Veinte minutos

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por James Salter

Esto sucedió cerca de Carbondale a una mujer llamada Jane Vare. La conocí en una fiesta. Estaba sentada en un sofá, con los brazos extendidos, uno a cada lado, y una copa en la mano. Hablamos de perros.

Ella tenía un viejo galgo. Lo había comprado para salvarle la vida, me contó. En las carreras, cuando dejan de ganar, prefieren matarlos a darles de comer. A veces liquidan tres o cuatro juntos, los cargan en una camioneta y los llevan al vertedero de basuras. Este perro se llamaba Phil. Era poco ágil y casi ciego, pero ella admiraba su dignidad. A veces levantaba la pata contra la pared, casi a la misma altura que el pomo de una puerta, pero poseía un hermoso rostro.

Comida en la mesa de la cocina y barro en el suelo de madera. Ella entró a grandes zancadas, como un joven mozo de cuadra, luciendo una chaqueta gastada y botas altas. Tenía lo que se llama un buen asiento, varias escarapelas en la pared. Su padre había vivido en Irlanda, donde un domingo por la mañana entraron en el comedor después de montar y el anfitrión cayó muerto en la cama, con el atuendo puesto. Para ella, toda su vida había sido así. Dinero y abolladuras en los costados de un coche sueco casi nuevo. Hacía un año que su marido la había dejado.

En torno a Carbondale, el río cae en picado y se ensancha. Hay un enmarañado puente de caballetes, pintado numerosas veces, que utilizaban en la extracción de carbón.

La tarde estaba llegando a su fin y acababa de pasar un chubasco. La luz era plateada y extraña. Los coches emergían de la lluvia con los faros encendidos y los limpiaparabrisas en marcha. La maquinaria amarilla aparcada en el arcén de la carretera parecía inusitadamente luminosa.

Era la hora que sigue a la salida del trabajo, cuando el agua de los aspersores centellea en el aire, las colinas han empezado a oscurecer y los prados son como estanques.

Ella cabalgaba sola a lo largo del promontorio. Montaba un caballo llamado Fiume, grande, bien formado, aunque no muy listo. Habían llegado hasta el embalse y regresaban en dirección oeste, por donde se ponía el sol. Aquel caballo podía ir rápido. Los cascos aporreaban el suelo. La camisa se llenaba de aire, la silla chirriaba, y el enorme cuello del caballo había adquirido un tono más oscuro por el sudor. Iban siguiendo la zanja en dirección al portón: siempre saltaban por encima.

En el último momento, algo ocurrió. Fue en un instante. Tal vez el caballo se trabó con las patas, o puede que tropezara con un hoyo, pero de repente se vino abajo. Ella salió disparada por encima de la cabeza y, como a cámara lenta, el caballo la siguió. Ella se quedó allí tendida, viendo cómo el animal se le aproximaba flotando… Aterrizó sobre su regazo desprotegido.

Fue como si la hubiera atropellado un coche. Se quedó aturdida, pero no sintió que estuviese herida. Por unos segundos imaginó que podría levantarse y sacudirse la ropa.

El caballo ya estaba en pie. Tenía sucias las patas y había tierra en su grupa. En medio del silencio percibió los tintineos de la brida, e incluso el agua deslizándose por la acequia. A su alrededor, todo eran prados y quietud. Sintió náuseas. Todo estaba roto allí dentro, lo sabía aunque no sintiera nada. Sabía que disponía de algún tiempo. Veinte minutos, solían decir.

El caballo estaba arrancando un poco de hierba. Ella se incorporó ligeramente sobre los codos y de inmediato se sintió mareada.

—¡Maldito seas! —le gritó. Estaba a punto de llorar—. ¡Lárgate! ¡Vete a casa!

Alguien podría ver la silla vacía. Cerró los ojos e intentó pensar. Por algún motivo, le costaba creerlo: nada de aquello podía ser verdad.

Lo mismo le había sucedido la mañana en que vinieron a decirle que Privet había sufrido un accidente. El capataz la estaba esperando en los pastizales.

—Se ha roto una pata —le dijo.

—¿Cómo ha sido?

No lo sabía.

—Da la impresión de haber tropezado —aventuró.

