Volvé Soriano, por favor

Por Eduardo Aliverti

Ojalá uno tuviera ese talento zumbón del Gordo para aplicarlo a describir unos días argentinos que, a priori, son muy difíciles de encuadrar en algún género.

Lo sucedido en derredor del River-Boca gana por muy lejos en la consideración de si hay un adjetivo exacto para calificarlo. Pero tiene lo suyo esta reunión del G-20 a la que medio mundo mediático rotula como histórica; que apenas si fue capaz de producir unas carillas de frases hechas para maldisimular su fracaso absoluto; de la que mayormente nadie entiende para qué sirve como no sea curiosear en lo que comen las figuras políticas planetarias, en los looks de las primeras damas, en los detalles anecdóticos; en lo desopilante de Macron y su mujer bajando a la intemperie receptiva, hasta que Michetti llegó en tiempo de descuento a balbucearles un francés capusottiano.

Y, sobre todo, la pregunta de para qué les sirve este show a los desposeídos del orbe. Por qué de eso se trataría, ¿no es así?

Desde luego que no les aprovecha en absoluto o, si se quiere peor aún, las políticas maquilladas en el documento final expresan no otra cosa que más penurias para las víctimas del neoliberalismo.

En el entretanto, además de que Macri se haya pavoneado creyendo que por unas horas fue el centro del universo gracias a palmadas de protocolo y a un coro de adeptos acreditados en el Colón, nos dicen que no tenemos remedio porque atacaron un micro de Boca en zona liberada por la policía.

Los chalecos amarillos incendian el centro de París y aledaños, en Brasil gana el fascismo de libre mercado, el Mediterráneo es un cementerio emigratorio, la vieja Europa disputa un campeonato xenófobo, Trump insiste con el muro contra los centroamericanos, los italianos giraron a extrema derecha, los saudíes asesinaron a un periodista del Washington Post, los juntados para el G-20 no pueden administrar la catástrofe climática avisada por las Naciones Unidas.

Pero el problema sería que Argentina no sabe organizar un partido de fútbol dramático y que los argentinos son exclusiva o prioritariamente eso.

Somos todos los errores y horrores que se quieran y somos las Madres y las Abuelas, el Juicio a las Juntas, la resistencia peronista, el Che, las pendejas del feminismo que son punta mundial, Cooke, las minorías intensas que pierden, empatan y ganan contra la impunidad de los crímenes apañados por el poder, las movilizaciones fascinantes frente al 2×1 de los represores y la reforma previsional, la Plaza. Somos que las oligarquías siempre tengan problemas para imponer condiciones según les venga en gana. ¿Todo eso, toda esa ínfima parte de lo mejor de los argentinos se subsume en que Boca y River no pudieron disputar el partido en condiciones apropiadas?

Cuando se desarrolle y culmine la final de esta nueva Copa Conquistadores de América, cualquiera sea el ganador, el terror a la derrota, su asimilación, las gastadas interminables, el marcaje de cada error de cada jugador en tono de apocalipsis, volverán al sitio de donde nunca se fueron.

Una parte significativa del periodismo, que se cansó de agitar al partido como cuestión de vida o muerte con sus energúmenos de gritos superpuestos y sus títulos destemplados, se olvidará tranquilamente del papelón mundial, de la Conmebol, de Angelici, de D’Onofrio, de los escritorios, de la estafa incomensurable a la gente que fue a la cancha de River, de todo lo que dicen que les dio vergüenza sin empezar jamás por la propia. El circo se mudará a lo que pueda pasar en los Emiratos, en el mundial de clubes. Lo mismo ocurrirá desde la cloaca de las redes, donde prevalecen, en proporción aplastante, quienes hablan de este país de décima que no puede controlar a sus fanáticos ni organizar la recorrida de un bus, mientras decoran los mensajes con “gallina puta”, “bostero cagón” y unos memes que invitan a la agresión lisa y llana.

