«Volverá a ocurrir»

Por Daniel Salinas Basave

Se llama Patrick y la vida no le sonríe. Tiene 21 años y vive en el sur de Texas. Pelo corto, lentes descomunales y un rostro que refleja horas eternas de pantalla y puñeta. Se siente identificado con los supremacistas de MAGA y por ahora esa es la única tabla a la que puede aferrarse en el gran naufragio que es su vida. Lo demás es mierda pura, un escupitajo en su cara, un confinamiento en la casa de sus abuelos en algún infiernito texano. Imagino muchísimas horas muertas, un ritual de sinsentido.

Por ahora digamos que es oficialmente desempleado y que su existencia no tiene incentivo alguno. Patrick cree merecer más, mucho más que compulsivos onanismos e incomprensión. Patrick quiere importar, trascender, acaso ser temido pero sucede que Patrick tiene miedo, mucho miedo y lo peor es que a su temor le da por disfrazarse con la máscara del odio y a él solo el odio puede redimirlo. Su odio es su bálsamo y su combustible. Observamos su foto y la sensación es que todos los días nos cruzamos con gente como él. No vino de otro planeta ni es una aberración mitológica con lava en lugar de sangre. No. Es solo un gringuito puñetas de nuestro tiempo, un pendejete sin atributo alguno al que nunca voltearás a ver.

Hace algunos meses Patrick no podía comprar legalmente una cerveza o un cigarro, pero en su lindo país puede comprar sin problemas un fusil de asalto de altísimo poder que sin duda no pensaba utilizar para cazar codornices o jugar tiro al blanco. Patrick conduce nueve horas por la inmensidad de la carretera texana. Nueve horas para poder platicar largo y tendido con sus mil y un demonios internos. Nueve horas de desierto y cielo azulísimo como para dar rienda suelta a su diálogo interno. Si a mí me lo preguntan, me interesaría poder reproducir el casete interno de un hombre miserable y acomplejado que está a punto de masacrar a decenas de inocentes de los que no sabe absolutamente nada. Creo que en ese diálogo interno está la clave. ¿Dudó, caviló, se cuestionó o acaso estaba fatalmente decidido? ¿Qué clase de gusanos se arrastran por las neuronas de alguien decidido a matar inocentes? No sabe qué vidas destrozará; las que la aleatoriedad ponga delante de su fusil. Odio gratuito, odio ciego. Destrozar cuerpos, apagar vidas. Matar por el solo hecho de existir, porque según él perteneces a otra raza e invades su país. ¿Y después? La nada, el abismal vacío de una época que ha hecho del odio su liturgia. Por herencia quedan las dudas, la desolación y una sola certidumbre: volverá a ocurrir. Ellos están en todas partes.

 

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