Verde rojo anaranjado

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Mariana Enríquez

Hace casi dos años que se convirtió en un punto verde o rojo o anaranjado en mi pantalla. No lo veo, no deja que lo vea, que nadie lo vea. Habla muy de vez en cuando, al menos conmigo, pero nunca enciende su cámara, así que no sé si sigue teniendo el pelo largo y la flacura de pájaro; parecía un pájaro la última vez que lo vi, en cuclillas sobre la cama, con las manos demasiado grandes y las uñas largas.

Antes de cerrar la puerta de su habitación con llave, desde adentro, había pasado dos semanas de, según decía, escalofríos cerebrales. Suelen ser un efecto secundario de la discontinuación de antidepresivos y se sienten como gentiles descargas eléctricas dentro de la cabeza; él los describía como el calambre doloroso del golpe en el codo. Yo no creí nunca que sintiera eso. Lo visitaba en su habitación oscura y lo escuchaba hablar de ese y otros veinte efectos secundarios y era como si recitara el Vademecum. Yo conocía a muchos que habían tomado antidepresivos y a ninguno le daban cortocircuitos en la cabeza, nada más engordaban o tenían sueños extraños o dormían demasiado.

Siempre tenés que ser tan especial, le dije una tarde; él se tapaba los ojos con el brazo. Y pensé que estaba harta de él y de todo su teleteatro. Esa tarde también me acordé de cuando, después de tomar media botella de vino, le bajé los pantalones y el calzoncillo y le lamí la pija y se la acaricié y con sorpresa y un poco de enojo la rodeé con la mano y empecé a moverla con el ritmo que yo sabía irresistible hasta que él me puso una mano en la cabeza y dijo: «No va a funcionar.» Me fui rabiosa, después de tirar la botella de vino tinto sobre las sábanas, y no volví a visitarlo en una semana; nunca hablamos de lo que había pasado, nunca vi rastros de una mancha roja. Ya no estaba enamorada de él, solamente quería demostrarle que estaba exagerando esa tristeza sin motivo. No sirvió, como no servía enojarse ni acusarlo de mentir.

Cuando se encerró definitivamente –la habitación tenía su propio baño, con ducha–, su madre pensó que iba a matarse y me llamó llorando para que tratase de evitarlo. Por supuesto, entonces ni ella ni yo sabíamos que el encierro sería permanente. Yo le hablé por la rendija, golpeé, lo llamé por teléfono. Lo mismo hizo su psiquiatra. Pensé que en unos días abriría la puerta y andaría arrastrándose por la casa como de costumbre. Me equivoqué y dos años después lo espero todas las noches verde rojo anaranjado y me asusto cuando pasa muchos días gris. No usa su nombre, Marco. Sólo usa la M.

La gente triste no tiene piedad. Marco vive en la casa de su madre y ella le cocina las cuatro comidas, que deja ante la puerta cerrada, sobre una bandeja. Empezó a hacerlo porque así se lo indicó él, por mensaje de texto. También le indicó: no me esperes no intentes verme. Ella no le hizo caso. Esperó horas, pero la voluntad de él es monstruosa. Marco puede pasar hambre. Su madre ya intentó dejarlo sin comer durante días. También intentó, por consejo de la psiquiatra, cortarle el servicio de internet. Marco consiguió colgarse del wi-fi del vecino hasta que su madre sintió lástima y le devolvió la conexión. Él no le agradece, tampoco le pide. Su madre me invita algunas veces a su casa, pero casi nunca acepto, no soporto pensar que él escucha nuestra conversación desde su cuarto. Vamos a un café cerca de mi departamento y todas las conversaciones son iguales. Qué puede hacer, si él se niega al tratamiento, no puede echarlo, es su hijo, se siente culpable aunque a Marco nunca le pasó nada, ni ella ni su marido lo maltrataron, no sufrió abusos, las fotos de las vacaciones en el mar, el chico más dulce del mundo, que se disfrazaba de Batman y juntaba figuritas para el álbum y al que le gustaba el fútbol. Yo siempre le digo que Marco está enfermo y que no es culpa de nadie, es el cerebro, es química, es genética: si tuviera cáncer, le digo, no pensarías que es tu culpa. No es tu culpa que esté deprimido.