La yegua estaba tendida bajo un árbol. Ella se arrodilló y le acarició el hocico en forma de tabla. Sus grandes ojos parecían mirar hacia otra parte. El veterinario vendría en coche de Catherine Store levantando una gran columna de humo, pero al final transcurrió demasiado tiempo antes de que llegara. Aparcó un poco apartado y se acercó andando. Después dijo lo que ella ya sabía que iba a decir: que tendrían que matar a aquella yegua.

Recordaba todo esto mientras permanecía tendida en el suelo. El día había finalizado. Se encendían luces en algunos puntos de las casas a lo lejos. Estarían dando las noticias de las seis. En la distancia podía ver el henar de Piñones, y mucho más cerca, a un centenar de metros, un camión. Pertenecía a alguien que trataba de construir una casa allá abajo. Estaba cargado de ladrillos hasta los topes y no funcionaba. Había otras casas más o menos a unos dos kilómetros de donde estaba ella. Al otro lado del promontorio, oculto por los árboles, estaba el cobertizo metálico del viejo Vaughn, que antes era el dueño de todo esto y que ahora apenas podía andar. Más al oeste estaba la hermosa casa de adobe color tostado que Bill Millinger construyó antes de arruinarse, o fuera lo que fuese lo que le pasó. Bill tenía un gusto espléndido. Los techos de la casa eran de troncos de árbol pelados, típicos del suroeste, y había tapices de los navajos, y una chimenea en cada habitación. A través de los cristales ahumados de las ventanas se podían contemplar amplias vistas de las montañas. Una persona capaz de saber cómo construir una casa como aquélla tenía que saberlo todo.

Ella le había organizado la famosa fiesta aquella noche inolvidable. Las nubes habían esquivado todo el día la cumbre del Sopris, y luego vino la nieve. Estuvieron hablando frente a la chimenea. Las botellas de vino se acumulaban en la repisa, y todo el mundo iba elegante. Fuera no paraba de nevar. Ella lucía unos pantalones de seda y llevaba el cabello suelto. Al final terminó con él de pie bajo el umbral de la cocina. Se sentía llena de afecto y estaba algo bebida, ¿y él?

Vio como Bill miraba el dedo de ella deslizándose por el borde de la solapa de su chaqueta. El corazón le latía con fuerza.

—No irás a dejar que pase sola la noche, ¿eh? —le dijo.

Bill tenía el cabello rubio y pequeñas orejas pegadas al cráneo.

—Yo… —empezó a decir.

—¿Qué?

—¿No lo sabes? Soy de la otra acera.

¿De cuál?, había insistido ella. Menudo despilfarro. Las carreteras estaban casi cerradas, la casa, perdida en medio de la nieve. Luego empezó a suplicar —no pudo evitarlo—, y al final se enfadó. Lo aborrecía todo, los pantalones de seda, los muebles…

Por la mañana, el coche de él seguía allí afuera. Le encontró en la cocina, preparando el desayuno. Había dormido en el sofá, se peinaba el largo cabello con los dedos. En las mejillas lucía una incipiente barba rubia.

—¿Has dormido bien, querida? —le preguntó.

A veces ocurría todo lo contrario: en Saratoga, en el bar donde el ídolo era un inglés alto que había hecho un montón de dinero con las ventas. ¿Vivía allí?, le había preguntado él. Visto de cerca, sus ojos parecían lagrimosos, pero su acento tenía la pureza típica de los ingleses:

—Es maravilloso llegar a un sitio y conocer a alguien como tú —le había comentado.

Ella aún no había decidido si quedarse o marcharse, pero al final se quedó a tomar una copa con él, que estaba fumando un cigarrillo.

—¿No has oído lo que dicen de esto? —preguntó ella.

—No. ¿Qué cuentan?

—Que os puede provocar cáncer.

—¿Os?

—Es el término que utilizan los cuáqueros.

—¿De veras eres cuáquera?

—Oh, desde hace tiempo.

El hombre la cogió del codo.

—¿Sabes una cosa? Me gustaría follaros —le dijo.

Ella retorció el brazo para soltarse.

—Lo digo en serio —insistió él—. Esta noche.

—En otra ocasión —le contestó ella.

—No dispongo de otra ocasión. Mi esposa llegará mañana.

—Es una lástima, porque yo dispongo de todas las noches.

A él no le había olvidado, pero sí su nombre. Llevaba una elegante camisa a rayas azules.

—¡Oh, maldito seas! —gritó de pronto.