Como en la canción de Serrat, todo volverá a su lugar acabada esa fiesta que la tilinguería habrá redescubierto como tal porque se jugó en el primer mundo y, como quería Macri, con hinchadas visitantes. Sólo que en Madrid. Pero resulta que el lugar ése no es el de la frivolidad que quieren generalizar los protagonistas de qué nos pasa a los argentinos, cómo es posible que no nos pongamos de acuerdo aunque sea para domesticar a las mafias del fútbol articuladas con los bravas y la policía, y otras tonterías por el estilo.

El jueves pasado (en “Arqueros, ilusionistas y goleadores”, AM 750), uno de nuestros grandes periodistas, Ezequiel Fernández Moores, dijo: “Ya habíamos entregado todo, menos la pelota”. Es un disparador sencillo y atrapante.

La economía no se maneja desde acá, la tripula Lagarde, no se puede dar un paso sin que lo consienta el board del Fondo Monetario. Introdujeron narcotráfico y terrorismo internacional como hipótesis de conflicto. El Comando Sur de los Estados Unidos ya hizo pie para disponer una base militar en Neuquén bajo la figura de “ayuda humanitaria”, cerca de las inversiones que Chevron y Exxon Mobil prometen para Vaca Muerta. La vocera de Trump, Sarah Sanders, se despachó al mismísimo toque de la bilateral G-20 entre Donald y su pato o gato local, con la afirmación de coincidencias entre ambos para enfrentar a Venezuela y a “la actividad económica depredadora” de China. Hubo una desmentida que no convenció a nadie y, por lo pronto, el canciller argentino, consultado al respecto, quería que se lo tragara la tierra.

La banda de Patricios se confundiría de chino y empezó a tocar antes de que Xi Jinping saliera del avión, a más de que previeron recibir al líder de la segunda potencia mundial, con la que Argentina negocia swaps de monedas y la construcción de Atucha III, con el gobernador de quinta Gerardo Morales (ver la nota de Martín Granovsky en PáginaI12 del sábado, “Macri ofende y China anota”).

De veras: volvé Soriano, por favor.

Ya habíamos entregado, para abundar apenas un poco, que el gobierno de Mauricio reconociera como democrático, antes que cualquiera, al golpe de Estado parlamentario que se cargó a la presidenta de Brasil. Es más: ahora se llevaron puesto a Paolo Rocca, el CEO de Techint, cuyo dudosísimo patriotismo no va en perjuicio de que la gran burguesía criolla, lawfare mediante, ceda espacio a favor de los intereses de las empresas estadounidenses en la región.

A los postres, podríamos ubicar que los independentistas del Congreso de Tucumán sintieron angustia por liberarse del yugo español y que los argentinos, en masa, deberían enamorarse de Christine.

Todo eso está cedido y el país es una colonia de la patria financiera internacional, y/o de los organismos de crédito que todavía se resisten a ese patrón superior del neoliberalismo. Nos quedaba que pudiera organizarse una final de la ex Libertadores entre River y Boca, mínimamente pacífica. No se quiso, pudo o supo.

Quiere decir que, en efecto, de todo lo que se entrega faltaba solamente la pelota. Pero la crema de la crema de los entreguistas está mucho más arriba que la generalizadamente patética y corrupta dirigencia del fútbol, y allí seguirá como seguirán los luchadores sociales e intelectuales que nos enorgullecen.

Deberíamos prevenirnos de tanto frívolo y vendehumo, empeñados en hacerle creer a los argentinos que somos una sociedad del fracaso y que así quedó definitivamente establecido por el bochorno de la final futbolística. Tendremos nuestras taras, nuestras desmesuras, nuestra violencia que nos parió, pero tenemos por igual unos destaques positivos y unas glorias que son la envidia o el asombro del mundo.

Ojo con perder la autoestima social. Con el derrotismo. Con el diagnóstico y el pronóstico de la frustración ontológica nacional, inevitable.

Ese es un negoción de la derecha.

03/12/18 P/12

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *