Vestigios de la Unión Soviética en Donbass

La guerra ruso-ucraniana

Por Estela Pereyra

Si quedaba un bastión soviético en pleno siglo XXI, ése era el Donbass. Mantuvo sus casas, sus costumbres, sus ropajes y antiguos uniformes, sus banderas y, sobre todo, su ideología. Ésa y no otra es la razón del odio de los ucranianos del oeste donde vive la población más rica, porque representa lo que siempre odiaron y combatieron: la mirada colectiva del mundo, el comunismo como ideal político.

Occidente ha decidido que todos nosotros pensemos o igual o parecido a la clase dominante en el mundo, la que ha decidido usar a Ucrania de punta de lanza para comenzar una guerra económica con Rusia. No es casual: Estados Unidos pretende debilitar a uno de los países del eje opositor a su hegemonía unipolar y que cuestiona al dólar como moneda única para los intercambios internacionales.

Ese eje, integrado especialmente por una potencia militar y otra económica como son Rusia y China respectivamente, disputa nada menos que los mercados en un nuevo reparto del mundo, puja por una nueva manera de hacer negocios incorporando también a los países del patio trasero de cada eje y acelera la caída de las economías norteamericana y europea que ya estaban en crisis, inclusive, antes de la pandemia.

Por esa razón, occidente no escatima ni en armas ni en prensa y para ello ha prohibido las páginas rusas de información, sus canales informativos en otros idiomas y hasta a sus periodistas. Les ha cerrado perfiles en redes sociales, el acceso a Youtube, ha censurado a sus deportistas y artistas, llegando al absurdo de prohibir hasta muertos del siglo antepasado, como el compositor Chaikovski, fallecido en 1893 o el escritor Dostoievski quien murió en 1881. El paroxismo occidental no dejó de lado perros, gatos y árboles rusos a los que les impidió presentarse en concursos en una acabada muestra de fascismo, esa ideología que sostiene la búsqueda de una mirada única y uniforme del mundo y el control estricto de un aparato propagandista apuntado a sostenerla por encima de libertades individuales, colectivas y opositoras.

Sin embargo y pese a todas las proscripciones, aún quedan medios de difusión posibles, como Telegram, por ejemplo. Esta red, cuyo origen fue ruso, actualmente posee canales que cualquiera puede crear y en los cuales publicar lo que quiere, como otros acceder y curiosear. Ante el cerco mediático occidental y como era de esperar, los rusos, entre otras opciones, también abrieron sus canales en Telegram en el idioma que se busque. Muchos de ellos, en su propia lengua, tienen infinidad de videos y fotos que muestran todo tipo de escenas de guerra: bombardeos, pueblos arrasados, damnificados, heridos y hasta muertos y, aunque estén en ruso, con un traductor cualquiera se pueden obtener detalles interesantes que ningún canal occidental pública. Así dimos con el tema de esta nota.

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Si algo llama la atención de esa infinidad de imágenes de los videos de Telegram son la uniformidad de los edificios de departamentos prácticamente todos iguales sean del pueblo que sean, a lo largo del Donbass y de otros oblast (algo similar a provincias); la pobreza de sus habitantes; la conservación de viejas costumbres y casi el rezago de la ideología comunista a pesar de la caída de la URSS.

Al final de la segunda guerra mundial, los soviéticos se encontraron con uno de los principales problemas consecuencia de la guerra: la falta de vivienda y grandes masas prácticamente en la pobreza y la intemperie como resultado de los bombardeos y desplazamientos de campesinos a las ciudades y poblados. Si bien desde la Revolución de 1917 ya había sido una prioridad el tema de la vivienda, después de la guerra los rusos se vieron impelidos a una construcción no sólo masiva, sino de bajo costo y rápida concreción que daría por tierra con la construcción stalinista previa, caracterizada por viviendas con detalles y ornamentos, tales como columnas, estrellas, balcones y decoraciones que no sólo encarecían la construcción, sino que, además, demoraban su terminación.

La necesidad de una rápida solución al tema de la vivienda hizo que la URSS desde 1947 comenzara a pergeñar algo más económico, sencillo y rápido, una suerte de viviendas estándar y de paneles premoldeados de producción industrial que resolviera con mayor celeridad la problemática de millones de personas. Sin embargo, recién se lograría implementar un plan adecuado con la llegada de Nikita Kruschev al poder en 1953, porque antes no se consiguió resolver una construcción barata y veloz.

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Todos los ornamentos, planos individuales o particulares de la era stalinista fueron dejados de lado y, tomando como modelos experiencias realizadas en Alemania y Francia, se optó por un mismo plano de viviendas para cualquier zona, especialmente las más necesitadas. Uniformidad y velocidad fueron los signos de la época con una arquitectura llamada brutalista.

Hasta entonces muchas familias vivían en departamentos compartidos y barracas y las nuevas kruschevskis (nombre que recibieron) permitieron que cada familia tuviera su departamento propio de uno a tres dormitorios en edificios de cinco plantas sin ascensor. Se resignaron, entre otras cosas, las bañeras, la dimensión de los cuartos, los ascensores, la decoración y los balcones o patios. Para compensar esta carencia, se emplazaron en terrenos con grandes jardines, arboledas y juegos para niños.