Me pregunta si él habla conmigo. Le digo la verdad: que sí, que más bien chatea –porque cada vez habla menos, se está desvaneciendo en la red, Marco es letras que titilan, a veces desaparece sin esperar una respuesta–, pero que nunca me cuenta lo que le pasa, lo que siente, lo que quiere. Y esto es horriblemente distinto a lo que ocurría antes del encierro. Antes hablaba obsesivamente de su terapia, de las pastillas, de sus problemas de concentración, de cuando había dejado de estudiar porque no podía recordar lo que leía, de sus migrañas, de no tener hambre. Ahora habla de lo que quiere. En general, de la deep web y el cuarto rojo y los fantasmas japoneses. Pero no le digo eso a su madre: le miento que hablamos de libros y películas que él ve y lee online. Ah, suspira ella, no puedo cortarle internet, entonces, es lo único que lo conecta con la vida.

Ella dice cosas así, conectar con la vida, seguir adelante, hay que ser fuerte: es una mujer estúpida. Siempre le pregunto por qué cree que yo voy a ser capaz de sacar a Marco de su encierro, suele pedirme que toque la puerta y ruegue. A veces lo hago y él, a la noche, cuando me encuentra en el chat, escribe: «No seas tonta, no le hagas caso.» Por qué creés que puedo sacarlo, le pregunto, y ella le echa leche al café hasta que lo arruina, lo transforma en una crema caliente. La última vez que lo vi contento fue cuando estaban juntos ustedes dos, dice, y agacha la cabeza. La tintura que usa es de mala calidad y siempre tiene las puntas del pelo demasiado claras y las raíces canosas. No es cierto lo que cree, Marco y yo vivíamos en el silencio y la impotencia, yo le preguntaba qué te pasa y él respondía que nada o se sentaba en la cama y gritaba que era una cáscara sin alma, el teleteatro le decía yo a esos arranques que terminaban en llantos y borracheras. A lo mejor él le decía a su madre que éramos felices. A lo mejor, ella simplemente decidió creerlo. A lo mejor él decidió que su tristeza iba a estar a mi lado para siempre, hasta que él quisiera, porque la gente triste no tiene piedad.

Hoy leí sobre la gente como vos, le escribí una madrugada. Sos un hikikomori. Sabés quiénes son, ¿no? Son japoneses que se encierran en sus habitaciones y las familias los mantienen, no sufren otro problema mental, nada más les resulta insoportable la presión de la universidad, de tener vida social, esas cosas. Los padres nunca los echan. Es una epidemia en Japón. Casi no existe en otros países. Aunque a veces salen, sobre todo de noche, solos. A buscarse comida, por ejemplo. No hacen cocinar a su madre, como vos.

Yo a veces salgo, me contestó.

Dudé antes de contestar.

Cuándo.

Cuando mi madre se va a trabajar. O a la madrugada. Ella no escucha, duerme con pastillas.

No te creo.

¿Sabés qué es lo mejor de los japoneses? Que clasifican fantasmas.

Decime a qué hora salís y nos encontramos.

Los fantasmas de chicos se llaman zashiki-warashi y se supone que no son malos. Los malos son los fantasmas de mujeres. Tienen muchos espectros que aparecen como chicas cortadas por la mitad, por ejemplo. Se arrastran por el suelo, son torsos, y si los ves te matan. ¿O se dice si las ves? Hay un tipo de fantasma madre, se llama ubume, es la que murió en el parto. Roba chicos o les trae caramelos. A los fantasmas de los muertos en el mar también los diferencian.

Decime a qué hora salís y nos vemos.

Es mentira que salgo.

Cerré violentamente su ventana aunque él no se desconectó, seguía verde. No voy a pararme frente a su casa durante las seis horas que su madre pasa en el trabajo a ver si sale, prometí, y cumplí.