Era el caballo. No se había ido. Permanecía cerca de la verja. Empezó a llamarlo.

—Ven aquí, guapo —suplicó—. Acércate.

El animal no se movió.

No sabía qué hacer. Habían transcurrido cinco minutos, tal vez más. Oh, Dios, pensó. Oh, Señor, oh Dios nuestro Señor. Distinguía el largo trecho de la carretera que subía desde la autopista, la extremadamente pálida superficie sin pavimentar. La carretera del desastre. Aquel día había conducido por allí con su marido. Había algo que quería decirle, había dicho Henry, con la cabeza inclinada hacia atrás en un ángulo extraño. Quería efectuar un cambio en su vida. A ella, el corazón le dio un vuelco. Iba a romper con Mara, dijo él.

Se produjo un silencio.

Al final, ella preguntó:

—¿Con quién?

Entonces él comprendió su error.

—La chica de la…, del despacho del arquitecto. La delineante.

—¿Qué quieres decir con que vas a romper con ella? —Le costaba hablar. Miraba a su esposo como si fuera un fugitivo.

—¿No estabas enterada? Habría jurado que lo sabías… Sea como sea, ahora todo ha terminado. Quería que lo supieras. Que todo eso ha quedado atrás.

—Para el coche —le ordenó—. No digas ni una palabra más. ¡Para aquí!

Su marido conducía a su lado, intentando explicarse, pero ella cogía las piedras más grandes que encontraba y las lanzaba contra el coche. Después atajó por entre los campos, con la artemisa arañándole las piernas.

Pasada la medianoche, al oír que él subía por la rampa de la entrada, le gritó desde la ventana:

—¡No! ¡No! ¡Lárgate!

«Lo que no entiendo es por qué nadie me lo había comentado —solía decir—. Se suponía que eran amigos míos.»

Algunos se habían distanciado, otros se habían divorciado, y a otros les habían pegado un tiro, como a Doug Portis, que estaba en el negocio de las excavadoras y se entendía con la mujer de un policía. Otros, como su esposo, se habían trasladado a vivir a Santa Barbara, para convertirse en el hombre desparejado en las cenas en grupo.

Estaba oscureciendo. Que alguien me ayude, que alguien me ayude, no paraba de repetir. Alguien vendrá, tiene que venir. Intentó no dejarse dominar por el pánico. Pensó en su padre, que explicaba la vida con una sola frase: «Te tumban al suelo y te levantas. Todo se reduce a eso». Su padre sólo reconocía una virtud. Habría escuchado lo sucedido, que ella se había limitado a quedarse allí tendida. Tenía que intentar llegar a la casa, aunque sólo pudiera recorrer un pequeño trecho, aunque sólo fueran unos metros.

Empujándose con la palma de las manos, consiguió arrastrarse, al tiempo que llamaba al caballo. Si venía, quizá pudiera agarrarse a un estribo. Intentó localizarlo. Bajo la última luz del día vio desvanecerse los chopos, pero todo lo demás había desaparecido. Los prados se habían extinguido.

Intentó entretenerse con un juego. Ella no estaba tumbada cerca de la zanja sino en otro sitio, en todos los sitios: en el primer piso de la calle Once, que daba encima de la claraboya del restaurante; en la mañana de Sausalito, cuando la doncella llamaba a la puerta y Henry intentaba avisarla en español: «¡Ahora no, ahora no!». Y las postales sobre el mármol del tocador, todas las cosas que habían comprado. En Haití, delante del hotel, los taxistas se apoyaban en sus coches y llamaban con voz suave: «Eh, blanc, ¿te gustaría ir a una bonita playa? ¿Ibo playa?». Querían treinta dólares al día, decían, lo cual sin duda era el precio real multiplicado por cinco. Anda, dáselo, le había dicho ella. Podía encontrarse allí con toda facilidad, o tendida en su cama en un día lluvioso, leyendo mientras la lluvia caía a ráfagas contra la ventana y los perros se acurrucaban a sus pies. Sobre el escritorio había algunas fotografías: de caballos, de ella saltando, y una de su padre durante un almuerzo al aire libre cuando tendría unos treinta años, en Burning Tree. Un día le había telefoneado: iba a casarse, le anunció. ¿Casarse?, había preguntado él. ¿Con quién? Con un hombre llamado Henry Vare, le contestó, aunque le habría gustado añadir: uno que viste un traje precioso y tiene unas manos grandes y maravillosas.

