirtiéndose en protagonista de aquel secreto que le atribuían. Fue una historia insegura, llena de borradores y de versiones simultáneas, hasta que por fin una tarde se desprendió y vino a ver la luz en la confidencial narración hecha a una amiga, quien, al escucharla, le dio el espaldarazo de verdad definitiva que añade todo interlocutor como ingrediente indispensable para la cristalización de las historias.

Aun hoy, aquel muchacho de unos veinte años y de pelo negro, tal vez estudiante, a quien había seguido ávidamente por calles y por plazas, sin recibir de él más que algunos fragmentos de risa, de gestos y de voz dirigidos a otra mujer, era —adornado a veces con atributos de novios posteriores— el primer acompañante suyo en la ciudad, y su conversación confidencial, triste y apasionada, mientras miraba junto a ella las copas de los árboles en aquel banco de la invernal glorieta, era más real que ninguna de las sostenidas después con muchachos de nombre y apellido; tan real, duradera e inapresable como las mil ramitas de los árboles que se clavaron en el atardecer de aquel día y como los incontables ensueños de cuyas profundidades la despertó el descubrimiento de la hora tardía, ya a solas en aquel mismo lugar, cuando los novios hacía rato que habían desaparecido del banco contiguo.

El tiempo, pues, venía a estar contenido mucho más en las historias deseadas —narradas a uno mismo o a otro— que en lo ocurrido en medio de fechas. En las fechas era donde se cobijaba la mentira. Aquel tiempo pasado en la glorieta —con el muchacho o ella sola o las dos cosas superpuestas— nada tenía que ver con edad ni clasificaciones; nada absolutamente con los esquemas de la madre, la cual, cuando decía «el año que reñiste con Manolo», «la primavera en que murió Jesusa», «después de mi pulmonía» o «el invierno en que empezó a venir el primo a comer los domingos», aceptaba la total solidaridad de la fecha con el acontecimiento, como si no pudieran pedirse al tiempo más cuentas que las de su coincidencia con los sucesos que había patrocinado; y aunque también ella en muchas ocasiones hubiese tratado de reconstruir el edificio de su edad apuntalándolo contra semejantes datos, sentía ahora que cualquier referencia anecdótica era un espantapájaros colocado para desorientar de una búsqueda verdadera.

En efecto, decir de un invierno «el invierno en que empezó a venir el primo los domingos» no era definición que arrojase luz ninguna sobre el paso del tiempo entre domingo y domingo, a lo largo de todo aquel invierno ni de los demás en que había seguido viniendo invariablemente y sostenido parecidas conversaciones. Tales hitos dominicales, mantenidos artificialmente, suponían algo quieto, compacto e inoperante, un muro aislador de todas las preguntas que pudieran surgir acerca del estrago y variación de las cosas.

Pues de la misma manera, ¿significaba algo tener treinta años y llevar cinco en Madrid? ¿O eran simples guarismos? La necesidad de plagarlo todo de fechas había llegado a convertir el caudal navegable del tiempo en los propios canales que simplemente lo debían contener. Ahí estaba el engaño. Se saltaba de una Navidad a una Semana Santa, y de allí a un verano, y luego los letreros decían «cumpleaños», pero estas fechas, a cuyo haber se cargaba el olvido de todas las demás, eran las responsables del tiempo despreciado, escurrido por entre sus intersticios, del tiempo que nadie sentía como río a navegar.

Por eso, aunque Andrea actualmente podía decir bien alto, y sin que fuera propiamente mentira, «trabajo en una cafetería, salgo a la calle, me pierdo entre la gente, nadie me pide cuentas, me compro trajes y zapatos, no me pudro en un pueblo, les gusto a los chicos, sé un poco de inglés», este resumen solamente se volvía significativo al añadirle secretamente la rúbrica del «soy aquella que soñé», como si la imagen de hoy no fuera verdad más que por estar referida al deseo con que empezó a ser acariciada quince años atrás, en la casual glorieta.

Allí, a aquel cielo que fue propagando sus insensibles variaciones entre las ramas de los árboles hasta la total difuminación de toda luz y dibujo, y a las añoranzas de futuro que tal contemplación produjo en su mente de niña pueblerina, a aquellos últimos rojos de la tarde, alumbradores de anhelos y propósitos, era donde había que retroceder, a ese rescoldo —por fin estaba claro—, a buscar el rostro escondido de los cinco años, transformados más tarde, al ser verdad, en esta cuadrícula de fechas y sucesos que cualquier mediocre y ordenado cronista, sin gran esfuerzo, habría podido fielmente reproducir.

Madrid, febrero de 1967

(De: Todos los cuentos, Siruela, 2019)

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *