Vida en comunidad

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Lorrie Moore

Cuando Alos era pequeña, las había llamado mentirotecas, fábricas de fábulas, historiales de historias: y ahora trabajaba en una. Al principio había querido enseñar literatura inglesa, pero como no la admitieron en la facultad que deseaba, la de las teorías francófonas (¡el vocabulario de la franqueza!), se había decidido por la escuela de archivistas y bibliotecarios, donde a todo el mundo se le enseñaba a cuidar los libros, con ternura, como si fueran muñecas o platos de porcelana. Había aprendido a leer muy pronto. Sus padres, procedentes de Tirgu Mures, Transilvania, y recién llegados a Vermont, estaban deseosos de que su hija aprendiera a hablar inglés, para que pudiera mezclarse con la comunidad de un modo que ellos presentían que probablemente no conseguirían nunca, así que todos los sábados la llevaban a la sección infantil de la biblioteca Rutland y dejaban que pasase largo rato con la bibliotecaria, que elegía libros para ella y algunas veces incluso le leía un par de páginas en voz alta, a pesar de que había un letrero que decía: «NIÑOS GUARDAD SILENCIO POR FAVOR.» Sin comas. Alos pensaba que quería decir que sólo los chicos tenían que estar en silencio. Ella y la bibliotecaria podían hacer lo que quisieran. Adoraba a la bibliotecaria. Y cuado el rumano de Alos ya comenzaba a ceder y en su lugar florecía una voz inglesa rica, lenta, no muy diferente de la de la bibliotecaria, demasiado adulta para una niña pequeña, los otros niños de su calle la temieron todavía más. «¡Drácula!», gritaban. «¡Transilvana!», chillaban, y salían corriendo. —A partir de ahora te llamarás de otra manera —le dijo su padre el primer día del primer año de colegio. Ya se había cambiado el apellido Todorescu por Resnick. La tienda de su padre se llamaba Pieles Resnick—. De ahora en adelante ya no serás Alos, sino que tendrás un bonito nombre estadounidense: Nell. —Harás que te llamarán así —decía su madre—. Cuando la maestra te llamará Alos, tú dirás: «No, Nell.» Repetirás conmigo: Nell. —Nell —dijo Alos. Pero cuando llegó al colegio, la maestra, al notar que había algo ensoñador y un sentimiento de marginación en ella, dio una palmada y exclamó: «¡Alos, qué nombre tan bonito!» El corazón de Alos se llenó de gratitud y sorpresa, y abrazó a la maestra por las caderas, encantada y muda. Desde aquel momento, sólo sus padres, con su acento rumano, la llamaron Nell, el yo estadounidense, alegre y secreto, que existía sólo para ellos. —Nell, ¿qué tal son los chicos de la escuela? —Nell, por favor, cuenta lo que hacen. Años después, cuando murieron en un accidente de tráfico yendo de Farm a Market Road, y la Nell que nunca existió murió con ellos, Alos, jugando tontamente con las letras de su nombre en los sobres de las tarjetas de pésame, descubrió que Alos era Sola al revés. Era un cuerpo emparedado en el sótano de su ser, una ráfaga, una predicción de su sino, como una primavera antes de tiempo, podrida, y deseó el regreso de la Nell que nunca existió. Deseaba comenzar de nuevo y ser alguien que vive en el mundo inocentemente, no alguien que vive escondida, detrás de los libros, con una voz aprendida cuidadosamente y un pasado triste. A quien más echaba de menos era a su madre.

La biblioteca universitaria en la que trabajaba Alos era una de las más prestigiosas del Medio Oeste. Disponía de una gran colección de libros raros y del extranjero, y había tenido que cruzar en coche varios estados para llegar hasta allí, entornando los ojos para ver a través de la témpera de insectos aplastados del parabrisas, buscando la cola oscura de un posible tornado, y cayendo enferma, dolorosamente, en Indiana, en los lavabos de las áreas de servicio de la 1-80. Allí, el lavabo de señoras tenía células fotoeléctricas en los váteres, las pilas, los secadores de manos, y ella los había activado todos, entrando y saliendo de los compartimentos de los váteres o apoyándose en las pilas. «¿Sólo está usted aquí? —preguntó la señora de la limpieza—. ¿Usted sola ha organizado este jaleo?» Alos había sonreído, con sonrisa de perro; bajo aquella luz amarillenta, todo parecía trágico y ridículo e incapaz de detenerse. Lo llano del terreno le daba vértigo, sí, supuso que era eso. La tierra estaba azotada por el viento, no había olores. En Vermont se sentía acunada por las montañas. Pero allí y en aquel momento tendría que ser valiente. Pero no recordaba cómo ser valiente. En aquel lugar, al parecer, no tenía ningún recuerdo. Nada los despertaba. Y de vez en cuando, cuando daba voz al fugitivo borde de un recuerdo, parecía que fuera algo inventado.

