Volver a la Patria Grande

Por Daniel Filmus

Un repaso por el panorama político de Latinoamérica en la década de 2000 deja ver las cuentas pendientes de aquel proceso de integración regional y también los objetivos y las consignas que lo guiaron. En este nuevo contexto, puede rescatarse, con mirada crítica, lo mejor de esos años.

En América latina, la primera década del siglo XXI inauguró un proceso que marcó una transformación histórica. Los años 2000 constituyeron un período que llegada al gobierno de un grupo de presidentes que trazaron un camino original en la región. Fue el momento en que la mayor parte de nuestros países promovió la reorientación del rumbo respecto del perfil productivo, el modelo de desarrollo y los mecanismos de distribución de la riqueza bajo un signo progresista, popular y democrático.

Este proceso se inició con la asunción de Hugo Chávez en Venezuela, de Luiz Inácio Lula da Silva en Brasil y, pocos meses después, Néstor Kirchner en la Argentina. El Frente Amplio llegó por primera vez al gobierno en Uruguay; Evo Morales asumió como el primer mandatario proveniente de una comunidad originaria en Bolivia en 2006; y ese mismo año ganó las elecciones en Chile Michelle Bachelet. El elenco de nuevos presidentes que intentaron revertir las difíciles condiciones que dejaron para sus pueblos los procesos neoliberales de los 90 incorpora a Rafael Correa en Ecuador en 2007 y a Fernando Lugo en Paraguay en 2008. Ellos fueron algunos de los líderes que encabezaron ese proceso y que luego continuaron Cristina Fernández, Dilma Rousseff y Pepe Mujica, entre otros. Con matices, llevaron adelante políticas en la misma dirección, que tuvieron entre sus objetivos principales la recuperación del papel del Estado en la conducción del desarrollo económico y en la generación de condiciones para una distribución más igualitaria de la riqueza. La defensa de la capacidad de decisión nacional y la prioridad dada a la integración regional también fueron características comunes a estos procesos que, al cabo de más de una década y según evalúa la Cepal, se mostraron exitosos tanto en lograr altos índices de crecimiento económico como en la obtención de mayores niveles de equidad y justicia social.

LA DERECHA EN SU LABERINTO

Sobre fines de esta primera década, frente a la pérdida de privilegios, comenzó un fenómeno marcado por la recuperación de la capacidad de iniciativa por parte de los sectores oligárquicos vinculados con el capital concentrado, la injerencia de los intereses financieros internacionales y la ofensiva de las corporaciones judicial y mediática contra los gobiernos y los líderes populares. Un fenómeno que afectó a muchos de los países latinoamericanos.

El triunfo electoral de Mauricio Macri en 2015, el desplazamiento del gobierno de Dilma Rousseff y la prisión de Lula en Brasil, y los cambios de signo político en Ecuador y Chile marcan un nuevo momento en la región al que recientemente se suman el golpe de Estado en Bolivia y el resultado electoral de Uruguay.

Estos gobiernos de derecha han vuelto a demostrar su incapacidad para generar una senda de crecimiento y distribución en nuestras sociedades. Se volvió a implementar la retracción del Estado, la apertura indiscriminada de la economía, la primarización productiva y la destrucción de la industria, el aliento a la especulación financiera, el estancamiento o caída del PBI y el consecuente crecimiento de la desocupación, de la pobreza y la desigualdad. Incluso, cuando se recurrió al endeudamiento con el FMI, la aplicación a rajatabla de sus recetas de ajuste profundizó aún más estas características. A esto podemos sumarle el cercenamiento de derechos sociales y, en muchos casos, la represión al movimiento popular.

Pero las administraciones neoconservadoras –aun aquellas que llegaron al poder mediante el sufragio popular– encontraron muchas dificultades para desmontar el alto nivel de ampliación de derechos realizado por los gobiernos progresistas.

Creemos que aquí jugó un papel importante uno de los logros de los gobiernos de la primera década: el grado de conciencia de vastos sectores populares beneficiados por las políticas de comienzos de este siglo que hicieron sonar su voz y desplegaron su capacidad de movilización para resistir las políticas de ajuste en toda la región.

El ciclo conservador parece haber durado menos de lo imaginado y todo parece indicar que estamos frente a la recuperación de la iniciativa por parte de los movimientos y partidos nacionales, populares y progresistas en la región.

En síntesis, esta restauración neoconservadora en América latina no aportó ninguna solución a los problemas que enfrentan nuestros países y al mismo tiempo implicó un dramático retroceso en cuanto a la pauperización y deterioro de la calidad de vida de sus pueblos.

Frente a esta realidad, el cuestionamiento a estas políticas y la lucha popular cobraron protagonismo en la región. Algunos indicadores que ratifican esa afirmación son el fracaso electoral de Macri y el triunfo del nuevo gobierno nacional y popular en la Argentina, el masivo levantamiento popular que enfrentó Lenin Moreno en Ecuador, la creciente pérdida de popularidad que afronta Jair Bolsonaro en Brasil, la crisis política que viven Colombia, Paraguay y Perú, y los levantamientos populares en Chile. A estas situaciones también aporta una cuota importante de optimismo las posiciones que viene llevando adelante el gobierno de México.

