Voces susurradas, palabras clandestinas

Por Adrián Ferrero*

Gregoire Kenne, Quintet, 2012

Hay una cierta clase de mensaje, por general de índole política (en un sentido amplio, quiero decir) que es el más sensible a no ser atendido. A no ser escuchado. Hay resistencias para que eso ocurra. O bien por repudio, o bien por indiferencia o bien, sin llegar al repudio, por desacuerdo. Esto define los términos según los cuales tiene lugar una clase de comunicación, esto es, en sus peores términos. O cuando directamente no tiene lugar. Y cuando empleo la palabra «mensaje» no me estoy refiriendo a una consigna o a una fácil y simplista aseveración propia de un particularismo. Sino a una voz colectiva. Quizás, en todo caso, una clase de derecho a la expresión. Y, por lo tanto, de derecho a la existencia. Porque toda identidad se define en virtud de la posibilidad de expresarse libremente. De realizarse también mediante la palabra además de por sus prácticas sociales. Y de hacerlo en el marco de la esfera pública.

Concretamente, hay voces de grupos sociales o figuras más o menos emblemáticas propias de distintos grupos sociales (que pueden ser o bien escritores o bien intelectuales o sencillamente personas que tienen algo relevante que manifestar, esto es, significativo para la comunidad). Voces que en virtud del mencionado repudio o desautorización deben hacer silencio o circular sus discursos mediante una economía de la clandestinidad. De lo subterráneo. O bien de implícitos. Circunstancia que me parece que resulta poco digna para quien simplemente, de modo completamente pacífico y constructivo, aspira a hacer públicos puntos de vista, lenguajes artísticos o bien perspectivas sobre el mundo.

Esas voces naturalmente se dirigen a una población mayoritariamente indiferente, impermeable a sus significados sociales y a sus sentidos, que suelen ser, para estos grupos, perturbadores. Por lo general ponen en cuestión el orden establecido (bajo cualquiera de sus dimensiones) y también ponen en cuestión prácticas sociales también por lo general naturalizadas pero cuya imposición se vuelve precisamente ilegítima por pretensión de hegemonía. Ese comportamiento compulsivo pretende no solo decir sino, como decía Roland Barthes, hacer decir a otros lo que no piensan y lo que no hacen. Lo que me resulta perverso. Porque consiste en denegar lo que uno es. Renegar de la propia identidad.

Les propongo entonces transitar una serie de reflexiones en torno de ello que aspiran a, precisamente, evidenciar ese estado de cosas que tiende o bien a la exclusión o bien a la invisibilización de ciertas prácticas sociales y discursos sociales. Ellos pierden la noción de conjunto en el marco de una comunidad en tanto son representativos de grupos de personas diversas pero a la vez semejantes. Toda dignidad, en principio, correspondería fuera intocable para los miembros de la sociedad de la que forman parte. Pero sucede que frente a los mencionados grupos o voces a las que acabo de aludir al comienzo de naturaleza hegemónica, existe una sistemática impugnación de su estatuto ontológico, por un lado. Y, por el otro, por supuesto, de la legitimidad de sus discursos. Todo aquello que por esencia los define e identifica como tales. A esos grupos se los desacredita (en una gran mayoría de los casos) o bien directamente se los amordaza mediante estrategias tan dispares como infames.

Estas circunstancias traen aparejadas consecuencias graves. En primer lugar la noción de sujeto (mujer y varón, niño o niña, anciano o anciana, adultos) les son denegados al punto de la desaparición en tanto que representación. En otros casos directamente se acude a la reclusión en esferas dentro de las cuales no afecten al funcionamiento de la sociedad tal como habitualmente está conformada.

Habitamos sociedades por lo general caracterizadas por la existencia, la presencia y la hegemonía de un discurso unívoco, con lecturas lineales y no transversales de la realidad (motivo que ratifica esa univocidad) y también monológicas. El pluralismo no suele ser una práctica común. Esto es: los mensajes de toda índole y bajo cualquiera de sus manifestaciones (salvo los críticos, que son escasos) ratifican una mirada sobre la sociedad y sobre la identidad que la aglutina más aún en esa hegemonía en lugar de promover su revisión en profundidad con el objeto de la inclusión de la diferencia. Si tenemos en cuenta que habitamos una sociedad profundamente inequitativa en la cual los sujetos (según la tipología arriba citada, habría otras) son víctimas de la exclusión y la reclusión, de mensajes que tras una sugestiva transparencia encubren, en cambio, una sospechosa opacidad sin reconocimiento de la alteridad en tanto que semejante el mundo se vuelve normativo y tiende a la uniformidad. Estos mensajes resultarán por supuesto confirmadores de la sociedad en tanto espacio social homogéneo y reforzarán mediante distintos dispositivos ese panorama. Hasta el punto en ocasiones de la supresión del distinto. Se tratará, en el caso de los excluidos, los marginados, los discriminados o lo invisiblizados, por razones evidentes, de personas a las que se les negará su condición de sujetos, de sujetos de derecho. Me refiero tanto legales en su sentido formal como en otros de naturaleza ética. Puesto en estos términos el planteo, nada puede resultar más dramático o, peor aún, más trágico. En efecto, nos vemos ante la disyuntiva o, mejor, la paradoja, de que hay una sociedad habitada por sujetos no considerados como tales. Esto es: como no existentes. Hay una existencia que es denegada al punto de no ser reconocida y, por lo tanto, suprimida desde el reconocimiento de la alteridad como un par.

Si hablamos de una «tragedia argentina» no estamos hablando de una situación coyuntural solamente de tal o cual gobierno (lo que de hecho también sucede a menudo), sino de una ingeniería social según la cual las personas en tanto que emisores de una cierta clase de voz disonante respecto de la hegemónica que puede visibilizar situaciones colectivas complejas. Dichas situaciones se verán amordazadas mediante una fuerza que hasta puede adoptar el uso de la violencia tanto simbólica como material. Esta circunstancia, como podrá apreciarse, está definida en términos de que en una sociedad no solo existen voces privilegiadas, sino aparentemente todopoderosas, capaces de o bien evitar la enunciación de otras o bien de, una vez realizado el enunciado, acallarlo. Estas voces silenciadas de modo compulsivo buscarán sin embargo estrategias y canales para encontrar legitimidad y hasta de protesta, además, naturalmente, de expresión. Algunas susurran sin pedir permiso de modo prácticamente clandestino porque de otro modo podrían recibir sanciones serias, como la patologización, como bien hemos visto en relación a prácticas vinculadas a la así llamada locura, a la diversidad sexual o bien a la diversidad social en lo relativo a la inclusión o exclusión económica. Esto suele confundir exclusión con alienación. Tal circunstancia no es ninguna novedad y Foucault lo ha estudiado exhaustivamente.

Que en el marco de una sociedad que se dice democrática, que dice defender oficialmente los Derechos Humanos (muchas instituciones o agrupaciones sí se ocupan de que sí ocurra a contracorriente de lo que efectivamente sucede) o bien el bienestar de sus ciudadanos, me resulta una circunstancia de naturaleza aberrante y que requiere de un análisis a mi juicio urgente además de generalizado. Se vuelven imprescindibles gobernantes idóneos y personas que ocupen gestiones debidamente asesoradas por especialistas en sus respectivas áreas, de probado reconocimiento y desempeño profesional con trayectoria para, a la hora de tomar decisiones, hacerlo de modo acertado. De ese modo efectivamente se benefician grupos afectados por la exclusión. Se vuelve imprescindible una exhortación a una revisión social por parte de los gobernantes para que el conjunto de la comunidad de modo reflexivo tome consciencia de ciertas problemáticas acuciantes con sentido de responsabilidad cívica. Si bien sabemos que hay y seguirá habiendo no solo resistencias difícilmente reversibles sino también oposiciones y hasta combates.