Conoció a Nick en la biblioteca, en mayo. Ocupaba temporalmente el mostrador de consultas, la habían apartado de su trabajo de siempre como supervisora de la catalogación de libros extranjeros para reemplazar a un compañero enfermo. Nick investigaba las estadísticas de las campañas municipales que se habían llevado a cabo en el estado. —No había pisado una biblioteca desde los dieciocho —dijo. Tenía aspecto de tener por lo menos cuarenta años. —Mire por aquí —dijo ella, indicándole dónde podía buscar. Luego escribió la signatura de algunos libros con datos del estado, pero él seguía con la vista fija en ella—, o por aquí. —Estoy haciendo campaña para obtener un escaño en la junta de gobierno del condado —dijo—. Las elecciones no son hasta otoño, pero trato de comenzar con alguna ventaja. —Su pelo era castaño cobrizo, con algunas hebras de plata. Había en sus ojos algo animado, como un estanque con vida—. Sólo quería comparar algunas cifras. ¿Te apetece tomar un café? —Creo que no. Pero volvió al día siguiente y la invitó otra vez.

En la cafetería que había cerca del campus hacía calor y había mucho ruido; estaba llena de estudiantes y Nick gritó para pedir dos cafés. Normalmente detestaba el café solo, su sabor a tabaco le daba dentera. Pero en el aire había esa clase de distorsión que doblega un poco; hace que tu habitual manera de ser se inquiete, que pasee sin rumbo fijo y compre, que se ponga borrosa, que sangre, vencida por la posibilidad. Se tomó el café rápidamente, con determinación y sentido de la aventura. —Creo que tomaré otro —dijo, y se limpió la boca con una servilleta. —Ahora te lo traigo —dijo Nick, y cuando volvió le contó algo más de la campaña que llevaba a cabo—. Es importante conseguir la aprobación de las asociaciones de vecinos —dijo. Regentaba un puesto de salchichas y de helado de yogur llamado Please Squeeze and Bratwurst. Había conocido a mucha gente trabajando allí. —Me siento vivo y valioso llevando mi vida de esta manera —contó—. No me siento como si hubiera tirado la toalla. —¿Tirado la toalla por qué? —Me parece que no eres de aquí —dijo sonriendo. Se pasó los dedos por varios de los metales de su pelo—. Tirar la toalla, como por ejemplo hacer algo que en verdad no querías hacer, y que te paguen demasiado por ello. —Ah —dijo ella. —Cuando era niño, mi padre me dijo: «A veces, hijo, en la vida te encontrarás con que tienes que hacer cosas que no quieres», y lo miré a los ojos y le dije: «Y una mierda.» —Alos se echó a reír—. Lo que quiero decir es que seguramente siempre quisiste ser bibliotecaria, ¿no? Ella miró todas las diagonales agrietadas de su cara y no supo si hablaba en serio o no. —¿Yo? —dijo—. Primero hice un curso de adaptación pedagógica para dar clases de inglés en la universidad —suspiró, cambió de codo para apoyar la barbilla en la otra mano—. Lo intenté. Leí a Derrida. Leí a Lacan. Leí Leer a Lacan. Leí Leer «Leer a Lacan». Y entonces fue cuando solicité entrar en biblioteconomía. —No sé quién es Lacan —dijo. —Es, bueno…, ¿ves? Eso es lo que me gusta de las bibliotecas. Ni quién es ni por qué, sólo «dónde está». —¿Y de dónde eres? —preguntó, su cara brevemente animada por haber cambiado de tema con tanta destreza. «De origen.» Al parecer había una manera de distinguir a los que no eran de la ciudad. Era una ciudad universitaria, atractiva y aburrida, y metía prisas a la gente de paso (estudiantes, gitanos, profesores invitados, cómicos) con una actividad no muy distinta de la del movimiento peristáltico. —De Vermont —dijo ella. —¡Vermont! —exclamó Nick, como si fuera algo exótico, lo cual la alegró por no haber dicho Transilvania. Se inclinó hacia ella y en tono confidencial añadió—: Tengo que decírtelo: poseo una silla de Muebles Ethan Alien. —Ah, ¿sí? —dijo ella sonriendo—. No se lo contaré a nadie. —Aunque antes estuve en presidio y allí no tenía ni un palo. —¿En serio? —preguntó. Se apoyó en el respaldo. ¿Estaría diciendo la verdad? De niña siempre había sido muy crédula, aunque siempre había aprendido más siendo así. —Yo estudié aquí —dijo él—. En los años sesenta. Tiré una bomba en un almacén donde los militares guardaban material de investigación. Me cayeron doce años —paró y buscó los ojos de ella para ver cómo se lo estaba tomando, cómo se lo estaba tomando él. Luego recogió su mirada, como una joya que sólo hubiera querido enseñar, rápidamente—. Dentro no tenía que haber nadie; nos habíamos asegurado antes. Pero ese pobre imbécil llamado Lawrence Sperry, Larry Sperry… Dios mío, ¿te imaginas tener ese nombre? —Claro —dijo Alos. Nick la miró con suspicacia. —Pues estaba ahí dentro, se había quedado trabajando hasta tarde. Perdió una pierna y un brazo en la explosión. Me encerraron en un penal federal, en Winford. Intento de asesinato. El café espeso le cubría los labios. El había estado mirándola todo el rato pero ahora apartó la vista. —¿Te apetece un bollo? —preguntó Alos—. Voy a buscar un bollo. —Se puso de pie, pero él dio media vuelta y la miró con tal incredulidad que ella se sentó de nuevo de cualquier manera, con las dos piernas hacia el mismo lado. Se retorció hacia delante y se apoyó en la mesa—. Lo siento. ¿Es cierto todo lo que acabas de contar? ¿Es cierto que te ocurrió a ti? —¿Qué? —Se quedó boquiabierto—. ¿Acaso piensas que me lo he inventado? —Es sólo que…, bueno, trabajo rodeada de literatura. —Literatura —repitió él. Ella le tocó la mano; no sabía qué más hacer. —¿Puedo hacerte la cena alguna noche? ¿Esta noche? Había un fulgor en sus ojos, una mirada concentrada. Por un momento, el hombre pareció capaz de mirar en su interior, de conocerla de un modo que recuperaba el orden por el hecho de conocerla. Parecía no tener información, ni verdadera ni falsa, sólo una especie de fotografía, sin hechos pero verdadera. —Sí, puedes. Y así fue como él pasó la velada debajo de la lámpara barata de acero y vidrio de su comedor, con el mueble bar rojo y la lámpara Schlitz-Tiffany, y luego pasó la noche y no se fue.

Alos no había vivido nunca con un hombre. «Excepto con mi padre» y Nick observó en sus ojos una veta de perplejidad cuando ella lo dijo. Había salido con dos chicos en la universidad, aunque eran de los que preferían marcharse temprano, desayunar sin ella en lugares de cucharas grasientas, sentarse a la barra junto a hombres corpulentos con impermeables azules, leer el periódico, pedir varias tazas de café. Nunca había estado con nadie que se quedara. Nadie que trajera sus casetes, su silla Ethan Alien. Nadie que tuviera problemas con el alquiler de su antigua vivienda. —Trato de aunar todas estas cosas —dijo, cogiéndola a mitad de la tarde—. Mi vida, la campaña, este asunto contigo: trato de que todos mis pájaros aterricen en el mismo jardín. —Por la ventana se veía la luna de la tarde, como una pelota de golf atascada y picada de viruela. Ella miró hacia aquel huevo calcificado, la cara de la moneda, el triste barrio de la nada. Luego lo miró a él. Otra vez vio la laguna de vida en sus ojos, y en el resto de su cara una quietud vacilante, cálida. —¿Te gusta hacerme el amor? —preguntó ella, de noche, durante una tormenta. —Claro, ¿por qué me lo preguntas? —¿Te satisfago? —Sí —y se volvió hacia ella y la besó—. No necesito un gran espectáculo. Ella se quedó callada durante un rato y luego preguntó: —¿La gente da espectáculos? La lluvia y el viento bajaban con fuerza por el canalón. Azotaban las ramas de los frágiles árboles del patio de al lado. A ella le preocupaban la inexperiencia y la autoestima. En el cine, cuando comenzaba la sesión, él susurraba: «Mira, ahí sales tú. Twentieth Century-Fox, la zorra del siglo XX.» Había una parte cómica que ocurría en una biblioteca: sacaban los cajones con las fichas de los libros y las tiraban salvajemente por los aires; le cubrió un sudor pálido y frío, y él se acercó a ella y atrajo su cabeza diciéndole: «No mires, no mires.» Al final se quedaban sentados viendo los largos títulos de crédito (el jefe de operarios, el jefe de eléctricos, el ayudante del jefe de eléctricos…). —Eso es lo que necesitamos —dijo él—: electricidad. —Sí —dijo ella— y un buen montaje. Otras veces la animaba a que fuese por la casa desnuda. —Si lo tienes, hazlo —él sonreía, se detenía un momento, fingía confusión—. Si lo haces, lo tienes. Si lo ostentas, cógelo. —Si lo tienes, quédatelo —añadió ella. —Si lo dices, demuéstralo —y la atrajo hacia sí como a una pareja de baile con zapatos blandos y la sonriente boca del amor. Pero muy a menudo ella se quedaba despierta en la cama, preguntándose cosas. Faltaba algo. Había algo que a ella no le estaba ocurriendo, ¿o era a él? A lo largo del verano, las tormentas incendiaban el cielo, mientras ella estaba allí, tendida, escuchando el ruido de la lluvia de un tornado, que nunca llegaba, aunque los rayos resquebrajaban la noche y encendían los árboles como cosas que se recuerdan repentinamente, y luego los dejaba de nuevo indescifrables en la oscuridad. —No sientes nada, ¿verdad? —dijo él finalmente—. ¿Qué te ocurre? —No estoy segura —dijo ella crípticamente—. Las tormentas son muy fuertes en esta parte del mundo. —El viento de una tormenta soplaba por las mosquiteras y algunas veces hacía que la puerta del dormitorio se cerrara de un portazo—. No me gusta que las puertas se cierren con portazos —susurró—. Me hace pensar que alguien está loco.