Internet en los años noventa era un cable blanco que iba desde mi computadora hasta la ficha del teléfono, cruzando la casa. Mis amigos de internet se sentían reales y yo me angustiaba cada vez que se cortaba la conexión, o la electricidad, y no podía encontrarlos para hablar de simbolismo, glam rock, David Bowie, Iggy Pop, Manic Street Preachers, ocultistas ingleses, dictaduras latinoamericanas. Una de mis amigas estaba encerrada, me acuerdo. Era sueca, tenía un inglés perfecto –yo casi no tenía amistades argentinas online–. Tenía fobia social, decía la sueca. No recuerdo su nombre. No puedo recuperar sus mails, quedaron atrapados en una computadora vieja. Desde Suecia me enviaba documentales en VHS y CD imposibles de conseguir fuera de Europa. Entonces yo no me preguntaba cómo hacía para llegar hasta el correo si supuestamente no podía salir. Quizá mentía. Los paquetes, sin embargo, llegaban desde Suecia: no mentía sobre su ubicación. Conservo las estampillas, aunque las cintas de los videos ya se llenaron de hongos y los CD dejaron de funcionar y ella se desvaneció para siempre, un espectro de la red, y no puedo buscarla porque no recuerdo su nombre. Me acuerdo de otros nombres. Rhias, por ejemplo, de Portland, fanática del decadentismo y los superhéroes. Teníamos una especie de romance y ella me mandaba poemas de Anne Sexton. Heather, de Inglaterra, que todavía existe y que, dice, siempre me agradecerá haberle hecho conocer a Johnny Thunders. Keeper, que se enamoraba de jovencitos. Otra chica que escribía poemas hermosos que tampoco puedo recordar, salvo algún verso malo; «my blue someone», por ejemplo. Mi alguien triste. Marco se ofreció a recuperarlas por mí. A todas mis amigas perdidas. Dice que el encierro lo volvió hacker. Yo prefiero olvidarlas porque olvidar a la gente que sólo se conoció en palabras es extraño, mientras existieron fueron más intensas que lo real y ahora son más distantes que los desconocidos. Les tengo un poco de miedo, además. Encontré a Rhias en Facebook. Aceptó mi amistad y yo la saludé muy contenta, pero ella no contestó y nunca más hablamos. Creo que no me recuerda o me recuerda poco, vagamente, como si me hubiera conocido en un sueño.

Marco nunca me da miedo salvo cuando habla de la deep web. Dice que necesita conocerla. Lo dice así: que lo necesita. La deep web son los sitios que no se indexan en los buscadores. Es mucho más grande que la web superficial que usamos todos. Cinco mil veces más grande. No entiendo y me aburren sus explicaciones sobre cómo alcanzarla, pero él asegura que no es tan difícil. Qué hay ahí, le pregunto. Se venden drogas, armas, sexo, me dice. La mayor parte no me interesa, dice, pero hay algunas cosas que quiero ver. El cuarto rojo. Se refiere a un chat room que se llama «red room». Se paga para ver. Se habla de una chica torturada a la que un hombre negro delgado le revienta las tetas a patadas. Después la violan hasta matarla. Está a la venta el video de la tortura y también un archivo de audio de sus gritos, que no se parecen a nada humano y son inolvidables. Y quiero conocer la RRC. Qué es. La Real Rape Community. No tiene reglas. Ahí se mata a chicos de hambre. Se los obliga a tener sexo con animales. Se los ahorca y, claro, se los viola. Es el lugar más perverso de la web, o era. Ahora apareció un lugar de sexo con cadáveres.

Tener sexo con chicos es mucho peor que con cadáveres, le escribo.

Claro, contesta Marco.

De dónde sacarán los cadáveres de chicos.

De cualquier parte. No sé por qué ustedes creen que a los chicos se los cuida y se los quiere.

¿Te hicieron algo de chico?

Nunca. Siempre me preguntás lo mismo, siempre querés explicaciones.

Me parece que todo eso de la deep web es mentira. ¿A quién le decís ustedes?

No es mentira, hay artículos en diarios serios. Buscalos, hablan de los sitios para contratar asesinos y comprar drogas, sobre todo. Ustedes, gente como vos.