DESAFÍOS DEL PROGRESISMO

En este contexto, creemos que el desafío de no repetir recetas y proponer estrategias originales para abordar los problemas del crecimiento y la distribución de la riqueza en las nuevas condiciones regionales y globales les va a corresponder ahora a las fuerzas transformadoras de la Patria Grande. El caso argentino tendrá, sin lugar a dudas, una importancia decisiva.

Por un lado, hay coincidencia en que a pesar de los fuertes condicionamientos económicos y sociales que dejarán como herencia los procesos neoliberales, el principal desafío de las nuevas coaliciones gobernantes será alcanzar y complementar un considerable crecimiento económico, la reducción de la pobreza y la distribución más justa de sus beneficios. Si bien este fue el rasgo original y característico de los gobiernos progresistas de nuestra región durante la primera década de este siglo, la reducción de la desigualdad comenzó a mostrar una fuerte ralentización en el inicio segundo decenio.

Retomar el rumbo del desarrollo con igualdad también implicará afrontar una de las asignaturas pendientes más urgentes: la transformación del modelo productivo. Es necesario construir una región con altos niveles de industrialización y gran capacidad de agregar valor a la producción a partir de la calidad del trabajo y la innovación científico-tecnológica.

A pesar de que los procesos de la primera década implementaron numerosas políticas públicas de desarrollo industrial, los modelos productivos de los países de la región continuaron apoyados –en su mayoría– sobre la base exportadora de materias primas. Los gobiernos progresistas lograron matizar este patrón exportador, pero no lograron transformarlo de manera decisiva, incluso en aquellos países con mayores grados de industrialización como Brasil.

La preocupación de cara al futuro deberá ser cómo transformar ese modelo productivo en uno basado en el fortalecimiento del mercado interno, la capacidad de exportar productos con alto valor agregado y con un mayor aporte científico-tecnológico en los procesos productivos.

También será necesario recuperar el rol del Estado en nuestras sociedades, en tanto un Estado presente y robusto no sólo posibilita las condiciones para el crecimiento sino que, sobre todo, es capaz de traducirlo en mayores y mejores derechos.

LA SENDA DE LA INTEGRACIÓN

Asimismo, una nueva agenda requerirá mirar críticamente las estrategias de integración regional llevadas adelante en la anterior etapa. Es indudable el gran avance que tuvo en la búsqueda de consensos para lograr una mirada y acción común respecto de la globalidad, así como en la construcción de mecanismos institucionales para esa coordinación política y la resolución autónoma de los problemas internos regionales.

Primero el “No al ALCA” y luego la creación de la Unasur y la Celac, se erigen como hitos de este complejo proceso que fueron construyendo les presidentes de nuestra región. Sin embargo, aquí es donde también queda pendiente el desafío de consolidar no sólo las nuevas herramientas institucionales, sino de construir una integración “desde abajo”, que blinde los avances que se logren frente a los distintos intentos de destrucción y desunión. Debemos avanzar en una integración no sólo política e institucional, sino también concretar los proyectos de integración económica y productiva, a partir del desarrollo de infraestructura regional y la complementación de desarrollo científico y tecnológico de nuestros países.

Hay dos hechos recientes en nuestro continente que es importante destacar. Por un lado, Lula da Silva ha recobrado su libertad. En sus primeras manifestaciones públicas, dejó clara su voluntad de retomar la lucha política para que las fuerzas populares y progresistas de Brasil vuelvan a constituirse en una alternativa de poder. Al mismo tiempo, envió un claro mensaje al Grupo de Puebla, reunido en Buenos Aires, en el que priorizó la unidad e integración latinoamericanas como camino para recuperar la iniciativa popular en el continente.

Por otro lado, se produjo uno de los hechos más graves de las últimas décadas. Un golpe de Estado de características que ya creíamos superadas en la región acaba de ocurrir en Bolivia. No se trata de un golpe con la modalidad “blanda” o “blanca”, como los que fueron usuales en los últimos años. Es un atentado contra el orden constitucional sostenido por fuerzas civiles pero consumado gracias al apoyo de las Fuerzas Armadas y la policía boliviana.

En este contexto, es necesario potenciar nuestra capacidad de aprendizaje respecto de aciertos y errores, conquistas logradas y asignaturas pendientes, para que las próximas oportunidades de gobierno de las fuerzas progresistas permitan profundizar más aún las transformaciones realizadas en este período. Los aprendizajes también deben ampliar la oportunidad de avanzar sobre lo alcanzado, de no repetir nostálgicamente recetas ya transitadas y encontrar políticas y estrategias innovadoras y creativas que permitan volver a crecer con autonomía a partir de la construcción de una Patria Grande libre, democrática, con más desarrollo, soberanía y justicia social.

Caras y Caretas

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