A la biblioteca estaban llegando libros en rumano: Alos tenía que leerlos por encima para hacer un breve resumen para el catálogo. La deprimía que su rumano fuera tan deficiente, que casi ni siquiera existiese, como un simple pañuelo en el hueco de una escalera, y que todos los días llegara algún libro para reprochárselo. Echaba muchísimo de menos a su madre. A la hora de comer fue al puesto de Nick a tomarse un helado. Nick tenía aspecto cansado, desaliñado, el pelo como ruedas dentadas. —¿Quieres Cereza Pereza o Bombardero Limonero? —preguntó. Eran nombres inventados por él, pero amenazaba con usarlos en serio algún día. —¿Y de manzana? —decía ella. Nick cortó una manzana y la puso en un plato de cartón. Sacó yogur de una máquina. —Esta noche hay recaudación de fondos para la campaña de Teetlebaum. —Ah —dijo. Ya había ido a esos actos de recaudación de fondos. Al principio le había gustado, visitaba rincones de la ciudad que de otro modo no habría visto nunca, Nick la guiaba por ellos, Nick conocía a todo el mundo, de modo que la vida le parecía llena de posibilidades, de sentido doméstico. Pero al final se dio cuenta de que aquellos actos estaban llenos de gente aburrida, que estrechaba la mano alegremente y hablaba sin cesar de cuando iba de acampada al oeste. En realidad no hablaban con su interlocutor. Hablaban hacia él. Le hablaban a él. Hablaban cerca, encima de él. Se creían cruciales para el bienestar de la comunidad. Pero rara vez pisaban una biblioteca. No leían libros. —Por lo menos son contribuyentes de la comunidad —dijo Nick—. Por lo menos no le chupan la sangre a la comunidad. —Lamen —dijo ella. —¿Qué? —Sorber y lamer. No chupar. —El la miró de un modo dubitativo y preocupado—. Lo busqué un día en el diccionario —explicó ella. —Pues lo que sea —dijo él, poniendo mala cara—. Al menos a ellos les importa. Al menos tratan de ofrecer algo. —Preferiría vivir en Rusia. —Volveré alrededor de las diez —contestó él. —¿No quieres que vaya? —Lo cierto es que no le gustaba Ken Teedebaum. Quizá Nick lo había adivinado. A pesar de tener el apoyo de los restos de la Izquierda local, había algo fatuo y vano en Ken. Tendía a hacer breves ejercicios de piernas mientras se, hablaba con él. A menudo sacaba una foto que le habían hecho en Woolworth y se la enseñaba a la gente. «Mirad esto —decía—, es de cuando llevaba el pelo largo, ¿no es increíble?» Y la gente miraba y veía a un guapo adolescente que sólo tenía un ligero parecido con el fofo Ken Teedebaum del presente. «¿Verdad que me parezco a Eric Clapton?» «Eric Clapton nunca se habría sentado en un fotomatón de unos grandes almacenes como una colegiala», había dicho Alos, con ese barboteo cáustico que a veces padecen los tímidos. Ken la había mirado entre risueño y herido, y después de aquello dejó de enseñar la foto cuando ella estaba presente. —Si quieres, puedes venir. —Nick se puso de pie, se alisó el pelo y de nuevo pareció atractivo—. Nos veremos allí.

El acto de recaudación de fondos se celebraba en el salón del piso de arriba de un restaurante llamado Dutch. Pagó diez dólares, entró y comió un montón de coliflor cruda y humus antes de ver a Nick al fondo, en un rincón lejano, hablando con una mujer vestida con vaqueros y chaqueta marrón. Era la clase de mujer que haría que Nick se volviera en un restaurante. Tenía el pelo color caoba cortado a lo paje, con líneas muy rectas; una cara bonita, pero un peinado demasiado duro, demasiado separado y muy cuidado. En cambio Alos llevaba el pelo largo y revuelto, y se lo recogía de cualquier manera con una horquilla. Cuando se estiró para saludar a Nick con la mano, y él desvió los ojos sin reconocerla, y miró otra vez a la pelirroja de pelo de paje, Alos se quedó con la mano levantada y luego se la llevó a la cabeza, para jugar con la horquilla. Nunca encajaría en aquel ambiente, pensó. Con gente de esa clase, no: la típica gente activista que atiende un mostrador alegremente. Prefería los que atendían los mostradores de la biblioteca, silenciosos y poetas; eran delicados y apegados a su territorio, intelectuales y físicamente enfermos. En el trabajo se sentaban e inventaban frases al estilo de Tom Swift: «Tengo que ir a la ferretería, dijo con voz férrea.» «¿Te apetece un refresco?, dijo con cara burbujeante.» Iban a pasar los fines de semana a la Clínica Mayo. «Un parque de atracciones para hipocondríacos», decía una bibliotecaria llamada Sara. «Una mezcla de Lourdes y grandes almacenes», dijo otro llamado George. Ésa era la gente que le gustaba, gente con la que realmente no se podía vivir. Se volvió para ir a los lavabos de señoras y se topó con Ken. Este la saludó con un abrazo y luego le susurró al oído: —Tú vives con Nick. Ayúdanos a pensar en un tema. Me hace falta otro tema. —Ya te compraré uno en la tienda de temas —dijo ella, y se zafó mientras alguien se acercaba a Ken con una mano tendida y efusiva y un «Aquí tenemos al hombre del momento» falso y retumbante. En el cuarto de baño miró fijamente su reflejo: en un intento de ser extravertida, se había puesto una túnica con grandes tajadas de melón pintadas en la parte delantera. ¿En qué había estado pensando? Se metió en uno de los váteres y cerró el pestillo. Leyó las pintadas de detrás de la puerta: «Anita quiere a David S.» O «Jesús + Diane W.». Era bueno saber que incluso en un pueblo como ése la gente era capaz de quererse.

—¿Con quién hablabas? —preguntó ella más tarde, en casa. —No sé. ¿A quién te refieres? —A la del pelo de plastilina. —Ah. ¿Erin? Sí que parece que se haga algo en el pelo. Creo que se lo tiñe con henna. —Es como si clavara el pelo en la pared y ella se pusiera debajo. —Es la presidenta de la Asociación de Vecinos de Bayre Corners. En septiembre necesitaremos mucho su apoyo. Alos suspiró y apartó la vista. —Así es el proceso democrático. —Prefiero a los reyes —dijo ella.

El viernes siguiente, la noche de la fiesta del pescado frito para recaudar fondos en Labor Temple, fue la noche que Nick se acostó con Erin, de la Asociación de Vecinos de Bayre Corners. Llegó a casa a las siete de la mañana y se confesó a Alos, quien, al ver que Nick no llegaba a casa, se había tragado media caja de Dramamina para conciliar el sueño. —Lo siento —dijo con las manos en la cabeza—, es algo muy de los sesenta. —¿De los sesenta? —Estaba atontada y colocada por los somníferos. —Te implicas mucho con una persona en un acto político y al final te encuentras con ella en la cama. Ella también es de esta onda. Y es que, no sé, es una persona que realmente se preocupa por su comunidad. Tiene una faceta expresiva, muy cercana. Y todo eso me embaucó. —Estaba sentado, inclinado sobre las rodillas, hablando a los zapatos. El ventilador eléctrico dirigía el aire hacia él y le movía el pelo con suavidad, como las algas en el agua. —¿Algo de los sesenta? —repitió Alos—. Algo de los sesenta, pero, ¿qué es esto? ¿Algo así como Easy to be hard! —Era la canción que mejor recordaba. Pero algo se había desconectado en ella. Los huesos del pecho le dolían. Hasta la habitación parecía haber cambiado: brillaba más, era horrible. Todo había salido corriendo, había huido para transformarse en otra cosa. Le sudaban las axilas y sintió la cara caliente. —Eres un asesino —dijo—. Al final, eso es lo que eres. Es lo que, finalmente, siempre serás. —Comenzó a sollozar tan fuerte que Nick se levantó y cerró las ventanas. A continuación volvió a sentarse y la abrazó (¿quién más había allí para abrazarla?), y ella también lo abrazó.

Le compró un anillo con un granate bien grande, como una pastilla para la tos encajada en bronce. Lavó los platos diez veces seguidas. Sentía la necesidad de irse a la cama inmediatamente después de cenar y ponerse a dormir pesadamente, para escapar. Le había cogido miedo a salir (los restaurantes, las tiendas, la tensión en los hombros, el miedo apoderándose de su cara cuando estaba allí, como si la gente supiera que era extranjera e idiota) y durante quince días más preparó la comida e hizo la compra. El coche de él siempre estaba aparcado en la calle, y el de ella estaba siempre en primer lugar, en la entrada del garaje, cerca, cerrando el paso, como indicando quién pertenecía más a la comunidad, al mundo, y quién estaba más alejada de él, en una casa. Quizás en cama. Quizá dormida. —Necesitas más vida a tu alrededor —dijo Nick acunándola, aunque ella estaba rígida. La cara de él era melancólica y estaba bronceada, las notas y el barniz de un violín—. Necesitas sentir más la vida a tu alrededor. —Fuera reinaba el clásico olor a podrido de cuando va a llover. —¿Cómo te las has arreglado para ponerte moreno si ha llovido tanto? —preguntó. —Es verano —contestó—, y trabajo a la intemperie, ¿recuerdas? —No tienes ni la marca de la camiseta —dijo ella—. ¿Adonde vas? Le había cogido miedo a la comunidad. Era su enemiga. Los demás, las demás. Había aprendido, sin darse cuenta entonces, a seguir la mirada de Nick; había aprendido a aprender su lujuria, y cuando salía a la calle, por lo menos a trabajar, los deseos de él permanecían memorizados dentro de ella. Miraba a las mujeres atractivas que él miraría. Se volvía para inspeccionar la cara de todos los cortes a lo paje que veía por detrás para luego adelantarlas en el coche. Las miraba furtivamente o de modo directo, no importaba. Examinaba los ojos y la boca, y se preguntaba por el cuerpo. Se había convertido en él: deseaba a esas mujeres. Pero también era ella, y entonces las despreciaba. Las deseaba, pero también quería pegarles. Un violador. Se había convertido en un violador, yendo en coche hacia el trabajo. Pero durante un tiempo, ése fue el único modo en que podía ser. Comenzó a llevar su ropa (una camisa, unos calcetines) para mantenerlo cerca de ella, para tratar de entender por qué había hecho lo que había hecho. Y en esta identificación, en su papel con pantalones, como en una ópera, pensó que entendía lo que era hacer el amor con una mujer, abrir sus partes bajas, como una comida secreta, abrirse paso con violencia dentro de ella, con el cuerpo arqueado, pujando dentro de ella, como una marioneta, para verla después cuando se levanta y anda contigo, sin hacer caso del daño que sin duda le has hecho. ¿Cómo podrías no quererla, dando gracias a Dios? Era muy misteriosa y equilibrada, y un pensamiento no compartido animaba sus ojos; querrías ir tras ella para siempre. Un hombre enamorado. Eso era un hombre enamorado. Muy diferente de una mujer. Una mujer arreglaba la cocina. Una mujer daba y ocultaba, daba y ocultaba, como alguien con una cesta de mayo.