Estas viviendas fueron pensadas para que duraran unos 25 años y que pasado ese período, cuando se profundizara el comunismo, fueran reemplazadas por otras mejores, algo que jamás ocurrió y mucho menos después de la caída de la Unión Soviética, por lo cual siguen en pie en Rusia y en muchos países ex integrantes de la URSS, entre ellos, Ucrania.

Uno de los modelos de edificios denominados K-7 podía construirse en sólo doce días y un barrio completo para miles de personas, en 22 meses. Con el paso de los años el estado soviético fue perfeccionando sus planes de vivienda: aumentó las dimensiones internas de los departamentos, agregó balcones, pisos y ascensores y construyó enormes moles de cemento premoldeado que caracterizan a los barrios populares de muchos países que fueron parte del proyecto comunista cuya concepción era la de revalorizar la vida colectivizada y social. Hoy, el tipo de viviendas K-7 es considerado hacinante, cajas de zapatos poco dignas, sin embargo, para la época, fue un salto en calidad de vida pasar de vivir todos juntos compartiendo una barraca a tener un departamento por familia.

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El ucraniano Kruschev, por supuesto, puso especial énfasis en la construcción de viviendas en su país natal. Ciudades actualmente arrasadas por la actual guerra, como Maryúpol, Popasna, Donestk, Kramatorsk, Sloviansk, etc. poseen barrios enteros destruidos por el poder de las bombas ucranianas apuntadas contra ellos antes de irse del campo de batalla asediados por los rusos.

La política de tierra arrasada llamada también de tierra quemada es una táctica militar que se usa para no dejarle nada útil al enemigo a medida que se retrocede. Tiene objetivos económicos, militares y hasta psicológicos pues apunta a destruir la resistencia, a bajar la moral de los contendientes, a intimidar y a provocar el sufrimiento de los civiles. No necesita, tampoco, de demasiados avances tecnológicos ni de personal especializado para arrasar, es una política barata y efectiva que no sólo liquida seres humanos, sino sus hogares, monumentos y edificios públicas, tal como ha sucedido en el Donbass desde 2014 hasta la fecha. En esa línea, por ejemplo, el recién terminado y moderno aeropuerto de Donestk fue destruido por las tropas ucranianas por orden del ex presidente Poroshenko en 2014, dos años después de haber sido inaugurado. Lo que fuera el orgullo de los habitantes de esa ciudad se transformó en un esqueleto vacío, esmirriado e inútil para siempre.

Por otra parte, las imágenes de la guerra muestran la pobreza de la mayoría de la gente del Donbass: ropas abrigadas pero modestas, mobiliarios hogareños antiguos y desgastados (en los pocos lugares donde algo ha quedado en pie), ancianos con viejas camisas del ejército rojo, ancianas con pañuelos en la cabeza, todos vestidos como si aún estuvieran en la década del 50 o quizás antes, como si hubieran sido sacados del túnel del tiempo y aún existiera la URSS. Tanto es así que pululan las banderas rojas con la hoz y el martillo con las que reciben a los soldados de la gran potencia a la vera de las calles y caminos por donde pasan con sus tanques y camiones con la Z que los identifica.

Ucrania siempre fue el país más pobre de Europa y la zona del Donbass, pese a ser la más rica en recursos, paradojalmente es la de población más pobre: obreros de grandes fábricas y mineros componen su mayoría. De allí ha surgido como un símbolo una anciana que salió, bandera comunista en mano, a recibir a las tropas rusas, con tanta desgracia que los recién llegados eran soldados ucranianos que, mientras le daban un pan, le sacaban la bandera de las manos para pisarla con sus botas, los mismos que terminarían aplicando la política de tierra quemada bombardeando sus casas. Por insondables razones, la imagen de esa mujer ha dado la vuelta al mundo, pese al cerco mediático, y se han hecho de ella stickers e insignias que lucen como brazaletes los soldados chechenos.

Si quedaba un bastión soviético en pleno siglo XXI, ése era el Donbass. Mantuvieron sus casas, sus costumbres, sus ropajes y antiguos uniformes, sus banderas y, sobre todo, su ideología. Ésa y no otra es la razón del odio de los ucranianos del oeste donde vive la población más rica, porque los habitantes del Donbass representan lo que siempre odiaron y combatieron: la mirada colectiva del mundo, el comunismo como ideal político. Pese a que todo cambió cuando cayó la URSS, en los viejos y sus hijos obreros y mineros pervive ese clima soviético transmitido de generación en generación. Las bombas, los misiles han terminado con lo que quedaba de esa etapa histórica que para sus habitantes, evidentemente, fue gloriosa. Cada explosión, cada bombardeo desgajó un fragmento de la historia soviética y ahora sí, en los vestigios de los edificios incendiados y derrumbados, el capitalismo y sus guerras arrasaron con el último bastión agonizante.

Socompa