En el segundo año de la secundaria me teñí el pelo de negro con henna, una tintura temporaria y supuestamente poco dañina que me dejaba el cuero cabelludo manchado mientras perdía mechones como si estuviera en un tratamiento de quimioterapia. En el colegio no me decían nada, estaban acostumbrados a que las chicas se volvieran un poco locas, es lo que hace una chica a esa edad. La profesora de Historia me trataba especialmente bien, aunque yo no era buena estudiante. Una tarde, a la salida, me preguntó si quería conocer a su hija. Estaba temblando, me acuerdo, y fumaba: ahora si una profesora fuma delante de una alumna es vergonzoso, pero hace veinte años pasaba desapercibido. Antes de que yo pudiera contestarle, sacó una carpeta de tapas negras y me la mostró. Tenía hojas anilladas y en cada hoja dibujos y anotaciones. Los dibujos eran de una mujer de pelo negro y vestido negro sentada entre hojas de otoño o tumbas o entrando en un bosque. Una bruja hermosa y alta, dibujada con lápiz. También había un dibujo de una chica cubierta con un velo, como una novia o una primera comunión anticuada, que llevaba arañas en las manos. Lo escrito eran entradas de diario o poemas. Recuerdo una línea, decía «quiero que me rebanes las encías».

–Es la carpeta de mi hija –dijo–. No sale de casa y creo que podrían ser amigas.

Pensé, me acuerdo, que la chica dibujaba muy bien. También que una chica que dibujaba así no tendría ningún interés en mí. No le contesté a la profesora, no supe qué decirle, murmuré que me esperaban mis padres. No era verdad: caminé hasta mi casa sola. Pero, cuando llegué, se lo conté a mi mamá. Ella tampoco dijo nada, pero, cuando más tarde habló por teléfono, lo hizo encerrada en su habitación.

La profesora no volvió a dar clase. Mi madre había hablado con la directora del colegio. La profesora no tenía hijos, no tenía una hija que dibujase brujas, ni viva ni muerta. Había mentido. Me enteré años después. Mi mamá me explicó, en aquel momento, que la profesora se había tomado licencia para cuidar de su hija enferma. Mantuvo la existencia de la hija fantasma. La directora también lo hizo. Yo creí en la chica encerrada durante años y hasta intenté reproducir esos dibujos de bosques, tumbas y vestidos negros trazados por una mano de adulta solitaria.

No recuerdo el apellido de esa maestra. Sé que Marco podría localizarla con sus habilidades de detective web, pero prefiero olvidar a esa mujer triste que quiso llevarme a su casa una tarde después de clase, quién sabe para qué.

Marco está cada vez menos en verde, prefiere el anaranjado, el estado idle; está encendido pero lejos, es el estado que más se acerca al gris. El gris es el silencio y la muerte. Cada vez me escribe menos. Su madre no lo sabe; mejor dicho, miento y le digo que hablamos como siempre. Mis mensajes se acumulan. A veces encuentro que los respondió, por la mañana.

Cuando una noche se enciende verde una vez más, él habla primero. Cómo sabés que soy yo, dice. No me ve, puedo llorar sin vergüenza. Ahora hay programas, escribe, que pueden reproducir a un muerto. Toman toda la información de una persona que hay diseminada por internet y actúan con ese guión. No es muy distinto a cuando te mandan publicidad personalizada.

Si fueras una máquina no me dirías eso.

No, escribe. Pero ¿cómo te vas a dar cuenta cuando sí sea una máquina?

No me voy a dar cuenta, le contesto. Ese robot no existe todavía, sacaste la idea de una película.

Es una idea hermosa, escribe.

Le doy la razón y espero. Él ya no tiene nada que decir, nada sobre cuartos rojos y fantasmas vengativos. Cuando deje de hablarme para siempre, voy a mentirle a su madre. Inventaré fabulosas conversaciones para ella, incluso le daré esperanzas: anoche me dijo que quiere salir, voy a decirle mientras tomamos café. Espero que él decida escaparse mientras ella duerme su sueño químico, espero que no se acumule la comida en el pasillo, espero que no haga falta tirar la puerta abajo.

(De: Las cosas que perdimos en el fuego, Anagrama, 2016)

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