Pidió hora con un médico. Su seguro cubría la consulta si iba al hospital de la universidad, así que pidió hora allí. —He pedido hora con un médico —dijo a Nick, pero tenía el grifo de la bañera abierto y no la oyó—. Para averiguar si me pasa algo malo. Cuando salió, se acercó a ella, llevando sólo una toalla, la atrajo hacia su pecho y la inclinó hasta el suelo, allí mismo, en el pasillo, junto a la puerta del cuarto de baño. Algo se abatía, adelante y atrás, describiendo un arco por encima de ella. Socorro, socorro. Se quedó paralizada. —¿Qué es eso? —Lo apartó. —¿Qué? —Se puso de espaldas y miró. Algo revoloteaba por las escaleras, un pájaro—. Un murciélago —dijo. —Oh, Dios mío —exclamó Alos. —El calor los hace salir de estas casas viejas de alquiler —dijo, y se levantó envolviéndose de nuevo en la toalla—. ¿Tienes una raqueta de tenis? Ella le enseñó dónde estaba. —He jugado al tenis solamente una vez —dijo ella—. ¿Te gustaría jugar a tenis algún día? Pero él comenzó a acechar al murciélago en la escalera oscura. —Y ahora que no te dé la histeria —dijo él. —Ya estoy histérica. —No te pongas… ¡Toma! —gritó él y ella oyó el estampido de la raqueta contra la pared, y el blando golpe del murciélago al caer al suelo. —¿Tenías que matarlo? —De repente se sintió mareada. —¿Y qué querías que hiciera? —No sé. Que lo capturaras, que lo castigaras un poco. —Se sintió culpable, como si su propio odio hubiera causado su muerte—. ¿Qué clase de murciélago es? —Ella se puso de puntillas para mirar, para echarle un vistazo a la cara de mono, los dientes de gato, las alas pterodactilares, venosas como las hojas de remolacha—. ¿Qué clase de murciélago es? ¿Orejudo, de herradura, reina? —A mí me parece hétero —dijo Nick, dando golpecitos con el puño en el brazo de Alos. —Ya está bien. —Eso digo yo, virgopotens… No sé, chica, puede que sea un murciélago del zodíaco. —O un murciélago común. No es un vampiro, ¿verdad? —Me parece que tendrás que ir a Sudamérica para ver vampiros —dijo él—. Ponte los zapatos de plataforma. Se hundió en los escalones, se ajustó el albornoz. Palpó hasta encontrar el interruptor de la luz y lo accionó. El murciélago, ahora lo veía bien, era pequeño y de colores claros, con las alas plegadas como una tienda de campaña doblada, un ratón con mochila. Tenía una cara tierna, como un ciervo, aunque le salía un hilo de sangre de la cabeza. Le recordó a un gato que había visto un día de pequeña, al que le habían disparado un perdigón en el ojo. —No puedo seguir mirándolo —dijo ella y volvió a bajar las escaleras. Nick apareció media hora después, en la entrada. Ella estaba en la cama, con un libro en el regazo: una biografía de una feminista francesa que estaba leyendo para informarse sobre su peinado. —Hoy he comido con Erin —dijo él. Ella se quedó mirando la página. Redecillas. Turbantes y redecillas. Podías ir días y días con una redecilla. —¿Por qué? —Por muchas razones diferentes. Sobre todo, por Ken. Aún es presidenta de la Asociación de Vecinos, y él necesita su apoyo. Sólo quería que lo supieras. Oye, no me tienes que pedir tanto. —No te pido tanto —dijo ella y volvió a ponerse roja—. Ni tan calvo. Todos los tantos y los calvos los tienes tú. —Cerró el libro—. No sé por qué tonteas con esa gente. No son más que un puñado de tenderos. El había tratado de ser agradable, pero entonces se le escapó una leve mueca. —Sí, ya veo, señorita altruista. Tú, con un padre que se ganaba la vida con las pieles. ¡Pieles! —Dio dos pasos hacia ella, luego media vuelta y retrocedió—. ¡No puedo creer que esté viviendo con alguien que creció gracias a lo que otro ganó con animales maltratados! Ella callaba. Aquellos arrebatos de quisquillosidad moral era algo que había visto con frecuencia en la gente de allí. No eran buenas personas, no eran amables. Siempre iban tonteando de aquí para allá, y mentían a sus cónyuges. ¡Pero reciclaban los periódicos! —No metas a mi padre en esto. —Mira, he pasado años de mi vida trabajando por la paz y la libertad de expresión. Incluso he estado en la cárcel. ¡He vivido en una jaula! No necesito vivir en otra. —¡Tú y tu libertad de expresión! ¡Tú, que eres incapaz de escucharme dos minutos seguidos! —¿Escuchar qué? —Escucharme cuando… —y aquí se mordió un poco el labio—, cuando te digo que esa gente por la que te preocupas tanto, la odiosa Erin o como se llame, es sólo gente pequeña, horrible, no es nada. —Así que no leen suficientes libros —dijo despacio—. Y a quién mierda le importa.