Considero un derecho inalieable y no «un permiso» que estas voces acalladas, que circulan de modo clandestino, que susurran (el arte es un espacio simbólico y material privilegiado para asistir a ellas) sean ubicadas en el lugar que lo merecen. Esto es: en un contexto de enunciación y de escucha en el marco de la esfera pública sin persecuciones ni discriminaciones. Eso en primer lugar. En segundo, de debate serio en torno de sus problemáticas, de sus necesidades y de un conocimiento de su identidad en tanto que grupos del que ellas mismas participen. Para que esas voces, precisamente, enuncien sus necesidades y expresen quiénes son. Por lo tanto, corresponde de ese modo no solo un conocimiento de las voces acalladas sino un reconocimiento que incluso reconstruya su historia. Sin ese reconocimiento acompañado de una aceptación respetuosa de la identidad del semejante considerándolo como tal, ninguna sociedad estará en condiciones de un progreso. Del mismo modo, de quien no es reconocido resulta primordial esperar similar actitud respetuosa. Una sociedad puede progresar industrialmente, tecnológicamente, esto es, productivamente en el plano de lo material. Pero en el plano de lo ideológico su estancamiento será alarmante. Lo que por supuesto trae consecuencias en lo relativo al plano económico guste o no. Porque de la posibilidad de la realización de los miembros de una comunidad dependerá también su capacidad de producción en todos los ámbitos culturales, refiriéndome a la cultura en un sentido amplio, en que se desempeñen. De este modo, toda forma que impida expresarse libremente tanto en los medios (que afortunadamente en algunos casos existen, son autogestionados) como en la vida cotidiana para plantear cuestiones elementales relativas a la justicia, si es que fueran necesarias, o bien, en otros casos, simplemente para vivir dignamente, resultará imposible un país desarrollado. En tal sentido, estos grupos llamarán la atención respecto de sus condiciones de vida vinculadas a la falta, por ejemplo, de acceso a la educación, a la salud, al bienestar general y la calidad de vida en general. En otros, a no ser obligados a ser ghettizados por exclusión de la esfera pública por su condición.

Por otra parte, susurrar, musitar, pronunciar en voz baja, la existencia de secretos u ocultamientos, de algo que debería ser de naturaleza completamente espontánea no resulta digno. Esto es, la imposibilidad de conversar en torno de una mesa entre pares me resulta inconcebible en el año 2019. Tanto en términos éticos, sociales, estéticos o de cualquier tipo en que se realice dicho intercambio que aspiramos a que se trate de un diálogo. Considero que se trata de una elemental ecuación en el marco de un país, de un continente o por supuesto un mundo del derecho y con derechos.

Sumo a todo ello, por supuesto, la subalternidad de un idioma que solo se puede hacer escuchar en ciertas y limitadas regiones del planeta por atropello o directamente eliminación de otras lenguas más poderosas en el marco de una geopolítica que favorece a algunas naciones y desfavorece por dominación prepotente a otras. Por más que existan canales virtuales en el marco de los cuales sabemos que las lenguas y los mensajes fluidamente están en condiciones de circular, es escasa la población que tiene acceso a la Internet. También la alfabetización dista mucho de ser universal. Las lenguas también suponen inclusión o exclusión, como muchos lingüistas lo han oportunamente señalado.

De modo que a la humillación de determinados grupos sociales de su exclusión (cualquiera sea la índole que la motive) se suma esta otra marginación de índole mundial. En la cual los imperios que nos han colonizado (pese a que esta palabra suene a anticuada consigna sesentista o setentista) no caben dudas sigue vigente de una manera me atrevería a decir que brutal. El capitalismo continúa siendo una maquinaria de engendrar víctimas.

Cierro con esto y espero que esas voces no se vean obligadas a salir a gritar a las calles, en un gesto desaforado siendo tan evitable. Mucho más teniendo en cuenta que ya habitamos una civilización que ha atravesado su segundo milenio.

Todas las personas de la naturaleza que seamos, es de desear podamos dialogar con modales en torno de un espacio público o privado. Y de que podamos de una vez por todas encontrarnos sin pedir autorización, como en los tiempos más oscuros.

* Adrián Ferrero nació en La Plata en 1970. Es escritor, crítico literario, periodista cultural y Dr. en Letras por la Universidad Nacional de La Plata. Publicó libros de narrativa, poesía, entrevistas e investigación.

http://www.facebook.com/escritoradrianferrero

Julio 2019

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