Venezuela y su petróleo

Por Enrique Calderón Alzati*

Las recientes elecciones en Venezuela han sido calificadas de fraudulentas tanto por el gobierno estadunidense como por la Organización de Estados Americanos (OEA). No podría ser de otra manera, pues el gobierno que lidera Mr. Trump, ha hecho todo lo posible por destruir a ese gobierno, utilizando todos los argumentos y falacias a su alcance, como la de querer mandar «ayuda humanitaria» a un pueblo castigado por la miseria causada por la supuesta ineptitud y corrupción de ese gobierno. ¿Por qué tanto interés en destruir a un gobierno electo democráticamente, cuando históricamente los gobiernos yanquis han apoyado a regímenes golpistas y antidemocráticos, como los de Republica Dominicana (Trujillo), Nicaragua (Somoza) y Chile (Pinochet)? La repuesta es sencilla y obvia: ¡el petróleo! O dicho en forma más explícita: las enormes reservas petroleras de ese país son sumamente apetitosas para el imperio capitaneado desde el Potomac. Y en los tiempos que corren, Mr. Trump y sus admiradores, igual que muchos de sus compatriotas, creen a pie juntillas que la célebre Doctrina Monroe: «América para los americanos» debe traducirse como: «el petróleo bajo la tierra a lo largo y ancho del continente es de nuestra propiedad».

Conocí parte de Venezuela, en los viajes que realice a ese país entre 1989 y 1992, como representante de México propuesto por el Conacyt, en uno de los comités científicos latinoamericanos, creados con recursos del gobierno español, para las celebración del 500 aniversario del descubrimiento de América, al que se le dio el nombre de «Encuentro de dos mundos» seguramente para borrar la historia de la España conquistadora, que había colonizado y saqueado los territorios indígenas que hoy dan asiento a los países latinoamericanos.

Este comité estaba formado por especialistas dedicados a la informática educativa, sobre todo funcionarios gubernamentales del sector educativo. Ello me dio oportunidad de conocer Caracas y sus alrededores, llamándome la atención que en las tiendas y supermercados, todos los productos en sus anaqueles eran producidos en Estados Unidos. Esto me llevó a pensar que el país carecía de una industria alimentaria propia, haciéndolos dependientes de los yanquis. ¿Por qué el gobierno venezolano carecía de visión, para no darse cuenta del riesgo que esa dependencia implicaba? Otra cosa que me impactó negativamente fueron las conversaciones que escuché de varios funcionarios del gobierno anfitrión, quienes durante las reuniones de trabajo o después de éstas, comentaban que en sus casas tenían camareras y cocineras de nacionalidad italiana o española, «porque las venezolanas eran sucias y descuidadas».

Aquellos comentarios indicaban un afán de presunción y describían con claridad que en el grupo que entonces detentaba el poder había una actitud de enorme desprecio hacia su propia gente, el pueblo venezolano. Y que además, sin duda, formaban parte de un grupo parásito, beneficiado por los estadunidenses que los ocupaban sólo para controlar a su pueblo, facilitando y permitiendo el saqueo de los recursos que constituían el patrimonio de su nación. El desenlace de lo que pudimos observar se dio un par de años después, en 1993, cuando el presidente Carlos Andrés Pérez fue removido de su cargo, luego de un movimiento popular conocido como «el Caracazo» y dos intentos fallidos de golpes militares, que terminaron llevando al poder al coronel Hugo Chávez, un conocido militar que finalmente accedió al poder en 1999, luego del gobierno del presidente Rafael Caldera.

Con el propósito de quitarle a los yanquis la administración de los recursos petroleros y aliviar la pobreza de su pueblo, el presidente Chávez se propuso dos grandes proyectos que se complementaban entre sí: el primero de ellos fue la nacionalización del petróleo, de manera similar y por las mismas razones que movieron a Lázaro Cárdenas con el petróleo mexicano en marzo de 1938; el segundo y complementario del primero estuvo inspirado en el pensamiento del libertador Simón Bolívar, pensando que la integración de un grupo de naciones sudamericanas, gobernado por líderes de ideas progresistas, podría constituirse en un bloque económico de países similar a los que se estaban formando en Europa y Asia, que eventualmente podría mejorar la economía de América del Sur y del Caribe, y que al mismo tiempo, se convirtiese en un dique de defensa ante posibles ataques estadunidenses, que como era de esperarse buscarían recuperar el control de los recursos petroleros de Venezuela.

La estrategia de Hugo Chávez sirvió por algún tiempo, en virtud de que los sucesivos gobiernos estadunidenses estaban ocupados en conquistar otros territorios, en Irak e Irán, casualmente también ricos en mantos petroleros, que desde la mitad del siglo pasado habían sido de su interés. La muerte del presidente Chávez, en 2013, quien fue sucedido por Nicolás Maduro, coincidió con la reorientación del interés gringo por los recursos petroleros de Venezuela, por lo que el gobierno de Maduro se vio obligado a asumir una estrategia similar a la adoptada por Fidel Castro en la Cuba de la década de los 60, para evitar que los recursos económicos yanquis lograran desestabilizar al gobierno venezolano.

La llegada al poder de Trump, en 2016, con intereses y sueños similares a los del gobierno del presidente Eisenhower y su secretario Foster Dulles, generó un nuevo escenario imperialista, en el que más que la democracia y el pueblo de Venezuela lo que importaba era su petróleo. Por el bien de todos los países de la región, esperamos y deseamos que el nuevo gobierno de EU respete la soberanía de este país hermano y que el pueblo de Venezuela pueda mejorar su calidad de vida democrática y social.

  • Director del ILCE

La Jornada