Al día siguiente estuvo en una reunión con Ken en la Asociación de Jubilados. El presentador televisivo de ¡Doble o nada! estaría allí, y Ken quería estrechar unas cuantas manos y reclutar voluntarios. El presentador de ¡Doble o nada! iba a dar una charla. —No lo entiendo —dijo Alos. —Ya lo sé. —Suspiró, la laguna de la vida flotando en los ojos—. Pero bueno, es el estilo estadounidense. —Cogió las llaves, y la cara que puso al mirarla rápidamente le dijo que no era lo suficientemente guapa. —Detesto Estados Unidos —dijo ella. A pesar de todo, la llamó a la biblioteca durante el descanso. Había estado sentada en la parte trasera con Sarah, imaginando frases a lo Tom Swift, con el cerebro listo para sangrar desde los oídos, cuando sonara el teléfono. —Deberías ver esto —dijo él—. Un viejo excéntrico levanta la mano, le cedo la palabra, se levanta y lo primero que dice es: «Hace diez minutos largos que tengo la mano levantada y usted insiste en no hacerme caso. No me gusta que me pasen por alto. No puede olvidarse de un individuo como yo, sobre todo con la edad que tengo.» Ella se rió, tal como él quería. «Este perrito caliente es asqueroso, dijo ella con franqueza.» —Para llamar la atención de los médicos, Ken tiene un montón de firmas que dicen «Teedebaum por la reforma para el control de las indemnizaciones». —Parece un poema de Wallace Stevens —dijo ella. —No sé qué es lo que esperaba. Pero no está bien el giro que han tomado las cosas en este asunto. «Es una perra, dijo él con voz felina.» Ella se quedó callada, decidió que dejaría que él llevara el peso de la conversación. —¿Te das cuenta de que todo el equipo de fútbol de Ken acaba de escribir una carta al periódico The Star acusándole de escandaloso y estafador? —Bueno —dijo ella—, ¿y qué esperabas de un grupo de hombres creciditos que aún juega sucio? Se quedaron callados. —Me importa lo nuestro —dijo él finalmente—; sólo quería que lo supieras. —De acuerdo —dijo ella. —Ya sé que no hago más que fastidiarte —dijo él—, pero es que tú eres una inspiración para mí, de verdad. «Me gustan los perros esquimales, dijo ella enseñando los caninos.» —Gracias por…, por decir eso —dijo ella. —A veces desearía que te comprometieras más con la comunidad para ayudarnos en nuestra campaña. Que dieras más de ti, que conectaras un poco con algo.