—Mañana —añadió.

—¿Mañana? —La voz de su padre sonó muy lejana—. ¿Estás segura de que eso es lo que más te conviene?

—Absolutamente.

—Que Dios te bendiga —dijo.

Aquel verano se habían trasladado aquí —que era donde Henry vivía— y compraron la hacienda más allá de los Macraes. Dedicaron todo el año al acondicionamiento de la casa, y Henry empezó su negocio de jardinería. Tenían su propio mundo. Paseaban por el campo sin otro atuendo que unos pantalones cortos, la cálida tierra bajo sus pies, la piel manchada de barro por bañarse en la acequia, donde el agua era fría y cubría, como dos niños desteñidos por el sol, aunque mucho mejor, la puerta de rejilla metálica dando portazos, montones de cosas encima de la mesa de la cocina, catálogos, navajas, todo nuevo. El otoño, con sus luminosos cielos azules y las primeras tormentas acercándose por el oeste.

La oscuridad lo cubre todo ahora, excepto en lo alto del promontorio. Quedan todas las cosas que pretendía hacer, viajar al este otra vez, visitar a ciertas amistades, vivir un año junto al mar. No podía creer que todo esto hubiese acabado, que fueran a dejarla aquí, en el suelo.

De pronto empezó a pedir ayuda, con todas sus fuerzas, las cuerdas vocales dibujándose en su cuello. En la oscuridad, el caballo levantó la cabeza. Ella siguió gritando. Ya sabía que era una cosa por la que tendría que pagar. Estaba dejando salir sus demonios. Al final se calló. Percibía los latidos de su corazón, y en el fondo algo más. Oh, Dios, empezó a suplicar. Allí tendida oyó los primeros redobles de tambor, solemnes, terribles y lentos.

Fuera lo que fuera aquello, sin duda era algo malo… «Haré lo mismo que habría hecho mi padre», pensó, y se apresuró a imaginárselo. Y mientras se lo imaginaba sintió que algo largo, algo metálico, la traspasaba. En un instante de incredulidad comprendió el poder de aquello, dónde la llevaría y cuál era su significado.

Sentía húmedo el rostro y tiritaba. Ahora aquello estaba ahí. «Tienes que hacerlo ahora», decidió. Sabía que existía un Dios, confiaba en que lo hubiera. Cerró los ojos. Cuando los abrió, había empezado: de forma totalmente imprevista y con igual celeridad. Vio que algo oscuro se movía a lo largo de la cerca. Era su pequeño caballo, el que su padre le había regalado hacía mucho tiempo, su caballo negro que regresaba a casa, a través de los vastos campos, a través de los prados. ¡Aguarda! ¡Espérame!

Empezó a gritar.

Unas luces brillaron arriba y abajo paralelas a la zanja. Era una camioneta acercándose por el terreno lleno de baches, con el hombre que a veces construía la casa solitaria y una estudiante del instituto llamada Fern que trabajaba en el campo de golf. Llevaban subidos los cristales de las ventanillas y, al girar, los faros alumbraron cerca del caballo, pero no lo vieron. Lo verían más tarde, al regresar en silencio, el rostro enorme y hermoso en medio de la oscuridad, mirándoles como un estúpido.

—Va ensillado —comentó Fern, sorprendida.

El caballo estaba de pie, tranquilo. Y así fue como la encontraron a ella. La metieron en la parte posterior —tenía el cuerpo fláccido y había tierra en sus orejas— y la llevaron hasta Glenwood, a ciento treinta por hora, sin siquiera detenerse para avisar.

Esto no había sido lo correcto, comentaría luego alguien. Habría sido mejor que fueran en dirección contraria, hacia la finca de Bob Lamb, situada a unos cinco kilómetros más arriba por aquella misma carretera. Bob era el veterinario, pero podría haber hecho algo. Dijeran lo que dijeran, él era el mejor médico de aquellos alrededores.

Habrían entrado con las luces de la camioneta barriendo las blancas paredes de la granja, tal como sucedía a menudo por la noche. Todo el mundo conocía a Bob Lamb. Detrás del granero había enterrados un centenar de perros, entre ellos el del propio Bob.

(De: Anochecer (Dusk and other stories), Muchnik Editores, 2002. Traducción: Antoni Puigròs Jaume)

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