En el hospital se incorporó en la camilla y se ajustó un poco la bata de papel que la cubría, los pies en los estribos. La doctora sacó un espéculo de plástico de un cajón. —¿Tiene hoy algún problema en particular? —preguntó la doctora. —Sólo quiero que me vea y que me diga si hay algo que no va bien —dijo Alos. La doctora la observó atentamente. —Fuera hay un grupo de estudiantes de medicina. ¿Le importa que pasen? —¿Cómo dice? —Ya sabe que éste es el hospital de la universidad —explicó—. Esperamos que a nuestros pacientes no les importe colaborar con la educación de nuestros estudiantes y permitan su entrada durante la revisión. Es una manera de contribuir a que la comunidad médica crezca, si quiere. Pero usted es la que decide. Puede decir que no. Alos se asió a la bata de papel. «Nunca ha habido un accidente, dijo con negligencia.» —¿Cuántos son? —Siete —respondió la doctora con una carcajada—, como los enanitos. —Entran y, ¿qué es lo que hacen? La doctora se impacientaba y miró el reloj. —Participan en la revisión, vienen para aprender. Alos se volvió a hundir en la camilla. No creía que se pudiera ofrecer de ese modo. «Sólo eres del montón, dijo él mezquinamente.» —Muy bien —dijo—, de acuerdo. «Inclínate, dijo él rígidamente.» La doctora abrió la puerta y llamó a los estudiantes que se encontraban en el pasillo. —Entren, por favor. Eran jóvenes, más de la mitad eran hombres y se apostaron alrededor de la camilla de revisión formando una herradura, con aspecto ligeramente avergonzado. Sentían pena por ella, no había duda, del mismo modo que los estudiantes de arte algunas veces sienten pena por la modelo que tirita y que están a punto de dibujar. La doctora puso un taburete entre los pies de Alos e introdujo el espéculo de plástico con un mango que se ensanchaba, rígido, incómodo, vergonzoso. —Hoy vamos a realizar una inspección pelviana de rutina —anunció la doctora en voz alta, y a continuación se levantó de nuevo, fue hasta el cajón y repartió guantes de látex para todo el mundo. Alos se quedó un poco ciega. Una luz blanca, que partía del centro, se expandía hacia los extremos negros de su visión. Una tras otra, las manos de los estudiantes entraron en ella o presionaron su abdomen con avidez, con inocencia, para aprender algo de ella, en ella. Echaba mucho de menos a su madre. —El siguiente —decía la doctora, y luego otra vez—. Muy bien, el siguiente. Alos echaba mucho de menos a su madre. Pero fue la cara de su padre la que de repente se apareció ante ella, su cara en el marco de la puerta de su habitación, cuando por la noche iba a verla antes de irse a dormir, con semblante perplejo, horrorizado al encontrarla bajo la colcha tocándose y jadeando, y susurró: «Nell, ¿estás bien?», y desapareció dando un portazo, para dejarla allí, finalmente, para siempre; para morir y dejarla allí, sintiendo sólo su pena y desgracia, con la cual conviviría como con un abrigo. Había dedos de goma dentro de ella, moviéndose, retorciéndose, pero no como los otros. Se sentó bruscamente y el estudiante joven retiró la mano, la apartó. —No lo hacía bien —dijo a la doctora. Señaló al estudiante—. ¡No lo hacía correctamente! —Muy bien —dijo la doctora, mirando a Alos con preocupación y alarma—. Muy bien, pueden marcharse —dijo a los estudiantes. La doctora tampoco le encontró nada. —Está perfectamente normal —dijo. Aunque le sugirió a Alos que tomara vitamina B y que por las tardes escuchara música tranquilamente. Alos recorrió el aparcamiento del hospital tambaleándose y al principio no encontró su coche. Cuando dio con él, se apretó mucho el cinturón de seguridad, como si ella fuera algo salvaje: un animal o una estrella. Volvió a la biblioteca y se sentó al mostrador. Todo el mundo se había ido ya a casa. En el extremo del cuaderno anotó: «Sola como un libro, sola como un mostrador, sola como una biblioteca, sola como un pincel, sola como un catálogo, sola como un número, sola como un cuaderno.» Luego, también ella abandonó aquel lugar, se fue a casa y se hizo un té. Se sentía separada de su cuerpo, sentía que lo arrastraba escaleras arriba como una bolsa grande de asas, su vacuidad curtida como algo que se puede cortar en pedazos y regalar, o algo en lo que se pueden pegar cosas. Se tendió entre las sábanas de la cama, sudando, quizás a causa del té. Se le cayó el mundo encima, gastado, descentrado hacia un lado. No había más nombres por los que vivir. Habría que vivir más cerca. Había perdido su lugar, como en un libro. Habría que vivir más cerca de donde están enterrados los padres. Mientras esperaba a que volviera Nick, sintió que se mareaba, flotaba hacia el techo y miraba hacia abajo, a la bolsa de asas. Al día siguiente se haría la tarjeta de donante de órganos, una tarjeta de donante de ojos, tantas tarjetas como se pudiera hacer. Se las enseñaría todas a Nick. «¡Nick, mira las tarjetas!» Y como él no volvió a casa, se quedó despierta a través de la larga noche, a través del ruido sordo pero amortiguado de un pájaro que se golpeaba contra la ventana, a través de los truenos que iban y venían como una voz, a través de la lluvia frankensteiniana de la tormenta. Por encima de la casa, en lugar de estrellas, sintió las cabezas brillantes de su madre y de su padre, buscándola, con ojos centelleantes desde el cielo. «Oh, ahí estás —dijeron—, ahí estás.» Pero luego desaparecieron de nuevo, y ella estaba tendida, esperando, con el puño en la columna vertebral, la gracia y la fatiga que vendrían, que seguro que venían, por haber dado tanto al mundo.

(De: Pájaros de América, Emecé, 1999. Traducción: María José Galilea Richard)

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